35. A Tokio

Al día siguiente por la tarde, el trío se reunió en la sala de ensayo. Tang Heng no mencionó el proyecto de sociología, y An Yun parecía haberlo olvidado también; ninguno de los dos dijo nada al respecto. Pasaron la tarde entera practicando y, cuando cayó la noche, los tres estaban empapados en sudor. Jiang Ya había golpeado la batería con tal fuerza que apenas podía levantar los brazos, y Tang Heng sentía que toda su energía se había agotado. A pesar del cansancio, una profunda sensación de satisfacción lo invadía.

—Ya… ya es suficiente —jadeó Jiang Ya, apoyándose en una esquina de la pared—. ¿Están todos locos? Estoy muerto de cansancio.

An Yun se limpió el sudor de la frente.

—Vamos a cenar.

Tang Heng no respondió; se limitó a guardar su guitarra. Mientras los tres salían de la sala, An Yun preguntó:

—¿Qué les gustaría comer?

—¡Barbacoa! —gritó Jiang Ya—. ¡Voy a devorar cincuenta malditos riñones de oveja!

An Yun rodó los ojos e ignoró su comentario. Luego, volviéndose hacia Tang Heng, le preguntó:

—¿Y tú, qué quieres comer?

—Cualquier cosa está bien —respondió Tang Heng después de una pausa—. Busquemos un lugar más tranquilo.

Al final, fueron a un lugar de barbacoa con una habitación privada. Jiang Ya murmuró que no se sentía bien comer barbacoa en una habitación privada. An Yun le dio un golpe en la cabeza y le dijo que se callara, pero Tang Heng aún permaneció callado y no reaccionó.

Cuando les sirvieron la comida, Jiang Ya se dio cuenta tardíamente.

—Hijo mío, ¿estás molesto?

An Yun miró a Tang Heng y dijo:

—¿No es obvio?

—Ha estado extraño desde anoche. —Jiang Ya frunció el ceño—. ¿Entonces ese chico hetero realmente es hetero? ¿Se acabó todo para ti?

—Cállate… —dijo Tang Heng.

—Oh —murmuró An Yun, sorprendida. Luego reflexionó—: ¿Qué chico heterosexual? ¿Cómo es que no sabía de esto?

—Deja de fingir —murmuró Tang Heng.

—Te dije desde el principio que era hetero —suspiró An Yun—. Simplemente no me creiste.

La incredulidad se reflejaba claramente en el rostro de Jiang Ya.

—¿Desde el principio? Espera, An-ge, ¿conoces a ese chico?

—Come tu maldita comida —dijo An Yun—. ¿Ahora estás seguro de que es hetero, verdad?

—Estoy seguro.

—Es lo mejor así. De todos modos, incluso si no es hetero… es mejor que lo evites.

—¿Por qué?

—¡Como dice el refrán, los conejos no comen la hierba junto a su madriguera! —dijo An Yun con pragmatismo, como si no albergara ninguna intención hacia Tian Xiaoqin—. Él es alumno de tu tío. ¿Qué pasará si rompen? ¡Será tan incómodo! Además, ¿cómo vas a salir con alguien justo delante de tu tío? Los descubrirán con facilidad.

—Oye, no estoy de acuerdo con eso. Tang Heng debería perseguir a quien le gusta. Los chicos no tendrían que preocuparse por todo eso. El verdadero problema aquí es que ese tipo es hete… Maldición, Tang Heng. —Jiang Ya bajó lentamente los riñones asados que tenía en las manos—. No estarás interesado en ese chico, ¿verdad? El compañero de clase de Tian Xiaoqin, ese Li… algo, ¿no?

Tang Heng no respondió, lo que equivalía a una admisión tácita. Un instante después, tomó un pincho de fideos de la parrilla.

—De todos modos, no hay ninguna posibilidad —dijo con despreocupación—. Da igual.

—Te diré algo más y entonces lo entenderás —continuó An Yun—. ¿Sabes por qué el proyecto fue entregado de repente al departamento de economía? Porque se los regalamos.

Tang Heng parpadeó.

—¿Por qué haríamos eso?

—Oí a mi papá decir que más adelante habrá un gran proyecto encabezado por la Comisión de Desarrollo y Reforma. No tiene nada que ver con nosotros, pero el decano Tu quiere asociarse con el departamento de economía, así que necesitamos construir esas conexiones, ¿no? Por eso el profesor Tang le regaló este proyecto más pequeño a Zhang Baiyuan como un favor.

—… ¿Estás segura?

—Nueve de diez.

Tang Heng se quedó sin palabras. No estaba exactamente sorprendido; había escuchado cosas similares de su tío antes. Era solo un intercambio de favores. Lo que no entendía era por qué su tío no se lo había dicho. ¿Fue a propósito o simplemente lo olvidó?

—No te preocupes demasiado. Probablemente el profesor Tang piensa que esto podría no funcionar, así que no quiso decir demasiado al respecto —dijo An Yun, mientras bebía un sorbo de cerveza—. Tu proyecto fue asignado a Zhang Baiyuan, quien es cercano a Pan Peng, ¿sabes? Pan Peng y Li Yuechi se graduaron ambos de la Universidad Normal y escuché que tuvieron algunos conflictos durante sus años universitarios.

—¡Joder! —exclamó Jiang Ya—. ¿Esta es la hora de los chismes?

—Así que Pan Peng hizo que Zhang Baiyuan echase a Li Yuechi, ¿verdad?

—Sí, parece que la chica que le gustaba a Pan Peng tenía un crush por Li Yuechi. Ese tipo de cosas.

—Ya veo… —Tang Heng no sabía qué decir. Entonces eso fue lo que ocurrió. No es de extrañar que Li Yuechi haya abandonado el equipo tan fácilmente. Tang Heng había pensado que todo era por su propia culpa, pero ahora se dio cuenta de que había una razón más profunda.

—Solo imagínalo. Si protestas por Li Yuechi, sería como hacer que el profesor Tang se enfrente al decano Zhang. Sería una situación difícil para el profesor Tang —aconsejó pacientemente An Yun—. Por eso te digo que no deberías meterte en los asuntos de Li Yuechi.

—Pobrecito —comentó Jiang Ya mientras escuchaba—. Trabajó tan duro en ese proyecto y ahora se lo dan a otra persona, con todo y moño.

—También podríamos decir que el profesor Tang lo está protegiendo. Si no tiene trato con Pan Peng, entonces no habría ningún otro problema.

—Esto es tan frustrante, ustedes los intelectuales son tan turbios.

—¿Qué tiene que ver eso conmigo? —An Yun lo fulminó con la mirada—. Yo no tuve nada que ver con este proyecto.

—Bueno, por lo que has dicho, ese Pan Peng es un cabrón turbio.

—De todos modos, no es una buena persona.

—¡Entonces deberías decirle a Tian Xiaoqin que tenga cuidado!

—Sí, ya se lo dije…

Tang Heng escuchaba su conversación, pero su mente no estaba en ella. De hecho, ni siquiera se sentía muy enojado. Simplemente no podía dejar de pensar en Li Yuechi: ¿cómo se había sentido él cuando lo expulsaron del equipo de Pan Peng? ¿Derrotado, impotente o furioso? Tang Heng se dio cuenta de que no podía imaginarlo en absoluto. Siempre había sentido que, en el fondo, Li Yuechi era una persona extremadamente orgullosa. Después de todo, no había muchas personas que fueran inteligentes y trabajadoras. Incluso había menos personas que fueran inteligentes, trabajadoras y guapas. A Tang Heng le repugnaba que Li Yuechi se hubiera enfrentado a algo así, pero no le repugnaba por Li Yuechi, sino como mero espectador. Este sentimiento era como presenciar a alguien escupir frente a la estatua de la Venus de Milo.

Por supuesto, An Yun también tenía razón. Desde un punto de vista práctico, que Li Yuechi saliera del equipo era la mejor solución. Li Yuechi también debía entender esto. Al final, Tang Heng no estaba en posición de sentirse enojado por él.

—Entonces, ¿realmente se acabó para ustedes dos? —preguntó An Yun con cuidado.

Tang Heng asintió.

—Hay más peces en el mar —dijo Jiang Ya mientras se acercaba para abrazar a Tang Heng—. Es solo un hombre. Te encontraré uno mejor.

Tang Heng lo miró de reojo.

—No hace falta. ¡Con tu gusto!

—No seas terco. Te estoy diciendo, hay un chico de la Academia de Arte de Hanyang. Un estudiante de primer año, el tecladista de Deny. An-ge, ¿lo conoces?

—¿Academia de Arte? —An Yun se quedó pensativa—. ¿Es el que tiene la piel clara? ¿Con un corte de pelo de hongo?

—Sí, sí, es un buen chico. —Jiang Ya sonrió maliciosamente—. Escuché que es gay.

—Si estás tan interesado, ¿por qué no vas tú por él? —dijo fríamente Tang Heng.

—Oye, estoy ayudando a que ustedes dos se conecten. ¿Por qué no vas a conocerlo?

—No es necesario. No tengo tiempo.

—¡Tú, maldito…!

—Está bien, está bien —lo interrumpió An Yun—. Se irá al extranjero dentro de un año. Él se conseguirá uno en América.

Más tarde, Tang Heng acabó encontrándose con aquel tecladista, pues Jiang Ya lo había engañado para que fuera. Era un chico pálido y tímido, de ojos grandes y con un corte de pelo en forma de hongo. Medía alrededor de un metro sesenta y ocho y parecía un estudiante de secundaria. Su nombre, Wu Zhihao, no concordaba en absoluto con su aura. Todos lo llamaban A-Hao.

Tang Heng le confesó que no estaba interesado en salir con nadie, y A-Hao asintió con comprensión.

—Yo también quiero encontrar a alguien más bajo que yo.

—… ¿Ah, sí? Eso debe de ser difícil, ¿no?

—Creo que hubo un malentendido —dijo A-Hao con timidez—. Yo soy activo.

—… ¿Ah, sí? —respondió Tang Heng. En verdad, no lo había notado.

De algún modo, así fue como se hicieron amigos. Cuando las vacaciones de verano llegaron a su fin, Tang Heng ya no volvió a ver a Li Yuechi, ya fuera porque estaba ensayando y actuando con Jiang Ya y An Yun, o porque salía con A-Hao. Este chico había nacido y crecido en Wuhan y estaba más familiarizado con los bares gay de la ciudad que con su propia casa. Los dos iban de bar en bar, con los brazos cruzados sobre los hombros del otro: uno en busca de un novio más bajo que él, y el otro simplemente matando el tiempo, consumido por el tedio.

Después de aquello comenzaron las clases. Tang Heng y Jiang Ya entraron en su último año, mientras que An Yun inició el posgrado. Aunque ella y Li Yuechi eran alumnos del tío de Tang Heng, An Yun nunca volvió a mencionarlo. Probablemente lo hacía a propósito, pero a Tang Heng no le importaba demasiado. No era tan frágil.

A principios de septiembre, un profesor de la Universidad de Chicago vino a dar una conferencia en el departamento de sociología. Era una de las universidades a las que Tang Heng deseaba postularse, así que asistió sin falta, y allí se encontró de manera inesperada –aunque no tanto– con Li Yuechi. Al fin y al cabo, seguían perteneciendo al mismo departamento. Tang Heng llegó tarde y se sentó en la parte central del auditorio; Li Yuechi estaba en la tercera fila, a su derecha. Tang Heng lo observó en silencio, a través de las cabezas oscuras o ya calvas que se interponían entre ellos. Tras un mes, Li Yuechi parecía haber adelgazado un poco, pero por lo demás no había cambiado mucho. Tang Heng creyó que se sentiría triste al verlo, pero no fue así. Solo una sensación inexplicable cruzó su corazón como una libélula y se desvaneció sin dejar rastro; no había nada que remover.

Cuando terminó la conferencia, los invitados se retiraron primero. Luego los estudiantes se agolparon hacia las puertas delanteras y traseras; la multitud se desbordó apretujada, como pasta de dientes. Fue entonces cuando Tang Heng vio a Li Yuechi, y Li Yuechi también lo vio a él.

—¿Tú también viniste por la conferencia, xuedi? —dijo Li Yuechi, soltando una obviedad. Su tono era educado pero distante.

—Sí, el profesor explica bastante bien —respondió Tang Heng con otra obviedad.

—Así es —contestó Li Yuechi. Una obviedad más.

Después de eso ya no hablaron más. Salieron por la puerta y se separaron, cada uno por su lado.

Tang Heng se dirigió hacia la entrada del departamento de sociología con dos compañeros de clase. Ya pasaban de las ocho de la noche y en Wuhan había vuelto a empezar a llover. Los dos discutían si correr de vuelta a los dormitorios bajo la lluvia o esperar un rato antes de irse. Luego le preguntaron a Tang Heng si quería ir a comer olla caliente en su dormitorio.

—Claro —aceptó Tang Heng sin pensarlo demasiado. Pero justo después de hablar, su teléfono vibró. Era un mensaje de texto de A-Hao, invitándolo a ver la exhibición de la Academia de Arte mañana porque su obra estaba incluida. También había un mensaje de Jiang Ya de hace una hora:

[Zhou Hei Ya está organizando un concurso de bandas escolares. ¿Te unes?]

Antes de esos mensajes, en realidad había uno de su consejero:

[¡Felicidades, Tang Heng! ¡Has pasado la selección del Centro de Intercambio Internacional! ¡Puedes ir a Tokio el próximo mes!]

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