37. Gratis

—¿Dónde te sientes mal? —le preguntó Tang Heng suavemente.

Li Yuechi no respondió. Se limitó a apoyar la cabeza en el hombro de Tang Heng y a sacudirla apenas. Tang Heng podía sentir su respiración: era pesada, como si cada inspiración y cada exhalación le costaran un enorme esfuerzo.

—Te llevaré de vuelta —dijo Tang Heng—. Estás borracho.

—No.

»Camina conmigo —dijo Li Yuechi de repente, agarrando con fuerza la cintura de Tang Heng como si quisiera enfatizar sus palabras—. Acompáñame.

Tang Heng solo pudo preguntar:

—¿A dónde quieres ir?”

—A cualquier lugar.

Tang Heng lo agarró de la muñeca.

—Levántate primero.

Li Yuechi obedientemente dejó de abrazarlo y se puso derecho. Aunque estaba un poco ebrio, mantenía la espalda recta.

Tang Heng agarró la muñeca de Li Yuechi y rápidamente rodeó a la multitud, adentrándose en un callejón oscuro. La música se desvaneció gradualmente. No había nadie en la calle; solo se oían sus pasos. ¿Qué tan borracho estaba Li Yuechi? Tang Heng no lo sabía. No solo tenía la espalda recta, también caminaba con firmeza, así que Tang Heng incluso pensó que si le dijera a Li Yuechi que volviera solo a su dormitorio, podría llegar allí sano y salvo.

Quizás debería soltar la mano de Li Yuechi, pero no quería hacerlo.

—Estabas ahí, cantando, la primera vez que te vi —dijo Li Yuechi con la voz apagada—. Estabas ahí, cantando. Todos te miraban. Yo también te miraba.

—¿En el último concierto que celebraron en el pasto?

—Sí, iba de regreso a casa después de dar clases particulares. Pasé por ahí.

»Tenías una cola de caballo, una camiseta negra, estabas parado ahí, cantando. No pensé que te conocería después —dijo Li Yuechi, pareciendo sonreír en la oscuridad—. No pensé que te gustaría.

Las palabras de Li Yuechi hicieron arder las mejillas de Tang Heng.

—¿Te sorprendió? —preguntó él con un hilo de voz.

—¿Qué te puede gustar de mí? —Li Yuechi continuó hablando solo—. No tengo dinero y estoy endeudado. También soy aburrido. ¿Te gusta mi cara?

»Pero tú eres muy guapo, así que mi cara no es tan especial, ¿verdad?

Tang Heng quería decirle que esas cosas no estaban relacionadas, pero se contuvo. Li Yuechi estaba demasiado borracho en ese momento. ¿Cómo podía razonar con él?

Li Yuechi siguió hablando:

—No sé por qué te gusto, Tang Heng.

Los sentimientos eran sentimientos. ¿Qué importaba la razón? Tang Heng no respondió y se limitó a seguir caminando en silencio mientras sostenía la muñeca de Li Yuechi. Los dos salieron de ese callejón descuidado y llegaron a la calle Luoyu. Las luces circulares estaban encendidas, creando un cielo nocturno brumoso.

—Creo que en este mundo, todo, absolutamente todo, tiene un precio. ¿Me entiendes? —La voz de Li Yuechi se volvió más baja, más suave, como si hablara consigo mismo—. Si recibo algo, entonces tengo que pagar un precio equivalente. Todo es una ecuación.

Tang Heng escuchaba en silencio, sin pronunciar palabra. En realidad, no entendía.

—Nada se me ha dado gratis. El precio de mis estudios fue que mi padre tuviera que trabajar lejos de casa. El precio de venir a estudiar a Wuhan fue que mi madre vendiera la vaca de la familia… Todo tiene su precio, igual que cuando comes, tienes que pagar. No sé cuál será el precio de que tú me quieras.

Tang Heng se detuvo, sintiendo una mezcla de emociones. Recordó las palabras de Pan Peng; quizás tenía razón al decir que Li Yuechi estaba obsesionado con el dinero, aunque no era exactamente que amara el dinero.

Era solo que estaba acostumbrado a medir todo en términos de costo. ¿Cómo podía alguien ser así? ¿Acaso en cada momento de «obtener» algo, ya estaba calculando el precio que tendría que pagar?

Tang Heng se volvió para mirar a Li Yuechi. En la mirada de este había un destello de perplejidad, no de asombro, solo perplejidad. La luz blanca de la farola caía sobre él. Parecía un caballo salvaje que se hubiera extraviado en la ciudad, observando todo con desconcierto.

—Mi cariño por ti —dijo Tang Heng— es gratis.

Li Yuechi se quedó mirando fijamente a Tang Heng, como si por un momento no pudiera comprender el significado de esas palabras. Tang Heng añadió:

—Es decir… que quererte no requiere que pagues ningún precio, ¿entiendes? Solo tienes que dejarte querer.

—¿De verdad? —preguntó suavemente Li Yuechi.

—De verdad —respondió Tang Heng. En realidad, no comprendía del todo lo que Li Yuechi quería decir con «precio». ¿Acaso la mayoría de los padres en el mundo no trabajan para mantener a sus familias?

Las comisuras de los labios de Li Yuechi se curvaron y sus oscuros ojos brillaron. Estaba sonriendo. Tang Heng olvidó todos sus pensamientos y miró fijamente a Li Yuechi. Sentía como si toda la luz estuviera brillando en esa dirección y la calle Luoyu se elevara como una montaña imponente, una cadena montañosa inmensa y majestuosa, tan alta que podía tocar las estrellas con las manos. Tang Heng no pudo resistir la tentación y extendió la mano para tocar el rostro de Li Yuechi.

Sus dedos, con ligeras callosidades por tocar la guitarra, acariciaron suavemente la mejilla de Li Yuechi, siguiendo la línea de su mandíbula hasta llegar a su barba incipiente y un tanto descuidada.

Li Yuechi cerró los ojos pero no se apartó.

La garganta de Tang Heng se apretó.

—¿Hacia dónde vamos? —preguntó.

Pero, en su lugar, Li Yuechi dijo:

—¿Esto de verdad es gratis?

—Sí.

—Entonces, ¿puedo tomar tu mano?

—… Sí. —Solo esta vez, pensó Tang Heng con auto desprecio. Solo esta vez, él podría olvidar que Li Yuechi tenía novia.

Así, Li Yuechi tomó la mano de Tang Heng y entrelazaron sus dedos.

Luego, Li Yuechi le preguntó:

—¿Puedo besarte otra vez?

Tang Heng no sabía qué responder. Su manzana de Adán se movió nerviosamente y apenas logró articular unas palabras.

—Cualquier cosa está bien.

Por suerte, no estaban en una calle muy concurrida. Se encontraban en la entrada del Hospital 627 y la mayoría de los departamentos clínicos ya habían cerrado, por lo que había muy pocos transeúntes alrededor. Tang Heng pensó que si seguían caminando unos minutos más, pasando por la clínica dental, llegando a la puerta sur de la Universidad de Wuhan y luego al Ciudad Creativa Yintai, estarían en un área con más gente transitando y no podrían hacer esto.

Li Yuechi dio un paso adelante y, sin darle a Tang Heng tiempo para prepararse mentalmente, inclinó la cabeza y lo besó. Sus manos presionaron la parte posterior de la cabeza de Tang Heng y lo besó con fuerza. De repente, Tang Heng recordó aquella noche junto al río. También lo había sujetado así y Tang Heng pensó que fue porque estaba empezando a irritarse. Ahora, finalmente se dio cuenta: ¿Acaso Li Yuechi estaba preocupado de que él se escapara?

Tang Heng cerró los ojos y sus labios se separaron ligeramente. El aliento de Li Yuechi entró en él. Había vuelto a fumar. ¿Eran los Huangguoshu, cinco kuai por paquete? El tabaco era un poco fuerte, pero no estaba mal. De repente, Tang Heng recordó cómo, en su infancia, el otoño en el norte siempre traía consigo muchas hojas caídas rojas y amarillas. Los trabajadores las barrían formando pequeñas montañas y las quemaban. A veces, su papá se quedaba a un lado y observaba con él en brazos. Un hilo de humo azul grisáceo se dispersaba con la brisa otoñal y el olor a quemado se extendía, llevando consigo el sonido crepitante. Su papá le decía: «Tang Heng, las cosas que quedan después de que termina de quemarse se llaman compuestos inorgánicos». Tang Heng no sabía por qué de repente pensó en esta pequeña cosa. Era estudiante de humanidades y no tenía nada que ver con la biología. Compuestos inorgánicos. Había pensado que ya había olvidado este término.

La mano de Li Yuechi se deslizó desde su nuca hasta su mejilla, su palma áspera acariciando su rostro mientras lo besaba en silencio. Tang Heng no pudo evitar temblar. Se sintió como un montón de hojas caídas, susurrando mientras las llamas lo consumían. Los huesos chocaban entre sí, sonando como latidos de corazón acelerados. Se dio cuenta de que besar era algo tan doloroso y a la vez tan satisfactorio, que incluso si se quemara hasta ser ceniza, hasta ser compuestos inorgánicos, lo aceptaría.

Después de un largo, largo tiempo, los dos se separaron ligeramente. Li Yuechi parecía aún más embriagado.

—¿Pasas seguido por la calle Luoyu? —preguntó.

—Sí —respondió Tang Heng, aturdido. La calle Luoyu estaba justo afuera de la Puerta Sur. Había un distrito comercial, la estación de metro, y cuando la primavera se convertía en verano, habría ancianas vendiendo gardenias.

—Yo también. Cuando daba clases particulares durante la universidad, caminaba por allí de ida y vuelta —suspiró Li Yuechi—. ¿Por qué no te conocí antes?

Tang Heng sintió que su corazón era como una burbuja en un plástico de burbujas. Li Yuechi la apretó y se rompió.

No parecía haber marcha atrás. Tang Heng apretó la mano de Li Yuechi con fuerza, sabiendo que estaba cometiendo un error. Tal vez a menudo cometía errores, errores a los ojos de los demás, como insistir en ir al extranjero, como discutir con Fu Liling, como decidir de repente ir de intercambio a Tokio. Pero él nunca se preocupaba. Si ellos tenían que creer que estaba equivocado, que así fuera.

Pero esta vez era diferente. Esta vez sabía que estaba cometiendo un error; tanto objetiva como subjetivamente, todo era un error.

¿Cómo podía aprovecharse así de la situación? Li Yuechi estaba borracho y su novia aún estaba en el Hospital Central, pero en este momento, ahora mismo, estaba sujetando con fuerza la mano de Li Yuechi y su olor a cigarrillos aún estaba entre sus labios. No era solo un error: era una vileza. Había vivido más de veinte años con descaro y franqueza, y esta era la primera vez que deseaba olvidar quién era. Ojalá lloviera, una tormenta, granizo, algo que cayera como agujas sobre él, que le hiciera daño, que lo despertara. Pero esta noche no había lluvia. El cielo nocturno estaba tan brumoso que ni siquiera había luz de luna; quizás hasta la luna los consideraba indignos de su presencia, indignos de ser vistos.

Solo esta vez, pensó Tang Heng, admitiría su culpa, pero solo esta vez.

—¿A dónde vamos? —preguntó Tang Heng con voz ronca.

Li Yuechi levantó su otra mano y acarició la mejilla de Tang Heng con la yema del pulgar.

—Quiero escucharte cantar.

—¿Aquí?

—Donde vivo.

Así, los dos se pusieron en marcha, tomados de la mano. Todo parecía tan natural, tan natural que se sentía despreciable. Se tomaban de la mano en ese oscuro callejón, pasando junto a varios edificios antiguos esperando ser demolidos, sus pasos tan rápidos como si estuvieran huyendo. Al final, comenzaron a correr. Ni siquiera se molestaron con el montón de basura que apestaba. Subieron las escaleras a toda prisa, casi tropezando, entraron al apartamento en cuanto abrieron la puerta y comenzaron a besarse de nuevo.

—No te muevas —ordenó Li Yuechi con dureza. Lo presionó contra la pared, succionando sus labios con fuerza. Sus brazos temblorosos golpearon el frasco de cristal lleno de pimienta de Sichuan y casi lo tiraron al suelo, pero a Li Yuechi no le importó en absoluto. Simplemente forzó su cabeza hacia atrás, obligándolo a mirarlo.

Sus alientos se mezclaron.

Xuedi —dijo Li Yuechi.

Tang Heng extendió la mano y acarició su cabello sudoroso.

—Canta.

Era de nuevo Brisa de una noche de verano. Cuando había estado sentado en el pasto y había cantado esa canción esta noche, había pensado que sería la última vez.

La voz de Tang Heng temblaba como si sus cuerdas vocales no fueran suyas. La brisa de la noche de verano te balanceaba en mis brazos. Li Yuechi bajó la cabeza, enterrando su mejilla en el hueco de su hombro. Era cálido. La luna colgaba en el cielo estrellado, enredándose con tus ruegos. Cuando sus pieles se apretaron, el sudor se mezcló. No podía distinguir cuál era el suyo y cuál era el de Li Yuechi. El amor de un corazón solitario, un amor que sigue esperando… Tang Heng no pudo seguir cantando. Apoyó la nuca en la áspera pared y cerró los ojos.

Li Yuechi, sin levantar la cabeza, preguntó:

—¿Estás llorando?

Tang Heng, apretando los dientes, respondió con otra pregunta:

—¿Todavía te sientes mal?

—Sí —respondió lentamente Li Yuechi—. Bebí demasiado. Me duele la cabeza.

«Sí —pensó Tang Heng—, de otro modo, ¿cómo podría estar yo aquí, a esta hora y en este lugar?».

—Su padre me invitó a beber, me dio las gracias por todo mi esfuerzo durante este último año. —La voz de Li Yuechi era apenas audible—. Está en estado crítico.

Tang Heng no supo qué responder. Después de un momento de silencio, dijo:

—Lo siento mucho.

—En realidad, no es la primera vez, antes también habían emitido avisos de estado crítico, pero esta vez… puede que no lo logre. —Li Yuechi exhaló y volvió a levantar la cara—. ¿Ves? Como te dije, todo tiene un precio.

—¿Ella también es un precio?

Li Yuechi negó con la cabeza y guardó silencio.

Esa noche Tang Heng se quedó a dormir en el apartamento alquilado de Li Yuechi, los dos apretados en una cama individual. Li Yuechi se durmió rápidamente. Tang Heng, en cambio, se quedó mirando la estrecha ventana, dándose cuenta de que desde allí no se podía oír la música del Chang’ai, dándose cuenta de que Li Yuechi lo había visto mucho antes. Se quedó así, mirando hasta bien entrada la madrugada, sabiendo que después de esta noche, Li Yuechi seguramente se arrepentiría.

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