51. Regreso a Wuhan

Tang Heng sale de la aplicación y deja el teléfono de Li Yuechi a un lado. Se masajea las sienes, pero no parece funcionar. Ese video fue como una explosión de fuego que encendió un cable en su mente y una multitud de palabras estallaron con un estruendo: esa es la letra que Li Yuechi le había escrito.

Ninguno de ellos imaginó que Li Yuechi escribiría tantas palabras. Mirada cubierta tiene una duración total de cuatro minutos y once segundos. Las únicas líneas que se repiten son «Frente a la lluvia crepuscular que riela el río y el cielo / Adoro cómo tu largo cabello cubre mi mirada». Tang Heng lo recuerda ahora. Hace seis años, viajó solo a Pekín con su manager, vivió solo en un nuevo loft en el tercer anillo, comió solo y durmió solo. A menudo, se despertaba a medianoche y agarraba su teléfono, dudando si debería llamar a Li Yuechi o no. Mirada cubierta sonaba repetidamente en su reproductor de MP3, pero sentía que su voz sonaba extraña, así que había llamado a A-Hao para que grabara una versión en Wuhan y se la enviara. Después de escuchar esa versión durante dos días, todavía le parecía extraña. Esa canción había sido escrita por Li Yuechi para él. Probablemente no debería ser cantada por otros. A-Hao le había gritado por teléfono por ser tan ridículo debido a esto.

Entonces, ¿a dónde fue a parar ese reproductor de MP3? Tiene un recuerdo vago. Era un reproductor de MP3 blanco Sony que Fu Liling le había comprado en un viaje a Japón. Está seguro de que su versión de Mirada cubierta está en ese MP3.

El otro que ha desaparecido es A-Hao. Tang Heng no ha vuelto a contactar con él –ese chico bajito que es gay, al igual que él– después de salir de Wuhan. Por supuesto, no solo ha perdido el contacto con A-Hao. Muchos viejos amigos, aquellos del ámbito musical, aquellos que abrieron bares y tiendas de instrumentos… ¿A dónde fueron? Se han esfumado sin dejar rastro, como peces que se internan en el mar.

Si no hubiera venido a Guizhou por este viaje de trabajo, entonces, igual que todos ellos, Li Yuechi también habría desaparecido de su vida sin dejar rastro.

Y si le hubiera creído cuando dijo «no soy lo suficientemente bueno para ti» y hubiera regresado a Macao con el director Xu, entonces Li Yuechi seguiría siendo inalcanzable.

Tang Heng se levanta y sale lentamente de la habitación, arrastrando las pantuflas. El dolor en la planta de los pies es intenso. No sabe si las costras se han abierto de nuevo, pero en ese momento no le importa. Sigue el leve sonido que recorre la casa hasta llegar a la puerta de la cocina. La cocina de Li Yuechi es pequeña; prácticamente la ocupa por completo la estufa, hecha de cemento y adosada a la pared, con azulejos blancos en la superficie. Es la primera vez que Tang Heng ve una así.

Li Yuechi está agachado frente a la chimenea, añadiendo leña continuamente. El humo es espeso y la leña crepita en el fuego. Tang Heng tose a causa del humo y, al fin, Li Yuechi se vuelve hacia él, sorprendido. 

—¿Qué pasa? —le pregunta. 

—Voy a dar una vuelta. —Tang Heng lo mira—. No puedo estar acostado todo el día. 

—Espérame un momento. Te ayudaré cuando termine. 

—Vale. 

Li Yuechi acelera sus movimientos y, en menos de un minuto, echa a la chimenea la mitad restante de la cesta de leña. Luego se acerca a Tang Heng y le pasa el brazo izquierdo por los hombros. 

Inclina la cabeza y olfatea. 

—Voy a cambiarme de ropa. 

—¿Qué pasa? —pregunta Tang Heng. 

—Huele mucho a leña quemada. 

—No importa. 

Li Yuechi parece reflexionar con seriedad un momento antes de decir: 

—Tienes razón. Haz de cuenta que has fumado. 

Tang Heng lo miró con cierta impotencia. Li Yuechi continúa: 

—Pero ya no puedes volver a fumar ese paquete de Zhonghua.

—¿Por qué?

—Es malo para tu voz.

—Yo…

—¿No querías tener sexo? —Li Yuechi baja de pronto la voz—. En la cajetilla todavía quedan dos cigarrillos. Intercambia uno por una vez.

—¿Y luego qué? —pregunta Tang Heng, estupefacto. «¿Solo dos veces?».

Li Yuechi no contesta. Se limita a decirle:

—Vamos, te llevo a dar una vuelta.

Tang Heng piensa que «llevar por los alrededores» significa dar unas vueltas por el patio. Inesperadamente, Li Yuechi saca su motocicleta.

—¿Vamos a dar una vuelta en moto? —Tang Heng está un poco sorprendido.

—Sí —dice Li Yuechi—. Espérame aquí.

Con eso, vuelve a la casa y rápidamente sale con un recipiente de agua y empieza a limpiar la motocicleta con un trapo. Pule el asiento de cuero hasta que queda reluciente e incluso limpia el pedal para que brille dorado bajo el sol.

Tang Heng nota que su frente también estaba perlada de sudor.

Li Yuechi se sienta en la moto y se vuelve hacia Tang Heng.

—Vamos —dice.

Tang Heng se acerca, levanta la pierna y se agarra a la cintura de Li Yuechi con ambas manos.

—¿Listo?

—Síp.

Presiona el pedal del acelerador a fondo y la motocicleta sale rugiendo del patio. Es casi mediodía y el sol brilla tan intensamente que Tang Heng tiene que entrecerrar los ojos. El fresco viento se cuela en su boca y nariz, disipando lentamente la sensación de náusea. Hay vegetación por todas partes: árboles, hierba, tierras de cultivo y parches de musgo junto al arroyo. No hay nadie alrededor, así que Tang Heng abraza a Li Yuechi, apoyando su mejilla contra su delgada espalda.

—¡Li Yuechi! —Hace viento, así que tiene que gritar—. ¡A dónde vamos!

Li Yuechi no responde, así que Tang Heng deja de preguntar. El camino es montañoso y a veces extremadamente accidentado. Oleadas de dolor le recorren las plantas de los pies. Después de eso, Tang Heng decide estirar las piernas, manteniendo sus pies en el aire. Siente como si estuviera a punto de alzar vuelo.

Cierra los ojos, deseando que la moto no se detenga nunca y galoparan al viento para siempre.

Pero al final, se detienen. Tang Heng se aferra a Li Yuechi, sin moverse.

—Ya llegamos —dice Li Yuechi.

—Déjame abrazarte un rato —pide Tang Heng.

Entonces, se detienen de esa manera, con Tang Heng abrazando a Li Yuechi desde atrás, con los ojos fuertemente cerrados. No sabe dónde está. Solo siente que el sol es más cálido y que calienta su espalda casi hasta quemar. El entorno está en silencio, no se escuchan voces de personas ni sonidos de gallinas o perros.

Hace mucho viento, pero en realidad no hace frío.

Un rato después, Li Yuechi dice:

—Vamos a bajar.

Tang Heng abre los ojos y parpadea. Se da cuenta de que están en la cima de una montaña. Es una montaña muy alta; al mirar hacia abajo, puede ver el arroyo serpenteando entre los puntos de las aldeas y los parches de campos.

Tang Heng observa los alrededores.

—¿Es esta la montaña más alta? —pregunta.

—La más alta de esta zona —responde Li Yuechi mientras contempla la montaña—. Solía subir aquí a jugar cuando era niño.

—¿A qué jugabas?

—A simplemente sentarme y observar. Siempre sentía que podía ver más lejos. —Li Yuechi se rie—. En aquel entonces, mi profesor de la escuela primaria dijo que en la ciudad se había inaugurado un teatro. Realmente quería ir a ver.

Tang Heng guarda silencio.

Li Yuechi se mete la mano en el bolsillo y saca el teléfono de Tang Heng.

—Intenta encenderlo —le dice—. La señal es fuerte aquí.

Tang Heng es tomado por sorpresa. No esperaba que Li Yuechi trajera su teléfono aquí; probablemente lo hizo cuando entró en la casa para conseguir agua y limpiar la motocicleta. Había planeado todo esto desde el principio.

—No puedes mantenerlo apagado para siempre —dice Li Yuechi—. Es solo cuestión de tiempo.

Tang Heng acepta el iPhone 8 blanco. Después de un momento de silencio, dice:

—Entonces, ¿puedes darme algo de espacio?

—Te vendré a buscar más tarde —responde Li Yuechi con naturalidad.

Con eso, baja por el sendero y pronto su espalda desaparece de la vista.

Tang Heng enciende su teléfono. Como es de esperar, los mensajes empiezan a aparecer uno tras otro. Los ignora todos y marca el número de Jiang Ya.

Pasa un buen rato antes de que la llamada se conecte. La voz de Jiang Ya suena adormilada y arrastrada.

Hello?

—Habla en chino.

—Uh, carajo. ¡¿Tang Heng?!

—Sí.

¡¿A dónde mierda te fuiste?!

—Yo…

—¡Estaba a punto de llamar a la maldita policía! —grita Jiang Ya—. ¡Acabo de ayudarte a analizar las pastillas para dormir y luego desapareces por completo! ¡¿Qué demonios pasó?!

—Estoy en Guizhou.

—¡Ya sé!

—Vi a Li Yuechi.

El otro lado de la llamada queda en silencio. Tang Heng pregunta:

—¿Jiang Ya?

—¿No estás de viaje de negocios? —La voz de Jiang Ya se acelera—. ¿Cómo lo viste? ¿Eh? ¿Qué está pasando?

Tang Heng piensa por un momento y decide empezar por la parte más importante.

—Estamos saliendo de nuevo.

Jiang Ya no responde.

—Pero —agrega Tang Heng—, eso es solo lo que yo pienso.

—Deja de bromear. Ha pasado tanto tiempo…

—¿Parezco estar bromeando?

—¡Tang Heng!

—Necesito contarte algo.

—¡Li Yuechi definitivamente no estará de acuerdo!

—Sí —dice Tang Heng, mirando el horizonte azul profundo a lo lejos—. Él no está de acuerdo.

—Claro, ¿ves?, ya que él no…

—Tú también lo sabías, ¿verdad?

—¿Qué?

—Que mi tío violó a Tian Xiaoqin.

Jiang Ya vuelve a quedarse en silencio.

—Solo quiero decirte que, si estás dispuesto, me ayudes a decirle a An Yun. —Otra ráfaga de viento llega desde las montañas. De repente, Tang Heng se siente extremadamente sereno—. Voy a regresar a Wuhan.

Tang Heng compra un boleto de tren de alta velocidad de Tong’ren a Wuhan y apaga su teléfono.

Se sienta en el suelo y contempla las sombras de los árboles en la ladera de la colina. Conforme el sol se mueve, las sombras se alargan poco a poco, y piensa que Li Yuechi también debe haber presenciado esa vista antes.

No sabe en qué pensaba Li Yuechi cuando se sentaba en ese lugar.

—Tang Heng —una llamada distante llega desde atrás. Tang Heng se gira y ve a Li Yuechi caminando hacia él. Tras él se extienden un cielo azul infinito y nubes blancas, como si estuviera descendiendo del cielo.

Tiene una barba incipiente en la barbilla, quizá de dos días sin afeitar, y la camiseta algo desteñida por el uso prolongado. Está demasiado delgado, tan delgado que parece desolado, lo que hace que uno apenas pueda soportar verlo parado en el viento.

Li Yuechi camina hasta llegar frente a Tang Heng; este contempla sus ojos oscuros. Han pasado seis años, pero incluso después de haber estado en prisión, sus ojos siguen límpidos. Parece que todo ha envejecido; solo sus ojos nunca han cambiado.

—Voy a regresar a Wuhan —dice Tang Heng.

—¿Es posible no regresar? —pregunta Li Yuechi.

—No —responde Tang Heng.

Tras una pausa, Li Yuechi dice:

—Regresar no cambiará nada.

—Aunque no cambie nada, al menos podré recordar —dice Tang Heng. Hace una pausa y continúa—: ¿Sabes? Acabo de pensar que, si no hubiera venido a Guizhou, aquello que desconocía habría permanecido desconocido para siempre, y lo que olvidé habría quedado olvidado para siempre.

Li Yuechi solo lo mira.

—Por ejemplo, lo que me dijiste antes de apuñalar a Tang Guomu. Todavía no consigo recordarlo Y hay más, están Tian Xiaoqin, Jiang Ya, An Yun…

—Todo eso ya quedó en el pasado.

—Pero no quiero olvidarte —dice Tang Heng, palabra por palabra—. Ni a ellos.

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