87. ¿Soy digno?

La noche previa a la partida de Tang Heng de la aldea Banxi, la casa de Li Yuechi se encuentra excepcionalmente concurrida. Primero, el director Xu regresa e intenta persuadir a Tang Heng.

—Por favor, vuelve con nosotros… ¡ay!, tus estudiantes todavía te están esperando. Esto es… ¡esto es un auténtico desastre docente!

Tang Heng aún tiene aspecto enfermizo. Lleva sobre los hombros la chaqueta de Li Yuechi.

—Busquen a un sustituto.

—¡Todo está hecho un caos! ¿Cómo se supone que voy a encontrar uno tan fácilmente?

—Wang Shan puede hacerlo.

—¡Ni lo menciones! —La ira del director Xu estalla de inmediato—. ¡Ese viejo sigue furioso por haber sido engañado por ti, y aun así pretendes que te sustituya!

A Tang Heng no le importa.

—Arréglenselas ustedes. Si no encuentran a nadie, pueden simplemente suspenderme y cancelar la clase.

El director Xu guarda silencio por un momento y suelta un largo suspiro. Antes de irse, intentó nuevamente obtener información de Tang Heng.

Xiao Tang, ¿qué planeas hacer en Wuhan?

—¿Tú qué crees?

—Quiero darte un consejo basado en mi experiencia: piensa antes de actuar.

Tang Heng le esboza una sonrisa gélida.

—No te preocupes. Solo haré que el culpable pague.

El director Xu retrocede, agarra su bolso y se marcha.

Poco después, el jefe de la aldea lleva a algunos miembros del comité de la aldea a la casa de Li Yuechi. En lugar de estar preocupados como el director Xu, están extremadamente felices. Tang Heng sabe que están ansiosos por verlo partir.

—¡Profesor Tang, realmente ha trabajado duro estos días! —El jefe de la aldea estrecha la mano de Tang Heng y añade con emoción—: ¡Realmente no debería quedarse en un lugar pobre como este! No pudimos acogerlo adecuadamente y quizás no tengamos más oportunidades de verle en el futuro. Tenga, hemos preparado algunas especialidades locales. ¡Por favor, acepte esto!

—Gracias —dice Tang Heng—. No es necesario.

—Profesor Tang, no sea tan educado. De verdad no podemos dejar que se vaya así como así. Por favor, acepte…

—¿Quién dijo que no nos volveremos a ver en el futuro? —dice Tang Heng y, a continuación, declara—: Volveré.

El jefe de la aldea palidece.

—¿Eh?

—La calidad del aire aquí es bastante buena. Planeo venir a trabajar —dice Tang Heng.

—Jajaja… —el jefe de la aldea ríe con evidente incomodidad—. Es usted muy bromista.

Tang Heng alza la vista y le devuelve la sonrisa.

Al final, el jefe de la aldea deja las pocas bolsas con especialidades locales en la casa de Li Yuechi. Cuando se marchan, el entorno recupera el silencio característico de las noches en las aldeas rurales. La madre y el hermano de Li Yuechi duermen.

Tang Heng se frota el rostro, exhausto. Al darse la vuelta, ve a Li Yuechi de pie junto a la puerta, apoyado en el marco.

—Tú… mira estas especialidades —susurra Tang Heng—. Ve si son caras.

Li Yuechi asiente. Toma unas tijeras y abre hábilmente el empaque. Rebusca un momento y dice:

—Solo hay algunas setas y hojas de té. No son caras.

—Entonces está bien. No puedo llevarme estas cosas. Tú y tu familia pueden disfrutarlas.

—¿Yo?

—¿No las vas a comer?

Li Yuechi arquea una ceja; parece querer decir algo, pero finalmente decide marcharse. Tang Heng observa cómo se aleja. Dobla en la esquina y sale por la puerta.

Desde afuera, el rugido del motor de una motocicleta irrumpe en el aire. Tang Heng aparta la mirada. Se pone de pie y se acerca lentamente al escritorio. Su ropa ya está seca. La madre de Li Yuechi la ha doblado con cuidado y la ha colocado en un rincón del escritorio. Tang Heng debe partir temprano a la mañana siguiente. En silencio, organiza su itinerario: ha llegado a la casa de Li Yuechi sin teléfono, sin billetera ni ninguna otra pertenencia. Ni siquiera tiene ropa de recambio. Al día siguiente, el comité de la aldea lo llevará al hotel de la ciudad. Allí recogerá su equipaje y se dirigirá a la ciudad de Tong’ren.

Después, tomará el tren de alta velocidad de regreso a Wuhan.

Han pasado seis años. Las palabras «regresar a Wuhan» se le antojan extrañas. Recuerda aquel breve período en el que fue cantante en Pekín, también hace seis años. Por entonces, utilizaba la excusa de «regresar a Wuhan» con tanta frecuencia para pedir permisos que su mánager bromeaba diciendo que lo mejor sería trasladar la empresa entera a Wuhan.

Tang Heng aún está absorto en estos pensamientos cuando oye pasos al otro lado de la puerta. Li Yuechi entra y deja caer una bolsa de plástico verde sobre el regazo de Tang Heng.

—¿Qué es esto?

—Zapatos.

Tang Heng abre la bolsa con torpeza. En efecto, hay un par de zapatos. Son los más comunes que se ven en la aldea: de tela de algodón negro, con una suela gruesa y blanda.

—Tienes el pie herido —dice Li Yuechi—. Ponte estos.

—¿De dónde salieron?

—Los mandé hacer.

—Ah.

—¿Ya empacaste todo? —Li Yuechi avanza y echa un vistazo a la ropa sobre el escritorio. Parece haber obtenido su respuesta—. Siéntate. Yo me encargo.

—No tengo muchas cosas. Voy a usar esa ropa mañana —dice Tang Heng. Hace una pausa y susurra—: ¿Xuezhang, quieres hacerlo?

Li Yuechi mira a Tang Heng. No dice nada; simplemente baja un poco la mirada. De pronto, Tang Heng siente que lo ha incomodado.

¿Será que Li Yuechi encuentra su actitud demasiado… demasiado desenfadada? Pero, dada la relación entre ambos, ¿no habría necesidad de comportarse con tanta reserva, verdad? Para ser sincero, Tang Heng realmente desea acostarse con él. Su memoria muscular parece mucho más fiable que su cerebro: no logra recordar muchas cosas del pasado, pero cuando toca a Li Yuechi, piel con piel, esa sensación familiar y segura hace que su cuerpo, entumecido durante tanto tiempo, vaya recuperando poco a poco la sensibilidad y la suavidad.

Sin embargo, hay otra razón que no puede expresar en voz alta: no sabe cuándo volverá a ver a Li Yuechi. Ya que Li Yuechi no está dispuesto a contárselo, irá a investigarlo por su cuenta. Aun así, no sabe qué ocurrirá después de regresar a Wuhan.

Incluso se ha preguntado si aún se atrevería a ver a Li Yuechi después de descubrir toda la verdad.

¿Seguiría teniendo derecho a verlo?

¿Seguiría siendo digno de hacerlo?

—¿En qué estás pensando ahora? —Li Yuechi suspira de pronto, como si no supiera qué hacer con él. Le sostiene el mentón y lo obliga a mirarlo.

—¿Estás enfadado? —pregunta Tang Heng con cautela.

—Mn…

—Lo siento —dice Tang Heng—. No tenemos que hacerlo.

—No estoy enfadado por eso.

—¿Eh…?

—Hablo de tu equipaje. Dijiste que no trajiste nada —dice Li Yuechi en voz baja—. ¿Planeas regresar a Wuhan solo?

Tang Heng se queda inmóvil durante unos segundos. Parpadea.

—¿Vendrás conmigo?

—Por supuesto. ¿Acaso me atrevería a dejarte regresar solo?

«Me hiciste estar solo durante seis años», piensa Tang Heng. Si no hubiera sido por este encuentro fortuito, quizá habría tenido que permanecer solo el resto de su vida.

Concentrándose, Tang Heng pregunta:

—Entonces, ¿qué pasará con tu tienda? ¿Y tu mamá, tu hermano…

—Wang Di se encargará de la tienda. Mi mamá puede cuidar a mi hermano.

—En realidad, está bien que yo regrese solo…

—No —lo interrumpe Li Yuechi, dándose la vuelta y hablando con firmeza—. Me preocupa.

Luego empieza a ordenar la ropa. Dobla las prendas en cuadrados pulcros, con una destreza ya adquirida. Tang Heng lo observa un momento.

—¿De quién aprendiste esto? —no puede evitar preguntar. Recuerda que, en el pasado, él y Li Yuechi metían la ropa al azar en la caja de almacenamiento. También recuerda que Li Yuechi había mencionado que Wang Di tiene una tienda de ropa.

—Lo aprendí allá —dice Li Yuechi.

Tang Heng queda desconcertado. Guarda silencio unos instantes antes de preguntar:

—¿Aprendiste estas cosas… allá?

Li Yuechi sacude la cabeza, pero no responde. Fuera de la ventana solo se extiende una oscuridad infinita, salpicada por un único punto de luz. Es como si fueran los dos únicos que quedan en el mundo. Tang Heng no entiende por qué, desde que se reencontraron, Li Yuechi parecía querer provocarlo con cada palabra, mencionando una y otra vez su vida en prisión. Pero ahora, en este momento, por alguna razón, Li Yuechi parece reacio a seguir hablando del tema.

La espalda de Li Yuechi da a Tang Heng. Es tan delgada que los omóplatos se le mueven al levantar los brazos. Tang Heng no puede evitar extender la mano y apoyar la palma sobre su lado izquierdo.

Los movimientos de Li Yuechi se detienen. Luego, sin decir nada, continúa empacando. Bajo la palma de Tang Heng, sus huesos suben y bajan, como si se tratara de un pequeño animal.

—No sé qué pasará después de que regrese —susurra Tang Heng.

Li Yuechi responde con un «mn».

—Y después de enterarme de… todo, no sé si podré seguir siendo como ahora.

—¿Por qué no?

—¿Soy digno?

Li Yuechi se da la vuelta. Su expresión es sombría e indescifrable. Tang Heng se estremece al recordar algo: él no sabía nada, pero Li Yuechi lo sabía todo.

¿Acaso Li Yuechi ya los había sentenciado a una separación eterna en su corazón?

—Deja de pensar en eso —dice Li Yuechi de repente mientras revuelve su cabello y luego retracta su mano—. Duerme temprano.

—Oh. —Tang Heng lo mira fijamente—. Está bien.


Nota de la autora: Li-ge es un gran hombre de familia.

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