Cuando los tres llegan al salón de té, An Yu ya está esperando allí. No ha ido ni siquiera a casa; una gran maleta está a su lado, destacando su figura esbelta. Tang Heng se queda parado en la entrada del salón privado, aturdido durante unos segundos antes de darse cuenta de que la mujer vestida con un traje negro es realmente An Yu.
Han pasado seis años; An Yu ha adelgazado mientras que Jiang Ya ha subido de peso, ambos ya no se parecen a como solían ser.
—Están aquí… —An Yu los ve, su rostro sin expresión—. Entren y siéntense…
—An… An Yu… —Jiang Ya levanta la mano como si fuera a palmearle el hombro, pero la retira—. Acabas de llegar, ¿verdad?
An Yu asiente con un «mn», su mirada se detiene unos segundos en el rostro de Tang Heng, para luego deslizarse despacio hasta encontrarse con los ojos de Li Yuechi, que está a su lado.
—¿Cuánto tiempo has estado fuera? —pregunta An Yu con calma.
—Dos años… —responde Li Yuechi.
Ella suelta una breve risa.
—¿Solo dos años y ya fuiste a buscarlo? De verdad que creí que podrías aguantar toda una vida.
Su risa, por supuesto, no es amable ni amistosa, sino que lleva un tono de burla evidente.
Tang Heng frunce el ceño.
—De acuerdo, ustedes dos, esperen afuera… —An Yu mira a Tang Heng—. Necesito hablar contigo sobre algo.
Tang Heng se sienta frente a ella, observando cómo saca un paquete de cigarrillos del bolsillo y enciende uno con destreza.
—¿Quieres uno? —pregunta An Yu.
—No, gracias…
—¿Te sientes mejor?
—Sí, estoy bien…
—¿Él te lo contó todo?
—Casi… —Tang Heng hace una pausa—. Hay algunos detalles que no mencionó.
—Ah… —An Yu sacude un poco de ceniza.
La tensión en el ambiente deja sofocado a Tang Heng. Es evidente que ellos son viejos amigos que se conocen mejor que nadie, pero ahora, increíblemente, parecen dos… –no sabe cómo describirlo– ¿enemigos reencontrándose después de mucho tiempo?
—Para ser honesta, los he odiado. A ti, a ustedes —dice An Yu con la mirada baja y voz pausada—. Y, por supuesto, también a mí misma.
Tang Heng permanece en silencio, simplemente mirando la taza de porcelana blanca sobre la mesa.
—Aquella noche, después de que Xiaoqin fuera violada, se tomó algunas fotos y se las envió a Li Yuechi… Más tarde, él fue a ver al decano con las fotos, pero no sirvió de nada. No lo culpo, lo entiendo.
»Esa noche, subí al techo del edificio de sociología y le dije a mi papá que si no denunciaba a Tang Guomu, me tiraría. Pensé que si dos estudiantes morían en el Departamento de Sociología, seguro eso llamaría la atención de los medios, ¿no?
An Yu da una calada a su cigarrillo y continúa con indiferencia:
—Mi papá estaba aterrado, tanto que me entregó las pruebas. Tang Guomu, además de violar a estudiantes, ha estado involucrado en muchas otras cosas estos años. En particular, ha estado lavando dinero a través de tu madre.
»Aunque esas pruebas no fueran suficientes para la venganza por Xiaoqin, al menos impedirían que volviera a ser profesor. Por supuesto, mi papá también estaría implicado, pero en ese momento, no me importaba.
»Pero no esperaba que… —An Yu sacude la cabeza—. Li Yuechi me detuvo, me suplicó que no publicara esas pruebas, dijo que buscaría venganza por Xiaoqin de otras maneras. Le pregunté por qué, y él respondió con dos palabras. Hicimos un trato, él se encargaría de la venganza y yo guardaría el secreto.
Tang Heng siente un nudo en la garganta mientras levanta la taza y sorbe un poco de té frío.
—Él dijo solo dos palabras, ¿sabes cuáles fueron?
»Dijo: «Tang Heng».
Tang Heng y An Yu salen juntos de la casa de té. Ella toma un taxi para ir a casa, mientras Tang Heng se queda con Li Yuechi y Jiang Ya.
Jiang Ya observa cómo el taxi se aleja y, confundido, pregunta:
—¿Qué fue lo que dijo?
—Todo —susurra suavemente Tang Heng.
—¿Qué?
—Todo, me contó todo.
Li Yuechi se queda en silencio.
Tang Heng exhala despacio.
—Voy a buscar a mi mamá.
—¿Ahora? —pregunta Jiang Ya con ansiedad—. ¿Quieres que te acompañemos?
—No hace falta… —dice Tang Heng, negando con la cabeza.
—¿Estarás… seguro tú solo?
—No te preocupes…
Finalmente, Li Yuechi habla. Mirando directamente a Tang Heng a los ojos, dice suavemente:
—Esperaré a que regreses…
—Está bien —responde Tang Heng.
En el metro, Tang Heng llama a Fu Liling. Ella ya ha regresado a Wuhan.
Tang Heng le dice:
—Mamá, veámonos a solas, o no nos veremos nunca más.
Media hora después, Tang Heng se encuentra con Fu Liling en su antigua residencia de la Universidad de Hanyang. La última vez que se vieron fue hace seis meses, cuando Tang Heng fue a Shanghái para una conferencia académica. Cenaron juntos y luego él la acompañó de compras.
En aquel entonces, Fu Liling estaba despreocupada, sin mostrar ni un ápice de la angustia que muestra ahora.
—¡¿Él fue a buscarte, verdad?! Tang Heng, ¿cómo pudiste…? ¡¿Acaso olvidaste cómo te atormentó?! —grita Fu Liling.
Inesperadamente, Tang Heng se mantiene calmado.
—Mamá, déjame decirte algo primero. En estos seis años, no ha habido un solo día en que no haya pensado en él.
—¡Cállate!
—¿Cómo le va a Wang Lili en la empresa? —dice Tang Heng. En un instante, Fu Liling se queda en silencio.
Como agua hirviendo derramada sobre hielo, todo se desvanece con un «whoosh», sin dejar rastro.
Unos segundos después, Fu Liling murmura:
—¿Quién es Wang Lili?
Tang Heng no responde de inmediato.
—De repente recordé aquella tarde cuando Li Yuechi se disfrazó de repartidor y llamó a la puerta. Antes de eso, me preguntaste si conocía a una chica de apellido Tian, pero no terminaste de hablar… Ya lo sabías, ¿verdad? Ella se tiró del edificio…
»Durante esos días, me confiscaste el teléfono, impidiéndome contactar con el exterior, así que no sabía nada de Tian Xiaoqin. Mamá, ¿fue algo que tú y Tang Guomu planearon juntos?
—¡No! —exclama Fu Liling mientras sus piernas flaquean y se desploma en el suelo—. Antes no lo sabía… No sabía que esa chica iba a morir… Te confisqué el teléfono solo porque no quería que lo contactaras a él…
—Entonces, lo lograste a medias… —Tang Heng esboza una sonrisa amarga—. No estuvimos en contacto durante seis años.
—Tang Heng, por favor, escúchame… —Fu Liling se levanta con dificultad, aferrándose al brazo de Tang Heng—. Solo quería que rompieras con él, no pretendía hacerle daño a esa chica. Es cierto que Tang Guomu me pidió prestada a Wang Lili, pero en ese momento, ¡no sabía para qué la quería!
—Pero Tian Xiaoqin murió.
—Tang Heng…
—Esto es lo que dijo An Yu… —Tang Heng, sintiéndose algo entumecido, recuerda las palabras de An Yu de hace unos minutos—. Nosotros, los que estamos vivos, aún podemos odiar, lamentarnos, buscar venganza, pero ¿cuál es el sentido de buscar venganza? Tian Xiaoqin ya está muerta. Esa persona ya no existe en este mundo.
»Mamá, simplemente haz como si estuviera muerto a partir de ahora. Ya no existo.
—¿Qué estás diciendo, Tang Heng? —Fu Liling tiembla de pies a cabeza, a punto de caer de rodillas—. No me asustes así, ¿sí? Todo lo que he hecho ha sido por ti. Eres mi único hijo, Tang Heng…
—Entre Tang Guomu y yo, elige.
Tang Heng se zafa de su mano.
—Me voy…
Baja las escaleras corriendo como si estuviera huyendo, casi derribando a alguien en la entrada del edificio.
Li Yuechi lo agarra con firmeza.
—¿Estás bien? —le pregunta, nervioso.
—Estoy bien… —Tang Heng hace una pausa—. ¿Por qué estás aquí?
—Estaba preocupado por ti…
De repente, Tang Heng siente como si toda su fuerza se desvaneciera. Su cuerpo entero se vuelve débil, deseando simplemente dejarse caer en los brazos de Li Yuechi. No es insensible; después de decirle palabras duras a su madre y verla en ese estado, naturalmente se siente destrozado.
Es como rasgar papel, desgarrar los primeros veintisiete años de su vida con sus propias manos.
Li Yuechi tiene cargando una bolsa pesada que queda contra la pierna de Tang Heng.
—¿Qué es esto? —pregunta Tang Heng con voz ronca.
—Un martillo, lo acabo de comprar.
—¿Eh?
—Si te encerraban de nuevo, lo usaría para romper la cerradura.
Tang Heng guarda silencio.
—Lo que quiero decir es… —Li Yuechi le acaricia su frente sudorosa—. Esta vez, no te dejaré solo.
