En el futuro, Jinning sería todo un mujeriego. Este señor inmortal lo miró, imaginándoselo rodeado por una docena de hermosas concubinas. Qué niño tan problemático.
Saqué dos pequeños colgantes de jade en forma de calabaza de mi manga y me incliné.
—Este humilde taoísta ve que ambos pequeños jóvenes maestros tienen rostros auspiciosos que auguran buena fortuna, así que les obsequiaré este par de dijes de jade, para que puedan establecer afinidad con el Tao.
Jinning extendió la mano para tomarlos, pero Jinshu lo detuvo jalándole de la manga y alzó la vista hacia mí.
—Eres un maestro taoísta de origen desconocido. Si nos estás dando cosas, ¿qué es lo que quieres a cambio?
Reí.
—Que este humilde taoísta haya podido participar hoy en la ceremonia ritual es prueba de que mis orígenes han sido verificados. Si no, ¿cómo podría una persona cualquiera entrar a la residencia del príncipe de la Comandancia del Este? Estos dos trozos de jade no son más que un medio para establecer afinidad con el Tao; no hay ningún otro motivo. Ahora bien, si el joven señorito de verdad desea recompensar a este humilde taoísta con una pequeñez…
Me acaricié la barba y señalé con la mirada el tubo de bambú que llevaba Jinning en la mano.
—Entonces, ¿qué tal si me das ese tubito?
Jinning miró el tubo de bambú en su mano, como si no quisiera desprenderse de él. Luego volvió a mirar las calabazas de jade en las mías, vacilando. Jinshu parpadeó, miró a Jinning, y después me dijo:
—Entonces yo te doy esto, pero, ¿puedes darnos las calabazas y no llevarte el tubo de bambú?
Rebuscó en su cinturón con su manita, luego la extendió frente a mí y abrió la palma. Al ver esa pieza de jade, me alegré enormemente. Qué golpe de suerte, me lo habían servido todo en bandeja de plata sin siquiera haberme esforzado.
—Gracias, joven señorito.
Tomé uno de los colgantes y se lo entregué a Jinshu.
—¡Oye! ¡Habías dicho que eran dos! —protestó Jinning—. ¿Por qué solo uno?
Negué con la cabeza.
—El obsequio de este joven señorito solo alcanza para intercambiar uno. Una cosa por otra de valor similar, ¿no es eso justo?
—¡Pero dijiste que eran gratis! —refunfuñó Jinning.
Volví a acariciarme la barba.
—Lo dije, pero ahora cambié de parecer.
Jinning frunció la nariz y me fulminó con la mirada. Jinshu le metió el colgante en la mano.
—Déjalo. No pierdas el tiempo discutiendo con él. A mí no me importa esto. Toma, quédatelo tú.
Jinning sacudió la cabeza con fuerza y me tendió el tubo de bambú.
—¡Toma! ¡Dame eso!
Este señor inmortal sonrió de oreja a oreja.
—Gracias, joven señorito. Que el cielo lo colme de bendiciones.
Tomé el tubo de bambú y le entregué a Jinning el otro colgante de jade.
—Te gusta el tubo de bambú, entonces ¿por qué se lo diste? Yo no quiero este colgante —dijo Jinshu.
Jinning le metió el colgante a la fuerza en la mano.
—Tú intercambiaste lo que tenías para darme algo a mí, y yo intercambié lo que tenía para darte algo a ti. De todas formas, las dos cosas que le dimos se las agarramos a escondidas a nuestro tío de su habitación. Si nuestros papás las reconocen, nos van a dar una paliza con la escoba.
Solo entonces Jinshu aceptó el colgante y se lo guardó en la manga.
Este señor inmortal se marchó con ambos objetos en la bolsa, triunfante. Al regresar al templo taoísta, le entregué a Chang Shan una cuerda de monedas y le agradecí por haberme atendido tan bien.
Una gran sonrisa se dibujó en su rostro.
—El compañero taoísta Guangyun es demasiado cortés. Si alguna vez vuelve a visitar Shangchuan, debe pasar a buscarme por el templo, sin falta.
Esa noche, admiraba el tubo de bambú y el colgante de jade, sintiéndome bastante satisfecho. De pie junto a la cama, Hengwen comentó:
—¿Ya estás tranquilo ahora que lograste engatusar a los niños y estafarlos para quitarles ambos objetos? ¿Y entonces? ¿Piensas en él cuando los miras?
¿Cómo podría este señor inmortal hacer algo tan turbio como estafar a unos niños? Esas dos calabazas de jade eran tesoros sobre los que había lanzado un hechizo protector. Eso garantizaría que ningún mal ni demonio pudiera alcanzarlos, y los mantendría sanos y salvos.
Le sonreí servilmente a Hengwen.
—¿Quieres recostarte en la cama?
—Olvídalo —dijo él—. Esa cama tuya no está más limpia que la mortaja en la que enterraron a Li Siming.
Al día siguiente, me despedí del Templo Mingyue y dejé la ciudad de Shangchuan. Guangyunzi tenía un cuerpo mortal, así que este señor inmortal no podía cabalgar sobre las nubes. No me quedó más remedio que hacer todo el trayecto a pie hasta el Ferry Zhoujia, un viaje de cuatro o cinco días caminando.
Cuando ya me encontraba bastante lejos de Shangchuan, Hengwen se materializó y me acompañó a pie. Aunque se manifestó, seguía llevando la apariencia del señor Zhao, sin querer ceder ni un poco y tomar la forma de un maestro taoísta para agradarme.
Durante todo el trayecto, los transeúntes nos lanzaban miradas de reojo, encontrando bastante extraña esta combinación de dos. Cinco días después, al atardecer, me encontraba de pie frente a la Posada Ribereña. Nubes oscuras colgaban sobre nuestras cabezas, oscureciendo el ambiente de forma considerable. Las altas olas del río Yangtsé golpeaban contra la orilla, mientras la bandera de la posada, colocada para atraer a los clientes, ondeaba al viento.
Con un bastón de bambú en la mano derecha –del cual colgaba una pequeña bandera negra con las palabras «Adivinación a prueba de hierro»– y un delgado plumero de crin de caballo balanceándose en la izquierda, entré con paso firme en la posada.
Al principio, el mozo me echó una mirada de reojo, claramente sin mucho interés, y ya se disponía a darse la vuelta. Pero entonces vio entrar a Hengwen y su rostro se iluminó por completo. Al darse cuenta de que él y yo éramos compañeros –y más aún cuando saqué la plata–, las sonrisas del mozo y del posadero se hicieron todavía más amplias. Muy atentos, nos asignaron dos habitaciones de lujo en el piso de arriba, y con la misma atención nos prepararon el mejor lugar en el salón de abajo, donde sirvieron su mejor vino y sus platos más finos.
Una vez servida la comida, un mozo se acercó a llenar las copas con gran hospitalidad y entabló conversación conmigo:
—Daozhang, usted tiene el porte divino de un inmortal. Basta una mirada para ver que es un gran maestro.
—Para nada, para nada —respondí con modestia—. Mi cultivo es escaso, y mis conocimientos en las artes son superficiales. Apenas si puedo leer el rostro de una persona para predecir su fortuna y su porvenir.
Los ojos del mozo brillaron con admiración. Así que continué:
—Este humilde taoísta también tiene algo de conocimiento en lectura de fengshui, observación de fenómenos astronómicos y el arte adivinatorio del Qimen Dunjia.
La admiración en su mirada se intensificó. Entonces proseguí:
—En realidad, este humilde servidor también puede echar un vistazo para detectar posibles casos de posesiones demoníacas, apariciones sobrenaturales, e incluso enfermedades raras y engañosas que no tienen cura.
El rostro del mozo se iluminó con una agradable sorpresa. Dejó de inmediato la jarra de vino y se inclinó con respeto.
—¡Daozhang, usted es una bendición caída del cielo! En nuestra humilde posada hay un paciente con una enfermedad bastante extraña. ¿Podríamos molestarlo para que, por compasión, le eche un vistazo?
El posadero nos condujo personalmente, a Hengwen y a mí, escaleras arriba. Varios mozos más corrían de un lado a otro, haciendo todo lo posible por atendernos.
Según explicó el posadero, un maestro de gran renombre había llegado a la posada acompañado de su séquito. En un principio, tenían la intención de cruzar el río, pero las olas estaban demasiado agitadas y no pudieron hacerlo, así que decidieron quedarse en la posada. Uno de los caballeros del grupo cayó enfermo. Días después, el maestro pareció verse obligado a atender un asunto urgente y partió con la mitad del séquito, dejando a la otra mitad a cargo del enfermo.
Pero el enfermo simplemente no mejoraba, y poco a poco los demás comenzaron a marcharse por asuntos importantes. Al final, solo quedó el inválido.
—Antes de irse el último —nos contó el posadero con gran aflicción—, dejó una suma enorme de dinero y dijo que regresarían en unos días. Nos encargó cuidar bien del caballero enfermo. Incluso llegó a desenvainar su espada y cortar una esquina de la mesa como advertencia, diciendo que eso mismo nos haría si no lo cuidábamos como se debe.
»Pero la salud de ese caballero ha ido empeorando cada día. Buscamos a todos los médicos que pudimos encontrar, y todos dijeron que no tenía cura. Ahora no hace más que yacer en la cama, tosiendo sangre una y otra vez. Apenas si le queda un hilo de vida. Le ruego que haga todo lo posible por salvarlo. Si muere y ese grupo regresa… ¿cómo vamos a darles la cara?
El posadero abrió la puerta, revelando al enfermo postrado, que apenas respiraba. La lámpara de aceite no alumbraba mucho, pero fue suficiente para que pudiera ver claramente al supuesto moribundo en la cama. Al observarlo bien, le dije al posadero sin dudar:
—No se preocupe. Pase lo que pase, no va a morir.
