Agarró la esquina de mi túnica, esforzándose por ponerse en pie mientras se frotaba los ojos enturbiados por el sueño. Tras observar a su alrededor, preguntó con cierta incertidumbre:
—¿Dónde estamos? ¿Y quién eres tú?
Mostré una sonrisa radiante y le revolví el cabello.
—Este es el mundo mortal. Mi nombre es Song Yao.
—Oh. —Ladeó la cabeza y me miró con curiosidad—. Nunca te he visto en la Corte Celestial. ¿Eres un señor inmortal o un inmortal sin cargo oficial? ¿Por qué desperté en el mundo de los mortales?
—El título celestial de este humilde inmortal es Guangxu Yuanjun —respondí con una sonrisa—. Por orden del Emperador de Jade, te he traído al mundo mortal para que adquieras experiencia. Cuando crezcas, deberás administrar el destino literario del mundo humano; por eso debes observar y comprender los sentimientos y deseos de los mortales.
Sus ojos negros y brillantes siguieron fijos en mí.
—¿Estás… aquí para supervisarme?
—No para supervisarte, sino para cuidarte —respondí—. Si hay algo que quieras comer, con lo que quieras jugar o algo que desees, dímelo. No es necesario que me llames por mi título. Puedes llamarme Song…
Al llegar a este punto, un pensamiento se me cruzó de pronto por la mente: «si no aprovecho ahora, ¿cuándo?». Así que continué en tono afable:
—Puedes llamarme Tío Song Yao o Inmortal Tío Song.
Una sonrisa fue dibujándose poco a poco en su carita.
Justo en ese instante, Tianshu –con la apariencia de un joven– se frotó los ojos y se incorporó con gesto de desconcierto.
Este señor inmortal desvió su atención hacia él, y Hengwen alzó la vista para mirarme.
—Nunca he estado en el mundo mortal, así que no sé qué cosas son deliciosas o divertidas. ¿Podrías mostrarme los alrededores, Song Yao?
Reí secamente para mis adentros. «Hengwen, oh, Hengwen… Resulta que ni de niño eras alguien de quien uno pudiera aprovecharse».
Tianshu, de pie sobre el suelo, fijó en mí sus ojos claros y luminosos.
—¿Dónde estamos? ¿Y quiénes son ustedes dos?
¿Ustedes dos?
Entonces caí en la cuenta de que Tianshu había nacido mucho antes que Hengwen. Solo el cielo sabría dónde andaba Hengwen cuando Tianshu era joven.
Hengwen parpadeó. Señalando a Tianshu, alzó la vista hacia mí y preguntó:
—¿Quién es él?
Yo aún dudaba sobre cómo responder cuando Tianshu habló con voz infantil:
—Soy Tianshu, del Palacio Estelar Beidou. Nunca he visto a ninguno de ustedes en la Corte Celestial. ¿Son ambos inmortales o señores inmortales?
«Oh, no», me lamenté en silencio. Tal como temía, el rostro de Hengwen se frunció en una mueca.
—¿Tianshu? Pero sí Tianshu Xingjun claramente es…
Me apresuré a cubrirle la boca y lo atraje hacia mi lado. Me volví y me incliné para susurrarle al oído:
—A Tianshu Xingjun le ocurrió algo en el Cielo. Es, en cierto modo, parecido a ti. La Corte Celestial le confirió el nombre de Tianshu y me ordenó traerlos a ambos al mundo mortal para adquirir experiencia. En unos días sabrás por qué. Por ahora, no digas demasiado, ¿de acuerdo?
Hengwen parpadeó y frunció la nariz. En voz queda, me respondió:
—Está bien, pero estos días no me vigiles tan de cerca como a él.
Con solemnidad, asentí.
—Por supuesto.
Solté a Hengwen, y, en efecto, permaneció obedientemente a mi lado sin decir una palabra más.
Volviéndome hacia Tianshu, dije:
—Mi nombre es Song Yao. Mi humilde título, otorgado por el Emperador de Jade, es Guangxu Yuanjun. Actúo por su orden para traerlos a ti y a este inmortal, Hengwen, a experimentar el mundo de los mortales. Cuando regresen a la Corte Celestial dentro de unos días, comprenderán el motivo. Por ahora, permanecerán en el mundo mortal conmigo.
El Tianshu de ahora no tenía el aura gélida e imponente de un inmortal, solo un aire de inocencia infantil. Además, resultaba mucho más fácil de engañar que el joven Hengwen. Se limitó a asentir dócilmente, creyendo todo cuanto le decía. Hengwen había sido criado por el propio Emperador de Jade desde su niñez, y no fue sino hasta cumplir trescientos años que se le otorgó el título de Qingjun y se le confió la dirección del Salón Wensi. Tianshu, en cambio, había nacido ya como Tianshu Xingjun, el más honorable de todos en el Palacio Beidou. Jamás habría imaginado que este Tianshu más joven fuera tan fácil de persuadir, ni podía concebir cómo un muchacho de temperamento tan apacible llegaría a convertirse en el frío y distante Tianshu de después.
El pequeño Tianshu me miró con sus ojos claros y brillantes.
—Por favor, guíame durante estos días en el mundo mortal.
Sonreí con tanta afabilidad que sentí que la cara se me iba a acalambrar.
Hengwen, todo sonrisas, corrió hacia Tianshu y lo tomó del brazo.
—Me llamo Hengwen. ¿Puedo llamarte Tianshu? ¿También es tu primera vez en el mundo mortal?
Tianshu asintió.
Hengwen prosiguió:
—¿Vives en el Palacio Beidou? Cuando volvamos a la Corte Celestial, iré a visitarte para jugar contigo.
—Claro —respondió Tianshu con alegría.
Este viejo cascarón de señor inmortal se agachó a un lado y observó a los jóvenes Hengwen y Tianshu de pie, tomados de la mano, sintiendo que la escena era tan irreal como si el mismísimo Dijun Donghua realizara una danza de mangas acuáticas ante mis ojos.
Al cabo de un rato, les advertí a Hengwen y a Tianshu que no revelaran rastro alguno de su naturaleza inmortal ante los mortales y planeé buscar una ciudad donde pudiéramos esperar la llegada de los emisarios celestiales. Cuando llegara ese momento, Tianshu entraría en su siguiente reencarnación, Hengwen seguiría siendo Qingjun y yo me dirigiría a la Terraza de la Ejecución de Inmortales.
Justo cuando las nubes comenzaban a alzarse, Hengwen volvió repentinamente la cabeza y miró hacia la maleza crecida a su lado.
—¿Qué es eso?
Seguí la dirección de su mirada. Allí, entre la hierba alta, yacía un bulto blanco: el zorro.
Había estado tan concentrado en Hengwen y Tianshu que lo había pasado por alto. El zorro había despertado mientras Bihua trataba sus heridas, pero en ese entonces no podía moverse. Probablemente intentó huir mientras mi atención estaba en Tianshu y Hengwen, pero, dadas sus heridas, no había logrado avanzar ni unos cuantos pasos, así que se había limitado a quedarse tendido en la tierra.
Hengwen corrió hacia él y se agachó para apartar la hierba alta.
—Un zorro blanco. ¿Cómo se habrá herido? —Extendió la mano para acariciar el lomo del zorro.
Este hundió la cabeza en su propio pelaje, con los ojos fuertemente cerrados.
Tianshu se les unió, agachándose también.
—Sus heridas son bastante graves —dijo.
Hengwen levantó al zorro de entre la hierba. Bola de Pelos, bien alimentado como estaba, resultaba algo regordete, y el pequeño Hengwen tuvo que hacer un esfuerzo para sostenerlo. Mientras lo cargaba, le dijo:
—Pórtate bien, ¿sí? Te llevaré a que te curen las heridas.
El zorro apoyó la cabeza en el pequeño hombro de Hengwen. Lentamente, de sus ojos cerrados brotaron unas gotas de lágrimas.
Miré a Bola de Pelos y dejé escapar un largo, larguísimo suspiro.
