Durante el desayuno, Hengwen volvió a meterse tres bollos al vapor en el estómago. Aquello pareció abrirle el apetito a Tianshu, que comió dos por su cuenta. Yo no cabía de gozo. Después del desayuno, me puse de pie y estaba a punto de salir a dar un paseo cuando Tianshu preguntó de pronto:
—Yuanjun dijo que la Corte Celestial quería que adquiriéramos experiencia en el mundo mortal. ¿Hay alguna lección para hoy?
Aquella pregunta me dejó desconcertado. Cierto. No era una mentira fácil de sostener. Por un momento no supe qué hacer, así que solo pude decir:
—Como apenas llegamos a la ciudad ayer, aún no estamos muy familiarizados con el mundo mortal. Deberíamos aprovechar estos dos días para conocerlo mejor. Volvamos a hablar de ello dentro de tres días.
Tianshu y Hengwen asintieron con solemnidad, y así logré aplazar el asunto.
Antes del mediodía, llevé a Tianshu y a Hengwen a dar un paseo por el mercado, para conocer por nosotros mismos las tiendas, los vendedores ambulantes, los puestos callejeros y la multitud que iba y venía.
—El mundo mortal es estupendo —comentó Hengwen—. Es mucho más animado que la Corte Celestial.
—Pero he oído que todos los mortales desean volverse inmortales —dijo Tianshu—. Si el mundo mortal es tan bueno, ¿por qué siguen queriendo ser inmortales?
No me quedó más que responder con toda seriedad:
—Ahí radica uno de los misterios del universo. Debes meditarlo por ti mismo.
Tianshu me lanzó una mirada respetuosa, probablemente pensando que las palabras de este señor inmortal eran sumamente sabias y dignas de un ser celestial.
Tianshu y Hengwen ya llamaban bastante la atención, y yo aún más, guiándolos por todo el mercado. Tal vez ese era un día especial, pues las calles estaban repletas de mujeres casadas de familias humildes, vestidas con sencillez, y de muchachas bonitas de origen modesto. Todas se apartaban hacia la orilla del camino y no dejaban de mirar fijamente a Tianshu y a Hengwen. Tianshu, inquieto bajo tantas miradas, apretó con fuerza mi mano. Hengwen, en cambio, parecía completamente despreocupado, con los ojos vagando por todas partes. Yo, por mi parte, me sentía bastante incómodo.
A ambos lados de la calle se alzaban edificios decorados alegremente, muchos de ellos casas de entretenimiento y placer, donde hermosas mujeres se apoyaban en las barandillas. Si este señor inmortal hubiese estado solo, paseando con un abanico plegable en la mano, quizá habría intentado coquetear un poco con ellas. Pero, en aquel momento, llevaba a cuestas a dos acompañantes pegados a mis talones, así que solo podía soñar con el romance mientras avanzaba a empellones por el mercado, sintiendo una envidia estéril.
Estaba suspirando cuando noté a Tianshu mirando hacia un costado del camino. Me detuve y seguí su mirada: un puesto exhibía pasteles humeantes recién sacados de las vaporeras de bambú. Cuando Tianshu se dio cuenta de que lo había sorprendido, pareció algo avergonzado y apartó la vista del puesto.
Por lo que se veía, Tianshu nunca había sido de expresar en voz alta lo que pensaba, ni siquiera de niño.
—Ninguno de ustedes ha probado los pasteles de este puesto, ¿verdad? ¿Quieren? —pregunté.
Tianshu me miró y asintió.
Compré dos piezas. Los pasteles estaban hechos de harina de arroz, con un poco de polvo de osmanto y de sésamo espolvoreado por encima. El vendedor envolvió cada uno en papel basto. Aún se sentían bastante calientes al sostenerlos en las manos. Le pasé uno a Tianshu y le despegué una parte del envoltorio.
—Con cuidado, no se vayan a quemar la lengua —les advertí, y entregué el otro a Hengwen.
Él lo levantó y dio un mordisco.
—Un poco dulce —comentó, alzando luego la vista hacia mí—. No me gustan las cosas dulces, así que solo probaré un poco. El resto te lo comes tú, ¿sí?
Una anciana que pesaba nueces en el puesto de frutos secos junto a nosotros había estado lanzando miradas furtivas a Hengwen y a Tianshu; al oír aquello, se le dibujó de inmediato una sonrisa afectuosa.
—Qué niño tan filial —me dijo—. Usted, señor, es muy afortunado.
Este señor inmortal se sintió profundamente abatido. Mi aspecto no debía haber cambiado desde mi ascensión. Tianshu y Hengwen ya no parecían tan jóvenes; como mucho, podían pasar por mis hermanos menores. Entonces, ¿por qué todos me trataban como si fuera su padre?
Dicen que los inmortales viven por siempre en eterna juventud, pero, a juzgar por lo visto, los milenios de vicisitudes habían dejado su huella en el cuerpo de este inmortal, haciéndome parecer un tanto ajado y cansado por el tiempo.
Sonreí a la anciana. Hengwen me entregó el pastel que había mordisqueado, y la anciana exclamó con elogio:
—¡Qué niño tan sensato! —Sacó un puñado de nueces de su cesta y se las ofreció a Hengwen con manos temblorosas. Él enseguida extendió las suyas para recibirlas.
—Gracias, señora —dijo.
—De nada, de nada —repitió ella una y otra vez.
Hengwen no podía sostener tantas, así que las guardó todas en las mangas, dejando solo una en la mano. La observó un momento, dándole vueltas, y luego abrió la boca para morderla.
—¡Ay, no! —la anciana se apresuró a detenerlo—. ¡No la muerdas!
Yo también intervine:
—No puedes morderla; la cáscara es dura y te dolerán los dientes.
Hengwen sostuvo la nuez, perplejo.
—Te las abriré cuando volvamos a casa —le dije amablemente, y él asintió, parpadeando.
—No es común ver a un padre trayendo a sus dos hijos al mercado —me dijo la anciana—. Joven señor, usted viste con elegancia, ¿por qué no vino en silla de manos? ¿Ni siquiera lo acompaña un sirviente?
—Nos acabamos de mudar —respondí—, así que vinimos al mercado a echar un vistazo.
—¿Y su digna esposa está en casa? —preguntó la anciana.
—Ella ya no está en este mundo —respondí con una risa forzada.
Un grupo de personas alrededor escuchaba con las orejas bien atentas. Al oír esto, todos suspiraron. La anciana fue la que más suspiró de todas y llenó la manga de Tianshu con cacahuates. Tianshu le agradeció con cortesía. Lo arrastré a él y Hengwen fuera de la multitud. Aun después de alejarnos unos cuantos pasos, todavía podía oír los suspiros compasivos de la anciana.
—¿Qué es una «digna esposa»? —me preguntó Hengwen—. ¿Y por qué la gente empieza a darnos comida en cuanto dices que no tienes una?
Con expresión imperturbable, este señor inmortal respondió:
—Se refieren a mi esposa. En el mundo mortal, un hombre debe casarse con una mujer para que sea su esposa.
Entonces Hengwen comprendió:
—Ah, ya veo. Así que cuando dices que no tienes esposa, todos sienten lástima por ti. Pero ¿por qué nos dan comida?
Tosí.
—Bueno…
Tianshu, mordisqueando su pastel caliente, intervino:
—¿Es porque les das más lástima por tener que cuidarnos sin esposa, y por eso te ayudan a cuidarnos?
«¡Tal como se esperaba de un Tianshu joven! ¡Tan atento y considerado!».
—¡Exactamente! —asentí.
Tianshu terminó su pastel y empezó a examinar su tesoro secreto de cacahuates. Le abrí uno, y él dijo con toda seriedad:
—He comido los granos antes, pero no sabía que venían dentro de una cáscara.
Sacó un puñado de su manga y se los ofreció a Hengwen.
—Come estos primero. Son fáciles de pelar.
Hengwen los aceptó.
—Gracias. Las nueces las comeremos luego, cuando volvamos.
Unos pasos más adelante, ondeaba una gasa de seda: otro lugar de ternura y pasiones. En el segundo piso, una deslumbrante belleza vestida con una prenda de color rosa pálido se apoyaba en la barandilla, pareciendo mirar distraídamente a lo lejos, creando una escena que mantenía fijos en ella los ojos de todos los hombres jóvenes y vigorosos del lugar.
Yo, con la vista fija al frente, guié a Hengwen y a Tianshu hasta el pie del edificio. A un costado de la calle, varias muchachas vestidas con sencillez elegían coloretes ante un puesto de cosméticos. Una de ellas, al salir de la tienda, tropezó de pronto. Con un grito de sorpresa, cayó directamente en mis brazos.
Me quedé paralizado, y en ese mismo instante, algo ligero aterrizó también sobre mi cabeza.
