Capítulo 69

No surgieron setenta ni ochenta soldados celestiales de entre los árboles para arrestarme después de su partida. El Jardín de los Melocotones Inmortales permanecía en silencio absoluto. No percibía ni el más leve rastro de la presencia de otro inmortal. Pero, pensándolo bien, la Corte Celestial estaba repleta de inmortales y vigilada estricta y cuidadosamente por todas partes. El Emperador de Jade no tenía por qué preocuparse de que yo me escapara. Además, tenía interés en saber cuál era esa «causa y efecto» al que se había referido.

Avancé despacio por el Jardín de los Melocotones Inmortales, repasando una y otra vez qué semilla de causa, plantada antes de mi ascensión al Cielo, podría haber llegado a dar fruto en la Corte Celestial. Lo pensé desde todos los ángulos, pero por más vueltas que le di, no encontré respuesta alguna.

Si se salía del jardín por la puerta del lado opuesto y se seguía un sendero angosto, se llegaba a la puerta trasera de la mansión Tianming, residencia de Mingge Xingjun. Me dirigí hacia allí. No muy lejos de esa puerta se hallaba el estanque de lotos donde había conocido a Hengwen por primera vez. Contemplarlo ahora, en tales circunstancias, destrozó por completo mi corazoncito.

Una brisa clara pasó rozando, y en mi ensueño me pareció oír la voz de Hengwen llamándome: «Song Yao, Song Yao». La melancolía me envolvió más y más. Su voz resonó junto a mis oídos:

—El Emperador de Jade te ordenó ir a la residencia de Mingge Xingjun, ¿por qué te quedas ahí parado frente a la puerta, como un poste?

Suspiré.

—Vi el estanque de lotos y no pude evitar detenerme a mirar. —En el instante en que pronuncié esas palabras, comprendí que algo andaba mal, y giré la cabeza de golpe.

Hengwen estaba de pie justo detrás de mí.

Fijé la mirada en él y extendí la mano para tocarlo.

Era real.

—¿Por qué tienes esa cara de espanto? —preguntó Hengwen.

—Pensé que el Emperador de Jade te tenía bajo custodia —respondí con sinceridad—, así que me sobresalté un poco al verte.

Golpeando rítmicamente su abanico plegable, Hengwen dijo:

—¿Acaso no asumió Song Yao Yuanjun con toda rectitud el entero de los pecados cometidos? Entonces, ¿cómo podría el Emperador de Jade tenerme bajo custodia? —Alzó las puntas de las cejas y continuó—: Ya que en lugar de dirigirte a la residencia de Mingge Xingjun te entretienes aquí, me pregunto si tendrás tiempo de sentarte conmigo junto al estanque y escucharme predicar sobre la causa y el efecto.

El tono de Hengwen era sumamente poco amistoso. Lo seguí.

—Claro… —iba a añadir algo más, pero Hengwen ya se había puesto en marcha con paso enérgico hacia el estanque de lotos. No tuve más remedio que seguirlo.

La enorme roca de entonces –donde Hengwen había extendido el papel para dibujar los lotos– seguía allí. Hengwen se sentó en el primer sitio que encontró, sin pensarlo. Yo, en cambio, dudé un poco, sin saber si debía sentarme más cerca o más lejos. Al final, me decidí por un lugar que calculé que no era ni demasiado próximo ni demasiado distante.

—Este señor no piensa alzar la voz —dijo Hengwen—, así que acércate un poco.

Me desplacé unos tres centímetros más cerca de él. Hengwen frunció el ceño.

—Más cerca.

Me moví otros tres centímetros. Hengwen soltó:

—O bien vas ahora mismo al Palacio Pixiang y pides prestado un juego de faldas a cualquiera de las doncellas celestiales, para seguir titubeando a tu antojo, o te acercas de una vez.

Me acerqué tanto que quedé junto a su hombro, y por fin pareció satisfecho. Contemplé el estanque de lotos y dije en voz baja:

—Hengwen… En realidad, yo…

Hengwen alzó su abanico plegable para interrumpirme.

—Ya que tanto te cuesta hablar, no desperdicies el esfuerzo intentándolo. Dejémoslo por ahora. Tianshu ha vuelto a ser su yo habitual, y en este momento no es más que un cadáver andante detenido en el Palacio Yaoguang. Permíteme contarte primero una vieja historia del pasado.

Hasta las puntas del cabello de Hengwen parecían desprender frío. Sin atreverme a contrariarlo, agucé el oído y escuché.

—De Tianshu Xingjun y Nanming Dijun —comenzó Hengwen—, uno era la estrella de los emperadores, y el otro estaba a cargo de la fortuna y el destino de las naciones. Desde su nacimiento estaban destinados a complementarse y sostenerse mutuamente, entrelazados de forma inextricable. Tras cientos de años de enredos, finalmente se formó entre ambos señores un hilo del vínculo inmortal. Cuando ese hilo surgió por primera vez, no era más que un pequeño nudo corredizo en los dedos de cada uno. En la Corte Celestial, cuando dicho lazo inmortal se forma entre dos inmortales, deben descender al mundo mortal para atravesar tribulaciones. Ese tipo de lazo se originaba, por naturaleza, entre un inmortal y una inmortal, pues la fusión de la energía inmortal del puro yang y del puro yin es el camino natural del Cielo. Quizá en este caso ocurrió porque Tianshu y Nanming estaban demasiado íntimamente unidos, y así, de manera imprevista, se formó un hilo entre ellos. Por esa razón, el Emperador de Jade los envió al reino mortal a experimentar las tribulaciones del mundo. Que el hilo del vínculo inmortal se rompa o se anude en un nudo muerto tras esas calamidades depende enteramente de la voluntad del Cielo.

Así que resultó que Tianshu y Nanming ya habían atravesado tribulaciones en el mundo mortal una vez antes. Si existía entre ellos una conexión tan profunda y arraigada, ¿por qué, entonces, el Emperador de Jade me envió a separar a esos tortolitos?

Hengwen prosiguió:

—No mucho después de que Tianshu Xingjun y Nanming Dijun reencarnaran en el mundo mortal, su hilo del vínculo inmortal se rompió. La reencarnación de Tianshu en aquella vida era más o menos similar al Mu Ruoyan de esta. También entonces era descendiente de una familia de funcionarios, y era débil y enfermizo por naturaleza. Nanming, en cambio, era el joven señor de una familia militar. Creció junto a Tianshu, y hasta fueron compañeros de estudios. Los inmortales suponían que el hilo entre Tianshu y Nanming era imposible de romper, que acabaría convertido en un nudo muerto. Pero nadie habría podido prever que…

Hengwen hizo una pausa antes de continuar:

—Nadie habría podido prever que un mortal se entrometería entre ellos y rompiera el hilo del vínculo inmortal. El hilo que debía atarlo a Nanming terminó siendo forzado a unirse a ese mortal.

¿Eh? ¿Qué clase de individuo del mundo mortal podía poseer semejante poder? ¡Pensar que fue capaz de arrancar el hilo divino de la mano de Nanming y atarlo a su propio dedo!

Hengwen prosiguió:

—Aquel mortal también era compañero de estudios de Tianshu, y había sido atento y considerado con él cuando tenía once o doce años. Hubo incluso una ocasión en que lo protegió durante un malentendido entre Nanming y Tianshu, y fue a partir de entonces que el hilo se rompió.

»Al principio, el otro extremo del hilo solo estaba adherido a la mano de aquel mortal, pero él mostraba tanta atención y consideración hacia Tianshu en todos los sentidos… Los dos pasaban juntos todo el día, desde la niñez hasta la adultez, recitando poemas bajo la brisa y juntando sus lechos para conversar durante la noche. Así, el hilo pasó de estar meramente adherido a la mano de aquel mortal a quedar atado.

»En un principio, era un simple nudo corredizo; pero la tribulación que Tianshu estaba destinado a sufrir en esa vida era la misma que la de Mu Ruoyan: la ejecución de toda su familia y la confiscación de sus bienes.

»En aquel momento, Tianshu debía regresar a la Corte Celestial, pero nadie esperó que el mortal se atreviera a desafiar la voluntad del Cielo y salvara a Tianshu. Se estableció con él en un pequeño patio, tan inseparables como podían serlo.

»Sin otra alternativa, Mingge Xingjun no tuvo más remedio que hacer caer sobre Tianshu una grave enfermedad. Aun así, aquel mortal permaneció junto a su lecho, entregado por completo a cuidarlo con esmero. El día en que Tianshu finalmente regresó a la Corte Celestial, el nudo corredizo en la mano de ese mortal ya se había convertido en un nudo muerto. El colgante de jade que Tianshu lleva consigo fue un regalo de aquel mortal, y aun después de miles de años, sigue portándolo.

Así que existía en el pasado de Tianshu una historia como esa, una que hacía suspirar a quien la escuchara… incluyéndome, en ese instante.

Hengwen giró la cabeza hacia mí, y yo exclamé maravillado:

—Un pasado verdaderamente conmovedor.

—¿No te resulta familiar ese pasado, después de oírlo? —preguntó Hengwen con tono gélido.

¿Familiar? ¿Por qué usaría, precisamente, esa palabra?

Hengwen soltó una risa desdeñosa.

—Mira el estanque de lotos.

Con un movimiento de su manga, las flores y hojas del estanque se apartaron, dejando a la vista una extensión continua de agua. Una repentina luz plateada se extendió hasta que la superficie se volvió como un espejo. En ese espejo apareció una escena.

En la imagen se veía un salón con mesas y sillas bajas; en el fondo, colgaba un retrato de Confucio, lo que revelaba que se trataba de una escuela privada. Dos niños estaban frente a frente, y entre sus manos se veía claramente un hilo dorado que los unía. Uno tenía rasgos delicados; el otro, un semblante fiero. Debían de ser los jóvenes Tianshu y Nanming.

Por más que mirara, no podía evitar sentir que aquella escena me resultaba familiar. De pie entre los dos niños había otro, que a primera vista me pareció inteligente y encantador.

Aquel niño estaba de pie frente a Tianshu, con el pecho hinchado, protegiéndolo. Sentí que lo reconocía, pero no lograba ubicar de dónde. Con el rostro descompuesto de furia, Nanming gritó:

—Esto no es asunto tuyo. Si sabes lo que te conviene, hazte a un lado.

Pero el niño, muy ufano, replicó:

—¿Y tú crees que puedes obligarme? Te lo advierto: desde ahora él está bajo mi protección. ¡Ni sueñes con intimidarlo mientras yo siga aquí!

Nanming permaneció de pie, fulminándolo con la mirada, antes de darse la vuelta con rencor. Al irse, golpeó la mesa con fuerza; el hilo dorado que llevaba en la mano se soltó y rozó el borde del tablero.

El otro niño, en cambio, se volvió para darle una palmadita en el hombro a Tianshu.

—No te preocupes. ¡Mientras esté yo, Song Yao, nadie se atreverá a molestarte en esta escuela;

Me quedé boquiabierto, atónito, como si me hubiera caído un rayo encima. El niño en el espejo agarró a Tianshu y lo arrastró hacia afuera.

—Vamos, salgamos a jugar.

Su mano, sin querer, presionó la mesa de antes, y aquel hilo dorado quedó pegado a su piel, brillando intensamente mientras lo unía a Tianshu y a él en una sola línea de luz…

Hengwen me sujetó la mano izquierda y tocó algo con el dedo.

Enrollado en la base de mi meñique había un deslumbrante hilo dorado y, en el extremo, un nudo muerto.

¿C-cómo… cómo podía ser esto?

En el espejo, el niño sonreía de oreja a oreja mientras tiraba de Tianshu por el patio y decía:

—Du Wanming, hoy tienes que esforzarte más con mi tarea.

Du Wanming.

De pronto recordé ese nombre. Vi estrellitas.

¡Tianshu… Tianshu era en realidad Du Wanming!

Ese… ese Du Wanming…

P–p–pero ¿cómo podríamos Du Wanming y yo haber tenido un amor ilícito, un amor homosexual, en el mundo mortal? Claramente… claramente…

—¿Claramente qué? —dice Hengwen, con una sonrisa que no era exactamente una sonrisa—. El hilo ya está atado a tu mano.

Lo sujeté por los hombros, sin saber si debía estrellar mi cabeza contra el suelo o golpearme el pecho y pisotear de desesperación.

¡¡¡Oh, cielos y deidades del alto firmamento, qué injusticia tan atroz!!!

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