Tianshu era Du Wanming. Y en cuanto a Nanming, también lo recordaba. Se llamaba Jiang Zongduo.
Con razón me lanzaba miradas asesinas desde que ascendí al Cielo.
En realidad, yo no tenía ningún resentimiento hacia él en aquellos tiempos del mundo mortal. Su padre era un general militar de segundo rango, por debajo del rango de mi padre, así que durante el Año Nuevo y otras festividades, solía enviar obsequios de respeto a mi familia. Pero aquel muchacho tenía carácter desde niño y nunca acompañaba a su padre cuando venía a visitarnos.
Recuerdo el nombre de Du Wanming como una pesadilla de mi infancia. Su padre y el mío habían aprobado con éxito los exámenes imperiales en la misma promoción de eruditos, pero la carrera de su padre no había sido tan próspera como la de mi padre, y más tarde acabó convirtiéndose en censor imperial, un cargo ingrato.
Du Wanming tenía mi misma edad. Ya entonces era famoso por ser un niño prodigio, y mi padre solía compararme con él. Du Wanming podía recitar de memoria el Mencio al revés cuando tenía tres años, mientras que yo, a esa misma edad, apenas lograba tartamudear las dos primeras líneas de los Analectas de Confucio. A los cinco años, Du Wanming ya podía imitar los trazos de los grandes maestros calígrafos Wang Xizhi y Wang Xianzhi, mientras que mi escritura seguía pareciendo un revoltijo de garabatos. A los siete, su prosa poética Oda a las orquídeas se leía en todo la capital, pero a esa misma edad yo ni siquiera sabía con certeza qué era una antítesis poética.
Día y noche, mi viejo se moría de envidia por el hijo del clan Du, y le dolía en el alma que, por mucho que lo mirara, su propio hijo –es decir, yo– no estuviera a la altura de sus expectativas. Cuando la frustración le rebalsaba el pecho, me hacía probar el sabor de la vara. Mi padre solía lamentarse con un suspiro:
—Puede que haya tenido suerte en mi carrera oficial, superando a todos los demás, pero dentro de unos años, cuando mi hijo llegue a la adultez, los Song apenas podrán compararse con los Du.
Los funcionarios que servían en la misma administración que mi padre reunieron dinero para construir una escuela privada donde enviar a sus hijos a estudiar. Su propósito verdadero era ofrecer a sus descendientes un lugar donde forjar amistades estrechas desde la infancia, de modo que, cuando en el futuro ingresaran en la Corte Imperial como funcionarios, pudieran cuidarse mutuamente y allanar el camino por delante.
Cuando yo tenía diez años, Du Wanming se matriculó en la escuela privada, y mi viejo me mandó de inmediato a la misma.
Después de ingresar, descubrí de inmediato que había muchos que estaban en la misma situación que yo. Todos, al crecer, habían sido comparados con Du Wanming por sus padres y habían sufrido un sinfín de disgustos por ello. Así que, al ver frente a sí la causa de sus males, rechinaban los dientes de rabia y, de vez en cuando, encontraban algún pretexto para desquitarse directamente con el propio Du Wanming.
Du Wanming parecía frágil y delicado, y además era de esos que se dejan empujar sin oponer resistencia. Si alguien lo molestaba, él lo soportaba en silencio, sin pronunciar una palabra, lo que no hacía sino despertar en los demás más ganas de volver a hacerlo. Así transcurrieron los días, y las burlas y abusos que sufría se volvían cada vez peores.
El clan Du y el clan Jiang –este último, la familia del poderoso y célebre general– eran vecinos, de modo que Du Wanming y Jiang Zongduo crecieron juntos, y este solía defenderlo. Al principio, su relación era bastante buena.
Pero un día, mientras yo pasaba por el corredor cubierto, vi un libro, empapado de agua sucia, tirado en un charco de barro en el patio. Pensé que alguien lo había perdido, así que lo recogí y limpié el lodo con la manga. Aún estaba en ello cuando levanté la vista y vi a Du Wanming de pie frente a mí, mirándome en silencio. Fue entonces cuando supe que el libro era suyo. Por lo visto, los demás niños se lo habían arrojado al charco. Ya que lo había recogido y limpiado, y viendo el aspecto tan desdichado que tenía Du Wanming, pensé que bien podía hacerle el favor de devolvérselo. Así que le tendí el libro. Él me dio las gracias en voz baja, y yo, con magnanimidad, respondí un «de nada» antes de regresar al aula.
Aquella tarde perdí la concentración y me sorprendieron durmiendo en mitad de la lección. Como era reincidente, el maestro montó en cólera y me envió al patio a arrodillarme y copiar diez veces el Tratado de la conducta prudente como castigo. No puse mucho empeño en la tarea, y cuando las clases terminaron al caer la tarde, apenas había escrito cuatro copias.
Al ver que todos se habían marchado, me entró la angustia de no poder terminar nunca. Fue entonces cuando alguien se acercó a mi lado y, como si fuera sin querer, chocó contra el montón de hojas que había copiado y las esparció por el suelo. Levanté la vista. Era Du Wanming. Estuve a punto de soltar una maldición, pero él se agachó y empezó a ayudarme a recoger los papeles.
Lo observé mientras sacaba de su manga un rollo de hojas. Sin inmutarse, lo desenrolló y lo colocó sobre mi escuálido montón de copias. Luego se levantó y se marchó.
Le eché una mirada de reojo y, para mi asombro, aquellas hojas eran también copias del Tratado de la conducta prudente, y la caligrafía era exactamente igual a la mía. Las conté: su montón tenía cinco copias completas. Encantado, escribí una más para completar las diez y se las entregué al maestro.
Al día siguiente, llevé a Du Wanming a un rincón apartado y le pregunté cómo había logrado imitar mi caligrafía.
—En casa suelo copiar libros para mis hermanos mayores, así que puedo imitar la letra de otras personas —explicó Du Wanming—. Ayer me ayudaste, así que considera esas copias un pequeño gesto de agradecimiento.
No me lo esperaba. De verdad sabía cómo devolver un favor. ¡Una habilidad así era demasiado buena para ser cierta! Con toda seriedad le pregunté:
—Entonces, si te ayudo otra vez, ¿me agradecerás de la misma forma?
—Ya me has ayudado antes —dijo Du Wanming—, así que solo dime si hay algo en lo que pueda ayudarte.
Fue entonces cuando decidí tomarlo bajo mi ala.
Como el rango oficial de mi padre era más alto que el de los demás, la mayoría de los niños de la escuela privada me seguían y hacían lo que yo decía. De modo que, cuando anuncié que Du Wanming estaba bajo mi protección, el acoso hacia él disminuyó. También les conté a algunos amigos cercanos su habilidad, y cuando la noticia se esparció por toda la escuela, de pronto nadie volvió a molestarlo. Incluso, de vez en cuando, algunos le hacían la pelota con tal de librarse de una tarea.
Sin embargo, los mantuve a raya, temeroso de que, si se veía abrumado con las tareas de los demás, no hiciera bien las mías. Aparte de mí, solo se le permitía ayudar, como mucho, a dos personas más. Los otros compañeros no tenían más remedio que esperar su turno, cruzados de brazos: uno tenía su tarea apartada para hoy, y otro, para mañana.
Justo cuando todos empezábamos a convivir en armonía, Jiang Zongduo tuvo que venir a agitar las aguas. Cuando veía a Du Wanming jugando conmigo, le encontraba algún defecto injustificado y lo reprendía. Como yo ya había tomado a Du Wanming bajo mi protección, naturalmente no podía permitir que Jiang Zongduo lo molestara, de modo que siempre me interponía entre ellos para defenderlo.
Du Wanming me ayudaba con mis deberes todos los días, así que, por supuesto, yo no iba a tratarlo mal. Lo llevaba a jugar con grillos, a atrapar saltamontes, a volar cometas; también lo incluía cuando jugábamos a adivinar y a los dados, o cuando salíamos al campo a robar espigas de trigo. Incluso le regalé una calabaza para guardar los grillos, una jaula para los saltamontes y la cometa más moderna de Jiangnan que el discípulo de mi padre había traído de regreso para obsequiármela.
Después de empezar a jugar juntos, me di cuenta de que Du Wanming en realidad no era una mala persona. Era un amigo leal y de carácter apacible.
Una vez lo llevé a una casa abandonada en las afueras de la ciudad para atrapar grillos, y aunque lograron salvarlo de caer a un pozo, un colgante de jade que llevaba al cuello se le deslizó del cordón y cayó dentro. Se oyó un chapuzón y adiós. Para compensarlo, robé un trozo de jade precioso de mi madre y se lo di. Mi madre no reaccionó con demasiada severidad al enterarse de que yo había sido el ladrón. Mi padre, en cambio, estalló en furia y me propinó una paliza con una gran vara que me dejó cojeando cinco o seis días.
Permanecimos juntos en la escuela privada durante cinco años. Cuando la dejé, cinco años después, fue justo en esa época juvenil en la que uno se deleita en correr aventuras. Con tres o cinco amigos afines que había conocido en la escuela, recorrí toda la capital a caballo, bebiendo vino, buscando diversiones y visitando cortesanas.
Poco a poco me fui distanciando de Du Wanming. Cargado con grandes expectativas, él se dedicó por completo al estudio, encerrado en su casa. A los dieciséis años, el emperador lo nombró personalmente el erudito supremo del examen imperial. Le concedieron un cargo oficial de cuarto rango y fue admitido en la Academia Hanlin. Mis antiguos compañeros de escuela y yo fuimos a felicitarlo, y aunque vestía ya el atuendo oficial de la Academia, su actitud seguía siendo tan modesta y afable como siempre.
Aquello alteró tanto a mi padre que cada vez que veía mi cara, suspiraba y gruñía. Por fortuna, mi madre era más filosófica al respecto.
—¿Qué importa si nuestro hijo pasa o no el examen imperial? Si quiere ser funcionario, bastará con una palabra. Aún es joven, y si entra en la vida del funcionariado ahora, solo saldrá perdiendo. Más vale dejarlo disfrutar de su libertad unos años. Primero arreglemos su matrimonio; una vez casado, madurará y sentará cabeza por sí solo. No será tarde entonces para que entre al servicio del Estado.
Mi padre, convencido al fin por las palabras de mi madre, se lo tomó con más calma. Pero, ¿quién iba a imaginar que las cosas no saldrían como se esperaba? Su hijo no solo era incapaz de alcanzar honores académicos o cargos oficiales, sino que incluso estaba condenado a un destino de eterna soledad. Los compromisos matrimoniales se deshacían uno tras otro, y todas las muchachas que me interesaban huían una tras otra. Durante años cortejé a tantas flores, pero ni una sola me dejó probar siquiera un poco de su polen.
Mi fama de estar condenado a la soledad eterna se extendió por toda la capital, convirtiéndose en motivo de burla. Incluso el emperador tenía que contener la risa cada vez que, en mi presencia, se tocaba el tema de mi matrimonio.
Estaba desconsolado.
Las primeras veces que me rompieron el corazón, aquella pandilla de amigos juerguistas me consolaba y bebía conmigo para ahogar mis penas. Pero, a medida que los desengaños se hicieron más frecuentes, su primera reacción al verme aparecer era soltar una carcajada antes que pronunciar cualquier palabra de aliento. De modo que empecé a ahogar mis penas completamente solo.
Un día, mientras me emborrachaba en una pequeña taberna para olvidar mis penas, me topé con Du Wanming, que acababa de salir de una sesión en la corte. No me ofreció muchas palabras de consuelo, pero me escuchó desahogarme y bebió conmigo. No esperaba que, después de tantos años sin contacto, todavía me considerara su amigo. Así que, cuando volvía a sufrir otro desengaño amoroso y terminaba destrozado por completo, lo arrastraba a beber unas copas. Jamás se burló de mí.
Fue en esa época, justo cuando la hermana menor del emperador se casó finalmente con su pequeño viceministro –tras un intento fallido de hacerme pasar por padre del hijo que esperaba–, que estalló un gran asunto en la Corte Imperial. El padre de Du Wanming, que servía como censor imperial, fue implicado en un antiguo caso ocurrido antes de la subida al trono del emperador, y las investigaciones revelaron que había tenido vínculos con la vieja facción del príncipe rebelde. Como consecuencia, la familia Du fue condenada por traición. Todo su clan fue ejecutado, y sus bienes, confiscados.
Aquel fue el día en que Jiang Zongduo vino a mi casa por primera vez. Franco como era, fue directo al grano en cuanto me vio.
—Por la amistad que has tenido con Du Wanming todos estos años, deberías salvarlo.
—No necesito que me lo recuerdes —le respondí—. A decir verdad, ya lo he salvado.
El emperador me había arrebatado a la esposa que aún no alcanzaba a desposar, y su hermana menor casi me convertía en un cornudo al hacerme padre sustituto de un hijo concebido fuera del matrimonio. Con todo eso, me debía dos veces. Además, el propio emperador había mencionado una vez que el delito del Censor Imperial Du no era más que una acusación criminal, pero al implicar al trono, no tuvo más remedio que imponer el castigo. Luego, había lamentado –no sé si a sabiendas o sin darse cuenta– qué lástima lo de Du Wanming.
Así que rescaté a Du Wanming del corredor de la muerte sustituyéndolo por un cadáver y declarando que había muerto de forma repentina. Ante esto, el emperador no dijo una palabra. Instalé a Du Wanming en un pequeño patio a las afueras de la capital y solía ir a visitarlo con frecuencia para jugar al ajedrez. No había leído mucho de los clásicos, así que no podía hablar de ellos con él, y en cuanto al ajedrez, tampoco lograba ganarle. Su salud era frágil y a menudo le costaba dormir, de modo que a veces jugábamos hasta el amanecer.
Las paredes que cercaban el patio estaban cubiertas de enredaderas, y en primavera rebosaban de las flores exuberantes de las rosas amarillas sin espinas. A veces, después de una noche de ajedrez, salía de la estancia temprano por la mañana y me recibía el aroma particularmente intenso y grato de las rosas entre la neblina matinal. El médico decía que esa fragancia podía aliviar la opresión que Du Wanming sentía en el pecho.
Du Wanming no derramó lágrimas de gratitud por haberlo salvado. Toda su familia había sido decapitada, y él ya no era más que la sombra de lo que había sido. Solo me preguntó una vez, sin mucha emoción, si no temía ser implicado por haberlo ayudado, dado el gran riesgo que eso entrañaba.
Pensé: «¿Acaso crees que haría algo que supiera de antemano inútil?». Por supuesto que desde hacía tiempo sabía que el emperador no investigaría el asunto. Y además, éramos amigos; si estaba dentro de mis fuerzas y mis medios, naturalmente debía ayudarlo.
Quizá sea cierto eso que dicen: ninguna buena acción queda sin recompensa. No mucho después de haber instalado a Du Wanming, eché un vistazo repentino hacia las calles y vi a Yaoxiang.
Aún ahora, al recordar ese nombre, sentía una punzada en el corazón. Me enamoré de Yaoxiang a primera vista, y la amé de verdad, con todo mi ser. Cada día hacía cuanto podía para agradarle, incluso llegué a pedirle a Du Wanming que me enseñara algunos poemas amorosos y prosas románticas para compartir con ella. Para apoyar y mantener a su pobre erudito, ella fingía tratarme bien. Yo, cegado por la dicha del amor, vivía embriagado de esa ilusión cada día.
Sin embargo, la salud de Du Wanming se deterioraba día a día. Había sido torturado en prisión, y el médico dijo que tenía el bazo lesionado; el hecho de que hubiera sobrevivido más de unos pocos días ya era casi un milagro. Por fortuna, no sufrió demasiado al final. Perdió el conocimiento dos veces a causa del dolor y se durmió; la última vez que despertó, incluso me dio las gracias por haberlo cuidado todo ese tiempo. Cuando cerró los ojos, su expresión era tranquila.
Incluso me dejó un fajo de poemas copiados, para que se los recitara a Yaoxiang.
Lo enterré junto a la colina esmeralda a las afueras de la ciudad y di órdenes expresas de que alguien vigilara el túmulo.
Al final, Yaoxiang se juntó con su pobre erudito, y yo terminé sin nada, con las manos vacías tras tanto esfuerzo.
Desolado, compré vino y bebí hasta emborracharme. En la residencia aún quedaban dos libros de poemas que Du Wanming había dejado, y aquellos versos amargos y trágicos encontraron eco en mi propio pesar. Estuve con el corazón hecho trizas desde el Festival del Doble Nueve hasta el Festival del Bote del Dragón del año siguiente. Entonces, las palabras que Yaoxiang me dijo en el templo me asestaron un golpe tan brutal que vi estrellas.
Después de eso, crucé la calle y pedí un tazón de fideos wonton. Y después de eso, ascendí y me convertí en el Inmortal Song Yao.
Hengwen me escuchó sin decir una sola palabra. Le agarré la manga.
—No tengo idea de cómo la Corte Celestial llegó a tergiversarlo de ese modo, pero esta es la verdadera historia.
—En realidad —dijo Hengwen lentamente—, no hay gran diferencia entre tu versión y la de la Corte Celestial.
Miré mi dedo meñique izquierdo y sentí que el corazón se me enfriaba.
—Hengwen, dime la verdad. Siempre creí que había ascendido a la Corte Celestial por pura coincidencia, pero en realidad… ¿tiene que ver con que Tianshu y yo estamos unidos por este hilo?
Tianshu. Du Wanming.
Ya que Tianshu era Du Wanming, y aún conservaba el jade que yo le había regalado, debí de haber sido un rostro familiar para él tras mi ascensión a la Corte Celestial. Entonces, ¿por qué siempre había mantenido esa actitud fría, distante, fingiendo no conocerme?
—No exactamente —respondió Hengwen—. El hilo en la manos de Tianshu y en la tuya se ha convertido en un nudo muerto; pero, al fin y al cabo, tú eras un mortal. Mientras pasaras cinco vidas de reencarnación en el mundo humano sin encontrarte con Tianshu, el hilo se rompería de manera natural. Sin embargo… —Hengwen me lanzó una mirada de resignación— tienes, sin duda, una suerte extraordinaria. Justo ocurrió que el elixir inmortal de Taishang Laojun cayó al mundo de los hombres y tú fuiste quien se lo comió, ascendiendo así.
¿Y qué si me había convertido en inmortal?
Hengwen suspiró.
—Quizá este sea un destino que ni siquiera los inmortales pueden controlar. Una vez que te has convertido en inmortal, permanezcas o no como tal después, se dice que este hilo es imposible de desatar, a menos que tú o Tianshu sean reducidos a la nada.
