Capítulo 77

Me encontraba en las calles de la capital, contemplando las peonías que florecían en el mercado de flores.

Decían que las peonías carmesí eran las más raras y valiosas de todas. En mis más de veinte años de vida, había visto peonías rojas brillantes, blancas y verdes… pero jamás una carmesí.

Anteayer, Mudan Xu había enviado a alguien con una invitación para mí, diciendo que tenía una maceta con una peonía carmesí, originalmente un tesoro poco común de la colección del templo Hongfa, que el abad le había obsequiado antes de fallecer. Hoy la flor había abierto y él ofrecía una reunión de apreciación floral frente a su Casa de la Belleza Inigualable, a la cual deseaba que asistiera.

En un principio, yo, este joven señor, no sentía el menor afecto por flores ni plantas.

¿Qué más da si es roja o verde? Al fin y al cabo, solo es una flor, ¿no?

Sin embargo, últimamente había estado frecuentando el Pabellón Cuinong, y Yingyue dijo que amaba las peonías, así que bien podría aprovechar esta reunión de apreciación floral para comprar una maceta y arrancarle una sonrisa.

La reunión de apreciación floral comenzó temprano en la mañana, a la hora chen. Yo llegué un poco antes, así que me alejé a dar un paseo sin prisa. Cuando regresé, ya casi era la hora señalada; junto a la terraza de flores acababan de ejecutar una pieza de flauta y una melodía de qin como apertura. Habían colgado una ristra de petardos junto a la terraza, y Mudan Xu los encendió en persona. Cuando cesaron los estallidos, pronunció un discurso. Luego levantó el velo y mostró aquella maceta con su peonía.

La flor era de un tono rojo intenso y desprendía una magnificencia en su delicada ternura.

Verdaderamente, un ejemplar extraordinario.

Mi corazón se elevó al contemplarla, justo cuando escuché a alguien en la multitud exclamar:

—Un ejemplar extraordinario.

Qué extraña coincidencia. Entre la multitud, incontables voces clamaban alabanzas, y sin embargo, de todas ellas, fue esa la que escuché.

Más aún: aquella voz me resultó inexplicablemente familiar, como si la hubiera oído muchas veces antes.

Miré hacia la multitud y vi a un hombre vestido por completo de azul celeste entre la gente.

Él se volvió hacia un lado y miró en mi dirección, y yo me quedé paralizado un instante; fue como si el bullicioso mercado, con sus gentes y sus peonías, se hubiera desvanecido en la nada.

Por un fugaz momento, tuve la sensación de haberlo conocido antes.

Me abrí paso entre la multitud y, juntando las manos en saludo, le hablé:

—Este humilde servidor se llama Qin Yingmu. ¿Puedo preguntar por su nombre, señor?

Él sonrió de buena gana.

—Mi humilde apellido es Zhao, y mi nombre, Heng.

Tras intercambiar unas breves cortesías, pareció disponerse a marcharse. Me apresuré a alcanzarlo y dije:

—Este humilde servidor siente, al verlo por primera vez, una cercanía como la de los viejos amigos. Quisiera invitarlo a beber una copa en el restaurante, ¿me concedería el honor de su compañía?

No rehusó la invitación y, con prontitud, respondió:

—Con gusto.

Aún era la hora chen, y el camarero del restaurante dijo que todavía era demasiado temprano para empezar a servir vino. Coloqué un lingote de plata sobre la mesa, y de inmediato el hombre cambió de parecer.

—Tenemos vino y platillos exquisitos ya preparados.

Con toda cortesía, el camarero nos condujo a este joven señor y a Zhao Heng a la habitación privada más exquisita, donde en seguida sirvieron varios platos fríos de primera y una jarra de vino Shaoxing de alta calidad.

Levanté mi copa hacia la persona que tenía enfrente.

—A su salud.

—Mi nombre de cortesía es Hengwen —dijo él—. Puedes llamarme simplemente Hengwen. Hablar con tanta formalidad se siente demasiado.

Hengwen, Hengwen…

Al repetir su nombre, me resultó extrañamente familiar.

—En ese caso —dije—, no me andaré con ceremonias. Mi nombre de cortesía es Nanshan. Puedes simplemente llamarme Nanshan también.

Él sonrió.

Sin darnos cuenta, aquella ronda de vino se prolongó hasta bien entrada la noche.

Yo bebía como si no hubiera probado el vino en cientos de vidas; no podía dejar de beber.

Bebimos en el restaurante hasta entrada la tarde, y él me dijo que se hospedaba en una posada en otra calle. Tambaleándome, lo seguí hasta su posada y entré en su habitación; luego grité otra vez para pedir más vino y algunos platillos para acompañarlo.

Recuerdo que le recité todo el árbol genealógico de mi clan Qin. Le conté cómo, cuando era niño, mi padre había hecho que me leyeran la fortuna, y el adivino dijo que en esta vida tendría buena suerte en el amor; que estaba destinado a ser un galán.

Él alzó su copa de vino, me miró y preguntó:

—¿Y resultó ser cierto?

—Al principio yo tampoco lo creía —respondí enseguida—, pero dio justo en el clavo. No es que quiera fanfarronear ante ti, pero en los burdeles de la capital, no sabes cuántas cortesanas lloran esperando que yo vaya a redimirles su libertad.

Con la leve sombra de una sonrisa en los labios, él dijo:

—¿No será que ya se han enamorado de algún erudito pobre o de un vendedor de cosméticos, y splo te están usando como balsa para cruzar el río?

Fruncí el ceño.

—¿Cómo podría yo ser un idiota de ese calibre, no solo el chivo expiatorio, sino además un cornudo?

Él soltó una risa indescifrable y no dijo nada. No sabía cuánto tiempo llevábamos bebiendo, pero para cuando terminamos toda la jarra, la vela sobre la mesa ya se había consumido. Bebí hasta quedar aturdido, y él también bebió hasta tambalearse, así que simplemente nos tumbamos en la cama y nos quedamos dormidos.

Me di la vuelta en la cama y le dije:

—Después de tantos años, no ha sido hasta hoy que he bebido con auténtico desahogo.

Él emitió un sonido de asentimiento y volvió a dormirse.

Al día siguiente, cuando desperté, la habitación estaba vacía. No había rastro de él.

El posadero me dijo que no había visto salir a ese joven señor en ningún momento, y que la habitación ni siquiera había sido pagada.

Había desaparecido, así, sin más, y en los días siguientes no logré volver a encontrarlo. Busqué por todas partes y seguí pagando esa misma habitación en la posada, día tras día, reservándola para él. El posadero me dijo que el joven amo no había mencionado de dónde venía, y en ningún otro lugar lo reconocían.

Por alguna razón inexplicable, simplemente no podía dejar de buscarlo. Claramente había sido un encuentro casual, y aun así no conseguía olvidarlo. Busqué desde el Festival del Barco del Dragón, el quinto día del quinto mes de ese año, hasta el Festival del Medio Otoño, el día quince del octavo mes del año siguiente.

Durante más de un año, sin importar con quién bebiera, todo me sabía insípido. Al dormir, tenía sueños confusos: hoy era un jabalí salvaje, mañana una tortuga. Un día soñé que estaba en un lugar envuelto en niebla, y él estaba justo delante de mí. Lo llamé por su nombre, y él se dio la vuelta, como si fuera a hablar, pero entonces desperté.

El otro día entré, abatido, a un pequeño templo y saqué una varilla de adivinación buscando orientación divina en mi búsqueda de él. El intérprete dijo que la que me había tocado era la peor de las señales: volver a ver a la persona que buscaba sería tan difícil como que un mono arrancara la luna del cielo. Al ver mi semblante decaído, el intérprete me consoló diciendo que, en realidad, en aquella suerte aún quedaba un rayo de esperanza, pues el mono que intenta arrancar la luna es mejor que el mono que intenta pescarla.

—¿Y eso por qué? —pregunté.

El intérprete explicó:

—Cuando el mono pesca la luna, la pesca en el agua. Por mucho que lo intente, solo consigue un reflejo. Pero cuando el mono arranca la luna, la luna que obtiene sería la verdadera.

—Pero el mono no puede volar —respondí.

Desconsolado, saqué una moneda de plata, la dejé sobre la mesa del intérprete y salí del templo.

La calle estaba llena de gente que iba y venía. Caminé hasta un lado del camino, y allí escuché que alguien me llamaba:

—Señor, ¿le gustaría tomar asiento?

Así que me senté, y la persona me preguntó:

—¿Qué desea ordenar?

—Lo que sea que haya en el menú —respondí distraídamente.

Al poco rato, un gran cuenco humeante aterrizó con un golpe sobre la mesa a mi lado. La persona que lo había traído sonrió con amabilidad y dijo:

—Parecía desfallecido de hambre, así que me tomé la libertad de prepararle un gran tazón de fideos con wantanes.

«¿Fideos con wantanes?».

Me incorporé un poco para mirar. Nunca había probado algo así. Tomé un par de palillos, levanté unos fideos y me los llevé a la boca: un sabor verdaderamente singular.

Un anciano que comía fideos a mi lado me miró; con media boca aún llena, abrió los labios como si quisiera decir algo.

Tragué mis fideos y pregunté:

—¿Sucede algo, señor?

El anciano vaciló un momento antes de responder:

—Hace un rato vi un buen pedazo de excremento de rata pegado a los fideos que levantaste, pero antes de que pudiera avisarte… ya te lo habías tragado…

Esa noche, cuando regresé a mi patio, aquel trozo de excremento de rata desató una tormenta en mi estómago, recorriendo mis miembros y mis huesos. Aquella sensación me resultaba extrañamente familiar.

Igual que él me había parecido familiar, igual que el nombre Hengwen me había resultado familiar.

Y así, con nubes auspiciosas bajo mis pies, y con mi esencia, energía y espíritu fundidos en uno solo, ascendí una vez más.

Me encontraba ante el emisario celestial encargado de recibir a los inmortales recién ascendidos, frente a la Puerta Sur de los Cielos.

Aquel emisario no pensó gran cosa de un inmortal como yo, recién ascendido y sin mérito propio, así que me trató con frialdad mientras desplegaba el registro de nombres, mojaba su pincel en tinta y me preguntaba:

—¿Cuál era tu nombre en el mundo mortal?

—En esta vida me llamo Qin Yingmu —respondí.

El emisario alzó el pincel para anotarlo, pero luego dijo:

—Espera un momento. Debo dirigirme al Palacio Lingxiao para informar al Emperador de Jade antes de que cruces la Puerta Sur de los Cielos.

Cerró el libro y continuó:

—Tienes mucha buena suerte. Los elixires del Taishang Laojun estaban listos para ser extraídos del horno justo hoy, y el Venerable Anciano Mahākāśyapa del Paraíso Occidental casualmente fue a visitarlo. Mientras Laojun debatía las doctrinas budistas desde la perspectiva del Tao con él, al guardar los elixires, uno se le escapó sin darse cuenta y cayó al mundo mortal. Y resulta que tú lo has encontrado —dijo el emisario.

—Tener buena suerte no es algo que yo pueda evitar —respondí—. De hecho, no es la primera vez.

El emisario levantó el pie para marcharse, pero lo llamé:

—¡Espere un momento! ¿Podría hacerme el favor de transmitirle un mensaje al Emperador de Jade en mi nombre? Dígale simplemente que Song Yao ha recogido otro elixir inmortal y que, una vez más, ha ascendido a la Corte Celestial.

El joven emisario celestial se volvió de golpe, con la boca entreabierta, completamente atónito.

Me encontré al pie de los escalones de jade del Palacio Lingxiao. El Emperador de Jade estaba erguido en su trono, y a su lado se sentaba la Reina Madre.

—¡Una aberración! —exclamó el Emperador de Jade—. ¡Verdaderamente, una aberración!

—¿Por qué decirlo así? —replicó la Reina Madre—. Song Yao no lo ha tenido fácil. Estuvo a punto de ser obliterado, y aun así logró cortar su vínculo inmortal y ahora ha regresado al Cielo. Si los inmortales también tienen destino, entonces probablemente este sea el suyo. Si es la voluntad del Cielo, ¿por qué ponerle trabas?

El Emperador de Jade me observó detenidamente el rostro y, tras un momento, suspiró.

—Como sea. Tal como ha dicho la Reina Madre, probablemente este sea tu destino. Estuviste a punto de ser obliterado, y ahora has resurgido de las cenizas, reencarnado y renacido. No volveremos a indagar en lo que pertenece al pasado, pero solo podrás ser un inmortal sin cargo alguno en la Corte Celestial, y la Corte Celestial también te tratará como si no existieras. Hay una isla en el mar, en el lejano oriente. ¡Ve allí por tu cuenta y pasa el resto de tus días!

Me incliné.

—Gracias, Emperador de Jade.

Luego salí del Palacio Lingxiao. El joven emisario celestial que me había conducido al salón seguía de pie fuera de la puerta, así que le pregunté:

—¿Puedo preguntarte dónde está ahora Hengwen Qingjun?

—¿Qué Hengwen Qingjun?

—Hengwen Qingjun, del Palacio Weiyuan, encargado de supervisar los asuntos literarios —dije.

El joven emisario celestial respondió:

—Quien está a cargo de los asuntos literarios es el Tianjun, Lu Jing. Vive en el Palacio Weiyuan. En la Corte Celestial no existe ningún Hengwen Qingjun.

Un frío glacial me cayó encima, como una avalancha de nieve.

La nieve helada caía sobre mí.

A mi lado, una voz me llamó:

—¡Song Yao, Song Yao!

Al voltear la cabeza, vi a Bihua Lingjun. En un instante me lancé hacia él y lo sujeté por los hombros.

—¿Dónde está Hengwen?

Bihua Lingjun me miró con las cejas alzadas.

—Tienes agallas para hacer esa pregunta.

El problema con Bihua Lingjun era que cuanto más prisa tenías, más despacio se movía; cuanto más ansioso te ponías, más se demoraba.

Con toda parsimonia me condujo hasta un lugar apartado, con la misma lentitud recogió una roca para sentarse y solo entonces, todavía sin apresurarse, dijo:

—Aquel día montaste una escena tan conmovedora al arrastrarte hasta el mundo mortal para ser obliterado, pero la verdad es que Hengwen lo supo en cuanto cruzaste la Puerta Sur de los Cielos. Cuando descendió al mundo de los mortales, ya no había manera de salvarte, así que enloqueció y, en su desesperación, cometió la locura de sacrificar su propia esencia inmortal para rescatarte.

»Él nunca ha sido mortal, y sin su esencia inmortal habría sido aniquilado al instante. Por suerte, el mundo de los hombres no podía soportar su poder, y justo cuando estaba por extraer su esencia, la cima de la montaña se derrumbó. Donghua y yo descendimos apresuradamente y te compartimos un poco de nuestra esencia inmortal. Luego pedimos a Laojun una píldora de elixir y fuimos al Paraíso Occidental a suplicar al Tathagata por algunas reliquias. Con gran esfuerzo logramos conservar un pequeño vestigio de tu alma. Le pedí un favor al rey Yan y te metí en el ciclo de la reencarnación, para que, tras varias vidas, tu alma pudiera nutrirse y completarse por entero.

Hengwen descendió en secreto al mundo mortal para observar tus reencarnaciones. El Emperador de Jade lo hizo regresar a la Corte Celestial y designó a Lu Jing para encargarse de los asuntos literarios. Desde entonces, en la Corte Celestial ya no existe Hengwen Qingjun.

—¿Dónde está Hengwen ahora? —pregunté.

El paisaje en la Corte Celestial seguía siendo el mismo, como si mis múltiples vidas en el mundo mortal hubieran sido sino un sueño pasajero. Preparado para partir hacia la isla del mar del extremo oriente, me detuve a lo lejos y contemplé mi antigua Residencia de Song Yao Yuanjun y el Palacio Weiyuan de Hengwen, ya pertenecientes al pasado.

Justo cuando me disponía a marcharme, un grupo de inmortales se acercó desde entre las nubes flotantes. Me aparté y me quedé al borde del camino.

Rodeado por el resto de los Beidou Qixing, una figura de semblante indiferente, vestida con una túnica sencilla, se detuvo cuando el grupo pasó cerca.

Habiéndose liberado del pasado, Tianshu ya no era tan gélido ni tan cortante como antaño. Me miró y, con voz suave, preguntó:

—¿Eres, acaso, un inmortal recién llegado a la Corte Celestial?

—Así es —respondí—. Este humilde servidor es Qin Yingmu, quién acaba de ascender a la Corte Celestial.

Tianshu asintió con una leve sonrisa y siguió su camino en dirección contraria.

Contemplé su figura alejarse. El pasado de aquellos años era como el aroma de las rosas amarillas sin espinas en los primeros rayos del sol de antaño: desvanecido entre la brisa y la niebla, sin dejar rastro alguno.

Apresuradamente, me dirigí al lejano oriente. La isla en medio del mar estaba cubierta de árboles divinos de formas retorcidas y rocas esparcidas en desorden. Me abrí paso entre ellas, de un lado a otro.

—¿Dónde está Hengwen? —había preguntado.

Y Bihua Lingjun me había respondido:

—El Emperador de Jade lo ha exiliado a la Isla del Lejano Oriente.

Él estaba de pie bajo el árbol celestial, frente a las puertas, y me sonreía con dulzura, como si el viento primaveral pasara rozando y tres mil flores de melocotón se abrieran en un fulgor deslumbrante.

—Te debo cinco vidas enteras y el haber restaurado mi alma —le dije—. Si sumamos los intereses, quizá nunca logre saldar esa deuda.

—Pagaste mi deuda con Xuan Li en mi lugar. Puedes compensarlo con eso —respondió Hengwen.

—Lo dudo —repliqué—. Saldrías perdiendo si lo hiciera.

Hengwen agitó su gastado abanico plegable.

—No me preocupa demasiado. ¿Y qué si se compensa? ¿Y qué si no?

Lo abracé por los hombros.

—Exacto. Tú eres mío, y yo soy tuyo. Entre nosotros no existe tal cosa como una deuda.

FIN

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