Extra: El Inmortal Viviente 

El llamado Inmortal Viviente no era más que un charlatán del montón.

Charlatanes abundan entre los adivinos del mundo, y él no era sino uno más entre tantos. En palabras del propio Inmortal Viviente, que en cierta ocasión se lamentó ante sus colegas:

—En este mundo no hay adivinación que sea precisa. Si de verdad se pudiera predecir el destino y cambiar la suerte, ¡yo ya habría dado la vuelta a la mía y sería el maldito primer ministro!

El Inmortal Viviente vivía originalmente en un pequeño pueblo abundante en pescado y arroz. Allí, en el templo de Yue Lao, instalaba su puesto durante todo el año. Cuando las jóvenes solteras o las mujeres casadas acudían al templo a rezar –unas por su propio matrimonio, otras por el de sus hijos– solían pasar por su puesto para que les leyera la fortuna.

La ciudad era pequeña, y todos sabían qué señorita le echaba el ojo a qué joven señor, o de qué familia la hija estaba ya en edad de casarse. Así, el Inmortal Viviente acertaba siempre en sus predicciones, y fue precisamente por eso que los habitantes del lugar acabaron dándole aquel apodo. Solían invitarlo a beber cada vez que alguien tomaba esposa o casaba a una hija.

Pero cierto día, de cierto mes y de cierto año, llegó a la ciudad otro adivino. Aquel no solo sabía emparejar fechas de nacimiento, interpretar los ocho caracteres, predecir fortunas y leer varillas de adivinación; también dominaba la fisiognomía ósea y la astrología del peso de los huesos, sabía invocar deidades y practicar la escritura espiritual, capturar demonios y someter el mal, además de purificar residencias y revertir su fengshui.

El Inmortal Viviente no tenía tantos trucos bajo la manga como el recién llegado, y no pasó mucho tiempo antes de que perdiera la competencia. Su negocio fue decayendo día tras día, hasta que apenas podía ganarse un mísero sustento. Así pues, el Inmortal Viviente decidió probar suerte en el mundo más allá de su pequeña ciudad. No solo podría conseguir más clientes, sino también perfeccionar y ampliar sus artes.

Así fue como el Inmortal Viviente se echó al hombro un estandarte con las palabras «Adivinación a prueba de hierro» escritas por un lado, cargó su equipaje a la espalda y emprendió su viaje hacia el vasto mundo.

En un espléndido día de primavera llegó a la capital.

Tal como había esperado, la capital era una verdadera mina de oro.

Tras llegar a un templo taoísta, el Inmortal Viviente alquiló una habitación en una de las alas laterales para dejar su equipaje. Luego salió al patio para admirar el paisaje y, al levantar la vista, vio a un hombre que paseaba de la mano de un niño.

El Inmortal Viviente lo observó con atención: el hombre tenía el rostro claro, una ligera barba y unos treinta años, más o menos. A primera vista, su atuendo parecía sencillo y sin pretensiones, pero al mirarlo bien, se notaba que la tela era de excelente calidad. El niño, que apenas se mantenía firme sobre sus pequeños pies, vestía ropas y zapatos de confección exquisita; incluso llevaba al cuello un brillante colgante dorado en forma de cerradura de longevidad.

«Una vaca lechera caída del cielo, una presa fácil de atrapar».

Sin apresurarse, se acercó, se acarició la barba y sonrió.

—Este joven señor tiene un semblante tan singular y distinguido. Es, sin duda, una persona bendecida por la fortuna —dijo el Inmortal Viviente.

El hombre rico que sostenía la mano del niño levantó la vista hacia él.

—¿Ah, sí? ¿Y cómo puede saberlo?

—Usted tiene un porte extraordinario, y este joven señor desprende un aire noble —respondió el Inmortal Viviente—. Quien tenga buen ojo puede ver de inmediato que ambos son personas distinguidas. Si dijera que lo adiviné, le estaría mintiendo.

Juntó las manos en un saludo respetuoso, bajó la mirada hacia el niño, frunció el ceño con un gesto que parecía inconsciente y luego se dio media vuelta para marcharse.

Con las manos a la espalda, fingió contemplar el horizonte mientras caminaba despacio y contaba mentalmente: uno, dos, tres…

Al llegar al sexto paso, oyó que el hombre lo llamaba desde atrás:

—Señor, espere un momento.

El Inmortal Viviente se volvió.

—¿Hay algo en lo que pueda servirle?

—Parecía un poco preocupado cuando miró antes a mi hijo —dijo el hombre—. ¿Puedo saber por qué?

El Inmortal Viviente se acercó despacio, mientras pensaba para sus adentros: «¿Qué artimaña debería usar este viejo para engañarlo? ¿Una gran calamidad en su vida? ¿Una esperanza de vida aparentemente corta? ¿O un destino marcado por sufrimientos extremos…?».

«Una calamidad en la vida» era una expresión demasiado manida, y maldecir a alguien con una vida breve parecía atraer mal karma…

El Inmortal Viviente era un charlatán, sí, pero con conciencia.

Se aproximó al hombre y posó la mirada en el niño.

—¿Me permite preguntar si el joven señorito nació en el año jiazi, el primero del ciclo sexagenario?

Asomando por debajo del nudo de longevidad que colgaba del cuello del niño, se veía la esquina de una bolsita bordada, que parecía llevar el dibujo de un ratón haciendo rodar monedas. Por eso el Inmortal Viviente había hecho una conjetura audaz.

El hombre quedó pasmado.

—Así es. Mi hijo nació el primer día del séptimo mes del año jiazi.

El Inmortal Viviente se acarició la barba y calculó con los dedos.

—El joven señor nació para la riqueza y el honor, y su vida está destinada a transcurrir sin contratiempos. En el futuro, llegará a gozar de una dicha rara, inaccesible para cualquier otro. Sin embargo, en lo que respecta al matrimonio, me temo que…

El Inmortal Viviente lo meditó. No era realmente diestro en alterar el diagrama del sino de una persona ni en disipar calamidades, pero sus colegas en la capital sin duda sabían hacerlo, así que bien podía recurrir a su habilidad más orgullosa y sacarse una ganancia enorme y descomunal.

—¿Qué pasa con su matrimonio? —lo apremió el hombre.

El Inmortal Viviente dijo:

—Hace un momento, cuando este humilde servidor miró desde lejos, vi que el joven señorito irradiaba una energía yang deslumbrante. Solo quienes nacen en un día yang, de un mes yang, de un año yang tendrían un aura así.

Naturalmente, el hombre preguntó:

—¿Qué quiere decir con nacer en un día yang, de un mes yang, de un año yang?

El Inmortal Viviente explicó:

—El año jiazi está compuesto por el primer tallo celestial, jia, y la primera rama terrestre, zi. De ello se desprende que el primer tallo celestial, jia, es yang, mientras que el segundo tallo celestial, yi, es yin, y así sucesivamente. La rama terrestre zi comparte carácter con el de «hijo» o «varón», y los varones son, por naturaleza, yang, mientras que las mujeres son, por naturaleza, yin. Además, el año jiazi es el primer año del ciclo de sesenta años de los Tallos Celestiales y las Ramas Terrestres. Eso lo vuelve yang sobre yang. Los meses y los días se clasifican según las propiedades del yin y el yang: los números impares son yang y los pares son yin. Así que el primer día del séptimo mes del primer año del ciclo es doblemente yang. Por añadidura, los matrimonios de quienes nacen en el séptimo mes, en pleno auge del verano, están destinados a enfrentarse con obstáculos desde el principio. Como dice el poema: «En la canícula del verano, el ganso salvaje emprende el vuelo». Así pues, una persona nacida en un día yang, de un mes yang, de un año yang…

El Inmortal Viviente suspiró y negó con la cabeza.

—… está condenada a un destino de eterna soledad.

Atónito, el hombre miró al niño que sostenía.

—¿Un destino de eterna soledad…? ¿Cómo puede ser…? Señor, ¿se puede remediar?

El Inmortal Viviente había estado esperando precisamente esa pregunta. Con un hondo ceño fruncido, dijo:

—Ay… un destino así suele estar más allá de toda salvación…

El Inmortal Viviente alargó deliberadamente las palabras «más allá de toda salvación», prácticamente listo para añadir un «sin embargo» a continuación.

Pero apenas iba a mitad de su arrastre vocal cuando el hombre dio un traspié hacia atrás.

—¡Pensar que no puede salvarse!

Y, dicho eso, levantó la cabeza hacia el cielo y dejó escapar un suspiro lleno de desconsuelo.

El Inmortal Viviente avanzó a toda prisa un paso.

—Sin embargo…

Pero antes de poder terminar, pisó en falso.

Resultó que tanto el Inmortal Viviente como el hombre estaban parados junto a un pozo seco. Una cierta concubina real estaba por venir al templo a realizar un ritual taoísta, así que el templo había reparado el terreno, y la tela que habían usado para izar la tierra había quedado olvidada sobre la boca del pozo. Con la tierra cubriéndola, no se distinguía del suelo común, salvo por un leve abultamiento, y en el instante en que el Inmortal Viviente la pisó, cayó de golpe hasta el fondo del pozo. La parte posterior de su cabeza golpeó contra la pared y, antes siquiera de que pudiera gritar de dolor, perdió el conocimiento.

Cuando el hombre terminó su largo suspiro y se volvió, no había nadie a su alrededor: el adivino de antes había desaparecido sin dejar rastro.

A partir de entonces, comenzó a circular por la capital una nueva leyenda: la de que un gran maestro había aparecido alguna vez en aquel lugar.

El Inmortal Viviente se había fracturado un brazo al caer al fondo del pozo y tuvo que recuperarse más de un mes antes de mejorar. Sus gastos en la capital eran elevados, y sus años de ahorros estaban casi agotados. El Inmortal Viviente sintió que simplemente no era su momento en la capital –quizá sus signos chocaban con aquel lugar– y que su caída había sido un presagio de que no solo fracasaría en su empeño, sino que además terminaría perdiendo dinero. Así que, en cuanto se recuperó el brazo, abandonó la ciudad de inmediato y partió al vasto mundo para ejercer su oficio.

Tras más de una década de vagar sin rumbo, el Inmortal Viviente volvió a poner los pies en la capital.

Para entonces, ya rondaba los setenta años y había perdido la agilidad necesaria para seguir llevando una vida errante. Por ello, comenzó a considerar la posibilidad de encontrar un lugar donde asentarse, abrir un negocio estable y vivir con la holgura suficiente para pasar allí sus años de retiro.

La capital seguía ejerciendo sobre él el mismo hechizo de siempre. Su bullicio rebosaba vitalidad y la clientela era abundante. Como decía el refrán: «El gran ermitaño vive recluido en la ciudad». El mercado capitalino, el más próspero de todos, resultaba especialmente adecuado para ancianos retirados como él.

Después de más de una década, aquel templo taoísta continuaba, de manera sorprendente, en pleno auge. El maestro del templo, que también rondaba los setenta, se mostró sumamente cálido y cordial al reencontrarse con el Inmortal Viviente. Este compró dos antiguas casas en los callejones de la capital y, durante el día, acudía al templo taoísta para instalar su puesto.

Una vez instalado, lo primero que hizo fue informarse sobre los sucesos inusuales de la capital, tal como era su costumbre.

En la ciudad se contaban por incontables los acontecimientos fuera de lo común; sin embargo, entre todos ellos, uno destacaba como el más extraordinario.

El hijo mayor del actual primer ministro tenía un destino de eterna soledad.

Según decía la leyenda, el primer ministro Song había conocido en cierta ocasión a un gran maestro que le había leído la fortuna a su hijo mayor y le había dicho que, por haber nacido en un día yang, de un mes yang, de un año yang, estaba condenado a permanecer soltero toda su vida. La predicción del gran maestro había resultado certera, y el hijo mayor de la familia del primer ministro se había convertido en el hazmerreír de la capital. Las jóvenes prometidas con él sin falta acabarían huyendo con otro, y las doncellas que a él le gustaban sin remedio terminarían juntándose con alguien más.

Últimamente, este joven señor Song había puesto los ojos en una dama del burdel. Excepto él mismo, toda la ciudad sabía que dicha cortesana tenía un amante: un erudito que vivía en un templo ruinoso.

El Inmortal Viviente recibió la noticia con enorme asombro. Jamás habría imaginado que un destino de eterna soledad pudiera existir realmente en el mundo.

«Si tan solo aquel con quien me topé en aquel entonces hubiera sido este…».

Cierto día, el Inmortal Viviente estaba sentado detrás de su puesto en el templo cuando entró un joven señor abatido.

El Inmortal Viviente advirtió su paso débil, su porte abatido, su expresión mustia y su mirada sin vida. Para sus ojos experimentados, resultaba evidente de inmediato que aquel muchacho tenía el corazón roto.

El Inmortal Viviente pensó que, puesto que la expresión «destino de eterna soledad» ya había sido usada antes por un gran maestro y había quedado validada por una persona de eminencia, debía recurrir a ella con más frecuencia. Por eso llamó:

—Joven señor.

Dicho joven señor se recompuso un poco y se dio la vuelta. El Inmortal Viviente se acarició la barba nívea y entornó sus viejos ojos.

—Joven señor, este anciano ve una sombra oscura sobre su cabeza, y su Estrella Hongluan –la estrella del matrimonio– está apagada. ¿No será que sufre usted por amor?

El joven señor avanzó tambaleándose hasta el puesto, se sentó y extendió la palma sin más preámbulos.

—Ya que puede verlo, léame la mano. Vengo a preguntar por mi matrimonio.

—Este anciano no domina el arte de la quiromancia —respondió el Inmortal Viviente—. ¿Aceptaría una lectura mediante análisis de caracteres?

—Ah, bueno —dijo el joven señor—, hagámoslo así entonces. —Tomó un pincel y escribió el carácter de «par», 双.

El Inmortal Viviente entrecerró los ojos.

—Si se descompone este carácter, está formado por el radical de «otra vez» y «otra vez», uno detrás de otro en un ciclo recurrente, lo cual implica que no hay escapatoria. Joven señor, usted pregunta por su matrimonio, así que perdone a este anciano por ser franco, pero temo que su destino es de eterna soledad…

Los ojos del joven señor se quedaron vacíos mientras permanecía sentado, aturdido.

El Inmortal Viviente estaba a punto de decir: «sin embargo…» cuando el joven señor soltó de pronto dos risas desoladas y murmuró para sí:

—Como esperaba. Justo como esperaba. ¡Cada vez que me leen la fortuna, siempre es este destino miserable! —Soltó otras dos risas más y salió tambaleándose por la puerta.

El Inmortal Viviente le gritó:

—¡Joven señor, joven señor, aún no me ha pagado! —Lo persiguió hasta la entrada, pero el joven señor ya había desaparecido hacía rato.

Un mendigo tullido que estaba afuera comentó entre risas:

—Veo que también se topó hoy con el joven señor Song. Ay, es bastante desgraciado. Como un gran maestro ya verificó su fortuna antes, ahora todos los adivinos de la ciudad inventan «destino de eterna soledad» cada vez que le leen la fortuna matrimonial. Ay, sí que tiene mala suerte.

Sólo entonces cayó en la cuenta el Inmortal Viviente de que aquel jovenzuelo de antes era el célebre joven señor Song. En fin, qué más daba el dinero. El muchacho era, en verdad, un espectáculo lastimoso.

Al año siguiente, el Inmortal Viviente oyó decir que el joven señor Song, sin razón aparente, había desaparecido de su hogar sin dejar rastro. El asunto causó un gran alboroto. Hasta el propio emperador promulgó un edicto para buscarlo por todo el mundo, pero en vano. Todos conjeturaban que el joven señor Song, demasiado destrozado por el dolor, había visto a través de las vanidades del mundo y se había internado en un pequeño templo, en un bosque antiguo e intacto en lo más profundo de las montañas, para hacerse monje.

Por el contrario, los negocios del Inmortal Viviente en la capital marchaban viento en popa.

—A tanta gente en el mundo le encanta que le lean la fortuna —les dijo el Inmortal Viviente a sus aprendices—; no es que los estemos engañando para que gasten este dinero, sino que son ellos quienes están dispuestos a gastarlo.

Los aprendices del Inmortal Viviente eran todos muchachos vagabundos que deambulaban por las calles. Al ver que no tenían suficiente para comer, solía compartir su comida con ellos, hasta que acabó por aceptarlos como discípulos.

El Inmortal Viviente decía que lo hacía simplemente para ir acumulando algo de méritos para la otra vida.

Vivió más de noventa años antes de fallecer plácidamente mientras dormía.

Y, en efecto, al acoger a aquellos pocos aprendices, sí que acumuló méritos. Dos de ellos eran hijos únicos de clanes prominentes que habían logrado escapar cuando sus bienes fueron confiscados y sus linajes enteros sentenciados a muerte. Tres eran hijos de plebeyos hambrientos que habían huido a la capital después de que el río Amarillo se desbordara. Agradecidos con el Inmortal Viviente, los padres de esos aprendices, desde el inframundo, habían intercedido mucho a su favor ante el rey Yan.

El rey Yan convocó al Inmortal Viviente a su salón palaciego y le dijo que podía arreglar para él un nacimiento colmado de riquezas y honor en la próxima vida. Como aún le quedaban méritos, el rey Yan le preguntó también si tenía algún otro deseo. El Inmortal Viviente respondió:

—Sí, este viejo ha sido llamado Inmortal Viviente toda su vida y, aun así, no ha tenido la dicha de ascender a la inmortalidad y ver la Corte Celestial. Así que me gustaría hacer un viaje a la Corte Celestial.

Y el rey Yan dijo:

—Eso es fácil.

Dispuso que el juez Lu entregara una misiva oficial al Emperador de Jade, solicitando que un emisario celestial llevara al Inmortal Viviente a la Corte Celestial para una visita.

Mientras el Inmortal Viviente paseaba por la Corte Celestial, no se olvidó de preguntar por sucesos poco comunes en aquel lugar. El emisario celestial que lo guiaba respondió:

—Si lo miras desde el punto de vista de un mortal, en la Corte Celestial hay sucesos extraordinarios por todas partes. Si hablamos del más extraordinario de todos…

El emisario señaló con un dedo.

—El Inmortal Song Yao de allí tuvo la suerte de encontrarse un elixir inmortal y ascender; es prácticamente una rareza.

El Inmortal Viviente entornó los ojos y estiró el cuello para mirar en la dirección señalada.

Sólo vio a un joven inmortal, envuelto en una larga túnica azul, y a otro inmortal de vestiduras claras, sentados uno junto al otro bajo un árbol celestial. El inmortal de azul suspiró y le dijo al de colores claros:

—Hengwen, te lo digo, cuando estaba en el mundo mortal, un gran maestro me leyó la fortuna y dijo que mi destino era de eterna soledad…

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *