Hoy llueve a cántaros en Shangjing, y quienes recorren sus calles se ven obligados a vadear el agua. Los caballos pasan al galope, levantando salpicaduras al pisar los charcos, mientras los relámpagos desgarran el cielo y los truenos retumban a lo lejos. Li Jianhong viste el mismo atuendo plebeyo de siempre: los pantalones remangados por encima de unas sandalias de madera. Camina por la calle con Duan Ling a cuestas. Desde la espalda de su padre, Duan Ling sostiene un paraguas, y juntos revisan la lista de aprobados colgada en la pared.
El espacio frente al aviso está abarrotado de sirvientes. Ellos dos son los únicos que han acudido en persona a consultar la lista.
—Mi nombre está ahí. ¡El octavo! ¡El octavo!
—Bueno, por supuesto que mi hijo lo haría muy bien.
Duan Ling grita «¡el octavo, el octavo!» mientras Li Jianhong, divertido, lo lleva hacia el interior del Colegio Biyong. El portero se acerca.
—Los sirvientes no tienen permitido entrar. Tenemos gente aquí que puede encargarse de su joven maestro.
—Él es mi padre —le dice Duan Ling al portero.
El portero mira a Li Jianhong de arriba abajo varias veces, pero al final no tiene más remedio que dejarlo pasar.
Están casi completamente empapados. Los estudiantes del Colegio Biyong no se registran sino hasta la tarde, así que Duan Ling recibe su placa con su nombre, se anota y encuentra su habitación. Cuando la lluvia empieza a amainar, Li Jianhong le dice a su hijo que espere en su habitación mientras él va a casa a por todo lo que necesita.
Después de hacer la cama, doblar las mantas y de terminar de beber la sopa de jengibre para protegerse del frío, Duan Ling le dice a su padre:
—Deberías irte a casa. Seguro que por la noche aquí es como en el Salón Ilustre y servirán la cena.
Li Jianhong asiente con la cabeza. Cada vez hay más gente en las habitaciones. Se ha puesto un sombrero de bambú, ocultando una pequeña parte de su rostro mientras se apoya en el exterior de la ventana y habla con Duan Ling.
—Asegúrate de saber dónde están tus cosas, no las dejes en cualquier sitio. La escuela no es como en casa, y si pierdes algo nadie va a buscarlo por ti.
Duan Ling emite un tarareo afirmativo. Li Jianhong añade:
—Asegúrate de comer las tres comidas a su hora.
Cada vez son más los jóvenes que se registran y se saludan fuera. Duan Ling hace un par de «uh, huh» y acompaña a Li Jianhong por la puerta trasera, tomándolo de la mano. Está aún menos dispuesto a separarse de Li Jianhong que Li Jianhong de él, pero sabe que debe contener las lágrimas. De lo contrario, en cuanto empiece a llorar, Li Jianhong solo continuará hablándole más.
—Deberías irte a casa, papá. Puedo cuidarme solo.
Solo han pasado varios meses desde la llegada de Li Jianhong, pero eso ha hecho que Duan Ling casi olvide cómo consiguió pasar sus años en el Salón Ilustre.
—Entra —le dice Li Jianhong—. No te preocupes más por mí. Vendré a verte cuando tenga tiempo.
Duan Ling le hace un pequeño gesto con la cabeza y, de repente, corre hacia él, le rodea la cintura con los brazos y se frota la cara contra su pecho. Acto seguido, Duan Ling lo suelta y huye sin decir palabra.
Li Jianhong se queda de pie frente a la puerta, contemplando el vacío del patio trasero.
—No se sienta tan mal por separarse de él ahora —le aconseja el portero—, su hijo va a estudiar y a ganar honores de erudito, ¿no? Vaya a casa, vaya a casa.
Lentamente, Li Jianhong suelta un largo suspiro. Sus sandalias de madera repiquetean sobre el pavimento de losas.
Con los ojos enrojecidos, Duan Ling corre por el otro lado del muro, persiguiendo a Li Jianhong, asomándose por encima del muro mientras avanza; sólo cuando su padre se ha alejado se apoya en un rincón, se frota los ojos y se da la vuelta para marcharse.
La noche es clara después de la lluvia, con un aroma fresco en el aire que perdura. Duan Ling vuelve a su habitación, pero se encuentra a Cai Wen haciendo la otra cama y a Cai Yan de pie a su lado, observando.
—No pongas tus cosas en cualquier sitio —le dice Cai Wen—, esta no es tu casa, si las extravías, nadie te va a ayudar a buscar.
Duan Ling no puede evitar reírse y Cai Wen le asiente con la cabeza.
—Cuídense el uno al otro.
Duan Ling se acerca a Cai Yan y ambos se dan una palmadita. Cai Wen deja unas cuantas instrucciones más junto con un poco de dinero, y luego se va.
—Tú también estás aquí —dice Cai Yan.
Duan Ling vio que Cai Yan entró primero y supo que sin duda estaría aquí, pero nunca imaginó que serían compañeros de habitación. Cai Yan añade:
—Helian Bo está enfrente. Tiene una habitación para él solo.
Entonces Duan Ling corre a saludar a Helian Bo. Helian Bo simplemente asiente y le dice a Duan Ling:
—Batú, se… se fue.
—Uh, huh —asiente Duan Ling—. Estará bien.
Helian Bo empieza a sonreír. Se señala a sí mismo y luego hace el gesto de «caminar» con los dedos. Duan Ling entiende lo que quiere decir y le dice:
—Vamos a por comida.
Muchos chicos del Colegio Biyong se conocen. La familia Han no ha venido; dicen que ha vuelto a Zhongjing. Después de pasar meses separados, parece como si a todos se les hubiera pegado un extraño talismán desde el momento en que entraron en el Colegio Biyong, que hace que los jóvenes se vuelvan más maduros y aplomados, añadiendo el honorífico «xiong» a los apellidos que utilizan para saludarse… y cada vez que se encuentran cara a cara también se saludan, puño en mano, con un movimiento de cabeza y una sonrisa.
El reencuentro con sus compañeros de colegio ha atenuado un poco la tristeza que le produce separarse de su padre, pero una vez que termina de cenar y vuelve a tumbarse en su habitación, Duan Ling empieza a sentirse solo de nuevo, y da vueltas en la cama. Extraña el calor del cuerpo de su padre, la temperatura de su piel que emana a través de una fina camiseta interior, y poder sentir el subir y bajar de su respiración y los fuertes latidos de su corazón cuando tiene la cabeza apoyada en su brazo.
—¿Mosquitos? —pregunta Cai Yan.
—No —responde Duan Ling, sin atreverse a moverse de nuevo para no perturbar el sueño de Cai Yan. Es la primera vez que comparte habitación con un compañero de clase y está haciendo lo posible por ser cuidadoso, pues no quiere molestarlo.
—¿Nostalgia? —pregunta Cai Yan.
—De ninguna manera —responde Duan Ling—. Cuando estábamos en el Salón Ilustre, ¿no vivía yo también completamente solo?
—Uh, huh. ¿Dónde está ese esposo criado tuyo? ¿Aún no ha vuelto?
—No. —Duan Ling recuerda las cosas ridículas que le dijo a Cai Yan en una ocasión y no puede evitar encontrarlo hilarante—. Mi papá está aquí, y lo ha enviado a hacer algo de trabajo.
Cai Yan gira la cabeza y mira a Duan Ling; casualmente, la luz de la luna ilumina la habitación y su bonito rostro. Duan Ling le devuelve la mirada a Cai Yan, y este le dice:
—No nos parecemos, ¿verdad?
Duan Ling dice sin comprender:
—¿Perdón?
—Mi hermano y yo. Todos siempre dicen eso.
Pero Duan Ling no estaba pensando en eso, solo pensaba en cómo ha crecido Cai Yan. Sin embargo, ya que Cai Yan lo ha dicho, emite un sonido de acuerdo.
—No tenemos la misma mamá —explica Cai Yan.
—Oh.
Cai Wen tiene rasgos marcados y cejas espesas, mientras que Cai Yan parece más delicado, con el porte altivo de un erudito. Es bastante distante con la mayoría de la gente, pero tiende a cuidar de Duan Ling, aunque solo sea porque este no es agresivo por naturaleza ni competitivo en absoluto. Eso despierta en Cai Yan, de forma casi instintiva, un sentimiento de protección hacia el más joven y débil.
Desde el exterior llega un sonido inconexo, que comienza y se interrumpe de manera irregular.
—¿Alguien está tocando la flauta? —Desconcertado, Duan Ling sale de la cama y abre la ventana trasera. El aroma de las flores de verano flota en el aire.
Cai Yan se sienta y mira fijamente a lo lejos. Las notas de la flauta no fluyen, como si alguien que está empezando a aprender la digitación intentara recordar dónde poner los dedos mientras toca. Toca tan mal que apenas se puede tolerar, y a veces las notas incluso van acompañadas del sonido de la saliva tapando el orificio de la embocadura.
Tanto Cai Yan como Duan Ling se quedan sin palabras ante ello.
—¿Reunión alegre? —Duan Ling por fin ha conseguido distinguir la melodía—. ¡Es Reunión alegre!
Cai Yan deja caer la frente sobre su mano, estupefacto.
—Es la canción más horrible que he oído nunca.
Mientras el hombre de fuera toca, Duan Ling sufre con cada nota, tanto que desearía poder tocar el resto por él. No obstante, el flautista no parece comprender en absoluto sus sentimientos, sino que se entusiasma cada vez más, como si el músico estuviera contento de entretenerse a sí mismo.
—¿Quién es ese? —Cai Yan está básicamente cubierto de piel de gallina en este punto.
Duan Ling no dice nada. Ha adivinado quién es, pero no puede más que guardarse su alegría para sí mismo. Realmente no se atreve a decir la verdad.
—¡Deja de tocar!
En la habitación contigua, Helian Bo finalmente no puede soportarlo más y gruñe hacia la ventana; justo después de hablar, lanza una maceta de flores.
—¡¿Nos vas a dejar dormir o qué?! —grita Cai Yan.
La flauta por fin deja de sonar, pero Duan Ling no cierra la ventana.
—Vamos, a dormir. Mañana tenemos que madrugar —dice Cai Yan.
Así, Duan Ling se arropa y se acurruca tranquilamente entre las mantas, y cierra los ojos pensando en Li Jianhong. En su sueño, una flor caída desciende suavemente, girando en el aire, hasta entrar por la ventana y posarse con cuidado junto a su almohada. Una piedrecita golpea el marco de la ventana con un ruido sordo, y la ventana se cierra sola.
—El objetivo de la educación superior es mejorar la parte honorable del carácter de cada uno…
»Conocer el objetivo final nos da convicciones firmes, tener convicciones firmes nos hace firmes y pacientes…
»Hay una raíz y unas ramas para todo, un principio y un fin para cada acontecimiento; cuando se sabe lo que viene primero y lo que viene después, se está más cerca del Camino…[1]
El Colegio Biyong está administrado por cuatro funcionarios. El decano es un hombre de mediana edad, afable y regordete, y tiene la última palabra sobre todo lo que ocurre en la escuela. Dos directores de asuntos académicos supervisan los estudios, mientras que un director de relaciones estudiantiles se encarga de resolver cualquier petición de los alumnos. Estos funcionarios dependen directamente de la Administración del Sur, y el Colegio Biyong es la institución de mayor rango en Shangjing para la formación de eruditos.
Además, hay varios catedráticos de los Cinco Clásicos que ejercen como profesores, así como varios ayudantes de cátedra. Todos los cargos, desde el decano hasta el ayudante, ostentan rango oficial de Liao; sin embargo, todos son han. Siempre que los estudiantes se los cruzan en las galerías, deben detenerse y saludarlos con respeto.
—Uh, huh. —Siempre que esto ocurre, el decano o el profesor asienten con la cabeza, pero el tono nasal de este sonido es ligeramente diferente. Cuando el estudiante con el que se cruzan es han, se puede decir que suena como «uh, huh», pero al encontrarse con un kitano sería «mm, hmm»[2].
Ha empezado una nueva vida; han pasado de «cielo negro tierra amarilla, vasto universo, todo caos» a «el objetivo de la educación superior es realzar la parte honorable del propio carácter», de «donde hay tres caminando hombro con hombro, uno debe ser capaz de ser mi maestro» a «si hay carne adobada en la cocina y caballos bien alimentados en el establo, pero la gente parece hambrienta y hay muertos de hambre en las calles…»[3]. El sol del verano sigue siendo el mismo, la gente con la que va a la escuela sigue siendo la misma, pero Duan Ling siente como si todo a su alrededor se hubiera vuelto del revés.
Además de estudiar libros y escribir ensayos, quienes asisten al Colegio Biyong deben practicar las seis artes confucianas: ritos, música, tiro con arco, carroza, caligrafía y matemáticas. La carroza fue abolida hace mucho tiempo, por lo que se ha cambiado por la equitación. Todos los días, Duan Ling tiene que levantarse muy temprano y reunirse con otros estudiantes fuera del campo de entrenamiento para practicar tiro con arco a primera hora de la mañana. En Chen ya no se enseña equitación ni tiro con arco, a diferencia de Liao, que da más importancia a las habilidades marciales.
Es el primer día de equitación y un alumno ya se ha roto un brazo y regresa llorando. Duan Ling mira con inquietud, pues teme que el caballo lo aplaste hasta convertirlo en un pastel de carne. Afortunadamente, Li Jianhong le ha enseñado a montar a caballo, y con un simple balanceo de la pierna, se coloca arriba, bien sentado.
—¡Muy bien! —dice el entrenador—. Ya has montado a caballo antes. Baja. ¡Te toca!
Cai Yan se sube al caballo, que se sacude y lo tira, dejándolo bastante maltrecho. Duan Ling se acerca corriendo y lo ayuda a regresar. En ese momento, alguien de fuera entra y le susurra algo al entrenador. El entrenador se sobresalta un momento y se marcha en busca del decano, dejando atrás a un grupo de jóvenes charlando frente a la galería y a un solo caballo desconcertado.
—¿Hemos terminado? —Los jóvenes no paran de quejarse. Tienen los músculos doloridos por el ejercicio. Todos estiran los brazos y no ven la hora de irse cuanto antes para acostarse.
Un sonido sordo y apagado llega de lejos, y parece como si los caballos galoparan por la calle de afuera.
—¿Qué pasó? —pregunta Duan Ling.
Cai Yan tampoco lo sabe. Pronto entra el decano, bastante pálido.
—Todas las clases se cancelan temporalmente hoy. Todos, vayan a esperar en sus habitaciones, no salgan a menos que los llamemos.
Los jóvenes se alborotan, pero el director de asuntos académicos les dice, muy serio:
—¿Qué están haciendo?
Inmediatamente vuelven a guardar silencio. El decano hace la primera reverencia, y todos los jóvenes devuelven la reverencia simultáneamente y se alinean para abandonar la zona. Los estudios del día terminan así por hoy. En cuanto regresan a sus habitaciones, algunos estudiantes hacen visitas a las habitaciones de los demás mientras otros discuten entre ellos. Helian Bo se acerca a ver a Duan Ling y le hace señas.
—¿Qué… qué pasa? —Helian Bo mira a Duan Ling, como diciendo «¿Lo sabes?»
Cai Yan está de pie en el patio aplicándose una toalla húmeda y fría en la cara.
—Tal vez la lucha está a punto de comenzar.
Antes de que termine de hablar, otro estruendo sordo llega desde muy lejos. Duan Ling se sorprende y todos los estudiantes gritan. Duan Ling agarra la manga de Helian Bo.
—¡Por aquí!
Helian Bo sabe que quiere ir a la esquina del patio. Se agacha, pone las manos sobre sus rodillas y Duan Ling se sube a su espalda para subirse al muro. Cai Yan es el siguiente en subir y, juntos, tiran de Helian Bo hasta lo alto del muro. Los tres jóvenes trepan otro piso por el tejado del dormitorio, y desde el alero inferior saltan al tejado del salón principal. Allí, en un terreno más elevado, pueden obtener una vista panorámica de la ciudad.
A lo lejos pueden ver rocas volando desde fuera de las murallas de la ciudad, y de ahí es de donde proceden los repetidos estruendos.
—¡La lucha ha comenzado! —dice Helian Bo, sonando eufórico.
—La lucha ha comenzado. —Hay una profunda arruga entre las cejas de Cai Yan—. ¿Mongoles? ¿Ya se abrieron paso hasta las murallas?
Duan Ling mira en silencio, recordando la negociación entre su padre y Yelü Dashi. Parece que todo está al alcance de Li Jianhong, pero se pregunta: ¿dónde está él ahora mismo?
—La lucha ha comenzado —dice Duan Ling, sintiéndose complicado.
Muchas más rocas vuelan hacia la ciudad. Las patrullas de la Guardia de la Ciudad se dispersan por las principales calles y callejones de Shangjing como el agua en los ríos ramificados, fluyendo en todas direcciones, dirigiéndose a defender cada una de las puertas de la ciudad. Duan Ling recuerda que el hermano mayor de Cai Yan es el capitán de la guardia e intenta consolarlo:
—Tu hermano es muy hábil en las artes marciales, estará bien.
Cai Yan tararea en respuesta y asiente con la cabeza. Helian Bo también se ha dado cuenta de que se ha emocionado demasiado y le da unas palmaditas en el hombro a Cai Yan para consolarlo.
—Subamos un poco más y echemos un vistazo —dice Duan Ling—. Me pregunto cómo estarán las cosas en la puerta norte.
Los tres corren por el tejado y suben al pabellón de los libros. El pabellón tiene tres niveles, y ellos se sientan a horcajadas sobre la barandilla, mirando a lo lejos. Desde allí pueden ver con mayor claridad: por toda la ciudad hay señales de combate; las tropas se están organizando en las puertas y se ha reunido un número considerable de soldados mongoles.
—¿Crees que puedan defender la ciudad? —le pregunta Cai Yan a Helian Bo.
Helian Bo niega con la cabeza. Cai Yan vuelve a preguntar:
—Tu pueblo luchó contra los mongoles antes. ¿Qué tan buenos son?
Helian Bo no responde y, al final, vuelve a negar con la cabeza.
—Definitivamente serán capaces de mantener la ciudad —dice Duan Ling—. No te preocupes.
—Menos mal que Batú ya se ha ido. De lo contrario, definitivamente moriría ahora mismo —dice Cai Yan.
Los tres no pueden evitar suspirar al recordar el pasado. Que Batú huya o no, no tiene relación directa con el ataque de Ögedei a Shangjing. Si no hubieran abandonado la ciudad aquella noche, es probable que tanto Jochi como Batú hubieran perdido la vida bajo la espada de Yelü Dashi. Duan Ling no puede evitar extrapolar: si él mismo se convirtiera en rehén político, ¿detendría su padre la marcha de su ejército fuera de la ciudad?
—¿Quién anda ahí?
Debajo de ellos, un director de asuntos académicos los reprende en voz alta.
Con un silencioso «maldición» en sus corazones, sienten el pánico al ser descubiertos. Quieren esconderse, pero el decano les habla amistosamente desde el patio:
—Tómense su tiempo, no los castigaré. Solo asegúrense de no caerse.
Bajan despacio, y entonces el decano les dice amablemente:
—Arrodíllense aquí y, sin nuevas instrucciones, no se levanten.
Duan Ling se queda sin palabras.
Un cuarto de hora después, Duan Ling, Cai Yan y Helian Bo siguen arrodillados en el patio. El decano, con las manos entrelazadas a la espalda, camina de un lado a otro cerca de ellos.
—Incluso los hombres comunes son responsables del bienestar del Estado —les dice con seriedad—. ¿Saben qué pueden hacer por el Estado?
Ninguno se atreve a responder por miedo a recibir un reglazo, pero el Colegio Biyong no es en absoluto como el Salón Ilustre, y muy rara vez alguien recibe una paliza. Sin embargo, Duan Ling preferiría recibir una paliza, porque realmente encuentra insoportable la incesante perorata del decano.
—Señor Tang. —Un guardia de la ciudad se acerca.
—Quédense aquí y reflexionen seriamente sobre sus acciones. —El decano Tang se da la vuelta y se aleja.
En cuanto el decano Tang se marcha, los tres se giran al unísono y miran en la dirección por la que se va, hasta que su figura desaparece al doblar la esquina junto al muro. Entonces, Helian Bo se levanta rápidamente del suelo.
—Vámonos.
—Mejor arrodillémonos un poco más —sugiere Duan Ling.
—Hay una guerra, ¿qué sentido tiene arrodillarse? —Cai Yan levanta a Duan Ling—. Vámonos.
[1] Todo esto procede de 大學, o el Gran Aprendizaje, que fue uno de los Cuatro libros del confucianismo.
[2] Los sonidos originales escritos en pinyin son “en” para el primero, y “wu” para el segundo, pero en realidad “wu” suena como un “en” más grave y gutural.
[3] Es de Mencio. El resto de la última línea es: “pero la gente parece hambrienta y hay muertos de hambre en las calles, entonces (los que están en el poder) no hacen otra cosa que ordenar a las bestias que se los coman”.
