Antes de que Duan Ling y Cai Yan puedan decidir qué hacer, los soldados mongoles ya han irrumpido en la aldea, lanzando antorchas para incendiar los techos y matando a los aldeanos con sus flechas. Es tarde en la noche, y muchos de los pobres aldeanos, aun profundamente dormidos, pierden la vida sin siquiera saber lo que les ha sucedido. Algunos corren fuera envueltos en llamas, solo para ser pisoteados hasta la muerte por los caballos al galope.
Los soldados ríen a carcajadas mientras tratan a los vivos como sus juguetes, derribando una a una las puertas de las casas después de disparar ronda tras ronda de flechas, buscando a las esposas e hijos de los boticarios. Pero cuando uno de ellos llega a una casa, Duan Ling, escondido detrás de la puerta, lo apuñala en la garganta y el soldado cae temblando de rodillas.
Duan Ling arrastra al hombre dentro de la casa y mira desde adentro con Cai Yan. Fuera de su ventana, pueden ver que cada vez más soldados han llegado. Parece que están tratando este lugar como una base.
—Tenemos que irnos ahora —dice Duan Ling—. Todos son remanentes del cuerpo principal de sus tropas, y solo habrá más de ellos. ¡Si nos quedamos aquí más tiempo, será demasiado tarde!
Cai Yan respira hondo, observando a Duan Ling. Está a punto de decir que va a cubrir la huida de Duan Ling cuando éste agarra su muñeca y niega con la cabeza lentamente.
Cai Yan sabe lo que Duan Ling quiere decir: Ya no quiere que nadie más se sacrifique por él. Incluso si va a morir, lo harán juntos. Sin esperar más, saltan por la ventana trasera, procurando hacerlo en silencio.
Tan pronto como salen de la aldea, son descubiertos por un soldado mongol recién llegado. El soldado dispara dos flechas hacia ellos, pero logran esquivar ambas. El soldado frena su caballo, mirándolos con expresión perpleja, pero en lugar de perseguirlos, se da la vuelta y entra a la aldea.
A Duan Ling se le sale el corazón del pecho. Cai Yan justo está pensando que han evitado una catástrofe cuando se oyen gritos detrás de ellos. Ambos exclaman con alarma y corren hacia el bosque.
—¡Deprisa! —grita Cai Yan.
Los soldados se ríen a carcajadas; es evidente que están tratando a los aldeanos locales que huyen como simples presas, y espolean a sus caballos hacia ellos tan rápido como pueden, como si estuvieran compitiendo para ver quién puede atrapar a su objetivo primero. En la oscuridad absoluta de la noche, Duan Ling sabe que ha llegado al umbral de la vida y la muerte; si no escapa esta vez, la muerte es lo único que le espera.
Duan Ling no se atreve a hacer ruido al tiempo que arrastra a Cai Yan hacia la oscuridad. El terreno alrededor de las montañas Xianbei es extremadamente complejo, y ninguno de los dos ha estado aquí antes, así que no tienen idea de lo que les espera. Las zarzas y arbustos los cubren de arañazos mientras corren, pero no se atreven a detenerse; la topografía intrincada significa que pueden salirse del terreno sólido en cualquier momento y caer en un abismo sin fondo. Los árboles parecen sombras fantasmales en la oscuridad.
«No puedo morir… Mi papá aún me está esperando…».
Eso es todo en lo que piensa Duan Ling mientras corre con todas sus fuerzas.
Pero un lazo vuela hacia él desde atrás y de repente se enrolla alrededor de su cuello.
—¡Corre! —Es lo último que logra decir Duan Ling, tan fuerte como puede.
Cai Yan se gira, deseando salvarlo, pero Duan Ling es arrastrado tan rápido que el impulso lo hace saltar por el aire, y aterriza detrás de los arbustos. Los soldados estallan en carcajadas estruendosas antes de arrastrar a Duan Ling cuesta abajo. Duan Ling choca con las piedras y arbustos de la montaña, y mientras es sacudido sin cesar, sus manos se aferran con fuerza a la cuerda que se aprieta alrededor de su cuello.
Los soldados montados lo arrastran de vuelta a la aldea boticaria. Duan Ling está cubierto de cortes y moretones por todo el cuerpo, y siente como si su cuello estuviera a punto de romperse. Justo después de que los soldados lo traen de vuelta, se ríen lascivamente varias veces antes de comenzar a hablar entre ellos. Una mano lo levanta del cabello y una daga se desliza bajo la cuerda apretada alrededor de su cuello, cortándola. Duan Ling cae de rodillas y da grandes bocanadas de aire que se convierten en arcadas.
El soldado lo levanta y hábilmente le quita la túnica. Tan pronto como rasga la camiseta interior de Duan Ling, presiona su rostro contra el pecho de éste. El arco de jade de Duan Ling es arrancado descuidadamente y arrojado a un lado junto con su túnica, donde cae al suelo.
De repente, el mongol se sorprende, y luego estalla la risa a su alrededor. Acaban de darse cuenta de que Duan Ling es un hombre.
Duan Ling lo entiende ahora. Esos soldados pensaban que él y Cai Yan eran una joven pareja que huía de la aldea, por eso querían traer de vuelta a la mujer, y en cuanto al hombre, no se iban a preocupar por él.
El soldado mongol le da a Duan Ling una bofetada despiadada en la cara y el golpe hace que su cabeza suene. Si tiene la voluntad de resistirse y agarrar la espada del otro hombre que cuelga junto a su cintura, puede poner fin a la vida del soldado en cualquier momento, pero también será acribillado por los soldados enojados.
No se resiste. Deja que lo golpeen hasta que le sale sangre por la comisura de los labios, pero su paciencia lo recompensa con el momento más oportuno para resistirse. Solo, el soldado lo arrastra hasta una casa y comienza a desvestirse bruscamente.
Hay un cadáver tendido en la cama. El soldado se desnuda por completo junto al cadáver y comienza a arrancarle la ropa interior a Duan Ling. Este le permite hacer lo que quiera hasta que el soldado comienza a hacer ruidos de succión con los dientes y a decir algo que no puede entender. Es en ese instante cuando Duan Ling alcanza el cuchillo de hueso que había ocultado en su bota.
El soldado lo agarra por el cabello y examina su rostro por un momento antes de acercarse para besar a Duan Ling como si fuera una chica, momento en el que Duan Ling lo apuñala con el cuchillo.
Este movimiento es preciso en extremo; la hoja penetra en la carne en un lado del cuello del soldado, enterrándose profundamente en su laringe. La garganta del soldado emite un ruido de gorgoteo y él se lleva la mano al cuello, pero no tiene forma de pedir ayuda. Duan Ling gira ferozmente la hoja, y la sangre brota de la herida. Luego, con cuidado, coloca al soldado en la cama. Afuera, hay gente bebiendo y riendo, y un interminable estruendo de alegría llena el aire. Nadie más le prestará atención.
Salta sigilosamente por la ventana trasera de la habitación y elige otro camino para salir de la aldea. Frente a él se encuentra un abismo insondable, y podría caer con tan solo un paso en falso. Avanza con pasos pequeños, con la espalda pegada al borde del acantilado, hasta que llega a un punto donde los dos lados del acantilado están más cercanos; en el fondo del abismo se puede mirar hacia arriba y avistar una única franja de cielo. Sin embargo, las nubes han cubierto la luna y no puede distinguir si esa mancha de oscuridad que tiene ante él es un espeso matorral o el acantilado que se extiende desde el otro lado.
«No puedo morir… No puedo morir. Papá todavía me está buscando».
Duan Ling recuerda las palabras que Li Jianhong le enseñó, y todos sus miedos se disipan de inmediato; entonces, salta cruzando esa franja de cielo. Y casi lo logra. Su pie resbala, se aferra a una enredadera del otro lado y, mientras tira con todas sus fuerzas esperando poder trepar de nuevo, la enredadera se rompe con un crujido apenas perceptible.
La escarpada y desigual ladera deja incontables marcas en su cuerpo, y aferrándose fuertemente a la enredadera rota, Duan Ling cae en la oscuridad.
Las llamas iluminan gran parte del cielo nocturno. Desorientado, Cai Yan avanza a tientas por el sendero de la montaña cuando, de pronto, oye el resonar de unos cascos. Al instante, retrocede hacia el bosque.
Un hombre y su caballo trotan juntos por el sinuoso camino. El jinete tira de las riendas, desenvaina la espada, desmonta y comienza a registrar los matorrales.
Cai Yan hace todo lo posible por no producir el menor sonido.
El hombre ataca de repente. Cai Yan no es capaz de bloquearlo a tiempo y una palma lo golpea en el pecho; de repente, siente como si las entrañas se le hubieran trastocado. La hoja de la espada se posa en su cuello.
—¿Duan Ling? —pregunta una voz: es Lang Junxia.
—¡Soy yo! —responde Cai Yan de inmediato.
Al reconocerlo, Lang Junxia enfunda su espada y ambos prosiguen por el camino de montaña a lomos de Wanlibenxiao. Cai Yan le relata todo lo sucedido desde su partida de Shangjing; Lang Junxia escucha sin pronunciar palabra.
—Bajaste por la cima de otra montaña —dice Lang Junxia cuando el otro termina—. Sé lo de la aldea boticaria. ¡Jía!
Tardan dos horas en llegar y, para entonces, las llamas crepitantes ya han consumido la aldea entera. Bajo la pálida luz del alba, se advierte que los soldados mongoles han partido desde hace ya mucho tiempo.
—¡Duan Ling! —lo llama Lang Junxia.
—¡DUAN LING! —grita Cai Yan a todo pulmón.
—¡DUAN LING! —La voz de Lang Junxia resuena por todo el valle. Intenta sofocar los incendios, pero estos siguen creciendo, incontenibles. El olor acre de la carne quemada flota en el aire, y los cuerpos ennegrecidos yacen esparcidos por el suelo. Lang Junxia clava la mirada en las casas que se desmoronan.
—¡No entres ahí! —le grita Cai Yan.
Pero Lang Junxia ya se ha cubierto la nariz y la boca y se lanza de cabeza a la aldea en llamas. Momentos después, sale tropezando de vuelta y Cai Yan se apresura a arrastrarlo hacia un lado. Ambos se apoyan contra un árbol en los límites de la aldea. Cai Yan entonces rompe a llorar desconsoladamente.
Lang Junxia ruge:
—¡JÚRALO! ¡JÚRALO QUE REALMENTE ESTABA AQUÍ!
Abrumado por la pena, Cai Yan no puede responder.
Lang Junxia respira con dificultad durante un rato antes de ponerse en pie. Permanece allí, mirando el mar de fuego, mientras todo lo que arde se convierte en cenizas.
—¡¿Por qué no viniste antes?! —aúlla Cai Yan, enfadado, y se acerca para empujar a Lang Junxia.
El fuego crece cada vez más hasta que se extiende por toda la cima de la montaña. Retroceden una y otra vez. Poco después, una tormenta de lluvia torrencial cae, apagando gradualmente todas las llamas; un deslizamiento de lodo se precipita hacia ellos. Lang Junxia entra en la aldea que ha quedado carbonizada.
Encuentra el arco de jade brillando entre las ruinas del centro de la aldea. La lluvia lo ha limpiado; parece nuevo.
Luego se arrodilla en el suelo, revisando cada cuerpo, tocando cada hueso de la mano ya carbonizado por el fuego, para verificar si pertenece a Duan Ling.
—¿Cómo te llamas? —Cai Yan ha recuperado la compostura.
Lang Junxia no responde.
—¡¿Por qué no viniste a protegerlo antes?!
Lang Junxia tantea en las ruinas y encuentra otra mano cercenada y carbonizada, y se afana por determinar si los huesos pertenecen a Duan Ling.
Cai Yan está a punto de decir algo más cuando Lang Junxia se da la vuelta y lo patea sin piedad en el pecho. Cai Yan se estrella contra un árbol y cae inconsciente.
No sabe cuánto tiempo ha pasado cuando vuelve a despertarse. Cuando abre los ojos, Lang Junxia sigue buscando en la aldea.
—Ya está muerto —dice Cai Yan—. No importa lo arrepentido que te sientas, es inútil.
De rodillas en el centro de la aldea, más allá del agotamiento, Lang Junxia cae de cabeza en el agua fangosa.
El agua fluye por el barranco, chocando con la orilla. Duan Ling se despierta.
Cada parte de su cuerpo sangra. Varias hienas lo observan desde la distancia, y los arroyos de las montañas fluyen rápidamente cerca de él. Duan Ling se levanta con dificultad. Esquivando la mirada de las hienas, huye dando tumbos.
«—Si murieras….
«—Lo sé. Si yo muriera, tú tampoco vivirás».
Duan Ling no sabe de dónde saca la fuerza, pero quizás sea por esas palabras que resuenan una y otra vez en sus oídos que logra escapar del barranco con lo que le queda de energía. En la oscuridad, consigue encontrar una cueva. Se arrastra hacia adentro, se acuesta y jadea por aire.
Ha vuelto a tener fiebre. La fiebre lo acompaña durante todo el día, pero se recupera milagrosamente. En sus sueños siempre están esas palabras «Si mueres, papá tampoco vivirá» repitiéndose en su cabeza como si los suaves labios de Li Jianhong estuvieran junto a su oído, animándolo en voz queda: «Debes seguir viviendo».
«No puedo… no puedo morir aquí».
Cuando Duan Ling vuelve a abrir los ojos, la única idea en su cabeza es seguir viviendo.
Junto al arroyo de la montaña, busca algunas hierbas medicinales y se las traga enteras, luego arranca algunas cortezas y musgo y también se los come. Sigue caminando hacia el sur, pero nunca se topa con bestias feroces como osos y tigres, y piensa que, después de todo, el cielo está de su parte.
Después de días de caminar, los pies de Duan Ling ya están llenos de cortes. Cuando están sangrando y ampollados, los envuelve en corteza de árbol. Sus experiencias de la infancia lo han vuelto más resistente que nadie; cuando no tenía comida, buscaba en nidos de pájaros para encontrar huevos, recogía frutas, comía flores, atrapaba peces vivos y se los comía, comía cualquier cosa que pudiera ser comestible.
A medida que deja atrás la sección oriental de las montañas Xianbei, Duan Ling sabe que ha sobrevivido.
En la lejanía, hay una pequeña aldea. Duan Ling se esconde detrás de una granja y espera hasta que es de noche antes de entrar para robar un conjunto de ropa. Se lo pone y también roba un par de botas para calzarse. Luego saca dos huevos de gallina del gallinero, los rompe y se los traga, y toma un par de bollos calientes del fogón; se los guarda en el pecho y continúa su camino.
Cuando se está cambiando, su mano roza su pecho. Solo entonces se percata de que ha perdido el arco de jade.
«No pasa nada —piensa—. Entre el arco de jade y mi vida, papá no me regañará por perder el arco».
¿Dónde está este lugar? Duan Ling camina instintivamente hacia el sur, en la dirección que le señala la Osa Mayor, escondiéndose siempre que oye a alguien, asustado como un pájaro nervioso al que el sonido de una cuerda pone en alerta. Avanza por las sendas deseadas[1] creadas por el uso frecuente, sabiendo que debe de haber aldeas a lo largo de un camino tan transitado. Tal como esperaba, atraviesa varias aldeas en el camino y, juzgando por la ropa colgada para secarse fuera de las casas, deben de ser xianbei.
Cada vez que llega a un pueblo, roba algo pequeño. Piensa en cuándo será seguro pisar el camino que lo lleva de regreso al sur. En la noche, con un cielo vasto lleno de estrellas sobre él, se acuesta bajo un árbol dándole vueltas una y otra vez a estos pensamientos: preguntándose si Li Jianhong estuvo a punto de desenvainar su espada y suicidarse cuando no pudo encontrarlo, y cómo sus subordinados debieron impedir que lo hiciera.
Y piensa en cómo Li Jianhong llorará lágrimas de alegría cuando lo vea regresar con vida, cómo llorarán en los hombros del otro…
Mientras Duan Ling deja que su mente se detenga en estas cosas, no puede evitar encontrarlo todo bastante gracioso, y comienza a reír, luego, mientras ríe, siente que un sollozo se le atasca en la garganta, y rompe a llorar acurrucado debajo del árbol.
Esta vez, siempre y cuando pueda regresar sano y salvo, nunca volverán a separarse.
Hay lágrimas secándose en las mejillas de Duan Ling y, en su sueño, algo se abalanza sobre él. Grita al instante: ¡un perro se le ha echado encima!
Busca su daga a tientas para defenderse, pero entonces oye una voz y decide no luchar. Esa persona habla en xianbei. Al llegar hasta Duan Ling, balancea una linterna frente a su rostro y lo observa detenidamente durante un largo rato.
[1] Es un camino hecho por la erosión debido al tránsito frecuente de personas o animales.
