El séptimo día del séptimo mes, Shangjing cae. El ejército mongol masacra a cerca de diez mil familias en la ciudad.
En el séptimo día del séptimo mes, los refuerzos de Chen y Liao libran una batalla desesperada en la ciudad contra los yuan, y después de oleadas de ataques del ejército de Ögedei, las tropas han pierden a su comandante en jefe y se ven obligadas a retirarse. Sin embargo, el ejército kitano ya ha decidido quemar los puentes detrás de ellos y luchar hasta la muerte, llenando la ciudad con su carne y sangre.
Un día después, el ejército han recupera el cuerpo de su comandante de manos del enemigo. Cuarenta mil hombres, una vez más, cargan contra la ciudad en un arrebato de dolor incomparable.
Shangjing es un escenario de devastación, casi arrasada por esta gran batalla. Veinte mil familias mueren ya sea por fuego amigo o a manos de los soldados mongoles.
Pasa otro día, y los refuerzos kitanos que han llegado por la carretera de Zhongjing se unen finalmente al resto de sus camaradas. Derrotado, el ejército mongol se dispersa en la vasta naturaleza del norte. En un frenesí asesino, el ejército kitano persigue a los mongoles hasta ochenta millas de distancia, pero luego Ögedei reagrupa sus fuerzas y lanza un contraataque. Los dos bandos se enfrentan en una batalla decisiva en los campos del ciervo blanco; la naturaleza se llena de cadáveres. Nunca se ha visto un espectáculo más amargo.
Esta prolongada lucha dura casi dos semanas. A lo largo del perímetro desde la capital hasta las cadenas montañosas occidentales de las montañas Xianbei, la mayoría de los habitantes del norte han huido de sus hogares. En el caos de la guerra, la mayoría de las casas han quedado reducidas a cenizas.
En la noche del Festival del Doble Séptimo, precisamente cuando toda la ciudad cae en manos del enemigo, aquellos del Viburnum logran escapar a través de un pasaje secreto dentro de la ciudad. Duan Ling respira agitado mientras camina al frente del grupo, llevando a una chica en su espalda.
—Su alteza, está herido, no puede…
—¿Por qué molestarse con formalidades como «su alteza» en un momento como este? —dice Duan Ling.
Está cubierto de sangre, y no tiene idea si la sangre es de sus propias heridas o si proviene de la chica en su espalda. Cerca del amanecer, al final del pasadizo, pueden escuchar ruidos que proceden de las tablas sobre ellos.
Pasa un grupo, luego otro; cada serie de pasos va acompañada por el sonido de flechas disparadas y gritos desgarradores.
Todos estiran el cuello con ansiedad, observando los tablones de madera que hay sobre sus cabezas. La luz del día se filtra a través de los huecos entre las tablas, y cae mucha sangre.
Xunchun señala con un dedo hacia arriba. Duan Ling le hace un gesto con la mano y forma las palabras: «Soldados mongoles».
Duan Ling espera a que se haga el silencio antes de apartar el tablón para salir.
Dondequiera que miran hay cadáveres de soldados han. El alba bordea tenuemente el cielo y se pueden ver llamas en todas direcciones. Duan Ling coloca a la chica que ha estado llevando en el suelo y revisa su respiración.
Ya ha muerto.
—Está muerta —dice Xunchun.
—¿Cómo se llamaba? —pregunta Duan Ling.
—Qiu Jin. Vámonos.
Duan Ling suelta su mano blanca. Un soldado mongol había cortado a Qiu Jin en uno de los omóplatos, dejándole una herida de dos pulgadas de profundidad. Antes de morir, cerró los ojos con fuerza; su rostro pálido parecía reflejar alivio, así como una especie de liberación.
Duan Ling dirige la mirada hacia Xunchun. En su grupo quedan menos de veinte personas.
—Si caminamos por la parte trasera del cuartel de la Guardia de la Ciudad —dice ella—, encontraremos un pequeño sendero que sale de la ciudad. Vamos.
La herida en la espalda de Duan Ling ya ha sido vendada, pero sigue sangrando. Había vacilado varias veces, consciente de que su padre ya había entrado en la ciudad, pero en medio de tanto caos, no tenían idea de dónde estaba el ejército de Chen. Xunchun le insistió con firmeza en que priorizara su seguridad y no regresara de manera imprudente.
Acaban de entrar en un pequeño sendero junto al cuartel de la Guardia de la Ciudad cuando de repente, soldados mongoles les disparan flechas.
—¡Retrocedan! —grita Xunchun.
Es claro que una unidad del ejército mongol ha estado esperando aquí durante un tiempo, con la esperanza de emboscar a los soldados kitanos, pero nunca imaginaron encontrarse con ciudadanos comunes huyendo. El grupo de Duan Ling intenta encontrar refugio al tiempo que se defiende de las flechas, y en un abrir y cerrar de ojos, otros dos de ellos mueren. Duan Ling protege a los demás a la vez que dispara flechas a los soldados, y con un rugido enfurecido, Xunchun se adelanta, saltando a un terreno más elevado con dos pasos y apuñalando al arquero mientras Duan Ling sigue disparando flechas debajo de ella. Sin embargo, se oyen más gritos de sorpresa detrás de ellos. ¡Más soldados mongoles han irrumpido!
—¡Vámonos! —grita Xunchun.
Hay cada vez más soldados. Duan Ling lleva a su grupo más adentro del cuartel de la Guardia de la Ciudad y, de repente, una puerta se abre de golpe y alguien la atraviesa, apuntando su arco y flecha a Duan Ling. Con sorpresa, Duan Ling reconoce al arquero como Cai Yan.
Inmediatamente, Cai Yan suelta la flecha hacia él. Duan Ling, de manera subconsciente, se mantiene firme, y la flecha roza su hombro para luego impactar en un soldado mongol montado que se dirigía hacia él.
—¡Ven conmigo! —grita Cai Yan.
Antes de que Duan Ling tenga la oportunidad de hablar con Cai Yan sobre el tiempo que estuvieron separados, este ya lo está arrastrando a la fuerza. Xunchun tiene la Zhanshanhai en su mano izquierda y una espada larga que arrebató a un soldado en la derecha. Con ambas armas, se gira y bloquea a las decenas de soldados mongoles que los persiguen.
—Yo iré por la retaguardia. ¡Dense prisa y salgan de la ciudad! —grita ella.
Duan Ling está a punto de hablar, pero Cai Yan ya lo ha llevado hacia el pequeño sendero detrás del edificio de la Guardia de la Ciudad.
Todos están sin aliento. Cai Yan ha sido alcanzado en la pierna. Doblan la esquina por un sendero de montaña detrás del edificio, y descendiendo por una cuerda, finalmente escapan de la ciudad.
—¿Qué estabas haciendo allí? —pregunta Duan Ling.
—La ciudad ha sido invadida. No podía quedarme más tiempo en casa, así que pensé en venir a vigilar el edificio de la Guardia de la Ciudad y matar a tantos mongoles como pudiera —dice Cai Yan, respirando pesadamente—. ¿Por qué estás…? Dicen que el ejército han ya está aquí, incluso pueden ganar, tú…
Duan Ling fija la mirada en Cai Yan, y durante un largo instante reina el silencio entre ellos. Ninguno dice nada; al final, Cai Yan decide no poner la verdad al descubierto.
Un estruendo lejano los sobresalta: la puerta norte ha colapsado.
El vestido rojo de Xunchun ondea sobre el techo del edificio de la Guardia de la Ciudad, mientras el ejército mongol inunda las calles del distrito norte como una plaga de langostas.
—Vamos —dice Duan Ling.
Cai Yan y Duan Ling hacen un recuento. En este momento, aparte de ellos dos, solo quedan nueve miembros de su grupo.
Pero ¿a dónde irán? ¿A las montañas Xianbei? Cada camino está lleno de peligros; al sur, más de cien mil tropas están luchando en el campo de batalla, así que antes de lograr atravesarlo, podrían ser abatidos por flechas perdidas. Los caminos al este y al oeste están llenos de desertores.
—Vamos al norte por ahora —dice Duan Ling—, nos esconderemos en las montañas por un tiempo.
Cada vez hay más soldados mongoles, explorando el distrito norte y matando a cualquiera que aún esté vivo.
Corren a través de la naturaleza salvaje a pie, desapareciendo entre los campos de trigo bajo el cielo abierto. Antes, Li Jianhong le enseñó que cuando estás escapando de un campo de batalla, hay innumerables peligros potenciales. No debes relajarte ni por un momento, porque no puedes prever cuándo algún desertor puede descubrirte.
En comparación con los soldados ordinarios, los desertores son aún más peligrosos. Temen que se les denuncie al ejército y, dado que la deserción está castigada con la muerte, no tienen ningún miedo.
Durante la mayor parte del día caminan a lo largo de los campos de trigo. El sol cuelga alto sobre ellos, y Duan Ling se marea bajo él. La herida detrás de su hombro le duele, inquietándolo con agudos dolores, y la falta de emplastos le está causando una fiebre alta. Sigue caminando a pesar del vértigo, y finalmente se desploma en el suelo.
—¡Duan Ling! —grita Cai Yan.
Presionadas y exhaustas, varias de las mujeres se pierden en los campos de trigo. Cai Yan lleva a Duan Ling a cuestas en busca de algún lugar para descansar, y algunas de ellas regresan para buscar a sus compañeras perdidas.
—¡Los mongoles están aquí! —Un grito parece rasgar el cielo—. ¡Corran!
Las chicas del Viburnum conocen algo de artes marciales y pueden contenerlos por un tiempo, pero los mongoles están todos montados en caballos galopantes, en buena forma, bien descansados y listos para perseguir a su enemigo fatigado. Después de huir repetidamente, es evidente que las mujeres están agotadas, y les resulta demasiado difícil lidiar con rondas de flechas, sables y lazos. Cuando escuchan que los soldados están cerca, las mujeres prefieren separarse de Duan Ling y Cai Yan, y les gritan:
—¡Déjennos, los alcanzaremos!
Cai Yan suelta un grito de dolor, y está a punto de sacar su sable para pelear cuando Ding Zhi lo agarra del cuello y lo arrastra hacia atrás.
—Si tu hermano aún estuviera vivo —dice fríamente Ding Zhi, clavando la mirada en los ojos de Cai Yan—, nunca habría querido que murieras aquí.
Cai Yan respira fuerte un par de veces.
—¡Vámonos! —ordena Ding Zhi.
Cai Yan vuelve a colocar a Duan Ling sobre su espalda y se adentran en los campos de trigo, con Ding Zhi siguiéndolos de cerca.
A lo lejos se escuchan gritos y disparos; alguien más ha caído. Ding Zhi mira constantemente hacia atrás, conteniendo a duras penas el impulso de regresar a socorrerlas.
Duan Ling permanece aturdido, saltando con cada paso de Cai Yan. Ding Zhi los escolta hasta la orilla de un lago al extremo de los campos. Allí hay un pequeño bote junto a un modesto cobertizo.
—Sigan el borde del lago hacia el sureste —les indica ella—. Estarán a salvo una vez que lleguen a las montañas.
Ding Zhi desata la cuerda del muelle. A lo lejos, los soldados mongoles gritan sedientos de sangre. Espoleando a sus veloces caballos, ya los están alcanzando.
Cai Yan pone a Duan Ling en el bote, pero Ding Zhi jala el bote hacia atrás y lo esconde entre la maleza.
—No salgan —dice Ding Zhi, tan suavemente que apenas se puede escuchar—. No salgan, pase lo que pase…
Cai Yan la mira en silencio.
Ding Zhi y Cai Yan se enfrentan con la mirada, y después de un momento, su expresión se suaviza con una sonrisa gentil. Ella extiende la mano y acaricia con los dedos la mejilla de Cai Yan.
—No… —Los ojos de Cai Yan se llenan de lágrimas, pero Ding Zhi le cubre la boca con la mano y lo hace acostarse al lado de Duan Ling. Luego, se da la vuelta, se esconde una daga en la mano y corre hacia el frente del cobertizo. Pronto, los gritos de los soldados mongoles se elevan, un grito miserable tras otro, y luego todo de repente queda en silencio.
El grito de Ding Zhi rompe el silencio.
Los ojos de Duan Ling se abren violentamente, sus pupilas llenas de miedo. Quiere levantarse, pero Cai Yan lo sujeta con firmeza. Pasa mucho tiempo hasta que ya no escuchan a Ding Zhi. Los soldados mongoles buscan de un lado a otro a lo largo de la orilla en sus caballos, pero todo lo que encuentran es una cuerda de paja cortada. Gritando y maldiciendo fuertemente, continúan su búsqueda a lo largo del borde del lago.
Los humedales de juncos se extienden a su alrededor, sus flores algodonosas flotan en el aire. Al ponerse el sol, la superficie del estanque refleja el brillante rojo sangre del crepúsculo, resplandeciente y cristalino.
El cielo es tan azul que parece lavado; el aire está impregnado con el aroma de la hierba seca. Nubes blancas flotan, y el firmamento se extiende hacia el infinito. En el agua, la sangre fresca se filtra del cuerpo de Ding Zhi, enroscándose como humo, con su cabello suelto, su cuerpo desnudo, sus ojos abiertos, sus pupilas reflejando el tipo de cielo interminable que solo se ve más allá de la Gran Muralla en un día de otoño.
Un día después.
—Toma un poco de agua —dice suavemente Cai Yan.
Duan Ling se despierta temblando, con una tos incesante, y se da cuenta de que está dentro de una habitación. Cai Yan le da medicina herbal y luego desenvuelve las vendas de Duan Ling para volver a curarle las heridas.
—¿Qué es este lugar?
—Una aldea —responde escuetamente Cai Yan—. Una aldea de herbolarios. Hemos estado aquí tres días.
Es una aldea situada a lo largo de la vena sureste de las montañas Xianbei. Aquí viven más de diez familias y durante generaciones se han dedicado a desenterrar hierbas medicinales para ganarse la vida.
Duan Ling bebe la medicina y se siente un poco mejor. Ve la mirada en los ojos de Cai Yan y pregunta:
—¿Dónde están?
—Se perdieron por el camino —responde Cai Yan.
Después del mediodía, el viento otoñal llega hasta ellos a lomos de innumerables hojas, descomponiendo la luz del sol mientras susurran en los cristales de la ventana. Bajo el sol abrasador, el aire es fresco y seco como un sueño irreal. Duan Ling exhala con fuerza y se recuesta de nuevo en la cama.
—¿Hay noticias de mi padre? —Duan Ling se levanta de la cama con mucho esfuerzo.
—No lo sé. No he tenido ocasión de preguntar. Donde hay vida, hay esperanza.
Duan Ling mira a Cai Yan a los ojos.
—Primero mejórate —dice Cai Yan—, luego busca la manera de volver al sur. Tú volverás a Xichuan, yo volveré a Zhongjing.
Duan Ling se recupera un poco más. Ya puede levantarse de la cama y caminar. Se toca el pecho y se da cuenta de que el arco de jade ha desaparecido.
Cai Yan está sentado fuera de la puerta, inmóvil.
«Maldita sea». Duan Ling maldice para sus adentros. ¿Dónde estará? Necesitará su señal de identidad si por casualidad se encuentran con refuerzos de Chen. Se palpa todo el cuerpo, pero al final no encuentra el arco de jade.
—¿Es esto lo que estabas buscando? —le dice Cai Yan a Duan Ling mientras saca el arco de jade.
—Gracias. —Duan Ling siente como si se quitara un gran peso de encima. Se vuelve a poner el arco de jade.
—Tengo tu espada también, pero desafortunadamente la vaina se perdió.
—No importa. —Por otro lado, Duan Ling no está tan apegado a la espada. Observa a Cai Yan durante un rato, y de repente se arrodilla frente a él.
Cai Yan inmediatamente extiende la mano para ayudarlo a levantarse.
—¡No hagas eso! ¡Eres el príncipe heredero!
—Gracias por salvarme la vida.
—La razón por la que tu papá me enseñó artes marciales fue para que pueda protegerte. Todos podemos tirar nuestra vida por la borda, no por una razón sentimental, sino por tu…
Duan Ling permanece en silencio durante mucho tiempo, y Cai Yan se queda momentáneamente sin palabras. Por fin, dice:
—Identidad.
Duan Ling asiente y suelta un suspiro.
En poco tiempo, alguien ha regresado a la aldea, y Cai Yan sale para preguntar sobre la situación de la guerra. La persona les informa que han llegado refuerzos de Liao y, aunque Shangjing está maltrecha, finalmente está de nuevo bajo el control de Liao. En cuanto a dónde ha ido el ejército mongol, no tiene ni idea.
—¿Dónde está el ejército del Imperio chen? —pregunta Cai Yan.
—Ya se fueron a casa —responde el viejo visitante—. Se han ido a casa. Primero es Gran Yu, luego Gran Xia, Gran Chen de nuevo, luego es Gran Liao… el mundo sigue cambiando, tan pronto como alguien termina de cantar, otro toma el escenario, ya sabes…
¿Se han ido a casa? Duan Ling piensa para sí mismo que, como su padre no lo encontró, ya debe haberse ido. Es mejor así. De lo contrario, sería demasiado peligroso.Pero ¿realmente se fue? Su padre aún podría estar buscándolo.
Esa noche, Duan Ling se sienta frente a la puerta, abrazándose las rodillas. Observa el cielo otoñal, repleto de estrellas, y no puede evitar pensar nuevamente en su padre.
Debe estar muy preocupado en este momento, pero ¿qué más puede hacer Duan Ling? ¿Intentar salir? No puede hacer eso. Solo se pondría en mayor peligro si se encuentra con el ejército principal de los mongoles. Ögedei ha sido derrotado, por lo que matará y saqueará todo en su camino de regreso.
El mundo puede experimentar altibajos, y las nubes pueden cambiar de forma innumerables veces, pero todas las convulsiones del reino mortal parecen inalcanzablemente lejanas en lo profundo de las montañas, en una aldea tan apartada del resto del mundo. Duan Ling recuerda haber escuchado a su padre contar cómo, mientras huía, se escondió en las montañas Xianbei, en el hogar de Lang Junxia. Probablemente se sintió igual que él se siente ahora.
—Ve a dormir. Hace frío afuera —le dice Cai Yan—. La lucha es muy intensa por allá, quién sabe cuántos cientos de miles han muerto, pero todos en esta aldea actúan como si no tuviera nada que ver con ellos.
—La gente común es así —repone Duan Ling.
Está a punto de regresar cuando escucha un grito proveniente de una gran distancia.
El sonido alarma a toda la aldea. Pronto, un ritmo denso y constante de cascos galopando se deja oír; un sonido tan familiar que lo reconoce al instante. Duan Ling se tumba en el suelo, pegando el oído a la tierra. Oleadas de cascos retumban en la distancia, como si un ejército de mil hombres se aproximara.
—¡El ejército mongol está aquí!
Al mismo tiempo, Lang Junxia detiene a Wanlibenxiao junto a un lago. En la penumbra de la noche, el agua salpica mientras saca el cuerpo de Ding Zhi y lo deja a un lado. Sus ojos recorren los alrededores; silba, monta de nuevo y retoma la persecución hacia las montañas Xianbei.
