En la oscuridad, Cheng Sheng no se quedó atónito por mucho tiempo. En ese espacio tan estrecho, inexplicablemente surgió en él una especie de coraje. En un arrebato, cambió el rumbo de la conversación y preguntó:
—Cheng Dieyi amaba y odiaba sin miedo, vivía de forma intensa y sin reservas. ¿Yo no puedo ser así también?
Esta vez fue Zhang Chen quien se quedó ligeramente perplejo. En la oscuridad, bajo la tenue luz de la luna, miró por largo rato el suelo gris verdoso antes de decir:
—Puedes, pero incluso en las películas es difícil que todo salga perfecto; en la vida real es aún más complicado.
Cheng Sheng, fingiendo indiferencia, dijo:
—Nada es perfecto en esta vida. Solo aquellos que tienen el coraje de sacrificarlo todo merecen ser llamados humanos.
Solo el coraje de enfrentarse a la muerte le da sentido a la existencia.
Zhang Chen se quedó meditando sobre esas palabras. Parecía entenderlas, pero no del todo. Tras mucho rato, solo respondió:
—Tú y yo no somos del mismo tipo de personas.
Eso ya podía considerarse una forma de concesión, y Cheng Sheng lo entendió. La tensión entre ellos era como una balanza: mientras él se mostrara firme y agresivo, atacando sin descanso, el otro solo podía retroceder, sin capacidad de hacerle verdadero peso.
Una vez que se dio cuenta de esto, su actitud arrogante aumentó repentinamente. Agarrando la manga del abrigo de Zhang Chen, lo arrastró hacia la puerta principal mientras murmuraba:
—¿Qué es eso de ser diferentes tipos de personas? Tu forma de pensar está mal. Ahora se habla de igualdad de derechos, los hombres y las mujeres casi son considerados el mismo tipo de persona. Entonces, ¿por qué no seríamos nosotros también del mismo tipo? Vamos, vamos, fumemos un cigarrillo antes de regresar a casa. Me estoy ahogando aquí.
Volvieron a salir a los escalones de piedra para fumar. La noche estaba muy oscura, incluso la luz de la luna que se filtraba parecía cubierta de una capa de polvo. Cheng Sheng se apoyó contra Zhang Chen, rozándolo ocasionalmente con el brazo de manera casi imperceptible. En ese momento, se había vuelto muy franco; Cheng Dieyi y su natural descaro le habían dado coraje. Después de todo, ya había sido atrapado in fraganti, así que mejor pasar de la defensa al ataque.
Cheng Sheng no sabía si esta palpitación incierta y fluctuante que sentía merecía ser llamada este o aquel sentimiento. Solo sabía que en cuestiones de querer acercarse a alguien, se trataba de una competencia de descaro, y que para tratar con alguien como Zhang Chen, era aún más necesario pisotear el orgullo propio.
Cuanto más abundante es el orgullo de una persona, más se puede permitir desperdiciarlo, y claramente Cheng Sheng era así. Por el contrario, aquellos que apenas tienen una fina capa de orgullo son los que más tienden a esconderse y temen revelarse. No hace falta decir quién era este último.
Mientras buscaba un cigarrillo, Cheng Sheng recordó cómo a Chang Xin le encantaba usar su propio cigarrillo encendido para encender el de él. En esos momentos, se acercaban mucho, y hasta alguien tan poco perceptivo como él podía sentir las feromonas femeninas que emanaba. Así que decidió imitar esa táctica. Primero encendió el cigarrillo que tenía en su boca, luego acercó su cabeza a Zhang Chen, en una postura cuya intención sería evidente hasta para un ciego, y rozando su cara con la de él, le encendió el cigarrillo.
Las dos personas estaban extremadamente cerca. Cuando Cheng Sheng giró la cabeza, su nariz casi tocaba la de él, sus respiraciones casi se fundían en una sola. Sin embargo, esta cercanía fue momentánea; Zhang Chen lo miró con cautela y retrocedió ligeramente un paso.
Incluso para alguien con nervios de acero, este gesto hirió a Cheng Sheng, quien acababa de tomar una decisión difícil. Dio una fuerte calada al cigarrillo que tenía en la boca, exhaló una gran bocanada de humo y preguntó con desánimo:
—¿Has tenido este tipo de personalidad desde pequeño?
Zhang Chen entendió a qué se refería y respondió con sinceridad:
—Cuando era niño, era mucho peor que ahora. Mi maestra le dijo a mi madre que sospechaba que yo tenía una enfermedad mental.
Cheng Sheng soltó un «¡mierda!», como si el insulto fuera dirigido a él mismo, y espetó:
—¿Qué clase de maestra es esa? Ella es quien tiene una enfermedad mental por hablar así de un estudiante, ¡menudo ejemplo!
Sin embargo, después de su arrebato, la curiosidad pudo más y preguntó vacilante:
—Pero, ¿sí la tienes?
Zhang Chen le lanzó una mirada de reojo.
—No.
Cheng Sheng dejó escapar un largo «ah», apagó el cigarrillo y continuó:
—Dicen que la personalidad está determinada por los genes. Algunas personas son así y no pueden cambiarlo. No pasa nada, a mí me pareces genial tal como eres.
Cheng Sheng había expresado con entusiasmo una larga serie de pensamientos, pero Zhang Chen apenas reaccionó. Sin embargo, Cheng Sheng ya se había acostumbrado a esto. Era sorprendente cómo el hábito podía formarse en un solo día, y Cheng Sheng, unilateralmente, no encontraba otra explicación más que el destino.
Cuando ambos terminaron de fumar el cigarrillo, este largo día finalmente llegó a su fin, al igual que la colilla que se apagaba lentamente en el hueco del árbol.
Cheng Sheng sentía que su día ya había sido lo suficientemente agitado y no quería presionar más a Zhang Chen hasta el punto de irritarlo. Así que, por una vez, entendió el significado de «saber cuándo parar». Se despidió con un gesto de la mano y se alejó con aire despreocupado hacia el instituto de diseño.
Zhang Chen observó la silueta de Cheng Sheng desapareciendo gradualmente en la oscuridad de la noche. Incluso solo viendo su espalda, uno podía adivinar con bastante precisión el carácter despreocupado de esa persona. Se acuclilló en los escalones de piedra y fumó otro cigarrillo en solitario. Al terminar, se puso la chaqueta y caminó lentamente hacia el complejo residencial de la Acería N.º 3.
Cuando Zhang Chen llegó a casa, la sala de estar era un desastre. Había fragmentos de vidrio y porcelana esparcidos por todas partes. Inicialmente pensó en ignorarlo, cerrando los ojos y pasando por encima de todo ese desorden, pero a mitad de camino se detuvo. Soltó un suspiro de resignación y, aceptando su destino, fue al baño a buscar una escoba y un recogedor para limpiar todo ese desastre.
Después de terminar de limpiar la sala, Zhang Chen regresó a su habitación y descubrió que Li Xiaoyun estaba durmiendo en su cama, cubierta solo con una chaqueta. A su lado, un ventilador eléctrico verde con bordes blancos chirriaba mientras soplaba aire. Zhang Chen se quedó de pie junto a la cama durante un buen rato antes de sentarse en el suelo al lado, observando detenidamente el rostro de Li Xiaoyun.
Todo el mundo decía que él y su madre estaban cortados por el mismo patrón. A los vecinos les gustaba chismorrear sobre Li Xiaoyun; cuando la veían con vestidos y tacones altos, hacían comentarios mordaces, insinuando que una ama de casa que se arreglaba así seguramente tenía la intención de seducir a hombres ajenos.
¿Y Zhang Chen? Debía ser la réplica de Li Xiaoyun. Mientras contemplaba el rostro de su madre, recordó cuando, a los siete u ocho años, jugaba a saltar la cuerda con la hija de unos vecinos. Bajo la sombra de un árbol, había colocado dos sillas de madera y observaba cómo la niña contaba sola: «uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete». De repente, la niña corrió hacia él, lo derribó sobre el césped y le plantó un beso en la mejilla. Zhang Chen no imaginaba que una niña pudiera actuar así, y por instinto la empujó con fuerza. Al instante, los padres de la niña, que habían bajado a llamarla para cenar, le propinaron cinco bofetadas.
Mirando a Li Xiaoyun, Zhang Chen recordó su época de secundaria y a aquel profesor de literatura de Pekín que era especialmente amable con él. Era un hombre erudito que siempre hablaba con referencias y citas, mencionando a menudo a Chekhov y Dostoievski. Abogaba por una reforma educativa radical y quería enriquecer la vida cultural y de entretenimiento de los estudiantes. Cada viernes, durante las dos últimas horas de estudio, organizaba sesiones de cine para la clase.
La primera vez que vio Adiós a mi concubina fue con aquel profesor. Un viernes, bajo el pretexto de darle clases de refuerzo, el hombre lo llevó a su dormitorio de la residencia docente. Los dos terminaron viendo la película en la estrecha cama de madera del profesor. Cuando Cheng Dieyi, con su elaborado maquillaje de ópera, abrazó por detrás a Duan Xiaolou, el profesor también rodeó a Zhang Chen con sus brazos desde atrás.
Zhang Chen, de unos diez años, se quedó paralizado. Solo cuando sintió las cálidas manos del hombre adulto en su cintura reaccionó con pánico, levantándose y golpeando fuertemente al profesor en la cabeza con el vaso de té que estaba sobre la mesa de madera.
Luego vio sangre. Durante ese período, Zhang Chen soñaba cada noche con un charco de sangre oscurecida por la oxidación y un par de manos demoníacas.
Justo cuando pensaba en eso, Li Xiaoyun se despertó de pronto. Medio dormida, se incorporó y, al ver a su hijo sentado al borde de la cama, pareció tranquilizarse un poco. Se levantó para ponerse las pantuflas y le preguntó a Zhang Chen:
—¿Dónde estabas? Mamá te estuvo buscando y no había ni rastro tuyo.
—Salí con un amigo.
—¿No saliste por la puerta principal?
—No.
Li Xiaoyun no se sorprendió. Al contrario, lo elogió:
—Está bien que salgas más con tus amigos. No te encierres siempre solo. A Yang Mingming le dieron un día libre este fin de semana en la mina, sal con él a distraerte.
Zhang Chen respondió con un «ajá», y de pronto notó que Li Xiaoyun llevaba en el cuello un collar de oro que nunca le había visto. Bastaba una mirada rápida para saber que no era barato.
—¿De dónde salió? El collar que llevás puesto.
Li Xiaoyun, que se estaba frotando los ojos, bajó la cabeza, le echó un vistazo al brillante colgante sobre su clavícula y sonrió con algo de vergüenza.
—Me lo regaló un señor con el que bailé en la pista.
Apenas terminó de hablar, pensó que no tenía por qué darle explicaciones a su hijo. Abrazó la chaqueta que antes la cubría y añadió:
—Tu madre se va a dormir al sofá. Acuéstate ya, que ya casi es la una.
Pero Zhang Chen de pronto la agarró del puño de la manga y le dijo, con tono áspero:
—¿Y tú aceptas así, sin más, algo tan caro? ¿Ustedes se pelearon esta noche por eso?
—¿Yo cómo iba a pelear con tu papá? ¡Fue él quien me pegó!
—Él es una basura, pero tampoco está bien que tú aceptes regalos de otros. —Zhang Chen seguía tercamente aferrado a su juicio.
Li Xiaoyun se despertó por completo. Como madre, se sintió injustamente regañada por su propio hijo. Se levantó de un salto y se dirigió a la sala sin mirar atrás. Antes de cerrar de golpe la puerta del dormitorio, soltó unas últimas palabras:
—¿No lo hago todo por ti? ¿De qué me sirve a mí llevar esto colgado en el cuello? En unos días lo llevaré a la joyería para cambiarlo por dinero. ¿No es así como consigo un poco de dinero? No podemos vender la casa del gobierno, ¿verdad? Si no hago esto, ¿quién va a pagar tu matrícula universitaria el año que viene?
Zhang Chen se quedó en silencio.
Cerró la puerta y aspiró suavemente por la nariz un par de veces. Padecía rinitis, como casi todos en Yuncheng, donde la gente sufría de rinitis en mayor o menor grado –incluso de neumoconiosis–.
Zhang Chen no estaba triste, ni sentía vergüenza por llevar una vida mediocre y conformista. Solo que, de pronto, se le vinieron a la mente cosas completamente nuevas, cosas que jamás había escuchado, y que habían ocurrido justo esa noche. Como aquella frase de Cheng Sheng, dicha con total despreocupación:
«—Cheng Dieyi amaba y odiaba sin miedo, vivía de forma intensa y sin reservas. ¿Yo no puedo ser así también?».
¿Cómo sería una vida en la que uno ame y odie sin miedo, una vida intensa, sin reservas?
Zhang Chen se sentía confundido. No solo no había vivido algo así, ni siquiera lo había visto o escuchado nunca. Él solo sabía que la gente muere por dinero, que cinco yuanes bastan para hacer pelear a los vendedores ambulantes, que quince yuanes pueden poner a una chica con maquillaje pesado de pie en la puerta de un salón de masajes en la calle Mudan, y que por veinte o treinta yuanes más de uno es capaz de llegar a los golpes, o incluso a matar.
Fuera de la habitación, Li Xiaoyun se acostó en el sofá. Dentro, Zhang Chen se tumbó lentamente en su pequeña cama. Se quedó absorto, mirando el ventilador al pie de la cama que chirriaba sin cesar; su base verde le recordó los escalones de piedra gris verdosa frente a la casa de baños. Pensó en la oleada de feromonas masculinas que lo golpearon de frente cuando alguien le encendió un cigarrillo casi pegado a su cara. Recordó aquellas palabras vagas y etéreas: «vivir con intensidad», «sin locura no hay vida». Zhang Chen no pudo evitar fantasear con ellas. No importaba quién las hubiera dicho, Cheng Sheng o cualquier otro, lo que era nuevo para él era esa sensación arrolladora, esa fuerza que avanzaba sin freno. Zhang Chen nunca la había sentido. Cada vez que esas palabras surgían en su mente, pensaba en un fuego voraz, llamas que ardían y ardían, consumiendo a una persona hasta convertirla en cenizas antes de apagarse con desgana.
***
Ese fuego ardía en la mente de Zhang Chen, pero acabó extendiéndose directamente hacia Cheng Sheng.
Cheng Sheng regresó sigilosamente a casa de su abuela. Se acostó en la cama, dando vueltas toda la noche sin poder dormir. La bravuconería que había mostrado frente a Zhang Chen horas antes se había desvanecido por completo. Solo pensar en esos diez minutos en que estuvieron desnudos en los baños públicos le hacía aferrarse al borde de la cama, tratando de recuperar el aliento.
Cuando se calmaba, su mente empezaba a divagar sin control hacia otras imágenes. ¿Cómo lo harían dos hombres? ¿Con las manos o cómo? Había visto películas a escondidas con su mejor amigo, pero eran heterosexuales. Dos cuerpos pegados rodando de un lado a otro, y así terminaba todo.
En ese momento, las había visto sin mucho interés, pensando que esas posturas despatarradas eran realmente poco elegantes, como dos koalas pegados peleando por hojas. Cuando Qin Xiao lo escuchó, casi se le salen los ojos de las órbitas. Asustado, le tocó la entrepierna, lamentándose exageradamente:
—¡Estamos perdidos! Yo pensando en conseguir un par de películas para que te desahogaras, y resulta que tienes tendencia a la impotencia. ¡No puedes desahogarte para nada, he trabajado en vano!
Aunque Qin Xiao hablaba sin pensar, por un segundo Cheng Sheng casi le creyó. Ahora se daba cuenta de que no era impotencia; simplemente la persona no era la correcta. Con la persona adecuada, hasta un simple roce en la espalda podría excitarlo.
Cheng Sheng yacía boca arriba en la cama. El viento cálido del exterior soplaba constantemente a través de la ventana sobre su cuerpo, pero cada vez se sentía más caluroso. Se levantó para poner el ventilador en la velocidad tres, pero aún se sentía sofocado. Tan pronto como su cabeza tocaba la almohada, su mente comenzaba a reproducir automáticamente las películas para adultos que había visto a escondidas con Qin Xiao.
Decir que Cheng Sheng era inteligente no era mentira, pues mientras estas películas se reproducían en su mente, su cerebro inteligentemente reemplazó los rostros de los actores. Después de unos minutos, Cheng Sheng no pudo contenerse más. Mordiéndose el labio, deslizó silenciosamente su mano hacia abajo, pensando en estas cosas mientras se ocupaba de sí mismo.
La cama de madera se sacudía ligeramente, y solo se detuvo cuando su cuerpo se tensó de repente. El fuego que había estado conteniendo en su corazón desde el inicio del verano se disipó en el aire en esos segundos de vacío.
Cheng Sheng miró al techo, estirándose con una mano pegajosa para alcanzar el papel higiénico junto a la cama.
Nota de la autora:
Background music: 墨绿的夜, de 邰肇玫[1].
[1] Noche verde oscura (La noche verde del bosque), de Tai Zhao Mei. Aquí hay un cover con una traducción al inglés.
