Capítulo 24. Escudo humano

Pagaron y subieron las escaleras, dejando tras de sí un rastro de gotas que caían de sus ropas empapadas por la lluvia.

Apenas entraron en la habitación, Zhang Chen acorraló a Cheng Sheng contra la pared. El tenue olor a alcohol que emanaba lo envolvió por completo y, al cabo de unos instantes, Cheng Sheng sintió que él también comenzaba a embriagarse. Rodeó con sus brazos el cuello de Zhang Chen y se acercó para darle un breve beso en la comisura de los labios. Pero justo cuando intentaba alejarse, Zhang Chen apoyó su frente contra la suya y, sin mediar palabra, presionó sus labios contra los de Cheng Sheng.

Sus labios ardían, y la sensación del alcohol y el dolor de los tirones se mezclaban, amenazando con abrumar a Cheng Sheng. Abrazando el cuello de Zhang Chen, aprovechó un momento para tomar aire y preguntarle:

—¿Estás borracho?

Zhang Chen no respondió. Sus ojos oscuros y profundos se clavaron en Cheng Sheng sin parpadear, y dijo algo que no venía al caso:

—No deberías quedarte aquí.

Con terquedad, clavó la mirada en los ojos de Zhang Chen, y al ver su propio reflejo en esas pupilas oscuras, se acercó como embrujado. Le rodeó el cuello y lo besó. Provocándolo a propósito, se enredó con su lengua, chupando con avidez durante un buen rato. En una pausa para respirar, apoyó su frente contra la de él y comentó:

—¿Baijiu? Con razón estás tan borracho.

Zhang Chen no parecía ebrio. Al contrario, su mirada era lúcida, fija en un Cheng Sheng que sí parecía mareado por el alcohol. Lo observó un largo rato, hasta que, de pronto, sonrió; una sonrisa que hacía doler el corazón.

La ropa empapada se les pegaba al cuerpo, incómoda y fría. Cheng Sheng, con las manos temblorosas, intentó desabrochar los botones de la camisa de Zhang Chen, pero al trabarse con uno, no tuvo más remedio que desistir. En su lugar, se liberó primero de su propia ropa y, ya completamente desnudo, empujó al aún mojado Zhang Chen hacia el baño.

El baño del pequeño hotel era estrecho, y aunque estaban abrazados, el espacio seguía siendo insuficiente. Cheng Sheng logró, con esfuerzo, quitarle la ropa a Zhang Chen y abrió el grifo de la ducha, lavando con cuidado la sangre de su frente mientras le preguntaba, preocupado: 

—¿No se debe mojar la herida, verdad? Apártate un poco del agua, te lavaré las otras partes.

Era la primera vez que Cheng Sheng ayudaba a alguien a bañarse, así que solo atinó a enjabonar el cuerpo de Zhang Chen con espuma y luego enjuagarlo con el teléfono de ducha, cauteloso. Apenas había terminado de quitarle la espuma y quería revisar la herida, cuando de repente sintió que su cintura era aprisionada con fuerza y sus piernas alzadas. La intención del otro era más que clara.

Cheng Sheng se quedó paralizado unos segundos antes de preguntar, bajo el agua caliente que seguía cayendo: 

—¿No te olvidarás de esto cuando despiertes mañana?

Zhang Chen lo abrazó y negó con la cabeza.

—No estoy borracho, no lo olvidaré.

Cheng Sheng no estaba convencido, pero aún así envolvió sus piernas alrededor de Zhang Chen y le preguntó en voz baja:

—¿Sabes cómo hacerlo? ¿Lo has hecho antes?

Zhang Chen seguía mirándolo fijamente y volvió a negar con la cabeza. 

Aunque decía eso, sus manos ya habían comenzado a deslizarse desde la cintura de Cheng Sheng hacia abajo, explorando hasta encontrar su objetivo y comenzando a masajear con firmeza, provocando que Cheng Sheng jadeara y, abrazándolo por el cuello, se quejara: 

—¿No dijiste que no lo habías hecho antes? 

Zhang Chen hundió el rostro en el hueco de su cuello, como buscando calor, mientras sus manos se posaban en la raíz de sus muslos, acariciando una y otra vez. Pasó un largo rato antes de que murmurara:

—Esto no es algo que necesite aprenderse.

Cheng Sheng nunca lo había visto así, y no supo cómo reaccionar. Al final, solo cerró los ojos, le acarició el cabello y no dijo nada más.

Los dos, aún empapados, salieron pronto del baño y cayeron juntos sobre la cama. Zhang Chen extendió la mano hacia el segundo cajón de la mesilla de noche, pero Cheng Sheng de pronto lo detuvo con una voz firme: 

—No uses condón.

—No es seguro —respondió Zhang Chen.

Cheng Sheng se subió encima de él y, mirándolo fijamente a los ojos, lo desafió:

—¿Qué tan inseguro puede ser? ¿Tienes alguna enfermedad? Si la tienes, me contagiaré. No me importa.

Estas palabras hicieron sonreír a Zhang Chen, quien levantó la mano para acariciarle la mejilla.

—Realmente te has vuelto loco —le dijo—. Completamente fuera de tus cabales.

Cheng Sheng soltó una risita suave, y tras un momento se inclinó sobre el pecho de Zhang Chen para besarlo. Comenzó por los labios, descendió hasta la barbilla y siguió hacia la nuez de Adán. Al llegar más abajo, se detuvo de repente, fijando la mirada en esa parte durante un buen rato. Era parecida a la suya, pero bastante más grande, aunque Cheng Sheng se rehusaba a admitirlo. La miró un momento, luego la rodeó con ambas manos y empezó a moverse de arriba abajo, tanteando con cautela. Notó cómo aquello comenzaba a endurecerse poco a poco.

Sorprendido, alzó la vista hacia Zhang Chen, solo para encontrarse con su mirada fija en él. De pronto, Cheng Sheng sonrió.

—Sé sincero, ¿no estabas fingiendo? De palabra decías que querías que me fuera, pero aquí abajo estás muy duro.

Zhang Chen no respondió, simplemente extendió su mano para acariciar la cabeza que descansaba sobre él, deslizando sus dedos entre los cabellos. Le preguntó:

—La última vez no sabías nada, ¿cómo es que ahora eres tan hábil?

Cheng Sheng, torpe en sus movimientos, seguía masturbándolo con la mano. Aunque sus gestos eran desmañados y nada fluidos, tuvo el descaro de hablar sobre lo que había hecho días atrás.

—Fui al callejón Mudan y busqué a un masajista, uno hombre. Me puso unas películas y me enseñó cómo hacerlo.

Al decir esto, Cheng Sheng temió que lo malinterpretara, así que se apresuró a explicar:

—Solo aprendí la técnica, no hice nada más.

Pero apenas alcanzó a terminar la frase cuando sintió cómo su cuerpo cambiaba de posición de golpe. Zhang Chen lo había estrechado contra su pecho, una mano sujetándole la mandíbula mientras lo besaba. Al principio fue un beso suave, apenas un roce de labios, pero pronto se volvió distinto: Zhang Chen empezó a morderlo, primero la lengua, luego la barbilla, hasta que un tenue sabor a sangre se esparció en sus bocas.

Cheng Sheng, adolorido por las mordidas, abrió los ojos sin poder evitarlo. Entonces vio, bajo las pestañas de Zhang Chen, un rastro de humedad… como lágrimas. Iba a decir algo, pero se contuvo; en su lugar, le acarició el rostro con cuidado, sintiendo en la yema de los dedos que estaban húmedas de lágrimas.

No sabía qué le pasaba a Zhang Chen y, temeroso de arruinar el momento con una pregunta, solo pudo acurrucarse más en sus brazos. Aferrándose a su mano, la guió hacia atrás, hacia su propio cuerpo.

—Entra, quiero estar contigo.

Su cuerpo volvió a cambiar de posición y quedó tendido boca arriba en la amplia cama, con los tobillos atrapados en las manos de Zhang Chen, las piernas dobladas sobre pecho y los muslos abriéndose lentamente en el aire.

Entre sus propias piernas, Cheng Sheng pudo ver claramente a Zhang Chen en ese momento: el cabello húmedo, los ojos fijos en su parte más íntima con una intensidad casi dolorosa, y en el rostro una tristeza indescriptible. Cheng Sheng no entendía por qué tenía esa expresión. Solo pudo alargar la mano para apartarle el cabello de la frente y, con voz entrecortada, decir:

—Ese masajista también me enseñó unos trucos para seducir, ¿quieres ver?

Sin esperar respuesta, abrió las rodillas que hasta entonces mantenía recogidas, apoyó las pantorrillas sobre los hombros de Zhang Chen y, mirándolo fijamente a los ojos, entreabrió los labios y sacó la lengua, mostrando sin reservas su rostro marcado por el deseo. Luego atrapó la mano de Zhang Chen, la llevó a sus labios y empezó a lamerle los dedos uno por uno, dejándolos empapados, hasta que finalmente mordió y se metió en la boca el índice y el medio al mismo tiempo.

Cheng Sheng los lamió con meticulosidad, ocasionalmente mordisqueando los nudillos con sus dientes antes de permitir que esos dos dedos empapados se deslizaran lentamente por su propio cuerpo. Al llegar abajo, los posó en su entrada y comenzó a frotar con movimientos circulares, despacio.

No sabía si había logrado seducirlo, pero él fue el primero en perderse en la pasión. Con los ojos entrecerrados, se mordió con fuerza el labio inferior mientras su cuerpo, sacudido por temblores incontrolables, arrugaba las sábanas bajo él. Sus pantorrillas, apoyadas sobre los hombros de Zhang Chen, vibraban con espasmos intermitentes. 

Zhang Chen lo observaba con atención, estudiando cada detalle de su expresión. Y cuando vio el rubor extenderse por la piel de Cheng Sheng, sofocada por el calor que emanaba de ambos, rompió su habitual reserva para murmurar, como en un acto de revelación: 

—Eres muy lindo.

Cheng Sheng se detuvo de repente. Aunque solía hacer cosas desvergonzadas a diario, estas palabras hicieron que su rostro se sonrojara de golpe. Abrió los ojos para mirar a Zhang Chen, vio su propio reflejo en sus pupilas oscuras y dijo aturdido:

—No hables así… No estoy acostumbrado. De verdad que bebiste mucho.

Zhang Chen se inclinó sobre él, le separó las piernas por completo y deslizó un dedo dentro con lentitud. Lo movió varias veces, hacia adentro y afuera, antes de decir con seriedad:

—Lo digo en serio.

—¿Qué te pasa? —preguntó Cheng Sheng, conteniendo la incomodidad de la intrusión—. No estás actuando normal. ¿Qué ocurre?

Zhang Chen volvió a negar con la cabeza, y mientras introducía otro dedo, le preguntó:

—¿Te duele?

—No cambies de tema, te estoy preguntando qué te pasa.

Pero Zhang Chen seguía negándose a responder. Solo dijo:

—No preguntes más. Enfócate en esto.

Tanteó en el cajón junto a la cama, rebuscando hasta que finalmente dio con un tubo de lubricante. Pero como nunca lo había usado, no sabía cuánto debía aplicar, solo pensó que cuanto más usara, más fácil sería entrar, así que exprimió casi medio tubo de una vez. El aceite le cubrió toda la mano y lo untó por completo en el cuerpo de Cheng Sheng.

En ese momento, la mente de Zhang Chen estaba lejos de estar despejada. El alcohol le nublaba la vista y lo envolvía en una neblina difusa; solo era consciente de que estaba a punto de hacer algo que jamás había hecho. Guiado por el instinto, sostuvo su miembro con una mano y empezó a abrirse paso lentamente en el cuerpo de Cheng Sheng.

Avanzó muy despacio. La primera vez ni siquiera acertó con la entrada; tuvo que usar los dedos, tantear un poco más, y entonces volvió a intentarlo por segunda vez.

—Está demasiado apretado… no entra bien. —Zhang Chen, aún sujetándole las piernas, se detuvo al ver cómo Cheng Sheng temblaba sin control. No siguió empujando y se quedó trabado a medio camino.

—Es normal la primera vez, ¿no…? —Cheng Sheng, aguantando el dolor, lo apremiaba una y otra vez—. Estoy bien… entra de una vez, por completo.

Apenas terminó de hablar, sintió cómo sus piernas eran sacudidas hacia arriba y, enseguida, una oleada de dolor desgarrador le atravesó el bajo vientre.

Cheng Sheng, con la cabeza echada hacia atrás, miraba sin enfoque el techo manchado y amarillento de la habitación de hotel. Era como si alguien lo hubiera partido en dos de un tajo, como si su cuerpo estuviera siendo triturado vivo. Y aun así, se aferraba a ese dolor con una especie de ansia; Zhang Chen lo estaba abriendo, penetrándolo, y en ese momento ambos se volvían uno solo, completamente fundidos.

Con dificultad, Cheng Sheng bajó una mano, tanteando hasta tocar el lugar donde sus cuerpos se unían tan estrechamente. Dijo casi delirante:

—Ahora sí que no podremos separarnos nunca más.

Zhang Chen, al ver aquella expresión tonta y absorta en su rostro, le tocó la mejilla con un dedo.

—No digas tonterías.

Había costado un gran esfuerzo llegar hasta ahí. Ambos tenían el cuerpo empapado en sudor. Zhang Chen lo abrazaba mientras lo besaba con esmero. Cuando por fin se hartaba, le mordía los labios; cuando terminaba de morderlos, le pedía que abriera la boca de nuevo. Cheng Sheng sacó un poco la lengua, esperando a que Zhang Chen se acercara para luego apartarse, provocándolo a propósito. Pero por mucho que intentara huir de aquel juego, acababan igual: sus bocas atrapadas, respiraciones entrecortadas, besándose hasta casi quedarse sin aire, sin separarse.

Poco a poco, el dolor de abajo fue cediendo. Cheng Sheng arqueó su cuerpo contra Zhang Chen. Ese movimiento dio justo en el punto preciso y un gemido escapó de sus labios. Aquel sonido no parecía provenir de su cuerpo siempre tan hablador; era tan seductivo y meloso que ni él mismo podía creerlo.

Al oír ese gemido, Zhang Chen alzó la vista para mirarlo. Comprendió al instante que Cheng Sheng ya estaba sintiendo placer. Sujetándole las piernas, cambió de posición y empezó a embestirlo de verdad.

Cheng Sheng quedó apoyado contra la cabecera de la cama, las piernas levantadas en el aire, temblando violentamente como una hoja sacudida por el viento. Sentía como si en su interior hubieran enterrado una bomba: cada vez que Zhang Chen lo golpeaba, algo explotaba dentro de él, a veces en el corazón, a veces en algún lugar indefinido. Explosión tras explosión, como si todos sus órganos fueran reducidos a pedazos.

En trance, Cheng Sheng alzó la mano y acarició el rostro de Zhang Chen. Con los dedos rozando la piel bajo su párpado derecho, dijo aturdido por el dolor y el placer:

—Tienes un lunar de lágrima… dicen que quienes lo tienen están condenados a sufrir por amor.

Cheng Sheng esbozó una sonrisa y, sin apartar los dedos de su piel, añadió:

—Pero tú solo puedes sufrir por mí, por nadie más.

Zhang Chen no respondió. Seguía embistiéndolo con fuerza, y Cheng Sheng podía sentir con claridad cómo estaba usándolo para desahogarse, cómo descargaba en su cuerpo todas las emociones reprimidas.

Aquello le provocaba una mezcla de tristeza y alivio; pero muy pronto, el placer acumulado en su interior no le dejó espacio para pensar en nada más. Con cada arremetida, sentía que una explosión de fuegos artificiales estallaba dentro de él. Incapaz de contenerse, empezó a mover las caderas al ritmo de Zhang Chen: primero lento, acompasado, hasta que finalmente perdió la cuenta de las veces, mientras la cama de madera crujía violentamente, lanzando un chirrido tras otro.

El placer los dejó a ambos aturdidos, como si se hubieran sumido en un trance del que no podían escapar. Nunca antes habían experimentado una sensación así. Las piernas de Cheng Sheng se soltaron de las manos de Zhang Chen, se enroscaron alrededor de su cintura, y sus tobillos se cruzaron firmemente detrás de su espalda, todo su ser clavado firmemente sobre él.

Cheng Sheng empezó a gemir, una y otra vez, sin parar. No necesitaba verse para saber lo obsceno que debía de parecer en ese momento, en absoluto como un hombre. Pero intuía que a Zhang Chen eso le gustaría. Zhang Chen era como una cuerda tensada al máximo, tirante por ambos extremos por una vida gris y asfixiante; necesitaba estímulos, necesitaba provocación, necesitaba una llama que lo consumiera por completo. Y Cheng Sheng quería ser ese fuego que lo quemara hasta las cenizas. Por eso, sin el menor pudor, arqueó la espalda y se pegó aún más a él, moviéndose de forma descarada.

Los dos cuerpos permanecían estrechamente pegados, sin dejar un resquicio entre ellos. Zhang Chen, con los ojos fuertemente cerrados, se hundía una y otra vez en el cuerpo de Cheng Sheng, ignorando por completo las súplicas ahogadas que este soltaba cuando el dolor se volvía demasiado.

La cama temblaba con violencia. En la oscuridad, Zhang Chen vio un puente, junto al cual había un paraguas negro y un par de tacones rojos. Miró hacia abajo y vio a una mujer de rostro borroso, tendida bajo el puente, su cuerpo hecho una masa de carne y sangre, mientras una sangre oscura y espesa manaba sin cesar de debajo de ella. Luego vio cómo una mina de carbón en las afueras se desplomaba con un estrépito. Un estallido, y decenas de personas vivas volaron en pedazos dentro de ella, llenándole los ojos de sangre brillante.

Zhang Chen no entendía por qué en un momento como aquel le venían a la mente esas escenas. Lo único que podía hacer era aferrarse a los brazos de Cheng Sheng y, como un demente, embestirlo una y otra vez, descargando en su cuerpo todas sus emociones.

El vaivén entre los dos era tan brutal que no pasó mucho tiempo para que alguien  en la habitación de al lado, harto ya, golpeara la pared y maldijera:

—¡Más despacio, carajo! ¡Van a hacer que se caiga toda Yuncheng!

Pero cuando se dio cuenta de que los gemidos provenían de un hombre de verdad, estalló en un segundo alarido:

—¡Mierda, están cogiendo entre hombres!

Cheng Sheng, con los brazos enredados en el cuello de Zhang Chen, se sacudía de arriba abajo con cada embestida. Tan fuera de sí estaba que apenas podía articular palabra; movió los labios, intentando preguntar en silencio:

—¿Estoy gritando demasiado…?

Zhang Chen lo entendió, negó con la cabeza y enseguida se inclinó para besarlo. Pero no se detuvo ni un instante; al contrario, sus movimientos se volvieron aún más intensos.

Ignoraron por completo los golpes de la habitación contigua y siguieron cambiando de posición una y otra vez. En el momento del clímax, Cheng Sheng estaba montado sobre Zhang Chen, abrazado a su cuello mientras hacía subir y bajar su cuerpo sobre él. Zhang Chen le apoyó las manos en los huesos prominentes de la cadera y, al mismo tiempo que lo embestía desde abajo, le dijo:

—Me estás clavando los huesos.

Cheng Sheng parecía esforzarse incluso más que Zhang Chen, el cuello tensado en un arco perfecto mientras dejaba que su cuerpo subiera y bajara sobre el de él. Cuando el orgasmo lo alcanzó, tenía la cabeza enterrada en el hueco del cuello de Zhang Chen, gimiendo contra su piel. Entonces, una oleada de placer lo recorrió como un relámpago, y sus piernas comenzaron a convulsionar de forma violenta, con los dedos de manos y pies temblando sin control.

Jadeaba como un pez varado en la orilla, abriendo la boca para tomar grandes bocanadas de aire. Cuando al fin logró recobrar algo de aliento, se acercó al rostro de Zhang Chen en busca de un beso, murmurando:

—Voy a morir… de verdad voy a morir.

Zhang Chen, que se había inclinado hacia la mesilla de noche para tomar unos pañuelos y limpiar el semen que Cheng Sheng acababa de derramar, le respondió:

—Aún no estás muerto, no exageres.

Cheng Sheng le tomó la mano y la presionó contra su propio pecho.

—¿Por qué no me crees? Tócame aquí… aquí está a punto de romperse.

Zhang Chen, obediente, dejó que su palma sintiera con cuidado. Podía notar cómo el corazón de Cheng Sheng latía rápido, casi desesperado, la piel caliente y húmeda, sin saber si era por el sudor de tanto esfuerzo o por gotas de agua que no se habían secado. Zhang Chen cerró los ojos poco a poco, concentrándose en el ritmo agitado bajo su mano. A pesar de la embriaguez, en su mente quedaba un último destello de lucidez. Se inclinó hacia Cheng Sheng y lo abrazó con suavidad, como si supiera que algún día perdería el recuerdo de ese momento. Con una rara muestra de ternura, dejó que el pecho de Cheng Sheng se apoyara en el suyo y, cuando lo tuvo bien sujeto, susurró:

—Pero esta noche alguien sí murió de verdad.

Cheng Sheng pensó que era una broma. Le dolió que Zhang Chen no pudiera sentir ni una milésima parte de lo que él sentía, así que preguntó sin mucha intención:

—¿Quién?

—Mi mamá.

Un relámpago iluminó la habitación de golpe, y Cheng Sheng se estremeció asustado. En su mente apareció la imagen de Li Xiaoyun aquella tarde, radiante y llena de vida, y sintió cómo la mitad de su cuerpo se enfriaba. El miedo le caló hasta las extremidades, que empezaron a temblar.

Pero Zhang Chen parecía completamente ajeno a su estado. Le dio un beso y luego lo giró boca abajo, sujetándolo por las caderas. Sin previo aviso, le dio un azote fuerte en las nalgas. La piel, que antes solo mostraba un leve enrojecimiento, se cubrió al instante con una marca roja tan intensa que estremecía a la vista.

Cheng Sheng se encogió, intentando escapar, pero Zhang Chen no le dio oportunidad. Lo atrapó y lo atrajo de nuevo contra su pecho, sus manos abriendo sus nalgas para observar de cerca aquel pequeño y tembloroso orificio. Para Zhang Chen era algo casi irreal: él, siempre tan solo en el mundo, podía, a través de ese lugar, unirse a alguien tan diferente de sí mismo y volverse uno solo con él.

Lo miró durante un largo rato, antes de hundir los dedos y moverlos dentro de él durante un buen rato. Solo cuando escuchó cómo los gemidos de Cheng Sheng se volvían cada vez más urgentes e insatisfechos, volvió a penetrarlo desde atrás. Mientras lo embestía con fuerza, le propinaba azotes rítmicos en las nalgas.

A Cheng Sheng le ardía y dolía por detrás. Sentía que se había degradado a un animal que solo sabía copular, o peor aún, en un simple recipiente para contener las emociones de otro. Una y otra vez era penetrado, azotado, empujado sin tregua, hasta que su conciencia comenzó a desprenderse junto con cada movimiento. Pronto su cerebro fue incapaz de pensar y el dolor se transformó en placer. Aturdido, oyó una voz junto a su oído decir que alguien había muerto esa noche, pero su mente no podía procesarlo; solo era capaz de someterse, una y otra vez, al ritmo que se imponía bajo su cuerpo.

Afuera la lluvia caía cada vez con más fuerza, el agua golpeaba el suelo en oleadas, y dentro de la habitación solo se oían los golpes húmedos de los cuerpos chocando una y otra vez. Cheng Sheng sentía que Zhang Chen estaba desahogando su furia sobre él… o tal vez no era furia, sino algo igual de intenso, un sentimiento que podía ser amor, odio, resentimiento. ¿Acaso no son, en esencia, la misma cosa? Así que le preguntó:

—¿Es porque me amas tanto… que me tratas así?

Zhang Chen, jadeando, le acarició el cabello aún húmedo y le devolvió otra pregunta:

—¿Qué es el amor?

 Cheng Sheng explicó con la voz entrecortada:

—El amor de cada persona es diferente.

Zhang Chen empujó con fuerza dentro de él, tan profundo que Cheng Sheng sintió un dolor punzante que lo recorrió de adentro hacia afuera. Zhang Chen, sin dejar de moverse, le susurró junto al oído:

—¿Y el tuyo?

Ese empuje lo hizo estremecerse, un ardor feroz lo atravesó. Cheng Sheng llevó una mano hacia atrás, aferrándose al brazo de Zhang Chen, y, casi sin pensarlo, soltó un gemido ahogado:

—Duele…

Zhang Chen, embriagado hasta los huesos, acariciaba la delgada espalda de Cheng Sheng mientras murmuraba sin parar:

—¿Tu amor es dolor, entonces? Pero a mí también me duele. No sé qué es mi amor. ¿Es cuestión del momento? Quise decirle a mamá que la amaba mucho, pero ya no puede escucharme. Cuando te veo me siento inferior, a veces te envidio, otras te odio. Te odio porque eres como un ladrón, desgarras la vida de los demás sin pedir permiso. Y también me odio a mí porque aunque me destroces, me da igual. Tú te irás. Lo sé, sé que yo no podré llegar muy lejos, pero aun así no pude evitar hacer esto contigo. ¿Qué debo hacer? ¿Esto es amor?

Nada más decirlo, lo rodeó desde atrás con ambos brazos, apretándolo contra su propio pecho. El cuerpo de Cheng Sheng, tan delgado y huesudo, se pegaba a su torso como si fuera a romperse. Entonces, con una fuerza brutal, lo embistió una y otra vez, una decena de veces, cada una más profunda que la anterior. En la última, tan intensa que resultaba casi insoportable, Zhang Chen cerró los ojos y dejó escapar un gemido sofocado, descargando todo dentro de él. Luego se quedó inmóvil.

Cheng Sheng sentía que estaba completamente colmado, que su corazón y su cuerpo rebosaban hasta no caber nada más. Abrió los ojos lentamente, con la mirada vacía fija en la almohada frente a él, y en su mente solo parpadeaba el chisporroteo de una pantalla de televisión averiada. Pasó mucho rato antes de que alargara la mano en busca de la de Zhang Chen, guiándola hacia abajo hasta el lugar donde sus cuerpos seguían unidos. Con voz suave, casi un susurro, dijo:

—No me iré… no lo haré.

Zhang Chen, con los ojos cerrados y los brazos apretándolo con fuerza, no dio ninguna respuesta a aquella promesa.

Apenas descansaron un momento antes de volver a hacerlo. Ambas veces fueron salvajes, implacables; para cuando terminaron, la piel en la base de los muslos de Cheng Sheng estaba en carne viva, cada movimiento le producía un dolor punzante, y sus labios, tan besados, se habían hinchado casi por completo, con un pequeño hilo de sangre brotando de una comisura.

Afuera, la tormenta eléctrica continuaba con intensidad, y cada cierto tiempo los truenos hacían vibrar los cristales de las ventanas. La habitación estaba a oscuras, y el aire era sofocante debido a la lluvia. Los dos yacían desnudos, abrazados y cubiertos de sudor.

Después del último clímax, finalmente se separaron un poco, acostándose boca arriba y escuchando en silencio el sonido de la lluvia exterior.

Con esfuerzo, Cheng Sheng se giró para observar atentamente el rostro de Zhang Chen en la penumbra de la habitación. Distinguió varios golpes en la frente, apenas ocultos por mechones de cabello húmedo. Extendió la mano y apartó con cuidado el flequillo. Zhang Chen, que había cerrado los ojos, volvió a abrirlos; sus pestañas temblaron levemente mientras entrecerraba la mirada para averiguar qué pretendía hacer.

Cheng Sheng sabía que estaba realmente embelesado. Se acercó, rodeó la cintura de Zhang Chen con los brazos y se apoyó en él para besarlo. Cuando se apartó, le sostuvo el rostro entre las manos y dijo con seriedad:

—Ya no quiero escribir código para cambiar el mundo ni formar una banda. Solo quiero ser feliz a mi manera. Cuando terminemos con el funeral de tu mamá, escapémonos juntos. Vayamos al sur y montemos un pequeño negocio. La vida pasará rápido.

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