Capítulo 26. Tres reverencias

Zhang Chen seguía considerando que la última semana de agosto de 1997 fue la más dolorosa y a la vez la más feliz de su miserable vida durante la última década.

Vendió la motocicleta que había estado en su familia durante quién sabe cuántos años al dueño de una tienda de materiales de construcción. Recorrió toda la ciudad y, finalmente, en una tienda de música y video en el centro, gastó todo lo obtenido comprando un artículo de la colección privada del propietario.

El dueño era un fanático del rock y al principio no quería vender ese disco. Decía que era un álbum nuevo, recién llegado de ultramar y muy cotizado. Para una tienda de música en una ciudad pequeña como la suya, tener algunos álbumes en cantonés ya era todo un logro, y no solían vender discos de rock extranjeros. Pero al ver la terquedad de Zhang Chen, que se plantó en la puerta de la tienda y no se movió, incluso permaneciendo allí después de que el dueño saliera a comer y regresara, finalmente cedió con un gran suspiro.

—¡Está bien, está bien! ¡Te lo vendo!

La noche del mismo día que recibió el regalo, Cheng Sheng agarró su guitarra, metió sus cosas en una maleta y escapó a casa de Zhang Chen.

Cuando Zhang Chen abrió la puerta, vio a Cheng Sheng apoyado en el marco, cargado de bolsas. Sus ojos brillaban mientras miraba a Zhang Chen, señalando las marcas aún visibles en su cuello. Mintió:

—Mi abuela dice que soy una vergüenza, que no tengo pudor, que me acuesto con hombres gratis. Me ha echado de casa y ahora no tengo a dónde ir, así que vine aquí.

Zhang Chen se burló de él cuando lo vio así.

La casa estaba vacía. Zhang Chen, vestido con una camiseta grande y pantalones cortos, parecía recién despertado. Se quedó en la puerta, mirando alternativamente a Cheng Sheng y a su maleta. Sin importarle si lo que decía era verdad o mentira, lo hizo pasar.

En la sala de estar había una mesa adicional con la foto de la difunta Li Xiaoyu. Frente a ella ardían una lámpara de loto y una fila de velas e inciensos, cuyo aroma se esparcía suavemente por la habitación.

Cheng Sheng amontonó todas sus cosas en el dormitorio de Zhang Chen. Al salir, se arrodilló tres veces frente a la foto de Li Xiaoyu, murmurando:

—Primera reverencia, segunda reverencia, tercera reverencia…[1]

Zhang Chen lo observaba desde atrás.

—¿Qué estás haciendo?

Cheng Sheng se giró, le agarró del brazo y lo obligó a arrodillarse con él. Cuando terminaron las tres reverencias, Cheng Sheng mostró una sonrisa traviesa.

—Ya está, nos acabamos de casar.

—Dos hombres no pueden casarse —respondió Zhang Chen.

Cheng Sheng lo rebatió de inmediato:

—Pero acabamos de hacer las tres reverencias. Y tu madre fue la testigo.

—Acabamos de hacer las tres reverencias, tu madre es nuestra testigo.

—Ella está en el cielo. No puede controlar a los que están en la tierra.

Cheng Sheng, imperturbable, concluyó:

—Da igual, casarse en el más allá también cuenta.

Esta lógica retorcida dejó a Zhang Chen sin palabras y simplemente lo dejó estar.

Y aunque no dijo nada más, sus manos no se quedaban quietas. Le sirvió agua a Cheng Sheng y le ayudó a ordenar las cosas que había traído. Cuando tocó la guitarra, se volvió y le preguntó:

—¿Para qué has traído la guitarra?

En ese momento, Cheng Sheng estaba sentado frente al escritorio de Zhang Chen, con unas gafas que solo usaba para leer apoyadas en el puente de la nariz mientras corregía el examen que este acababa de terminar. Sin levantar la cabeza, respondió:

—Es para ti. En mi mochila hay algunos libros de teoría musical. Cuando los hayas leído, ya podrás componer y arreglar tus propias canciones. Si algún día estás de mal humor, solo tienes que tocar un poco y escribir una canción. En las canciones incluso puedes insultar a quien quieras. Todo lo que te duela, lo puedes poner ahí.

Mientras hablaba, de pronto recordó algo. Soltó el bolígrafo, se giró y rebuscó en su mochila hasta sacar una baqueta de madera. Se la entregó a Zhang Chen con una expresión de orgullo.

—¡Toma! Esta fue mi primera baqueta cuando empecé a aprender batería. Te la doy como símbolo de nuestro amor.

Zhang Chen la sostuvo en sus manos, examinándola durante un buen rato, sin encontrarle nada especial a ese pedazo de madera. Luego la dejó sobre el escritorio y se recostó a un lado, apoyando la cabeza en la mano, mirando a Cheng Sheng inclinado sobre la mesa, concentrado en corregir con un bolígrafo rojo.

Cheng Sheng revisó unas cuantas preguntas en el examen de Zhang Chen y vio que estaban todas bien. Hojeó al azar unas páginas más y, por lo que parecía, también estaban correctas. No pudo evitar levantar la vista, sorprendido, y mirar a Zhang Chen.

—¿Eres así de bueno en los estudios?

Zhang Chen reaccionó con total naturalidad.

—Es fácil.

Cheng Sheng chasqueó la lengua y negó con la cabeza. Pasó unas páginas más al azar y se topó con una larga lista de números escritos sin descanso. Su tono se volvió aún más incrédulo al preguntar:

—¿Y para qué escribiste tantos números?

—No había nada que hacer en clase, me puse a descomponerlos en factores primos.

—¿Incluso los de seis o siete cifras? ¿Cuánto tardas? —preguntó Cheng Sheng, señalando con un bolígrafo rojo los números al margen de la hoja.

—Uno o dos minutos, más o menos —respondió Zhang Chen.

—41495 —soltó Cheng Sheng, al azar.

No había pasado ni un minuto cuando Zhang Chen, desde el otro lado, respondió sin pensarlo:

—5, 43, 193.

—Qué rápido… Geniecillo. —Cheng Sheng negó con la cabeza, aún más impresionado. Pensó que, con suerte, el año siguiente Zhang Chen sería su compañero de clase.

Zhang Chen no tenía idea de lo que estaba pasando por su cabeza. Se quedó observando un rato a Cheng Sheng, que seguía concentrado corrigiendo el examen, y de pronto le preguntó:

—¿Te vas la semana que viene? 

Cheng Sheng se ajustó distraídamente las gafas en el puente de la nariz. Sus manos no dejaban de trabajar, solo movía los labios.

—Compré el boleto de tren para el día treinta y uno. Regreso por la mañana. —Hizo una pausa, como si de pronto entendiera el trasfondo de la pregunta de Zhang Chen, y se echó a reír—. ¿No me quieres dejar ir? No te preocupes, cada viernes por la noche tomaré el último tren para volver, y el domingo regresaré a la universidad. Así nos podremos ver todas las semanas. 

Creía que Zhang Chen se alegraría de verdad al escuchar cuánto estaba dispuesto a sacrificarse por él, pero la respuesta del otro fue: 

—Eso es demasiado agotador. Podemos vernos en las vacaciones de invierno. 

Cheng Sheng volvió la cabeza para mirarlo. Zhang Chen, con las pestañas bajas, parecía perdido en sus pensamientos. La frase que Cheng Sheng casi le suelta –«¿Acaso no quieres verme todas las semanas?»– se quedó atrapada en su garganta.

Ninguno de los dos quiso seguir hablando del futuro. Cheng Sheng se inclinó sobre la mesa, revisando el exámen, mientras Zhang Chen, a su lado, hojeaba los libros de teoría musical que Cheng Sheng había traído. En un acuerdo tácito, decidieron no continuar con ese tema de conversación.

Esa noche, se acostaron juntos como si nada hubiera pasado en los días anteriores. ¿Qué chico de 17 o 18 años no está desbordado de hormonas? Habiendo probado lo prohibido hace unos días, ninguno pudo contenerse. Cuando sus cuerpos se tocaron, no pasó mucho tiempo antes de que la situación se volviera intensa, sus cuerpos ardiendo a pesar de la brisa fresca de la noche.

Se abrazaron y juguetearon durante un buen rato. Esta vez fueron mucho más hábiles que la primera, pero quizás por la inminente separación, solo lo hicieron una vez, sin ganas de continuar con más. Después de hacerlo, se quedaron tumbados boca arriba, fumando lentamente, sin decir una palabra.

Cheng Sheng, recobrando un poco la consciencia, se levantó tambaleándose de la cama con la intención de ir al baño a limpiarse. Sin embargo, a mitad de camino, sintió que unos brazos lo rodeaban por la cintura desde atrás.

Zhang Chen lo sostenía mientras sacaba una medicina del cajón, la misma que había comprado en la farmacia después de aquella noche. Llevó a Cheng Sheng al baño, preparó el agua y lo limpió cuidadosamente. Luego, sin aceptar negativas, le aplicó la medicina.

Cheng Sheng se dejó hacer, sintiendo el frío en su parte baja, pero sin importarle la vergüenza. Abrazó fuertemente el cuello de Zhang Chen y le dijo con un toque de desesperación:

—Casi preferiría que me trataras peor, así podría olvidarte. Ahora ya no puedo vivir sin ti.

Los dos pasaron todo el día acurrucados en la cama, sin querer separarse ni un momento ni con ganas de levantarse. Pero el cielo no se los permitió. A regañadientes, se decidieron a bajar de la cama, arreglar sus cosas y salir a dar una vuelta. Justo al abrir la puerta, se toparon con la abuela Li, que había corrido hasta el este de la ciudad para atrapar a su nieto.

La abuela Li al principio venía con ímpetu, pero al pasar frente a las coloridas coronas fúnebres de papel que adornaban el edificio de Zhang Chen, le entró un escalofrío. Aquel mismo día había estado discutiendo asuntos con Li Xiaoyun, y de pronto, esta ya no estaba. No podía evitar sentir que su imprudente opinión había tenido algo que ver, que era como si le debiera una vida, y un frío punzante le atravesó el pecho.

Al escuchar los golpes en la puerta, fue Zhang Chen quien abrió. Parecía haber anticipado la visita de la abuela Li, porque ni siquiera mostró sorpresa al verla.

Ella se plantó firme en el umbral, pero su tono no era precisamente amable.

—¿Dónde está mi Cheng Sheng?

—Dijo que usted lo echó —respondió Zhang Chen.

Ante semejante disparate, la abuela Li estuvo a punto de escupir al suelo, pero se tragó la rabia como pudo. Sin mirar a Zhang Chen, lo apartó y gritó hacia adentro:

—¡Cheng Sheng! ¡Te vienes conmigo ahora mismo! ¿Qué imagen das quedándote en casa ajena?

Desde dentro se oyeron susurros y movimientos, pero nadie salió. Solo una voz respondió:

—¡No volveré! ¡Aunque me mates, no volveré!

La abuela, encendida por dentro, apartó a Zhang Chen de un empujón, dispuesta a entrar y sacar al chico a rastras. Pero él se le adelantó y se plantó en la entrada, firme, bloqueando el paso.

—Él no quiere volver. No venga a hacer guardia en mi puerta —dijo con calma. Y añadió—: El aire de la muerte aún no se ha disipado, no es buen augurio. Vuelva a casa. Cheng Sheng dijo que el treinta y uno se va directo a Pekín. No va a faltar a la universidad.

La abuela se sintió frustrada. No podía ponerse a gritar y armar un escándalo como la gente de por allí,  pero tampoco estaba dispuesta a irse con las manos vacías. Sin opciones, solo pudo alzar la voz hacia dentro, lanzando unas cuantas amenazas:

—¡Solo esta semana! ¡Mide bien lo que haces! ¡Tu padre ya se enteró! Si la próxima semana no estás en Pekín, va a venir con los guardias de seguridad a llevarte a rastras.

Adentro reinó el silencio por unos segundos, hasta que la voz de Cheng Sheng se oyó con claridad:

—Solo esta semana. Con esta semana será suficiente.


[1] Las tres reverencias son parte de la ceremonia de una boda tradicional china. La primera reverencia es ante el cielo y la tierra; la segunda reverencia ante los padres y la tercera reverencia entre los novios.

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