Pekín, 2007
En 2007, Pekín había cambiado drásticamente. Las señales de demolición proliferaban, los edificios subían más alto, se añadían nuevas líneas de metro y hasta los taxistas empezaban a practicar inglés. Si se midiera el tiempo en décadas, la distancia entre 1997 y 2007 era completamente distinta a la que hubo entre 1987 y 1997. Cheng Sheng razonaba, con cierta ironía, que medirse a sí mismo en función del tiempo era una completa estupidez, porque podía sentir con clarividencia que el tiempo dentro de su cuerpo avanzaba cada vez más rápido. Le resultaba imposible imaginar con qué velocidad el año 2017 acabaría por estrellarse contra él.
La terminal había sido renovada y trasladada; Cheng Sheng salió por la puerta de llegadas. Antes de que el viento de su tierra natal le rozara el rostro, ya sabía, en lo más profundo, que esta ciudad, al igual que las personas, cambiaba sin cesar en una misma dimensión.
Cheng Sheng pasó seis años en el extranjero, entre estudios y trabajo; ni más ni menos. Lo justo para completar un doctorado y terminar algunos proyectos. Entre aperturas y cierres, en un abrir y cerrar de ojos, los seis años se habían desvanecido.
Él también había cambiado mucho. A veces, al mirarse al espejo, ni siquiera reconocía su reflejo. Cuando tenía diecisiete o dieciocho, sus amigos de la infancia solían decir que tenía un temperamento explosivo, que en sus ojos ardía una selva amazónica en llamas, y que al mirar a alguien, chispeaban fuegos. Ahora, todo se había apagado por completo: en su mirada no quedaba nada. Como si las siete emociones y los seis deseos se hubieran desvanecido con el viento.
Los padres de Cheng Sheng, junto con su tío y su tía, fueron a recibirlo al aeropuerto. Casi no lo reconocieron: ¿ese hombre que parecía un joven profesor podía ser el mismo mocoso que de niño era un dolor de cabeza para todos? Su tía corrió hacia él y le dio un gran abrazo, mientras lo examinaba de arriba abajo suspirando de emoción.
—De verdad creciste, tantos años solo por allá afuera. Y te ves mucho mejor que el año en que te fuiste, con más presencia y mejor energía.
Lao Cheng asomó la cabeza desde atrás, y esperó a que su cuñada lo soltara antes de acercarse con su típico parloteo:
—¿Te cuidaste bien allá afuera, eh? El rostro se te ve mejor. Antes lo tenías tan pálido que cualquiera pensaría que en casa te maltratábamos.
La madre de Cheng Sheng se acercó y apartó la mano de Lao Cheng.
—Tu hijo ya tiene veintiocho —lo regañó—. El hijo de la familia Qin, que tiene la misma edad, se casó el año pasado. A esta edad, si no supiera cuidarse solo, ¿cómo iba a sobrevivir?
Luego se volvió hacia su hijo, lo tomó del brazo y lo examinó con detenimiento de un lado a otro. Las mejillas le dolían de tanto contenerse, y la voz ya le temblaba con un deje de llanto.
—Ya tienes un poco más de carne en la cara… El año que te fuiste parecías puro esqueleto. Ni quería dejarte ir tan lejos, solo.
Toda la familia fue a comer. Cheng Sheng no había llegado solo: lo acompañaba un joven mestizo de cejas pobladas y ojos grandes. Aprovechando que todos en la mesa estaban algo alegres por el vino, se puso de pie de repente y anunció:
—Voy a emprender un negocio. Este extranjero, que habla un perfecto mandarín de Pekín, es mi socio.
Lao Cheng tenía la cara completamente enrojecida por el alcohol, sus arrugas del rostro casi cayéndole al suelo.
—¿Vas a emprender con mi dinero o con el tuyo? —le preguntó, reclinado en la silla.
—Frank y yo pusimos todo lo que habíamos ahorrado en estos años. Vamos a descansar un par de días y luego saldremos a buscar financiación. No necesitaremos ni un centavo tuyo.
Lao Cheng asintió. No le hacía mucha gracia que su hijo montara un negocio con un extranjero, pero al recordar lo que había pasado años atrás, se le helaba el corazón. Ya no se atrevía a oponerse, de modo que farfulló un par de frases y lo dejó en paz.
Lo primero que hizo Cheng Sheng al volver fue buscarse un lugar para vivir solo. En esa época, Zhongguancun[1] estaba repleto de empresas tecnológicas, con sus respectivas cafeterías en los bajos de los edificios. No era raro ver entrar a tipos en camisas de cuadros y gafas de pasta, con un plan de negocios bajo el brazo, dispuestos a exponer apasionadamente su visión de emprendimiento.
Cheng Sheng y Frank recorrieron Pekín evaluando zonas, y decidieron ubicar la oficina en Zhongguancun. Sólo entonces empezaron a buscar un apartamento cerca, por la zona de Wudaokou[2] y alrededores.
Después de unos días de ajetreo, encontraron dos apartamentos de una habitación, puerta con puerta, en un edificio nuevo. Cuarenta metros cuadrados: el tamaño justo para vivir cómodo solo. Cheng Sheng trasladó su equipaje, que había dejado guardado en la vieja casa patio familiar, y organizó cuidadosamente sus medicamentos sobre el estante del escritorio. Una vez todo en su lugar, se dejó caer en la cama de la habitación y durmió a gusto por primera vez en mucho tiempo.
Con el tema de la vivienda resuelto, se lanzaron sin pausa a preparar todo para la empresa. Primero alquilaron una planta de oficinas en Zhongguancun, y luego vino la maratón de trámites de registro, compra de ordenadores, mobiliario y demás suministros. Entre idas y vueltas, les tomó casi un mes tener listo el punto de partida para su emprendimiento.
Cuando lo más importante estuvo en marcha, una noche estaban acostados, hablando sin fuerzas. La habitación era un caos: ropa y maletas amontonadas como montañas, pero ninguno tenía energía para recoger nada. Incluso hablar a ratos les costaba. Cheng Sheng, recostado junto a la cama, le señaló a Frank por la ventana de cristal:
—Crecí justo por esta zona. En secundaria y en la universidad, nunca me fui de aquí.
Frank respondió enseguida:
—Entonces somos medio paisanos. Antes de irse a Estados Unidos, mi mamá también creció por esta zona. Aunque en esa época todo era un caos. Me contaba que una vez, por escribirle una carta de amor a otro chico, una chica con dos trenzas la esperó en un callejón y le dio una buena paliza.
Los dos se echaron a reír, pero la habitación estaba tan silenciosa que aquella risa repentina sonó fuera de lugar. Rieron un rato, y luego, como por un acuerdo tácito, cayeron en un mismo silencio.
Cheng Sheng abrazaba un cojín, con la barbilla enterrada en la suavidad del almohadón.
—Esto ya no es lo mismo —dijo—. Cuando me fui, aún no se veía tan moderno.
—¿Tanto cambió? —Frank se levantó y fue al refrigerador a sacar dos latas de cerveza bien frías. Le dio una palmada a Cheng Sheng, que seguía acostado, de espaldas, mirando por la ventana—. Toma algo, deja de estar tan melancólico. Vas a hacer que parezca que te hice algo.
Cheng Sheng también se incorporó, alisó con la mano la camiseta arrugada y, tras recibir la cerveza de Frank, se la bebió de un trago. Luego, con un tono diferente, empezó a contarle cosas del pasado:
—Yo antes no era melancólico. Supongo que ya dije todo lo que tenía que decir en los primeros dieciocho años de mi vida, por eso ahora estoy así.
—¿Y cómo eras antes? Cuéntame.
Cheng Sheng empezó a hablar, aunque esquivó un año que no quería mencionar.
—En la preparatoria me gustaba el rock. Los fines de semana me iba con mis amigos de toda la vida a un bar nuevo en Wudaokou para ver tocar a las bandas. Todos los miembros llevaban el cabello largo, y cuando subían al escenario brillaban. Las chicas abajo les gritaban como locas. En ese entonces me parecían lo máximo. Yo también quería ser así de genial, así que formamos una banda entre varios amigos.
—¿Y lo lograste? ¿Fuiste genial? —preguntó Frank.
Cheng Sheng lo miró de reojo mientras daba un trago a su cerveza helada.
—Genial un cuerno.
Frank se echó a reír exageradamente, tanto que terminó derramando cerveza al suelo. Se levantó como un conejo y salió disparado al baño a buscar un trapeador. Al volver, todavía le seguía la risa y le lanzó una broma a Cheng Sheng:
—¡Mira esa cara de trauma que tienes! ¿Por qué, eh? ¡Ja, ja, ja, ja…!
—Porque fui un imbécil —respondió Cheng Sheng—. Porque eso de querer ser genial y tocar rock no tiene nada de rockero. Y encima yo iba por ahí, presumiendo como un pavo real. Hasta que alguien vino y me dio un buen golpe en la cabeza y se me pasó la tontería.
Pensativo, Frank dio un sorbo a su cerveza helada. De pronto se le cruzó algo por la mente y preguntó:
—¿Esa cicatriz en tu espalda es de cuando te peleaste con ese tipo?
Las cosas que llevaba enterradas en el corazón fueron de pronto puestas sobre la mesa, y Cheng Sheng se quedó inmóvil en el acto. Tardó mucho rato antes de asentir levemente, sin volver a decir ni una palabra de más.
Pero ese recuerdo que apenas asomaba fue pronto sepultado por una montaña de asuntos. En el mes que llevaba de regreso, Cheng Sheng casi se volvió un trompo: entre asuntos oficiales y personales, cada mañana, al abrir los ojos, lo golpeaba una avalancha de trámites; al cerrarlos, todavía pensaba en el tema del financiamiento. Por suerte, en aquel entonces el gobierno fomentaba el emprendimiento, y ellos dos, ni mucho ni poco, supieron aprovecharse un poco de esas políticas.
Después del trabajo, aún quedaban los asuntos personales. Cheng Sheng llevó a Frank a reunirse con sus amigos de la infancia. Excepto él, los otros dos ya estaban casados desde hacía tiempo. Chang Xin se había ido a una banca de inversión, donde el trabajo le arrancaba mechones de pelo cada día; Qin Xiao, en cambio, vivía con mucha más calma: había abierto un bar en la esquina de la calle Dong de la Torre del Tambor. Tenía esposa, hijo, una familia unida; había mezclado su carrera con su afición, y vivía sin preocupaciones.
Durante ese tiempo, algunos jóvenes ricos de segunda generación[3] que había conocido en la preparatoria invitaron a Cheng Sheng a salir. Esos jóvenes, hijos de empresarios que habían hecho fortuna tras lanzarse al mundo de los negocios y luego mudarse al norte, siempre habían sentido fascinación por los chicos criados en los complejos residenciales del gobierno, como Cheng Sheng y los suyos. En aquella época estudiantil, Qin Xiao los despreciaba abiertamente y, en privado, los llamaba «nuevos ricos patéticos».
Dentro de ese grupo, existía una cadena de desprecio natural: los viejos pekineses menospreciaban a los recién llegados y las familias de funcionarios evitaban mezclarse con las de comerciantes. Pero Cheng Sheng siempre estuvo al margen de esa jerarquía; nunca le prestó mucha atención al origen de los demás. De lo contrario, no habría terminado en la situación en la que estaba. Así que, cuando aquellos jóvenes lo invitaron, aceptó sin pensarlo demasiado.
Cheng Sheng pensó que sería una simple salida para beber y charlar, pero al abrir la puerta del restaurante acordado, se encontró con otra escena: cada uno de ellos tenía sentada en el regazo a una modelo con la falda subida hasta el muslo. Solo uno era distinto: en sus brazos tenía a un chico, de piel aún más blanca que la de las muchachas.
El rico de segunda generación que lo había invitado, con una mujer de maquillaje recargada entre los brazos, le hizo señas con entusiasmo.
—¡Cheng Sheng, viniste! Elige a una.
Cheng Sheng se sentó a regañadientes, y un viejo compañero de escuela le encajó a la fuerza en el regazo a una joven de tirantes finos y maquillaje discreto.
Esa misma chica ya había escuchado antes de su llegada a dos de los muchachos presumir de su situación familiar. Al enterarse de que Cheng Sheng estaba soltero y volcado en su carrera, no tardó en pegarse a él con fuerza, decidida a trepar hasta convertirse en la señora de una buena casa y vivir la buena vida.
Cheng Sheng tenía medio cuerpo adormecido por el peso, y el perfume intenso justo bajo su nariz le daba vueltas la cabeza. Pensó que si aguantaba un par de horas más, el encuentro terminaría, pero de pronto la velada se descontroló. Unos cuantos hijos de papá empezaron a agarrar botellas y obligaron a las jóvenes modelos a pasarles el trago de boca en boca. Ellas, dóciles, sonreían mientras se llenaban la boca de alcohol y luego se giraban para darle de beber a los hombres ya algo pasados de peso a su lado.
Las modelos obedecían entre risas: se echaban un buen trago y luego giraban la cabeza para pasárselo a los hombres, la mayoría ya con la barriga comenzando a asomar.
Pero la cosa no acabó ahí. A mitad de la velada, alguien de repente se desabrochó el cinturón y se bajó los pantalones; la modelo que tenía en brazos se arrodilló de inmediato para atenderlo.
Cheng Sheng se quedó tan impactado que el rostro se le puso blanco como el papel. A su lado, una chica en tirantes ya le había posado su brazo delgado sobre el cinturón; justo cuando su mano, con las uñas pintadas, estaba por tirar hacia abajo, Cheng Sheng se levantó de golpe. Sin decir una palabra, con la cara lívida, salió corriendo por la puerta.
Era una noche de verano, sofocante. Bajó de un tirón los seis pisos del restaurante, con el corazón disparado como una ametralladora. Corrió sin parar por la avenida hasta llegar a la entrada de un complejo residencial. Fue entonces, al ver a unas señoras paseando a sus perros en pijama, tranquilas, que por fin sintió que volvía al mundo real.
La ropa empapada en perfume le revolvía el estómago. Cheng Sheng, con náuseas, se agachó junto al borde de la acera a tomar un poco del viento nocturno, esperando que aquel olor empalagoso se disipara un poco antes de volver a casa.
No muy lejos de él, bajo la luz de una farola, varias personas discutían. De espaldas a Cheng Sheng, había una figura alta y delgada, con un estuche de instrumento negro colgado a la espalda. Esa persona permanecía inmóvil bajo la luz, soportando los gritos de quién tenía enfrente.
Una chica borracha, tambaleándose sobre las piernas, le arrebató el instrumento a otro hombre y se lo lanzó a aquella figura, mientras le gritaba con rabia:
—¡Maldito cabrón! ¿Cuántos años de amistad tenemos? Y por una tontería del ensayo me gritas delante de todos en el backstage. ¿Y luego qué? ¡A la ciega esa le andás con cariñitos todo el día, pero a mí me ponés esa cara de muerto! ¿Para quién estás actuando, eh? Si no querías tocar conmigo, ¿para qué mierda me pediste formar una banda?
Justo cuando parecía que el golpe iba a darle de lleno al muchacho bajo la farola, el otro hombre –al que le habían quitado el estuche– se apresuró a abrazar por detrás a la chica furiosa para detenerla y mediar:
—Ya, ya, déjalo. Siempre que discuten terminas sacando viejas cuentas. ¿Cuántos años han pasado ya? ¿No sabes cómo es su carácter?
Aquel hombre tenía toda la pinta de ser el típico pacificador que siempre quería quedar bien con todos. Le lanzó una mirada al chico bajo la luz y dijo:
—Xiao Zhang, al final del día Qi Yuan es una chica. Tu eres hombre, andá y pedile perdón, ya está, lo dejamos acá.
Pero el otro no se dejó manipular. Le dijo a la chica con frialdad:
—Durante la gira por el noroeste y suroeste, Lao Liu y yo dormíamos en la furgoneta para que tu, por ser mujer, pudieras tener una habitación de hotel. Era nuestra responsabilidad como hombres asegurarnos de que estuvieras segura. Pero en los ensayos no puedo tratarte como una niña. Si sientes que el trabajo te deja sin tiempo para ensayar, entonces lo dejamos acá. La música no se puede hacer a medias. Buscaré otro baterista.
La chica llamada Qi Yuan se quedó atónita un instante, como si no pudiera creer que él realmente tuviera el corazón para romper con ella. Acto seguido, arrojó el estuche al suelo, se lanzó al pecho del hombre que quería dejarla, y rompió a llorar desconsoladamente. Su cuello temblaba contra su pecho, y aún entre sollozos no dejaba de soltar insultos:
—¡Zhang, chinga a tu madre! Cuando éramos pobres, ensayábamos en ese maldito sótano y aguantamos sin rendirnos. ¿Y ahora tú quieres romper? ¡Eres una basura sin corazón!
El hombre alto y delgado, de pie bajo la luz de la farola, dijo con voz firme:
—¿Solo porque compartimos los malos tiempos, tenemos que seguir arrastrándonos juntos ahora? Si tu corazón ya no está en esto, seguir así solo va a arruinar la música.
Cheng Sheng estaba agachado junto al borde de la acera, escuchando con gusto cómo otros discutían. Pero al oír aquella frase, se quedó un momento pasmado: ese tono le resultaba demasiado familiar. Inevitablemente pensó en alguien, aunque se dijo que seguramente había bebido demasiado esa noche, y por eso su mente empezaba a divagar sin control. Se palpó las rodillas y, con esfuerzo, se puso de pie.
Bajo la farola, la chica se dejó caer de golpe al suelo. Lloraba con tanta fuerza que apenas podía respirar, mientras señalaba con el dedo rígido al tipo alto y flaco:
—¡Vete a la mierda! ¡Renuncio! Quédate con esa ciega el resto de tu vida, que te toque los tambores con los ojos cerrados.
El buenazo al que le habían tirado la guitarra trataba de sujetarla del brazo, intentando levantarla, y repetía con tono suplicante:
—Jiejie[4]… te lo ruego, no seas impulsiva. Tenemos actuación la próxima semana…
Cheng Sheng dejó de mirarlos. Se dio la vuelta tambaleándose, y comenzó a caminar solo, lentamente, rumbo a casa.
[1] Es un centro tecnológico situado en el distrito de Haidian, Pekín.
[2] Un barrio del distrito de Haidian, en el noroeste de Pekín, muy céntrico.
[3] 富二代. Estos ricos de segunda generación, “riquillos” o “hijos de papi” a los que se refieren aquí, son específicamente los hijos de empresarios que se enriquecieron con las reformas económicas de Deng Xiaoping en la década de 1980.
[4] Jiejie (姐姐): Hermana mayor, pero también puede emplearse de manera cariñosa o respetuosa para dirigirse a una mujer mayor o de mayor experiencia.
