Si una persona ya no se parece en nada a su yo pasado, ¿debería considerarse dos personas distintas o la misma? Cheng Sheng reflexionó sobre esto durante mucho tiempo, sin encontrar respuesta.
Al terminar el concierto, el grupo se dirigió a un puesto callejero de comida, pero antes tuvieron un altercado con una chica testaruda a la salida del bar. Qin Xiao, el dueño del local, intervino para mediar, intentando convencerla con tono paternalista.
—El vocalista de Paloma Sangrienta, que toca el martes, no es menos guapo que Zhang Chen. Y el baterista de Hélice, que actúa el jueves, también es muy guapo, ¡incluso dicen que es de familia adinerada y que toca de maravilla! Por favor, meimei, déjanos en paz. Esto no es una celebración, tenemos asuntos serios que discutir.
Qi Yuan, mientras tanto, agarraba a Lao Liu con una mano y con la otra se colgaba del brazo de Zhang Chen. Le murmuró al oído:
—Los dos músicos que mencionó Qin Xiao ya pasaron por su cama. Ella y sus amigas coleccionan músicos como si fueran estampas. A todos los que están buenos, se los han llevado. El único que les falta eres tú. La que logre llevarse a Zhang Chen, invita la cena. Así que ni se te ocurra hacerle caso.
La noche era ventosa. Cheng Sheng, algo más despejado por la gélida ráfaga, se apartó deliberadamente del grupo. Caminaba rezagado, arrastrando los pies, y cada dos pasos soltaba un murmullo:
—Qué puta mierda. Los riquillos tienen que tirar la casa por la ventana para ligar, pero los que tocan música sólo necesitan fingir pose y ya se les abalanzan las ovejas perdidas. Vaya faena resuelta.
Al frente, Qin Xiao no distinguía sus palabras. Se volvió gritando contra el viento:
—¡Cheng’er, date prisa!
Desde atrás llegó la respuesta:
—No me vigiles. No voy a perderme, joder.
Qin Xiao negó con la cabeza y dejó el asunto por la paz, pero aún así se volvió hacia Zhang Chen para explicarle unas cosas:
—No te dejes engañar por su actitud. En el trabajo es muy profesional. En la universidad montamos una banda juntos, ¿sabes? Los músicos somos así: tercos como mulas, con aires de estrella y a la mínima se quieren agarrar a golpes, pero en cuanto se meten en modo trabajo, son más serios que nadie.
Zhang Chen volvió la cabeza para mirar a Cheng Sheng, y justo en ese momento sus miradas se cruzaron de nuevo. Pero en cuanto Cheng Sheng lo notó, bajó la cabeza de inmediato, dejó de murmurar, y se quedó allí, apagado, como alguien que ha perdido el camino de vuelta a casa, siguiendo al grupo con desgana.
Encontraron un puesto callejero cercano: el aceite chisporroteaba y el humo subía sin parar; las mesas bajo el toldo estaban pegajosas de grasa. Al principio, entre Zhang Chen y Cheng Sheng se sentó Qin Xiao, pero enseguida, con mucho tacto, se hizo a un lado para dejarles espacio. Antes de apartarse, le dio una palmada en el hombro a Cheng Sheng y le dijo, en tono serio:
—Hablen bien. No lo eches todo a perder.
El puesto era ruidoso. El olor a fritanga se mezclaba con las voces altas de la gente bebiendo y bromeando. Cheng Sheng arrastró su banquillo hasta quedar justo frente a Zhang Chen. Aunque ya estaban cara a cara, no se atrevía a mirarlo a los ojos. Todas las frases hábiles que antes usaba para engatusar y vender promesas se le habían borrado de la cabeza.
Se dio unos golpecitos en la frente para despejarse y, tras eso, comenzó a hablar de forma correcta y seria, explicando el origen de su proyecto:
—El núcleo del equipo somos Frank, un compañero mío de la maestría, y yo. Ambos venimos de ciencias de la computación. No somos de esos que gritan «¡emprender!» con solo una idea vaga. Puedes confiar plenamente en nuestra capacidad técnica. Pero ese también es nuestro punto débil: no entendemos bien la parte del usuario. Frank creció en los Estados Unidos, y yo llevo fuera seis años. Así que no tenemos claro cuáles son los hábitos o las principales necesidades de la gente aquí. Por eso necesitamos a alguien que se encargue de ese aspecto del negocio.
Cheng Sheng terminó de hablar de un tirón, esperando una reacción de Zhang Chen. Pero lo único que vio fue a Zhang Chen frunciendo el ceño y acercándose cada vez más, hasta que casi quedaron con las frentes pegadas. Entonces lo oyó decir:
—Aquí hay demasiado ruido, no entiendo nada de lo que estás diciendo.
Qin Xiao, que andaba bebiendo cerca, alcanzó a oír esa frase y enseguida señaló el letrero de un hotel que no estaba lejos:
—¿Por qué no se van a una habitación? Así pueden hablar tranquilos. Total, ya están medio borrachos, y volver a casa a estas horas también es un rollo. Mejor quedarse en un hotel, hablan bien del tema y después ven un partido, que mañana es domingo y pueden descansar.
El gesto de Zhang Chen lo había dejado con la piel erizada, y Cheng Sheng estaba justo por negarse cuando escuchó a Zhang Chen adelantarse con un tono tranquilo:
—Mejor no. Esta noche duermo en el estudio. Me queda un último tramo de mezcla por terminar.
Dejó el vaso sobre la mesa y se puso de pie. Le puso una mano en el hombro a Cheng Sheng y, bajando un poco la cabeza, le preguntó:
—¿Vamos a hablar a la otra acera? No hay nadie por ahí, está tranquilo.
Aunque hacía calor bajo el toldo del puesto, la mano sobre su hombro le sacó a Cheng Sheng un sudor frío. Se levantó de golpe, sin decir una palabra, pero siguió a Zhang Chen rumbo a la calle.
Cruzaron la avenida, uno detrás del otro, manteniendo una pequeña distancia entre ambos.
Cheng Sheng iba detrás, observando una y otra vez la silueta de Zhang Chen. Quería preguntarle muchas cosas –¿todavía te acuerdas de mí?, ¿te acuerdas de lo que fuimos?–, pero ninguna frase se le animaba a salir. Crecer también significa volverse cobarde. Después de dudar un buen rato, solo se atrevió a tantear con una pregunta:
—¿Tienes un estudio de grabación? Eso cuesta un dineral. Entonces debes estar bien de dinero, ¿por qué sigues trabajando?
Zhang Chen, que caminaba despacio delante de él, no se giró. Con la vista aún al frente, le respondió con otra pregunta:
—Tú vas vestido de marca de pies a cabeza, tampoco debes andar mal de dinero. Entonces, ¿por qué emprendes?
—Yo no tengo dinero. Mi padre lo tiene. El capital inicial lo ahorré cuando trabajaba en Estados Unidos, y la mayor parte viene de inversores.
Zhang Chen soltó un largo «ah» y, como si nada, retomó el tema con la respuesta que Cheng Sheng había dado antes:
—Yo tampoco tengo dinero. Es el gobierno de mi ciudad el que lo tiene. En los pueblos pequeños, tiran abajo una casa y con la compensación te puedes comprar varias en Pekín. Pero no se puede vivir siempre de eso. Mantener una banda cuesta un montón, así que necesito un trabajo estable para estar tranquilo.
Aquello tranquilizó un poco a Cheng Sheng, pero también le dejó un nudo en el pecho. Dio unos pasos rápidos para alcanzarlo y volvió a preguntar:
—Emprender no es nada estable, ¿por qué entonces estás dispuesto a hablar conmigo?
Esta vez Zhang Chen se detuvo, se volvió y le lanzó una mirada.
—¿No me estás intentando fichar? Si quieres robarle gente a otra empresa, tienes que ofrecer más que su sueldo, ¿no lo sabes? Si no, ¿por qué iba a considerar unirme a un equipo que recién empieza?
Ya se habían alejado bastante, hasta el punto de que el bullicio había quedado atrás. Zhang Chen se paró junto a uno de los árboles decorativos al borde de la calle, miró a Cheng Sheng y dijo:
—Habla, te escucho.
Cheng Sheng repitió lo que había contado antes en el puesto de comida, no sin adornar un poco el currículum suyo y de Frank, hablando largo y tendido sobre la dirección del proyecto y su potencial futuro en el sector.
Zhang Chen lo escuchaba con atención, asintiendo de vez en cuando para mostrar que seguía el hilo. A mitad del relato, sacó un cigarro del bolsillo y lo encendió. Entre bocanadas de humo, lanzó un par de preguntas clave.
Hablar solo de trabajo hizo que Cheng Sheng se relajara bastante. Respondió con seriedad a cada una de las preguntas, y cuando Zhang Chen le ofreció un cigarro, lo aceptó sin pensarlo; se lo fumó casi de golpe, como si lo necesitara.
Así, de pie junto a la calle, se pusieron a intercambiar ideas sobre el futuro de la empresa: cómo atraer usuarios, cómo monetizar, si vender espacio publicitario o apostar por contenido de pago. Zhang Chen dio algunas opiniones, siempre breves pero al grano.
La charla fluyó, aunque únicamente dentro de los márgenes de una conversación entre posibles socios. Cheng Sheng no lograba adivinar si Zhang Chen lo recordaba o no. Al fin y al cabo, habían pasado diez años. La ciudad ya no era la misma, y las personas tampoco. No se atrevía a dar un paso en falso, y prefirió centrarse únicamente en hablar de negocios.
Cuando ya habían hablado casi todo lo necesario, Cheng Sheng preguntó:
—Si estás considerando unirte a nosotros, ¿puedo hacerte algunas preguntas más?
Zhang Chen respondió:
—Adelante.
—¿Por qué cambiaste de tecnología a investigación de usuarios?
—Demasiado agotador. En tecnología se trabaja horas extras todos los días. Yo no sirvo para sufrir.
Ese «no sirvo para sufrir» hizo que Cheng Sheng alzara la cabeza de golpe para mirar a Zhang Chen. Este, envuelto en una ligera nube de humo, también lo observaba fijamente, con la misma expresión de antes, sin rastro de broma en el rostro.
Aquella mirada lo atravesó como una puñalada. Cheng Sheng apartó la vista de inmediato y soltó, a duras penas:
—¿Entonces tienes alguna pregunta para mí?
—El sueldo.
Zhang Chen respondió con decisión. Fuera del dinero, no contemplaba ningún otro asunto. Luego preguntó sin rodeos:
—En un equipo emprendedor seguramente se trabaja horas extra todos los días, ¿cómo se calculan?
—Primero dime cuánto esperas ganar.
—No tengo expectativas, lo que tú digas.
Cheng Sheng no estaba seguro. Para un puesto no técnico, el sueldo de mercado no era muy alto, pero temía ofrecerle poco y que Zhang Chen lo rechazara. Tras dudar un buen rato, dijo:
—¿Te parece bien diez mil? Las horas extra se pagan por hora.
Y temiendo que la oferta no fuera lo bastante atractiva, añadió:
—En el futuro habrán dividendos y viajes al extranjero a fin de año.
Al oír la cifra, Zhang Chen tiró el cigarro al suelo, aplastó la última brasa con el pie y luego se giró hacia Cheng Sheng. Al verlo esperando nervioso su respuesta, no pudo evitar reírse y negar con la cabeza.
—Sí que tienes valor para ofrecer eso. Hoy en día un programador gana apenas cuatro o cinco mil, y eso que es un puesto técnico, ni hablar de uno no técnico.
Justo cuando Cheng Sheng se preguntaba si aquellas palabras significaban que aceptaba o no, Zhang Chen de pronto le dio una palmada en el hombro.
—El lunes renuncio a mi trabajo actual. No se te ocurra olvidar el sueldo que acabamos de acordar. Y tranquilo, no le diré a nadie en la futura empresa cuánto gano.
Cuando regresaron, los del puesto ya estaban completamente borrachos. Qin Xiao se levantó tambaleándose, se colgó del brazo de Cheng Sheng y le susurró:
—¿Lo lograste?
Zhang Chen fue quien respondió primero:
—Lo logró. Tu amigo fue generoso con la oferta. Arreglo todo en mi empresa actual y la próxima semana él será mi jefe.
Al ver que todo se había concretado, Qin Xiao estaba incluso más feliz que los propios involucrados. Con un brazo rodeó a cada uno y, animado por el alcohol, exclamó:
—¡Eso está genial! Si Cheng’er no encontraba a alguien de confianza, iba a venir a llorar a mi bar todos los días. Cheng Sheng, más te vale invitarme a comer, ¿me oíste?
Cheng Sheng se quitó la mano del hombro con desgana y se dirigió a su mesa. Se bebió las dos botellas de cerveza que quedaban, y cuando iba por la tercera, Qin Xiao lo detuvo de inmediato.
—¿Estás loco? Hace un rato ya te tomaste varias copas en mi bar. Con esfuerzo te despejaste con el viento y ahora quieres seguir bebiendo. Si no quieres invitarme a comer, pues olvídalo, ¿qué me va a importar a mí esa comida?
Ya eran las tres y media de la madrugada, y no faltaba mucho para que amaneciera. Uno a uno, los borrachos fueron tomando taxis de vuelta a casa. Solo Cheng Sheng se quedó allí, preocupado. Había venido en coche y si intentaba conducir de vuelta así, no sería raro que lo multaran o incluso acabara encerrado un par de semanas.
Justo cuando pensaba si no sería mejor pedir un taxi, Zhang Chen, que acababa de ayudar a los demás a subirse a los suyos, volvió sobre sus pasos. Se detuvo frente a él y le preguntó:
—¿Te llevo a casa? Yo no he bebido, tengo que ir al estudio de grabación a mezclar unas pistas.
Justo cuando estaba por pedir un taxi, Cheng Sheng cambió de idea. Sacó lentamente las llaves del coche del bolsillo y se las entregó a Zhang Chen, señalando con desgano.
—Ese negro de allá.
Zhang Chen las aceptó y, al echar un vistazo a la matrícula, comentó con curiosidad:
—¿Jing A88?
Los tres últimos números se perdían en la oscuridad. No los alcanzó a ver bien.
Cheng Sheng asintió y, tambaleándose, lo siguió hasta el auto. Una vez en el asiento del copiloto, se dejó caer contra la puerta y, con la lengua ya pesada por el alcohol, empezó a hablar con Zhang Chen:
—Este coche es de mi papá. Yo acabo de volver hace un mes, no he tenido tiempo de comprar uno, así que me prestó este por ahora.
En ese momento ya parecía un borracho hecho y derecho. Durante el camino, reunía valor para mirar una y otra vez de reojo el rostro de Zhang Chen, que iba al volante, y no dejaba de intentar entablar conversación.
—¿Tú de dónde eres?
Zhang Chen, que estaba mirando la carretera, pareció no esperar esa pregunta. Se quedó un momento en silencio antes de responder:
—De Yuncheng. ¿Nunca has oído hablar de ella?
Cheng Sheng, recostado en el asiento con la mirada perdida, dijo:
—Claro que sí. ¿Cómo no? Un lugar bastante deteriorado, lleno de fábricas y minas de carbón. Antes salía mucho en las noticias, por la contaminación. Después incluso arrestaron a varios funcionarios corruptos y magnates del carbón. Para ir a Pekín había que tomar un tren de siete horas. ¿Estoy en lo cierto?
Zhang Chen lo confirmó al instante:
—Sí, totalmente cierto.
Giró el volante para tomar una curva y añadió:
—Pero eso fue hace años. A comienzos de este año inauguraron el tren de alta velocidad. Ahora en dos o tres horas estás allá.
Hubo unos segundos de silencio en el coche, hasta que Cheng Sheng volvió a hablar:
—Qin Xiao me dijo que no tienes novia. Tienes veintisiete, ¿no te preocupa?
—Estoy bien solo. Vivo cómodo, sin ataduras, ¿por qué habría de preocuparme?
Cheng Sheng repitió varias veces «bien, bien», con un tono que iba subiendo poco a poco.
—¿Por qué te gusta el rock? ¿Por qué tocas la guitarra?
Se giró hacia él, acercándose cada vez más, fijando la vista en la nariz del otro.
—¿Y por qué te pusiste un piercing en la nariz?
Pero Zhang Chen no se inmutó ante su cercanía.
—Me gustan las cosas inútiles —respondió con calma—. Uno ama lo que le falta: quien carece de libertad, ama la libertad; yo carezco de cosas inútiles, así que amo las cosas inútiles. Hacer esto me llena. ¿Está mal?
—¿Por eso siempre has estado solo, y trabajas solo para mantener tu música?
—Sí. ¿No puedo?
Cheng Sheng asintió.
—Ya entiendo. Lo que dices tiene sentido. Yo, desde pequeño, nunca tuve que preocuparme por el dinero, así que siempre he sentido debilidad por los pobres. Tampoco me ha faltado el privilegio, por eso tengo una predilección especial por quienes no tienen poder ni influencia. A veces quisiera darles todo lo que tengo. Satisfacerlos y satisfacerme a mí mismo.
Después de esa conversación, ambos guardaron silencio. Al cabo de un rato, Cheng Sheng bajó la ventanilla para dejar entrar algo de aire. El viento nocturno traía un olor húmedo, cargado de polvo; le provocó una tos violenta. No tardó en volver a meter la cabeza, se acomodó el flequillo despeinado por el viento y, sin decir una palabra, se quedó mirando a Zhang Chen.
Dentro del coche, el silencio era extraño, casi incómodo. A Cheng Sheng le empezó a doler el pecho sin razón. Viejos recuerdos, incontrolables, le asaltaban en esa noche. Habían pasado diez años; ya no eran los de antes. Dos personas se habían convertido en cuatro: los de entonces, obligados a separarse; los de ahora, quizás sin destino compartido. Inspiró hondo un par de veces, se armó de valor y, con cautela, deslizó la mano sobre la pierna de Zhang Chen, acariciándola despacio.
Zhang Chen seguía atento al camino. No reaccionó en absoluto ante aquel gesto inesperado.
Cheng Sheng subió la ventanilla, y pronto el aire dentro del coche se volvió denso y sofocante. Su mano, que seguía sobre el muslo de Zhang Chen, empezó a moverse hacia arriba. Al llegar al cinturón, empezó a forcejear torpemente con la hebilla.
Sin el viento, la temperatura dentro del coche subió de golpe. Cheng Sheng estuvo un buen rato intentando abrirla sin éxito, jadeando como si estuviera frustrado, con la nuez de Adán subiendo y bajando visiblemente. Sus movimientos se volvieron más ansiosos e intentó meter la mano directamente bajo el cinturón.
Zhang Chen soltó una mano del volante y sujetó con firmeza aquella mano inquieta en su cinturón. Suspiró con suavidad:
—Jefe, yo vendo mi arte y mi esfuerzo, pero no mi cuerpo.
