Capítulo 37. Número 08

Cheng Sheng, como jefe, supo comportarse. Excepto por aquel desliz deliberado impulsado por el alcohol, no volvió a hacer ningún gesto inapropiado.

Consiguió el número de Zhang Chen a través de Qin Xiao y, el martes por la tarde, le envió un mensaje breve preguntándole cuándo podría terminar sus asuntos en la empresa actual, ya que él andaba muy corto de personal.

Zhang Chen tardó casi dos horas en responder: «El viernes. Estos días tengo que hacer el traspaso de funciones».

Cheng Sheng estaba en la sala de reuniones, discutiendo una propuesta con Frank. Al ver la respuesta, no contestó.

Pasaron otras dos horas sin que el teléfono volviera a sonar. Cheng Sheng, algo molesto, le envió otro mensaje:

«Entendido. Apresúrate lo antes posible».

Sin embargo, la charla con Frank se prolongó hasta el anochecer y el móvil no volvió a vibrar ni una sola vez. La paciencia de Cheng Sheng se iba agotando, así que finalmente le escribió de nuevo: «¿Tienes tiempo esta noche para cenar? Quiero presentarte a otro de los socios».

Esta vez la respuesta del otro lado llegó rápido, con solo unas pocas palabras: «Tengo un compromiso».

Cheng Sheng se hizo un espacio para salir a buscar un vaso de agua helada y calmar su furia. Respiró hondo varias veces antes de seguir escribiéndole: «¿De verdad no vienes? Mis amigos dicen que a mi edad, verme solo da mucha lástima. Quieren presentarme a una chica ardiente esta noche. ¿No quieres verla?».

Después de enviar el mensaje, Cheng Sheng, aún en la sala de reuniones, comenzó a golpetear los dedos lleno de expectativa mientras esperaba una respuesta. Cuando los golpes estaban por llegar al centenar, su teléfono finalmente vibró sobre la mesa. Una nueva notificación apareció en la pantalla: «Deja de enviarme cosas relacionadas con tu vida privada».

Cheng Sheng sintió que le explotaba el hígado de rabia. Al salir del trabajo, ni siquiera cenó y se llevó a Frank a un local de masajes cercano para descargar toda la frustración acumulada por Zhang Chen en esos días.

Frank no dejaba de mirarlo con extrañeza durante el camino.

—¿Por qué estás tan irritable estos días? ¿No estarás en tu fase maníaca? Vaya energía que desprendes.

Cheng Sheng se arremangó la camisa y se abanicaba con desesperación, como si realmente estuviera al borde del colapso.

—Es que ese empleado nuevo me saca de quicio.

Frank lo miró de reojo y se encogió de hombros.

—¿Ya firmó el contrato? Si no, mejor no lo contrates. ¿Para qué trabajar con alguien que te saca la piedra?

Esta vez, Cheng Sheng se quedó completamente callado. La mano que agitaba el aire cayó a su costado y se negó rotundamente a seguir hablando del tema. 

El local de masajes estaba escondido en un callejón de recovecos. El letrero tenía un aire antiguo, con un emblema de madera y caracteres dorados colgando del dintel, pero el interior era moderno: paredes blancas, sillas de plástico y un cuadro de precios en la pared que enumeraba servicios estándar como «apertura de espalda con aceites esenciales» o «masaje linfático». 

La dueña, una mujer de unos cuarenta años con un cuerpo ancho que casi desaparecía tras el mostrador de madera, parecía un Buda Maitreya custodiando el lugar. Era efusiva y se puso a explicarles entusiasmada a los dos jóvenes emprendedores:

—Todos nuestros masajistas son invidentes certificados, con años de entrenamiento. ¡Sus técnicas son de primera para aliviar tensiones!

Cheng Sheng le comentó a Frank que el «masaje de ciegos» era una especialidad local y que definitivamente debían probarlo. Pero Frank, perplejo, le había preguntado:

—¿No te parece cruel que personas invidentes trabajen en el sector servicios?

—Ellos también necesitan ganarse la vida —había respondido Cheng Sheng—. Si no hacen esto, ¿con qué se alimentarán?

Subieron al segundo piso, un espacio mucho más amplio que la planta baja. A ambos lados del pasillo se alineaban habitaciones privadas. Tras encontrar la suya, entraron y se cambiaron en el vestuario con la ropa especial para el masaje. Mientras se desvestía, Frank lanzó una mirada a la espalda de Cheng Sheng y le preguntó con curiosidad: 

—¿Esa cicatriz te va a acompañar de por vida?

La camisa de Cheng Sheng estaba atascada a medio quitar, y su voz sonó ahogada entre la tela:

—Podría eliminarla con láser, pero prefiero dejarla.

Frank no lo entendía.

—Esa cosa es fea y da miedo. Sería mejor borrarla.

Pero Cheng Sheng respondió:

—Muchas cosas que valen la pena conservar son feas. Pero qué le vamos a hacer si no quiero olvidar.

Frank escuchó en silencio y negó para sus adentros, pensando que Cheng Sheng no tenía por qué meterse en el mundo de los negocios. El lugar que más le convenía era un gran escenario de teatro.

Mientras tanto, Cheng Sheng, ajeno por completo a esos pensamientos, se pasó los dedos una y otra vez por aquella cicatriz en su espalda, como si le costara desprenderse de ella, antes de terminar de quitarse la ropa.

Tras cambiarse de ropa, buscaron las camillas de masaje y se tendieron. Mientras esperaban a las masajistas, comenzaron a hablar sobre emprender. Conversaban casi sin parar, las veinticuatro horas del día, sobre negocios, tecnología, usuarios, mercados; también sobre qué software estaba plagiado del extranjero, o cómo el fundador de cierta empresa había sido apuñalado más de diez veces por matones contratados por la competencia en un acto de rivalidad desleal, y por poco perdió la vida cuando regresaba a casa.

Pronto entraron las masajistas que habían solicitado: dos jóvenes de entre veintisiete y veintiocho años, con uniforme reglamentario y sendas placas de identificación en el pecho. Nada más cruzar la puerta, se inclinaron con entusiasmo y exclamaron al unísono:

—¡Buenas tardes, patrones!

Frank se sobresaltó. Incorporándose a medias de un salto, hizo un gesto de negación con la mano.

—No hace falta llamarnos patrones, no hace falta.

Las dos muchachas parecían ser completamente ciegas y llevaban puestas gafas de sol negras. Caminaban con lentitud, pero eran muy entusiastas. La que atendía a Frank apenas había presionado unas cuantas veces sobre sus omóplatos cuando él soltó un siseo, aspirando aire frío. Ella, sonriendo, le dijo:

—Tienes las cervicales muy tensas. Deberías moverte de vez en cuando, no quedarte siempre en la misma postura.

La masajista que atendía a Cheng Sheng era la técnica número 08, experta en animar el ambiente. Mientras trabajaba en sus hombros, les habló sobre el cuidado de las cervicales, y luego pasó a contarles todo tipo de anécdotas y sucesos extraños que había presenciado. Frank, muy interesado en ella, no dejaba de hacerla reír con la torpe jerga local que había aprendido y seguía insistiendo en que le contara más detalles de aquellas cosas extrañas.

Al ver su entusiasmo, la masajista aprovechó el momento para preguntar:

—¿Quieres sacar una tarjeta de socio? Ahora hay promoción: diez sesiones por cuatrocientos.

A Frank, por supuesto, no le importaban unos míseros cuatrocientos, así que respondió distraído que pasaría por recepción después del masaje para sacarla, pero solo si ella seguía contándole cosas interesantes.

La masajista no tuvo ningún problema en exponer sus propias desgracias y, entre risas, les contó su historia:

—Desde pequeña he sido una gafe. Todas las personas que se acercan a mí acaban muertas o heridas, sin excepción. Es algo realmente misterioso. 

La otra masajista, la que atendía a Frank, tosió de inmediato, como para advertirle que no hablara de esas cosas funestas que podrían ahuyentar a los clientes. 

Pero Frank estaba muy interesado en aquellas cosas tan misteriosas. Con los ojos brillando de entusiasmo, señaló a Cheng Sheng y le preguntó a la masajista:

—¿Entonces nosotros también vamos a tener mala suerte al salir de aquí? Justo estamos empezando un negocio… ¿no iremos a perder hasta el último centavo de los inversores mañana mismo, verdad? 

La masajista se rio.

—No, no. Solo afecta a familiares y amigos cercanos. 

Cheng Sheng, que seguía tumbado mientras ella trabajaba sobre sus hombros, no pudo reprimir la curiosidad y preguntó:

—¿Es verdad?

—Es verdad. Mi madre murió de un parto difícil cuando nací yo, esta ciega. Mi papá y mi amigo murieron jóvenes en la mina, sin dejar un cuerpo entero; explotaron, y sólo quedaron brazos y piernas. Eso fue hace diez años. —La masajista seguía sonriendo mientras presionaba con fuerza los hombros de Cheng Sheng. Continuó hablando—: Y luego está mi buen amigo de Pekín. A su padre lo incitaron para que se uniera a un movimiento de protesta, terminó herido en una explosión y necesitó una cirugía carísima. Mi amigo era muy joven, no tenía forma de conseguir el dinero y, como era terco, se negaba a abrir la bocota para pedir prestado. Vendió todo lo que tenían en casa, hasta que no quedó nada. Al final, no le quedó más remedio que vender su sangre en una clínica clandestina: 400 mililitros cada vez, casi tanto como una botella de Coca-Cola. Lo hizo tantas veces que ya casi no le podían sacar sangre, paliducho como un muerto. Al año siguiente, el gobierno clausuró esa clínica clandestina, porque usaban las mismas agujas para todos y propagaron hepatitis B y sida.

Al escuchar lo de la explosión, Cheng Sheng se tensó un par de segundos, pero enseguida se dijo que no podía haber tal coincidencia. Además, en el siglo pasado hubo tanto caos –explosiones, robos, violaciones, despidos masivos, revueltas, suicidios– que cualquier combinación al azar bastaba para componer la historia de una familia rota.

A su lado, Frank, completamente absorto en la historia, preguntó de inmediato: 

—¿Y qué pasó con tu amigo? 

—Nada. Era astuto como un demonio. Ya con la aguja a punto de entrarle en el brazo, insistía en que la enfermera se la cambiara por otra nueva. —La masajista trasladó las manos a la espalda de Cheng Sheng. Al presionar una cicatriz, aflojó de pronto la fuerza, pero enseguida volvió en sí, reanudando la presión con firmeza, y siguió hablando de lo de antes—: Mi amigo es terco y orgulloso. Nomás de imaginarlo haciendo fila en el hospital para hacerse la prueba del SIDA, me da risa. Si no fuera ciega, de verdad me habría gustado verle la cara en ese momento.

Frank, desde la camilla, aspiró entre dientes.

—Usted sí que es cruel, señorita. Su amigo se moriría del coraje si se enterara.

—Ni de broma. Hace rato que se acostumbró a las miradas y los chismes. Tiene el corazón hecho de acero: lo tiras al suelo, le pasa un camión encima y ni se rompe. Algo como esto no le haría ni cosquillas.

Frank chasqueó la lengua un par de veces.

—¡Ustedes los chinos aguantan demasiado! Yo no podría. Si fuera yo, agarraría un arma y los mandaría al infierno conmigo.

Detrás de ellos, las dos masajistas seguían trabajando meticulosamente en sus espaldas. Cheng Sheng, con los ojos cerrados y la barbilla hundida en el colchón, preguntó de pronto a la número 08, como movido por un impulso inexplicable: 

—¿Y cómo está tu amigo ahora?

La número 08 respondió: 

—De maravilla. Solo que ya no está muy bien de la cabeza. Le ha dado por comprar casas. Las decora, pero no vive en ellas ni las renta; solo las deja ahí, para mirarlas

Tras contar la historia, el ambiente en la habitación se volvió algo extraño. Las dos masajistas guardaron silencio, y Cheng Sheng y Frank, como si de pronto el cansancio los hubiera vencido, cerraron los ojos sin pensar en nada más, concentrándose únicamente en la fuerza que sentían en sus hombros y espaldas.

Después de media hora de masaje, con el cuello y los hombros notablemente más relajados, se levantaron satisfechos, se vistieron y bajaron a recepción con paso ligero para pagar y tramitar la tarjeta de socio.

Frank caminaba delante, ya con algo de energía recuperada. Mientras se daba golpecitos en el cuello, le decía en broma:

—Este lugar está realmente bien: todo es barato y no hay que dar propina. Pero las hermanitas ciegas dan pena, tienen que atender a la gente y ni siquiera reciben propina.

—Entonces quédate aquí para siem…

Cheng Sheng no alcanzó a terminar la frase, porque se quedó paralizado en la escalera.

En el vestíbulo de la planta baja, Zhang Chen estaba recargado en un sofá con una laptop gris entre los brazos. Tenía la mirada fija en la pantalla, concentrado en lo que parecía trabajo. No se veía igual que la noche en que Cheng Sheng lo vio en el bar: ahora llevaba puesta una camisa blanca, de las que se suelen usar para trabajar, y sus lóbulos y cartílago de la oreja estaban vacíos, sin rastro de los llamativos piercings que antes llevaba. Daba la clara impresión de alguien que acababa de salir del trabajo y había venido directamente aquí.

La masajista número 08 justo había terminado su turno. Rápidamente se cambió a ropa cómoda y bajaba despacio apoyada en un bastón de madera. Antes de llegar al vestíbulo, ya escuchó a la dueña del local llamarla desde abajo:

—Haiyan, tu hermano vino a buscarte.

En ese momento, Zhang Chen levantó la vista y, al ver a Cheng Sheng parado en la escalera, no mostró sorpresa alguna. Incluso lo saludó con naturalidad, luego lo esquivó para preguntarle a la joven ciega detrás de él:

—¿Vas a querer gachas esta noche?

Cheng Sheng aún no había reaccionado cuando escuchó el golpeteo rápido y constante del bastón. La joven parecía emocionada, y con una mano tanteó hasta tocar el hombro de Cheng Sheng para preguntarle apresurada:

—¿Tú eres Cheng Sheng?

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