Capítulo 43. De Tongzhou a la Chengfu Road

Como apenas había gente, ni siquiera se sentía el calor humano. El aire parecía estar impregnado todo el tiempo de una sequedad insípida y desoladora. Aquel lugar no tenía nada que ver con las zonas de Wudaokou y Zhongguancun, por donde Zhang Chen se movía a diario: el entorno era desolador, los servicios eran prácticamente inexistentes, ni siquiera los vendedores ambulantes se acercaban, y había que caminar varios kilómetros para encontrar una calle de puestos de comida con algo de vida y humo en el aire.

Pero cuando no trabajaba, a Zhang Chen le encantaba quedarse en el estudio. Porque ese lugar no era como Pekín. Pekín no era su hogar. Él todavía no se había acostumbrado a convivir en paz con el ir y venir de la gente, y necesitaba escapar de vez en cuando a su «casa» en los momentos de descanso. 

Había muchas cosas a las que Zhang Chen no había logrado acostumbrarse ni aprender. Hasta el día de hoy, no había conseguido imitar el tono de Cheng Sheng al hablar: saltarín, vibrante, como el punteo de una guitarra, que se expandía tanto en la alegría como en el enojo. En cambio, su propia voz era plana, sin altibajos, imposible de adivinar qué sentía.

Después del trabajo, estuvo en la cafetería de la planta baja del edificio de la empresa corrigiendo canciones. A su alrededor, el bullicio era ensordecedor, con acentos de todos los rincones; la gente charlaba a la vez sobre emprendimientos, financiación, salidas a bolsa, tocar la campana, cinco millones, diez millones, cien millones, la cresta de la ola, incubadoras… Zhang Chen se sintió profundamente hastiado. Cerró su laptop, recogió su libreta y, girando las llaves del coche entre los dedos, se marchó a casa.

Cheng Sheng, pekines de pura cepa, nunca había estado en el estudio de grabación de Zhang Chen. Tras salir del bar tomó un taxi pirata y se recostó contra la ventanilla, dejando que el viento, cada vez más frío, le azotara el rostro mientras observaba el paisaje urbano. En el fondo, pensó que Zhang Chen encajaba perfectamente en un lugar con esa atmósfera. 

Al llegar, Cheng Sheng pagó y, al bajarse, una ráfaga feroz de la noche casi lo derriba. Se ajustó rápidamente el abrigo y, en tres zancadas, llegó a la puerta del estudio. Repasó mentalmente lo que iba a decir y, entonces, llamó. 

Tok, tok, tok. Cheng Sheng golpeó tres veces, pero nadie vino a abrir. 

Suspiró y volvió a llamar, esta vez con siete u ocho golpes seguidos, pero seguía sin respuesta. Impaciente, apoyó la mejilla contra la puerta, intentando escuchar algún movimiento al otro lado. 

Probablemente había música sonando dentro, con los altavoces a todo volumen, pero la puerta amortiguaba el sonido. Pegado a la superficie, Cheng Sheng solo alcanzaba a distinguir el retumbar de los tambores. 

«Ah, por eso no abre», pensó. Sacó el teléfono del bolsillo de su abrigo y marcó el número de Zhang Chen. Como esperaba, el otro contestó al cabo de unos segundos.

—¿Sí? —Al otro lado de la línea, la música sonaba a todo volumen; parecía ser alguna canción de indie rock poco conocida.

Cheng Sheng se aclaró la garganta de inmediato y tosió levemente antes de decir:

—Estoy ahora mismo frente a tu puerta. ¿Podrías salir a abrirme?

—¿Para qué viniste a mi casa? —preguntó Zhang Chen en el repentino silencio, ahora que la música estridente había cesado de golpe. 

—Traigo los documentos de contratación para que los revises antes —respondió Cheng Sheng, como si fuera lo más natural del mundo. 

—Hoy es fin de semana. —Zhang Chen apagó el equipo de sonido y añadió con tono seco—: Nadie debería trabajar el fin de semana.

En cuanto terminó de hablar, del otro lado se oyó un titubeo. Zhang Chen añadió

—¿Ni siquiera he entrado a trabajar y ya me obligas a hacer horas extra?

Esta vez, Cheng Sheng no supo qué replicar. Se quedó plantado frente a la puerta, mentalmente calculando cómo demonios encontraría un taxi en este maldito lugar tan apartado para regresar a casa.Pero antes de que terminara de pensar, desde dentro llegaron de pronto unos pasos que se acercaban, y al segundo, la puerta se abrió. Ahí estaba Zhang Chen, apoyado en el marco, con una camiseta grande y holgada –de esas que solo usaba en casa– y unos auriculares de monitoreo colgando del cuello. 

Cheng Sheng le echó un vistazo, deduciendo que esa noche había coincidido con el rato en que el otro se dedicaba a sus proyectos personales.

—¿Y los documentos? —preguntó Zhang Chen, apoyado en el marco de la puerta.

—¡Ah! —Cheng Sheng se apresuró a disimular su expresión dolida y sacó de su bolso un grueso sobre de documentos, tendiéndoselo a Zhang Chen—. Trabajarás principalmente con Xiao Xun y su equipo. Si surge algún problema, puedes venir a mí o a Lao Fu; aunque él se encarga sobre todo de la parte técnica, yo llevo asuntos más variados… En fin, para cualquier cosa, puedes contar conmigo.

Zhang Chen tomó el sobre y, en lugar de volver adentro o invitar a Cheng Sheng a pasar, lo abrió allí mismo y comenzó a hojearlo, soltando algún comentario esporádico sobre el trabajo.

—Está bien elaborado.

Al hablar de temas laborales, Zhang Chen no escatimaba elogios hacia Cheng Sheng. Pasaba las páginas mientras añadía:

—Tiene más chispa que mi empresa anterior.

Cheng Sheng soltó una risotada seca.

—Claro, nuestro equipo está lleno de jóvenes, mentes ágiles y sin tantas de las tonterías jerárquicas.

—Ágiles sí, pero ¿no temes que todo esto se les venga abajo? —Zhang Chen seguía hojeando los documentos mientras comentaba—: Lo demasiado avanzado siempre conlleva riesgos.

—El dinero se quema de momento, ya veremos si al final se recupera o no. La suerte decidirá. —Cheng Sheng lo decía con despreocupación—. Si hasta iFlytek sigue bien a flote. La tecnología punta es el futuro, solo hay que ver si aguantamos hasta entonces.

Zhang Chen alzó la vista y lo observó, captando a la perfección tanto su incomodidad frente a él como su arrogancia al hablar de la empresa. Asintió con aprobación:

—Tienen agallas. Ojalá no los liquiden a medio camino.

Al decir «los» dejaba claro que no se incluía a sí mismo en ese nosotros. Cheng Sheng, perspicaz, notó al instante que el otro seguía desconfiado, sin considerar a ningún grupo –ni a persona alguna– como aliado. 

Aún trataba de descifrar qué pensaba realmente el otro de él, cuando Zhang Chen, que seguía apoyado en el marco, guardó los documentos en el sobre y lo escrutó de arriba abajo –hoy vestido con un estampado hawaiano que gritaba ¡playa!–. De pronto, soltó: 

—Hoy estás distinto. Te ves más joven. 

Cheng Sheng, que justo iba a romper el hielo con cualquier trivialidad, se atragantó con su propia saliva. La cara se le encendió como un semáforo en rojo y las palabras se le atascaron en la garganta.

El halago inesperado de Zhang Chen lo había pillado totalmente fuera de juego. Tose y tose, ahogándose en su propia reacción, pero quien había soltado el comentario actuaba como si nada. Con el sobre de documentos bajo el brazo, hizo ademán de cerrar la puerta: 

—Leeré esto con calma más tarde. Puedes irte.

Esta vez la tos de Cheng Sheng finalmente cesó por completo. ¿Acaso iba a permitir que Zhang Chen se saliera con la suya? Se aclaró la garganta, se alisó la camisa hawaiana estampada con palmeras, y con el brazo –que se extendió descaradamente– apoyado en el marco de la puerta de Zhang Chen, dijo con falsa firmeza:

—A estas horas ya no se consiguen taxis.

Apenas terminó la frase, se apresuró a guardar silencio. Sus ojos giraban inquietos, esperando la reacción de Zhang Chen al otro lado.

—Si viniste solo, resuélvelo tú mismo —respondió Zhang Chen, retrocediendo un paso sin miramientos y empujando la puerta para echarlo. 

—¡Eh, no tan rápido! ¡Tu estudio está en medio de la nada! ¡De verdad no encontraré ningún taxi a estas horas!

Ese inesperado cumplido sobre su atuendo juvenil le había infundido de un valor absurdo. ¿Qué era el orgullo? Si tomaba la iniciativa, seguro que algo podría lograr. Así que, sin pensarlo dos veces, agarró la mano de Zhang Chen justo cuando este intentaba cerrarle la puerta. Con voz lastimera, añadió:

—Es tan tarde… o me llevas tú, o me quedo a dormir aquí. Al fin y al cabo, no olvides que soy tu futuro jefe.

La mano de Zhang Chen que estaba a punto de cerrar la puerta se detuvo. Fijó la mirada en el rostro de Cheng Sheng, como si ya hubiera descubierto todos los pequeños cálculos que bullían en su mente. Pero no se negó. Abrió la puerta de par en par, dejando que esperara en el umbral, mientras él volvía a la habitación a buscar las llaves del coche. Al regresar, le dijo al hombre que aguardaba en la entrada:

—Vamos, te llevo a tu casa.

A Cheng Sheng le decepcionó un poco que no lo invitara a quedarse, pero luego pensó que lograr que lo llevara a casa ya suponía un gran avance en estos últimos días. Si hubiera obtenido todo de golpe, el otro seguramente habría empezado a sospechar. 

Zhang Chen no tenía idea de lo que pasaba por su mente. Apretó las llaves y se dirigió al coche, su figura alta y delgada iluminada intermitentemente por las luces circundantes. Cheng Sheng lo seguía con paso triunfal, pero lejos de reflejar su satisfacción interior, incluso adoptó un tono de queja: 

—Qué molestia te causo, no está bien.

Zhang Chen se volvió a mirarlo.

—Si te sientes mal, me vuelvo a casa. 

—¡No, no! Solo hablaba por hablar —se rindió Cheng Sheng de inmediato—. Seamos buenos amigos, ¿vale? No sigamos con esta distancia.

Zhang Chen abrió la puerta del auto, bajó casi por completo la ventanilla y, observando a Cheng Sheng acercarse a pasos apresurados, dijo: 

—Ya somos amigos. 

—Pero la otra vez le dijiste a tus compañeros que solo éramos conocidos. —Cheng Sheng se acomodó en el asiento del copiloto, mirando con cierto resentimiento a Zhang Chen, que estaba a punto de encender el motor.

—Los conocidos también cuentan como amigos.

Zhang Chen arrancó el coche y, con movimientos precisos, dio marcha atrás para salir a la avenida. Las palabras de Cheng Sheng parecieron molestarlo, porque desde entonces se concentró únicamente en conducir, sin dirigirle más la palabra.

Cheng Sheng, en el asiento del copiloto, también se dio cuenta de que hoy se había envanecido un poco de más. Carraspeó y guardó silencio, abrazando con fuerza el bolso donde llevaba sus documentos de trabajo, mientras se apoyaba contra la ventanilla para mirar el paisaje.

Ya eran las once de la noche. El trayecto había sido fluido, sin contratiempos; desde la autopista Pekín-Tongzhou hasta el anillo norte de la Cuarta Circunvalación, habían conducido casi una hora antes de llegar a Chengfu Road. Cheng Sheng seguía apoyado contra el cristal y, justo cuando estaban por llegar a la puerta de su casa, de pronto dijo:

—Quiero comer barbacoa.

Zhang Chen, que en ese momento accionaba el intermitente mientras observaba el tráfico, respondió sin mirarlo: 

—Ya estará cerrado. 

—Podríamos ir por la puerta este de la universidad, allí suelen estar abiertos —insistió Cheng Sheng. 

—Si quieres comer, ve tú solo. Yo me vuelvo a casa. 

Zhang Chen no aminoró la marcha y condujo directamente hasta la entrada del complejo residencial donde vivía Cheng Sheng. 

Los apartamentos de Cheng Sheng y Frank estaban en un vecindario de gestión mediocre: zonas verdes descuidadas, controles de acceso laxos, pero con la ventaja de un alquiler asequible y cercanía a la oficina. Casi todos los residentes eran oficinistas que trabajaban en Zhongguancun, un ambiente que, de algún modo, les generaba cierta presión competitiva.

Al llegar, el guardia de seguridad les hizo un amago de parada al ver un vehículo no reconocido, pero Cheng Sheng asomó la cabeza por la ventana y, tras intercambiar un par de frases casuales con el vigilante, lograron entrar sin problemas. 

Cuando llegaron frente al edificio, Zhang Chen apagó el motor, sacó las llaves y se giró hacia Cheng Sheng, quien permanecía inmóvil en el asiento del copiloto como si estuviera más cómodo que él. Sin rodeos, le espetó:

—Has llegado. Bájate.

Cheng Sheng, que hasta entonces mantenía una postura recta, de repente se encogió como un camarón, agarrándose el estómago con ambas manos. Frunció el ceño hasta formar arrugas profundas y comenzó a retorcerse en un espasmo exagerado, mientras suplicaba entre dientes:

—De repente me duele el estómago. No creo que pueda caminar…

Zhang Chen lo observó fijamente, estudiando su teatral despliegue de agonía. Sin decir palabra, salió del coche, rodeó hasta la puerta del copiloto, la abrió y le tendió un brazo.

—Vamos. Te ayudo a subir —dijo.

Cheng Sheng sintió un arrebato de regocijo secreto. Entre gemidos sofocados y aspavientos de dolor, agarró con fuerza el brazo de Zhang Chen para salir. 

Continuó con su acto todo el camino, encorvado como si el dolor lo doblegara, soltando gemidos exagerados de vez en cuando. Luego, con descarada osadía, deslizó las manos hacia la cintura de Zhang Chen y se aferró con fuerza, justificándose con tono de falsa consideración: 

—No hace falta que me sostengas, con abrazarte así me basta para caminar. 

Zhang Chen no respondió, pero tampoco lo rechazó. Así fue como terminó arrastrando a este «enfermo» hasta el ascensor. 

Cheng Sheng hundió el rostro en su camiseta y aspiró con fuerza. Aquel olor tenue, casi imperceptible, era exactamente el mismo que llevaba Zhang Chen en el pasado. Aferrándose con avidez, apoyó la cabeza contra su cintura y se frotó como un gato. En un instante de éxtasis, las luces y las escaleras a su alrededor se desvanecieron; los edificios y caminos lejanos también desaparecieron. Volvieron a aquella casucha destartalada de diez años atrás, a aquellos breves días –apenas un mes– que pasaron arrimados el uno al otro en casa de Zhang Chen. 

—¿Dónde guardas el botiquín? 

Cheng Sheng hundió el rostro en su camiseta y aspiró con fuerza. Aquel olor tenue, casi imperceptible, era exactamente el mismo que emanaba de Zhang Chen en el pasado. Aferrado a ese recuerdo, apoyó la cabeza contra su cintura y se frotó suavemente. En un instante de confusión, las luces y las escaleras a su alrededor se desvanecieron, los edificios y caminos lejanos también desaparecieron, y de pronto volvieron a estar en aquella casa destartalada y vieja de diez años atrás, reviviendo aquellos breves días en los que se habían refugiado juntos en el hogar de Zhang Chen.

Zhang Chen sacó las llaves de su casa del bolsillo de Cheng Sheng y abrió la puerta. Nada más entrar, acomodó al fingido enfermo en el sofá y, solo entonces, tuvo tiempo de buscar las pastillas. 

—En el cajón de la mesa. —Cheng Sheng, recostado en el sofá, señaló con desgana. 

Zhang Chen encontró la caja de medicamentos y la lanzó descuidadamente junto a Cheng Sheng.

—Tómatela después. Yo me voy.

—¡Espera! —El mismo Cheng Sheng que hace un instante estaba encogido como un ovillo, se incorporó de repente agarrándose el estómago, resollando entre dientes—. Esa medicina hay que tomarla después de comer y ahorita no puedo cocinar.

Al llegar a ese punto, tuvo el tino de callarse y alzar la mirada hacia Zhang Chen, que se había detenido en la puerta.

Zhang Chen se volvió de golpe para mirarlo, asintió y dijo, como quien descubre una verdad evidente:

—Estás fingiendo, ¿verdad, Cheng Sheng?

Pero Cheng Sheng, allí en el sofá, ni en ese momento crítico perdió su compostura. Siguió apretándose el estómago con fuerza, el rostro contraído en una mueca de dolor, y hasta señaló el brazo de Zhang Chen con un temblor fingido tan convincente que habría rivalizado con un actor profesional. Hasta su llamativa camisa hawaiana se arrugaba en pliegues desordenados bajo la presión de su mano sobre el estómago.

—¿Por qué iba a mentirte? De verdad me duele el estómago, es una dolencia que me quedó de hace unos años, cuando estaba en el extranjero. —Sin esperar a que Zhang Chen reaccionara a sus palabras, Cheng Sheng añadió suplicante—: Hay fideos instantáneos en la cocina. ¿Podrías prepararme un tazón? Y échale un huevo, por favor.

De pronto, el ambiente se volvió opresivo. El calor que llenaba la estancia empezó a disiparse, sustituido por un frío que se colaba poco a poco. Bajo la luz del recibidor, Zhang Chen permaneció inmóvil, sin decir nada, ofreciéndole a Cheng Sheng solo el perfil de su rostro.

El silencio se prolongó, pesado, mientras ambos se mantenían tercamente en sus posiciones, sin dirigirse la palabra. 

Cheng Sheng, aún encogido en el sofá, no se movió. Con la cabeza ligeramente alzada, clavó la mirada en el rostro repentinamente frío de Zhang Chen, pensando que, al fin y al cabo, él siempre terminaba siendo molesto. Justo cuando iba a decir algo, Zhang Chen, aún en la entrada, cerró de golpe la puerta –que ya tenía entreabierta–, lanzó las llaves del coche sobre el sofá y se dirigió a la cocina con paso rápido. La puerta se cerró tras él con un portazo.

Dentro de la cocina, pronto resonó el traqueteo de ollas y sartenes, seguido del sonido del fuego encendiéndose y el agua hirviendo. Luego, se escuchó el tac-tac de un cuchillo picando algo y el crujido seco de un huevo cascándose.

En la sala, Cheng Sheng, que hasta hace un instante parecía aturdido, se desplomó en el sofá como si se le hubiera quitado toda la fuerza. Las manos que antes presionaban con fuerza su estómago cayeron flácidas a los costados. Cuando logró recuperar el aliento, se enderezó un poco y se pasó la mano por la frente fría, descubriendo que estaba cubierta de un sudor viscoso. 

Poco después, Zhang Chen emergió de la cocina con el rostro aún tenso, sosteniendo un tazón humeante de fideos. Echó un vistazo a Cheng Sheng, que seguía desplomado en el sofá, y en silencio colocó el tazón de fideos sobre la mesa de la sala. Solo cuando vio que Cheng Sheng no reaccionaba después de un buen rato, dijo: 

—Ahí está. Come.

Cheng Sheng reprimió con amargura el «Ay» que le brotaba del pecho y asomó la cabeza para mirar. Descubrió que, además del huevo que él le había pedido, Zhang Chen había tenido la osadía de añadir verduras y salchichas. 

Apoyándose en su estómago dolorido, se incorporó y estaba a punto de agradecerle al otro cuando lo vio regresar a la cocina. Al salir de nuevo, su semblante se había suavizado bastante y traía otro tazón de fideos. Pero a diferencia del de Cheng Sheng, rebosante de ingredientes, el suyo solo tenía un huevo además de los fideos.

Cuando Zhang Chen se sentó a su lado, Cheng Sheng se sintió repentinamente perdido. Estaba seguro de que el otro había descubierto su artimaña hacía rato, pero no entendía por qué seguía participando en la farsa. 

A su lado, Zhang Chen sopló sobre los fideos humeantes, tomó un bocado con los palillos y comenzó a comer en silencio, sin mirar a Cheng Sheng. 

—Tú… —Cheng Sheng se enderezó y le dio una palmadita en el brazo—. ¿Por qué te preparaste un tazón también?

—Al traerte de vuelta también me entró hambre —dijo Zhang Chen, señalando con la barbilla el tazón de Cheng Sheng—. ¿O es que quieres que te dé de comer?

Su tono no era precisamente amable, y Cheng Sheng no se atrevió a tomar en serio sus palabras. Rápidamente agarró el tazón de la mesa, sorbió ruidosamente un poco de caldo y luego, empuñando los palillos, se lanzó a devorar los fideos.

Comía con voracidad, tragando el caldo como si fuera una presa abriendo sus compuertas, hasta el punto de salpicarse la cara. Zhang Chen, a mitad de su propia comida, dejó los palillos a un lado. Incapaz de soportar la escena, tomó un pañuelo de papel de la mesa y se lo acercó a Cheng Sheng. 

Pero este, absorto en su festín, con medio rostro escondido tras el tazón, no vio el gesto. 

Zhang Chen torció la mano y, en vez de ofrecérselo, le estampó directamente el pañuelo en la cara, limpiándole las salpicaduras. 

Cheng Sheng sintió el contacto en su rostro y, rápido como un rayo, atrapó la mano de Zhang Chen. Acarició su dorso un par de veces y dijo:

—Gracias, estaba delicioso. ¿Cómo lo hiciste?

Zhang Chen retiró bruscamente la mano.

—Como siempre. Solo puse más verduras.

—Agregar tantas verduras a unos fideos instantáneos es un desperdicio —murmuró Cheng Sheng, tocándose la cara. Luego preguntó—: Te complicas tanto haciendo fideos. ¿Acaso siempre cenas así después del trabajo?

—Solo me tomó diez minutos. —Zhang Chen apiló el tazón vacío de Cheng Sheng sobre el suyo—. Las verduras las agregué para ti. Yo no me complico tanto.

Cheng Sheng, que seguía masajeándose el vientre mientras saboreaba el recuerdo de los fideos, se quedó callado un largo rato, sin saber cómo reaccionar. Al final, solo logró soltar un «Ah…» apagado. 

Después de cenar, Cheng Sheng, como si fuera lo más natural del mundo, se dispuso a tomar un par de pastillas para el estómago, mientras en su interior cavilaba cómo lograr que Zhang Chen se quedara.

Desde la cocina llegaba el murmullo constante del agua corriendo. Unos minutos después, el sonido cesó y Zhang Chen salió, caminó hasta la mesa de centro y tomó una servilleta para secarse las manos. Al ver a Cheng Sheng partiendo el blíster de las pastillas y bebiendo agua tibia sin decir palabra, asumió que tomar medicina para el estómago no podía hacerle daño. Si ese tipo estaba fingiendo, había que reconocerle que lo hacía hasta el final.

La noche de hoy era más densa que las anteriores; en el cielo apenas se distinguía una estrella. Tras tomarse las pastillas, Cheng Sheng por fin pudo enderezarse con fingida naturalidad. Fue al balcón, corrió las cortinas y, al regresar, sacó del refrigerador un par de cervezas que Frank había dejado unos días atrás. Las dejó caer con un golpe seco sobre la mesa de centro y le preguntó a Zhang Chen, que desde el sofá parecía listo para irse en cualquier momento:

—¿Quieres una? Las compró Lao Frank hace unos días.

Zhang Chen alzó la vista hacia él y preguntó en respuesta: 

—¿Vive aquí?

—Vive al lado, pero después del trabajo solemos quedar para tomar algo. —Cheng Sheng seguía elaborando en su mente un plan para que Zhang Chen se quedara a dormir esa noche, sin captar la intención oculta en la pregunta anterior.

Zhang Chen respondió con un simple «oh» y comentó:

—Habla chino como si fuera su lengua materna.

—Eso es porque su madre nunca le permitió hablar inglés en casa. Si lo hacía, le pegaba. —Cheng Sheng le abrió una lata de cerveza y se la pasó. Él mismo, fingiendo estar enfermo, no podía beber. Aprovechando que hablaban de Frank, un tema del que podía tirar, continuó—: En la familia de Lao Frank eran muy estrictos. Su madre fue de las primeras académicas que se fue a hacer investigación a Estados Unidos. Encima no estudió una carrera práctica, así que quedarse allá le costó muchísimo. Por eso después fue igual de exigente tanto con sus estudiantes como con su hijo. Su frase favorita era: «¿Ya no aguantas este nivel de esfuerzo? ¿Tienes idea de lo difícil que fue para mí?». Lo presionó tanto que, apenas entró a la universidad, Frank se mudó de casa y se soltó del todo. Cada tanto se tomaba una pausa, hacía un gap year, se divertía a lo grande, y luego volvía a retomar los estudios.

Al llegar a este punto, Cheng Sheng negó con la cabeza.

—Nosotros, los asiáticos, estudiamos como si nos persiguiera el diablo, temiendo que si nos retrasamos un segundo, no alcancemos a reencarnar en una familia decente.

—Las buenas familias, en efecto, cierran sus puertas si llegas tarde —repuso Zhang Chen, con un dejo de autodesprecio, como si algo le viniera a la memoria.

Cheng Sheng bajó la mirada sin decir palabra, consciente de haber metido la pata otra vez.

Pero a Zhang Chen no le afectaban ese tipo de comentarios. Podías señalarle la nariz y llamarlo cabrón, y tampoco le importaría, mucho menos una observación dicha sin mala intención. Echó un vistazo a Cheng Sheng y, de pronto, dijo:

—Te llevas bien con él.

Lo dijo con aire despreocupado, como si fuera una afirmación lanzada al azar, sin mostrar el menor interés en la relación entre los dos.

Pero Zhang Chen seguía sin tomar la lata de cerveza que Cheng Sheng le había ofrecido, y era imposible que este no empezara a hacerse ideas. Le lanzó una mirada furtiva, solo para ver cómo la nuez de su garganta se movía levemente. Sus oscuras pestañas estaban bajas, y lo que pensaba en ese momento era un misterio absoluto.

No estaban ni demasiado cerca ni demasiado lejos, pero la atmósfera entre ellos siempre era espesa, casi pegajosa. Uno hablaba y el otro respondía, pero las respuestas parecían tener siempre un significado oculto. Uno creía mirar en secreto, pero el otro, aunque fingiera no verlo, notaba la mirada enseguida, y acababa devolviéndole una breve ojeada, apenas perceptible, hasta que el primero se apresuraba a apartar los ojos con torpeza. Entonces, satisfecho, el segundo volvía a recostarse en el sofá.

¿Debería aprovechar lo delicado del momento para cruzar esa línea, tantear el terreno? Cheng Sheng aún no lo tenía claro, pero su cuerpo se adelantó al pensamiento: la mano con la que sostenía la lata tembló de pronto, incontrolable, y la cerveza negra burbujeante se desbordó de golpe, como una cascada, cayendo sobre la clavícula, el pecho y la camiseta de Zhang Chen.

—¡Perdón! ¡Perdón!

Hasta el propio Cheng Sheng se sobresaltó. Con un brinco nervioso dejó caer la lata sobre la mesa de centro y, con torpes prisas, arrancó varias servilletas del dispensador, amontonándolas una tras otra sobre la camiseta empapada de Zhang Chen. Mientras lo secaba, observaba con cautela su reacción, solo para descubrir que lo único que hizo fue fruncir ligeramente el ceño. Tenía los labios apretados, sin decir una palabra.

Zhang Chen, empapado por aquel desastre que le había caído de la nada, ni siquiera tuvo fuerzas para enfadarse. Miró su camiseta blanca, ahora teñida del color de la cerveza, y luego a Cheng Sheng, que prácticamente se le había echado encima. Alzó una mano y tocó la piel fría y mojada de su clavícula, sintiendo el frescor del líquido. Por dentro, casi se echó a reír de lo absurdo que era todo. Jamás imaginó que Cheng Sheng, con veintiocho años, todavía pudiera hacer algo tan ridículo.

Pero cuando uno se enfrenta a lo absurdo, solo queda responder con algo aún más absurdo. Por eso, lejos de mostrar molestia, Zhang Chen permaneció sentado tranquilamente en el sofá, dejando que Cheng Sheng lo limpiara a su antojo, sin decir nada.

Esa reacción dejó a Cheng Sheng, que seguía inclinado sobre él limpiando la cerveza, con el corazón en un puño. Sintió que algo estaba a punto de salir mal, pero al mismo tiempo pensó que desaprovechar una oportunidad como esa sería imperdonable. Así que, mientras pasaba las servilletas, dejó caer la mano sobre la clavícula mojada de Zhang Chen y, fingiendo un tono neutral, como si solo fuera un comentario casual, rozó la pequeña parte del tatuaje que se asomaba y preguntó:

—¿En tu empresa permiten tatuajes?

—Normalmente nadie me baja el cuello de la camiseta para mirarlos como tú —respondió Zhang Chen.

Cheng Sheng soltó una risita seca y le acomodó el cuello hacia arriba con torpeza. Luego propuso:

—¿Por qué no te das una ducha aquí? Te busco una camiseta más grande, lavo esta, y mañana por la mañana, cuando esté seca, te la llevas de vuelta…

—Cheng Sheng —lo interrumpió Zhang Chen—. Me voy a quedar aquí esta noche y me iré mañana por la mañana. Pero por favor, deja de intentar más cosas.

Esa advertencia repentina hizo que a Cheng Sheng, ya bastante tenso, le recorriera un sudor frío por la espalda. Soltó un incómodo «ah», y sus manos se detuvieron poco a poco. Se apartó de encima de Zhang Chen y, con torpeza, volvió a sentarse en su sitio.

—Solo quería pasar un rato más contigo, no tenía otras intenciones. Además, llevamos diez años sin vernos, aunque sea como viejos amigos, deberíamos ponernos al día… —murmuró. Su voz era tan baja y el tono tan apagado, que parecía hablar consigo mismo. Zhang Chen no alcanzó a entender bien qué decía, solo lo oyó balbucear algunas palabras.

A la hora de dormir, terminaron acostándose juntos en la amplia cama doble del dormitorio de Cheng Sheng, como si fuera lo más natural del mundo. Cheng Sheng se duchó primero y, luego estuvo en la habitación acomodando las sábanas y buscando ropa. Después de revolver todo un rato, encontró por fin un pijama grande que había comprado un par de años antes. Lo colgó del picaporte del baño para que Zhang Chen lo usara al salir de la ducha.

Después de hacer todo eso, Cheng Sheng se comenzó a sentir muy nervioso. Volvió a la cama y se recostó, al principio desabrochándose los dos primeros botones del pijama, pero luego pensó que se veía demasiado intencionado. Avergonzado, volvió a abrochárselos. Al final, con el pijama perfectamente puesto, se quedó apoyado contra el cabecero, mirando al vacío.

Poco después, se oyó un clic: la puerta del baño se abrió. Zhang Chen salió envuelto en el pijama grande de Cheng Sheng, con una toalla colgada al cuello y todo el cuerpo cubierto por una fina capa de vapor húmedo. El cabello, aún mojado, parecía más negro que nunca.

Cheng Sheng alzó la mirada de forma instintiva al escuchar el sonido de la puerta y lo observó. Notó que Zhang Chen, desde sus diecisiete o dieciocho años, había ganado algo de musculatura –probablemente de jugar al baloncesto en su tiempo libre con sus compañeros–, aunque vestido aún conservaba una apariencia delgada. No era hasta que uno lo veía con menos ropa que se notaba lo definido de su cuerpo: firme, sin exageraciones, ni demasiado fuerte ni demasiado flaco. Justo en el punto.

Pero Cheng Sheng solo le echó un par de miradas antes de girar la cabeza hacia otro lado. En la cama se hizo instintivamente a un lado, dejando un buen espacio libre, como si temiera que cualquier roce accidental con Zhang Chen pudiera desencadenar algo.

Zhang Chen, por su parte, ya se había dado cuenta de lo que rondaba por su mente, pero lo tomó con total naturalidad, sin ver nada extraño en que durmieran juntos. Se recostó tranquilamente en la cama y, soltando un simple «me voy a dormir», no dijo nada más.

¿De verdad se había dormido? Cheng Sheng se incorporó sigilosamente para mirar, y lo vio de espaldas, igual que aquella primera vez que se habían encontrado. Su respiración era suave y constante, tan tenue que no podía saber si estaba dormido de verdad o solo fingía.

Al no recibir respuesta, Cheng Sheng se sintió un poco decepcionado. Se recostó de nuevo, despacio, mirando fijamente el techo oscuro. Y sin saber si le hablaba al aire o a Zhang Chen, murmuró:

—¿De verdad estás dormido?

La persona a su lado no hacía el más mínimo sonido, casi ni siquiera se le oía respirar.

Cheng Sheng se frotó los ojos y, por segunda vez, se incorporó en silencio. Con sumo cuidado se acercó a Zhang Chen, lo tocó en el hombro con un leve gesto, casi simbólico, y volvió a preguntar en un susurro:

—Zhang Chen, ¿estás dormido?

Seguía sin recibir respuesta. Probablemente sí se había dormido de verdad. Cheng Sheng se envalentonó un poco más, colocó una mano sobre su brazo y formuló en voz baja la pregunta que siempre había querido preguntar:

—¿Me odias mucho?

La noche estaba en silencio. La pregunta lanzada fue como arrojar una piedra al agua: apenas levantó unas ondas en su propio corazón y, en pocos segundos, se hundió hasta el fondo. La respuesta verdadera era imposible de conocer.

—Tienes todo el derecho a odiarme. Yo también me odio —murmuró, acariciando una y otra vez el brazo de Zhang Chen—. ¿Sabes? Todos estos años me he arrepentido de no haberte dejado todo el dinero que llevaba encima antes de irme. Sé que no querías aceptar el dinero de la abuela, porque tu mamá…

Al llegar a este punto, Cheng Sheng se estremeció. Aún no tenía el valor para enfrentar ese asunto de frente. Pero enseguida, tras carraspear, cambió de tema con naturalidad, desviándose hacia algo más fácil de decir:

—Pero conmigo es distinto. Lo nuestro, hicimos lo que hicimos. Si lo piensas, casi que podríamos contarnos como una sola persona, ¿no? ¿Qué sentido tenía andar con distinciones entre nosotros? Si hubiera pensado un poco más en tu situación y te hubiera dejado el dinero, tal vez lo que vino después no habría sido tan difícil para ti.

La respiración a su lado seguía igual de ligera, como si ninguna confesión de Cheng Sheng tuviera que ver ya con esa persona.

Pero Cheng Sheng no se detuvo. Se fue acercando poco a poco, hasta que su pecho casi rozó la espalda de Zhang Chen. En un susurro, dijo:

—Lo siento, Zhang Chen. Lo siento. Soy un cobarde. Nunca me atreví a decirte estas palabras.

Cheng Sheng volvió a susurrar un par de veces el nombre de Zhang Chen, pero a su lado no hubo ninguna respuesta. Sin embargo, ese olor familiar seguía flotando a su alrededor, persistente, sin disiparse. Con la mente cada vez más dispersa, Cheng Sheng se dio la vuelta, dándole la espalda a Zhang Chen. Una mano bajó y buscó la de él, forzando sus cinco dedos a encajar entre los de Zhang Chen. Con la otra, se deslizó en silencio dentro de su pantalón de dormir; apenas tocó su miembro, empezó a masturbarse con urgencia.

Hacía ya mucho que no se tocaba. Ni siquiera cuando sus amigos lo arrastraban a ver películas había sentido el menor interés. Encima, su vieja dolencia se había agravado, y por más que intentara estimularse, la sensación era como masticar goma cruda. Se sentía como si hubiese dado un paso anticipado hacia la vejez.

Pero hoy era distinto. Cheng Sheng estaba en un grado de inmersión que jamás había sentido. El Zhang Chen dormido parecía ser su afrodisíaco; bastaba con que le rozara la palma helada para que la otra mano, que se movía con frenesí, redoblara su velocidad. Al final, el placer lo comprimía hasta hacerle encorvar el cuerpo, y ni apretando los dientes lograba contener los jadeos que se le atascaban en la garganta.

Sujetar aquella mano ya no le era suficiente. La lujuria, demasiado antigua y contenida en su interior, llevaba años fermentando, enredada en capas de secretos, hasta volverse tan pesada que ya no podía dominarla. Era como un marinero perdido, que a pesar de tener el timón no sabía a dónde dirigir la nave; sólo podía cerrar los ojos, apretar las piernas y dejarse mecer sin rumbo entre aquella gran úlcera en su corazón y el mar del deseo.

No pasó mucho antes de que Cheng Sheng se atreviera a más: deslizó la mano bajo el pijama de Zhang Chen. Pero temiendo despertarlo, solo se permitió acariciar con las yemas de los dedos. Al llegar a sus abdominales, no pudo contenerse y lo tocó un par de veces más con descaro. Ese contacto terminó de borrar todo rastro de cordura. De pronto fue plenamente consciente de que el que yacía a su lado ya no era solo aquel chico del pasado, sino un hombre. Su cuerpo, ya encendido, ardía con más fuerza,  y su mano, inquieta, se deslizó aún más abajo.

Pero de pronto, otra mano le sujetó la suya con fuerza. Antes de que pudiera reaccionar, ya sentía un pecho apoyado contra su espalda. El cuerpo siempre responde más rápido que la mente, y en ese instante, más de la mitad del suyo se enfrió de golpe. Lo que unos segundos antes estaba erguido, se encogió tímidamente.

Zhang Chen se había acercado por detrás, sujetándole la muñeca. Le preguntó:

—¿Tienes alguna afición especial por masturbarte tocando a otros?

Cheng Sheng, con los ojos cerrados, se hizo a un lado, hacia el borde de la cama, sin decir una palabra, evaluando en su cabeza qué tan factible sería cubrirse la cabeza con la sábana y escapar de su propia casa.

—Ven acá. —La persona a su espalda lo jaló hacia sí. Pasó ambas manos por su cintura, y con facilidad apartó la ropa interior que tenía en la entrepierna, sujetando su miembro sin rodeos—. Yo te masturbo.

Al notar que Cheng Sheng se quedaba tieso como un muerto, Zhang Chen volvió a hablar:

—¿No somos amigos? Entre amigos, hacerse una paja es normal.

¿En qué mundo sería eso normal?, pensó Cheng Sheng con desesperación, pero su cuerpo era mucho más honesto que su cabeza: apenas le habían acariciado un par de veces cuando empezó a temblar sin control.

Zhang Chen era más hábil que él. Con una mano agarraba el miembro de Cheng Sheng moviéndola arriba y abajo, produciendo un sonido húmedo y pegajoso, mientras con la palma de la otra presionaba la punta, frotando con destreza.

Cheng Sheng se mordió el labio y dejó escapar un gemido, arqueando la cintura como queriendo escapar. Pero Zhang Chen no se lo permitió; sus dos brazos presionaban firmemente sus caderas, haciendo que incluso el más mínimo intento de liberarse fuera difícil.

—En la universidad, muchos chicos también se masturbaban entre ellos —dijo Zhang Chen, rodeando la cintura de Cheng Sheng por detrás—. Por la noche las camas se movían como locas, todos sabíamos lo que pasaba. Esto que hacemos no es nada.

—¿Entonces tú también lo hiciste con otros? —Cheng Sheng cerró los ojos, dejando que Zhang Chen lo inmovilizara, su espalda apretada contra su pecho, sin intentar huir más.

—Estaba muy ocupado, casi no dormía en el dormitorio, y no tenía mucha relación con mis compañeros. —Zhang Chen retiró la mano que había estado frotando la punta. La deslizó por el vientre de Cheng Sheng, subiendo por sus costillas hasta detenerse en su pecho, donde pellizcó con fuerza esos dos puntos sensibles.

Cheng Sheng aspiró bruscamente, apretando sus delgadas piernas como varas de bambú para encajarse contra Zhang Chen. Con los dientes apretados, preguntó:

—¿Entonces tú también te masturbabas?

—A veces. Pero casi no.

—¿Y cuando lo hacías en quién pensabas?

Por fin se había atrevido a preguntar. Cheng Sheng cerró los ojos y se encorvó, apretándose contra su pecho, no solo sin huir, sino frotándo aún más la cadera contra él. Con la voz entrecortada, volvió a preguntar:

—Cuando lo hacías, ¿en quién pensabas?

Apenas terminó, Cheng Sheng sintió que Zhang Chen de repente apretaba con fuerza, sus dos manos agarrando su miembro sin la menor delicadeza, estrujando y frotando como castigo por haber hecho una pregunta que no debía. 

—Déjame darme la vuelta, quiero mirarte a la cara. —Cheng Sheng estaba adolorido por la presión. El placer que lo había embargado hasta hacía un momento, se había transformado por completo en una punzante y cruda sensación de dolor.

Zhang Chen no le permitió darse la vuelta. Apretó aún más la mano que subía y bajaba por su miembro, con fuerza y rapidez.

Cheng Sheng estaba al borde del colapso. No sabía si lo que sentía era placer o dolor. Gemía en voz baja, el cuerpo estremeciéndose mientras se retorcía sobre las sábanas. Pero si se movía demasiado, el dolor volvía con más intensidad. Zhang Chen lo sujetaba por los costados, justo en las costillas, dejando marcas rojas con cada apretón. Luego le quitó la ropa interior, que había quedado enredada en sus tobillos, y la arrojó al suelo junto a la cama. Con ambas manos le sostuvo las rodillas y, de un tirón, le abrió las piernas resbaladizas.

Cheng Sheng soltó un quejido de dolor, intentó con ambas manos atrapar las de Zhang Chen, que seguían abusando de su cuerpo, y le suplicó con desesperación:

—Déjame darme la vuelta, quiero mirarte a la cara.

Lo único que recibió como respuesta fue una punzada brutal. La rodilla de Zhang Chen presionó la línea entre sus glúteos y empujó hacia adelante. Cheng Sheng gritó de dolor al instante:

—¡Duele!

Después de su grito, Zhang Chen dejó de empujar. Tal como Cheng Sheng había pedido, lo dio vuelta. Acto seguido, con la vista nublada, Cheng Sheng alcanzó a ver con claridad el rostro de Zhang Chen en la penumbra.

Su expresión no era muy distinta a la de siempre, como si no sintiera ningún deseo por él. Solo la línea de su mandíbula estaba tensa. Cheng Sheng lo vio bajar las pestañas y fijarse en sus labios con esos ojos oscuros, luego alzar la mirada para mirarlo directamente a los ojos. No dijo nada. Solo lo miraba.

Sostener una mirada así exigía mucho. Cheng Sheng tenía la conciencia intranquila y se sentía culpable, temía esos ojos capaces de ver a través de él, temía que lo poco que guardaba en su interior quedara desnudo ante esa mirada. Por eso, cerró los ojos, se acercó a tientas con un leve temblor y, guiándose por el tacto, apoyó su mano limpia en el rostro de Zhang Chen, acariciando poco a poco su piel, intentando aliviar la tensión de su expresión. La otra mano la apoyó con cautela sobre su clavícula, y fue deslizándola por su piel: le recorrió el pecho, el vientre, y se metió dentro de su ropa interior. Sin pedir permiso, le sujetó con fuerza entre las piernas y empezó a acariciarlo.

No le alcanzaba con una mano. Cheng Sheng quiso retirar la que tenía en su rostro, pero le costaba separarse de ese contacto. Al final, sin más opción, lo miró con tristeza y le dijo con voz queda:

—Tócame tú, ahora estoy muy caliente.

Y Zhang Chen de verdad extendió la mano y comenzó a acariciarlo, desde la clavícula hasta lo más profundo, para luego volver al frente, envolverle el miembro y mover la mano con rapidez.

Zhang Chen siempre tenía la temperatura corporal baja y sus manos estaban increíblemente frías. Pero al tocarlas, Cheng Sheng sentía que él mismo ardía cada vez más. Incapaz de contenerse, se acercó un poco más, haciendo que sus miembros se rozaran entre sí.

Zhang Chen bajó la mirada y al parecer le pareció interesante. Con un brazo atrajo a Cheng Sheng hacia su pecho, y con la otra mano, todavía helada, sujetó sus miembros juntos, haciéndolos frotarse lentamente uno contra el otro.

Cheng Sheng jadeó pesadamente y llevó su mano hacia abajo, cubriendo también los dos sexos que se rozaban. Su palma se posó sobre la de Zhang Chen, siguiendo el ritmo de sus movimientos. 

No tardaron en cubrirse de humedad, los fluidos mezclados, sin distinguirse de quién era cuál, como si todo perteneciera a un solo cuerpo. 

Esta vez, Cheng Sheng notó claramente que el cuerpo de Zhang Chen se iba calentando poco a poco, al menos ya no helaba como antes. Aumentó la presión en sus manos, mientras se encajaba con insistencia contra el pecho de Zhang Chen, gimiendo varias veces, entrecerrando los ojos para mirarlo y jadeando exageradamente, a propósito. 

Zhang Chen lo miró con esa actitud algo irritante y provocadora, sin detener el movimiento de fricción. Pero con una mano bajó y, ayudándose con la rodilla, le abrió las piernas a Cheng Sheng hasta el límite.

Cheng Sheng soltó un grito de dolor, pero Zhang Chen lo detuvo de inmediato.

—No grites.

Cheng Sheng cerró la boca, aunque no pudo contener la respiración agitada que se le escapaba en oleadas desde la garganta. El dolor y el placer se encendieron juntos dentro de él, como fuegos artificiales estallando a toda velocidad en su cabeza. Pegado al cuerpo de Zhang Chen, temblaba como una hoja.

El roce abajo se volvió cada vez más intenso, hasta que Cheng Sheng sintió que Zhang Chen casi lo partía en dos de tan fuerte que lo apretaba. En ese instante pensó que tal vez Zhang Chen lo odiaba profundamente, y justo en ese pensamiento –chas– acabó sin previo aviso.

Se quedó sin fuerzas, el cuerpo completamente flojo, los brazos colgando a los lados sin energía. Se esforzó por girar la cabeza para mirarlo y se dio cuenta de que Zhang Chen aún no había terminado, pero sus manos ya no se movían, sino que descansaban sin intención al borde de la cama.

Su expresión seguía igual que antes, sin revelar en qué estaba pensando ni qué era lo que realmente quería.

Cheng Sheng extendió la mano con dificultad para tocar el muslo de Zhang Chen, con la intención de ayudarlo a terminar.

Pero Zhang Chen bloqueó su mano con naturalidad, y en cambio le enganchó la barbilla con el dedo índice, mientras lo sostenía por la cintura con la otra mano y lo atraía hacia sí. Cuando vio la expresión absorta y enamorada de Cheng Sheng, Zhang Chen sonrió sin previo aviso.

La habitación estaba oscura, ni una luz encendida, y esa sonrisa se escondía entre las sombras, apenas visible. Cheng Sheng se quedó paralizado y, alentado, rodeó su cuello con los brazos, intentando acercarse para besarlo.

Pero al segundo siguiente, Zhang Chen lo apartó suavemente de su rostro y, sin decir palabra, se puso la bata que Cheng Sheng le había dado, se bajó de la cama y se dirigió al baño.

Entonces Cheng Sheng despertó por completo. Se incorporó de un salto, tocó sus mejillas húmedas y calientes, miró hacia abajo, hacia su miembro flácido, se dio una bofetada y luego se cubrió el rostro. Se quedó sentado en la cama empapada por el sudor de ambos, perdido en sus pensamientos.

Cinco minutos después, el sonido del agua cayendo empezó en el baño. Cheng Sheng, sin ponerse la ropa, descalzo, se acercó silenciosamente a la puerta y escuchó el ruido constante del agua.

No se oía el ruido del calentador: Zhang Chen se estaba bañando con agua fría. 

Cheng Sheng fue entonces a la sala, recogió la camisa que había mojado con vino a propósito y, llevándola al balcón, la tiró con cierta tristeza a la lavadora. Después de pensarlo un momento, echó también la ropa limpia que acababa de tender. Así, al menos, tendrían el mismo olor.

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