Capítulo 45. ¿Me odias?

Zhang Chen había estado en muchas ciudades, gracias a una época de giras intensas con su banda. Como fuera de Pekín casi no tenían público, sus conciertos en otras ciudades apenas generaban ingresos. Así que él, con total libertad, programó las giras en lugares remotos: de las grandes urbes al Noroeste, siguiendo una ruta marcada por desiertos, lagos salinos y estepas de piedra. Todo muy natural, todo muy inhumano.

Había visto muchas maravillas. Desde que vino al mundo, albergaba en sus ojos aquellas duras construcciones de estilo soviético: edificios y chimeneas industriales que escupían humo sin cesar, con un ímpetu tan desbordante como el de adolescentes reprimidos liberando de golpe todas sus hormonas. Luego, presenció cambios igual de vertiginosos: en apenas cuatro años, vio cómo los edificios gubernamentales de la capital provincial pasaban de tres a quince pisos. Fue testigo de una obra que se derrumbó por haber escatimado en materiales, observó en las pantallas de la estación de trenes cómo los anuncios de personas desaparecidas y las promociones comerciales giraban a toda velocidad. Y más tarde, lo que encontró fueron rascacielos tan altos como columnas que sostenían el cielo. Pero él era de hueso duro. Tenía ese temperamento rebelde, esa necesidad de ir siempre a contrapelo: cuanto más alto era el rascacielos, más le picaba el deseo de escalarlo. Había hecho de todo –desde trabajos brutos hasta programar, componer y arreglar música–, y todo se le daba bien. Con el tiempo, incluso logró un upgrade personal: alquilaba estudios de grabación a otros músicos, participaba por su cuenta en competiciones clandestinas de hackers… hasta que un día, en plena batalla digital, el jefe de sistemas lo pilló in fraganti durante una inspección rutinaria de la sala de servidores.

El saltar de una maravilla urbana a otra era, para Zhang Chen, como una migración, una forma de evolución. En cada traslado, comprendió muy pronto una verdad: no hay nada admirable en los pilares que tocan el cielo; lo admirable es quién los construye.

Más adelante entró a su primera empresa. Era una compañía grande, el sueldo que ofrecían estaba muy por encima del promedio del sector en esa época, y el cargo –ingeniero– sonaba prestigioso, casi deslumbrante.

Aquello hizo que su padre, Zhang Licheng, llegara casi a odiarlo hasta los huesos. Lo odiaba por haber deshonrado a la familia metiéndose con un hombre; lo odiaba por atreverse a hacer música cuando apenas tenía qué comer o vestir; pero, sobre todo, lo odiaba por haber tenido éxito, por haber volado mucho más lejos de lo que él había planeado para su hijo: una vida en la línea de ensamblaje de una fábrica, colocando piezas día tras día.

Sin embargo, Zhang Chen a menudo sentía que su trabajo no era diferente al de aquellos en la fábrica. Uno colocaba piezas, él tecleaba frente a una pantalla. Trabajo repetitivo, desgaste personal, sin escape.

Cuando aún trabajaba en el área de backend, la rutina diaria de Zhang Chen consistía en asistir a reuniones caóticas con los compañeros de frontend y de producto, volver luego a su puesto para programar y hacer pruebas en solitario, revisar el código de otros, consultar noticias del sector en internet, leer algunos artículos técnicos que le despertaran interés y, después, seguir programando y depurando.

Al volver a casa tras la jornada, Zhang Chen se preparaba cualquier cosa para cenar: fideos instantáneos o carne salteada con pimientos verdes. Luego bebía algo –vino tinto o cerveza artesanal– y regresaba al estudio a buscar inspiración para escribir canciones. Las componía a mano, todas en papel pautado; cuando terminaba, como de costumbre, codificaba cada partitura en la esquina superior de la hoja y la lanzaba dentro de una caja. Por último, apagaba la luz y se dormía solo, envuelto en la oscuridad. En sus ratos libres, Zhang Chen solía jugar al baloncesto con los compañeros del departamento de seguridad informática. En los demás departamentos no era más que «Zhang Chen», pero en seguridad informática era «el profesor Zhang». Allí, sus colegas lo mencionaban con orgullo y solían decir que los dos mejores en todo el campo de ciberseguridad dentro de la empresa eran: el jefe del departamento, con su oficina de lujo, y Zhang Chen, ese músico apartado que vivía entre partituras.

Pero Zhang Chen evitaba mencionar su relación con el mundo de la ciberseguridad. Fuera de su antigua empresa y del sector, nadie lo conocía, y jamás incluyó esos logros brillantes en su currículum.

En esa empresa anterior, también había intrigas ocasionales, pero en los tres departamentos por los que pasó, la mayoría de sus compañeros del mismo rango eran jóvenes bastante decentes. Uno de los más interesantes era un colega de Taipéi, cuya forma de hablar era muy distinta a la de los demás. A lo que ellos hacían, él lo llamaba «ingeniería de softuér»[1]. Ese nombre alternativo despertó algo en Zhang Chen, que comentó al instante:

—Somos como animales blandos, ¿no? Podemos moldearnos según el entorno.

El compañero de Taipéi fingió darle un manotazo.

—¡No ese «soft»! ¡Me refiero al software, no a los moluscos!

Los colegas alrededor estallaron en carcajadas.

La segunda empresa en la que trabajó Zhang Chen fue la compañía tecnológica fundada por Cheng Sheng. Estaba en el octavo piso de un edificio de oficinas, con un diseño interior sobrio y un gran presupuesto invertido en hardware. Gracias a los contactos de Cheng Sheng, casi todos los empleados venían recomendados por amigos o eran excompañeros de estudios: un grupo lleno de aires de élite, brillantes y bien conectados, todos con un sólido respaldo familiar, salvo Zhang Chen.

La empresa estaba siempre llena de actividad. En todo el edificio resonaba el tecleo constante, y todos llevaban las mismas ojeras profundas. Zhang Chen acababa de incorporarse, pero como Cheng Sheng solía darle un trato especial, tenía que acompañarlo con frecuencia en viajes de negocios, volando por todo el país para negociar contratos con diversas instituciones y plataformas. Aunque el trabajo en sí era monótono y tedioso, ver a alguien como Cheng Sheng –tan orgulloso– tener que agachar la cabeza y fingir humildad, le resultaba bastante entretenido.

De vuelta en la oficina tras cada viaje, los compañeros solían organizar pequeñas parties en el lobby durante su tiempo libre. Hablaban de algoritmos, de anécdotas de cuando estudiaban en el extranjero, de sus universidades, de los genios que conocían, de resultados y méritos. Todo era una competencia soterrada, nadie quería quedarse atrás, nadie estaba dispuesto a ceder.

Zhang Chen fue hasta la nevera por un refresco de naranja. Al pasar junto al grupo, alcanzó a oír un par de frases sueltas. Ya de vuelta en su escritorio, echó sin querer una mirada a la pantalla del compañero de algoritmos sentado a su lado. Al recordar la charla inflada de hacía un momento, no pudo evitar soltar un resoplido burlón: realmente no era para tanto.

Zhang Chen casi nunca se quedaba a hacer horas extra con sus compañeros. Tenía una eficiencia de trabajo altísima, y la carga no era especialmente pesada. Tal como Cheng Sheng había prometido, no se trabajaba fuera de horario. Durante su primer mes en la empresa, salvo por los viajes, siempre entraba y salía a tiempo. De vez en cuando usaba el gimnasio en la planta baja o se sentaba en una cafetería cercana a escribir canciones.

Hoy, siguiendo su antigua costumbre, se instaló en su cafetería habitual para revisar unos artículos sobre técnicas de digitación en guitarra, y de paso esperar a la persona con la que había quedado.

Pasados unos veinte minutos, apareció de pronto, al otro lado del ventanal, un hombre con polo y gafas negras. Al ver a Zhang Chen, le hizo señas con entusiasmo desde afuera.

Zhang Chen lo miró de reojo y, con un gesto despreocupado, le indicó que entrara de una vez.

—¡Zhang Chen! —El hombre de gafas negros entró con aspecto cansado y polvoriento desde la calle, y se dejó caer en la silla frente a él con un plof. Apenas se sentó, le soltó sin miramientos—: ¿Cómo puedes ser tan frío con tu hermano? Me costó un montón sacar tiempo para venir a verte.

—Te pedí algo para tomar. —Zhang Chen le pasó el vaso de té con limón que acababa de pedir, apoyó la barbilla en la mano y sonrió—. ¿Frío contigo? Si tú y yo somos uña y carne.

El otro soltó una risa ronca, tomó el vaso y le dio un gran sorbo para calmar la sed. Luego bajó la cabeza, sacó una carpeta del bolso y, mientras negaba con la cabeza, se la pasó a Zhang Chen.

—Esto lo conseguí moviendo algunos contactos. No hay nada. Te lo digo en serio, mejor déjalo ya.

Al ver cómo se desdibujaba la sonrisa de Zhang Chen, se apresuró a decir:

—Aquella época no es como ahora. ¿Te imaginas cuánta gente se movía cada año por Guangdong en los noventa? No había cámaras, ni registros, ni nada. ¡Estás perdiendo el tiempo y en algún momento vas a tener que soltarlo!

Zhang Chen no hojeó el fajo de documentos frente a él. En silencio, giró la cabeza hacia la ventana. El café americano helado que tenía delante seguía intacto. Justo cuando el hombre al otro lado comenzaba a impacientarse esperando su respuesta, Zhang Chen volvió a mirarlo, apoyó la barbilla en la mano y, con seriedad, le dijo:

—Mejor no me ayudes más. Déjamelo a mí.

Su interlocutor se alteró de verdad. Se levantó de golpe, la voz subió un par de tonos.

—¿Y esto es cuestión de ayudar o no ayudar? ¡Esto no tiene salida! ¡Está clarísimo que no vas a conseguir nada! ¡Dime, ¿a quién te pareces tú?! ¿A tu madre o a tu padre? ¡¿Cómo puedes ser tan terco?!

Apenas terminó de decirlo, ya se estaba arrepintiendo. Los padres de Zhang Chen eran un tema intocable. Nadie quería que una conversación acabara mal por culpa de ese enredo familiar. El periodista se sentó de nuevo, giró la cara con fastidio, con esa expresión incómoda de quien quiere disculparse pero no encuentra las palabras.

Zhang Chen, al otro lado, no mostró ninguna reacción. No le molestaba que mencionaran a sus padres. Reclinándose en la silla, respondió con tranquilidad, como si nada:

—A mi madre. No solo me parezco a ella físicamente, también en carácter. Una vez que decide algo, nadie puede detenerla. Cuando tomó la decisión de irse, ni siquiera me llevó con ella. Me dejó aquí, solo.

El periodista bajó la cabeza sin decir nada. Instintivamente extendió la mano y le dio unas palmaditas a Zhang Chen en la suya. Murmuró con voz apagada:

—No me refería a eso, solo quería decir que esto no tiene nada que ver contigo. ¿Por qué te empeñas tanto en esto?

—Es mi único amigo. Le hice una promesa. Si no la cumplo, no valgo nada.

El periodista sabía que era imposible convencerlo. Soltó un largo suspiro y, con un aire de frustración, le dio un manotazo en el dorso de la mano. Exclamó con pesar:

—Qué mala suerte la mía. Uno tras otro, todos igual de tercos. Me van a matar.

»Ya, ya, olvídalo. No hablemos más de eso. Si quieres seguir buscando, hazlo. —El periodista alzó su vaso para dar un trago largo. Bebió más de la mitad de un tirón, hasta sentir un frío helado bajándole por la garganta.

—Por cierto, ¿cómo va tu nuevo trabajo…?

Apenas había comenzado la pregunta cuando la mirada del periodista se deslizó sobre Zhang Chen. Notó algo extraño, se ajustó las gafas sobre el puente de la nariz y, entornando los ojos, miró hacia la mesa en diagonal, al fondo de la cafetería. Le dio un golpe firme en el brazo a Zhang Chen y, bajando la voz, dijo:

—En la mesa de atrás hay alguien muy raro. Lleva rato mirándonos. ¿Será que habrá oído nuestra discusión?

»¡Espera! Creo que lo conozco. Antes entrevisté a su padre, vi su foto cuando hacía la investigación de antecedentes…

—¿Qué?

Zhang Chen, con el vaso de vidrio en la mano, giró la cabeza para mirar. Justo entonces vio, en una mesa del rincón, dos portátiles abiertos. De espaldas a ellos, un extranjero de rizos que le eran familiares tecleaba mientras que la persona sentada frente a él, con expresión atontada, notó que alguien lo observaba. Rápidamente desvió la mirada. Luego, como si se diera cuenta de que solo girar la cabeza era demasiado obvio, tardíamente se agachó tras la pantalla del portátil, tratando de ocultarse.

—Oh. —Zhang Chen miró de reojo la mitad de una cabeza que sobresalía tras la pantalla—. Es mi nuevo jefe.

El periodista soltó un sorprendido «¿Ah?».

—¿El hijo único de Cheng Ruchun? ¿Él es tu jefe?

Zhang Chen asintió mientras mordía la pajilla de su bebida.

—Es nuestro CEO. El CTO es un extranjero. Hace poco los competidores no paraban de usarlos como blanco en sus campañas.

—¿Así que están emprendiendo? —El periodista echó una mirada interesada hacia Cheng Sheng en el rincón, y luego se inclinó hacia Zhang Chen, bajando la voz—. Pensé que los de su clase, al llegar a cierta edad, solo se dedicaban a heredar el negocio familiar y casarse por conveniencia. Ascenso político y económico, todo en uno.

—Después de tanto tiempo reprimido, supongo que también quiere salir a valerse por sí mismo. —Zhang Chen removió los hielos en su vaso con la pajilla, dibujando círculos. No volvió a mirar a los dos del rincón.

—¿Y su familia lo deja hacer locuras así? —El periodista negó con la cabeza—. Conocí a su padre una vez. Un tipo culto y amable, pero al hablar del hijo era muy estricto. ¿De verdad se queda tranquilo dejándolo salir solo a pelearla?

—Quién sabe. Las familias como la suya no son algo que nosotros podamos entender. —Zhang Chen bajó la cabeza y empezó a empujar con la pajilla un cubo de hielo que flotaba.

El periodista se encogió de hombros.

—También es verdad. Con una mina de oro en casa, aunque pierdan afuera, siempre pueden volver y heredar. ¿Para qué preocuparse como nosotros, los de a pie?

Tras suspirar, le dio unas palmaditas en la mano a Zhang Chen sobre la mesa y le recordó:

—¿Y no vas a saludar a tu jefe? Ya te vio.

—No pasa nada, no estamos en horario de trabajo. —Zhang Chen le mostró al periodista el reloj en su muñeca—. Ya son las nueve de la noche. Me da igual que sea mi jefe.

—Vaya que tienes agallas. Ni caso le haces al jefe. Cuidado y no te la cobre después en silencio. —El periodista negó con la cabeza mientras recogía la mochila del respaldo de la silla. Antes de irse, volvió a recordarle a Zhang Chen—: Sobre lo de antes, si quieres buscar a alguien para que te consiga los documentos, hazlo como quieras. Pero yo ahora estoy hasta el cuello de trabajo, no tengo tiempo para ayudarte. Tú verás cómo te las arreglas.

Zhang Chen le hizo un gesto con la mano desde lejos cuando el periodista llegó a la puerta, y con los labios le dijo en silencio: «Gracias».

El periodista bajó la cabeza con un suspiro, le devolvió un saludo cansado y, solo, empujó la puerta y se adentró en la noche.

Zhang Chen se quedó un rato más sentado en el mismo sitio, bebiendo su café hasta acabar más de la mitad. En algún momento, Lao Fu, que estaba al fondo, se levantó con el portátil en la mano y, al pasar junto a su mesa, se volvió de pronto, sorprendido.

—¿Zhang Chen? ¿También estás aquí tomando algo? Estaba charlando con Cheng Sheng, sentados justo detrás —dijo, señalando hacia el rincón—. No sé por qué, pero él insistió en quedarse un rato más solo. ¿Y tú? ¿Nos vamos juntos?

Zhang Chen negó con la cabeza y señaló el café que aún tenía delante, medio lleno.

—Yo también me quedo un poco más. Me lo termino y ya me voy.

Y así se quedó, casi una hora más. Los clientes fueron saliendo poco a poco, hasta que varias luces del local se apagaron, y el amplio espacio quedó súbitamente sumido en una penumbra tenue.

Al poco, un empleado se acercó discretamente a la mesa de Zhang Chen para recordarle amablemente que estaban por cerrar. Luego siguió caminando hasta la última mesa del rincón, donde también le dijo a Cheng Sheng:

—Disculpe, señor, estamos por cerrar.

El hombre del fondo soltó un simple «oh», ayudó al empleado a colocar los vasos en la bandeja y, tras recoger todo, sorprendentemente volvió a sentarse.

Zhang Chen se levantó, recogió los papeles de la mesa y se colgó la mochila al hombro con un gesto despreocupado. Luego se dirigió al rincón donde estaba Cheng Sheng, se detuvo frente a su mesa y le preguntó, mientras él seguía sentado muy recto:

—Van a cerrar. ¿No te vas?

—Sí, ya me voy —respondió Cheng Sheng, volviendo en sí de pronto. Bajó la cabeza con rapidez y empezó a guardar sus cosas. En esos pocos minutos no volvió a dirigirle la palabra a Zhang Chen.

Afuera ya había oscurecido por completo. Los dos, cargando sus portátiles y documentos, caminaron en silencio por la noche, cruzando varias calles, sin que ninguno mencionara la idea de volver a casa.

Cheng Sheng, que había olvidado su chaqueta en la oficina, solo llevaba una camiseta delgada. El viento nocturno, frío y cortante, le arrancaba escalofríos una y otra vez. Iba frotándose los brazos con las manos en un vaivén constante, intentando entrar en calor.

—La gente de nuestro círculo es así —dijo de pronto Cheng Sheng—. Cuando nos juntamos, sin darnos cuenta empezamos a compararnos, aunque nadie lo haga con mala intención. No te lo tomes a pecho.

Ambos sabían perfectamente a qué se refería. A Zhang Chen, en cambio, le hizo gracia el comentario.

—Yo nunca me lo he tomado a pecho. Eres tú quien lo hace —respondió.

Cheng Sheng bajó la cabeza y murmuró:

—¿Y si lo hago no es porque no quiera que te sientas mal? Nunca he pensado que seas menos que nadie. No importa dónde estés ni con quién te comparen, siempre me has parecido excelente.

De pronto, Zhang Chen se detuvo junto a uno de los árboles de la acera. Se apoyó contra el tronco, sacó una cajetilla de cigarrillos, extrajo uno, lo encendió con destreza y se puso a fumar con total concentración, sin hacer el menor caso a las palabras de confesión que Cheng Sheng había dicho hacía un momento.

Cheng Sheng pensó que tal vez estaba presionando demasiado, que quizás un chiste podría aliviar la tensión. Pero al levantar la vista y mirar a Zhang Chen, lo encontró con la cabeza medio alzada, mirando hacia el cielo nocturno. Entre sus dedos brillaba intermitente la brasa del cigarrillo, y una delgada nube de humo cubría buena parte de su rostro. En sus ojos no había emociones complicadas; probablemente hacía mucho que se había acostumbrado a situaciones como esta.

Cheng Sheng se maldijo en silencio, se acercó y se plantó frente a él. Esta vez no volvió a mencionar nada sobre la empresa, sino que, cambiando de tema, preguntó por lo que había alcanzado a oír en la cafetería:

—¿Aún sigues con lo de antes? Pero si es claro que no es tu responsabilidad…

—Si no lo hago yo, no lo hace nadie —respondió Zhang Chen.

—Lo siento —soltó Cheng Sheng.

Pero ese «lo siento» no sonó tan firme ni tan claro como él había imaginado. Más bien fue como una hoja seca: ligera, sin peso, y antes de tocar el suelo, ya se la había llevado el viento.

—Ven aquí. —Zhang Chen, con un cigarro entre los dedos, de pronto le hizo una seña con la mano.

Cheng Sheng no sabía qué pretendía, pero igual se acercó obedientemente. Justo cuando estaba por abrir la boca para preguntarle qué quería, una punzada repentina le atravesó los ojos: una ráfaga de humo picante le golpeó de frente.

Zhang Chen estaba recostado contra el tronco de un árbol, fumando con aire despreocupado, pero al ver a Cheng Sheng con esa expresión de querer decir algo y no atreverse, no pudo evitar las ganas de burlarse de él. Esperó a que se acercara y, de forma natural, le sopló un anillo de humo directo a los párpados.

El escozor le nubló la cabeza a Cheng Sheng. Tropezó varios pasos hacia atrás y, en cuestión de segundos, unas lágrimas ardientes le brotaron de los ojos. Cubriéndose el rostro, comenzó a toser con fuerza.

Al ver que reaccionaba de forma tan exagerada, Zhang Chen soltó una risita, sacudió las cenizas del cigarro y continuó fumando mientras, apoyado contra el árbol, observaba con gusto el estado lamentable de Cheng Sheng. Comentó con desinterés:

—No has matado a nadie ni provocado un incendio. ¿Por qué te disculpas conmigo?

Frente a él, Cheng Sheng tenía la cara llena de lágrimas por el humo. Torpemente buscó un pañuelo en el bolsillo, pero como no podía abrir los ojos, no lograba sacarlo. Al final, se cubrió la cara con ambas manos y, apretando los dedos contra el rostro, murmuró entre ellos:

—Tú sabes a qué me refiero. Hace tiempo que debí disculparme. Perdón por decirlo tan tarde.

Zhang Chen, que hasta ese momento se divertía viendo el ridículo de Cheng Sheng, dejó de sonreír de golpe. De pronto lo agarró por la manga de la camisa, lo jaló hacia sí sujetándole la muñeca, y con la otra mano le apartó a la fuerza las manos de la cara. Las puntas de sus narices quedaron prácticamente pegadas.

El movimiento repentino de Zhang Chen sobresaltó a Cheng Sheng. Intentó apartar el rostro, pero apenas se movió, Zhang Chen lo sujetó con más fuerza, tirando de él hasta que quedaron aún más cerca, con las puntas de las narices tocándose. El aliento del otro le vibraba junto al oído.

Estaban tan cerca, mirándose, en un tenso silencio. Sus respiraciones se entrelazaban, como intentando arrancar a la fuerza las palabras ocultas del otro. Pero al final, ninguno las pronunció. Solo se aferraron con terquedad a sus miradas, como si con ellas pudieran hacerle entender al otro cuánto dolía.

Las lágrimas que el humo le había provocado aún marcaban el rostro de Cheng Sheng; sus ojos, enrojecidos bajo la luz del farol, daban la impresión de que acababa de llorar, de que estaba terriblemente herido.

Estuvo a punto de decir: «Ya no peleemos, ¿podemos volver a estar bien?», pero Zhang Chen se le adelantó. Soltó su muñeca con naturalidad, dio un paso atrás y rompió así la tensión que estaba a punto de estallar.

Cheng Sheng dio un traspié al retroceder. Antes de que pudiera levantar la cabeza, oyó que Zhang Chen, al frente, decía:

—¿Qué es lo que sé? Habla claro.

—Sé que aquella noche no estabas dormido. Escuchaste todo lo que dije.

—Si tienes algo que decir, dímelo a la cara. No esperes a que esté dormido para hablarme.

Cheng Sheng nunca se había disculpado ni mostrado debilidad ante nadie. Con la cabeza baja, balbuceó:

—Digo que te debo una disculpa… que le debo una disculpa a todos…

Zhang Chen, apoyado contra el árbol, lo observaba: tenía esa actitud de quien, al no poder escapar, solo lograba exprimir palabras a duras penas –como pasta de dientes de un tubo casi vacío–. Alzó una mano para detenerlo:

—Ya basta. No sigas. No sirve de nada.

Y Cheng Sheng realmente dejó de hablar. Pero el remordimiento lo carcomía por dentro y, cubriéndose la cara, preguntó en voz baja:

—¿Estos diez años han sido muy duros para ti?

—No. —Zhang Chen seguía apoyado en el árbol, fumando, sin mirarlo.

—Les pregunté a tus antiguos compañeros. Dijeron que lo tuyo era pura teoría. Jamás pensé que terminarías haciendo algo tan difícil…

Zhang Chen bajó la cabeza, y al escuchar aquello, soltó de pronto una risa cargada de burla hacia sí mismo.

—¿No decías tú que yo era un genio? ¿Por qué no iba a poder dedicarme a la teoría?

—No era eso lo que quise decir. —Cheng Sheng, frustrado, se revolvió el cabello con la mano—. Es solo que este camino es muy duro. No imaginé que elegirías algo así.

—Sí, es duro —dijo Zhang Chen con ligereza, como si hablara de la vida de otra persona—. Por eso ahora ya no lo estoy recorriendo.

Esa indiferencia que se filtraba entre sus palabras entristeció a Cheng Sheng. De pronto le entró el ansia de fumar. Se acercó paso a paso a Zhang Chen y, sin pedir permiso, sacó un cigarro nuevo del paquete. Lo encendió sin decir una palabra y, en medio de la neblina del humo, posó la mano sobre el hombro del otro, acortando así la distancia entre los dos.

—¿Por qué? —le preguntó—. Dices que no sabes soportar el sufrimiento, que solo te importa el dinero. Pero, dime, ¿qué clase de persona así escogería este camino?

La sonrisa se desvaneció del rostro de Zhang Chen. La expresión relajada que había tenido volvió a tensarse. Miró a Cheng Sheng, que se le había acercado demasiado, y solo después de apartarse un poco respondió:

—Todo eso quedó muy atrás. No lo sigas mencionando.

—Vale, vale, no hablo del trabajo. ¿Pero eso de tocar en una banda no fue porque…?

Zhang Chen entendió al instante lo que Cheng Sheng quería preguntar. Lo miró con una expresión que decía «¿estás bromeando?», y respondió:

—Te estás haciendo muchas ideas. Para nada fue por eso.

Cheng Sheng asintió sin insistir, dio varias caladas profundas, y en un instante, el cigarro recién encendido se había consumido hasta dejar solo una colilla quemada. Parpadeó con esfuerzo, aguantando la incomodidad, y cambió de tema:

—Está bien. No voy a seguir incomodándote con tantas preguntas. Pero si en algún momento necesitas algo, lo que sea, dímelo. Haré todo lo que esté en mis manos para ayudarte.

Aquella promesa sonaba bastante arrogante. Zhang Chen se acercó al basurero y, de espaldas a él, tiró la colilla apagada.

—No hay nada en lo que necesite tu ayuda —dijo—. Ahora mismo, soy yo quien te está ayudando a ti.

Cheng Sheng no tuvo nada que responder. Los dos candidatos que había estado preparando para entrevistas últimamente eran, después de todo, recomendaciones de antiguos compañeros de Zhang Chen.

La tensión entre ambos aún flotaba en el aire cuando, de repente, el bolsillo del pantalón de Zhang Chen comenzó a vibrar. Echó un vistazo al identificador de llamadas y, sin considerar necesario alejarse, contestó justo delante de Cheng Sheng.

—¿Hola? ¿Zhang Chen? —La voz de una muchacha fuerte y animada sonó al otro lado apenas se conectó la llamada—. ¿Este fin de semana seguimos ensayando a las ocho de la noche, verdad? Cuando terminemos a las tres de la madrugada, vayamos a comer brochetas a la parrilla frente a mi edificio.

—Hasta las tres es demasiado.  —Zhang Chen, de lado a Cheng Sheng, hablaba pacientemente por teléfono, organizando el ensayo y la grabación—. A la una o las dos ya está bien.

Cheng Sheng escuchaba en silencio, observando con atención la expresión en el rostro de Zhang Chen mientras hablaba. Sus pestañas caían rectas, su tono era estable, sin matices emocionales; era igual con todo el mundo.

Justo antes de colgar, la mujer al otro lado soltó de pronto una larga serie de «buenas noches», y sin esperar respuesta, colgó antes de que Zhang Chen pudiera decir una palabra.

Cheng Sheng conocía bien ese tipo de jugada: se llamaba «confesión unilateral», un desahogo disfrazado de ternura, seguido de una retirada rápida para no darle al otro siquiera la oportunidad de rechazarla.

Guardó silencio durante unos segundos. Vio a Zhang Chen volver a guardar el teléfono celular en el bolsillo, sin intención alguna de marcharse todavía. Entonces habló de pronto:

—Creo que a Qi Yuan le gustas. Se le nota.

—Lo sé. —Zhang Chen se apoyó contra el tronco del árbol, con el rostro tan sereno como siempre.

—¿Y entonces te gusta? ¿Te gustan los hombres o las mujeres?

—No me gusta ella, pero es mi amiga y mi baterista —respondió Zhang Chen.

—Si no te gusta, ¿por qué no la rechazas? —Cheng Sheng parecía algo molesto.

Zhang Chen sabía muy bien por qué estaba así y, al pensar en lo extrañamente parecidos que eran los dos, no pudo evitar encontrar la situación un tanto graciosa.

—Si ella me lo dejara claro, la rechazaría —dijo—. Pero como no quiere hacerlo, no tengo manera de rechazarla.

Dicho esto, dejó de apoyarse en aquel árbol negro como el carbón, sacó un cigarrillo y lo encendió. Luego se volvió y echó a andar hacia el lugar donde habían aparcado, dándole la espalda a Cheng Sheng.

—Amar y querer son emociones con espinas; que pinchen es lo normal. Lo raro sería salir ileso.

Zhang Chen se fue alejando poco a poco, mientras Cheng Sheng seguía parado ahí, como un tonto. Miró su silueta desvanecerse en la oscuridad de la noche y, de pronto, gritó:

—¿Entonces tú también puedes salir herido por el amor o por el cariño?

Al ver que Zhang Chen seguía caminando como si no hubiera oído nada, Cheng Sheng, sin resignarse, volvió a gritarle a su espalda:

—¿Me odias? ¿Alguna vez me has odiado?

—Cheng Sheng, sólo quien se cree muy importante se preocupa por si los demás lo quieren u odian.

Zhang Chen, ya bajo una farola en la distancia, se dio la vuelta de pronto para mirarlo. Pero su expresión quedó oculta en la luz.

—Yo nunca me he tomado tan en serio, así que no me importa si alguien me odia o me quiere. Me da igual. Todo me da igual. No hay nada que valga tanto.

Cheng Sheng quiso seguir preguntando, pero al final de la calle ya no había nadie.

Su única contestación fue una ráfaga de brisa fría, y el eco lejano de los autos pasando y las hojas movidas por el viento: la única respuesta a su disculpa a medias y a su renuencia a rendirse.


[1] 软体 es literalmente “cuerpo blando / flexible de un animal”.

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