Cuando Cheng Sheng llegó a la empresa, Lao Fu estaba trasteando con un robot plateado frente a la puerta.
Apenas sonó el ascensor de ese piso, giró la cabeza en su dirección y, tal como esperaba, vio a Cheng Sheng salir apresurado, con el bolso colgado al hombro y el rostro lleno de ansiedad.
Ese día, Cheng Sheng lucía igual que siempre: un viejo bolso para el portátil, una camisa gris arrugada como papel de periódico hecho bola, dos marcadas ojeras bajo los ojos y el aire desaliñado de quien acaba de despertar y se vino directo a trabajar.
Frank, agachado junto a la pared, le dedicó a Cheng Sheng una sonrisa exagerada mientras lo saludaba con el brazo enganchado al del robot.
—¡Ey, geek! ¡Ponme un nombre!
—¿Y esta cosa qué es? —Cheng Sheng frunció el ceño al mirar al robot de casi un metro de alto—. ¿De dónde sacaste esto?
—Lo armé yo mismo. Lo voy a dejar en la empresa como nuestra mascota —Lao Fu se puso de pie y rodeó con naturalidad los hombros de Cheng Sheng—. ¡Encaja perfecto con nuestra filosofía: la tecnología cambia el mundo!
—Primero veamos cómo conseguimos algo de dinero, si no logramos mover nada, los inversionistas van a querer matarnos. —Cheng Sheng arrojó su bolso sobre su escritorio y, sin detenerse, sacó su cuaderno de trabajo y se dirigió hacia la sala de reuniones.
La enorme sala ya estaba llena. Todos los presentes hojeaban documentos con el ceño fruncido, completamente concentrados. Todos menos Zhang Chen, que estaba tomando café tranquilamente y movía el ratón de vez en cuando con una mano. Era difícil no sospechar que en realidad estuviera jugando.
Cheng Sheng habló durante casi una hora, hasta que se le secó la garganta. Durante el descanso, se apoyó contra la pared para beber un sorbo de agua y, al bajar la vista por casualidad, vio a Zhang Chen sentado con naturalidad en medio de un grupo de colegas que discutían animadamente. Tenía una mano apoyada en la pantalla del portátil, con los dedos golpeándola levemente, casi sin tocarla, mientras con la otra giraba una pluma entre los dedos.
Cheng Sheng se inclinó un poco para mirar en su dirección y vio que, junto a la computadora, había un cuaderno lleno de partituras.
¿Este tipo… estaba componiendo una canción en plena reunión? Cheng Sheng carraspeó y, de pronto, dijo en voz alta:
—Voy a organizar el viaje del próximo mes. Además de Xiao Huang y los demás, también vienes tú, Zhang Chen.
Todos giraron la cabeza al mismo tiempo hacia Zhang Chen, que seguía concentrado escribiendo una melodía. Lo vieron alzar lentamente la vista del fajo de papeles en el que estaba absorto, lanzar una mirada a Cheng Sheng y decir:
—¿Una feria tecnológica y negociaciones de contratos? ¿Qué pinto yo ahí, si solo hago investigación de usuarios?
—No tenemos suficiente personal. Los compañeros de desarrollo y de algoritmos tienen demasiado trabajo; eres el único que puede venir conmigo —dijo Cheng Sheng dando un sorbo de agua.
La respuesta convenció de inmediato a Zhang Chen. Dejó de girar la pluma entre los dedos, miró a Cheng Sheng, que estaba al frente de la sala, y asintió.
—Está bien. Es cierto que desarrollo y algoritmos están ocupados; soy el más adecuado para ir.
El resto del equipo guardó silencio, cada uno centrado en lo suyo, fingiendo no percatarse de la extraña tensión que flotaba entre ambos.
Tras el encuentro, Cheng Sheng no se dio prisa por irse. Se dejó caer en la silla y bebió un sorbo de agua. A mitad del trago, una inquietud comenzó a crecerle en el pecho: lo que había dicho durante la reunión había sonado, sin duda, ambiguo. Lo que quería en realidad era que Zhang Chen lo acompañara en el viaje, sin embargo, al expresarlo en voz alta había parecido que simplemente estaba asignando una tarea a alguien con menos carga de trabajo que el resto.
Los compañeros fueron saliendo poco a poco de la sala, hasta que solo quedó Zhang Chen. Fue el último en levantarse, con un vaso de americano frío en una mano –aún cubierto de gotitas de condensación– y el cuaderno de trabajo bajo el brazo. Al pasar junto a Cheng Sheng, se detuvo un momento y comentó:
—Si vas a discriminar a los que no somos técnicos, al menos no lo digas tan abiertamente. A los demás podría dolerles oírlo.
Cheng Sheng se quedó paralizado durante un segundo. Luego se levantó de golpe, se revolvió el cabello con frustración y exclamó:
—¡Sabes perfectamente que no era eso lo que quería decir!
Apenas terminó de hablar, Cheng Sheng se dio cuenta de que, otra vez, se había convertido en un barril de pólvora a punto de estallar. Las emociones le subieron con demasiada fuerza, casi de manera anormal, como si hubiera regresado a una época en la que no podía controlarse. Se llevó una mano al pecho y respiró hondo, mientras apretaba con fuerza la otra, dejando marcas con las uñas en la palma, como si así pudiera recordarse a sí mismo que debía mantener la calma.
Zhang Chen, que al principio solo pensaba seguir de largo después de su comentario, se detuvo al notar el gesto. Se giró para mirar a Cheng Sheng, que respiraba con dificultad y se llevaba la mano al pecho. Al ver cómo su expresión pasaba de la irritación al desconcierto, los ojos alargados de Zhang Chen se curvaron ligeramente, en algo que no llegaba a ser una sonrisa.
—Solo te estaba molestando. Sé que no lo decías en serio.
Justo después de decirlo, alzó la mano y rozó con los nudillos la mejilla de Cheng Sheng de forma natural. Un contacto frío y repentino se posó en su rostro y él se quedó atónito, sin entender por qué Zhang Chen lo había tocado así. Un segundo después, se oyó un leve clic detrás de ellos y, con ese casi imperceptible sonido de interruptor, la sala de reuniones se sumió en la oscuridad.
—Vuelvo al trabajo. —Zhang Chen había apagado las luces. Le dio una palmadita en el hombro a Cheng Sheng y, con su cuaderno bajo el brazo, salió de la sala.
Cheng Sheng fue al baño a lavarse la cara con agua fría. El lugar estaba vacío; todos sus compañeros seguían fuera, ocupados en discusiones animadas. Por el pasillo se oían voces cargadas de urgencia. Uno de sus subordinados, Xiao Jin, parecía haber descubierto algo y le mostraba un problema sin resolver a Zhang Chen para buscarle una solución.
Apoyado en el lavabo, Cheng Sheng escuchaba el bullicio del exterior mientras maldecía en silencio a Xiao Jin, ese bocazas incapaz de guardar un secreto. Luego tomó unas cuantas toallas de papel y se secó el rostro empapado.
A mitad de todo, recibió la llamada de un inversionista que quería saber en qué se había quemado su dinero durante el último mes. Con los ojos cerrados, Cheng Sheng adoptó un tono humilde y repitió una y otra vez que en la industria tecnológica hay que quemar suficiente capital al principio para poder ganar después. Al final, hasta se permitió tranquilizar al interlocutor:
—No se preocupe, últimamente incluso hay empresas interesadas en comprarnos. Eso demuestra que somos valiosos.
Hablaba con labia impecable, pero, al alzar la vista y encontrarse con su reflejo en el espejo, se quedó bloqueado. Su mirada vaciló y la vertiginosa cadencia de sus palabras se fue frenando.
El hombre del espejo llevaba el cabello hecho un desastre; la camisa y los pantalones lucían arrugados. Su piel ya no era la de un muchacho de diecisiete o dieciocho años: las mejillas empezaban a hundirse ligeramente y las ojeras eran tan profundas que parecían grabadas con un cuchillo empapado en tinta.
Tras colgar la llamada, Cheng Sheng empezó a rebuscar en su bolso, desparramado sobre el lavabo. Tardó casi diez minutos en encontrar el medicamento que había metido a toda prisa esa misma mañana. Sin preocuparse por si el agua del grifo era potable o no, tomó dos pastillas con un sorbo de agua fría directamente del grifo.
Al salir del baño, Cheng Sheng se detuvo un momento en la entrada principal de la empresa. Se puso en cuclillas junto al robot gris que había ensamblado Lao Fu y, acariciando su cabeza helada, dijo:
—Te voy a llamar Alice. Alice, dime, ¿qué quiso decir con eso? ¿Es que, al verme que iba detrás de él como un idiota, decidió tomarme un poco el pelo?
»No, no cuadra. Con los demás siempre es claro: si le gusta alguien o no, se le nota en la cara. ¿Por qué conmigo es con el único que juega? —Le dio unas palmaditas a la cara metálica de Alice y volvió a preguntar—: ¿Será que todavía me guarda rencor? ¿Le parezco poco atractivo ahora, demasiado viejo? ¿Cree que tengo un carácter insoportable? ¿O simplemente le divierte verme así, hecho un lío?
Todavía quería preguntarle algo a Alice cuando, de pronto, de la salida del pasillo apareció Frank, frotándose el pelo y bostezando. Al ver a Cheng Sheng en cuclillas, hablando solo, soltó un «eh» y preguntó:
—¿Qué haces aquí? ¿No vas a volver al trabajo?
—Voy a servirme un americano con hielo y ya regreso. —Cheng Sheng alzó la vista hacia Lao Frank y le señaló la cara del robot—. ¿Qué tal si lo hacemos un poco más complejo? ¿Entrenamos un modelo que pueda interactuar por voz?
—¿Ah? —Frank, que ya se dirigía al área del café, se interesó al escucharlo—. Suena bien, aunque es un poco difícil. Además, con los recursos que tenemos, incluso si lo entrenamos, la precisión sería dudosa.
—Con que pueda hablar desde la entrada ya basta. No es un producto comercial, no necesitamos tanta precisión. —Cheng Sheng se levantó del suelo, se sacudió los pantalones y caminó hacia su escritorio.
—Si es solo por diversión, claro que sí. —Frank, se apoyó en la puerta con su taza en la mano, esperando a que Cheng Sheng tomara la suya para ir juntos al área del café.
El área de los escritorios estaba tan atareada que parecía un caos; apenas se acercó, lo envolvió el incesante tecleo de los teclados.
Cheng Sheng tomó su gran vaso de vidrio de su escritorio y, desde lejos, echó un vistazo hacia donde estaba Zhang Chen. Lo vio conversando con alguien del equipo de Xiao Jin, en el escritorio de al lado.
Esa persona tenía su portátil a un lado y medio cuerpo recostado sobre el escritorio de Zhang Chen, frunciendo el ceño de vez en cuando mientras planteaba dudas. A Zhang Chen no le gustaba tener a la gente tan cerca, así que se había corrido un poco con naturalidad. En ese momento, estaba explicando una compleja idea algorítmica en una hoja, con expresión concentrada. La pluma giraba entre sus dedos largos, a veces se detenía y escribía unas líneas, luego volvía a detenerse.
Al ver a Zhang Chen inclinado, explicando con seriedad su razonamiento, Cheng Sheng recordó sus observaciones de los últimos meses: ya fuera componiendo canciones o escribiendo código, la mayoría de las veces Zhang Chen prefería escribir a mano, haciendo girar su pluma.
¿Por qué le gustaba escribir a mano? Con el vaso en la mano, Cheng Sheng se dirigió hacia la puerta, dándole vueltas a esa pregunta en la cabeza.
Justo cuando pasaba junto al escritorio de Zhang Chen, esos ojos que estaban fijos en el papel se alzaron de pronto y, sin intención aparente, se detuvieron en su rostro por apenas uno o dos segundos, antes de volver a centrarse en la hoja.
Cheng Sheng sintió que la cabeza se le llenaba de confusión. No tenía ni idea de por qué Zhang Chen lo había mirado de repente. Aturdido, siguió caminando con Frank hasta la puerta del área de café. Estaba a punto de sacudir la cabeza para espantar el pensamiento, cuando de pronto una idea se coló en su mente: Zhang Chen tenía la costumbre de escribir a mano porque, claro, de pequeño no podía permitirse una computadora.
—¿Cuándo tuvieron computadora en tu casa? —preguntó de pronto Cheng Sheng.
Frank estaba inclinado sobre el congelador, sacando hielos, y al oír aquella extraña pregunta levantó la vista para mirarlo.
—Siempre hemos tenido. Desde que nací.
—¿Del 78 o el 79? —preguntó Cheng Sheng.
—Más o menos. —Cuanto más miraba Frank a Cheng Sheng, más convencido estaba de que algo andaba raro con él últimamente. Una vez servido el café, se apoyó junto a la mesa y lo observó con atención—. ¿Qué te pasa últimamente? Estás raro. Muy raro.
—No me pasa nada, estoy bien. —Cheng Sheng volvió la cabeza para mirarlo. Captó de inmediato la expresión de desconfianza en el rostro de Frank, así que le dio un par de palmadas en el brazo, fingiendo ligereza—. De verdad, no pasa nada. Vamos, volvamos al trabajo.
Cheng Sheng y Lao Frank salieron del área de café caminando uno al lado del otro, sin tener idea de lo que acababa de ocurrir en el vestíbulo de la empresa.
Justo entonces, varios hombres con uniforme policial irrumpieron por la puerta frente a los ascensores. Tras ellos venía corriendo la recepcionista, sudando y con el rostro lleno de angustia. Daba pequeños pasos apresurados detrás del grupo mientras intentaba detenerlos:
—Compañeros policías, por favor, si necesitan algo, primero hablen conmigo. Tenemos que registrar su ingreso…
Los agentes al frente, con rostros tensos y serios, ignoraron por completo a la pobre recepcionista. Cuando llegaron a las filas de escritorios, el policía que iba en cabeza mostró su identificación y, mirando a la sala llena de oficinistas enfrascados en sus teclados, preguntó en voz firme:
—¿Quién es el responsable aquí?
Todos dejaron de trabajar y se miraron entre sí con desconcierto. Pasó casi un minuto antes de que alguien se atreviera a preguntar en voz baja:
—¿Qué está pasando?
El policía los miró y repitió con firmeza:
—¿Quién es el responsable aquí?
—Pero… ¿qué sucede?
Cheng Sheng, al oír el alboroto desde los escritorios, corrió desde el pasillo con su vaso de americano en la mano. Al ver a los policías, le dio una palmadita a Lao Frank –el extranjero– indicándole con naturalidad que regresara a su puesto, y se acercó él solo al frente.
—Yo soy el responsable. ¿Qué ha pasado?
A pesar del ambiente tenso, Cheng Sheng aún tuvo la calma para echar un vistazo hacia los escritorios. Justo entonces notó que Zhang Chen, que hace un momento conversaba con un compañero, ya había cerrado su portátil. Con la otra mano, sostenía la chaqueta que había dejado sobre el respaldo de la silla, en una postura que parecía lista para salir corriendo en cualquier momento.
—¿Usted es el responsable, verdad? —preguntó el policía que encabezaba el grupo, agitando su credencial delante de Cheng Sheng para asegurarse de que la viera bien—. Una empresa los ha denunciado por acceder de forma forzada a los sistemas internos de otra compañía y robar intencionadamente información comercial confidencial.
No había duda de quién podía estar detrás. Con un golpe seco, Cheng Sheng dejó el vaso de café sobre la mesa. Mientras giraba la cabeza buscando a alguien, preguntó:
—¿Dónde está Xiao Jin? ¿Xiao Jin?
Pero a la mitad de la frase recordó que Xiao Jin le había pedido el día libre ayer para llevar a su madre al hospital. Entonces se apresuró a buscar su computadora:
—¿No se habrá llevado su portátil, verdad?
Zhang Chen reaccionó más rápido que nadie. Mientras todos los demás seguían paralizados, cruzó la sala de inmediato, tomó el portátil de Xiao Jin del escritorio de enfrente y lo llevó directamente hacia los policías.
—Esta es la computadora del jefe de nuestro departamento de seguridad. —Zhang Chen le entregó el portátil a uno de los policías, mirándolo directamente a los ojos—. No se pongan tan serios, colaboraremos con la investigación.
Luego se giró hacia las filas de escritorios, donde sus compañeros seguían en completo silencio. Pensó, con algo de resignación, que en los momentos clave no se podía contar con ninguno. Después miró a Cheng Sheng, que ya tenía la frente empapada de sudor, y de un movimiento rápido lo rodeó con el brazo y lo atrajo hacia sí. Con ese gesto, lo presentó ante los policías del otro lado, que los observaban con ojos llenos de cautela:
—Este es nuestro CEO. Se encarga de la toma de decisiones y de parte del desarrollo técnico en la empresa. No sabe mucho sobre temas de seguridad ni ataques informáticos. Si le preguntan por eso, no sabrá decirles nada.
—¿Y tú eres?
—Soy el responsable del área de investigación de usuarios. Me encargo de estudios, análisis y estadísticas. Por mi experiencia laboral anterior, he tenido bastante trato con el equipo de seguridad, así que estoy más familiarizado con el tema. —Zhang Chen levantó la mano y le dio un golpecito a Cheng Sheng, que intentaba seguir acercándose, para que se hiciera a un lado.
—Está bien —respondió el policía que iba al frente, sin dejar de observar con atención a los dos. Cuando Zhang Chen terminó de hablar, de pronto estiró la mano y sujetó a Cheng Sheng, a quien Zhang Chen había estado tratando de mantener apartado.
—Cheng Sheng, ¿verdad? El CEO. Tú vienes con nosotros, y también esta computadora. Además, dame el contacto de Xiao Jin, del departamento de seguridad. El responsable de la otra empresa sigue con nosotros; una vez terminada la investigación, si deciden conciliar, indemnizar o ir a juicio, es asunto de ustedes.
Apenas terminó de hablar, el policía sintió que alguien le daba un par de palmadas en el hombro. Al volverse, vio que era el joven que antes había reaccionado con más rapidez.
—Yo también voy con ustedes. —Zhang Chen, ya con la chaqueta que había traído esa mañana puesta, se ajustaba tranquilamente las mangas y el dobladillo—. Antes trabajaba en investigación de seguridad. En mi empresa anterior hubo incidentes de ataques maliciosos a una escala incluso mayor que esta. En esa ocasión, colaboré directamente con la policía cibernética en la investigación técnica. Si me llevan, seguramente les sea útil. Estoy disponible para ayudar en todo lo que necesiten.
Los policías no pusieron objeciones.
—Entonces vengan los dos con nosotros.
El ambiente durante el trayecto no fue tan tenso como Cheng Sheng había imaginado. Los oficiales les preguntaban sobre los hechos casi como si estuvieran charlando. Pero cada vez que Cheng Sheng intentaba abrir la boca para decir algo, Zhang Chen lo interrumpía enseguida:
—Ninguno de nosotros esperaba que pasara algo así.
Un joven policía, con la cabeza ladeada, echó un vistazo a Cheng Sheng, que seguía en silencio, y luego se giró hacia Zhang Chen con una sonrisa.
—¿Y este CEO de ustedes no dice ni una palabra? ¿Tú eres su portavoz o qué?
—Nuestro CEO es un buen estudiante. —Zhang Chen sacó una cajetilla de cigarrillos del bolsillo interior de su chaqueta—. Solo sabe de tecnología. Si lo vendieran, sería capaz de contar el dinero de la compra.
Sacó un cigarro y se lo ofreció al joven policía, que lo aceptó encantado. Dio una calada larga y soltó una bocanada espesa de humo, entrecerrando los ojos con gusto.
—Vaya, buen tabaco. Tan jovencito y ya sabes disfrutar de la vida.
Zhang Chen también sacó un cigarrillo y se lo puso en la boca. Con un chasquido encendió el encendedor y, junto a los policías, empezó a fumar tranquilamente. Comentó al pasar:
—¿Si no se disfruta ahora, vamos a esperar a estar muertos para hacerlo?
Los policías soltaron una carcajada, muy de acuerdo con Zhang Chen.
—¡Hay vino hoy, pues bebamos hoy! El chico vive con bastante soltura.
Cheng Sheng contuvo la respiración, observando en silencio cómo Zhang Chen repartía cigarrillos entre los policías con una destreza que resultaba casi irritante. Una oleada de injusta rabia le subió al pecho. Levantó el brazo y le dio un fuerte golpe en el brazo a Zhang Chen, luego extendió la mano frente a él. El gesto era más que claro: él también quería uno.
—Ah, sí. Ellos nos ven como competidores. Ya antes han usado métodos sucios contra nuestra empresa. —Zhang Chen apartó la mano que se le había metido delante de los ojos y le lanzó una mirada de advertencia a Cheng Sheng, que parecía a punto de interrumpir. Lo miró fijamente, con los ojos clavados en él, pero sus palabras iban dirigidas a los policías a su lado:
—A lo mejor intentan incriminar maliciosamente al responsable de seguridad de nuestra empresa, o tal vez hayan hecho una denuncia falsa. Hay cosas que no se pueden afirmar tan a la ligera.
