En la habitación contigua, los golpes contra la pared se volvían cada vez más fuertes. Al poco rato, por el pasillo se oyó un tropel de pasos apresurados; varias enfermeras jadeantes hacían resonar el suelo con cada pisada. Ese súbito alboroto sacó a Cheng Sheng de su trance. Esperó a que sus palmas, empapadas de sudor frío, se secaran por completo, y entonces, mirando a Zhang Chen, sentado al otro lado junto a la cama, le dijo de pronto:
—Yo soy así.
Desde el pasillo llegaban los golpes secos, las voces desgarradas. Cheng Sheng alzó un brazo y señaló hacia el origen de ese frenesí histérico, luego añadió:
—Soy ese tipo de persona. ¿No te da miedo?
Zhang Chen observó cómo Cheng Sheng, con la bata de hospital colgándole del cuerpo, avanzaba lentamente hasta quedar frente a él. Cuando lo tuvo cerca, lo miró fijo a los ojos y le respondió, sin apartar la vista:
—Me conoces desde hace tanto tiempo, ¿por qué crees que algo así me daría miedo?
Los gritos del pasillo poco a poco fueron apagándose. Zhang Chen levantó la mano y señaló en la misma dirección, continuando:
—Eso no es nada. Si cosas así me asustaran, ya estaría completamente loco.
Cheng Sheng no respondió. No se atrevía a mirarlo a los ojos.
Ambos permanecieron en silencio durante largo rato, uno frente al otro. Al final, fue Zhang Chen quien se movió primero: alargó la mano hacia el cuenco de porcelana sobre la mesa. Sus ojos, oscuros como el fondo de un pozo, no se apartaron ni un segundo del rostro de Cheng Sheng. Mientras lo observaba, pinchó con un palillo una pequeña rodaja de manzana y se la acercó.
—Ya está —dijo—. Lo demás lo hablamos después. Acabo de cortarte esta manzana, aún no se ha oxidado.
La conversación de antes había dejado a Cheng Sheng mudo, y ahora, con la culpa revoloteando por haberle ocultado cosas a Zhang Chen, no se atrevía a sostenerle la mirada. A regañadientes, tomó esa porción de manzana que flotaba en el aire.
Se la tragó casi sin masticar. Fue entonces, al alzar los ojos sin querer, que notó algo: una herida llamativa en el brazo de Zhang Chen, desnuda y reciente. Cheng Sheng era particularmente sensible a ese tipo de marcas. Apenas su mirada tocó esa herida roja, una sospecha se le instaló en el pecho. Frunció el ceño, levantó la vista y preguntó:
—¿Qué te pasó en el brazo? ¿De dónde salió esa herida?
Zhang Chen miró en la dirección que él señalaba, apenas un vistazo sin mayor sobresalto, indiferente. Respondió al paso:
—Me corté sin querer en el brazo cuando te pelaba la manzana. No es para tanto.
Cheng Sheng examinó con más atención el lugar de la herida. Era, en efecto, una zona fácil de cortarse, así que la sospecha se le disipó a medias. Solo a medias, porque algo seguía pareciéndole extraño. Lo que dijo a continuación sonó un poco a reproche:
—¿Y a quién se le ocurre pelar manzanas a estas horas?
Después de eso, ya no quiso que Zhang Chen lo siguiera alimentando. Agarró el pequeño cuenco y se sentó solo en la cama para comer. Cuando ya casi había terminado, de pronto recordó algo. Se giró hacia Zhang Chen, que estaba recostado mirándolo comer, y le preguntó:
—¿Cómo supiste que estaba aquí?
—Si pude mandarte tantas cosas a tu computadora, por supuesto que también pude averiguar tu dirección.
Cheng Sheng dejó el pequeño cuenco de porcelana vacío sobre la mesa, y con ambas manos empezó a frotarse el vientre por encima de la bata de hospital, una y otra vez.
—De verdad confío demasiado en ti. No tengo ni una pizca de defensas contigo.
Zhang Chen le respondió con otra pregunta:
—Si confías tanto en mí, ¿por qué no me lo dijiste en persona?
—Porque sabía que vendrías a hacerme compañía, pero no quiero seguir haciéndole perder el tiempo a los demás.
Ese «los demás» hizo que Zhang Chen soltara una leve risa para sí mismo, pero no dijo nada. Solo alargó la mano para acomodarle la bata de hospital a Cheng Sheng, que se le había desordenado al correr, y luego le arregló las sábanas y la colcha. No parecía tener intención alguna de irse.
Sentado al borde de la cama, Cheng Sheng lo miraba hacer aquellas tareas nimias. Al principio quiso detenerlo, pero enseguida se dio cuenta de que no lograría hacerlo. No tuvo más remedio que recostarse contra la cabecera y lo miró, en una espera tortuosa.
Zhang Chen organizó todo con cuidado, arrastró una silla desde el otro lado y la colocó junto a la cama. Se sentó, miró la hora en el celular y luego apagó la pantalla. Alzó la vista hacia Cheng Sheng, que estaba acostado en el centro de la cama, y dijo:
—Duerme. La enfermera me dijo que ya era muy tarde, que hasta mañana podrán traer otra cama.
—¿Piensas quedarte aquí todo el tiempo?
—Hasta que te den el alta.
Zhang Chen notó cómo, de pronto, el rostro de Cheng Sheng mostraba una expresión de sorpresa. Se inclinó para meter bien las esquinas del edredón y, como si no tuviera mayor importancia, dijo:
—Ya renuncié a mi trabajo. Me sobra el tiempo.
Cheng Sheng no estaba de acuerdo, pero sabía de sobra que Zhang Chen no escucharía a nadie. Así que se quedó acostado, incómodo, observándolo mientras lo cuidaba con paciencia, mientras lo veía ir a apagar la luz, y luego sentarse en la silla frente a la cama.
—¿No vas a dormir? ¿Te hago un hueco?
—No te preocupes, ya dormí en el tren.
En los últimos días, Zhang Chen había estado ocupado con todo lo relacionado a la muerte de Zhang Licheng. Ya estaba exhausto. En los viajes de ida y vuelta entre Yuncheng y Pekín apenas si había conseguido cerrar los ojos por un momento, solo para ser despertado enseguida por los anuncios de llegada a las estaciones. Pero, por supuesto, no iba a hacer que Cheng Sheng se sintiera culpable. En cambio, se recostó en la silla y lo tranquilizó:
—No te preocupes por mí. Yo puedo dormir en cualquier parte.
Aquella noche ninguno de los dos logró dormir bien. Cheng Sheng se despertaba cada una o dos horas. A veces, al no ver a Zhang Chen en la habitación, el corazón le daba un vuelco, pero al reconocer el sonido del agua correr en el baño, poco a poco se le pasaba la angustia, se sentía aliviado sin darse cuenta.
Con la cabeza hundida en la almohada, Cheng Sheng pensaba que en el fondo era un hombre egoísta. Porque, al final, lo que más deseaba era que Zhang Chen permaneciera siempre a su lado.
En el baño, Zhang Chen no sabía que afuera Cheng Sheng dormitaba y despertaba a intervalos, y mucho menos lo que en ese instante pasaba por su mente. De pie frente al lavabo, se hizo dos cortes ligeros en el antebrazo con una pequeña navaja. La sangre brotó enseguida, extendiéndose por todas partes con ese rojo que tanto detestaba. Apenas dolía; comparado con los sufrimientos que había soportado desde niño, no valía ni la pena mencionarlo. Ni siquiera era tan desgarrador como aquella frase de su mentor: «Eres un genio», que lo atravesó como un puñal helado.
Zhang Chen observó las finas heridas en su brazo. ¿De verdad ese leve dolor podía aliviar algo? ¿Podía hacer que uno se sintiera mejor? Imposible. ¿Cómo una herida iba a curar otra herida? Las nuevas solo tapan a las viejas, y al final el cuerpo entero se llena de cicatrices, hasta que no queda un solo rincón intacto por donde desahogarse.
Cheng Sheng era tan frágil, pensó Zhang Chen. No podía vivir sin él.
Al cabo de un rato, la sangre se fue secando. Zhang Chen desinfectó con calma los cortes que él mismo se había hecho, sin realizar ningún otro tipo de cura.
Al día siguiente, varios trabajadores llevaron una cama adicional a la habitación individual. El esfuerzo en la sala caldeada por la calefacción los dejó cubiertos de sudor; al terminar, se recostaron junto a la ventana para tomar aire. Uno de ellos, secándose la frente, comentó a Zhang Chen:
—Qué suerte tener un amigo como tú. Nunca había visto a nadie dispuesto a acompañar las veinticuatro horas. ¡A muchos de aquí ni siquiera los acompañan sus familiares!
Sentado en el centro de la cama, Cheng Sheng intervino con entusiasmo:
—Seguro que los demás pacientes me envidian.
—Sí, cuando subimos, las enfermeras del tercer piso estaban comentando que el amigo del paciente del 401, aquí en el cuarto piso, seguro no tiene novia. ¿Quién aguantaría que su novio pasara un mes entero en una habitación de hospital acompañando a un amigo?
—Yo soy su novio —dijo Zhang Chen, apoyado junto a la ventana.
Lo dijo con tanta naturalidad, como si su relación fuera algo tan evidente, tan incuestionable, que los trabajadores, atónitos al principio, se sintieron incómodos de seguir mostrando sorpresa. Les echaron varias miradas disimuladas y guardaron silencio.
Cuando los hombres que habían traído la cama se marcharon, Cheng Sheng negó con la cabeza y suspiró.
—Te sobra valor.
A Zhang Chen no parecía importarle. Se apoyó en el alféizar, dejando que el aire fresco le diera en la cara, y mirando a Cheng Sheng en bata de hospital le dijo:
—No es como si no lo supieras desde el primer día.
Con la cama extra, la espaciosa habitación privada se volvió estrecha de repente. A Cheng Sheng se le ocurrió una idea y llamó a Zhang Chen para juntar ambas camas. Los dos se pusieron manos a la obra, y después de un buen rato, cuando terminaron, Cheng Sheng se situó a los pies de la cama y contempló con satisfacción el lecho ensamblado, indistinguible ya de una cama doble. Esbozó una sonrisa y apoyó el brazo sobre el hombro de Zhang Chen.
—Por la tarde me toca sesión de biofeedback y un electroencefalograma. Además, la doctora va a ajustarme la medicación.
Zhang Chen le lanzó una mirada de reojo.
—¿Y desde cuándo me andas informando con tanto entusiasmo?
—Quiero curarme pronto. Volver a casa contigo y tener una vida normal.
¿Una vida normal? Zhang Chen repitió esas palabras en su mente, y al mismo tiempo pensó en las heridas que él y Cheng Sheng ya se habían hecho en los brazos, y desde lo más profundo no podía creer que fuera posible.
Pero no importaba. No creer era una cosa. Acompañar a alguien con todo el corazón, incluso sin creer, era otra. Cheng Sheng era frágil, pero Zhang Chen ya estaba acostumbrado a recibir golpes: cuchillos, martillos, hachas… lo que fuera, todo había caído sobre él alguna vez. Los sufrimientos que Cheng Sheng no podía soportar, él los podía asumir; no le temía al dolor.
A mediodía, la enfermera vino a hacer la ronda. Supervisó que Cheng Sheng comiera y tomara su medicación, y antes de irse les explicó el cronograma de la tarde. Remarcó especialmente que durante el tratamiento no se permitía la presencia de familiares ni amigos. Zhang Chen, como si fuera su tutor legal, prestó más atención que el propio Cheng Sheng. Una vez que la enfermera se fue, le dijo con calma:
—Duerme un rato. Cuando sea hora, yo te despierto.
Cheng Sheng no lograba dormirse. Tomó la computadora de Zhang Chen y empezó a trastear con el software de edición musical. Cortó pistas al azar, probó, mezcló, pero tras un buen rato no había logrado nada. Por una nimiedad como esa, notó de golpe cómo su estado de ánimo se desplomaba hasta el fondo. Quiso acostarse a dormir un rato, dejar que la oleada pasara; pero apenas su espalda rozó la cama, oyó en el pasillo unas pisadas apresuradas que se acercaban, y enseguida la puerta de la habitación se abrió desde fuera: el bullicio del exterior se volcó dentro de la habitación.
—¿Cheng Sheng, estás hospitalizado y ni siquiera les avisas a tus padres?
Mamá fue a buscarte a la oficina y no te encontró por ningún lado. Estuve yendo y viniendo, preguntando hasta que al final me enteré de que estabas aquí sin decirnos una palabra…
Antes de terminar la frase, la pareja de mediana edad se detuvo en seco y no avanzó más. En el centro de la cama yacía su hijo, con el rostro pálido como la cal; a su lado estaba sentado un joven al que jamás habían visto, o mejor dicho, jamás habían visto en persona. Le sostenía la mano a su hijo con total naturalidad, y en el rostro llevaba una expresión tranquila, casi indiferente. Sin embargo, llevaba el rostro y las orejas perforados con aros que reflejaban la luz, y en pleno invierno iba vestido como en verano. Toda su apariencia gritaba «artista» y, cuanto más lo miraban, más les parecía alguien completamente ajeno al mundo de Cheng Sheng.
Las miradas se cruzaron en el aire, esquivas, cargadas de tensión. Iban y venían, como chispas en el vacío. Pero nadie se atrevió a romper el silencio.
Zhang Chen reconocía a los padres de Cheng Sheng: los había visto en fotos. Pero era la primera vez que los veía en persona. Eran una pareja de aspecto pulcro y elegante, sin el menor rastro de encorvamiento típico de la edad. Eran rectos de espaldas y de hombros, con una presencia que los hacía parecer mucho más jóvenes que sus contemporáneos. El padre llevaba un abrigo de cachemira oscuro, el cabello perfectamente peinado, teñido de un negro sin una sola cana. Tenía algunas arrugas leves en las mejillas y alrededor de la boca, pero aun así, se veía infinitamente más digno que Zhang Licheng, quien, unos días atrás, se había levantado de su silla de ruedas tras recibir un diploma de honor.
Zhang Chen se levantó de la silla con cortesía y saludó primero:
—Hola, tío, tía.
Su aplomo solo hizo que las dos personas de mediana edad, curtidas por los años, se sintieran aún más incómodos. La madre de Cheng Sheng lo escaneó con la mirada, una y otra vez, de forma casi imperceptible. Le hizo un gesto con la mano para que se volviera a sentar, pero no le dirigió palabra alguna. En cambio, se giró hacia su hijo, tendido en la cama.
—¿Y este?
Cheng Sheng miró de reojo a Zhang Chen, que ya se había vuelto a sentar, pero no respondió. Ni siquiera dirigió la mirada hacia sus padres. Mantuvo los ojos clavados en los de Zhang Chen, sin parpadear, y de repente alzó una mano para señalarse los labios con un dedo.
Era una provocación excesiva. Ni siquiera él estaba seguro de si Zhang Chen lo dejaría hacer algo tan impulsivo con tal de aclararlo todo frente a sus padres. A medio gesto, empezó a arrepentirse. Pero antes de que pudiera bajar la mano, Zhang Chen ya se había inclinado hacia él y dado un suave toque en la comisura de los labios.
Del otro lado de la habitación se oyó de inmediato una tos seca, claramente incómoda, proveniente de un hombre de mediana edad. A Zhang Chen no le importó. Quién tosiera o quién los mirara no era su problema. Juntó su frente con la de Cheng Sheng y le recordó en voz baja:
—Faltan dos horas para que la enfermera venga a llevarte a la terapia.
Cheng Sheng asintió. Siguió mirándolo a los ojos y rio bajito.
Al volver la vista, Cheng Sheng vio que sus padres habían girado completamente la cabeza, evitando mirarlos. En sus rostros se dibujaba una expresión de sobresalto, disimulada a duras penas bajo una máscara de falsa serenidad. Cheng Sheng acababa de declarar abiertamente su territorio y se sentía satisfecho, así que los presentó de forma directa:
—Este es Zhang Chen. Seguro que la abuela ya les ha hablado de él.
Por supuesto que sabían quién era Zhang Chen. Era, para ellos, el principal responsable de que su adorado hijo hubiese acabado en el lamentable estado en que se encontraba ahora. Ambos solían ser personas de talante tolerante, y en los momentos en que no podían serlo, al menos sabían fingirlo. Pero en ese instante les era imposible convivir en paz con Zhang Chen.
Ninguno de los dos volvió a dirigirle la palabra. Después de aquel saludo forzado al entrar y unas cuantas miradas de evaluación, no volvieron a mirarlo de frente.
La madre de Cheng Sheng, que llevaba tiempo sin ver a su hijo, arrimó una silla y se sentó al otro lado de la cama, ignorando por completo a Zhang Chen. Desde allí, empezó a parlotear sin descanso: primero le reprochó a su hijo que no tuviera ni dos dedos de frente, que cómo era posible que se fuera solo a un hospital público a sacar turno y atenderse. Después empezó a quejarse del tamaño de la habitación, diciendo que era demasiado estrecha, que deberían haber buscado un médico privado con experiencia para tratarlo en casa.
Cheng Sheng apretó aún más fuerte la mano de Zhang Chen bajo las sábanas. Abrió la boca, dispuesto a decir algo para detener las quejas de su madre, pero antes de que pudiera articular una frase, su padre, que estaba al pie de la cama, intervino con firmeza:
—¿A tu edad y todavía no sabes comportarte? ¡Tu madre hace cuánto que no te ve! Escucha lo que dice y no le discutas.
Cheng Sheng lanzó una mirada a Zhang Chen, que estaba a su lado, sintiéndose agitado. En marcado contraste, Zhang Chen parecía completamente despreocupado, recostado contra el borde de la cama, escuchando con visible deleite cómo los padres de Cheng Sheng lo reprendían.
Lao Cheng se apoyaba contra la pared, con el rostro serio, los ojos siguiendo cada gesto de Zhang Chen. Zhang Chen, ya fuera en sus expresiones o movimientos, mostraba una indiferencia y hostilidad hacia los demás que era completamente natural; no dejaba entrever la menor molestia, como si este tipo de situaciones fueran simplemente parte de su vida cotidiana. Al volver la vista hacia su hijo, se dio cuenta de que la expresión de su hijo nunca había sido tan cautelosa, con miradas frecuentes hacia Zhang Chen, y un tirón inmediato del brazo de este ante cualquier palabra que pudiera sonar mal, como si temiera que sufriera el más mínimo agravio por su culpa.
Lao Cheng, mirando fijamente a ese hijo que ahora le resultaba tan distinto a como lo recordaba, tomó la iniciativa de dirigirle a Zhang Chen la primera frase seria del día:
—Xiao Zhang, ¿salimos a fumar un cigarro? Quiero hablar contigo.
La madre y el hijo que estaban enfrente callaron de golpe su charla trivial y miraron al señor Cheng al unísono.
Cheng Sheng tironeó del brazo de Zhang Chen, no quería que se quedara a solas con él; pero Zhang Chen enseguida se enderezó, soltó su mano y dijo:
—Yo también quiero hablar con tu padre.
Dos hombres caminaban en paralelo por el pasillo sin dirigirse la palabra. Lao Cheng era bastante más bajo que Zhang Chen, tanto que tenía que alzar ligeramente la barbilla para mirarlo, lo cual, visto de lejos, daba la impresión de cierta arrogancia.
Pero Lao Cheng nunca había menospreciado a Zhang Chen. Conocía bien los logros que este había alcanzado bajo la tutela de su mentor, hasta el punto de que habría deseado trasplantárselos a su propio hijo. ¿Menospreciarlo? Imposible. Simplemente no quería hablar con él, le parecía injusto: ¿por qué él tenía que ser dueño de semejante cerebro? ¿Por qué él conseguía que su hijo, ese muchacho indomable, le obedeciera sin rechistar?
Atravesaron un corredor angosto y, sin saber por qué, de pronto Lao Cheng recordó el diario que había encontrado por casualidad mientras ordenaba el cuarto de su hijo. Él lo había obligado a practicar caligrafía desde pequeño hasta dominarla, pero toda esa fuerza y elegancia en los trazos se desperdiciaban en tonterías de amoríos. Hojeando al azar, en la primera página que abrió decía: «Al salir de su casa robé dos jabones, pensando que así conservaría algo de su aroma. Pero al volver me di cuenta de que en mí huelen distinto. Qué decepción. Debí haber robado un par de sus camisas».
Unas líneas más abajo había otro párrafo extenso, con una letra entrecortada que delataba la mano temblorosa de quien la había escrito: «Papá insiste en que salga más con compañeras y no para de presentarme chicas que le parecen adecuadas. Sé lo que busca: teme que no logre corregir esto de que me gusten los hombres. Quiere que me case al graduarme, que asuma responsabilidades familiares mientras hago el doctorado y que, al terminarlo, regrese para dedicarme a la investigación científica, esa carrera que él no pudo sostener. Pero justo esta noche he tenido un sueño. Volví a soñar con él, solo que esta vez nos conocíamos en la universidad, quizás en otra vida, pasada o futura, y él tenía la misma apariencia de cuando lo vi por primera vez. Como era de esperar, me enamoré de nuevo a primera vista, y luego, naturalmente, fuimos felices. La universidad es un lugar ideal para el amor, libre de preocupaciones… Lástima que en esta vida no tuvimos esa oportunidad».
Las manos que sostenían el diario temblaban de rabia. Lao Cheng contuvo a duras penas el impulso de destrozar aquellos desvaríos y pasó a la página siguiente, donde decía: «Resulta que ya es 1999, pero ¿por qué sigo atrapado en 1997? Anoche soñé de nuevo con él. Soñé que se acercaba lentamente, y cuando su nariz casi rozaba la mía, vi que de pronto sonreía. Él casi no sonríe, porque en su vida hay pocas cosas que merezcan alegría, pero yo siempre acabo haciendo algún disparate ridículo frente a él, como si esa fuera mi única habilidad digna de encomio. En el sueño, estaba tan cerca como antes, soplando anillos de humo contra mi cara. Y yo me ahogaba con una tos violenta, una tos que desgarraba el pecho y para la cual «desgarradora» ni siquiera basta para describirla. Al despertar, la luz del día entraba a raudales por la ventana y a mi alrededor solo había vacío. La manta gruesa yacía en el suelo, arrojada por mis patadas, pero no me molesté en recoger ese montón de algodón. Miré por la ventana, hacia un paisaje blanco e indiferenciado. Afuera caían copos de nieve gruesos como plumas. Los observé y, de pronto, me di cuenta de que no sé qué ropa usa él en invierno».
Aquellas páginas, densas hasta lo insoportable, describían una figura etérea, imposible de asir. Era natural que Lao Cheng sintiera, hacia la persona que habitaba los escritos de su hijo, una mezcla de inmensa curiosidad y aversión soterrada. Estudió de arriba abajo al hombre que caminaba a su lado –tan distinto en rostro y vestir a Cheng Sheng–, recordó aquellos ojos ambiciosos que había visto en la foto de la casa de su tutor y de pronto soltó:
—Usted y mi hijo tienen temperamentos muy distintos.
Zhang Chen no se parecía en nada a lo que Lao Cheng había imaginado. Ante una figura mayor, no mostraba la menor timidez; cuando llegaron a la verja trasera del hospital, incluso le ofreció un cigarrillo y le acercó el fuego con naturalidad, como si el respeto jerárquico no existiera. Lao Cheng no rechazó el ofrecimiento. Sostenía el cigarrillo entre los labios y acababa de recibir el encendedor cuando el joven a su lado respondió:
—¿Y usted sabe distinguir temperamentos?
—Por supuesto que sí. —Lao Cheng le devolvió el encendedor y, al retirar la mano, sonrió—. A lo largo de mi vida he conocido a toda clase de gente: funcionarios, comerciantes, padres que vienen a quejarse en nombre de sus hijos… He visto de todo.
Era verdad, y también una muestra de arrogancia. Zhang Chen asintió, ladeó un poco la cabeza y lo miró con un brillo apenas perceptible de provocación en los ojos. Preguntó:
—¿Para qué me llamó a solas?
—Para hablar de mi hijo. ¿Qué otra cosa podríamos tratar usted y yo? —El señor Cheng bajó la cabeza y dio varias caladas profundas, rápidas y ásperas. Sólo cuando los hilos de humo sofocante se disiparon por completo de su boca y nariz, retomó la palabra—: Mi hijo no estaba destinado a acabar así. De niño era un pequeño terremoto, siempre metido en líos. Estuve trabajando fuera por un tiempo y cuando regresé, su madre me contó que una noche lo había sorprendido agachado junto a una pared, fumando. El pobre muchacho estaba llorando, el humo le hacía daño en los ojos. Tenía solo catorce años y ni siquiera sabía cómo fumar, solo estaba copiando esas cosas rebeldes y mal vistas. Desde pequeño se sintió atraído por lo transgresor y lo marginal. Hubo una época en que le dio por las películas de arte y me dijo: «Papá, en el futuro también quiero encontrar una chica triste y apagada, que no hable como la gente normal, y hacerla mi novia». Para él, ese tipo de persona era fascinante. Más tarde, no sé qué se le metió en la cabeza, formó una banda y tocaban una música que ni él mismo sabía lo que era. Le pregunté cuál era la esencia de esa música y me respondió: «Libertad y rebeldía». Entonces le dije: «¿Y no eres ya lo bastante libre y rebelde? Mira a los demás chicos normales: ¿cuál de ellos tiene más libertad y rebeldía que tú? ¿Hasta dónde más quieres llevar esa libertad?». Se quedó sin palabras, con el cuello rígido. Todo esto fue antes de que cumpliera dieciocho. Yo, como padre, podía entender esa arrogancia juvenil, esa falsa sabiduría de la adolescencia. Pensé que era solo una fase, que crecería y se convertiría en un hombre maduro y responsable. Pero no fue así. Tú le cortaste de raíz el camino hacia la madurez y destruiste a mi hijo.
Tras escuchar esa larga acusación, Zhang Chen guardó silencio. Apoyado en la barandilla, fumó un rato, ignorando la mirada ardiente del padre de Cheng Sheng y fijando la vista en el prado seco donde la nieve se había derretido casi por completo. Finalmente, respondió con otra pregunta:
—¿Entonces qué cree usted que debo hacer ahora?
Lao Cheng, curtido en los recovecos de la burocracia, era de palabras indirectas y rodeos calculados. Sosteniendo la mitad de un cigarrillo entre los dedos, miró a Zhang Chen y dijo:
—Hace unos años, la abuela de Cheng Sheng me habló de ti. Dijo que nunca había visto a un chico tan resistente, como si ni el cielo derrumbándose pudiera doblegar su espalda. Sabemos que eres un buen muchacho, que has llegado hasta aquí paso a paso, sin facilidades. Pero tú y Cheng Sheng no encajan en ningún aspecto. Estar juntos es un pecado: ni él ni tú pueden darse paz, solo traer dolor a ambas familias. Cheng Sheng nunca ha sufrido penurias y se obsesiona con la gente a la ligera. Pero yo sé que tú desde niño has sido maduro. Seguro que ya sabías que esto no iba a funcionar.
Zhang Chen asintió con la cabeza.
—Por supuesto que lo sé, pero si lo sé y aun así estoy con él, ¿no le parece que esas palabras no tienen ningún sentido para mí?
Lao Cheng frunció el ceño, apagó el cigarrillo contra la barandilla e hizo otra pregunta:
—¿Tu familia aceptaría que pasaras toda tu vida sin casarte, sin hijos, junto a un hombre?
La pregunta dejó a Zhang Chen en silencio un largo momento. Bajó la cabeza y, al alzarla de nuevo, respondió:
—No queda nadie en mi familia. Solo yo.
Al tocar un tema tan delicado, el viejo Cheng se quedó visiblemente desconcertado. Tras recuperarse, carraspeó por pura formalidad y cambió de tema naturalmente.
—¿A qué te dedicas ahora?
—Antes trabajaba en la empresa de Cheng Sheng. Ahora me dedico por completo a la música. Aparte de mis proyectos, a veces mezcló partes de álbumes para otros, o sustituyo a teclistas o bajistas en algunas bandas.
Lao Cheng guardó silencio un largo rato antes de volver a hablar:
—Zhang Chen, no sé hasta qué punto llegaste con mi hijo en el pasado. Pero si fuera tú, no me juntaría con alguien que se ha convertido en una persona completamente distinta. Es algo bueno: sin ti, él perderá esa obsesión y vivirá mejor. Y tú, sin él, podrás centrarte por completo en tu carrera y no tendrás que cuidar a un enfermo. Desde cualquier perspectiva, separarse es la mejor opción.
Esa justificación tan «pensada para su bien» volvió a arrancarle una sonrisa a Zhang Chen, aunque lo dominaban más bien las ganas de suspirar. Gente como ellos hasta cuando trata de disuadirte lo hace con elegancia, nada que ver con Zhang Licheng y los vecinos del barrio donde creció, que solo sabían gritar insultos. Zhang Chen agitó una mano para dispersar el olor a tabaco de su ropa y dijo con un suspiro:
—De verdad que no tiene ni idea de lo que su hijo quiere realmente.
Acto seguido, aplastó el cigarrillo y lo arrojó al cubo de basura verde junto al pasto. Echó un vistazo a aquel hombre de mediana edad con el cabello impecablemente peinado y, dándole la espalda, le soltó:
—Su hijo no puede prescindir de mí. Yo lo convertí en lo que es, y solo yo puedo devolverlo a su estado anterior. Eso es algo que ustedes no pueden lograr. Asumiré las consecuencias de mis propios actos; no necesito que otros me dicten qué hacer.
La palabra «otros» hizo que los ojos cansados del señor Cheng se abrieran de par en par. Incrédulo, observó la espalda de Zhang Chen alejándose, sin lograr articular una sola palabra más.
Al regresar, Cheng Sheng estaba sujetando un tazón con la sopa de pera con azúcar de roca que su madre había preparado. Tenía la cara hundida en el cuenco, mostrando solo los ojos, pero en cuanto vio entrar a Zhang Chen con el aire frío que traía, se quedó paralizado. En un par de tragos se terminó la sopa y, levantando la cabeza, preguntó con urgencia:
—¿Qué te dijo mi padre?
Zhang Chen se apoyó en el marco de la puerta, dejando que el frío de su cuerpo se disipara antes de sentarse junto a la cama de Cheng Sheng. Asintió por compromiso a la madre de Cheng Sheng, que estaba a un lado, y luego, volviéndose hacia Cheng Sheng, respondió:
—No dijo nada; más bien fui yo quien lo hizo enfadar.
