La carta de renuncia y el mensaje de Zhang Chen llegaron justo después de que él saliera del hospital. Cheng Sheng se quedó mirando la pantalla de la computadora un momento, luego aprobó sin vacilar su solicitud de renuncia. Al revisar el móvil, vio más de una decena de llamadas perdidas y, arriba de todo, un mensaje nuevo.
«Ya hablé con recursos humanos sobre mi renuncia. En estos días no estaré en casa. Voy a volver un rato a Yuncheng. Llámame cuando tengas tiempo».
Cheng Sheng se quedó mirando ese mensaje un buen rato. Le dio vueltas, pero al final no respondió. En ese terreno tenía bastante conciencia de sí mismo: sabía que no era buen actor. Una palabra de más y dejaba escapar algo.
Tras el chequeo, lo primero que hizo fue avisarle a Frank. Pasó varios días seguidos en su casa, discutiendo con él los asuntos del negocio que habían quedado a medias.
Frank se lo tomó con bastante calma. Recostado en el sofá, abrió una lata de cerveza y le habló como si fuera una charla cualquiera:
—Si el médico te dice que te quedes ingresado, te quedas. Ahora la empresa tiene mucha más gente que antes, ya no somos solo nosotros. Nadie es imprescindible. Así que tú céntrate en curarte. Si las cosas se tuercen, lo asumimos como si el dinero que juntamos estos años se hubiese quemado todo de golpe, y empezamos desde cero. Yo regreso a Estados Unidos a buscar trabajo, y tú te quedas aquí y le haces caso a tu padre. No es el fin del mundo.
Afuera estaba completamente oscuro. Cheng Sheng, recostado en el sofá, miraba por la ventana y aún le quedaban ánimos para bromear:
—Entonces, durante este tiempo, si los empleados se quejan del jefe, será solo de ti, yo quedo libre de culpa.
Frank, al escuchar eso, se atragantó con un gran trago de cerveza. Se incorporó y agarró una servilleta de la mesa para cubrirse la boca mientras tosía sin parar. Cuando por fin logró calmarse, dijo:
—Y no lo digas en broma. Justo el otro día, sin querer, me enteré de que alguien sí que nos anda maldiciendo. Dicen que la carga de trabajo tan brutal que tienen es por estar limpiando los desastres causados por las decisiones de dos jefes imbéciles.
Eso también hizo reír a Cheng Sheng. Soltó una risa como de casete atascado que duró unos segundos, pero pronto la sonrisa se le cayó de los labios.
—Que sigan hablando. Uno, en esta posición, haga lo que haga, siempre será blanco de críticas.
Se quedó un rato más recostado, el cuello estirado hacia atrás, mirando fijamente el techo. Entonces, como si le hubiera venido algo a la cabeza, dijo:
—Desde pequeño, en cada decisión importante que he tomado, siempre elegí mal. No estoy hecho para ser jefe.
Frank soltó un «¿eh?» medio incrédulo.
—¿En serio? ¿Ni una sola vez acertaste?
Cheng Sheng lo pensó un momento y respondió con seriedad:
—Solo en los exámenes, ahí casi siempre acertaba todo. En lo demás, todo fue error.
—Ustedes sí que saben sacar buenas notas —murmuró Frank—. En la prepa había una chica china que llegó a mitad de curso, sacaba dieces en todo… Nunca había visto a alguien tan buena para los exámenes.
Se quedó pensativo un momento, luego recordó la segunda parte de lo que había dicho Cheng Sheng y, como si de pronto lo comprendiera todo, exclamó:
—¡Ah, ahora entiendo por qué estás tan mal de la cabeza! Si cada decisión en tu vida ha sido un error, y encima eres un burro tan terco, es lógico que termines medio loco.
Después de decir eso, volvió la mirada hacia Cheng Sheng. Vio su rostro demacrado, la mandíbula afilada como tallada a cuchillo, y la botella de cerveza apretada en la palma, cerca de la boca pero sin beber un solo trago. Lo observó un rato y no pudo evitar suspirar varias veces.
—Me acuerdo que cuando hacíamos la maestría, tú estabas en ese laboratorio con… ¿cómo se llamaba? Hiciste un proyecto súper interesante y hasta publicaste dos artículos como primer autor. En esa época se te veía mucho más animado.
Frank parpadeó, perdido en el recuerdo, y continuó:
—¿Quién iba a imaginar que emprender sería así? Pensábamos que íbamos a surfear la ola como si fuéramos un barquito valiente con el viento a favor.
Cheng Sheng seguía con la cabeza alzada, y al oírlo se echó a reír con ganas.
—Nada es tan fácil… ni siquiera cuando dependes solo de ti.
Cheng Sheng notó por el rabillo del ojo que Frank no dejaba de mirarlo. Se incorporó, estiró el brazo hacia la mesa de centro y abrió una botella de Coca-Cola. Luego cambió a una postura más relajada y continuó:
—Mi papá siempre ha despreciado que yo me metiera en esto de emprender. Para él, lo mío era hacer ciencia, seguir hasta el final y conseguir una plaza en la universidad… Mucho mejor que andar en negocios. Toda la vida le llevé la contraria, y luego empecé a llevarme la contraria a mí mismo. Y ahora, mírame… Resulta que quizás sí tenía razón. A veces pienso que él entiende mejor que yo en qué soy bueno.
Frank, sentado a su lado, abrió otra lata de cerveza. Estaba por ofrecérsela a Cheng Sheng, pero de pronto recordó que no podía beber. Bajó la mano, resignado, y se la tomó él solo. Bebió un par de sorbos largos, como si las palabras de Cheng Sheng le hubieran sentado mal, y soltó varios «¡la puta madre!» antes de volver a hablar:
—Vamos a seguir con esto un tiempo más. Cuando llegue alguien que quiera comprarnos la empresa, la vendemos y nos largamos. Necesitamos un descanso, en serio. A este ritmo nos vamos a fundir la vida. Por más que aguantemos, hay que sobrevivir primero.
La noche en que decidió internarse, Cheng Sheng pasó por la casa de Haiyan cargado de regalos. Durante el mes que estaría hospitalizado caía justo el Año Nuevo, y como calculaba que no podría pasar la víspera con ellos, fue solo al supermercado, arrasó con comida y bebida, y se las llevó a Haiyan con anticipación.
La casa de Haiyan estaba en medio de un conjunto de viejos tongzilou de pocas plantas. El lugar medía apenas unos quince metros cuadrados; el baño no tenía inodoro occidental, solo un hueco en el suelo, y para ducharse había que ir a los baños compartidos al fondo del pasillo. Cheng Sheng no conocía bien la zona, y con dos bolsas grandes de plástico en las manos, estuvo un buen rato deambulando entre los edificios hasta dar con el lugar. Llevaba el teléfono encajado entre el hombro y la oreja, recién terminado de hablar, y caminaba lentamente por el pasillo oscuro.
En ese edificio, ni una sola puerta tenía señalización. Temiendo que Cheng Sheng no encontrara su casa, Haiyan lo esperó apoyada en la entrada del pasillo. Tenía una habilidad especial: podía distinguir con precisión y soltura los pasos de distintas personas. En cuanto oyó movimiento en la escalera, gritó hacia abajo con exageración:
—¡Jefe Cheng! ¿Ya estás aquí?
Desde abajo, él respondió que sí y le devolvió el saludo con entusiasmo.
Haiyan sonreía hasta hace un segundo, pero al oír el roce de las cajas que Cheng Sheng traía en las manos, la sonrisa se le borró de golpe y su tono se volvió de reproche:
—¿Para qué me traes tantas cosas? Si aquí no me falta nada.
—En Año Nuevo voy a estar ocupado con los asuntos de la empresa y no podré pasarlo con ustedes, así que he venido antes para compensarles un poco —explicó Cheng Sheng.
Haiyan, todavía en la entrada del pasillo, respondió con un simple «oh», con el ceño fruncido; era evidente que no le hacía ninguna gracia.
Cheng Sheng había subido a oscuras desde la planta baja de aquel edificio ruinoso, y solo al llegar al pasillo encontró algo de luz. Bajo esa claridad pudo ver el piso de Haiyan en todo su esplendor: un pasillo estrecho donde se hacinaban una decena de viviendas, todas con la pintura de las puertas cayéndose a pedazos. La siguió hacia el interior y se detuvo justo al llegar a su puerta. No pudo evitar preguntarle:
—¿Zhang Chen no te consiguió un lugar mejor para vivir?
Haiyan, que estaba metiendo la llave en la cerradura, relajó el gesto al instante y sonrió al oír la pregunta.
—Tú sí que no conoces para nada a Zhang Chen.
El tintinear de las llaves cesó al volver a guardarlas. Haiyan entró en la casa con Cheng Sheng, que venía detrás cargado de bolsas. Dejó su bastón junto a la puerta y, de un salto, se dejó caer en la cama, rodando una vuelta sobre ella. Mirándolo de frente, dijo:
—Tengo manos, pies y un trabajo propio. Aunque fuera mi hermano de sangre, no haría que gastara su dinero. Zhang Chen lo sabe bien. —Luego, se incorporó de un salto, se apoyó en la cabecera y le hizo un gesto para que se acercara—. En esta casa no hay nada, así que siéntate en mi cama.
Cheng Sheng dejó las compras sobre la única mesa del cuarto y aprovechó para echar un vistazo: paredes blanqueadas, con la pintura verde descascarada en la parte baja; una mesa de madera a la altura de su cintura; y, junto a las patas, una fila de termos rojos y verdes. Estaba por dirigirse a la cocina cuando oyó de nuevo a Haiyan insistir en que se sentara en la cama.
Se sentó a su lado, y ella, emocionada por su llegada, le abrazó el brazo, se apoyó contra él y sonrió.
—¿Tú, que eres de aquí, no sabías que existen lugares así?
Cheng Sheng sintió el calor de su cuerpo, respondió con un «mn» y apoyó la cabeza junto a la suya. Ambos se quedaron así, recostados en aquella cama de tablas, en silencio.
Al cabo de un buen rato, Cheng Sheng le dio unas palmaditas en la pierna y sacó a relucir un tema que llevaba tiempo guardando:
—¿Te gustaría cambiar de trabajo? Nuestra empresa se mudó a un edificio nuevo y ahora buscan dos recepcionistas para atención al público.
Haiyan soltó un «¡guau!» exagerado. No respondió a la pregunta, sino que, con un deje de admiración, murmuró:
—Eres realmente rico, capaz de comprar un edificio entero para tu empresa.
—No lo compramos, es un alquiler anual —aclaró Cheng Sheng.
—¡Eso también es un dineral! —rio Haiyan— Aquí, pagar seiscientos al mes ya me parece caro. ¡Imagínate cuánto costará alquilar todo un edificio!
Cheng Sheng explicó:
—No es todo mío, también hay dinero de mis socios y de inversionistas.
Haiyan, apoyada en su hombro, continuó con admiración:
—No me extraña que seas un gran jefe, para hacer negocios hay que juntar plata de muchos lados.
Cheng Sheng sabía que no lograría convencerla solo con explicaciones, así que se quedó a su lado, riéndose con ella un rato. Pero no se dio por vencido y, con seriedad, volvió a insistir en el tema del trabajo:
—Es un trabajo muy sencillo, seguro que lo puedes hacer. Vamos, anímate.
La persona apoyada en su hombro no respondió, pero Cheng Sheng continuó persuadiéndola:
—El trabajo de recepcionista es más ligero que el de masajista para ciegos que haces ahora; el ambiente es mejor y el sueldo también. Ven a trabajar conmigo.
Ante aquella insistencia clara y directa, Haiyan frunció el ceño de pronto. Tras un largo silencio, preguntó:
—¿Por qué eres tan bueno conmigo?
Y sin esperar respuesta, añadió:
—¿Eres así con todas las mujeres? ¿Igual que Zhang Chen?
Cheng Sheng se quedó un instante en blanco, alzó la cabeza y respondió con otra pregunta:
—¿Cómo es Zhang Chen? ¿Es bueno con todas las mujeres?
—Zhang Chen solo es especialmente bueno con dos mujeres; las demás no le importan —dijo Haiyan, incorporándose. Sus ojos, antes inexpresivos, se cerraron por completo, sin dejar ni una rendija. Como si evocara un recuerdo, levantó la mirada hacia el techo y empezó a hablar lentamente—: Zhang Chen ha sido increíblemente bueno conmigo, y también con la chica que toca la batería en su banda. Pero no es un buen tipo de «bueno».
»Él me consiguió trabajo, me ayudó a pagar las deudas que tenía en casa, me llevó a la capital provincial y luego me trajo a Pekín. En los momentos más difíciles, aguantó todo conmigo. Yo soy ciega, no puedo ver nada, pero en mi corazón lo tengo todo clarísimo: un hombre que trata así a una mujer y aún así no busca obtener ni lo más mínimo de ella, ¿por qué crees que es?
A mitad de la frase, se dejó caer de golpe sobre su vieja cama de tablas y continuó:
—Pero la forma en que es bueno con Qi Yuan es distinta. Con ella nunca es tan indulgente como conmigo. Lao Liu, con quién me llevo bien, siempre dice que Zhang Chen es raro: aunque siempre se le queda mirando a Qi Yuan, durante los ensayos y las grabaciones es más severo con ella que con nadie. Cualquier error, por pequeño que sea, se lo señala sin piedad. Y aún así, es bueno con ella. Por exigente que sea, no permite que nadie diga una sola palabra desagradable sobre esa chica.
»Y hay que saber que esa baterista es muy arrogante, una tigresa. Apenas llegó a Pekín para tocar, se peleó en un sitio llamado Wuming Gaodi. Yo me enteré después, por Lao Liu: dijo que ese hombre había sido arrastrado fuera de los bastidores por Qi Yuan, con la cara llena de arañazos. Hecho una furia, le escupió a la cara y la insultó gritándole que ni siquiera podía mantener el ritmo de la batería y aun así se atrevía a tocar en una banda y que acostarse con hombres no era suficiente para demostrar lo que sabía hacer. Pero antes de que terminara de hablar, Zhang Chen ya lo había estampado contra suelo y estaba dándole una paliza terrible. Los del staff corrieron a separarlos, pero ¿quién podía detenerlo? Lo dejó con la boca llena de sangre, las dos mejillas hinchadas y varios dientes rotos, y aun así no se detuvo. El hombre terminó con el tímpano perforado y tuvo que ser hospitalizado. Zhang Chen pagó los gastos de su internación y el asunto quedó zanjado.
Cuando terminó de hablar, empezó a reír, y los músculos de sus mejillas se contrajeron con la risa. Tiró de la manga del suéter de Cheng Sheng y sonriendo dijo:
—Él solo es especialmente bueno con nosotras dos, como si por fin hubiera encontrado una salida. ¿Y tú?
Cheng Sheng se quedó en blanco, el cuerpo casi paralizado. Tras casi un minuto, siguió la mano de Haiyan y se recostó a su lado en la cama de tablas, girando medio cuerpo hacia ella. Sus ojos recorrían una y otra vez aquel rostro vagamente familiar. En el tren hacia Yuncheng no le había encontrado parecido, pero ahora, al mirarlo, ¿cómo era posible que viera a una mujer que había conocido? A pesar de su aspecto cansado y descuidado, se esmeraba por mantenerse presentable: el cabello recogido en mechones ordenados en la nuca, la ropa vieja pero limpia, y, al acercarse, un leve olor a detergente flotaba en el aire.
Al ver a esa mujer tan familiar, algo en él se despertó. Tomó con fuerza la mano callosa de Haiyan, calentándola con la suya, y después de un rato dijo:
—Soy igual que Zhang Chen.
Su mano, mucho más grande que la de ella, daba la sensación de protección. Apretó con fuerza aquella mano envuelta en la suya y murmuró para sí:
—Perdón, perdón, perdón.
Esos tres perdones hicieron que Haiyan estallara en una carcajada exagerada, arrugando la nariz y los párpados. Cuando se hubo reído lo suficiente, se giró de lado, abrazó la cabeza de Cheng Sheng y lo dejó recostar sobre la curva de su cuello, acariciando pacientemente el cabello de aquel hombre fatigado.
Suspiró.
—Hermanito, creo que ya entiendo. En el fondo, tú y Zhang Chen son el mismo tipo de persona.
Al salir de la casa de Haiyan, Cheng Sheng se quedó solo, agachado al borde de la calle, fumando varios cigarrillos seguidos. Tanto fumó que cuando se levantó casi se marea y estuvo a punto de chocar contra un árbol. Se giró de cara al viento para dispersar el olor desagradable del humo, sacó el celular y escribió un mensaje de texto:
«Te extraño mucho, te extraño mucho».
Fijó la vista en la pantalla, pero no lograba pulsar el botón de enviar. Borró el mensaje y lo volvió a escribir una y otra vez. Al final, envió esto:
«En estos días tengo un gran proyecto con Frank, voy a mudarme de nuevo a mi departamento anterior por un mes. Cuando termine, volveré a casa».
Justo después de enviar el mensaje, recibió una llamada. Cheng Sheng, temeroso de que al hablar se le notara algo, puso el teléfono en silencio para no escuchar nada. «Ojos que no ven, corazón que no siente», pensó. Pero justo cuando estaba a punto de emprender el camino a casa, el número en la pantalla cambió de súbito y apareció el número de teléfono fijo de su casa.
Cheng Sheng miró fijamente la pantalla, dejando que el número que conocía bien siguiera sonando. Finalmente, contestó.
La voz de su padre sonaba mucho más avejentada; apenas alcanzó a decir un «¿bueno?» antes de quebrársele la garganta, como si no supiera qué decirle a ese hijo que ahora le resultaba un extraño.
Bajo la luz de una farola, Cheng Sheng sostenía el teléfono y recordó cómo, antes de marcharse al extranjero, había estado hurgando entre cajones y armarios en la vieja casa, recogiendo sus cosas. Por casualidad, dio con un álbum en blanco y negro de sus padres: en una de las fotos, varios jóvenes con camisas blancas posaban juntos frente al emblemático arco de la segunda puerta de Tsinghua; el viento levantaba sus cabellos negros y todos lucían sonrisas radiantes, llenas de ambición y orgullo.
También encontró el diario de Lao Cheng a los dieciocho años: un grueso cuaderno de cuero, apretado de líneas y líneas de escritura. Al abrirlo al azar, leyó: «¡Maldita sea lo difícil que son las matemáticas! Estudiar, estudiar, estudiar, estoy hasta la madre de estudiar, ¡me voy a vomitar! Cuando tenga hijos, seguro que los haré estudiar cosas todavía más difíciles».
Volvió a la realidad y, bajo la luz de la calle, dijo hacia el otro lado de la línea: «Papá». De pronto, aquel joven altivo y desafiante que había sido Lao Cheng se desmoronó en un instante y se transformó en un hombre de mediana edad, arrugado y seco como la corteza de un árbol viejo.
Al escuchar por fin una respuesta al otro lado, él también habló, aunque no hizo más que lamentarse con preocupación por Cheng Sheng:
—¿Es que nunca piensas en volver a casa a ver a tus padres? ¡Nunca he visto a nadie tan ocupado como tú! El hijo de Lao Shang también emprendió un negocio, se dedica al desarrollo inmobiliario, pero siempre tiene tiempo para relajarse. Hace unos días tu madre se encontró con tu abuela, salieron juntas de compras y a tomar el té por la tarde, y justo hablaron de esto. Cuando volvió me dijo que envidiaba a ese hijo, porque sabe sacar tiempo para estar con sus padres.
Con el bolso en la mano, Cheng Sheng caminó hasta quedar bajo una hilera de farolas. Pensó un momento y respondió:
—No es lo mismo. Aquí, tanto los asuntos grandes como los pequeños tienen que pasar por mis manos. De verdad que no tengo un momento libre.
Del otro lado se oyó una larga exhalación seguida de un suspiro.
—¿Ya no vives en el otro departamento? Anoche tu madre quiso pasar a verte, pero por más que tocó la puerta, nadie abrió. Te llamó por teléfono y lo tenías apagado. Luego regresó quejándose de que en ese condominio viejo la administración no sirve para nada: entra y sale tanta gente por la puerta principal y los guardias ni siquiera preguntan. ¿Cómo puedes estar a gusto viviendo en un sitio así? Mejor vuelve a casa; tampoco está tan lejos de tu trabajo.
Cheng Sheng bajó la cabeza. Recordó lo ocurrido hacía apenas un momento en casa de Haiyan: aquellos brazos cálidos de mujer rodeándole la cabeza, acunando también la disculpa que él no encontraba manera de expresar, refugiándola contra su pecho. Pensó también en Zhang Chen, en cómo había actuado igual que él. De pronto, como si algo se hubiera resuelto en su interior, tomó una decisión y soltó de golpe hacia el otro lado de la línea:
—Papá, me casé. Voy a intentar vivir mi propia vida a partir de ahora.
Apenas había terminado de hablar cuando, al otro lado de la línea, de pronto todo quedó en silencio. Pero enseguida estalló un estrépito de golpes y choques, como si platos y tazas hubieran caído al suelo y se hubieran hecho añicos. Después, se oyó a su padre resoplar con la respiración entrecortada, jadeando como si le hubiera dado un ataque de asma; pasó un buen rato antes de que lograra, desgarrando la garganta, soltarle:
—¡Te criamos en vano! ¡De veras, en vano!
Pero no había alcanzado a regañarlo con más de un par de frases cuando, agotado, su ánimo se desplomó. Al escuchar a Cheng Sheng callado todo el tiempo, sin resignarse, volvió a preguntar:
—¿Cuándo te casaste? ¿Con quién? ¿La última vez que viniste a casa fue solo para robarte el libro de registro familiar? ¿Por qué no nos lo dijiste a nosotros que somos tus padres? Eres nuestro único hijo. Ya tienes veintiocho y nosotros llevamos años angustiados, aunque no nos atrevíamos a presionarte. Tu madre y yo habíamos acordado que cuando llegara el día te organizaríamos la boda más fastuosa, ¿y tú vas y lo haces así, tan a la ligera, como si no importara nada?…
Esa noche el viento soplaba con fuerza. Cheng Sheng se ajustó el abrigo y, bajo la farola, agachó la cabeza, absorto en sus pensamientos. Escuchó durante mucho rato los pasos de alguien que iba y venía al otro lado de la línea, los suspiros y los golpes sobre la mesa, hasta que por fin abrió la boca:
—No fue algo a la ligera, en absoluto.
Tras una pausa, continuó:
—Papá, ¿te acuerdas de Zhang Chen? Ese chico al que hace diez años la abuela te pidió que ayudaras, ese mismo. Nos volvimos a encontrar. Ahora es realmente impresionante, sabe hacer de todo, es más fiable que yo. Si lo conocieras, seguro que también te caería bien.
No hubo respuesta, solo una respiración entrecortada y pesada. Cheng Sheng miró hacia el matorral oscuro al otro lado de la calle y prosiguió:
—¿No has estado siempre preocupado por mi enfermedad? Pero yo cometí un gran error en el pasado; merecía mi castigo, y que me haya enfermado es parte de ese castigo. Pero ahora veo la salida, bien clara frente a mí. Quiero curarme cuanto antes, ser una persona sana y empezar mi vida de nuevo. Quizá esta vez ya no vuelva a equivocarme. Por favor, disculpame.
Al oír que del otro lado no había más que esa respiración sin tregua, agregó:
—Perdón, perdón, perdón.
