Capítulo 64. Dispersarse

La habitación individual del cuarto piso se había convertido recientemente en objeto de especial atención. El segundo día por la mañana, justo después de que los padres de Cheng Sheng se marcharan, varios directivos del hospital llegaron apresurados de fuera cargados de regalos y fueron personalmente a visitar a Cheng Sheng. Tras un rato de falsas y empalagosas cortesías, salieron con el rostro tenso y advirtieron al médico y las enfermeras a cargo:

—A este hay que vigilarlo bien. No puede ocurrirle ni el más mínimo problema.

Cada vez que Zhang Chen pasaba por la sala de guardia, solía escuchar algún comentario sobre Cheng Sheng, la mayoría rumores en torno a su familia. Unos hablaban de a qué se dedicaban su padre y su madre, otros se preguntaban por qué había venido a un hospital común como el suyo. Zhang Chen se detuvo un momento junto a la puerta a escuchar, luego agitó ligeramente la bolsa de frutas que acababa de comprar y se dirigió con paso rápido hacia la habitación del paciente.

En la habitación del hospital, la madre de Cheng Sheng hablaba con él sobre planes de futuro mientras este se apoyaba en la cabecera de la cama. Lucía mucho más agotada que el primer día, al natural, sin una gota de maquillaje, con el cabello recogido de forma descuidada; aun así seguía viniendo cada día a traerle la sopa que ella misma cocía y los pastelillos que horneaba.

Cuando Zhang Chen entró, la saludó con naturalidad. Por lo general, ella apenas le respondía, aunque nunca lo trató con rudeza. Esa actitud siempre le recordaba a la señora Li, pero él realmente no tenía ánimo para preocuparse por esa indiferencia; fingiendo no notar la incomodidad en el ambiente, dejó las frutas que había comprado sobre la mesa, rebuscó y sacó una mandarina reluciente y, tras lavarse las manos, se acomodó junto a la cama de Cheng Sheng, pelándola gajo a gajo para dársela.

Siempre que pasaba esto, la madre de Cheng Sheng quedaba en una situación embarazosa. Primero giraba la cabeza para no mirar lo acaramelados que estaban los dos, pero su hijo soltaba risitas de plena satisfacción, a veces incluso con un tono de mimo. Hacía muchos años que no veía a su hijo tan contento y, al oír aquel sonido, se le encogía el corazón con un dejo de amargura, sin poder evitar volver la mirada hacia ellos a escondidas.

Al volver la cabeza, justo alcanzó a verlos coqueteando. Los dos quedaban envueltos en la luz: uno había pelado una mandarina y le acercaba un gajo a los labios del otro; el otro, con la cabeza alzada, lo recibía con la boca. A pesar de ser hombres adultos de casi treinta años, de vez en cuando todavía se permitían entretenerse en esas pequeñas travesuras.

La madre de Cheng Sheng arrastró la silla hasta el balcón y se sentó bajo el sol del mediodía, observando en silencio a los dos chicos frente a ella. Sin saber por qué, de pronto se le humedecieron los ojos. Ella misma se sorprendió y, algo turbada, sacó al azar un pañuelo del bolsillo; de espaldas a ellos, se enjugó los ojos una y otra vez.

Cerca de Año Nuevo recibió dos visitas. La primera fue de Qin Xiao y Haiyan, que aprovecharon el fin de semana para ir a ver a Cheng Sheng; no compraron nada y entraron con las manos vacías. Nada más verlo, Qin Xiao dijo:

—Supuse que aquí no te faltaba nada, así que no quise gastar en vano.

Haiyan, apoyada en su bastón, se sentó junto a la cama de Cheng Sheng sin pronunciar palabra; solo le sostuvo la mano y le hizo compañía en silencio toda la tarde, hasta que anocheció y se marchó del brazo de Zhang Chen.

Si la primera visita fue de viejos conocidos, la segunda fue una auténtica sorpresa.

Últimamente, Zhang Chen recibía llamadas urgentes a todas horas. Al otro lado de la línea, alguien parecía apremiarlo para que resolviera algún asunto, pero él siempre lo iba postergando. Solo respondía al teléfono:

—Las dos primeras grabaciones ya están, pero a las siguientes hay que añadir violín y trompeta. Jiale estos días está enseñándole violín a un niño y no tiene tiempo. El resto de la producción también tendrá que esperar. Como mínimo, hasta el mes que viene.

Del otro lado se oyeron unos cuantos murmullos ininteligibles, y Zhang Chen añadió:

—¿El concierto? El sábado no hay problema, pero antes de las doce tengo que estar de vuelta. Tengo un paciente al que cuidar.

Cheng Sheng, recostado en la cama del hospital, alzó la vista para observar a Zhang Chen mientras hablaba por teléfono.

Del teléfono celular brotaba un torrente de voces estridentes. Zhang Chen apartó el aparato de su oído, con un gesto difícil de distinguir entre fastidio y severidad, y soltó lapidario:

—Da igual cuánto me reproches. Tengo un paciente a mi cargo y no puedo estar en dos sitios a la vez.

Al oír que hablaban de él, Cheng Sheng aguzó el oído. Pero apenas logró captar frases sueltas como «¿Acaso sus propios padres no se ocupan de él para que tengas que meterte tú?» y «¿Qué interés tienes en pegarte como una lapa?», cuando Zhang Chen cerró el teléfono de un golpe y lo arrojó sobre la cama del hospital. La pantalla se iluminó repetidamente con varios mensajes entrantes, pero Zhang Chen ni siquiera les echó un vistazo.

Al día siguiente, llegó aquel segundo grupo tan inesperado. Ocurrió cuando Zhang Chen estaba a punto de salir a comprarle a Cheng Sheng lo que había pedido para el almuerzo. Con la cabeza inclinada, le daba indicaciones sobre el tratamiento de la tarde, pero a mitad de frase, unos pasos apresurados resonaron en el pasillo. Acto seguido, la puerta frente a ellos se abrió con un chirrido.

Qi Yuan irrumpió calzando unos tacones de siete u ocho centímetros que retumbaban contra el suelo con cada paso. Al abrir la puerta, una ráfaga de su perfume invadió la habitación con tal intensidad que casi los hizo tambalear. 

Nada más entrar, la mujer se encontró con los dos hombres conversando muy cerca el uno del otro, en una postura inequívocamente íntima. Al instante, su rostro se ensombreció como si fuera a desplomarse al suelo. Apretó los labios sin decir palabra, buscó una silla y se sentó a observarlos en silencio, estudiando con atención a aquellos dos individuos tan fuera de lo común.

Solo después de atender a Cheng Sheng, Zhang Chen pudo prestarle atención a Qi Yuan, aunque se notaba que no estaba nada contento con su visita. Nada más empezar, le espetó:

—¿No quedamos en que empezaríamos el mes que viene? ¿A qué viene esta visita? ¿Quién te dijo que estaba aquí?

—¿Y quién si no? Fui a preguntarle a Lao Qin. ¿O preferirías que esperara a que desaparezcas del todo antes de venir a buscarte? —Qi Yuan sacó una botella de agua de su bolso y bebió a grandes tragos con un sonido gutural. Tras terminar, exhaló fuerte y, aunque lanzó una mirada a Cheng Sheng en la cama del hospital, se dirigió a Zhang Chen—: ¿No vas a ensayar ni una vez antes del concierto del sábado? Los organizadores del festival quieren confirmar las bandas de este año y me han contactado a mí para preguntar. 

—Esas canciones viejas ya las hemos tocado hasta el cansancio. Con un repaso basta.

Zhang Chen agarró la chaqueta que colgaba de la silla y se la puso. Después, le dio unas últimas instrucciones a Cheng Sheng, sin dignarse a mirar a Qi Yuan ni una sola vez, y solo le hizo un gesto para que lo siguiera.

—Cheng Sheng quiere sopa de arroz, así que voy a comprársela. Si tienes algo importante que hablar, acompáñame y lo hablamos por el camino.

Qi Yuan no se levantó para seguirlo. Al contrario, alzó la cabeza para mirarlo con desdén y rechazó la propuesta.

—¿Cómo vamos a hablar en el camino? Prefiero esperarte aquí. —Hizo una pausa y, lanzando otra mirada a Cheng Sheng, añadió—: Cuando termines de atenderlo, encontraremos un lugar para hablar de lo importante.

Su tono hizo que Zhang Chen no tuviera nada más que decirle. Con un seco «haz lo que quieras», salió del hospital. 

En la habitación solo quedaron Cheng Sheng y Qi Yuan. Ella se sentó frente a su cama, sin molestarse en disimular su curiosidad, y lo escudriñó de arriba abajo mientras él, con la cabeza ladeada, fingía contemplar el paisaje fuera de la ventana.

Esa mirada descarada no pasó desapercibida para Cheng Sheng, pero optó por hacer como si no la notara, dejando que el silencio se espesara en la habitación, concentrado únicamente en el exterior.

Al cabo de un rato, el taconeo de unos zapatos de mujer resonó de nuevo. Cheng Sheng no hizo caso, ni siquiera giró el cuello. Pero pronto la situación le impidió seguir fingiendo sordera: la dueña de aquellos tacones dio una patada al borde de su cama, provocando un estruendo metálico que retumbó en la habitación.

Qi Yuan, con los tacones medio descalzados, golpeó el borde de la cama varias veces más con la punta del zapato y, como si nada, le preguntó:

—Estás muy delgado. ¿Cuánto pesas?

El estrépito que ella provocó sobresaltó a Cheng Sheng. Giró de golpe la cabeza y sus miradas se cruzaron. Algo incómodo, bajó apresuradamente la vista, fijándola en la manta que lo cubría, y mintió añadiendo cinco kilos de más:

—Cincuenta y cuatro kilos.

Qi Yuan soltó un prolongado «ajá» y retiró el pie que había extendido, pero no apartó esa mirada penetrante. Estudió por un momento el rostro demacrado de Cheng Sheng, luego deslizó la vista hacia sus clavículas medio expuestas y los huesos visibles de sus muñecas. Cuando sus ojos se posaron en las clavículas, de pronto adoptó una expresión extraña. Se quedó pegada a esa zona durante un largo rato y, de repente, esbozó una sonrisa.

—No pareces afeminado, la verdad. Das el pego de persona formal. De hecho, cuando vistes de traje, podrías pasar perfectamente por todo un triunfador.

Acto seguido, se dio un manotazo en los labios y, riendo, rectificó:

—¿Qué estoy diciendo? Ya lo eres. Toda tu familia lo es.

Cheng Sheng alzó la cabeza; sabía que sus palabras tenían un trasfondo, y esta vez no evitó su mirada. La sostuvo de frente.

El maquillaje de Qi Yuan era impecable, ni demasiado cargado ni demasiado discreto, proyectando una engañosa apariencia de dulzura que contrastaba por completo con la agresividad de sus comentarios.

Cheng Sheng simplemente la miró fijamente, tal como ella había hecho con él, sin pronunciar palabra. Pero no pasó mucho tiempo antes de que su mirada lograra incomodar a Qi Yuan. Se alisó el frente de la blusa, dejó caer los hombros y, sin seguir mirándolo de hito en hito, ladeó la cabeza y dijo:

—Te envidio, de verdad.

Sus palabras hicieron que Cheng Sheng detuviera el movimiento nervioso de sus dedos arrugando la sábana. Su mente, hasta entonces confusa, se aclaró de repente. Parecía haber captado el significado oculto en las palabras de la joven. Con una mano todavía sobre la manta, levantó la otra para señalar primero su propio rostro y luego el pijama de hospital que vestía, replicando con aspereza:

—¿Qué es lo que envidias, exactamente? ¿Mi cuerpo enfermizo? Esta enfermedad mía es de reporte obligatorio[1].

Qi Yuan quedó desconcertada por el cambio brusco de tono, pero al alzar la vista, se encontró con la expresión defensiva de Cheng Sheng, quien la miraba como si fuera una ladrona con intenciones siniestras, ansiosa por arrebatarle algo. Al verlo así, soltó una risita.

—¿A alguien como tú le afectaría realmente que lo reporten? ¿Acaso tu familia dejaría que sufrieras un poco?

Inclinándose un poco hacia él, clavó los ojos en su rostro durante un largo instante, dejó escapar un «ay» cargado de significado y luego, con seriedad inusual, le preguntó:

—¿Por qué? ¿Por qué lo tienes todo? ¿Cuántas buenas acciones habrás hecho en tu vida pasada para merecer esto?

La intención detrás de sus palabras era más que obvia. Cheng Sheng volvió la cabeza hacia el otro lado, evitando su mirada, y murmuró hacia la pared blanca:

—¿Acaso somos tan cercanos? No proyectes tus fantasías en mí. No tengo ni la mitad de lo que crees.

Aquellas palabras parecieron enfurecer a Qi Yuan. Apenas se había levantado de la silla cuando, de golpe, volvió a sentarse. Empezó a enumerar con los dedos, uno a uno:

—Tienes familia, tienes carrera, tienes amor, ¿y aún te parece poco?

Al terminar, resopló varias veces por la nariz, como si con ese gesto pudiera expulsar la rabia que le quemaba por dentro. Luego se acomodó el cabello que le caía sobre el pecho, respiró hondo un par de veces, intentando no verse tan ridícula, y cambió de tema, hablando del verdadero protagonista oculto en la conversación que acababan de tener:

—Lo conozco desde hace siete años.

Al fin había llegado al punto, pero la tormenta emocional de hace un momento no se había disipado del todo, y su voz vaciló apenas al empezar. Aun así, se mantuvo firme y preguntó con obstinación:

—¿Tú cuánto tiempo llevas conociéndolo? ¿Con qué derecho?

Ambos sabían perfectamente de quién estaban hablando. Cheng Sheng, recostado en la cabecera de la cama, guardó silencio un instante. No podía creer que se hubiera visto arrastrado a un drama de celos tan absurdo. Le parecía ridículo… pero tampoco pudo evitar sentir celos de esos años que Qi Yuan había compartido con él, años en los que él no estuvo. Una ola de posesividad, silenciosa pero voraz, brotó en su interior. Así que respondió a propósito:

—Nos conocemos desde hace diez años. Nuestras familias ya se trataban desde antes; mi abuela tenía muy buena relación con la suya.

Al ver que Qi Yuan se quedó pasmada al escuchar sus palabras, Cheng Sheng, temiendo aún no haberle cerrado del todo el paso, apretó los dientes y remató:

—Todo lo que se hace en la adolescencia, nosotros ya lo hicimos. Fuimos el primer amor del otro.

Mientras hablaba, no le quitaba la vista de encima, atento a cualquier cambio en su expresión. En ese rostro cuidadosamente maquillado apareció primero un destello de sorpresa, y enseguida, los párpados tensos que había mantenido alzados se le vinieron abajo de golpe. Su cara entera se volvió gris, apagada, como si de pronto le hubieran cortado la luz.

Al ver esa expresión, Cheng Sheng volvió a hablar:

—Cuéntame su historia. Lo de ustedes.

Pero Qi Yuan levantó de repente la vista y lo fulminó con una mirada. La melancolía de antes había desaparecido por completo. Soltó una risita desdeñosa.

—¿De verdad te da curiosidad?

Cheng Sheng, al verla tan arisca, ya no albergaba esperanza alguna de que fuera a contarle nada. Estaba a punto de decir «olvídalo», cuando ella volvió a bajar la cabeza y le soltó, de pronto:

—¿Y tú qué derecho tienes a tener curiosidad? Hoy vine a buscarte porque no me quedó otra opción. ¿No es por tu culpa que nuestra banda lleva tanto tiempo parada?

Fue entonces cuando Cheng Sheng por fin entendió por qué Qi Yuan estaba tan furiosa. Sin embargo, no logró encontrar una sola palabra para disculparse; se limitó a estrujar con fuerza una esquina de la manta, deformándola, sin decir nada.

Al ver que él se hacía el sordo y mudo, Qi Yuan le soltó un par de patadas al borde de la cama, haciendo que todo en la habitación resonara con estruendo. Ni así se le calmó la rabia. Miró a Cheng Sheng, tirado en la cama con el rostro completamente desprovisto de color, y de pronto como que lo entendió todo. Lo señaló con el dedo y le preguntó:

—¿No será que fue él quien te dejó así, hecho polvo?

Al decirlo, se dio una palmada en el muslo.

—¡Lo sabía! Zhang Chen siempre termina dejando a la gente así. Yo tampoco acabé mucho mejor, y no solo yo, hay más. Pero a ninguna nos dio por culparlo, ¿o sí?

Al ver cómo a Cheng Sheng se le descomponía el rostro de un segundo a otro, más pálido aún que antes, Qi Yuan se entusiasmó todavía más. Se inclinó hacia adelante y, enganchando el dedo en un gesto provocador, le preguntó:

—¿Quieres que te cuente historias de Zhang Chen? ¿Sí o no?

Aquella pregunta no era más que para sí misma; sin esperar respuesta de Cheng Sheng, empezó a hablar por su cuenta:

—Antes en la banda teníamos una fan. Bueno, en realidad no debería llamarla fan de la banda, para ser exactos era fan de Zhang Chen, así con todas las letras. Nos siguió de gira durante medio año, y Zhang Chen jamás le hizo caso. Luego ella fue y le mintió al padre de Zhang Chen, le dijo que estaba embarazada de él y que se iban a casar. ¿Tú te crees? Vale que el padre de Zhang Chen está mal de la cabeza, pero tampoco es idiota. En cuanto la vio, la insultó de arriba abajo y la echó del sanatorio. Entonces ella volvió y se puso a armar un escándalo frente a la empresa de Zhang Chen, con cuchilla en mano, cortándose los brazos. Por ese entonces Zhang Chen se había hecho bastante conocido tanto en su oficina como en el círculo. La gente del círculo, ya sabes cómo son, les da igual el drama, y además todos sabían perfectamente cómo era él. Nadie le creyó a la tipa. Pero en su empresa fue otra historia. Ahí sí todos se lo tomaron en serio, lo acusaban de acostarse con chicas y luego no hacerse responsable. Vaya suerte de mierda la suya, ¿no crees? Pero dime, ¿se le puede culpar a Zhang Chen por eso?

Al llegar a este punto, Qi Yuan levantó la vista y le echó una ojeada a Cheng Sheng, que seguía aturdido, y continuó:

—Después, aquella chica se cortó todo el cabello. Le quedó justo por debajo de las orejas, parecía un tomboy. —Se señaló a sí misma, justo debajo de la oreja, para mostrar el largo—. Y luego desapareció. Dicen que se fue al sur a trabajar con su hermana, pero nadie sabe exactamente a qué ciudad. Yo, desde la universidad, ya sabía que Zhang Chen era de esos con los que no hay que meterse. Sabía que si te acercabas, algo se rompía. Y efectivamente: nadie que se haya cruzado con él ha terminado bien. Yo soy una, ella también lo fue. Pero aun así lo hice. Sabía lo que hacía, así que me lo tengo bien merecido.

Cheng Sheng no dijo una palabra, parecía perdido en sus pensamientos. Qi Yuan esperó un buen rato, pero como el de la cama no mostraba reacción alguna ante la historia, acabó perdiendo la paciencia y le soltó otro par de puntapiés a la estructura de metal. Después, con el dedo le señaló el escote abierto de su camisa y le dijo, con tono molesto:

—Tienes marcas de besos en el pecho. Abotónate la camisa, que si alguien lo ve va a pensar cualquier cosa. Van a creer que ni siquiera en el hospital puedes estarte quieto.

Apenas terminó de hablar, Cheng Sheng, que aún parecía ido, volvió bruscamente en sí. Bajó la mirada y, al ver su propio pecho, se quedó paralizado. Efectivamente, había una zona entera cubierta de marcas de besos, todavía rojizas, señales de la larga batalla de la noche anterior con Zhang Chen, ahí mismo en la cama del hospital.

Al darse cuenta, se apresuró a cerrarse la camisa y a abotonarla con manos torpes. Pero justo cuando estaba a la mitad, la voz de Qi Yuan volvió a cruzar la habitación.

—¿Y qué tal es Zhang Chen en la cama? Para dejarte así de marcado…

Como si le hubiera venido de pronto una imagen a la cabeza, se llevó una mano a la boca y se echó a reír.

—No me digas que también en la cama es de los que son fríos e indiferentes. Eso ya sería terrorífico.

Cheng Sheng alzó la cabeza y se quedó mirando fijamente ese rostro lleno de regodeo. Su expresión se fue enfriando poco a poco.

—No es en absoluto como te lo imaginas. En la cama, no tiene nada de frío.

Era una respuesta directa, un contraataque a todas las historias que Qi Yuan acababa de contar. Y ella lo entendió. En la habitación caldeada por la calefacción, comenzó a sentirse sofocada; se quitó el abrigo y lo dejó sobre sus piernas. La expresión de su rostro también se deshizo, y no dijo nada. Solo escuchó en silencio mientras Cheng Sheng continuaba:

—Siempre me tiene entre sus brazos. No me deja salir de su campo de visión. A veces, cuando lo hacemos con prisa, se le humedece la punta de la nariz de sudor y yo se la lamo hasta dejarla limpia. Le encanta que lo haga. Cuanto más obsesionado me ve, más le gusta. Y además me susurra palabras de amor al oído. ¿Puedes imaginarte a alguien como Zhang Chen diciendo cosas así? Pero lo hace: me abraza y me dice que soy su guitarra, su teclado. Tú lo conoces desde hace siete años, ¿verdad? Entonces sabrás lo que significan para él la guitarra y el teclado, ¿no? —Al ver cómo se le tensaban los hombros a Qi Yuan, cómo apretaba los labios y alzaba rígidamente el cuello, siguió hablando, sin detenerse—: Después de hacerlo, me lleva a bañar. A veces, mientras me lava, quiere volver a hacerlo. Otras veces, los dos estamos tan cansados que solo nos enjuagamos un poco y nos vamos directo a la cama. Pero incluso al dormir, tiene que abrazarme. A veces me resulta incómodo, me aprieta; y si intento moverme apenas un centímetro hacia un lado, enseguida me arrastra de nuevo contra él.

Cuando por fin terminó de hablar, Qi Yuan se frotó los hombros entumecidos, con la mirada perdida, y dijo en voz baja, sin levantar la cabeza:

—Hablar con tanto detalle de lo que hacen en la cama… de verdad que no tienes vergüenza.

Reclinado contra la cama, Cheng Sheng aceptó sin ceremonias:

—Fuiste tú la que preguntó.

Estaba a punto de seguir, de soltar algo más, pero en ese momento se escucharon pasos en el pasillo. Antes de que pudiera abrir la boca, la puerta se abrió desde fuera.

Zhang Chen entró con todo el frío del exterior a cuestas. Traía en la mano dos cajas de comida para llevar. Mientras se acercaba, le dijo a Cheng Sheng:

—Aquí tienes la ensalada de frutas y la sopa de ocho tesoros que pediste. Cómelas y luego me aseguro de que tomes la medicina.

La atmósfera, que apenas un momento antes era tensa como una cuerda a punto de romperse, estalló en mil pedazos con un solo golpe. Qi Yuan enderezó el torso que había mantenido inclinado hacia adelante, se acomodó con calma en la silla y alisó cuidadosamente sus largos rizos. Cheng Sheng, por su parte, estaba a punto de lanzar otro comentario punzante, pero en cuanto Zhang Chen entró, las palabras se le quedaron atoradas en la garganta. Solo se limitó a mirarlo, en silencio, mientras él abría las cajas con toda tranquilidad.

Como siempre, Zhang Chen le pasó la comida y no insistió más. Se sentó en otra silla y comenzó a charlar con Qi Yuan, a ratos, sobre los ensayos y el nuevo álbum. Sin embargo, sus ojos se desviaban de tanto en tanto hacia la cama. Apenas veía que Cheng Sheng tenía algo manchado en la cara, dejaba a Qi Yuan con la frase a medio terminar, se levantaba de inmediato, sacaba un pañuelo de la mesilla y se lo pasaba por la cara, llamándole la atención:

—¿A tu edad y todavía comes así? La próxima te limpias tú solo.

Cheng Sheng levantó un poco la cabeza para mirar a Zhang Chen, y de reojo vio a Qi Yuan, que los observaba en silencio a poca distancia. De repente, como si hubiera tomado una decisión, agarró la muñeca de Zhang Chen, se señaló la mejilla y le dijo en voz baja:

—Bésame aquí.

La voz era suave, sí, pero el tono no admitía discusión. Había en ella una mezcla de obstinación y ruego. Zhang Chen lo miró de reojo y, al girar la cabeza, se topó con la mirada fija de Qi Yuan, que seguía contemplándolos sin disimulo. Comprendió enseguida de qué se trataba, pero no dijo ni una palabra. Le sostuvo la barbilla con una mano y le dejó un beso en la mejilla antes de soltarlo. Al sentarse de nuevo en la silla, solo dijo:

—¿Contento?

Con la caja de comida abrazada contra el pecho, Cheng Sheng se llevó una mano libre al rostro y, tras palparse con cuidado donde lo habían besado, sonrió con deleite.

—Si me besaras así todos los días, creo que no me volvería a enfermar en toda la vida.

Zhang Chen le lanzó una mirada de soslayo. Al ver su expresión bobalicona y satisfecha, no pudo evitar una leve sonrisa.

—Entonces más te vale no enfermarte nunca —le dijo—, porque el que termina cuidándote siempre soy yo.

Qi Yuan, que había quedado relegada a un lado, parecía aislada de ellos por una especie de membrana invisible. Llevaba rato mirando a los dos sin apartar la vista, y al llegar a ese punto, finalmente no pudo más. Agarró bruscamente el bolso que estaba sobre la mesa, se enfundó el abrigo y se levantó de un salto. Los tacones de sus zapatos golpeaban el suelo con estruendo, y sacudiendo su cabello, salió precipitadamente de la habitación, dejando a los dos ocupantes únicamente con el sonido de un portazo que retumbó con un «¡bang!».

Zhang Chen miró hacia la puerta, cerró bien la lonchera que le pasó Cheng Sheng y la guardó en una bolsa de plástico. Miró a Cheng Sheng, que seguía en la cama, y mientras se disponía a salir, le preguntó de repente:

—¿No confías en mí?

Cheng Sheng sacó un pañuelo y se limpió las manos, pero al ver la espalda de Zhang Chen alejándose no pudo detenerlo. Con voz apagada dijo:

—Sí confío en ti. Pero ella está enamorada de ti. Sabe que tú y yo estamos juntos y aún así te sigue queriendo. Por favor, no vayas a buscarla.

La mano en el pomo de la puerta no se movió. Zhang Chen se giró para mirarlo y dijo:

—Entonces no confías en mí.

Desde la cama, Cheng Sheng lo miró y negó con fuerza.

—No es que no confíe en ti. Es que… es que yo…

Pronto Zhang Chen recordó su estado de salud y el tono frío que había usado se suavizó de inmediato. Soltó un suspiro y explicó:

—Voy a buscarla para hablar de trabajo.

Al mencionar el trabajo, Cheng Sheng no dijo ni una palabra más. Mustio, observó cómo Zhang Chen cerraba la puerta de la habitación del hospital sin agregar nada. 

Al final del pasillo, en la entrada de las escaleras, había una mujer agachada. Apretaba su bolso entre el pecho y las rodillas, con la mirada perdida hacia la ventana. Al poco rato, alguien le dio una palmada en el hombro. Ella lo ignoró, pero la persona de arriba no tardó en perder la paciencia, retirando la mano y soltando:

—Cuando hablamos de trabajo, controla un poco tu carácter.

Esas palabras avivaron el fuego que Qi Yuan no había podido desahogar antes. De un salto se puso de pie y el bolso que llevaba en brazos cayó al suelo. Ni siquiera lo miró; en cambio, volviéndose hacia Zhang Chen, le señaló la cara y gritó:

—¿Encima me hablas de trabajo? ¿Quién ha retrasado nuestro próximo álbum más de seis meses? Pensé que tenías algún motivo grave, pero resulta que es por un tipo con problemas mentales.

Zhang Chen apartó su mano.

—¿Podrías hablar de forma más educada?

—¿En qué me equivoco? —Su voz subió aún más de volumen, llevada por la ira—. ¿Sabes lo que me dijo hace un rato en la habitación? Se puso a presumir de cómo se acostaron, de cómo lo abrazaste. ¿Eso no es ser un enfermo mental? 

El alboroto de la discusión atrajo rápidamente a las enfermeras. Varias salieron de las habitaciones y, con gesto molesto, les hicieron señas para que se fueran:

—Esto es un hospital. Si tienen problemas familiares, discútanlos afuera y vuelvan cuando terminen. 

Qi Yuan aún no había reaccionado cuando Zhang Chen la agarró del brazo y la arrastró escaleras abajo hacia la entrada principal. Afuera, el sol parecía a punto de apagarse, todo estaba sombrío. Él la llevó a rastras hasta una puerta lateral del hospital, y apenas logró ella recuperar el equilibrio, se soltó de su mano con un gesto brusco. Tragó saliva y, señalándolo con el dedo, le espetó:

—Si fueras una mujer, hasta podría entender que te casaras con él para entrar en una familia adinerada. Me cosería la boca y no diría ni una palabra. ¡Pero eres un hombre! ¿Crees que su familia te aceptaría? ¿Acaso él, con todo su poder y dinero, te ha dado algún beneficio?

Zhang Chen la hizo quedarse junto a la barandilla y, bajando la cabeza, sonrió.

—No lo entiendes. A mí eso no me importa.

Esa respuesta hizo que Qi Yuan perdiera por completo la cordura. Su rostro se contrajo por la agitación, y empujó con fuerza el pecho de Zhang Chen, jadeando:

—¿Que no te importa? Entonces, ¿qué valor tiene para ti lo que otros te han dado? ¿Por qué lo quieres si no ha hecho nada por ti? ¿Dónde estaba cuando tu padre no podía reunir ni unos miles para la operación y la hospitalización? ¿Estudiando en el extranjero, gastando cientos de miles al año en matrículas? ¿Dónde estaba cuando ensayábamos en ese sótano de mierda? ¿Paseando en coches de lujo y comprando villas con sus amigos ricos y privilegiados? ¡Solo un reloj o un bolso de marca de esos bastardos equivale a más de lo que gastamos en años! Con lo que él derrocha sin pensar, ni siquiera tendrías que esforzarte tanto, pero ¿alguna vez te ha dado algo? ¡He sido yo, junto a Lao Liu, quienes te acompañamos siete años! ¡Nosotros, no él!

Se señaló a sí misma con un dedo mientras con la otra mano seguía empujando el hombro de Zhang Chen, como descargando su rabia. Repitió esa frase, una y otra vez:

—Mírame bien. Todos estos años, he sido yo quien los ha pasado a tu lado. ¡Yo! Ahora que por fin hemos superado las dificultades, él aparece de la nada para llevarse todos los beneficios. ¿Por qué? ¡¿Por qué?!

Justo cuando alzó la mano para hacer algo, de repente su muñeca fue atrapada por Zhang Chen, y entonces vio que en aquellos ojos que antes siempre solían mirarla fijamente ahora rebosaba una emoción completamente distinta a la de antes: asco.

Qi Yuan se quedó paralizada. Antes también había sido caprichosa por tonterías, pero en esos tiempos Zhang Chen simplemente la ignoraba. Nunca la había mirado así.

Él le soltó la muñeca y dijo con calma: 

—El amor no sigue ninguna lógica. Ya es hora de que mires a otra parte.

Su tono era sereno, pero el desprecio en su mirada seguía ahí. Poco después, añadió: 

—Hace mucho que te lo dije: nunca me has gustado.

Qi Yuan soltó una carcajada, aunque las lágrimas le rodaban al mismo tiempo. Volteó la cabeza y se secó los ojos con la manga de la chaqueta y, sollozando mientras se sorbía la nariz, dijo:

—Me lo merezco. Sabía perfectamente lo mucho que puedes herir, pero igual me metí de cabeza como una idiota…

Se secó las lágrimas y le sonrió a Zhang Chen.

—Cuando terminemos este álbum, mejor nos separamos. Si no fuera por hacer música contigo, ya habría dejado esto hace tiempo.

Zhang Chen le dio la espalda y respondió:

—Bien. Entonces que nuestro quinto álbum sea de despedida. Un adiós civilizado.


[1] Por lo que leí, en China la información de personas con ciertas enfermedades mentales (la bipolaridad entre ellas) debe ser reportada a la base de datos del Sistema de gestión de enfermedades mentales graves. Más información aquí.

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