Capítulo 65. Músico independiente

Al volver a la habitación, Zhang Chen vio a Cheng Sheng apoyado contra la ventana, mirando las calles. Desde la puerta solo se le veía una espalda solitaria, delgada hasta el punto de parecer un esqueleto flotando dentro del pijama del hospital.

Apenas oyó abrirse la puerta, Cheng Sheng se giró enseguida. Su rostro, que hacía un segundo estaba marcado por la melancolía, se iluminó de repente con una sonrisa. En dos o tres pasos regresó a su cama, se sentó y le hizo una seña a Zhang Chen para que se acercara.

El abrigo aún traía consigo el frío de la calle. Zhang Chen se lo quitó y lo colgó en una silla antes de acercarse y preguntarle:

—¿Qué pasa?

Cheng Sheng le agarró ambas manos, palpó las callosidades de sus dedos y empezó a balancearlas suavemente en el aire. Cuando se cansó de jugar, soltó con una aparente ligereza:

—Llamé a mi mamá. Quedamos en que ustedes dos se turnarían para venir al hospital. El fin de semana tienen ensayo y una presentación, ¿no? Entonces viernes, sábado y domingo no hace falta que vengas. Esos tres días se queda ella a cuidarme.

Zhang Chen no se dejó engañar por el tono casual y lo rechazó de plano:

—No. Por la mañana tú solo no puedes levantarte. Y tu madre, a su edad, no tiene la fuerza para encargarse de ti.

Al oír esto, Cheng Sheng apretó aún más fuerte sus manos, sin desanimarse. Mientras balanceaba los brazos de ambos de un lado a otro, alzó la cabeza para rogarle:

—¿Acaso no hay enfermeras? En las salas cerradas también hay pacientes peor que yo, y aun así las enfermeras los levantan uno a uno cada mañana. ¿Qué es lo que te preocupa aquí? En el hospital no va a pasar nada. Además, mi mamá estaría encantada de pasarse las veinticuatro horas del día a mi lado. Si aceptas hacer turnos con ella, seguro se pone a celebrar en secreto.

Hablaba con ligereza, con una sonrisa dibujada en los ojos, pero el rostro tremendamente pálido y los labios resecos hacían que sus palabras parecieran una actuación. Zhang Chen, al bajar la vista, advirtió aquel gesto de forzar ánimo y ya intuía lo que el otro tramaba. Alzó la mano para acomodarle el cabello y dijo:

—Pero estando yo aquí todavía puedo ayudarte con parte del trabajo de la empresa. Si me voy, ¿quién se va a encargar de ayudarte con el trabajo y hacer de intermediario?

Cheng Sheng chasqueó la lengua y soltó una mano para darle un golpecito en la suya.

—¿Por estas minucias te preocupas? —protestó—. No subestimes a mi mamá. Tiene más cabeza que yo. Ahora mismo en su escuela no tiene mucho que hacer y tiene miedo que el cerebro se le oxide, así que está feliz de venir conmigo a buscar algo nuevo que hacer.

Zhang Chen no se lo creyó ni por un segundo. Soltó un «No» y, al mismo tiempo, le levantó una mechita de su cabello para juguetear con ella.

Cheng Sheng sacudió ligeramente la cabeza y, de forma deliberada, acercó más su cabello a la mano de Zhang Chen.

—Si ni de mi mamá te fías, ¿entonces de quién sí?

—De mí mismo.

—¿Y de los doctores?

—A duras penas.

Cheng Sheng volvió a preguntar:

—¿Y de mí?

—De ti no.

Cheng Sheng chasqueó la lengua y, empeñado en salirse con la suya, dijo:

—Entonces no hay forma de que me cure. Si ni tú confías en mí…

Justo al terminar la frase, la puerta de la habitación sonó, tal y como él había esperado. Entró una mujer de mediana edad, con una bufanda de cachemira envolviéndole bien el cuello, dejando a la vista un rostro algo cansado. Arrastraba una maleta que parecía recién comprada, más costosa que toda la ropa de Cheng Sheng junta en los últimos años. En la otra mano, llevaba un termo de acero inoxidable, seguramente con algún caldo casero recién hecho.

La impresión que la madre de Cheng Sheng tenía de Zhang Chen era compleja: ya no lo ignoraba como antes, pero tampoco podía mostrarse cercana. Al entrar, le asintió con un leve gesto a modo de saludo y, tras cumplir con esa cortesía, no volvió a tener más contacto con él, volcando toda su atención únicamente en su hijo.

Al ver a la madre de Cheng Sheng aparecer inesperadamente en la habitación del hospital con una maleta, Zhang Chen le lanzó una mirada de advertencia a Cheng Sheng, pero descubrió que este no esquivaba su vista; al contrario, con la cabeza erguida y una sonrisa descarada, hasta se atrevió a llamar, en tono fingidamente serio, a su madre que acababa de entrar y ya se agachaba a sacar el equipaje:

—Mamá, Zhang Chen ha dejado hasta el trabajo para acompañarme. ¿No podrías venir tú a reemplazarlo unos días a la semana?

Ella, al oír esto, detuvo lo que estaba haciendo, se volvió y recorrió a Zhang Chen con la mirada de abajo arriba, pero enseguida se apresuró a callar las palabras desconsideradas de su hijo:

—Eres mi hijo, ¿cómo puedes decir que «reemplace» a alguien para cuidarte? 

—Siempre me está sacando defectos… ¿No he sido así desde pequeño? Nunca he sabido expresarme bien. —Cheng Sheng se deslizó de la cama, se agachó junto a la maleta y comenzó a ayudar a su madre a ordenar.

Dentro había, básicamente, artículos de uso diario que su madre había traído pensando en quedarse largo tiempo en el hospital. Solo en uno de los compartimentos se apilaban unas cuantas bolsas de embalaje de marcas de lujo; Cheng Sheng les echó un vistazo y dio por hecho que serían mudas de ropa que su madre le había preparado y no se molestó en abrirlas.

Al observar a madre e hijo ordenando las cosas con calma, Zhang Chen se agachó junto a ellos y, acercándose a Cheng Sheng, le dijo: 

—El médico dijo que, según tu estado actual, en unas dos semanas cumplirás los criterios para el alta. Si fuera más tiempo, no te permitiría actuar con tanto capricho. 

Era su manera de ceder. Cheng Sheng detuvo lo que hacía, volvió la cabeza hacia Zhang Chen y le aseguró con convicción:

—Me tomaré el tratamiento en serio. Con mi mamá aquí, no tienes que preocuparte.

Zhang Chen sabía que estaba intentando hablar por hablar, pero no podía ponerse a competir en terquedad con un enfermo. Al final, solo le quedó actuar por si acaso: aprovechando que Cheng Sheng fue al baño, llamó a la madre de este para hablar afuera de la habitación. Le dejó su número de teléfono y, con un tono casi administrativo, trató con aquella mujer de más edad la condición de su hijo:

—Las horas antes de la ronda médica son cuando su depresión es más severa. Su cuerpo queda paralizado. Si usted no puede moverlo, llame a una enfermera para que la ayude. Si nota el más mínimo indicio de que pueda autolesionarse, por mínimo que sea, avise inmediatamente al personal. Cuando se hace daño, pierde toda consciencia; cuanto más se golpea, más quiere hacerlo. Una persona normal no puede con él. Llame siempre a las enfermeras y a los médicos para que lo contengan.

La madre de Cheng Sheng permaneció en silencio mientras Zhang Chen explicaba en detalle cada punto. Solo cuando terminó, habló lentamente. Pero apenas dijo «Xiao Zhang…», la garganta se le cerró como si algo la obstruyera, imposibilitada de continuar.

Se encontraban frente a la ventana al final del pasillo. Zhang Chen, de espaldas al cristal, tenía una vista clara de la expresión de la madre de Cheng Sheng. Su cabello, antes uniformemente negro y bien cuidado, ahora mostraba mechones grises que parecían haber aparecido de la noche a la mañana. Los párpados flácidos le caían sobre unos ojos que habían perdido su brillo habitual, mirando todo sin verdadero enfoque.

Esa mirada apagada, como un estanque sin vida, obligó a Zhang Chen a recordar a otra mujer. Por un breve instante, creyó estar alucinando y una antigua melancolía lo embargó, aunque la racionalidad pronto aplastó ese sentimiento enquistado. Apartó la vista del rostro de la mujer y finalmente le dijo:

—Llámeme en cualquier momento si Cheng Sheng tiene algún problema. Tendré el teléfono encendido las 24 horas.

Zhang Chen pasó por el estudio de grabación con la intención de ensayar de nuevo las dos piezas que tocarían el sábado siguiente y, de paso, grabar una versión de la canción nueva para ir tanteando el ambiente.

Lao Liu llegó temprano con Qi Yuan y lo esperaron en la entrada. Qi Yuan lucía demacrada, sin maquillaje ni perfume, envuelta por completo en un abrigo negro. Cuando vio bajar a Zhang Chen del coche, apenas levantó la vista para echarle una mirada fugaz antes de volverla a bajar, sin decir palabra.

Comenzaron con una de sus viejas canciones, la que habían interpretado cientos de veces en festivales de bares, tan mecanizada ya que sus manos podían tocarla por pura memoria muscular. En teoría, no debería haber habido ningún error; sin embargo, Qi Yuan no dejaba de tropezar: o el ritmo se le tambaleaba, o varias veces se saltaba los platillos, errores básicos que no tenían cabida en un escenario.

En las primeras tres veces, Zhang Chen aún tuvo paciencia, deteniendo el ensayo para volver a empezar. Pero para la cuarta vez, cuando ni siquiera esa canción que dominaban a la perfección lograba cuajar, decidió que no valía la pena seguir perdiendo tiempo. Dejó la guitarra sobre el sofá, se acercó a la regleta y fue desconectando uno por uno los cables de los amplificadores; luego caminó solo hasta la nevera, sacó una botella de refresco, la abrió y no pronunció ni una palabra más.

Lao Liu también pensaba que ensayar una y otra vez las mismas canciones viejas hasta este punto de hastío era un disparate. Al ver a Zhang Chen recostado en el sofá, bebiendo, intuyó que su paciencia estaba al límite y rápidamente intentó mediar para suavizar la tensión, dirigiéndose a él desde la distancia:

—En este estado, Qi Yuan definitivamente no puede salir al escenario. ¿Qué tal si pedimos prestado a un baterista? La otra vez, cuando al teclista de Paloma Sangrienta le dio fiebre, ¿no te pidieron que tocaras con ellos? En un rato puedo llamarles para preguntar.

Lao Liu dejó su bajo, ya desenchufado, sobre el suelo y se dejó caer con un resoplido. Paseó la mirada, de uno a otro de aquellos dos que seguían en silencio, y al ver que nadie respondía a su propuesta, sintió la frente perlada de sudor por la desesperación. Propuso otra idea:

—Si no quieren pedir prestado a alguien, ¿qué tal si re-arreglamos la canción? Para el sábado podríamos quitar la batería, hacer un sonido más ligero. Quizás al público le parezca fresco.

Zhang Chen, sin moverse del sofá, le preguntó directamente a Qi Yuan, que permanecía inmóvil tras la batería:

—¿Puedes seguir tocando o no? Si no puedes, Lao Liu y yo re-arreglamos la canción. Dame una respuesta clara ahora.

Al escuchar a Zhang Chen, Qi Yuan, que había permanecido impasible, finalmente reaccionó, aunque sus movimientos parecían torpes y su mirada perdida. Se pasó una mano por el cabello despeinado, abrió y cerró la boca varias veces como buscando palabras que no llegaban, hasta que finalmente logró articular:

—Mejor hagan el nuevo arreglo ustedes dos.

Zhang Chen no puso objeciones. Asintió con un «De acuerdo» y luego guardó silencio.

El ambiente se mantuvo extrañamente tenso, y quien más sufría era Lao Liu, el único ajeno al conflicto. La situación entre los dos lo tenía con dolor de cabeza. Sin decir palabra, se sentó junto a Zhang Chen, le lanzó una mirada a Qi Yuan, sentada tras la batería sin moverse, y preguntó en voz baja:

—¿Otra vez se pelearon? Siempre que discuten ella se pone así.

—Esta vez es más grave de lo que te imaginas —respondió Zhang Chen.

Lao Liu se encogió de hombros, sin darle importancia.

—¿Cuándo no ha sido dramática? Al final siempre terminan reconciliándose, ¿no?

Pero apenas terminó de hablar, Qi Yuan, que no se había movido hasta entonces, se levantó de repente. Sin mirarlos, les dijo:

—Vayamos a cenar esta noche, una última cena. No participaré en el próximo álbum.

Lao Liu se quedó paralizado al principio, pero cuando su mirada recorrió alternativamente a los otros dos y luego los cables de los instrumentos esparcidos por el suelo, de pronto cayó en la cuenta y soltó una risotada.

—Sabía que este día acabaría llegando, tarde o temprano.

La cena de despedida transcurrió con una calma insólita. Durante estos años, los tres casi habían convertido la palabra «separarse» casi en un eslogan: la sacaban cada tanto, hacían un gran escándalo, lloraban, discutían… pero no pasaba de una semana sin que Qi Yuan, siempre la instigadora, terminara pidiéndoles disculpas a ambos por separado.

Nadie habría imaginado que la verdadera separación resultaría tan común como un paseo cualquiera. No hubo banquete fastuoso, ni abrazos entre lágrimas; los tres permanecieron serenos, y durante el camino ninguno sintió el impulso de hablar, como si de común acuerdo hubieran guardado silencio.

Siguiendo la avenida principal, llegaron al puesto de brochetas que tantas veces habían frecuentado y, sobre la marcha, decidieron que allí mismo celebrarían la cena final. Se sentaron bajo el toldo de plástico, pidieron cerveza de barril y brochetas a la parrilla, y alzaron sus vasos sobre una mesa engrasada como si estuvieran, una vez más, una de las modestas celebraciones que tenían tras cada actuación.

Lao Liu fue quien más bebió: su rostro, embriagado y cubierto de rubor, mostraba un ojo muy abierto, fijo, mientras el otro se le cerraba con impotencia. Agarrado a Zhang Chen, se puso a balbucear durante un buen rato, saltando de la situación internacional a los últimos estrenos de anime, hasta que, al final, acabó mascullando con rabia sobre su música.

—Lo que hacemos siempre ha sido un negocio sin futuro, donde gastábamos más de lo que ganábamos; en el círculo nos tildan de locos por hacer melodías sin letra y de ir de sobrados… ¡No entienden un carajo! —Lao Liu lanzó un eructo de alcohol, con el rostro encendido como hígado de cerdo, y pasó un brazo por los hombros de Zhang Chen, arrastrando la lengua—: Pero yo, tu hermano, sí lo entiendo: la obra nacida del corazón no soporta que la estropeen cosas chapuceras… lo sé, lo sé.

Al decir esto, se levantó tambaleándose del taburete, dejó la copa a un lado y vociferó:

—¡Si queremos que florezcan cien flores, entonces nosotros seremos la más pequeña, la más raquítica de todas, pero su mapa tampoco está completo sin nosotros, ¿no?!

—¡Que florezcan mil flores! Aunque seamos la más pequeña y raquítica de todas, ¡ni siquiera un mapa estaría completo sin nosotros!

Zhang Chen respondió:

—Yo lo hago solo por mí.

—¡Eh! —exclamó Lao Liu, asintiendo con fuerza—. Lo sé, me fui por las ramas, pero lo sé todo. Esa cosa tuya, si no la hicieras por ti, ni podrías escribirla. ¡No soy tonto! Y Qi Yuan, por tonta que parezca, también lo sabe.

Estaba realmente borracho, y sus palabras pronto se convirtieron en un murmullo incomprensible, hasta que, al poco rato, dejó de hablar por completo y se desplomó sobre la mesa, roncando como un trueno.

Zhang Chen, que aguantaba bien el alcohol, apenas se notaba afectado después de varias botellas. Llamó a la esposa de Lao Liu, le dio la dirección y le pidió que viniera a recogerlo.

No habían pasado veinte minutos cuando una cabello de pelo corto llegó jadeando, cubierta de polvo de camino; desde lejos agitaba los brazos para saludarlos. Junto con Zhang Chen cargó a Lao Liu hasta un taxi, le hizo al vuelo un par de preguntas sobre cómo iban las cosas y, antes de marcharse, todavía bajó la ventanilla para despedirse moviendo la mano.

Al regresar Zhang Chen, solo quedaron Qi Yuan y él. Ella seguía mirando a lo lejos, ensimismada, sin decir que quería irse a casa ni dirigirle palabra a él.

El puesto de brochetas bullía de voces y risas, pero su mesa permanecía extrañamente silenciosa. Qi Yuan destapó una cerveza, echó el cuello hacia atrás y se la bebió de un trago; en menos de un minuto ya tenía el rostro completamente encendido. Se palmoteó las mejillas ardientes para aliviar el calor y, hablando al aire, murmuró:

—Zhang Chen, la verdad es que eres fuera de serie, en todos los aspectos.

Aquello arrancó a Zhang Chen la primera sonrisa de la noche; no asintió ni negó.

Qi Yuan añadió:

—Y no te sientas culpable. Después de tantos años en la banda, si algo es seguro es que tú ponías el dinero. Nosotros no solo no perdimos nada, ¡sino que encontramos un buen tonto que financiara nuestro pasatiempo!

Zhang Chen respondió:

—Te lo estás imaginando. No me siento culpable.

Qi Yuan soltó una risita, y después, plaf, se desplomó sobre la mesa. Con la cabeza ladeada, se quedó mirando cómo Zhang Chen seguía bebiendo.

Mientras lo observaba, recordó el primer invierno que pasaron en Pekín. Para entonces, Zhang Chen ya se había cortado el cabello y empezado su maestría, pero en él no había ni rastro del típico estudiante modelo. Eso ya la había perturbado desde la universidad, durante casi siete años enteros: todos sabían que Zhang Chen era el mejor de su facultad, pero ¿por qué diablos no tenía ni pizca de aura de buen estudiante? 

Más tarde, comprendió que aquello no importaba en absoluto. Lo verdaderamente importante era que no debió sentir curiosidad por alguien por una tontería así.

Ella no había conseguido, como Zhang Chen, ingresar al posgrado, pero quizá por pura curiosidad –o por algún otro sentimiento difícil de nombrar– rechazó una oferta de trabajo en la capital provincial y, sin dudar, aceptó seguir a la banda en su aventura por Pekín.

Por entonces alquiló un sótano cerca de la sala de ensayo, mientras alternaba entre buscar empleo y practicar con ellos. Una tarde, mientras practicaba con el pad de batería, la lámpara del techo soltó un chirrido agudo, como un chasquido eléctrico, y en menos de dos segundos se apagó sin aviso. Qi Yuan le tenía miedo a la oscuridad. Además, en la habitación de al lado, una pareja se estaba peleando a golpes, entre el estruendo de objetos estrellándose y una retahíla de insultos. En la negrura, al borde del llanto, buscó a tientas su teléfono y llamó a Zhang Chen.

Pensó que tendría que esperar mucho, pero antes de que transcurriera media hora sonaron unos golpes en la puerta. Al abrir, vio a Zhang Chen en el pasillo, iluminado por el foco del corredor: llevaba al hombro una escalera y en una mano una vieja caja de herramientas. La bombilla incandescente y barata lo bañaba en una capa de luz. Qi Yuan lo miró por un instante y, atropellada, se hizo a un lado para abrirle paso a su salvador.

—¿De dónde sacaste la escalera? —le preguntó mientras él entraba.

Zhang Chen colocó la escalera con precisión, subió y, ajustando la bombilla, le respondió: 

—Se la pedí prestada al señor de la tiendita frente a tu casa. Hay que devolvérsela luego.

En el cuarto de alquiler, sumido en la oscuridad, Qi Yuan alzó la cabeza; a la débil luz de la luna que entraba por la ventana miraba a Zhang Chen mientras le arreglaba la bombilla. Zhang Chen era inesperadamente diestro en esto de reparar, pero antes de que ella pudiera preguntarse por qué, la cuerda del interruptor sobre su cabeza chasqueó y, en seguida, toda la habitación se llenó de luz.

La luz intensa e inesperada fue como una señal de peligro. Qi Yuan estuvo a punto de soltar un «¡Joder, Zhang Chen, eres jodidamente rápido!», pero antes de que esas palabras salieran, alzó la cabeza y lo vio sentado en la escalera. La luz desde arriba borraba por completo sus rasgos y expresiones, dejando solo su silueta envuelta en un resplandor. El corazón de Qi Yuan empezó a retumbar, sin previo aviso, y aquel «¡Joder!» que tenía atascado en la boca acabó por tragárselo por completo.

Ahora, recordando esos viejos asuntos casi sepultados bajo tierra, Qi Yuan soltó una risa contra la mesa de madera del puesto callejero. Reía, reía, hasta que terminó atragantándose varias veces, y enseguida tuvo que taparse la boca mientras una tos fuerte le congestionaba los ojos, haciéndolos arder de dolor. Parpadeó sin cesar, hasta que, al cabo de un momento, una lágrima se deslizó por su mejilla, devolviéndole un aire de sobriedad a su rostro todavía embriagado. No había bebido mucho: su mente estaba tan clara como siempre y la visión solo se le nublaba por la película de lágrimas. Apoyada sobre la mesa, ladeó la cabeza hacia Zhang Chen, que bebía cerveza en silencio. Entonces, casi sin pensarlo, extendió una mano, como si el alcohol le diera permiso para hacer lo que nunca se había atrevido, para poner un punto final.

La mano se acercó despacio al rostro de Zhang Chen, pero no logró reunir el valor para tocarlo. Varias veces avanzó y retrocedió, diciéndose en su interior: «Tómalo como si fuera la última vez». Sin embargo, antes de rozarlo siquiera, la persona a su lado le sujetó la muñeca.

Zhang Chen dejó su vaso sobre la mesa y apartó su mano con naturalidad, como si fuera un gesto instintivo. Se levantó, sacó su billetera de la mochila y, mirando a Qi Yuan que seguía desplomada sobre la mesa, dijo:

—Ya tomamos nuestra última copa. Después de dejarte en tu casa, tengo que volver al estudio a rehacer unos arreglos. Mañana temprano debo cubrir el turno de la madre de Cheng Sheng en el hospital. Ahora que la banda se terminó, no hay necesidad de seguir en contacto. Que te vaya bien.

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