Año 2010 (Relato en primera persona de Azhi, la desconocida)
El día en que conocí por primera vez a Zhang Chen y Cheng Sheng fue bastante peculiar. Faltaban tres años para que ellos me conocieran a mí, y yo había llorado todo el día por haber roto con mi novio.
Él decía que yo no sabía amar en absoluto, y enumeraba agresivamente mis faltas: no recordaba su cumpleaños, no sabía qué le gustaba comer o hacer, nunca le compraba regalos por iniciativa propia, no sabía ser cariñosa, y no había brillo en mis ojos cuando lo miraba.
Yo le dije: «Si ni siquiera recuerdo mi propio cumpleaños, ¿cómo esperas que recuerde el tuyo?».
Aquel hombre tan alto se puso a respirar furiosamente, resoplando, y señalándome con el dedo me maldijo: «¡Tú no entiendes nada del amor, y en esta vida jamás lo vas a encontrar! No, es que ni siquiera tienes ojos para reconocerlo; ¡en toda tu vida ni siquiera serás capaz de ver el amor de los demás!».
Entonces mis lágrimas comenzaron a caer sin control, tras tras.
Qué extraño, si obviamente no me gustaba tanto, ¿por qué lloraba? ¿Acaso estaba admitiendo que tenía razón?
Cargaba con la mochila a la espalda y caminaba sin rumbo por la avenida, hasta que di justo con la entrada de un bar en obras. Era un local que ya conocía; se decía que su dueño era un tipo bastante generoso. Hace unos años, había logrado que un buen número de bandas, famosas y desconocidas, tocaran allí. Les ofrecía comida y bebida de lo mejor, y a veces incluso les daba un porcentaje de la venta de alcohol. Pero últimamente las cosas no pintaban bien: la mayoría de aquellos grupos menos conocidos habían desaparecido sin dejar rastro, y ya nadie volvió a saber de ello.
Cuando entré en aquel bar que aún no había terminado de remodelarse, seguía dándole vueltas a la misma pregunta: ¿por qué no había nacido con unos ojos capaces de ver el amor?
Con eso en la cabeza, subí las escaleras. De pronto, un desconocido agarró una de las correas de mi mochila.
—Señorita, aún no hemos abierto al público.
El hombre que me sujetaba tenía una mirada serena y un cuerpo ligeramente entrado en carnes. Lo observé de arriba abajo y deduje que probablemente era el dueño del bar, así que inmediatamente bajé la cabeza y me disculpé:
—Perdón, he bebido demasiado. No estoy en mis cinco sentidos.
Probablemente los dueños de bares tienen una ventaja innata y han nacido con la capacidad de tratar con borrachos y lunáticos. Perdonó fácilmente mi descortesía, me llevó hasta la barra, que estaba hecha un desastre, me lanzó una caja de pastillas para la resaca y fue a la trastienda a servirme un vaso de agua tibia.
Después de tomar la medicina, me sentí mucho mejor. Aprovechando que al dueño aún no le había surgido la intención de echarme, me paseé descaradamente por su local. Al lado de la puerta lateral del escenario había una gran pared llena de colores vibrantes. Me acerqué con curiosidad para ver y descubrí que estaba completamente cubierta de fotografías, cada una con su año específico escrito debajo.
En el centro colgaban dos fotos prominentes, una arriba y otra abajo. En ambas aparecían los mismos dos hombres y una mujer, con diez años de diferencia. Los cambios en cada uno de ellos eran enormes.
Aún no había podido examinarlas detenidamente cuando el dueño, ya entrado en carnes, apareció repentinamente detrás de mí. Con una mano semejante a una manita de cerdo, señaló la foto superior de las dos centrales y dijo con evidente orgullo:
—Este soy yo a los dieciocho años. ¿Verdad que no estaba mal?
Miré al dueño, a su actual figura y luego al hombre delgado y juvenil de la foto. Asentí con un dejo de lástima antes de señalar al hombre en el centro de ambas fotografías y preguntarle:
—¿Quién es él? ¿Un amigo de la infancia?
No supe por qué, pero sentí que el dueño tardó un instante en reaccionar. Sin embargo, recuperó la compostura con rapidez y, señalando al hombre de la imagen, respondió:
—Sí, es mi amigo de toda la vida. Se llama Cheng Sheng.
En el preciso momento en que terminaba de hablar, mi mirada se posó en la foto más cercana a aquellas dos: también un trío de dos hombres y una mujer. El hombre alto y delgado en el centro, vestido con una camisa blanca, resultaba especialmente llamativo. Llevaba una guitarra eléctrica colgada, el brazo apoyado en el hombro de otro que sujetaba un bajo, y sus ojos observaban la cámara con despreocupación.
Al contemplar sus ojos profundamente oscuros, creí percibir en ellos una emoción singular, algo que me impidió apartar la mirada, y como hechizada, me quedé observandolos fijamente. Poco a poco, una sensación de familiaridad comenzó a invadirme: tenía la certeza de haber visto antes esa mirada en algún lugar, aunque estaba segura de no conocer a aquel hombre.
El dueño, a mis espaldas, ya había notado que llevaba un rato observando aquella foto y, señalándola, comenzó a contarme:
—¿Él te llama la atención? Se llama Zhang Chen. Forma pareja con mi amigo de la infancia.
Dicho esto, tomó un rotulador rosa de una mesa cercana y unió con una línea a Cheng Sheng y Zhang Chen en la fotografía, dibujando, con aire bastante cursi, un corazón rosa alrededor.
Yo me sobresalté.
—Vaya, qué imprevisible, jefe.
Él soltó el rotulador y, sonriendo ante la pared de fotos, respondió:
—¿Yo? Qué va, yo no soy imprevisible; ésos dos sí que lo fueron.
Con la confianza de un viejo conocido, apoyó un brazo sobre mi hombro, me miró de reojo y me corrigió la forma de dirigirme a él:
—Que nos hayamos encontrado hoy es el destino. Nada de «jefe», quédate con «Qin-ge», mejor.
Lo de andar ya con hermanos en el primer encuentro me resultaba un tanto incómodo, pero después de haberle ocasionado molestias, preferí mostrarme complaciente. Así que lo llamé «ge» y, señalando a los dos hombres de la foto, proseguí:
—¿Por qué dices que ellos lo fueron?
—¿Acaso no lo es ser homosexuales?
—Para nada —repliqué, negando con la cabeza—. Hay montones de homosexuales. ¿Qué tendría de imprevisible eso?
Qin-ge, con su rollizo brazo aún apoyado en mi hombro, suspiró mientras contemplaba la fotografía, pero pronto se serenó y dijo con una sonrisa:
—Es broma, no me refiero a eso, sino a que su relación fue tan intensa que llegaron al extremo de querer vivir o morir juntos. Al final, se abrazaron y saltaron juntos desde el balcón de su departamento. Eso fue lo imprevisible que nos dio un buen susto a todos.
¿Un suicidio por amor? Esto despertó todo mi interés, y mi mente, que hasta entonces había estado como nublada, se despejó de inmediato. Exclamé emocionada: «¡Guau!», empujé su mano de mi hombro y pregunté ansiosa:
—¿Y qué pasó después?
—Después, la señora de la limpieza que barre por las mañanas los encontró y llamó a la ambulancia. Pero los dos estaban abrazados tan fuerte que era imposible separarlos. Perdieron un buen rato intentándolo y eso retrasó que llegaran al hospital. No sé si decir que tuvieron mucha suerte o que fue intencionado, pero cayeron rodando por unos árboles y aterrizaron en el pasto. Pasaron tres meses enteros en el hospital y luego, de repente, un día desaparecieron junto con su dinero, documentos de identidad y registros de hogar. Nadie supo jamás adónde fueron.
Sin pensarlo, se me escapó de la boca:
—¡Guau, qué bonito!
—Qué va a ser bonito. —Qin-ge me miró extrañado—. Justo antes de que ellos saltaran, alguien más se había arrojado desde el quinto piso de ese mismo edificio. Cayó de cabeza y murió en el acto. Y a los pocos meses, dos hombres, abrazados, saltaron también. ¿No es eso aterrador? Los precios de las viviendas en esa urbanización se desplomaron, nadie se atrevía a comprar un apartamento allí.
Al salir del bar, la noche ya se había cerrado por completo. Me acuclillé en los escalones, con la mirada perdida hacia el final de la calle bulliciosa, pensando en mis años de estudiante y en esos ojos que me resultaban tan familiares.
Cuando rememoré el quiosco de periódicos de la universidad, a solo cinco minutos del comedor, de repente recordé de dónde venía mi sensación de familiaridad con Zhang Chen.
En aquel entonces, solía comprar en el quiosco de la escuela una revista de rock llamada AZ. Esa revista tenía unas ventas pésimas, siempre quedaba apilada en lo alto de un rincón. Recordaba claramente una vez, durante la cena, que me escapé al quiosco a comprar el último número de AZ. Aquella edición tenía un fondo verde oscuro con el título en blanco puro. En la portada había un hombre sentado en una alfombra, vestido con una camiseta y vaqueros, abrazando una guitarra eléctrica. Su mirada era idéntica a la de la pared del bar: como si albergara una emoción extraña y reprimida, imposible de descifrar.
El titular más prominente de aquella edición de la revista era: «Entrevista exclusiva a Zhang Chen, guitarrista de Afluente / músico experimental».
Y debajo, en letras más pequeñas, decía: «Experimentando con la vida entre las dudas».
AZ había dejado de publicarse hacía un par de años debido a sus bajas ventas, y el ejemplar con Zhang Chen en la portada, junto con otras decenas de ediciones, había sido vendido al peso por mi madre a un chatarrero. Ya no quedaba rastro de él. Al pensar en esto, me sentí un poco abatida, como si hubiera perdido algo. Me sacudí el polvo de los pantalones, me puse de pie y miré al cielo.
Seguía dándole vueltas a aquella frase de Zhang Chen, y en mi interior albergaba una enorme duda al respecto: ¿realmente se puede experimentar con la vida?
Zhang Chen y Cheng Sheng, esos dos extraños sin ninguna relación conmigo, habían cruzado por mi vida como una ráfaga de viento. Pronto los olvidé por completo, hasta que en 2013 me los encontré en el pueblo de Interlaken: a Chen y a Sheng.
Después de todo, ¿debería llamarlos Zhang Chen y Cheng Sheng, o Chen y Sheng?
No importa. Los nombres no son más que etiquetas. Dado que yo suelo llamar a la gente por sus nombres chinos, mejor sigo con Zhang Chen y Cheng Sheng. Aunque ellos parecían sentir cierto rechazo hacia sus nombres originales.
El día que me los encontré, estaba nevando intensamente. En la calle solo había algunas personas dispersas, y entre ellas, un ladrón.
La semana anterior, mi jefe me había humillado en una reunión de equipo, tratándome como si no valiera nada. Así que, en un arranque de furia, agarré mi maleta y me fui a Interlaken a ver las montañas nevadas. Pero en el fondo me faltaba un poco de convicción, porque el día anterior, al hacer las maletas, metí con mala conciencia un montón de artículos académicos pendientes de leer en la maleta.
Un viaje con intenciones impuras no podía terminar bien. Al día siguiente, en el pueblo, me robaron la cartera y me convertí en una vagabunda sin un céntimo. Ya sin preocuparme por mi imagen, me senté en la nieve y me puse a llorar a gritos, aprovechando la buena oportunidad para desahogar todas esas fórmulas incomprensibles y los reproches de mi jefe que llevaba dentro.
Quizás porque mi llanto era demasiado estridente, al poco rato alguien me dio una palmadita en la espalda.
Estaba en pleno desahogo llorando a lágrima viva, así que aparté de un manotazo la mano de mi hombro y, en medio del desconcierto, solté en chino:
—¿Y usted quién es?
La persona detrás de mí pareció no esperar que fuera china; hizo una pausa y luego siguió tocándome el hombro, respondiendo también en chino:
—Soy una persona.
Me sequé la cara y descubrí que tenía el dorso de la mano lleno de escarcha, lo que me provocó un susto de muerte. Pero mi orgullo es bastante peculiar; aunque estaba asustada, me daba vergüenza pedir ayuda abiertamente. Así que, sorbiendo mocos, le dije a la persona detrás de mí algo que no sentía:
—Ocúpese usted de sus asuntos, solo quiero llorar un rato.
La persona detrás respondió con un «De acuerdo» y se fue.
Ni siquiera quiso intentar disuadirme con una palabra más. Profundamente afectada por lo fría que puede ser la gente, lloré aún más fuerte, con la leve esperanza interior de que volviera a ayudarme.
Poco después, se acercó por detrás otro hombre. Por el sonido de sus pasos, este parecía más afable que el anterior. Venía saltando y brincando por el camino, y al llegar a mi espalda, me dio unas palmadas en el hombro y me preguntó:
—¿Por qué lloras agachada al borde de la calle? Cuéntame qué te pasa. Cuando uno se encuentra con compatriotas en el extranjero, hay que ayudarse.
Seguro que este tipo y el que se había ido hacía un momento iban juntos; si no, ¿cómo iba a saber que era compatriota suya? Temiendo que, por mostrarme contradictoria, otra persona se volviera a ir, esta vez me giré de inmediato y, agarrándole la manga con todas mis fuerzas, le dije entre hipos y con la voz entrecortada:
—Es mi primera vez aquí. Me han robado la cartera y ahora no puedo volver a casa. No sé qué hacer.
El hombre soltó un «ah» y, golpeándose el pecho, me aseguró:
—Tranquila, ven primero con nosotros un rato. Este ge te lo soluciona.
Nada más decirlo, el otro hombre se acercó desde lejos, se detuvo frente a mí y, señalándome con la barbilla, dijo:
—Vente con nosotros. Mañana por la mañana te llevamos a la comisaría de aquí. Y si no encontramos la cartera, tampoco te agobies. Nosotros te mandaremos a casa.
Alcé la vista, secándome las lágrimas que se habían helado en mis pestañas, y entre la bruma logré distinguir los rostros de los dos hombres que tenía delante.
El más bajo, al verme la cara hecha un desastre entre mocos y lágrimas, me alcanzó sonriente un paquete de pañuelos. El más alto, con el brazo cariñosamente sobre el hombro del otro, me miraba fijamente como diciendo: «No seas desagradecida, vente con nosotros ya».
Lo de la mirada lo inventé yo, seguro que él no pensaba eso, porque cuando me llevó a su cafetería, me preparó con destreza un café con leche caliente e incluso hizo un dibujo sonriente en la espuma.
Las miradas son difíciles de descifrar, pero sus acciones eran bastante amables.
Sujetando la taza, miré a mi alrededor y noté que el local parecía más bien un bar musical, con todo tipo de instrumentos colgados por todas partes y un enorme mueble para discos en un rincón, cuyos estantes transparentes exhibían cientos de álbumes de diversos estilos y países. Al seguir mirando en sentido horario, mis ojos se posaron sobre la caja registradora, decorada con un ambiente acogedor: sobre el mostrador había una fila de muñecos, y en la vitrina, varias bandejas con galletas y pasteles recién horneados. El hombre más animado estaba recostado detrás del que recogía las tazas, con los brazos cariñosamente alrededor de su cintura, sin importarle en absoluto mi presencia como desconocido. El hombre más animado estaba apoyado detrás del que recogía las tazas, con los brazos cariñosamente alrededor de su cintura, sin importarle en absoluto la presencia de una desconocida como yo.
Dejando la taza a medio beber, les pregunté:
—¿Cómo se llaman?
El más vivaracho respondió de inmediato:
—Yo soy Sheng, él es Chen. Puedes llamarme Sheng ge y a él Chen ge.
Su apariencia oscilaba entre los veintiocho y poco más de treinta, pero su actitud era la de un niño. La palabra «ge» no lograba salir de mi boca. Pero con Chen era distinto: él tenía ese aire que, sin importar su edad real, hacía que llamarlo «ge» sonara natural. Así que, automáticamente, dije «Chen ge».
Mi trato diferenciado hizo que Sheng, al instante, pusiera una expresión de indignación. Soltó a Chen, se acercó y se sentó frente a mí, señalándose la cara mientras me interrogaba:
—¿Por qué solo a él lo llamas «ge»? ¿Acaso no tengo cara de que me digan «ge»? ¡Yo soy un año mayor que él! ¡Hasta él me tiene que llamar «ge»!
—No es eso —negué con la cabeza, contrariando mi verdadera opinión—. Es que pareces muy joven, como un niño.
Esta vez, Sheng finalmente mostró una expresión satisfecha, bajó la cabeza y se acercó para decirme:
—En realidad, ya tengo treinta y cuatro años.
Lo miré de reojo y me di cuenta de que este hombre de verdad parecía enorgullecerse por algo así. Recordé a esos hombres de treinta y tantos años entre mis parientes, que no pueden abrir la boca sin pontificar sobre cómo debería funcionar el mundo, y me sentí algo impactada. Pregunté en voz baja:
—¿De verdad tienes más de treinta?
Sheng asintió muy ufano.
—Es cierto. ¿Verdad que no parece? Chen también dice que parezco un niño.
Seguí observando su rostro familiar, esos ojos y cejas que me resultaban conocidos, hasta que de pronto recordé de dónde venía esa sensación: en ese momento estaba exactamente igual que aquella persona que, hace unos años, había visto por azar en la pared de fotos de un bar: Cheng Sheng a los dieciocho años.
Giré la cabeza hacia la barra y mis ojos se encontraron con los de Chen, que acababa de terminar de recoger las tazas. Sus ojos eran de un negro intenso, y aunque su mirada era casual, siempre me había sentido incómoda bajo ella. No fue hasta que reconocí a Cheng Sheng que finalmente supe dónde había visto antes una mirada tan peculiar: en la portada de cierto número de la revista AZ y en la pared de fotografías de aquel bar.
Ahora, por fin, puedo llamarlos por sus nombres reales: Zhang Chen y Cheng Sheng.
Esa noche, los dos llevaron a su casa a esta sintecho y amablemente prepararon una habitación para mí.
Su casa no era ni grande ni pequeña. Tenía dos dormitorios, la sala estaba repleta de discos de todo tipo, las paredes lucían varias guitarras eléctricas, acústicas y bajos, y en un rincón había una batería completa junto a unos djembés.
Cheng Sheng sacó despreocupadamente un disco de fondo color naranja del gabinete y me lo mostró con orgullo.
—Este disco lo hizo Chen especialmente para mí. Las ocho canciones fueron compuestas para mí. —Mientras decía esto, tomó varios discos más de diferentes colores y los agitó con aire satisfecho—. Estos son otros discos en los que él participó en la producción. Uno de ellos hasta ganó un premio, lastimosamente en ese no fue el creador principal, solo participó en parte de la posproducción.
Tomé ese montón de discos y los examiné uno por uno, entonces pregunté con curiosidad:
—¿Así que Chen es productor?
Zhang Chen recibió los discos que le pasé después de verlos, los ordenó y los guardó en su lugar, luego se sentó a mi lado y dijo:
—Antes me dedicaba a la música experimental, después de conocer a más gente fue que me reinventé como productor.
Di un par de chasquidos de admiración y, sintiendo un genuino respeto, exclamé:
—Debe ser difícil dedicarse a esto en el extranjero. Es realmente impresionante.
—Pues claro, él no es cualquier persona. —Aunque estaba elogiando a Zhang Chen, Cheng Sheng parecía incluso más orgulloso que el propio interesado, enderezando la espalda con arrogancia y aprovechando cada oportunidad para seguir presumiéndome—. Cuando nos establecimos aquí al principio, solo buscábamos tranquilidad. Acabábamos de viajar por varios países y estábamos un poco cansados; llegamos a este lugar y, sin pensarlo mucho, decidimos quedarnos. Al principio, todos los días salíamos a tocar en la calle, de verdad, era como vivir del arte: él tocaba la guitarra y yo la batería, a veces amplificados, a veces acústico. Cuando era acústico, yo tocaba el djembé. Cada día que actuábamos, poníamos una lata para que las personas que pasaban echaran cambio y en una noche podíamos ganar más de cien francos suizos. Aunque para nosotros solo era por diversión, no nos importaba si ganábamos mucho o poco. Pero resultó que un productor que estaba de paso lo vio tocar y, después del espectáculo, nos dejó su contacto, preguntándole si estaría interesado en colaborar. —Mientras hablaba, señaló a Zhang Chen y añadió—: Dondequiera que vaya, siempre hay alguien importante que lo descubre. Y así es como nos quedamos hasta ahora.
—¿Y tienen planes de irse en el futuro? —Tenía muchas ganas de hacer esta pregunta.
Cheng Sheng parecía no haberlo pensado mucho, se encogió de hombros con naturalidad y dijo:
—Depende. Al menos hasta que yo termine el doctorado aquí al lado, luego tomaremos la decisión juntos.
Miré de nuevo a Zhang Chen, con la esperanza de conocer su opinión.
Intuyo que Zhang Chen es una persona sumamente perceptiva en lo emocional. Al cruzarse nuestra mirada, comprendió al instante lo que yo quería saber. Tras reflexionar unos segundos, respondió:
—Esperaremos a que Shengsheng termine el doctorado, aunque con él nunca se sabe. Hace unos días me decía que quería irse a otro país para hacer un posdoctorado, a los dos días volvió con la idea de empezar una licenciatura en humanidades desde cero, y ayer anunció que quería irse a África a desenterrar huesos.
Cheng Sheng, a su lado, le tomó la mano de inmediato y refutó con vehemencia:
—¡Pues por turnos! Quiero hacerlo todo, ¡son cosas fascinantes!
Zhang Chen le pasó un brazo por los hombros y, recostándose con naturalidad en él, dijo:
—Sí, sí, todo por turnos.
Después le hice muchas más preguntas sobre Zhang Chen, y Cheng Sheng aprovechó a fondo la oportunidad. Aderezó cada anécdota exagerando sin medida las hazañas de su pareja, hasta que el propio Zhang Chen, ya sin poder soportarlo, le tomó la muñeca para hacerlo callar.
—No aproveches cualquier encuentro para alardear. En algunos proyectos solo participé mínimamente, ¿cómo te atreves a mencionarlos? ¿No te da vergüenza?
Cheng Sheng, sentado sobre sus piernas, lo miró, le rodeó el cuello y dijo:
—¡Es que por fin tenemos a una chica que habla chino, no pude contenerme!
Al terminar, volvió a mirarme y, como si de pronto se diera cuenta de que su actitud podía resultar excesiva, se deslizó rápidamente del regazo de Zhang Chen de vuelta al sofá. Esbozando una sonrisa de disculpa, añadió:
—Es que en casa siempre somos así y no estamos acostumbrados a tener visitas. Espero que no te moleste.
Yo negué con la cabeza.
—Les estoy agradecida de que me hayan traído a su casa. Si llegara a afectar su vida normal, ¿qué clase de persona sería? Sigan con lo suyo, no se preocupen por mí.
Aunque lo decía por cortesía, Cheng Sheng se lo tomó al pie de la letra. Apenas terminé de hablar, se apresuró a saltar de nuevo al regazo de Zhang Chen y, señalándome con los labios, comentó:
—Ves qué muchacha más considerada.
Zhang Chen, con un brazo rodeando su cintura, pasó la mirada sobre mí aunque sus palabras eran para Cheng Shen:
—Me parece que la muchacha solo estaba siendo educada.
Inmediatamente me apresuré a negar con la cabeza y las manos:
—En serio, no se preocupen por mí.
Al llegar la hora de dormir, ambos se dirigieron con naturalidad al mismo dormitorio. Pero Cheng Sheng, sin saber que yo ya los conocía a los dos, temió que tanta franqueza pudiera resultarme chocante. Antes de cruzar la puerta me susurró:
—Compartimos habitación, espero que no te incomode.
Volví a negar con la cabeza.
—Soy solo un invitada, ¿cómo podría incomodárme?
Pero había subestimado lo que él entendía por «no incomodar». A las doce de la noche, aún con los ojos abiertos de par en par contemplando el techo, mis oídos se llenaron del sonido de los furiosos quejidos del armazón de la cama en la habitación contigua.
Aunque no podía culparlos. Podía sentir que aquel alboroto era ya el resultado de estarse conteniendo. Entre aquellos sonidos de amor, me puse a reflexionar sobre una cuestión: años atrás, alguien me dijo que yo no entendía el amor. Pero sí lo entendía, claramente podía distinguir qué era amor y qué no, solo que a mí no me tocaba vivirlo. ¿Con qué derecho decían que no lo comprendía?
Media hora después, para mi sorpresa, los ruidos continuaban. Mirando el techo inmerso en la oscuridad, pensé: ¿Tanta fricción no provocará un incendio? Pero no me permitieron seguir cavilando: los sonidos de al lado se intensificaron con ferocidad creciente hasta alcanzar el clímax, seguidos de un mutuo «te amo» intercambiado entre ambos. Tras esas palabras, la casa se sumió en el silencio absoluto.
En la oscuridad de la noche, cerré los ojos sintiéndome perdida. ¿El fin del deseo es la nada o el amor?
Esa pregunta resultaba demasiado profunda para mí. Pronto, entre esas cavilaciones, me sumí en un sueño profundo del que no desperté hasta la mañana siguiente.
Los dos me acompañaron a la comisaría y, como era de esperar, no obtuvimos ningún resultado. Así que, de manera natural, me quedé un día más en su casa, esperando a que el domingo por la noche me llevaran cerca de la universidad. Ese día logró que mi vida, siempre tan tensa, por fin se relajara por completo. Me puse a ayudar a Zhang Chen a reparar los escalones de la entrada. Él era ágil y parecía saber hacer de todo. A mitad del trabajo, yo ya no pude más y me senté en el suelo. Alcé la vista al cielo para disfrutar del paisaje nevado.
Su cafetería era realmente hermosa. Al fondo se alzaba una cadena de montañas nevadas que se perdía en el horizonte, casi fundiéndose con las nubes y el cielo. Con la cabeza levantada, contemplaba aquel imponente paisaje y, no sabía por qué, me entraron ganas de volver a casa.
Cuando volví a mirar hacia arriba, vi a Zhang Chen y Cheng Sheng en el jardín, empezando una guerra de bolas de nieve bajo la nevada. Zhang Chen no fallaba un solo tiro y pronto Cheng Sheng alzó los brazos rindiéndose. Sin embargo, me di cuenta de que su rendición no era más que una treta. Efectivamente, en cuestión de segundos, aprovechando un descuido de Zhang Chen, agarró una gran bola de nieve del montón y, corriendo, se la lanzó.
Zhang Chen atrapó a Cheng Sheng, que corría hacia él, y los dos, sin equilibrio, cayeron juntos en la nieve. Cheng Sheng, como asustado, se apresuró a levantarse con preocupación y, palpándole piernas sobre el pantalón, le preguntó con gesto angustiado:
—¿Estás bien de las piernas?
A Zhang Chen no le preocupaba en absoluto. Se incorporó de la nieve con unos cuantos movimientos y, al ver la ansiedad y angustia en el rostro de Cheng Sheng, pareció quedar satisfecho. Le tomó la mano y lo atrajo hacia sí, hasta que la punta de su nariz rozó su cara.
—¿Y si me hubiera pasado algo? —le preguntó.
En ese momento, Cheng Sheng finalmente comprendió que no le ocurría nada en absoluto. Le dio un golpecito, pero aún así siguió la broma:
—Pues yo te cuidaría. Me encargaría de cuidarte por completo.
Yo, tumbada boca arriba en la nieve, me sequé los ojos enrojecidos.
Pronto, entre mi vista nublada, distinguí a Zhang Chen y Cheng Sheng acercándose. Aquel día ambos llevaban abrigos gruesos de lana, con una capa de nieve fina sobre los hombros y llenos de las huellas que había dejado su reciente batalla de bolas de nieve. Al mirarlos, me costaba imaginar que ya habían pasado de los treinta.
Zhang Chen me tendió una mano y preguntó:
—¿Esta tarde te unes a nosotros para tocar en la calle?
Asentí, tomé su mano y lentamente me puse de pie. Juntos compartimos una batalla de nieve intensa y liberadora, y después, cargando los instrumentos y el tarro para las monedas, nos dirigimos hacia la esquina de la calle.
El día de mi partida, Zhang Chen en persona me llevó en coche. Cheng Sheng, acurrucado en el asiento trasero, me ayudó a descifrar una fórmula matemática incomprensible con la que llevaba días atascada en mi tesis. Era muy inteligente, aunque siempre le gustaba fanfarronear. Me encogí de hombros y le seguí la corriente con algún elogio, mientras aprovechaba para pasarle todas las dudas que había acumulado durante ese tiempo.
Al llegar a la universidad, en lugar de dirigirme directamente a mi alojamiento, me quedé agachada al borde de la acera reflexionando. Al igual que años atrás, Zhang Chen y Cheng Sheng habían irrumpido en mi mundo como un vendaval repentino. Cuando volví la mirada hacia ellos, ya habían desaparecido por completo. Al final del camino solo quedaba el vacío, con rastros de nieve a medio derretir y unas cuantas hojas secas y amarillas en mi campo de visión.
Invierno de 1988
Li Xiaoyun saltó al aire y se hundió en un arroyo. Nadie supo lo que pensó en el instante preciso del salto.
La mujer se hundía y flotaba una y otra vez: a veces asomaba la cabeza, con el cabello empapado pegado al rostro; otras se sumergía por completo, dejando en la superficie solo una hilera de burbujas que glugluteaban suavemente.
Así, entre el vaivén del agua helada que calaba hasta los huesos, emergió y se hundió decenas de veces, hasta quedar al borde del desmayo. Pero la última chispa de lucidez la salvó: en medio de la asfixia, de pronto recordó a su hijo, que aún iba a la primaria. Por puro instinto, se aferró a las piedras del borde del arroyo y, tambaleándose, consiguió trepar hasta la orilla.
A lo lejos, interminables columnas de humo negro brotaban sin cesar de unas enormes chimeneas. Casi congelada, Li Xiaoyun extendió un brazo y señaló el cielo. Alzó la barbilla afilada siguiendo la dirección de su dedo, pero arriba no había nada, solo una negrura uniforme.
Con la otra mano, se limpió los párpados donde ya se formaban pequeños trozos de hielo. Luego, hurgó en su bolsillo y sacó una cajetilla de cigarrillos que había escondido. Temblando, encendió uno y comenzó a fumar con ansia, dejando escapar el aliento entremezclado con el humo.
Al poco, se acercó una mujer arrastrando sus pantuflas de felpa. Con mirada aguda, divisó desde lejos a la mujer tendida en el suelo, envuelta en nubes de humo. Enseguida se le iluminó el rostro de excitación y gritó a todo pulmón:
—¡Li Xiaoyun, qué descarada eres! ¡Voy a decirle a tu marido que le robas los cigarrillos!
Li Xiaoyun apagó bruscamente el cigarrillo y lo arrojó al suelo.
—¡No digas tonterías! ¡Eso era solo el vaho de mi aliento! ¿Cómo voy a fumar yo? ¡Si ni siquiera sé usar un encendedor! —gritó a la mujer desde lejos.
Una vez que logró deshacerse de la metiche, Li Xiaoyun sacó otro cigarrillo y lo encendió. Apoyó la cabeza sobre un montón de hierbas secas y heladas, mirando fijamente al cielo, justo cuando unos pájaros de especie desconocida pasaban volando.
¿Qué se sentirá realmente al volar hacia el cielo?
Con el cigarrillo entre los labios, no dejaba de darle vueltas a esa pregunta.
De pronto, una voz infantil llegó desde la distancia. Li Xiaoyun la reconoció enseguida: apagó el cigarro con prisa, lo lanzó lejos, y, alzando la voz hacia donde venía el sonido, respondió:
—¡Eh! ¡Mamá ya va!
Zhang Chen, de ocho años, corrió hasta quedar frente a ella. Mirando los pequeños trozos de hielo pegados a su rostro, dijo:
—Te vi. Estabas fumando a escondidas.
Li Xiaoyun se limpió la cara con unas cuantas pasadas rápidas de la mano y murmuró con voz apagada:
—Viste mal.
Esta vez, Zhang Chen no dijo nada más, pero sus ojos negros como el azabache permanecieron fijos en ella.
Li Xiaoyun le dio un golpecito en el brazo a su hijo y le preguntó:
—Hijo, ¿qué crees que se sentirá volar por los cielos?
Zhang Chen se acuclilló y escribió en el suelo con la mano: Libertad.
Li Xiaoyun dijo:
—No escribas, no veo claro. Abre la boca y dímelo, descríbeselo a mamá.
Li Xiaoyun insistió:
—Habla, dilo con palabras.
Zhang Chen siguió en silencio, pero extendió el brazo y volvió a escribir en el suelo, con trazos limpios y ordenados: Libertad.
Li Xiaoyun dijo:
—¿Cómo puedes no hablar? En el futuro, cuando vayas a la escuela, trabajes y salgas al mundo, todo dependerá de tu talento y de tu capacidad para expresarte. ¿Cómo puede mamá estar tranquila?
Mientras hablaba, lanzó con fuerza la bolsa que tenía junto a ella contra Zhang Chen, presionándolo:
—¡Dilo, dilo con palabras!
Golpeado por el impacto, Zhang Chen perdió el equilibrio y cayó sentado en el suelo con un golpe sordo. Pero la mirada del niño seguía siendo feroz, fija en el rostro de su madre, mientras su boca, como si tuviera un candado, se negaba a pronunciar una sola palabra.
Li Xiaoyun se desinfló; giró la cabeza y miró el cielo con expresión ausente.
Al cabo de un momento, Zhang Chen relajó la expresión de su rostro, se acercó a su madre y le dio unos toquecitos en la mejilla con el dedo.
—Mamá —dijo despacio, palabra por palabra—, hoy la maestra nos enseñó a escribir la palabra «libertad». ¿Qué significa la libertad?
Li Xiaoyun cerró los ojos y respondió:
—Mamá tampoco lo sabe.
Pero poco después de decirlo, de pronto abrió los ojos, estiró el brazo y señaló hacia el cielo.
Balbuceó, emocionada:
—Ahí, ahí está la libertad.
Zhang Chen siguió con la mirada la dirección del dedo de su madre y vio a dos pájaros cruzar el viento frío. Los acompañó con los ojos, sin apartar la vista, hasta que desaparecieron por completo de su campo visual.
Verano de 2008
Chen y Sheng volaron más allá del campo de visión de los demás.
FIN
Nota de la autora:
El epílogo original fue eliminado. Al terminar de revisar la obra, pensé que la tarea del autor no es otra que permitirles alcanzar aquello que anhelan. Mis ideas, mis experiencias y mis valores no importan; lo único importante es cómo ellos eligen vivir. Como autora, solo puedo ofrecerles mis deseos más sinceros: ya que han vivido cosas que yo nunca podré experimentar, que de ahora en adelante vivan sin ataduras, que nunca se dejen medir por los juicios ni por los estándares de la sociedad, que siempre hagan solo lo que aman de verdad, que mantengan la curiosidad y la ligereza del corazón, y que sean, por siempre, libres y felices.
