Capítulo 52. Mi propio perro

La modesta aspiración de Qi Yuan se cumplió solo a medias. Durante el posgrado, Zhang Chen comenzó a aflojar el paso; los obstáculos se multiplicaban, y todo parecía haberse convertido en un cuello de botella. De pronto comprendió que, en aquel vasto campus, él también era simplemente uno más. Aparte de su obstinada dedicación a la investigación, su único talento visible se manifestaba en los juegos triviales entre estudiantes de distintas facultades.

—Descompón este número de cinco dígitos: 81, 217.

Zhang Chen fue el primero en responder.

—241 por 337.

—Ahora uno de ocho dígitos: 12, 561, 281.

De nuevo, Zhang Chen se adelantó.

—2, 903 por 4, 327.

—¡Joder, otra vez Zhang Chen! No jugamos más. La próxima que una computadora se enfrente a él. 

Al ver que era imposible superarlo, todos se dispersaron entre risas y alboroto.

Zhang Chen regresó al laboratorio a dejar sus cosas y pasó por el baño. Al acercarse a la puerta, escuchó a alguien hablando de él en voz baja.

—De verdad me pregunto cómo está estructurado su cerebro.

El agua corría a borbotones en el grifo del lavabo. Otro estudiante de una facultad distinta, con quien Zhang Chen ni siquiera tenía trato, añadió:

—¿De qué sirve? Lo que él hace, una computadora también puede hacerlo. Si en el futuro se desarrollan computadoras cuánticas, podrán factorizar miles o millones de dígitos en un instante. ¿Él podrá? Solo impresiona la primera vez. Además, factorizar números no garantiza resultados. Su grupo de investigación sigue estancado.

Zhang Chen dio media vuelta y se fue, buscando otro baño en un piso diferente.

Cuando regresó al laboratorio, ya era hora de salir. Qi Yuan lo esperaba apoyada contra su escritorio, agarrando una Coca-Cola bien fría y charlando con toda confianza con un profesor.

—Profesor, no se quede reteniendo a Zhang Chen todo el tiempo. ¡La banda todavía tiene que ensayar! 

El profesor, con una carpeta de documentos bajo el brazo, negó con la cabeza al ver a Zhang Chen entrar y le dijo a Qi Yuan con una sonrisa resignada:

—¿Podrían posponer lo de la banda aunque sea un poco? Zhang Chen y yo estamos atascados en un problema crucial. Si lo resolvemos, quizás hasta publiquemos en una conferencia de alto impacto. Además, él tiene que presentar su solicitud para el PhD antes de fin de año. ¡Déjalo en paz por ahora! 

La sonrisa de Qi Yuan se congeló al instante. La botella de Coca-Cola se le escapó de las manos y cayó al suelo con un ¡clang!

Agachándose tarde para recogerla, sacudió el polvo de la botella y golpeó levemente el brazo de Zhang Chen, preguntando con voz aturdida:

—¿Vas a ir a Estados Unidos a hacer un PhD?

Zhang Chen, que estaba recogiendo los papeles dispersos sobre el escritorio, volvió la mirada hacia ella. 

—¿Qué pasa?

—Nada, nada… —Qi Yuan, nerviosa, frotó la botella de Coca-Cola contra su ropa y, poniéndose de puntillas, apoyó la mano en el hombro de Zhang Chen. Con una actitud fingidamente despreocupada, dijo—: No hablemos de lo de tu grupo de investigación. ¡Anda, vámonos ya! ¡El fin de semana tenemos una presentación!

—Zhang Chen, no estés siempre pensando en las presentaciones. —El profesor lo miraba mientras Qi Yuan lo empujaba hacia la puerta. Apurado, le gritó desde atrás—: Si se te ocurre algo, házmelo saber cuanto antes. Si esta vez realmente conseguimos resultados, no lo mandes a una conferencia de criptografía. Procura escribir la demostración lo más clara y elegante posible. Vamos a intentar enviarlo a STOC o FOCS.

—¿No a una conferencia de criptografía? —Zhang Chen se volvió hacia su tutor, sorprendido—. ¿Por qué ese cambio de repente?

El profesor llevaba años moviéndose en el mundo académico, había enviado infinidad de artículos y ya dominaba perfectamente a qué tipo de conferencias correspondía cada nivel de calidad. Mientras recogía sus cosas, le habló a Zhang Chen, que seguía parado en la puerta:

—Al fin y al cabo, todo es teoría. Vale la pena intentarlo. Además, no son pocos los artículos de matemáticas que también se mandan a esas dos conferencias. No pasa nada.

Qi Yuan escuchaba empapada en sudor frío. Empujaba con fuerza a Zhang Chen mientras murmuraba:

—Lo académico se habla después. Si es hora de ensayar, entonces hay que ensayar bien, ¿vale?

—Ya lo sé. ¿Cuándo me he tomado un ensayo a la ligera? —Zhang Chen se dejó empujar por ella mientras salían.

Los dos tomaron un taxi juntos hacia la sala de ensayos. Durante todo el trayecto, Qi Yuan mantuvo una postura tensa, como si estuviera lista para la batalla. Cada vez que Zhang Chen revisaba su teléfono para responder un mensaje, ella fruncía el ceño. Cuando ya no pudo contenerse más, le dio un golpecito en la pierna y, al ver su rostro siempre impasible, sintió que la ira le brotaba por dentro.

—¿Tu supervisor tiene expectativas demasiado altas, no? Te lanza un problema abierto que lleva décadas sin resolverse y ¿de verdad crees que podrás lograrlo como él dice? A mí me pareces muy, pero muy normal, solo que con notas un poco mejores que el promedio.

Habló rápido y, casi sin pausa, añadió: 

—Mira, mejor tómatelo con calma. Cuanto más altas las expectativas, más grande la decepción. Además, la gente también revisa tu primer título universitario. No creas que solo porque hiciste la maestría en una buena universidad ya estás cubierto. Nuestra universidad de tercera seguramente te va a arrastrar.

Zhang Chen, apoyado contra la ventana del taxi, seguía tecleando un mensaje para Lao Liu, que ya había llegado al local de ensayos. Ni siquiera alzó la mirada, ignorando por completo su sarcasmo.

—Cuando se trata de aplicar al doctorado, lo que más importa son las cartas de recomendación y los artículos publicados. 

Qi Yuan se quedó callada. Zhang Chen, sin dejar de teclear, continuó:

—Las cartas de recomendación de mi supervisor y del decano tienen bastante peso. Y en cuanto a mis publicaciones, la calidad es aceptable.

—¿Y cuántas solicitudes crees que reciben las universidades de élite cada año? ¿Acaso los demás no tienen buenas cartas ni artículos? ¿Por qué iban a elegirte a ti? Estás soñando despierto. Lo que necesitas es una buena sacudida para que entiendas de una vez tu lugar.

Zhang Chen no respondió. Seguía escribiendo, apoyado contra la ventanilla.

Al no recibir una respuesta decente y notar cómo se alejaba de ella casi imperceptiblemente, a Qi Yuan se le desgarró el corazón, ya de por sí tenso. Sin medir la fuerza, le dio otro golpe en la pierna a Zhang Chen y dijo, con voz cargada de frustración:

—¿Tu teléfono es tu esposa o qué? ¡Deja el maldito móvil! 

Esta vez, Zhang Chen por fin accedió a dejar el teléfono celular a un lado. Se giró hacia ella y, con un tono imposible de descifrar –ni alegre ni molesto– dijo:

—Estoy hablando con Lao Liu sobre el ensayo de más tarde.

Qi Yuan lo miró fijamente al rostro. No vio en él señales de enojo. Al contrario, en el instante en que sus miradas se cruzaron, aquella frialdad habitual en sus ojos pareció diluirse, reemplazada por una emoción distinta. Esa mirada ya la había visto antes en Zhang Chen, pero siempre era fugaz, tan efímera que no había forma de probar que realmente existía.

Pero antes de que pudiera reaccionar, Zhang Chen ya había apartado la vista, agachado de nuevo la cabeza y retomado la conversación por mensajes como si nada hubiera ocurrido.

Qi Yuan sintió un nudo amargo en el pecho, una rabia que no podía tragar ni escupir. Ni siquiera entendía por qué se sentía así. Solo pudo girar la cara con brusquedad hacia la ventana, decidida en su interior a cortar por completo su amistad con él.

Pero aquello de cortar la amistad solo se mantuvo de forma unilateral durante unos meses. Qi Yuan se aferraba a no hablarle a Zhang Chen primero, y cuando de vez en cuando iba al laboratorio de su universidad a buscarlo, lo hacía con un tono estrictamente formal: para hablar de ensayos o presentaciones.

Zhang Chen ya se había dado cuenta de su comportamiento extraño, pero no le daba importancia. Su vida estaba repleta hasta el límite: los lunes y martes hacía prácticas en una empresa, trabajando junto al director de seguridad en el desarrollo de un nuevo sistema de cifrado. Por las noches, al volver a casa, practicaba, componía canciones, tomaba un baño y dormía. Los miércoles, jueves, viernes y sábados los pasaba enteros en el laboratorio. No comía, no contestaba llamadas, se pasaba más de diez horas inmóvil frente a la computadora y los borradores, trabajando a destajo en el problema que su tutor consideraba el más importante de los últimos años. El sábado por la noche iba a ensayar, bostezando todo el camino, pero ni por asomo lo hacía con desgana: iba compás por compás, sin permitir a nadie detenerse hasta lograr la perfección. El domingo era más relajado: actuaba en el bullicioso bar de Lao Qin, bajo las luces multicolores que hacían que los rostros de hombres y mujeres se vieran borrosos, casi irreales, mientras les tarareaba canciones sin letra.

A eso se sumaban los viajes ocasionales cada pocos meses. Su tutor, que lo valoraba mucho, se lo llevaba a toda clase de congresos académicos. Además de los lugares del país donde se concentraban las conferencias, a veces iban a Japón, Singapur, y más lejos aún, a Norteamérica. Zhang Chen ya ni recordaba en qué ciudades había estado. Solo tenía presente que en un recinto muy caluroso había presentado una ponencia frente a un mar de cabellos rubios y ojos azules. En esas ocasiones siempre se sentía como si estuviera soñando, como si décadas atrás su padre también hubiera estado allí, en el centro de un gran auditorio, recibiendo un diploma y una gran flor roja. Al mirar otra vez, entre aquel mar de piel blanca y ojos azules distinguía también algunos rostros asiáticos. Siempre sentía que entre ellos debía de estar alguien. Solo que él no quería buscarlo.

Estaba demasiado ocupado. ¿Cómo era posible estar tan ocupado? Incluso cuando por fin tenía un momento libre, solo lo usaba para recuperar sueño en casa; no le quedaban energías ni espacio mental para dedicar a nadie más.

Hasta que Qi Yuan, incapaz de aguantar más, llegó un día al límite de su paciencia. Apenas entró a la sala de ensayo, arrojó con furia su bolso al suelo y, enojada, le dijo a Zhang Chen:

—Ya no aguanto más. Disolvamos la banda. Con la banda hecha un desastre así, ¿para qué diablos seguir?

Al ver su bolso tirado en el suelo, Qi Yuan se sintió aún más irritada. Sin preocuparse de que fuera suyo, lo pateó con fuerza, haciéndolo volar varios metros, y siguió hablando:

—Vamos, si la banda siempre fueron Zhang Chen y su bajista y su baterista. Ahora que nuestro señor prodigioso Zhang Chen va a volar alto, a trepar ramas más altas, a entregarse en cuerpo y alma a la gran causa de la informática para toda su vida, dime, ¿qué necesidad tenemos nosotros de seguir haciendo el ridículo? ¿Acaso un gran científico no tiene que cortar lazos cuanto antes con esta panda de paletos que no sirve ni para subirse a un escenario? Un científico que toca en una banda, suena bien, ¿no? Seguro que te hincha de orgullo, que te da para presumir, que alimenta tu vanidad.

»Pero Zhang Chen, que no se te olvide que cosa eres. Eres un tipo que salió a duras penas de un rincón perdido como Yuncheng. ¡En Pekín ni siquiera te has plantado bien y ya estás desesperado por salir corriendo! Dime, aparte de mí y de Lao Liu, ¿quién allá afuera va a abrirte de verdad su corazón?

Zhang Chen estaba agachado conectando el amplificador. Al escucharla, dejó caer el cable en el suelo. Sintió que ya no tenía sentido seguir enchufando nada. Se quedó agachado, luego simplemente se sentó en el piso y respondió:

—No tengo objeción a disolver la banda, pero tienes que decírselo tú a Lao Liu.

Lo dijo con tanta naturalidad, como si su sarcasmo no tuviera la menor importancia, como si tampoco se diera importancia a sí mismo. Pero, ¿a quién había considerado Zhang Chen realmente importante? Era capaz de golpear hasta casi matar a un hombre que te provocaba o acosaba sexualmente, pero en el momento en que intentabas agradecerle, se limitaba a mirarte de arriba abajo y marcharse; podía prestarte generosamente todo su dinero si necesitabas pagar el enganche de una casa, pero te prohibía tocar su vieja guitarra; en un instante elogiaba lo bien que había ido el ensayo, y al siguiente, se quedaba absorto contemplando la lluvia tras la ventana, sin responder por más que lo llamaras. 

A Qi Yuan le temblaban los labios de rabia. Mordiéndoselos, clavó su mirada en él, deseando arrancarle aquella ternura que a veces asomaba en sus ojos. Pero esta vez no apareció. Zhang Chen, sentado en el suelo recogiendo cables, ni siquiera le concedió una mirada de confrontación. Observando sus movimientos lentos, Qi Yuan pensó que quizás a ese hombre nunca le había importado. 

—¡Chinga tu madre, Zhang Chen! ¡Qué mierda de actitud es esa con todo el mundo! ¡Maldito el día en que te conocí! ¡Jódete! —Mientras gritaba, sus ojos se enrojecieron. Dio un portazo tremendo y salió corriendo de la habitación.

Zhang Chen seguía sentado en el suelo. Al escuchar el estruendo de la puerta, se alisó el cabello con una mano y miró el batiente que aún se balanceaba por el impacto. 

—Mi madre está muerta —dijo.

Nadie le respondió. Sintió sed de pronto, y le entró un antojo de refresco de naranja bien frío.

De camino a la tienda, un zumbido persistente le llenaba la cabeza. Las palabras «¡Jódete!» y «Zhang Chen, que no se te olvide que cosa eres» giraban sin cesar en su mente, imposibles de ahuyentar. Recordó a su padre, al que había internado en aquel sanatorio. Zhang Licheng también solía soltarle la misma frase: «No olvides qué cosa eres, Zhang Chen». 

Zhang Chen tomó un trago de su refresco de naranja helado. Siguiendo ese sabor dulce y gélido, de pronto le vinieron a la memoria emociones difusas: alguien, sorprendido, lo había llamado genio; alguien más había dicho que, a pesar de haber estudiado en tantas buenas escuelas, no podía factorizar un número grande tan rápido como él. 

¿Quién lo había dicho? No importaba. Zhang Chen siguió bebiendo y pensó: «Sí, soy un genio. Quién haya dicho algo así no tiene la menor importancia».

Al pasar frente a un vidrio reflectante, Zhang Chen vio su propia silueta: desde la distancia, solo una figura esbelta, con el destello de su piercing nasal reflejando una y otra vez la luz cegadora del sol. Se detuvo y estudió su rostro en el cristal: ese rostro que se parecía tanto al de su madre, Li Xiaoyun, con los mismos ojos y cejas, pero con una estructura ósea mucho más definida. Por primera vez, admitió que, en efecto, no era mal parecido. No era tan descabellado que alguien se fijara en él por su apariencia.

Pero de poco servía. Su única utilidad era que, mientras trabajaba en el karaoke, algún cliente le rozara la mano. Otro camarero, aficionado al cine de Hong Kong, que hacía turnos con él, no podía evitar contener la risa cada vez que lo veía. Ya en el vestuario, no perdía la oportunidad de burlarse:

—Bueno, guapetón, ¿pa’ qué te matas trabajando? Más fácil que te mantengan, no… total, solo tendrías que hacer un esfuerzo.

Zhang Chen, sin levantar la vista, se desabrochaba los botones uno a uno, se ponía su camisa y, mientras se arremangaba, salía hacia la puerta. Sin volverse, respondía:

—Me voy. A servir copas a otro bar.

En cambio, los títulos académicos y el prestigio de la universidad sí servían de algo. Para gente como ellos, venida de pueblos perdidos, eran casi un salvavidas. Una vez, un músico que colaboraba en su grupo lo vio repasando artículos académicos entre ajustes de sonido y, sorprendido, preguntó:

—¿Todavía estudias? ¿Dónde?

Cuando Zhang Chen mencionó el nombre de la universidad, el otro lo miró de arriba abajo, sorprendido, como si el Zhang Chen que conocía –ese tipo imprevisible– no pudiera tener la menor relación con una institución así. Al final, no pudo evitar soltar: 

—¿Y dónde hiciste la licenciatura?

Como era de esperar, la respuesta fue una universidad mediocre. El tipo respiró aliviado.

—¿Te costó mucho entrar? Bah, pero ahora a quién le importa un máster. Lo que vale es el título de licenciatura. Tendrás que seguir esforzándote, colega. 

Zhang Chen observó su expresión satisfecha y pensó: «Fue fácil. No estudié casi nada para los exámenes. Fui el primero en las pruebas escritas y en la entrevista».

Pero no dijo nada. Solo guardó los artículos en su mochila y salió a fumar frente al bar, esperando a que terminaran de afinar los instrumentos.

En la oscuridad de la noche, Zhang Chen recordó aquellas llamadas durante su último año de preparatoria. Dos profesores encargados de admisiones para su provincia le insistían con tono compungido:

—Eres apenas un muchacho inexperto, no tienes idea de cuánto peso tiene el prestigio universitario en esta sociedad. ¡Hasta estudiar arqueología con nosotros sería mejor que cursar finanzas o informática en tu universidad provincial!

Aquellos ojos ansiosos lo miraban transmitiendo un mensaje tácito: ¡Deja que ese padre fracasado se las arregle solo, para qué preocuparse por un inválido a medias! Tú aún tienes toda la vida por delante.

Zhang Chen los había mirado sin decir palabra, limitándose a responder con la mirada: ¿Creen que no lo sé? Déjenme en paz.

Sin arrepentimientos. Nunca se había arrepentido de nada, jamás. Zhang Chen era de esos que simplemente no conocen el remordimiento.

Al salir del ensayo con la guitarra a la espalda, recibió una llamada de su tutor, pidiéndole que pasara por la universidad a recoger sus calificaciones y cartas de recomendación.

De camino, Qi Yuan lo llamó. La voz de la chica sonaba apagada, cargada de culpa.

—Perdón, se me subió el genio; no debí insultarte así.

Zhang Chen, apoyado contra el vidrio del taxi mientras observaba el paisaje, sostenía el teléfono con una mano. Su tono sonaba indiferente.

—No pasa nada.

Del otro lado, la voz se quebró de repente.

—¿Cómo que no pasa nada? ¿Que tu amiga te insulte no te importa? ¿Entonces nosotros qué somos? ¿No somos amigos?

Él siguió mirando el paisaje.

—Claro que somos amigos. —Y tras decirlo, añadió—: Ya está, no hablemos más de la pelea.

—Entonces… ¿te parece si voy a buscarte luego? Podríamos ir al cine esta tarde.

—No. Tengo que ir a correos a enviar unos documentos.

Al otro lado del teléfono, el silencio se hizo pesado. De pronto, como si acabara de recordar que era temporada de solicitudes, la voz se elevó bruscamente:

—¿Qué documentos? ¿Los de las aplicaciones?

Zhang Chen respondió con un «Mm» seco y no añadió nada más.

Llegó a la universidad pasadas las dos de la tarde. Saludó a su tutor y a unos compañeros que, como él, tampoco habían regresado a casa ese fin de semana. Se quitó la chaqueta y la dejó caer sobre la mesa, apoyándose luego en el borde mientras metía uno a uno los papeles en un sobre de archivo.

—¿De verdad solo vas a aplicar a dos universidades? —El tutor, al otro lado de la mesa, bebió un sorbo de té y negó con la cabeza—. Es demasiado arriesgado. Ni siquiera tienes una opción segura de respaldo.

—Seguro que no hay problema. El año pasado fulano, con quien colaboré en un artículo, tampoco tenía papers de gran calidad antes de aplicar al doctorado –en los primeros ni siquiera fue autor principal– y aún así lo aceptaron. —Una doctoranda se frotaba los ojos, reclinada en la silla, y añadió con un deje de resignación—: Pero claro, él estudió en Estados Unidos, eso siempre facilita las cosas.

Un compañero más joven que escuchaba soltó un suspiro audible y, volviéndose hacia Zhang Chen que estaba apoyado en el alféizar dejándose llevar por la brisa, preguntó:

—Ah, cierto, ¿a qué programas aplicaste?

—A Criptografía y Computación Teórica.

—¡Bien, bien! Zhang Chen realmente se va a alejar de la industria y lanzarse directamente a ser científico —comentó el compañero, chasqueando la lengua con admiración—. Pero, ¿por qué no aplicaste a CMU o Berkeley? Intentar no cuesta nada. ¿O es que tienes algo contra ellas?

—Tengo algo contra CMU. —Zhang Chen se apartó el flequillo de la frente con un gesto distraído, levantó el sobre ya sellado y lo agitó a modo de despedida—. Me voy.

El compañero más joven miró la espalda de Zhang Chen alejándose con desenfado y refunfuñó, indignado:

—¡Joder! ¿Qué tiene de malo CMU? Sí, es un pueblo pequeño en medio de la nada, pero sigue siendo uno de los cuatro grandes. El año que viene voy a aplicar ahí aunque sea lo último que haga.

—Tengo miedo de encontrarme con conocidos.

Los que quedaban en la oficina se miraron entre sí, y al instante sus expresiones se iluminaron con comprensión.

Zhang Chen caminaba rápido. Su plan original era ir directamente a la oficina de correos cercana, enviar los documentos y volver a casa a dormir tranquilo. Pero nada más salir del edificio académico, divisó a una figura familiar agachada en las escaleras.

Qi Yuan, con una mochila a la espalda y el teléfono celular apretado en la mano, tenía los párpados hinchados y rojos. Era evidente que llevaba allí esperando mucho tiempo.

Zhang Chen pasó junto a ella sin detenerse, pero antes de dar dos pasos, una voz apurada resonó a sus espaldas:

—¿Es que no me has visto? ¡Déjame acompañarte a enviar los documentos!

Era esa época ambigua entre el otoño y el invierno. Zhang Chen llevaba una sudadera negra lisa y delgada. Sintió cómo el tejido se tensaba cuando alguien lo tiró con torpeza. La voz atropellada continuó:

—Sé que no está bien actuar así, pero no puedo evitarlo. Ya sabes, la naturaleza humana es difícil de cambiar.

—Lo sé. Ven si quieres, solo es enviar unos papeles. —Zhang Chen volvió la mirada hacia ella por un instante, permitiéndole acompañarlo, pero su actitud se volvió palpablemente distante.

Qi Yuan intentó romper el hielo contándole anécdotas embarazosas de sus compañeros de trabajo, pero Zhang Chen permaneció en silencio, envuelto en una frialdad casi tangible.

—Mi compañero renunció —dijo Qi Yuan—. El día que limpió su escritorio, se puso a gritar «¡El jefe es un imbécil!» frente a toda la oficina. ¡Qué liberación! A mí también me gustaría hacerlo.

Zhang Chen alzó la vista hacia un frondoso árbol verde al frente y respondió con indiferencia:

—Pues hazlo entonces.

Qi Yuan se secó las mejillas con un gesto rápido y preguntó, la voz quebrada: 

—¿Seguimos siendo amigos?

La pregunta hizo que Zhang Chen volviera a mirarla. Tras unos segundos de silencio, afirmó con firmeza:

—Claro que sí.

Ella sostuvo su mirada sin decir palabra.

El interior de la oficina postal bullía de gente. El mostrador de envíos internacionales, por algún motivo, estaba colapsado, con una fila que serpenteaba hasta la pared.

Zhang Chen observó la interminable fila y luego las escasas butacas de espera, todas ocupadas.

—No hay donde sentarse —le dijo a Qi Yuan—. Habrá que esperar de pie.

—Sí, no importa —respondió ella, ausente, los ojos fijos en la multitud—. Oye, ¿tienes sed? Yo sí, mucha. ¿Podrías salir a comprarme una Coca-Cola?

Zhang Chen la miró, perplejo. Notó cómo sus ojos se clavaban en la aglomeración de gente, su rostro demudado, los párpados y pómulos hinchados. Sin oponer resistencia, accedió:

—Está bien. Quédate aquí vigilando nuestro lugar en la fila.

—Espera. —Justo cuando él se disponía a salir, Qi Yuan lo agarró del brazo con brusquedad. Evitando su mirada, señaló la carpeta de documentos que llevaba entre los brazos—. ¿Por qué no me dejas esto? Vas a tener que cargar con las bebidas después…

—Puedo llevarlo todo.

—Déjamelo a mí —insistió—. Las latas frías sudan, ¿y si se manchan tus documentos?

La lógica era innegable. Zhang Chen le entregó el sobre de manila y salió en busca de una tienda.

Dentro de la oficina postal, atestada de gente, Qi Yuan permaneció inmóvil, los ojos fijos en los dos sobres de papel kraft que ahora abrazaba. Tras un forcejeo interno, los abrió uno tras otro. Sacó varios sobres más pequeños –las cartas de recomendación de su tutor y los resultados del GRE– y, con movimientos precisos, los arrugó hasta convertirlos en bolas de papel que desaparecieron en los bolsillos de su abrigo.

La calefacción aún no estaba encendida en ese periodo entre estaciones, y el interior del edificio conservaba un frío húmedo. Qi Yuan, sin embargo, tenía la frente perlada de sudor después de lo que acababa de hacer. Justo cuando alzaba la mano para secársela, sintió dos palmadas en el hombro. 

—¡Mierda! —escapó de sus labios, el susto pintado en el rostro al girarse y encontrarse con Zhang Chen, que acababa de regresar con dos latas de Coca-Cola heladas. 

—¿No la quieres?—Zhang Chen agitó ligeramente las bebidas que desprendían vapor frío.

—Sí, claro. Me muero de sed. —Qi Yuan le entregó el sobre de manila con gesto nervioso antes de abrir su lata y beber ávidamente, tragando más de la mitad de contenido de un solo golpe.

Zhang Chen tomó el sobre. Sus dedos, habituados a los detalles, notaron al instante que los hilos de sellado no tenían la misma longitud que antes. Al pasar los dedos por la superficie, percibió también que faltaban cosas. Pero no dijo nada. Solo llamó a Qi Yuan, que seguía bebiendo:

—Mi tutor me llamó por algo urgente. Yo me encargaré de enviar los documentos mañana o pasado. Puedes irte a casa.

Qi Yuan, que apenas se había recuperado, se atragantó tosiendo violentamente. Sus dedos se aferraron a la manga del abrigo de Zhang Chen con fuerza desesperada.

—¿Después de todo este tiempo, ahora no los envías?

Zhang Chen miró su mirada esquiva y dijo:

—Nadie podía esperar que algo saliera mal en el camino.

Los dos caminaron de vuelta a la universidad en silencio. Al despedirse en la entrada, hubo un mutuo acuerdo tácito de no decir adiós. Solo cuando la figura de Qi Yuan, cargando su mochila, se perdió en la distancia, Zhang Chen abrió la carpeta. Sacó todas las cartas y las contó: efectivamente, faltaban cuatro cartas de recomendación y dos resultados del GRE.

La semana siguiente, Zhang Chen fue a la oficina de su tutor a pedir que le expidiera de nuevo dos copias de las cartas de recomendación, con el sello correspondiente. Las guardó junto con los resultados sobrantes del GRE que tenía guardados, y volvió a sellar en el sobre tanto el formulario de solicitud como los demás documentos. Esta vez reforzó la solapa con cuatro o cinco capas de cinta adhesiva transparente.

Había llovido el día anterior, y el camino a la oficina postal estaba frío, lleno de charcos y resbaladizo. Zhang Chen caminó solo, llevando los documentos, sintiéndose ligero y, por primera vez en mucho tiempo, completamente seguro. 

Al llegar a la oficina de correos, incluso la empleada que le entregó los formularios le pareció excepcionalmente encantadora. Intercambió unas palabras con ella y, al irse, no olvidó decirle:

—Gracias por su ayuda.

Al salir de la oficina, una ráfaga de aire húmedo cargado de olor a tierra lo golpeó de frente. Zhang Chen cerró los ojos, sintiendo aquel aire fresco, pensando que esta vez nada podría salir mal.

De vuelta en casa, se inclinó sobre el escritorio y escribió una larga carta de agradecimiento a su tutor, reconociendo sus cinco años de generosa y desinteresada orientación. Al terminar, la selló en un sobre con el mismo cuidado que había puesto en los documentos de la solicitud, decidido a entregársela en persona apenas recibiera la oferta de admisión.

Su tutor, su benefactor. El primero que le había tendido una rama de olivo, el que lo había guiado hacia un mundo nuevo. Tras tantos años a su lado, Zhang Chen solo sentía gratitud hacia él. Solo había un reproche: su constante empeño en entrometerse en sus decisiones. 

A él no le gustaba nada el trabajo que Zhang Chen había hecho antes para aquellas empresas fantasma, realizando ciberataques. Consideraba que aquello no tenía ningún mérito técnico –cualquier estudiante de secundaria podría aprenderlo en unos meses y ponerse a atacar computadoras–, algo que ni siquiera merecía llamarse «trabajo». Incluso se opuso firmemente a que Zhang Chen hiciera prácticas en empresas.

—Zhang Chen, deja ya esas cosas. Cualquiera puede hacerlas, y para ti son un desperdicio de talento. ¿Sabes lo importante que es el talento en este campo? He tenido tantos alumnos… Dos tercios se fueron a la industria después de graduarse y acabaron odiándome por no enseñarles a programar bien. El otro tercio siguió estudiando: algunos abandonaron a mitad de camino, otros aún siguen aguantando a duras penas. En esto nuestro, sin talento, no se puede hacer nada que valga la pena. ¿Sabes por qué te acepté en mi grupo en segundo año? Porque tanto el profesor Xie como yo vimos tu talento. Lo del esfuerzo es para entretener a los niños. ¿Qué científico ha llegado lejos solo con esfuerzo? ¿Turing? ¿Von Neumann? Los que triunfan en teoría tienen el cerebro estructurado de otra manera. ¿Recuerdas aquel seminario sobre problemas de vanguardia en computación teórica al que fuimos juntos? ¿Cuántos crees que entendieron de verdad lo que se dijo? Si acaso, captaron migajas. Antes no sabías que tenías talento. Ahora lo sabes, y debes exprimirlo al máximo. ¿Lo has entendido?

Zhang Chen lo había mirado fijo y respondido: 

—¿En serio?

El tutor agitó la mano con seguridad y afirmó:

—Claro que sí. Tú no eres un estudiante normal, ni muchísimo menos. Apunta a lo mejor del mundo según el ranking. Si no es lo mejor, no merece la pena. —Luego, rodeó con el brazo los hombros de Zhang Chen y añadió—: Cuando viniste a la entrevista en el año 2000, después de que te fuiste le dije al profesor Xie: «Este chico es un genio que aparece una vez cada cien años. Si hubiera nacido en tiempos de guerra, con esa capacidad de reconocer números primos de un vistazo, seguro lo habrían llevado al servicio de inteligencia para descifrar telegramas cifrados, y habría hecho una gran carrera». Pero ahora… ay, ahora tenemos computadoras. ¿Cómo puede la capacidad de cálculo de una persona compararse con la de una máquina? Aun así… incluso si el genio humano ya no supera a las computadoras, sigue siendo un genio. La mente de un genio no es solo suya, es de toda la humanidad. Debes dedicarte a algo más significativo, debes permanecer en las alturas. ¿Cómo podrías ir a esos lugares mediocres?

Todo esto fueron palabras de un borracho que el tutor soltó en un cóctel después de un congreso académico, agarrado a Zhang Chen. Pero cuando se le pasó la resaca y vio que Zhang Chen realmente solo había imprimido las solicitudes para dos universidades, no pudo evitar exclamar, sorprendido:

—¿De verdad solo vas a solicitar en dos? Pon al menos una de respaldo. 

Al ver que no respondía, el tutor vaciló un momento antes de preguntar: 

—¿O quizás considerarías quedarte aquí para el doctorado? Como plan B, por si acaso.

Zhang Chen respondió sin dudar: 

—No. Solo quiero ir a esas dos.

El tutor asintió y levantó el pulgar en señal de aprobación.

—Bien dicho.

El día que llegaron los resultados, Zhang Chen cenaba con todo el grupo de investigación en un reservado de un restaurante. Uno de los estudiantes más jóvenes, que acababa de volver de su clase de guitarra, llegó directamente con el instrumento sin pasar por casa. Al ver la guitarra, los demás empezaron a corear pidiéndole a Zhang Chen –el «profesional» del grupo– que tocara algo. Sin poner objeciones, Zhang Chen tomó la guitarra y se sentó en un rincón del sofá. Levantó la mirada y preguntó: 

—¿Qué quieren  escuchar?

Como era de esperar, los demás respondieron al unísono: 

—¡Las canciones de tu banda, claro! ¿Qué sí no?

Zhang Chen rasgueó las cuerdas distraídamente, inclinando la cabeza para afinar el instrumento. Al oír aquello, rechazó de inmediato.

—Las canciones de mi banda no encajan en un ambiente tan alegre como este. 

Uno de ellos asintió y añadió, bromeando:

—Es verdad. Las canciones de su banda son para quienes han dejado la escuela, están desempleados o acaban de romper con alguien. Dan ganas de suicidarte ahí mismo.

Todos se echaron a reír, pero entre las risas, Zhang Chen dijo con firmeza:

—Entonces elijo yo. Tocaré lo que quiera y ustedes escucharán.

Fuera nevaba copiosamente, mientras dentro del restaurante Zhang Chen comenzó a tocar una canción muy antigua que todos conocían. Pronto, el grupo se unió tarareando la melodía. Pero justo cuando llegaban a la mitad, un chico se levantó de un salto agitando el teléfono celular y gritó emocionado: 

—¡A mi amigo ya le llegó la offer! Dice que estos días deberían ya mandarlas todas. ¡Zhang Chen, revisa tu correo a ver si ya la tienes!

El sonido de la guitarra se cortó en seco. Zhang Chen la dejó caer de golpe, y sin siquiera tomar la chaqueta, salió corriendo en una camiseta delgada. De paso, mientras se despedía de los que iban con él, gritó:

—Voy rápido al cibercafé a revisar.

Los demás, al oír esto, no podían dejarlo ir solo. Se abrigaron a toda prisa, agarraron sus cosas y salieron en tropel del restaurante, siguiendo a Zhang Chen que corría a la cabeza del grupo hacia el cibercafé.

Aquel día, la conexión de internet del cibercafé andaba mal y la página se atascaba sin cargar. Zhang Chen mantenía la mano sobre el ratón, los dedos repiqueteando nerviosos. Varios de ellos esperaban ansiosos frente a la enorme pantalla de la computadora. La espera se hacía eterna, hasta que una compañera más joven, impaciente, no pudo aguantar más.

—¿Por qué va tan lento esto? 

Otro, desde atrás, se quejó: 

—¡Que en este ciber no arreglan nunca la red! ¡Que salga ya la dichosa congratulations

Apenas terminó de hablar, al fin apareció la página del correo: dos mensajes en inglés yacían tranquilamente en la bandeja de no leídos.

El bullicio de un momento atrás se congeló de golpe. Todos se miraron, incómodos. Fue una compañera más experimentada la primera en reaccionar. Le dio una palmada en el hombro a Zhang Chen y trató de consolarlo:

—No pasa nada, de verdad. Esto depende mucho de la suerte. Que te rechacen es normal, no es que no seas bueno, ni mucho menos que hayas hecho algo mal. 

—¡Joder! ¿Por qué? —maldijo el compañero de laboratorio—. No tiene sentido. Tienes varios artículos como primer autor, tu línea de investigación es consistente, ¿acaso las cartas de recomendación de nuestra facultad no fueron lo suficientemente buenas? ¿O falta de experiencia internacional? Zhang Chen, respóndeles con una carta de apelación. Pregúntales en qué superan los admitidos a tu perfil.

El resto del grupo investigador se mostraba más indignado que el propio Zhang Chen. Las voces se superponían.

—Que les jodan. Si no te quieren, ni saben lo que se pierden.

—Lo que pierden son cosas obsoletas sin aplicación práctica. —Zhang Chen se sacudió la ropa con un aire de fingida despreocupación y se levantó para despedirse—. No pasa nada. Me voy a casa.

El camino de regreso lo hizo, una vez más, en soledad. La nieve caía sin cesar del cielo, y la acumulada en el suelo crujía bajo sus pisadas. Zhang Chen avanzaba en medio de la nevada con una delgada camiseta, la chaqueta colgada al hombro. Su cabello negro estaba cubierto de copos, y en sus pestañas quedaban las huellas de agua que dejaba la nieve derretida. Siguió caminando bajo la tormenta de nieve, y pronto llegó a la entrada de su edificio, donde divisó un palo clavado en el manto blanco.

El palo yacía solitario en la nieve, patético y tentador. Zhang Chen se agachó como poseído para recogerlo. Alzó el brazo empuñando el palo en medio del torbellino blanco, y con un ¡bang! sintió un dolor lancinante atravesarle la pierna.

¡Bang! ¡Bang! ¡Bang! El brazo se alzaba y caía implacable. Los golpes contra sí mismo eran brutales, descarnados. Pronto la sangre tibia empezó a empapar el vaquero, mezclándose con la nieve en una grotesca capa termal.Junto al portal del edificio había una joven apoyada. Al oír los ruidos afuera, asomó la cabeza. Al reconocer a Zhang Chen, lanzó su bolso y, sin pensarlo, corrió despavorida hacia él, arrebatándole el palo de las manos.

—¡Zhang Chen! ¿Por  qué te golpeas? —gritó con urgencia—. ¿Viste los mensajes que te mandé? ¿Por qué no me respondiste?

—¿Qué? —Zhang Chen dejó que ella le arrebatara el palo de madera de las manos. En medio de la confusión, le miró al rostro y dijo con impaciencia—: Cheng Sheng, ¿por qué eres tan insistente, como un alma en pena? ¿Qué tiene que ver contigo que me golpee a mí mismo?

Aquella frase fue como una puñalada directa al corazón de la joven que tenía enfrente. Señalándose la cara con incredulidad, preguntó:

—¿Dijiste que soy quién?

Zhang Chen entrecerró los ojos y la observó con atención. Descubrió que la persona frente a él era, en realidad, una chica de un metro sesenta y cinco, quince centímetros más baja que el verdadero Cheng Sheng, y tampoco se parecían físicamente. Solo compartían esa obstinación egoísta tan característica.

—Eres Qi Yuan. —Zhang Chen la reconoció por fin. Su expresión se tornó repentinamente seria; asintió mientras le preguntaba—: Qi Yuan, sé que he sido inconstante contigo, que no lo soportas. Ahora te doy una oportunidad para vengarte. ¿Quieres golpearme?

Qi Yuan seguía inmóvil, en la misma postura de hace un instante, sin entender aún qué quería Zhang Chen que hiciera, cuando de pronto él le agarró la mano. Acto seguido, con un sonoro ¡pa!, Zhang Chen usó su propia mano para darse una bofetada con fuerza.

—¡¿Qué estás haciendo!? ¡¿Qué haces!? —Qi Yuan, con el rostro aterrorizado, intentaba zafarse. Pero Zhang Chen no la soltaba; sujetándole la mano con fuerza, se dio otra bofetada.

Frente a él, Qi Yuan comenzó a llorar sin poder contenerse. Intuía, aunque vagamente, qué podía haber llevado a Zhang Chen a ese estado. Con la mano que él agarraba con fuerza, le acarició su mejilla, aún enrojecida por las dos bofetadas, y dijo entre lágrimas:

—Fue mi culpa, todo fue mi culpa. Yo tiré la carta de recomendación de tu tutor y los resultados del GRE.

—Ya lo sabía. Por eso, la segunda semana volví al departamento y pedí otras dos copias. Fue eso lo que envié. —Zhang Chen sentía dolor en la mandíbula; probablemente se había hecho sangrar con esas dos bofetadas tan despiadadas que acababa de darse. Pero el sabor metálico en la boca le resultaba extrañamente placentero. Zhang Chen se sentía feliz: el dolor de recibir golpes, el impulso de darlos era una felicidad pura. Hacía mucho que no experimentaba una alegría tan sencilla.

Miró a la chica frente a él, con el rostro empapado en lágrimas. Se limpió con el dorso de la mano la sangre del labio y, con sincera incomprensión, preguntó:

—¿No te hace feliz golpearme? ¿Por qué no estás feliz? ¿No me odiabas? ¿No me odiabas tanto como para tirar mis papeles de solicitud?

—Yo solo quería que no te fueras. Si te ibas, ya no ibas a volver…

Qi Yuan se cubrió los ojos, de los que las lágrimas no dejaban de brotar, con la otra mano. Entre sollozos, continuó:

—En la universidad ya eras así, siempre un paso adelante de los demás. Sin el menor esfuerzo entraste en la mejor escuela. Lo que investigabas, yo no entendía ni una palabra. Lo que hablabas con tu tutor y tus compañeros mayores, tampoco entendía nada de nada. Tú ibas a convertirte en un científico, pero yo no soy más que una persona torpe y ordinaria.

Zhang Chen cerró los ojos y, con un par de movimientos, se sacudió la nieve del cabello. Se peinó hacia atrás con los dedos unas cuantas veces, negó con la cabeza y dijo:

—¿Qué soy yo? Soy una persona independiente. ¿Solo porque no quieres que me vaya, tengo que quedarme? Se trata de mi futuro.

»Que si soy un genio o no, eso lo deciden ustedes, pero ahora no quiero saberlo; ya no me importa. —Dicho esto, soltó lentamente la mano, ignorando por completo la voz detrás de él, y subió solo las escaleras hacia el dormitorio.

Mientras subía, pensó: «De verdad quiero tener un perro. Un perro que nunca me abandone, un perro que me de todo su amor solo a mí, un perro que venga siempre que lo llame y me acompañe a vagar por el mundo. Lo abrazaría cada noche para dormir».

En casa todo estaba a oscuras. No había nadie. Por todas partes se respiraba la soledad.

Zhang Chen se acercó a la cama. Su vieja guitarra, que lo había acompañado durante tantos años, descansaba apoyada contra la pared. Parecía tener alma: lo miraba con ternura, y esa mirada danzaba sobre las cuerdas que reflejaban un tenue brillo.

Zhang Chen la tomó entre sus brazos, besó suavemente la cabeza del instrumento y murmuró con un suspiro:

—Resulta que ya tenía un perro.

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