Durante sus años universitarios, Zhang Chen atravesó un largo periodo de entrega obsesiva: peleas, disputas y todo tipo de trabajos para ganarse la vida. Aun así, sus calificaciones eran impecables; ganaba competencias, publicaba artículos… destacaba en todo. Dormía apenas unas horas al día, casi como un poseso. En el departamento, cuando los demás oían que su nombre figuraba en alguna competencia, lo daban por sentado: el primer puesto era indiscutiblemente suyo.
Cada noche, después de las clases, Zhang Chen subía a la azotea con una libreta en la mano para resolver problemas de las competencias ACM. En una ocasión, el consejero académico subió a cenar allí y, al verlo absorto entre los ejercicios, le preguntó con asombro:
—¿Qué estás haciendo, Zhang Chen? Nuestra universidad ni siquiera participa en eso.
—Lo sé. Es que las tareas son demasiado fáciles, esto lo hago solo para practicar un poco.
Zhang Chen, recostado en la azotea, parecía indiferente a si podría competir o no.
El consejero negó con la cabeza y se marchó.
En segundo año, la salud de Zhang Licheng ya se había estabilizado y mantenerlo hospitalizado era un gasto inútil. Aprovechando la cercanía de las vacaciones de invierno, Zhang Chen lo trasladó a un centro de rehabilitación y contrató a un nuevo cuidador para que estuviera pendiente de él.
Antes de que se fuera, Zhang Licheng lo había insultado delante de los demás pacientes:
—¡Te crié hasta que creciste y ahora me arrojas a un centro como este, eh! ¿Todo el dinero de la indemnización por la demolición te lo metiste en el bolsillo, verdad, hijo de puta? ¡Te haces rico y así es como tratas a tu padre!
Zhang Chen no respondió. Apoyado en la puerta, se limitaba a darle instrucciones al cuidador.
Al ver que su hijo lo trataba como si fuera aire, la ira muda que Zhang Licheng había acumulado durante años estalló de golpe. Azotó con furia el borde de la cama y le gritó a Zhang Chen:
—¡Eres la maldición de esta familia! Desde que naciste no ha pasado nada bueno, ¡nada! Enfermedades, muertes, un hogar hecho trizas, gente que dejó de ser gente. Dices que yo le fallé a tu madre, pero ¿acaso no fue ella quien murió por la mala suerte que tú y tu amante le trajeron? ¡Fuiste tú quien mató a tu madre, y ahora quieres culparme para librarte de tu culpa!
Apenas terminó de hablar, una mano le sujetó la mandíbula con fuerza. Las venas de las sienes y la frente se le marcaron con violencia, y sus ojos, turbios y desorbitados, parecían a punto de estallar bajo la presión.
Frente a él, Zhang Chen lo sujetaba con una mano mientras observaba ese rostro marchito y áspero, diciendo palabra por palabra:
—Ahora soy yo quien te mantiene. Soy yo quien te tolera.
—¿Acaso no es lo más natural que un hijo mantenga a su padre? —tosió Zhang Licheng con violencia, decidido a arrastrarlo todo al infierno—. Si no me mantienes, te denunciaré. Cuando lo haga, todo el mundo sabrá lo podrida que está tu familia, lo asquerosos que son tus padres. Y ese amante tuyo de antes… ¿Chen… Chen qué? ¿No era su familia de funcionarios? Después de arruinarnos, se fue al extranjero a vivir a cuerpo de rey, sigue disfrutando de su vida de clase alta como si nada, mientras nosotros vivimos como hormigas. ¿Crees que lo voy a permitir? Denunciaré a su padre, que investiguen de dónde sacaron tanto dinero. ¡Y también denunciaré a su hijo! Un maricón de nacimiento, un degenerado que se desnudaba y se pegaba a mi hijo, corrompiéndolo…
Antes de que acabara, un «¡paf!» claro cortó el aire. Zhang Chen, que ya le agarraba la mandíbula enrojecida, le propinó una palmadita burlona en la mejilla arrugada con la misma mano que acababa de abofetearlo. Lo miró fijamente y dijo:
—Vuelve a mencionarlo. Una vez más.
Zhang Licheng lo miró con ojos incrédulos y, tras un largo silencio, habló lentamente:
—¿Acaso tu padre se equivoca? Si no fuera porque su hijo es tan descarado, ¿te estarían señalando a la espalda? Su familia tiene tanto dinero, no les falta nada, mientras que nuestra casa es una ruina, no tenemos nada… ¡Pero aun así, ese tipo vino a enredarse con mi hijo! ¿No es acaso porque lleva la perversión en la sangre?
Otro «¡paf!» resonó, claro y seco. Zhang Chen le sostuvo la barbilla con firmeza y repitió:
—Sigue hablando. Por cada palabra, un bofetón. No me cansaré.
—¡Zhang Chen, eres increíble, realmente increíble!— Zhang Licheng, obstinado, lo miró con odio mientras alzaba una mano temblorosa para señalarle el rostro—. Deberías agradecerle a tu madre por esta cara bonita. ¿Qué serías sin ella? Ese tal Cheng y esa compañera que te perseguía como una perra, ¿crees que de verdad les importabas? Solo les gustaba tu piel bonita, tu apariencia. ¿A quién le importa cómo eres por dentro? ¡Solo a tus padres!
Zhang Chen soltó lentamente a Zhang Licheng y se alisó el bajo de la camiseta que su padre le había arrugado. Su rostro permanecía impasible, como si las humillaciones de su propio progenitor no le afectaran en lo más mínimo. Tomó su mochila con gesto distraído y, ya en la puerta, lanzó unas palabras sin volverse:
—Nadie me quiere de verdad. Lo sé. No hacía falta que me lo recordaras.
Su silueta se desvaneció en el umbral, dejando atrás solo el silencio incómodo entre el enfermero, que sostenía un cuchillo para pelar manzanas, y Zhang Licheng.
Estas disputas frecuentes y trivialidades hacía ya tiempo que no afectaban la vida universitaria de Zhang Chen. Él seguía con su rutina en soledad: asistía solo a clases, resolvía solo los problemas de los bancos de ejercicios para competencias, garabateaba melodías en sus cuadernos, practicaba guitarra en la azotea de la residencia masculina, se abría paso en el autobús cargando su gran estuche negro de guitarra, buscaba equipos en los clubes de música y transportaba él mismo los nuevos altavoces y pedales de efectos hasta la sala de ensayo de la universidad.
En el segundo semestre de segundo año, Zhang Chen recopiló información de distintas universidades e institutos de investigación y envió su currículum uno tras otro. La mayoría se perdieron sin respuesta, como piedras hundiéndose en el mar. No fue hasta después de haber mandado varios cientos que, justo antes de las vacaciones de verano, por fin obtuvo una oportunidad de entrevista en un campo académico poco convencional.
En la carta, el profesor le decía: «Nuestro grupo de investigación se dedica a teoría pura, con un nivel de dificultad muy alto. Por ahora no tenemos estudiantes de grado, pero tus calificaciones básicas son buenas. Puedes venir a una entrevista».
Zhang Chen respondió: «Muchas gracias. Iré a la entrevista después de mis exámenes finales».
Con una pequeña maleta y un correo que ni siquiera era del todo formal, compró un boleto en clase económica rumbo a Pekín, y tras un día entero de viaje, llegó al fin a la vieja estación Sur[1].
La entrevista ocurrió con sorprendente fluidez. Uno de los profesores comenzó evaluándolo con temas de teoría de números, probabilidad, estructuras algebraicas como grupos, anillos y cuerpos, y luego le pidió que explicara algunos artículos clave de los últimos años. Con su base, concluyó que Zhang Chen no tendría problema en colaborar como asistente en el laboratorio, así que pensaba dar por terminado el proceso.
Pero el otro profesor, que había estado observando en silencio, notó que aunque Zhang Chen fruncía el ceño al resolver los problemas, en cuanto empezaba a escribir, lo hacía con soltura y dominio. Estaba claro que aquellos ejercicios no eran suficientes para desafiarlo. Así que decidió seguirle la corriente y probarlo con un problema imposible.
—Pregunta adicional. —El profesor tomó una hoja de papel de la mesa, escribió en ella dos números enteros enormes y se la pasó a Zhang Chen, que estaba sentado enfrente esperando tranquilo—. Descompón estos dos números. Tienes media hora, sin recurrir a la computadora. ¿Puedes?
Zhang Chen echó un vistazo a los números, levantó la vista y miró al profesor directamente a los ojos.
—Lo intentaré.
El profesor a su lado miró al catedrático con sorpresa, su mirada diciendo claramente: «¿Cómo es posible?». Pero esa duda duró apenas un instante, pues pronto comprendió que todo esto era, evidentemente, una prueba para ver cómo reaccionaría el estudiante ante un problema imposible.
Los dos docentes, como depredadores al acecho, no apartaban los ojos del papel en manos de Zhang Chen. Observaron cómo el primer número grande era descompuesto con rapidez, mientras que el otro permanecía intacto. Diez minutos después, Zhang Chen cerró el bolígrafo con un clic y entregó la hoja al profesor frente a él, mirándolo fijamente a los ojos.
—Por casualidad ha escrito un número primo. No se puede factorizar.
El profesor le sostuvo la mirada con la misma intensidad, notando el aire de arrogancia del joven en este terreno, y de pronto esbozó una sonrisa. Tomó el papel, revisó la solución descompuesta y le preguntó:
—¿Has intentado descifrar códigos por tu cuenta?
Zhang Chen alzó la vista.
—¿Qué?
El profesor, al ver su reacción, ya tenía claro lo que necesitaba saber. Asintió y dijo:
—Parece que no lo has intentado. No importa. Mañana ven directamente a nuestro equipo. Te enseñaremos lo básico de la investigación científica, te daremos una lista de lecturas y libros esenciales, y te explicaremos los avances y logros más recientes en el campo, así como los problemas que estamos estudiando actualmente. Con eso, podrás empezar a colaborar con nosotros de inmediato.
Al salir, Zhang Chen escuchó a sus espaldas a los dos profesores comentando en voz baja la entrevista. El profesor, bebiendo agua, le dijo al otro:
—Ya te dije que no lo descartáramos tan rápido. Menos mal que lo hicimos venir a probar. La teoría de la complejidad computacional y otros temas de informática teórica también podrían ser adecuados para él…
Al cruzar la puerta, un rayo de sol abrasador lo golpeó de frente. Zhang Chen, con su bandolera cargada de documentos al hombro, caminó hacia afuera entrecerrando los ojos ante la luz cegadora.
La cuestión de la entrevista quedó zanjada. Zhang Chen alquiló una habitación en un siheyuan –una casa tradicional de patio cuadrangular– en el callejón de Wudaokou, compartiendo el espacio con varios estudiantes de los alrededores. Aquellos chicos, en plenas vacaciones, llevaban una vida despreocupada: fumaban, jugaban a las cartas y hojeaban revistas pornográficas en el patio, o armaban alboroto organizando partidas de mahjong, llenando el lugar de humo y jaleo.
En el patio vivía también una joven artista –de esas que no hablan como gente normal–. Cada vez que abría la boca soltaba nombres de lugares remotos o citas de películas, y no había quien se le acercara sin que le soltara un verso. Zhang Chen sospechaba que era fanática de Bei Dao, porque en cuanto veía a los tipos del patio hojeando revistas indecentes a plena luz del día, recitaba El visitante de Polonia, y cuando se topaba con él, siempre le lanzaba «No estoy familiarizada con este mundo». Un día, apoyada en la entrada del patio, la joven observó a Zhang Chen regresar cargado con una pila de libros que le había dado el profesor, y con expresión solemne, declaró:
—Compañero Zhang, creo que eres una persona compleja, llena de historias.
Zhang Chen llevó la pila de libros a su habitación, dejando a la joven artista solo su espalda como respuesta:
—Quita eso de «complejo» y «lleno de historia». Solo soy una persona.
En el patio, los gritos subían y bajaban. Uno de los jugadores, con expresión triunfante, arrojó cinco cartas sobre la mesa.
—¡J-Q-K-A-2! ¿Qué, te quedaste seco? ¡Imposible ganarme!
Otro, con gesto de desdén, replicó:
—¡Tonterías! ¡Doble comodín!
Entre el alboroto, uno de los chicos volvió la cabeza por casualidad y vio los libros sobre criptografía y complejidad computacional en manos de Zhang Chen. Sus ojos se abrieron de golpe.
—Oye, ¿por qué nunca te he visto por la universidad?
Zhang Chen acomodó los pesados volúmenes en la pequeña mesa de su habitación y se sentó con naturalidad en el umbral de la puerta antes de responder:
—No soy estudiante aquí. Vine para unas prácticas de vacaciones.
El joven, al parecer medio colega, mostró interés de inmediato.
—¿Estudiante de licenciatura?
—Sí, estoy en segundo año, ahora de vacaciones de verano; el próximo semestre empiezo tercero.
—Ah, eres más joven que nosotros. ¿De qué universidad?
—De la Provincial.
El chico soltó un incómodo «¡Ah!» y añadió:
—Nunca la había escuchado, ¡lo siento!
—No pasa nada —dijo Zhang Chen—. Es una universidad normal.
Tras decir eso, estaba a punto de volver a su habitación para devorar ese montón de libros que el profesor le había regalado, cuando de repente algo cruzó por su mente. Volviéndose, preguntó adicionalmente:
—¿Tú también estudias informática?
—Sí, ¿por qué?
—¿Dónde está el dormitorio de los chicos de tu facultad? Quiero ir a echar un vistazo.
La pregunta resultó un tanto extraña. El joven miró a Zhang Chen con recelo, pero igual respondió:
—En el famosísimo Edificio Número 9.
Una nueva ronda de cartas comenzó y el muchacho se sumergió de lleno en la batalla lúdica.
La joven artista se volvió hacia ellos y protestó indignada:
—¡Son un grupo de degenerados!
—¿Degenerados nosotros? ¿Sabes por lo que hemos pasado? —Un muchacho mascaba chicle mientras sacaba un par de reyes—. En la última clase armamos una computadora desde cero, de verdad, ¡de 0 a 1! Nosotros mismos escribimos el CPU y ajustamos la placa.
—¿Y qué? ¿Acaso en vacaciones no se permite ser un poco degenerado? —replicó otro joven mientras lanzaba una carta—. Si no disfrutas a plenitud, el sufrimiento no tiene sentido. ¡Sin decadencia, no hay vida!
La joven artista se quedó sin palabras, reflexionando en silencio que aquella frase, después de todo, parecía tener cierta razón. Desde entonces, dejó de acosarlos con poemas veladamente críticos.
Zhang Chen salía temprano y regresaba tarde. Antes de las siete de la mañana ya estaba fuera para ducharse y preparar el desayuno. A veces, de paso, ayudaba a la anciana casera a barrer el patio. Luego, se colgaba al hombro la bandolera que dejaba en la entrada y, con un aire fresco y limpio, se encaminaba hacia la puerta de la universidad.
Durante las vacaciones, el campus estaba casi vacío, habitado principalmente por estudiantes de posgrado y algunos profesores. En una ocasión, mientras comía en el comedor número diez, se encontró con el profesor que lo supervisaba, sentado solo. El docente, de mirada aguda, lo reconoció al instante y se acercó a su mesa con intención de charlar mientras almorzaban.
Por lógica común, ningún profesor prestaría atención a un simple estudiante de licenciatura de otra universidad. Pero tampoco hay educador que no valore a un talento excepcional. Después de trabajar con Zhang Chen por más de dos meses, el profesor había logrado descifrar la capacidad y el ingenio natural del joven.
La primera semana, lo trató como a cualquier universitario sin experiencia en investigación: lo puso a hacer trabajos menores, le lanzó algunas preguntas y le dio consejos ocasionales.
Pero Zhang Chen llevaba dentro un hambre innata, un ansia tan prolongada que ya no distinguía los límites. Devoró los materiales básicos que el profesor le dio en apenas una semana, leyó cientos de artículos académicos y, siguiendo el hilo de los estudios más recientes, terminó topándose con problemas abiertos en el campo. Y entonces, comenzó a intentar desentrañarlos por su cuenta.
No pasó mucho tiempo antes de que Zhang Chen buscara al profesor por iniciativa propia, con un montón de papeles cubiertos de símbolos matemáticos en la mano.
—Profesor, he pensado en otro método para demostrar este problema —dijo, emocionado—. ¿Qué le parece?
El profesor echó un vistazo a las más de diez hojas repletas de un denso proceso de demostración y parpadeó, sorprendido.
—¿Ya estás investigando temas tan avanzados por tu cuenta?
Zhang Chen asintió. Después de escuchar los comentarios del profesor sobre su método, añadió:
—Déme otro problema, uno más grande. Quiero publicar resultados.
Recordando los últimos dos meses de trabajo, el profesor no pudo evitar bromear durante la comida:
—¿Sabes? Solo las primeras dos semanas parecías un estudiante. Después, te convertiste en un colaborador. A veces, tus ideas eran tan novedosas que hasta me sorprendían. Esos métodos audaces solo se le ocurren a los jóvenes.
Zhang Chen respondió:
—Pasar demasiado tiempo en una disciplina termina rigidizando el pensamiento. Mejor resolver más problemas antes de que eso me ocurra.
—Bien, muy bien —murmuró el profesor, observando a Zhang Chen frente a él.
«¿Cómo es posible que un alumno así solo haya entrado en una universidad ordinaria? —pensó—. No tiene sentido».
Los dos conversaban animadamente en el comedor, saltando de un tema a otro: desde cuestiones académicas hasta asuntos de la vida diaria. Al recordar a algunos de sus antiguos alumnos, el profesor mencionó de pronto a uno que acababa de marcharse al extranjero, con un dejo de pesar en la voz.
—Ese chico venía de una familia muy acomodada y además era muy espabilado. Pero luego sus calificaciones se desplomaron; muchas materias apenas las aprobó. Al final, aplicó a varios programas de doctorado y no fue aceptado en ninguno. Por suerte, al menos consiguió una buena universidad para el máster.
El tema pasó fugazmente, y enseguida le preguntó a Zhang Chen:
—¿El año que viene piensas presentar el examen de posgrado, verdad? ¿Ya tienes claro hacia qué área quieres orientarte?
Zhang Chen lo pensó un momento y respondió:
—Sigo queriendo intentar con teoría pura.
—¿Ya tienes una dirección concreta en mente?
—Seguiré con la línea de criptografía en la que trabaja nuestro grupo. Hace unos días estuve leyendo un poco sobre computadoras cuánticas, y me gustaría explorar algo de criptografía cuántica.
—¡Qué bien! —exclamó de pronto el profesor—. El camino de la teoría pura es muy difícil; tanto para solicitar plaza en una universidad como para encontrar trabajo después, el listón está muy alto. Pero si de verdad te interesa, inténtalo. Si ves que no es lo tuyo, siempre puedes cambiar de rumbo.
Tras una breve pausa, añadió:
—La verdad es que en nuestra generación de estudiantes, muy pocos quieren dedicarse a la investigación teórica. Hay una gran escasez de talento en ese campo.
—¿Va a reclutar asistentes de investigación este invierno? —preguntó de pronto Zhang Chen—. Me gustaría seguir trabajando con nuestro grupo.
Temiendo que Zhang Chen se uniera a otro grupo el próximo semestre, el profesor respondió sin dudar:
—¡Claro que sí! Puedes venir conmigo en todos los periodos de vacaciones, y seguir hasta que empieces el posgrado, ¿te parece?
Apenas terminó de hablar, Zhang Chen aprovechó la ocasión para insistir:
—Entonces, ¿el año siguiente cuando reclute estudiantes de posgrado, su grupo todavía tendrá plazas? Me gusta mucho el trabajo que hacemos y creo que encajo bien en él.
Al terminar de hablar, Zhang Chen dejó los palillos sobre la mesa y miró fijamente al profesor, que sorbía su sopa al otro lado. En sus ojos brillaba una ambición desbordante, imposible de ocultar.
El profesor lo notó todo. Siempre decía que, para lograr grandes cosas en la investigación científica, se necesitaban cinco elementos: ambición, talento, esfuerzo, visión y suerte. Este alumno ya tenía los tres primeros. Él podía ofrecerle el cuarto: un buen entorno, un buen mentor y recursos académicos a los que antes no había tenido acceso. En cuanto a la suerte, nadie puede intervenir en los caprichos del destino. Solo queda confiar en que los dioses le sean favorables.
Miró a Zhang Chen al otro lado de la mesa y le respondió con firmeza:
—Sí, claro que vamos a reclutar. Nuestro grupo toma a un estudiante cada dos años, y justo el año que viene toca. Puedes inscribirte con toda confianza; nuestro grupo siempre ha sido de los menos populares, así que dudo que alguien compita contigo.
Dejó la cuchara y añadió con una sonrisa:
—Y si alguien llega a postularse para este grupo tan poco solicitado, igual no tendría cómo ganarte.
Zhang Chen siempre había estado orgulloso en este aspecto, y el profesor lo sabía bien. Pero también pensaba que los jóvenes debían ser así. Al ver esa expresión de seguridad tan natural en su rostro, el profesor sonrió con comprensión, se inclinó hacia él, le dio una palmada en el hombro y le dijo con convicción:
—Tu meta es lograr resultados verdaderamente sólidos. Lo del examen no es algo que deba preocuparte. Concéntrate en la investigación teórica: tienes un futuro brillante por delante.
Antes de que Zhang Chen regresara a la universidad, el profesor se tomó el tiempo de repetirle un consejo más:
—El plan de estudios en tu universidad es demasiado rígido y atrasado, no está a tu altura. Cuando vuelvas, busca tus propios recursos. Una vez que tengas claro tu camino, avanza sin miedo. Podemos estar en contacto por correo o por teléfono en cualquier momento.
El día de su partida, el cielo sobre Pekín estaba completamente despejado. Ese cielo abierto parecía reflejar también el abanico infinito de posibilidades ante Zhang Chen. De pie junto a su equipaje, se inclinó profundamente ante el profesor, y al incorporarse lo abrazó una vez más. Luego, mirando el cielo azul a sus espaldas, dijo con solemnidad:
—De verdad, muchas gracias.
El profesor le dio unas palmadas en el hombro y dijo:
—Es lo justo. Nadie rechazaría la oportunidad de trabajar con un estudiante así.
En el tren de regreso a la capital provincial, Zhang Chen aún repasaba el artículo sobre criptografía de curvas elípticas del grupo de investigación. Al pasar por una zona montañosa, sacó su cámara instantánea de la bandolera y, sobre la mesa que temblaba con el traqueteo del tren, hizo clic. La fotografía fue revelándose poco a poco: aparecían ante él las intrincadas fórmulas y demostraciones que había estado puliendo. Satisfecho, contempló el resultado. Cuando llegó a la universidad, la guardó en una cajita nueva, y en el interior de la tapa inscribió cuatro sencillos caracteres.
Cuando el artículo se encontraba en su fase final, Zhang Chen ya había regresado al campus. La tarea de revisión quedó completamente en manos del profesor, quien se encargó de enviar el trabajo a una conferencia de bastante prestigio en el área.
Un día, al volver al dormitorio después de clase, la encargada del teléfono público en la entrada del edificio lo llamó levantando la mano:
—¡Zhang Chen! Hace un rato te llamó un profesor, preguntaba por ti.
Zhang Chen, que siempre había sido de emociones contenidas, mostraba ahora una rara euforia. Volvió a marcar el número, y tras apenas dos tonos, la llamada fue respondida. Una voz familiar le habló desde lejos:
—¿Zhang Chen? Ven a Pekín. Hay un seminario académico, y luego me acompañas a dos conferencias más de la Academia de Ciencias. Darás tres presentaciones en total. La gente está muy interesada en tu método. Recuerda preparar de antemano tanto tu ponencia como las preguntas.
Apenas colgó, Zhang Chen salió corriendo, con las esquinas de la camisa ondeando al viento.
En ese momento, Qi Yuan estaba en la entrada del dormitorio masculino, registrando su visita. Había ido a buscar a Zhang Chen y a Lao Liu para ultimar los detalles del ensayo y la presentación. Pero justo cuando levantó la vista, vio a Zhang Chen salir disparado como una ráfaga de viento, corriendo directo hacia el edificio administrativo.
Se quedó perpleja un instante, dejó el bolígrafo con un golpe seco, sin molestarse ya en firmar, y echó a correr tras su silueta.
—¿A dónde vas? —gritó Qi Yuan, jadeando y tosiendo.
—¡Voy al departamento a pedir permiso! —respondió él sin dejar de correr—. ¡La semana que viene no estaré en la universidad!
—¿No tendrás clases la próxima semana? ¿Entonces hoy y el fin de semana todavía ensayamos?
—¡Sí, sí! ¡Ensayamos diez horas!
Qi Yuan se llevó una mano al pecho mientras tosía, y alzando la voz contra el viento que le daba de frente, protestó:
—¡¿Diez horas?! ¡Mejor mátame de una vez! …¡Eh, qué te pasa! ¿Por qué estás tan contento?
—Nada, no es por la banda.
—¡Aunque no sea por la banda, yo igual quiero saberlo! —le gritó Qi Yuan mientras lo veía correr sin esfuerzo, como si no se cansara nunca. Apretando el paso con dificultad, gritó de nuevo tras él—: ¡Cuéntamelo! ¡Cuéntame todo sobre ti! ¡Quiero saberlo todo!
Pero Zhang Chen, que corría con determinación delante de ella, no respondió. Atravesaba el inmenso campus a contracorriente, mientras a su alrededor los profesores y estudiantes caminaban con calma, ajenos a su urgencia. Pronto, Qi Yuan comprendió con total claridad que no podía alcanzarlo. Ella corría demasiado lento, y su cuerpo ya no le daba más. Al final, se detuvo, llevándose una mano al pecho, sin aliento, y se quedó ahí, inmóvil, mirando la silueta de Zhang Chen alejarse a lo lejos. En ese instante, entendió con una claridad dolorosa que jamás podría seguir su ritmo.
Tras ese artículo y varias conferencias, Zhang Chen entró en un periodo de creatividad desbordante. Era como si se hubiera adentrado en un paraíso apartado del mundo. Durante las clases, anotaba ideas y estructuras en sus hojas de notas; mientras comía, ideaba demostraciones. Aparte de los ensayos y actuaciones de la banda, pasaba todos los días trabajando en el laboratorio de informática.
En el primer semestre del cuarto año, Zhang Chen recopiló por su cuenta en la sala de informática los resultados del año anterior y los sintetizó en dos artículos académicos. Tras corregirlos y editarlos repetidamente, se los llevó al profesor. Este tomó los artículos y, al principio, miró con cierta incomodidad a Zhang Chen, que esperaba una respuesta; luego, tras hojear un par de páginas al azar, soltó un exagerado «¡vaya!». Se acomodó las gafas, se giró hacia él y le dijo:
—Qué talento, esto sí que es puro nivel. ¿Lo hiciste tú solo?
—El profesor que me supervisó durante las prácticas me dio muchas orientaciones e ideas. El mérito es sobre todo suyo —respondió Zhang Chen.
El profesor chasqueó la lengua varias veces con admiración y luego preguntó:
—¿Entonces en el futuro vas a seguir por el camino de la teoría?
—Por ahora es lo que más me interesa.
El profesor soltó un suspiro de alivio y asintió con fuerza.
—Nuestra universidad no se puede comparar con las de primer nivel. Solo los que quieren ser científicos de verdad se atreven a meterse en la teoría pura. Nosotros, con conseguir un trabajo normal como programadores para ganarnos la vida, ya estamos bien. No te metas en la teoría. No lleva a ninguna parte.
Zhang Chen dijo simplemente:
—Ya veré qué hago más adelante.
—Vaya, qué terco eres —rio el profesor—. Pero bueno, hablo desde la experiencia. En este campo todo depende del talento y la suerte. Para la gente normal, con estar bien ya es suficiente.
Antes de irse, el profesor le dio una palmada en el hombro.
—En nuestra escuela no hay profesores que trabajen en teoría de la criptografía moderna. No podemos orientarte ni ayudarte a corregir el artículo, pero sí podemos ayudarte a enviarlo a una revista. Vale la pena intentarlo.
—Gracias, profesor —respondió Zhang Chen.
Poco después, el artículo fue aceptado. Solo que en la casilla del segundo autor apareció el nombre de alguien que Zhang Chen no conocía en absoluto.
Al verlo, Zhang Chen sonrió con resignación y no volvió a preguntar nada al profesor.
No imaginó que ese detalle llamaría la atención durante la entrevista de ingreso a la maestría. Uno de los profesores revisaba los documentos en sus manos y le preguntó:
—Veo que en cuarto año publicaste un artículo bastante sólido junto a otra persona. ¿Podrías contarnos qué parte hizo cada uno de ustedes?
Zhang Chen mantuvo la misma expresión de siempre y empezó a inventar, con total desparpajo, una colaboración completamente ficticia:
—La idea surgió mientras conversábamos. Yo propuse el problema inicial y el enfoque de partida. Él me dio algunas ideas sobre las funciones utilizadas por el diseñador y posibles vías para seguir. El primer borrador y las revisiones posteriores los hicimos entre los dos.
Excepto el profesor que lo había acompañado desde el principio, los demás también quedaron muy satisfechos con él. En sus corazones, ya habían tomado la decisión de admitirlo.
De vuelta en la universidad, su vida pareció dar un giro inesperado. Su escuela era de lo más común: profesores comunes, alumnos comunes, en una ubicación remota y con fondos escasos durante todo el año. Nunca había habido un caso como el de Zhang Chen. No solo los compañeros se sorprendieron, hasta los profesores lo comentaban con asombro.
El profesor de Estructuras de Datos solía mencionarlo en clase:
—Zhang Chen tomó esta materia conmigo en primer año. Se sintió muy inspirado por mí. ¡Yo lo dije! Incluso en una escuela como la nuestra, podemos formar talento. No se subestimen tan fácilmente, hay que esforzarse. Miren a Zhang Chen: ¡luchó y lo consiguió!
Entre los estudiantes, alguien murmuró en voz baja:
—¿Cómo se puede comparar así? Si cuando entró ya había superado la línea de admisión por 149 puntos… eso no tiene nada que ver con nuestra escuela ni con usted, profesor…
En ese momento, Qi Yuan estaba recostada sobre el libro de Estructuras de Datos –aquel que alguna vez juró no estudiar jamás–. Medio dormida, medio despierta, murmuró:
—Ni aunque me maten podría alcanzarlo. Así que mejor le pido al cielo que lo destruya de una vez. Que se vuelva alguien común y corriente, sin aristas ni brillo. Que se quede para siempre en un rincón olvidado…
