Capítulo 54. En el templo

Cheng Sheng nunca imaginó que algún día acabaría en un parque.

La primera vez que supo de ese lugar fue a los diecisiete años, durante un verano donde él, Qin Xiao y otros muchachos formaron un círculo discutiendo con entusiasmo juvenil sobre un compañero que frecuentaba la zona. La atmósfera era comparable a cuando hablaban de películas porno, con palabras sórdidas como «asqueroso» brotando constantemente de aquellos adolescentes en plena ebullición hormonal.

Ahora Cheng Sheng no podía creer que él también se hubiera rebajado tanto.

Su padre había buscado a escondidas a un prestigioso médico para que «tratara» su homosexualidad en casa. Pero tras apenas unos pocos encuentros, el facultativo terminó suplicándole al viejo Cheng que lo eximiera de aquel encargo, admitiendo que el caso lo superaba y que solo dependía de la voluntad del propio Cheng Sheng. Al despedirse, el médico hizo una confesión sincera:

—Esto no es ninguna enfermedad. Tal vez deberían aceptarlo. Un árbol no se endereza a golpes: solo conseguirán romperlo.

El viejo Cheng quedó con humo verde saliéndole de la coronilla; conteniendo la rabia, lo echó de su casa. Al regresar, se encontró de frente con su hijo, con el brazo cubierto de cicatrices, fruto de haberse lastimado a sí mismo. De repente, la ira se convirtió en desánimo: ¿cómo podía alguien tan astuto y hábil como él no darse cuenta de que lo que había dicho ese médico era totalmente cierto?

Solo de pensar en su hijo, al viejo Cheng le empezaba a doler la cabeza. Podía lidiar simultáneamente con varios funcionarios y hombres de negocios retorcidos, pero no sabía cómo manejar a su propio hijo de apenas veinte años. Cheng Sheng siempre lo provocaba y buscaba la confrontación a diario, ya fuera por asuntos de peso o por puras nimiedades. En una ocasión, mientras el Viejo Cheng se encontraba en su dormitorio gestionando con alguien la apertura de una cuenta en el extranjero para transferir grandes sumas de dinero de dudosa procedencia, Cheng Sheng, que había estado viendo la televisión tranquilamente en la sala, irrumpió de repente, levantó la mano y estrelló el teléfono contra el suelo, haciéndolo añicos.

El viejo Cheng quedó paralizado. En cuestión de segundos, Cheng Sheng se abalanzó sobre él y lo empujó, mascullando entre dientes:

—¿Cómo puedes hacer algo así? ¡Es ilegal! ¿Cuándo saciarás tu codicia? ¿Acaso el dinero que tenemos no basta? ¿Sabes cuántos no pueden estudiar ni operarse por falta de recursos?

El viejo Cheng, empujado por el muchacho, dio un traspié y se llevó la mano al pecho para recuperar el aliento. Alzando la vista hacia su hijo, que desvariaba como un loco, no pudo pensar otra cosa que lo infantil que era. Y aquellas palabras que siempre se había guardado, ese día se le escaparon todas de golpe. Le señaló la cara y le dijo, palabra por palabra:

—¿Cheng Sheng, qué derecho tienes tú para desafiarme? En este mundo cualquiera puede reprocharme, cualquiera puede decir que yo, Cheng Ruchun, soy un hombre ruin y con un pasado manchado. Todos, menos tú. ¿Crees que sin mí habrías llegado a donde estás? ¿De dónde piensas que salió la vida que llevas? ¿Habrías tenido acceso, desde niño, a esas cosas de las que ahora presumes? ¿Sabrías tocar el piano, jugar al go, trazar caligrafía, pintar? ¿De verdad crees que, sin los recursos de la familia, habrías entrado por tus propios méritos en esa escuela? ¿De verdad te imaginas que eres un jade en bruto? Tienes veinte años ya, ¿cómo es posible que sigas sin conocerte a ti mismo? ¿Quieres ver lo que es un jade de verdad? Mira a Xiao Jun, tu compañero de litera, él sí se abrió camino con sus propias manos, partiendo de la nada. ¿Y tú? ¿Qué serías sin mí? Yo, Cheng Ruchun, no soy ningún santo, pero desde niño no has hecho otra cosa que gastar mi dinero sucio. ¿Con qué cara vienes ahora a culparme y odiarme?

Apenas terminó de hablar, su hijo pareció derrumbarse por completo. De pronto, aquellas manos secas y huesudas se cubrieron el rostro, y al cabo de apenas unos segundos, se dio media vuelta y salió corriendo del patio. Corría y lloraba al mismo tiempo, gritando:

—¡No volveré a gastar ni un centavo tuyo en toda mi vida!

El viejo Cheng lo miró alejarse, primero frunciendo el ceño con preocupación, pero pronto soltó un bufido burlón. Negó con la cabeza y murmuró:

—¿Tú, sin gastar mi dinero? Ni en tus sueños…

Cheng Sheng estuvo vagando fuera varias horas. Erraba sin rumbo, con la mirada perdida y las huellas secas de las lágrimas pegadas como costras sobre el rostro. Anduvo de un lado a otro, sin saber a dónde ir, y al final –no supo bien cómo– acabó en ese parque del que sus compañeros hablaban siempre con desdén, tapándose la nariz.

Se sentó en un banco, en el extremo más alejado del lugar.

Era el momento más fresco del día. No quedaba ni un rastro de sol; todo a su alrededor estaba sumido en la oscuridad. Un entorno perfecto para que se llevaran a cabo, en silencio, aquellas cosas que no toleran la luz del día.

Hacia el este había un bosquecillo. Allí, varias parejas de hombres se besaban apoyados contra los troncos gruesos de los árboles. Desde esa zona en penumbra llegaban susurros, roces apenas audibles y jadeos indecentes que herían los oídos. Cheng Sheng observó por un momento las siluetas apenas distinguibles, escuchó aquellos sonidos cargados de ambigüedad, y de pronto sintió una náusea violenta revolviéndole las entrañas.

En las esquinas del parque, todavía quedaban algunos merodeadores en busca de presa, rondando como fantasmas. En cuanto sus ojos se cruzaban con los de alguien en la oscuridad, intercambiaban un gesto en clave, y se escabullían juntos, de la mano, hacia el interior del bosque. Si tuvieran algo más de dinero, ese lugar ya no les bastaría; su verdadero hogar sería entonces esa fila de modestos hostales más al este.

Cheng Sheng también vio a gente negociando. Un muchacho delgado, que al principio estaba sentado solo en una esquina del parque, fue abordado al cabo de un rato por un hombre de mediana edad. El hombre se le acercó y le mostró dos dedos. El chico asintió sin decir palabra.

Cheng Sheng no entendió al principio, pero pronto vio cómo aquel hombre de mediana edad sacaba dos billetes de diez yuanes del bolsillo de su chaqueta y se los tendía al muchacho. El chico los tomó con soltura, los guardó en su bolso y, acto seguido, rodeó con el brazo al hombre y se internaron juntos en el bosque.

Esta vez, Cheng Sheng lo entendió todo.

Pero no se fue. Ni siquiera sabía por qué no se iba. Desde el día en que se marchó de Yuncheng, sus actos parecían haber perdido toda lógica, sus emociones se desbordaban sin control y a menudo no era consciente de lo que estaba haciendo.

Mientras pensaba cuánto más iba a quedarse allí, un joven alto y delgado apareció a su lado. Tendría unos veinticinco o veintiséis años, el cabello cortado muy corto, vestía una chaqueta gris y unos vaqueros desteñidos. Su presencia traía consigo un aire gélido. Se inclinó un poco bajo la tenue luz del farol para mirarlo con atención. Al ver las huellas de lágrimas sobre ese rostro delgado y la expresión callada que lo habitaba, pareció interesarse. Le dedicó una sonrisa amplia, despreocupada y luminosa, y luego se sentó a su lado con total naturalidad.

Cheng Sheng se movió incómodo, apartándose en la dirección contraria, girando también la cabeza hacia el otro lado.

—¿Qué pasa, no te gusto? —preguntó el joven con una sonrisa.

—Solo vine a mirar, por curiosidad. No estoy buscando a nadie —respondió Cheng Sheng, todavía con el rostro vuelto hacia un lado.

El hombre soltó una risita burlona.

—¿Qué clase de hombre normal viene a mirar a los homosexuales por curiosidad? Ya bastante asco les da. No finjas.

Cheng Sheng resopló, pero no respondió.

—¿Eres estudiante? ¿O ya trabajas? —le preguntó el otro, ladeando la cabeza mientras lo observaba. Sacó un encendedor y una cajetilla del bolsillo y se encendió un cigarro con naturalidad.

—Estudiante.

—¿Dónde estudias? ¿Qué carrera?

El tono del hombre era relajado, pero sus preguntas sonaban como un interrogatorio. Cheng Sheng se sintió aún más incómodo. Se movió otro poco hacia el otro lado, rígido y sin decir una palabra.

Al ver que Cheng Sheng no le prestaba mucha atención, el hombre no se molestó. Siguió fumando mientras hablaba solo:

—Trabajo en la planta eléctrica. Vengo los martes, jueves y sábados por la noche. ¿Y tú?

A mitad de la frase, de pronto soltó un fuerte «¡eh!» y, de un manotazo, detuvo a Cheng Sheng, que intentaba alejarse aún más. Frunció el ceño con desagrado.

—Ya estás aquí, ¿y todavía te haces el digno?

El gesto repentino sobresaltó a Cheng Sheng. Estaba a punto de apartar la mano, pero entonces esa sensación helada, tan familiar, en el dorso le atravesó como una punzada. Y de pronto no quiso soltarla. Hizo el gesto de zafarse, por puro reflejo, pero acabó cerrando los ojos, dejando que el joven se la sostuviera.

—De verdad es la primera vez que vengo. No estoy fingiendo.  —Cheng Sheng cerró los ojos; la mano que el hombre le sujetaba temblaba un poco.

—Vale, vale, no estás fingiendo. Pero relájate un poco, ¿sí? Al menos abre los ojos. Tengo un cuerpo entero aquí sentado a tu lado, ¿qué se supone que estás mirando si no es mi cara?

Sacó otro cigarro de su cajetilla y le dio una palmadita en el dorso de la mano a Cheng Sheng.

—¿Fumas? Vamos, charlemos un rato. Para conocernos mejor, ¿no?

Cheng Sheng dudó un momento, pero al final abrió los ojos, aunque sin mirar directamente al hombre. Con una mano tomó el cigarro y el encendedor que le ofrecía. Pasó un buen rato intentando encenderlo, con chasquidos inútiles que no daban llama. El hombre, impaciente, terminó por arrebatarle el encendedor de la palma, lo acercó a su rostro y le encendió el cigarro él mismo.

Los dos fumaban, uno tras otro, compartiendo el humo. El hombre observaba con interés a Cheng Sheng, encorvado sobre sí mismo, y con un gesto casi imperceptible le sopló un poco de humo hacia el rostro. Luego preguntó:

—¿Y tú cómo te diste cuenta de que eras gay? ¿Fue que de pronto te gustó un chico?

Cheng Sheng, con la cabeza baja, respondió con un leve «mm».

El hombre volvió a preguntar:

—¿Y cómo era él? ¿Cómo te diste cuenta de que te gustaba?

—Simplemente lo supe. ¿Cómo no vas a darte cuenta cuando te gusta alguien?

—No siempre es así —replicó el otro—. Hay quienes son torpes por naturaleza, y otros que no se atreven a aceptarlo. Cuéntamelo con lujo de detalle, anda.

Total, era un desconocido, alguien con quien no tenía ningún lazo. Cheng Sheng solo vaciló un instante y pronto empezó a hablar, casi sin pausa:

—La primera vez que lo vi ya sentí algo raro, como si algo no encajara del todo dentro de mí. Más tarde, cuando fuimos juntos a los baños públicos y nos bañamos… fue entonces que lo supe con certeza.

Cheng Sheng ladeó la cabeza, dejando que el viento le diera en la cara. Su tono se volvió más relajado, como si hablara de la historia de otra persona.

—Cuando se estaba quitando la ropa, no podía dejar de mirarlo. Pero en cuanto se bajó los pantalones… ya no me atreví a mirarlo más.

En ese momento, el hombre a su lado estalló en carcajadas. Reía doblándose hacia adelante y hacia atrás, aunque nunca llegó a explicar qué era exactamente lo que le hacía tanta gracia.

Cheng Sheng le lanzó una mirada de reproche, pero el hombre enseguida contuvo la risa y, como si nada hubiera pasado, lo apuró:

—Sigue, anda. Aún no me canso de escucharte.

Cheng Sheng decidió no darle importancia a esa risa repentina y continuó hablando:

—Nos dimos un baño caliente juntos. Mientras me frotaba la espalda, su otra mano quedó apoyada justo en mi cintura. En ese momento sentí un zumbido en la cabeza, como si mi cerebro se hubiera colgado, como una computadora que se congela. Y luego me puse duro. Por muy tonto que fuera, en ese momento supe perfectamente lo que era.

El hombre negó con la cabeza mientras soltaba un par de «oh».

—Mírate, con toda tu pinta de buen estudiante, y por dentro estás bien salido. —Pero enseguida se encogió de hombros y continuó—: Aunque bueno, ¿qué hombre no lo está? Los hombres a los que les gustan otros hombres están aún más salidos. Y si encima están en plena adolescencia… pues son pura lujuria. Te entiendo. Pero eso no es amor. Eso, a lo sumo, es tener una orientación hacia los hombres.

Cheng Sheng le replicó:

—A mi solo me gusta él.

El hombre se encogió de hombros al oírlo, sin darle mayor importancia; de hecho, hasta le pareció que Cheng Sheng era un poco infantil. Terminó la última calada de su cigarro y, de paso, también tomó el que Cheng Sheng sostenía apagado en la mano. Ambos terminaron en el basurero con un solo gesto. Al volver, lo rodeó con el brazo como si fuera lo más natural del mundo, y con tono deliberadamente provocador le susurró:

—Deja de pensar en alguien que no es para ti. Anímate. ¿Por qué no vienes a mi casa esta noche? Te voy a hacer sentir bien.

Cheng Sheng no le miró la cara. Cerró los ojos y se concentró en la frialdad familiar que sentía sobre el dorso de su mano. De pronto, preguntó en voz baja:

—¿Puedes hacerme daño? No quiero sentirme bien. Solo quiero que duela.

El hombre se quedó pasmado unos segundos. Luego apretó aún más el brazo con el que lo sostenía y soltó una carcajada incrédula.

—Mira tú, qué sorpresa. Al final resultaste ser un masoquista.

Esa voz le resultaba extrañísima, muy diferente a la de la persona que tenía en mente. Fue entonces cuando Cheng Sheng se dio cuenta de lo que acababa de hacer. Con un brusco movimiento, se apartó del hombre y lo rechazó sin contemplaciones:

—Olvídalo. Solo vine a mirar, no voy a irme con nadie. Busca a otro.

—No —replicó el otro—. Me gustas bastante. —Él pensaba que ese estudiante de poco más de veinte años estaba jugando con él, tendiéndole una trampa. Sus palabras no dejaban de seducir, pero su cuerpo lo rechazaba a propósito. Sonrió con comprensión, acercó la cabeza, y justo cuando casi rozaba la punta de la nariz de Cheng Sheng, se detuvo, con la intención clara de besarlo.

Estaban tan cerca, mucho más cerca de lo que Cheng Sheng había estado la primera vez que encendió un cigarro para Zhang Chen en Yuncheng. Casi parecía que iban a rozar sus rostros. Pero a esa proximidad, él ya no sentía la emoción ni el corazón desbocado de entonces.

Se quedó como una piedra, rígido en el banco. Su aguda sensibilidad habitual estaba ahora completamente cerrada: no había latidos acelerados, no percibía ningún aroma sutil, ni tampoco el deseo de acercarse o tocar.

Cheng Sheng agarró de un tirón la solapa del hombre, dispuesto a darle una buena paliza, cuando de repente una luz blanca les iluminó la cara a ambos. Desde lejos se oyeron pasos apresurados, y entre la oscuridad llegaron gritos de dos o tres hombres:

—¡Otra vez aquí juntándose para hacer orgías! ¿No tienen vergüenza?

Esas voces duras fueron como lanzar una bomba en medio de los arbustos detrás de ellos. En cuestión de segundos, todas esas parejas clandestinas de hombres huyeron despavoridas en todas direcciones, cual aves asustadas.

El parque quedó hecho un caos, lleno de pisadas rápidas y maldiciones de hombres por doquier.

—¡Maldita sea! ¿Ahora vienen a atraparnos jugando? No tienen nada mejor que hacer —escupió el hombre con fastidio y tiró de la manga de Cheng Sheng, impaciente—. ¿Por qué no corres? ¿Quieres que te atrapen?

Cheng Sheng se quedó sentado, sin moverse, y con fuerza le apartó la mano.

—Tú corre, yo estoy bien.

—¿De verdad no vas a correr? —El hombre lo jaló un par de veces más, pero al ver que Cheng Sheng seguía terco y sin intención de moverse, escupió con fastidio, le soltó la manga y corrió hacia otra salida del parque. En el camino, cada vez más molesto, no dejó de insultar a Cheng Sheng—. Ese tipo está loco de remate.

Pronto, casi todos en el parque se habían dispersado. Cheng Sheng quedaba solo, sentado en el banco.

A lo lejos, un policía ya lo había visto y comenzó a acercarse trotando, apuntándole la linterna directamente a la cara mientras gritaba:

—¡Oye, chico! ¿Qué haces aquí?

Con él venían varios agentes, cada uno con una linterna potente en mano. Los policías que no habían atrapado a nadie escucharon que había un tonto esperando ser detenido justo allí y, emocionados, se apresuraron hacia Cheng Sheng. En un instante, tres o cuatro haces de luz brillaron al mismo tiempo sobre su rostro.

Cheng Sheng quedó cegado por el fogonazo repentino y no pudo abrir los ojos. Se tapó la cara con el dorso de la mano y, poniéndose de pie, murmuró instintivamente a los policías que tenía enfrente:

—No soy eso. Soy un estudiante, vine a hacer una investigación social.

Mientras hablaba, sacó del bolsillo su credencial universitaria y la levantó delante de sí. Repitió con voz alta, cargada de resentimiento:

—¡No soy eso, solo soy un estudiante que vino a investigar!

Apenas terminó de gritar, los haces de luz fría que lo deslumbraban se apagaron de golpe. El policía que iba al frente se adelantó, tomó su credencial con desconfianza y la revisó varias veces antes de pasársela a sus compañeros, que se miraban sin entender nada. Murmuraron entre ellos, claramente confundidos, hasta que el jefe volvió a girarse hacia Cheng Sheng y, con un tono incierto, le preguntó:

—Tu facultad no tiene nada que ver con estudios sociales. ¿Qué necesidad tendrías de investigar algo así?

Cheng Sheng agachó la cabeza y guardó silencio. El policía frente a él le dio de pronto un empujón en el hombro. No fue con mala intención, solo quería sacarle una respuesta. Pero aquel empujón bastó para que Cheng Sheng se transformara de golpe: se puso en pie de un salto y, fuera de sí, le gritó a la fila de uniformados:

—¡Por investigar un poco también me quieren arrestar! ¿Qué hice mal?

Mientras seguía gritando, sus manos huesudas, casi un par de esqueletos, se cerraron con fuerza sobre su rostro. De entre los dedos, las lágrimas comenzaron a brotar sin control.

La hilera de policías se quedó completamente pasmada; se miraban unos a otros con los ojos muy abiertos, sin saber qué hacer con Cheng Sheng. Al final, fue el jefe del grupo –el más curtido, conocedor de la zona y con bastante experiencia– quien se adelantó. Le dio unas palmadas en el hombro con solemnidad, carraspeó y dijo:

—Vas a tener que venir con nosotros. Llama a tu profesor, a tus padres o a algún amigo para que venga a recogerte.

Cheng Sheng pasó toda la noche en la comisaría. Los policías llamaron a su padre, pero él estaba atendiendo compromisos sociales y, pensando que su hijo de veinte años podía pasar una noche fuera sin problema, no se molestó en ir.

Al día siguiente, quien fue a recogerlo fue su tía materna: una mujer de mediana edad, con un pañuelo de seda al cuello, que llegó apresurada desde fuera de la ciudad. Al ver a Cheng Sheng en la comisaría, demacrado y abatido, el corazón se le hizo trizas. Sin importar que llevara puestos unos tacones altos, corrió hacia él en unos cuantos pasos, lo abrazó con fuerza y suspiró una y otra vez.

—¿Qué te pasó? ¿Otra vez peleaste con tu papá?

—¿Mi papá no vino porque le doy vergüenza? —preguntó Cheng Sheng, mirando fijamente al frente, la mirada vacía.

¿Cómo iba a decirle que sí? La tía se apresuró a negarlo.

—No, ¿cómo va a ser eso? ¿Cómo le vas a dar vergüenza? Es que tiene demasiado trabajo y no pudo desocuparse. Por eso me pidió que viniera yo.

Cheng Sheng meneó la cabeza.

—Sé que es porque le doy vergüenza. Ya no quiere reconocerme como su hijo.

Apenas terminó de hablar, se lanzó al abrazo de su tía y murmuró:

—Tía, me siento tan mal, ¿por qué me siento tan mal?

Ella le acarició el cabello con ternura y suspiró profundamente.

—Déjame pensar en algo… Déjame ver cómo puedo ayudarte.

El fin de semana de la semana siguiente, su tía lo llevó en coche fuera de Pekín. Condujo cada vez más lejos, por caminos sinuosos y escarpados, hasta que finalmente se detuvo en una zona montañosa desolada y desconocida.

Al llegar, tomó la mano de Cheng Sheng y bajaron del coche. Desde la base de la montaña, empezaron a subir. Escalaron durante horas. Una densa niebla blanca cubría el paisaje, y pronto no pudieron ver nada con claridad. Solo cuando llegaron a la mitad del camino lograron distinguir, en la cima de la montaña, un templo de color rojo bermellón.

Al verlo, su tía por fin pareció aliviada. Se llevó una mano al pecho, soltó un largo suspiro y le dio una palmada en el hombro:

—¡De verdad que me estoy ocupando de lo tuyo con mis propias manos!

Siguieron subiendo la montaña y no llegaron a la cima hasta casi el anochecer. Frente al templo bermellón, un maestro budista de cabeza rapada barría la entrada con una escoba de mijo. Al oír pasos, pareció sorprendido. Alzó la vista y, al reconocer a la tía de Cheng Sheng, se quedó un instante perplejo. Luego sonrió levemente y, señalando al muchacho abatido que la acompañaba, preguntó:

—¿No decían que ustedes, los estudiosos, no creen en estas cosas? ¿Cómo es que me traes a un chico?

La tía de Cheng Sheng negó con la cabeza.

—Ya no sé qué más hacer. A caballo muerto, remedio de vivo… Échale un vistazo a mi sobrino.

—Está bien. Puedes irte, hablaré un rato con él.

Así, Cheng Sheng quedó solo en el templo, en lo alto de la montaña. El maestro, al notar su rostro pálido, fue hasta la mesa, sirvió una escudilla de arroz vegetariano y se la ofreció con amabilidad.

—Come algo antes de hablar.

Cheng Sheng no la tomó y dijo:

—No puedo… de verdad no me entra nada.

El maestro asintió con una sonrisa, sin insistir. Guardó silencio un momento, y luego preguntó con suavidad:

—¿Cometiste algún error?

Cheng Sheng asintió con la cabeza.

—Se nota a simple vista. —El maestro observó los moretones azulados y las profundas marcas rojizas en su brazo, pasó la mano con suavidad por las heridas y negó con la cabeza—. ¿Así es como corriges tus errores?

Cheng Sheng no respondió, pero sacó de su bolsillo una pequeña navaja y, sin dudar, se hizo un corte en el brazo. Solo cuando vio que la sangre roja empezaba a brotar de la herida soltó un suspiro de alivio.

—Así me siento un poco mejor.

El maestro observó cómo la sangre fresca se deslizaba por su piel, y de pronto suspiró.

—Los jóvenes tienen tanta sangre… y tantas formas de torturarse a sí mismos.

»¿Todavía tienes más? —preguntó de nuevo.

Cheng Sheng rebuscó en el bolsillo de su pantalón hasta encontrar un marcador negro. Con manos temblorosas, destapó el bolígrafo y, apuntando la punta tinta a su rostro, empezó a escribir, trazo a trazo, sobre su propia piel.

El maestro lo miraba en silencio, observando cómo escribía una y otra vez en su rostro el carácter culpa.[1]

—¿Tantos? —preguntó de pronto el maestro.

—También por mi familia. Ellos también son culpables.

El rostro de Cheng Sheng, antes delicado y hermoso, pronto quedó cubierto por la negrura de los caracteres. Pero él seguía insatisfecho. Cuando ya no encontró más espacio para seguir escribiendo, cayó en una especie de desesperación. Finalmente, arrojó el marcador al suelo con rabia y, como si necesitara castigar algo, lo aplastó con el pie hasta hacerlo trizas.

Después de todo aquello, Cheng Sheng parecía aún más ausente. Miraba sin expresión hacia la niebla blanca entre las montañas, como si no supiera dónde estaba ni a dónde debía ir. La rabia y la opresión en su pecho seguían ahí, atrapadas en su interior, sin encontrar salida: ni subían ni bajaban, solo se quedaban atoradas como una espina invisible.

El maestro no le quitaba los ojos de encima. Al ver que ya no se movía, se incorporó de pronto y, con una mano huesuda, tomó la muñeca de Cheng Sheng y lo llevó al interior del templo. Rebuscó en un cajón de la mesa de madera hasta sacar un voluminoso y envejecido sutra budista, junto con un cuaderno en blanco. También encontró un par de lápices, y con solemnidad se los entregó a Cheng Sheng.

—Copia, hijo.

Cheng Sheng, aunque no creía en el budismo, no mostró resistencia alguna. Sin decir una palabra, tomó el lápiz y el cuaderno, se sentó ante la mesa y empezó a copiar con concentración y cuidado.

Estuvo copiando durante un día y una noche entera. Las puntas de los lápices se fueron acortando una tras otra, las páginas en blanco del cuaderno se agotaban poco a poco. Cheng Sheng permanecía inclinado sobre la mesa, con el estómago vacío, pero sin sentir hambre en ningún momento. Solo percibía cómo el peso en su pecho, aquella opresión oscura, comenzaba lentamente a disiparse con cada línea de escritura.

Sin darse cuenta, terminó quedándose dormido sobre la mesa. El cuaderno lleno de sutras estaba abierto frente a él, cada página cubierta con su caligrafía, como si en cada trazo hubiese ido dejando un fragmento de culpa.

Durante la noche, el maestro le colocó una manta sobre los hombros. Echó un vistazo al cuaderno completamente lleno, luego miró el rostro delgado de Cheng Sheng. Sin decir una palabra, se sentó a su lado y lo acompañó en silencio toda la noche.

A la mañana siguiente, Cheng Sheng despertó inusualmente repuesto. Al ir al patio a buscar agua para lavarse las manos, pasó junto a varios charcos desiguales. Al ver su reflejo en uno de ellos, se sorprendió: comparado con el día anterior, casi podría decirse que su rostro resplandecía. Al regresar, no pudo contenerse. Tomó con respeto la manga del maestro y, con total seriedad, le suplicó:

—¿Podría aceptarme como su discípulo?

Los ojos del maestro, hundidos pero claros como el agua, lo observaron detenidamente por un largo rato. Luego negó con firmeza.

—Tus pasiones humanas son demasiado intensas. No voy a aceptarte como discípulo. Vuelve cuando las hayas disipado por completo. Aunque, si antes de eso logras encontrarte a ti mismo, ya no me necesitarás.

Cheng Sheng no dijo nada. Se quedó mirando el cielo, absorto. No sabía qué era más difícil: despojarse de todas las emociones o encontrarse a uno mismo. Solo tenía claro que, por ahora, lo más urgente era cortar los lazos con su familia.

Se despidió del maestro y se sentó solo durante mucho tiempo en los peldaños de piedra azul frente al templo. La brisa fresca de la mañana soplaba una y otra vez, y de pronto sintió que aún había esperanza para él. Sacó su teléfono y le envió un mensaje a su padre: «A partir de hoy no gastaré ni un centavo más de tu dinero, ni seguiré tus órdenes. Mi futuro y mi carrera no tendrán nada que ver contigo».


[1] Carácter culpa: 罪 (zuì).

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