Capítulo 58. Visita a papá

En su último día en Yuncheng, fueron a visitar a Zhang Licheng en la casa de reposo. Ese día Cheng Sheng caminaba con dificultad: le dolían los muslos y la parte trasera con un ardor punzante, así que avanzaba cojeando, apoyado todo el camino en Zhang Chen.

Al pasar junto a un puesto de fruta en el camino, Zhang Chen se detuvo, pidió al vendedor una bolsa de plástico y empezó a escoger, con toda calma, la fruta que llevarían a Zhang Licheng. Cheng Sheng se agachó a un lado, observando cómo Zhang Chen seleccionaba con soltura entre los colores vivos de las frutas del tenderete, aquellas manos largas y finas recorriendo una y otra pieza. Y, sin saber por qué, le vino de nuevo a la mente lo que dijeron las compañeras de oficina: que Zhang Chen tenía cara de «criar peces». En su interior se mofó: era tan evidente que era un hombre hogareño que hasta escoger fruta lo hacía como un experto.

Después, entraron al supermercado que quedaba justo al lado. Zhang Chen recorrió los estantes mirando con atención y, tras pensarlo un poco, eligió dos cajas: una de leche entera y otra de yogur. Su intención era dejarlas en el hospital para Zhang Licheng y el cuidador que lo atendía.

Cuando estaban a punto de llegar al sanatorio, Cheng Sheng sintió de pronto cierto remordimiento. Al fin y al cabo, era una visita al suegro; que solo porque en lo más hondo detestara al padre de Zhang Chen no hubiera preparado ningún regalo resultaba demasiado arrogante. Se presentaba con las manos vacías y aun así se atrevía a disputarle abiertamente el hijo.

Pero a estas alturas, ¿qué podía hacer? Cheng Sheng viajó todo el trayecto sintiéndose nervioso, convencido de que no solo Li Xiaoyun lo detestaba, sino que quizá también el padre de Zhang Chen acabaría aborreciendo a un tipo tan poco considerado como él.

La casa de reposo estaba en un lugar apartado. Con todas las cosas que llevaban en las manos, el viaje en taxi les tomó más de veinte minutos hasta aquella zona alejada.

Cuando entraron, vieron a Zhang Licheng tomando el sol, recostado en una silla de ruedas. Desde afuera solo se le alcanzaba a ver una silueta solitaria de espaldas. Al escuchar la puerta, no se giró, solo lanzó una pregunta directa al aire, sin volverse:

—¿Zhang Chen?

—Vine a verlo.

Al oír esa voz familiar, Zhang Licheng soltó una carcajada repentina.

—¿Cuántos años han pasado desde la última vez que me llamaste «papá»? En el fondo, ya no me reconoces como tal, ¿verdad? Para ti, tu verdadero padre debe de ser ese profesor que te trataba como un tesoro, ¿no?

—Soy tu hijo de sangre, no tengo más que reconocerte.

Los pasos que se escuchaban detrás eran de dos personas. Zhang Licheng, algo desconcertado por el sonido, giró la cabeza con gesto confuso y vio, junto a Zhang Chen, una figura que le resultaba vagamente familiar.

Decir «familiar» quizá era exagerar un poco, pero Cheng Sheng era de esos que uno no olvida fácilmente. Zhang Licheng abrió mucho los ojos, examinándolo de arriba abajo una y otra vez. La mano que tenía apoyada sobre las piernas empezó a temblar, y con esfuerzo la levantó, señalando a Cheng Sheng con un dedo trémulo, como si no pudiera creer lo que estaba viendo.

Zhang Chen pasó un brazo por delante de Cheng Sheng, colocándolo con naturalidad detrás de sí, y con calma le dijo a Zhang Licheng:

—Con él pienso pasar el resto de mi vida. Por eso quise traerlo para que lo conocieras.

Antes de que Zhang Licheng pudiera reaccionar, fue Cheng Sheng quien abrió los ojos de par en par. Zhang Chen nunca le había dicho tan claramente lo que pensaba en su interior.

Zhang Chen, como si nada hubiera pasado, dejó la bolsa de fruta sobre la mesita junto a la cama, sacó una botella de agua mineral, la abrió y se apoyó despreocupadamente en el marco de la puerta del balcón para beber. No parecía afectado en lo más mínimo por el peso de aquella frase que acababa de soltar, que había sacudido a dos personas a la vez.

Cheng Sheng se quedó paralizado un buen rato antes de reaccionar. En cuanto pudo moverse, se lanzó a agarrarle la muñeca, pero no logró sujetarla; en cambio, fue Zhang Chen quien lo tomó del todo de la mano, entrelazando sus fríos dedos, uno por uno, con los suyos, y luego, con un gesto casi desafiante, levantó su mano entrelazada para mostrársela a Zhang Licheng, que los miraba desde el balcón.

El dedo de Zhang Licheng, que aún seguía en el aire, no llegó a caer, pero la sorpresa en sus ojos empezó a disiparse. Lo miró durante unos segundos y, de pronto, comenzó a reír. Su pecho se sacudía con la risa, como una vieja máquina crujiendo al volver a ponerse en marcha.

—Zhang Chen, tu padre de verdad nunca pensó que viviría para ver el día en que trajeras a alguien a casa y mucho menos que tuvieras la intención de pasar la vida con otra persona.

Zhang Chen dejó la botella vacía de agua mineral sobre la mesa. No comentó nada respecto a lo que acababa de decirle, simplemente respondió:

—Después de todo, eres mi padre. Ya tomé la decisión, pero tenía que avisarte.

Zhang Licheng entrecerró los ojos para observar al joven que estaba junto a su hijo: un muchacho muy delgado, con el rostro sin apenas carne, facciones finas y bonitas. Era media cabeza más bajo que Zhang Chen, vestía de forma sencilla –una sudadera gruesa y pantalones deportivos–, muy diferente de aquel niño altanero y desafiante de hace diez años. Zhang Licheng lo examinó detenidamente y, de pronto, soltó una risita desdeñosa. Pero la pregunta se la dirigió a Zhang Chen:

—¿Y de qué sirve que me avises a mí? ¿Los padres del otro ya dieron su consentimiento?

Apenas terminó de hablar, Cheng Sheng –que había permanecido en silencio todo el tiempo– se apresuró a intervenir, como si temiera que esa pregunta hiciera dudar a Zhang Chen:

—Vivo separado de mis padres, no se meten mucho en mi vida.

Aun después de hablar, seguía sintiendo miedo. Apretó con más fuerza la mano de Zhang Chen y, al volver la cabeza para mirarlo, le dijo en voz baja:

—En cuanto vuelva se lo diré. No podrán detenerme.

Zhang Chen, al verlo tan alterado, supo que había logrado su propósito. Su mano descansó de manera natural sobre su hombro.

—Sé bien de qué tienes miedo. Yo no pensaba así.

Esa respuesta solo hizo que Cheng Sheng se sintiera peor. No podía dejar de dar vueltas a la pregunta que Zhang Licheng acababa de hacerles. El sudor frío le empapó la frente; se llevó una mano al pecho, tratando de calmar la respiración. Decidió que al regresar, lo primero sería encargarse de los asuntos de la empresa, y luego, sin más demora, enfrentaría a sus padres. Si aceptaban, perfecto. Si no, tampoco importaba demasiado. Al fin y al cabo, tanto él como Zhang Chen estaban volcados en sus carreras, siempre fuera, y apenas regresaban a casa cada pocos meses. La aprobación de sus padres o su rechazo, en la práctica, no cambiaba nada. No estar de acuerdo solo significaba una bendición menos por parte de la familia. Nada más.

Al pensar en eso, Cheng Sheng por fin pudo soltar un suspiro. Se apoyó contra la pared y negó con la cabeza. Siempre iba un paso detrás de Zhang Chen, en todo.

Zhang Licheng había estado observándolos desde el balcón, pero cuando vio cómo su hijo, sin darse cuenta, mostrar una mirada tan llena de ternura hacia la persona que él mismo odiaba con todo su ser, sintió como si el cielo se desplomara sobre él. De golpe se giró, y en silencio se quedó mirando hacia la ventana

Detrás de él se oían ruidos suaves, seguramente Zhang Chen estaba ayudándolo a ordenar la habitación. Pero lejos de sentir gratitud, Zhang Licheng pensaba con amargura: «Si él es capaz de ocuparse incluso de un padre tan desastroso como yo, ¿no significa que, al vivir con ese niñito bien, tendrá que pasarse la vida entera sirviéndole a él y a toda su familia? ¿Por qué? ¿Por qué algunos nacen teniéndolo todo, mientras otros pasan la vida a la deriva y, al final, ni siquiera logran conservar a su propio hijo?».

Poco después, el sonido a su espalda se apagó. Con el sol cálido entrando por la ventana, dándoles la espalda a los dos, Zhang Licheng dijo de repente:

—Zhang Chen, págale a tu padre la cuota de… no, la del segundo semestre de este año. Anda, ve a pagarla. Este padre tuyo vive con el alma en vilo todos los días.

—Está bien —respondió Zhang Chen desde atrás, mientras le daba una palmadita tranquilizadora en la mano a Cheng Sheng y ladeaba la cabeza para decirle—: Ven conmigo, ¿sí?

Pero apenas terminó de hablar, Zhang Licheng volvió a intervenir:

—Quiero hablar con él un momento. Ya que te lo has traído a aquí, hoy me toca hacer de buen padre.

Zhang Chen se negó de inmediato.

—No hace falta. Solo vine a avisarte.

Apenas lo dijo, Cheng Sheng le dio un golpecito en el brazo y le susurró:

—No pasa nada, ve. Quiero escuchar lo que tiene que decir tu papá.

Zhang Chen frunció el ceño, dispuesto a insistir, pero entonces oyó a Cheng Sheng repetir con ese tono terco que solía usar:

—Estoy grande, ¿qué me va a pasar? Anda, ve.

Zhang Chen le echó una mirada, aún con preocupación. Luego volvió la vista hacia Zhang Licheng, que seguía tranquilo en el balcón, bajo el sol. Finalmente, le dijo a Cheng Sheng:

—Si pasa algo, llámame.

El que estaba a su lado respondió con un «sí» y luego lo apuró:

—Anda, ve ya, ve de una vez.

Cuando por fin logró que Zhang Chen se fuera a pagar la cuota, Cheng Sheng arrastró una silla del lado de la cama hasta el balcón y se sentó, con el corazón inquieto pero manteniendo una actitud cortés.

—Buenas tardes, señor.

El balcón estaba en silencio. El hombre a su lado no respondió.

Pasaron unos segundos de aire inmóvil. Cheng Sheng, a pesar de la tensión, se obligó a hablar de nuevo:

—¿Se acuerda de mí? En las vacaciones del 97 iba seguido a su casa a buscar a Zhang Chen.

Esta vez, Zhang Licheng murmuró un «ajá» y, acto seguido, giró la cabeza para observarlo. Sus ojos se movían con rapidez, recorriéndolo de arriba abajo sin disimulo.

Cheng Sheng se sintió perturbado por esa mirada y estaba a punto de decir algo cuando el hombre en la silla de ruedas habló lentamente:

—Hace unos días, viendo la tele con otros pacientes, cambiando de canal escuché un nombre que me sonó mucho. Y cuando miré bien, ¿no eran tus padres los que salían en las noticias?

Cheng Sheng no respondió. Tenía las manos apoyadas sobre las rodillas, frotándolas con tanta fuerza que casi sacaba chispas.

Al ver que no contestaba, Zhang Licheng volvió a hablar:

—Tú y mi hijo, lo de ustedes, ya lo sabía. Lo supe hace diez años.

Esta vez, Cheng Sheng bajó la cabeza y no volvió a decir palabra.

—¿No quieres preguntarme cómo lo supe?

Zhang Licheng entrecerró los ojos. Su rostro estaba enrojecido por el intenso sol, y no tenía ni un ápice de parecido con Zhang Chen. Si no lo dijeran, nadie pensaría que era el padre de Zhang Chen. Así, disfrutando del sol con toda calma, sin esperar la respuesta de Cheng Sheng, continuó hablando por su cuenta:

—Todos lo saben: los compañeros de clase de Zhang Chen, sus profesores, los vecinos, todo Yuncheng sabe que es homosexual, que le gustan los hombres. Con aquel escándalo tan tremendo que armaste en su momento, su reputación en este lugar quedó completamente destruida. Hasta los pacientes que compartían cuarto conmigo lo comentaban a escondidas, diciendo que Zhang Chen era igual que su madre, que también le gustaba meterse con hombres.

»¿No serás tú un castigo del cielo, mandado para arruinar a mi familia? Desde que apareciste, no hemos tenido más que ruina y desgracia. ¿Y ahora vienes otra vez? —Zhang Licheng volvió la cabeza y, al ver las manos de Cheng Sheng temblando sobre sus rodillas, sonrió triunfante. Esta vez, Cheng Sheng por fin habló, aunque apenas fueron unas sílabas roncas. Con la cabeza gacha, murmuró:

—Perdón, perdón. En aquel entonces… lo quería demasiado.

Zhang Licheng negó con la cabeza y, cambiando de tono, replicó:

—¿Y tú crees que necesitamos tus disculpas?

Cheng Sheng no se movió. Zhang Licheng continuó:

—Mi hijo tiene un gran futuro. A él no le importan estas cosas. Tanta gente lo detesta, y a él le da igual. Desde primaria hasta la preparatoria, en cada examen sacó el primer lugar; tengo entendido que en la universidad también fue el primero de su departamento. Antes, cuando venía a verme, siempre estaba trabajando. A veces alcanzaba a echar un vistazo a su pantalla: todo lleno de símbolos apretados, ni una palabra entendía; su madre, de haber vivido, tampoco habría entendido nada. Precisamente por esas cosas que nadie entendía fue que su tutor lo eligió y se lo llevaba consigo a todas partes; apenas venía a verme. ¿Qué clase de padre soy yo? Su tutor es su verdadero padre: todos los recursos se los dio él.

»Cheng Sheng, ah, Cheng Sheng, la gente como ustedes nunca nos entenderá a nosotros, ni entenderá jamás a mi hijo. ¿Tú crees que salir de este agujero de mierda es suficiente para considerarlo exitoso? Seguro que sí, ¿verdad? Pero, ¿sabes? Desde pequeño, a Zhang Chen los profesores lo señalaban como autista porque no hablaba, se quedaba horas mirando por la ventana, observaba chimeneas, contaba gente en la calle y escribía cosas incomprensibles en sus cuadernos. Los demás niños no lo querían, lo acusaban de robar, decían que insultaba a los maestros, le rompían las tareas y las tiraban a la nieve, incluso le escribían groserías en la espalda del uniforme. Cuando su madre aún vivía, lo llevaba a la escuela para enfrentarse a los directivos y defenderlo: insistía en que nuestro hijo no podía haber hecho algo así. Zhang Chen, en la escuela, era un niño que hasta un solo yuan que encontraba lo entregaba al maestro, y en su diario escribía obedientemente lo que el maestro había enseñado ese día. Todos los abuelos y abuelas del patio lo querían. Pero después de esa escena que tú armaste, otra vez lo señalaron por la espalda diciendo que era homosexual, y hasta los abuelos del patio empezaron a evitarlo. ¿Contento ahora? Ya estuvo, ¿no? Mi hijo lo pasó fatal, siempre tendrá que cargar con esa reputación aquí entre nosotros. Por suerte, luego se fue, si no, esa etiqueta se le habría quedado para toda la vida.

Cheng Sheng tragó saliva y se frotó las rodillas una y otra vez, murmurando sin cesar:

—Perdón, perdón.

Pero Zhang Licheng hizo oídos sordos. Simplemente llevaba demasiado tiempo sin hablar de esas cosas con nadie; no necesitaba respuesta alguna, solo una vía por donde dejar fluir, sin fin, todo lo que llevaba dentro.

Y siguió hablando. Habló de cuando Zhang Chen era pequeño y otros niños lo llevaron a explorar la montaña; cómo en plena nevada lo abandonaron allí y se pasó toda la noche congelándose hasta que al día siguiente Li Xiaoyun lo encontró y, con el niño helado en brazos, lloró desconsoladamente. También contó que durante los dos años previos a su hospitalización, solía ver las manos de Zhang Chen sangrando. Cuando Zhang Licheng le preguntaba, las respuestas eran a veces «grietas por el frío», a veces «me corté sin querer lavando platos en el restaurante», y a veces «por practicar demasiado el instrumento». Esta última respuesta le provocaba especial desdén. Entonces solía preguntarle: «Zhang Chen, ¿practicar qué instrumento? ¿Guitarra? ¿Piano? ¿Tú, aprender piano? ¿Quién empieza a aprender piano a los casi veinte años? ¿Te esfuerzas tanto para encajar en la alta sociedad? ¿Acaso ese noviecito tuyo te cegó el juicio? Pero, ¿qué familia tiene él y qué familia tienes tú? ¿Cómo es que no sabes ubicarte ni un poco?».

Zhang Licheng recordó otra cosa. Inclinó la cabeza para tomar el sol y dijo con tono despreocupado:

—Y aún así, hay muchas chicas a las que les gusta Zhang Chen, porque heredó los rasgos de su madre, y además es alto. A la gente le gustan las caras bonitas y los buenos cuerpos. De joven, yo también estaba locamente enamorado de su madre. Pero nunca pensé que la cara de un chico también fuera tan importante. Claro, también tiene que ver que se dedica a esa música de porquería. Ustedes, los intelectuales, que no saben lo que es pasar hambre, gastan su tiempo en esas cosas raras. De verdad que están mal de la cabeza. Hubo una que incluso vino hasta aquí a buscarme a mí. Dijo que había viajado más de diez horas en tren por amor. La miré y pensé: «¿Cómo es posible que una muchacha tan hermosa se enamore de Zhang Chen?». Así que le dije: «Muchacha, dime, ¿a ti mi hijo te parece alguien capaz de sentir amor por otra persona? Ahora mismo, lo más seguro es que ni siquiera le gusten ya los humanos».

A su lado, el brazo de Cheng Sheng empezó a temblar; suplicaba:

—No siga, se lo ruego, no diga más.

Zhang Licheng volvió la cabeza y, con esos ojos que giraban inquietos de arriba abajo, examinó a Cheng Sheng. Luego preguntó:

—Y entre tú y mi hijo, ¿quién es el que lo hace y quién el que se deja? ¿O se turnan? —Se quedó observando largo rato el cuerpo delgado de Cheng Sheng, hasta que de pronto pareció comprender—. Eres tan flaco, y ni siquiera eres tan alto como Zhang Chen. Seguro que eres tú al que se cogen.

Luego posó la mirada en su rostro y, al pensar en su familia, se preguntó cómo aceptarían sus prestigiosos padres que su preciado retoño, criado entre algodones, terminara siendo penetrado en la cama por su propio hijo. En ese momento, la cuestión de si eran homosexuales o no ya le resultaba secundaria; lo único que sintió Zhang Licheng fue que había recuperado algo de terreno. Asintiendo con la cabeza, comentó con un suspiro:

—Zhang Chen no ha salido perdiendo al meterse en esas cosas de homosexuales y terminar con alguien como tú. Mi hijo es demasiado competitivo, siempre quiere lo mejor en todo; incluso si se trata de tirarse a un hombre, tiene que ser al mejor.

Cheng Sheng se levantó de golpe, queriendo salir corriendo, pero justo entonces la puerta se abrió con un leve sonido. Zhang Chen entró con los recibos del pago en la mano. Sus pasos eran suaves, delicados. Al escuchar ese sonido, Cheng Sheng era incapaz de relacionar de ninguna manera las palabras que Zhang Licheng acababa de decir con ese Zhang Chen.

La habitación quedó en silencio al instante. Zhang Licheng se encorvó contra el respaldo de la silla de ruedas, cerró los ojos y frunció los labios, disfrutando del sol con tranquilidad.

Zhang Chen miró a Cheng Sheng, cuyo cuerpo no dejaba de temblar, se acercó, le dio una palmada en el hombro y le preguntó en voz baja:

—¿Estás bien?

—No es nada.

Por supuesto, Zhang Chen no le creyó, pero tampoco insistió. Rápidamente recogió las cosas que ambos habían traído y se despidió de Zhang Licheng.

—Volveré cuando haya que hacer el próximo pago. Descansa.

Dicho esto, echó un último vistazo al balcón, donde estaba Zhang Licheng, y sin decir palabras formales de despedida, tomó con naturalidad la mano de Cheng Sheng y salieron juntos por la puerta.

Mirando las espaldas de los dos que se alejaban juntos, Zhang Licheng permaneció largo rato aturdido bajo el sol. Sentía una profunda lástima por sí mismo, una tristeza desgarradora. Fijó la mirada en la puerta vacía y, desconcertado, negó con la cabeza.

—Ahora ni siquiera mi hijo es solo mío.

En el tren de regreso, Cheng Sheng se recostó sin preocuparse por nada sobre el hombro de Zhang Chen, ignorando por completo las miradas curiosas de la gente frente a ellos. Zhang Chen tampoco les prestó atención; incluso le apretaba la mano a Cheng Sheng por debajo, y en su palma le escribió: «No pasa nada».

Cheng Sheng sintió ganas de llorar. En su palma le escribió: «Perdón». Zhang Chen, que miraba el paisaje recostado junto a la ventana, de pronto giró la cabeza, le dio un golpecito en la frente con el dedo y preguntó:

—¿Qué haces?

Cheng Sheng negó con la cabeza, tomó su mano y volvió a escribir «perdón».

Zhang Chen preguntó de nuevo:

—¿Por qué pides perdón?

Cheng Sheng no sabía cómo responder; así que solo negó con la cabeza y volvió a escribirle un «perdón» en la palma.

—Ya van tres veces, por muy grave que fuera, ya es suficiente. —Echó un vistazo a los pocos pasajeros de enfrente que les lanzaban miradas furtivas y, con naturalidad, le bajó la cabeza a Cheng Sheng hasta apoyarla en su hombro. Añadió, sin darle importancia—: Sé lo que estás pensando, pero no pasa. De verdad, no pasa nada.

«Sí pasa», pensó Cheng Sheng mientras se recostaba contra su hombro. Al cabo de un momento, sin poder evitarlo, se acurrucó en su abrazo. Allí se sentía tan seguro; por más que afuera rugieran truenos y la tormenta arremetiera, aquel lugar le guardaba siempre un rincón cálido. Cheng Sheng sentía que no era digno de ese refugio. Abrazó la cintura de Zhang Chen y se frotó un poco contra él, y en un susurro, preguntó:

—¿Te vas a quedar conmigo toda la vida?

Una caricia tierna le llegó desde arriba, deslizándose por su cabello como quien acaricia a una mascota.

—Por supuesto.

El tren entró en un túnel, y a su alrededor todo se volvió oscuridad. En medio de esa negrura, Cheng Sheng pensó que debía hacerse un chequeo, que antes de que Zhang Chen lo descubriera tenía que convertirse en una persona sana y corriente, alguien capaz de devolverle su afecto con un amor igualmente sano… aunque a Zhang Chen no le importara en absoluto si ese amor lo era o no.

El túnel era larguísimo, tan largo que a Cheng Sheng le parecía que pasarse la vida entera dentro de esa oscuridad tampoco estaría mal. Con los ojos cerrados, recostado en el pecho de Zhang Chen, pensaba: su casa, la casa de Zhang Chen, el ir y venir de gente en Pekín y la humareda interminable de Yuncheng… podía prescindir de todo ello; las expectativas de su familia, incluso ese orgullo propio que se negaba a soltar… también podía dejarlos atrás. Lo único que quería era ser un perro con un dueño que lo amara, sin tener que pensar en nada, sin preocuparse de nada; a donde fuera el amo, ir con él. Que en la oscuridad Zhang Chen lo sostuviera en sus brazos para siempre: eso bastaba.

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