Zhang Chen, por su parte, estaba apoyado junto al balcón de su casa, con la cabeza alzada, contemplando la nieve que caía suavemente del cielo. A un lado del balcón, reposaban una guitarra acústica y una eléctrica. Pensaba quedarse un rato mirando la nieve antes de sentarse en la baranda, como solía hacer, a tocar unas cuantas canciones.
Al salir del trabajo, le había hecho varias llamadas a Cheng Sheng, pero del otro lado nadie contestó. Aunque tampoco era raro. Desde que se mudaron al nuevo edificio, su empresa funcionaba como un trompo girando a toda velocidad: ya no faltaban empleados ni socios, y lo único que hacían era avanzar, siempre avanzar. Cheng Sheng, joven empresario en plena efervescencia, pasaba los días corriendo de un lado a otro: si no estaba negociando alianzas, estaba dando charlas; y cuando regresaba a la oficina, solo era para dirigir reuniones generales. Con una agenda así de cargada, era perfectamente normal que ni tiempo tuviera de mirar el teléfono.
Antes de empezar a tocar la guitarra, Zhang Chen llamó a Qi Yuan y a Lao Liu con un tono formal. Les informó que por fin había avances en la producción del quinto álbum de la banda y que el próximo fin de semana debían ir directamente al estudio a grabar. A partir de ahí, él se encargaría de todo lo relacionado con la producción.
Qi Yuan, al recibir de pronto semejante noticia, se quedó sin palabras al otro lado de la línea.
—¿No estabas tú ocupado como si fueras un líder nacional? ¿Y ahora resulta que tienes tiempo para hacer un álbum?
Zhang Chen le respondió:
—Estoy pensando en renunciar. Quiero dedicarme por completo a la música.
Apenas oyó eso, del otro lado soltaron un exagerado «¿En serio?», pero el tono que siguió sonó más bien a reproche.
—Si ya antes habías dicho que ibas a dejar el trabajo para dedicarte de lleno a la música, y lo dijiste con tanta seguridad, ¿y qué pasó? No pasaron ni dos semanas cuando ya te habías ido a trabajar a la empresa del amigo del jefe Qin. ¿Cuánto te está pagando ese ricachón idiota para que te echaras atrás a última hora?
Zhang Chen, anticipando una perorata, la interrumpió a tiempo y dijo sin rodeos:
—Esta vez va en serio. Hoy, antes de salir del trabajo, hablé con Recursos Humanos en mi empresa.
Afuera caía una nevada ligera. Zhang Chen llevaba puesta solo una camiseta blanca común y corriente. Con ambos brazos apoyados en la baranda del balcón, hablaba por teléfono dando indicaciones sobre los próximos ensayos y grabaciones de la banda, mientras levantaba la cabeza para mirar la nieve.
Los copos le caían fríos en el rostro. Zhang Chen seguía con la cabeza en alto, dejando que toda la parte superior de su cuerpo se bañara en aquella nieve que flotaba en el aire.
Al cabo de un rato, abrió los ojos y volvió a marcar varias veces a Cheng Sheng; al otro lado nadie contestó. Tras la quinta llamada, Zhang Chen dejó de insistir. Agarrando la guitarra, trepó a la barandilla del balcón y, una vez que estuvo bien sentado, comenzó poco a poco la sesión de ese día.
Tocó varias piezas del primer álbum de la banda, de cuando todavía hacían rock independiente en sentido estricto, aprendiendo a fuerza de desmenuzar canciones extranjeras cómo se escribía una línea melódica, cómo se arreglaban los instrumentos. Lo que más les gustaba entonces para este efecto eran Nirvana y Radiohead. Tras tocar las siete canciones del primer álbum, Zhang Chen se disponía a pasar al segundo; pero antes de pulsar siquiera el primer acorde advirtió de pronto que alguien lo llamaba desde arriba.
Detuvo el movimiento de sus manos y alzó la vista hacia el origen de la voz: en el balcón del quinto piso, en diagonal sobre él, un hombre extraño estaba sentado en la barandilla, igual que él.
Aquel hombre tenía un aspecto culto y refinado, usaba unas gafas comunes de montura delgada sobre la nariz y vestía de manera extremadamente formal, como si estuviera por asistir a una reunión importante. La luz del atardecer a sus espaldas teñía su rostro de un leve tono rojizo. Su expresión era tan relajada que rozaba lo antinatural. En ese momento, agitaba la mano saludando a Zhang Chen, que sostenía su guitarra en el balcón del tercer piso.
—¡Oye, amigo! Tocás muy bien la guitarra. ¿Cómo se llama esa canción que acabas de tocar?
Zhang Chen, con la cabeza aún alzada observando a ese personaje extraño, respondió con sinceridad:
—Se llama 3000.
—¿Año 3000?
—Sí.
—¿Cómo es que nunca había oído esa canción?
—Porque es de mi banda. Nosotros hacemos rock underground, no somos famosos. Que no la hayas escuchado es normal.
El hombre curvó los labios resecos en una sonrisa y, bajando la cabeza, miró a Zhang Chen desde arriba:
—¿Sabes componer? Entonces seguro eres alguien con muchas historias. Cuéntame la historia de esa canción.
Zhang Chen no se sintió en lo más mínimo incómodo por la petición tan repentina de un desconocido. Al contrario, le preguntó:
—¿Y por qué quieres oír la historia de otro?
La pregunta hizo que el hombre soltara una gran carcajada. Sus piernas, colgando en el aire, se mecían con la risa. Cuando se le pasó, se puso serio de nuevo y respondió:
—¡A todos les gusta escuchar historias! Si no, ¿por qué tanta gente paga por leer novelas? ¡Las historias son dinero! —Juntó las manos como si estuviera suplicando, en un gesto casi cómico—. Tú escribes canciones, ¿no es eso contar historias también? A ti te gusta contarlas, a mí me gusta escucharlas. ¿No es perfecto?
Esta vez Zhang Chen no preguntó nada más. Se giró de lado y, con un movimiento ágil, dejó la guitarra de nuevo dentro de la baranda del balcón.
—La verdad es que no hay mucho que contar —dijo—. Es solo una historia sobre el futuro. —Hizo una pausa y levantó la cabeza hacia el hombre que lo miraba desde arriba con expresión absorta, como si de verdad le interesara escuchar. Zhang Chen lo encontró curioso y, poniéndose serio, empezó a contar despacio—: Cuando compuse esta canción todavía estaba en la universidad. La noche anterior había sido el último día del siglo XX. Pasé toda la noche en la azotea del dormitorio tocando la guitarra. Ya no recuerdo cuántas canciones toqué, pero fueron muchas, muchísimas, tantas que llegó el amanecer y yo aún no tenía ganas de parar. Estaba demasiado emocionado. Pensaba: si hubiera nacido en el nuevo siglo, ya no podría experimentar una sensación como esta. Tendría que vivir mil años más para ver un año que empezara con un tres. ¿Entendés lo que quiero decir? Era como si el mundo entero tuviera una alarma programada, y de pronto, pum, el nuevo siglo había llegado, y todo, absolutamente todo, iba a ser mejor. En ese instante me sentí realmente feliz. Todo lo malo dejó de importar, podía empezar de nuevo. Por eso, al día siguiente, escribí esta canción, 3000. Lo que yo quería era saltar de inmediato al año 3000, para sentir lo mismo otra vez.
Al terminar, el hombre soltó un largo «oh». El tono, alargado, sonaba a medio camino entre la burla y la reflexión. Y como era de esperarse, enseguida comentó:
—El nuevo siglo también ha sido bastante miserable, ¿no? ¿No te sientes un poco decepcionado?
—No. —Zhang Chen alzó la cabeza bajo el atardecer y le dijo al hombre que estaba arriba—: Al menos, a mí no me ha decepcionado.
—¡Qué genial! —El hombre, balanceando las piernas, soltó un profundo suspiro. Luego le preguntó—: ¿Es porque vives con un hombre, verdad? Tener a alguien al lado de verdad hace que uno sea mucho más feliz.
—¿Y cómo sabés que vivo con un hombre?
El hombre sonrió.
—Lo veo a menudo tendiendo la ropa en el balcón. Y mientras lo hace, de pronto se queda mirando una prenda, acerca la cara y la huele, como si estuviera hechizado. ¡Desde mi balcón, incluso a esta distancia, se le nota la expresión! Parece drogado. —Señaló a Zhang Chen—. Esa camiseta que llevas puesta ahora, también la tenías el otro día cuando tocabas en el balcón. Esa misma fue la que olió. Hasta un ciego podría adivinar qué tipo de relación hay entre ustedes.
Zhang Chen lo admitió sin titubeos:
—Sí, estamos en esa clase de relación.
Una respuesta tan natural dejó al hombre del piso de arriba repitiendo, entre risas y exclamaciones, como un disco rayado:
—¡Eso es maravilloso! ¡Maravilloso!
Siguió exclamando por un rato, murmurando cosas que Zhang Chen no alcanzaba a oír por la distancia entre los pisos. Pero al cabo de un momento volvió en sí y le gritó con fuerza:
—¿Podrías tocarme una canción alegre? ¡La más alegre del mundo!
Zhang Chen aflojó la mano, a punto de darse la vuelta para regresar. De espaldas al hombre, se negó:
—No sé tocar canciones alegres.
En el quinto piso, el hombre estaba encorvado, con los brazos apoyados de forma descuidada sobre la baranda, como si no le importara en lo más mínimo la posibilidad de caer. Al oír la respuesta de Zhang Chen, volvió a reírse. La sonrisa le arrugó todo el rostro, como si no pensara rendirse tan fácilmente. Le gritó al hombre que se alejaba:
—La verdad es que yo estaba a punto de tirarme hace un rato. Pero justo escuché esa canción tuya, la que va sobre el futuro, y no sé por qué, pero de repente no pude hacerlo. Tocá una más para mí, te lo pido, por favor.
Zhang Chen, que ya estaba a medio camino de volver, se detuvo un par de segundos al oír eso. Luego giró sobre sí mismo, regresó al borde del balcón y apretó con fuerza la guitarra contra el pecho. Al alzar la cabeza para mirar de nuevo hacia el hombre, no dijo si iba a tocar o no. Solo le preguntó:
—¿Y por qué querías tirarte?
El de arriba, al parecer sorprendido de que alguien que solo iba a tocar una canción se pusiera a hacer tantas preguntas, interrumpió su sonrisa de golpe.
—¿Qué por qué? No hace falta tanto por qué. Cuando ya no se puede seguir viviendo, uno se tira. ¿Qué tan difícil es de entender?
Zhang Chen, como recordando algo, volvió a preguntar:
—¿Alguna vez estuviste enamorado?
Esa pregunta, tan inesperada, hizo que el hombre se riera a carcajadas. Zhang Chen, con la cabeza alzada, podía ver incluso cómo se le movía el pecho con cada risa. Cuando por fin se calmó, lo oyó decir:
—Me casé una vez. Pero al final me divorcié. Mi esposa se fue con un tipo que vende hierbas medicinales. Ahora estoy solo, alquilo un departamento para mí solo, y allá en mi pueblo todavía tengo que mantener a mis padres. —Después de decir eso, lo apremió con un tono casi suplicante—: Amigo, ¿por qué eres tan raro? ¡Solo quiero escuchar una canción alegre! ¡Dale, hazme ese favor!
Esta vez, Zhang Chen no hizo más preguntas. Bajó lentamente la cabeza, cerró los ojos como siempre hacía antes de tocar, y basándose en lo que recordaba de haber escuchado, empezó a tocar a duras penas una canción alegre.
La nieve del cielo caía cada vez más fuerte. Al posarse sobre su rostro y sus manos, era como si alguien completamente helado lo hubiese abrazado brevemente, un segundo apenas.
Justo cuando llegaba al estribillo, en la parte más alegre de la melodía, Zhang Chen sintió de pronto el viento a su alrededor agitarse con fuerza. Comprendió lo que ocurría, pero aun así sus manos no dejaron de moverse: seguía tocando, con destreza, lo que para él era la canción más alegre del mundo.
El hombre del quinto piso, impecablemente vestido, se lanzó al aire en medio de esa melodía de sincera alegría; a sus espaldas, el sol descendía lentamente. Y así, perfectamente satisfecho, saltó directo hacia el corazón de ese sol rojo como el fuego. Zhang Chen mantenía los ojos cerrados. No vio nada. Pero no habían pasado ni dos segundos cuando escuchó un «¡bum!» proveniente del suelo bajo sus pies.
Sus dedos no se detuvieron. Mecánicamente, seguían rasgueando las cuerdas. La nieve caía desde el cielo con ligereza, acompañando la alegre melodía mientras se posaba sobre sus hombros y, con cada rasgueo, empapaba poco a poco la tela de su chaqueta.
Al volver a abrir los ojos, Zhang Chen vio que en el suelo de la primera planta ya habían puesto un cordón de seguridad, rodeado de un gentío apiñado. La mayoría cuchicheaba sobre algo, pero entre ellos había otros: unos tomaban fotos, otros sostenían el teléfono mientras hablaban, y algunos alzaban la vista hacia él, aunque al encontrarse con su mirada serena, desconcertados, apartaban la vista y bajaban la cabeza.
Justo en el centro del cordón yacía boca abajo el hombre que había estado charlando con Zhang Chen momentos antes. No se le veía el rostro, pero Zhang Chen imaginó que probablemente se sentía satisfecho por aquella media canción alegre que había tarareado. Copos de nieve menudos caían sobre su espalda, derritiéndose al instante y empapándose en su traje. De bajo de su cuerpo brotaba sin cesar sangre oscura, que tiñó el suelo grisáceo de los alrededores con grandes manchas rojinegras.
Otra vez el rojo.
Zhang Chen observó un rato al muerto que seguía sangrando abajo. Nada dijo, nada pensó. Simplemente apoyó con parsimonia la guitarra que llevaba en brazos junto a la barandilla del balcón, se volvió, saltó la barandilla y regresó al interior.
De repente, el teléfono en su bolsillo estalló con el estridente timbre de una llamada. En la pantalla parpadeaba el identificador: Sanatorio.
En los últimos años, Zhang Chen había recibido innumerables llamadas de ellos. La mayoría de las veces eran para urgirle a resolver los líos de Zhang Licheng. A veces el encargado le gritaba: «¡Tu padre apuñaló en el brazo con un destornillador al viejo de la cama de al lado y además destrozó un montón de equipos de nuestro centro! Te enviaré por mensaje el monto de la indemnización y el número de cuenta bancaria». Otras veces, entre líneas, la voz del otro lado rezumaba morbo y repugnancia: «Tu padre anda en el sanatorio gritando a voz en cuello que…», se detenía a mitad de frase, como sopesando si debía repetirle a Zhang Chen las palabras de Zhang Licheng. Pero Zhang Chen siempre le allanaba el camino preguntando primero: «Dígame directamente lo que dijo». Con el peldaño puesto, el encargado solo vacilaba simbólicamente unos segundos antes de imitar con viveza el tono de su padre: «¡Tu padre le está contando historias a un grupo de gente, diciendo que su hijo es homosexual y que ahora que ha medrado, lo ha tirado aquí y lo abandona! Al gritar tu padre, todos los viejos y viejas chismosos del sanatorio vinieron a mirar, hasta los cuidadores y el conserje se apretujaban en primera fila para oír. ¡El impacto es pésimo! ¿No podría hacer el favor de cambiar a su padre a otra residencia? ¡Aquí no podemos soportar a semejante buda viviente!».
Zhang Chen contestó la llamada mientras se dirigía al dormitorio. Ya había intuido que esta llamada sería otra vez por las travesuras de Zhang Licheng allí, así que no le dio mayor importancia. Pero nada más conectar, al otro lado surgió una voz inusitadamente apremiante: «Señor Zhang, esta tarde encontraron a su padre ahogado en el estanque del sanatorio. La policía está revisando las cámaras de vigilancia y básicamente confirman que fue suicidio. Le rogamos que regrese cuanto antes a Yuncheng para gestionar los trámites pertinentes».
***
El día que volvió a Yuncheng empezó a caer una ligera nevada. Zhang Chen llevaba solo una chaqueta delgada, sin paraguas ni equipaje extra; nada más salir de la estación de tren, se dirigió sin detenerse hacia el sanatorio.
El personal del sanatorio sentía hacia Zhang Chen una mezcla de morbo y desdén, así como cierta admiración. El encargado que lo recibió frunció el ceño en cuanto lo vio entrar por la puerta; con cara de pocos amigos y sin decir ni una palabra, se limitó a acelerar el paso para guiarlo hasta la sala de monitoreo.
En la sala de vigilancia se había reunido un grupo de policías y empleados. Al ver aparecer a Zhang Chen, todos levantaron la vista, visiblemente sorprendidos por su presencia, aunque pronto se hicieron a un lado para permitirle revisar la grabación una vez más.
En las imágenes granuladas, teñidas de un gris verdoso, Zhang Chen vio a Zhang Licheng acercarse solo, empujando trabajosamente su silla de ruedas hasta el borde del estanque. La cámara estaba demasiado lejos para distinguir su expresión; apenas se alcanzaba a ver cómo abrazaba con fuerza un fajo de papeles contra el pecho. Primero alzó la cabeza y contempló el cielo durante un largo rato; luego bajó la vista y comenzó a revisar ese manojo con un cuidado casi reverente, pasándolo de un lado a otro como si se tratara de un tesoro. Finalmente, abrió el cierre de su chaqueta y los guardó dentro, protegiéndolos con el cuerpo.
Había algo patético y a la vez absurdo en la forma temblorosa con que Zhang Licheng intentaba esconder sus cosas: parecía un enfermo mental en estado avanzado. Varias veces trató de incorporarse, echando la cabeza hacia atrás y arqueando la espalda con esfuerzo, pero sin lograr levantarse. Tras más de una decena de intentos fallidos, terminó por quebrarse. De un tirón abrió la cremallera, dejando que el fajo cayera al suelo, y, reuniendo todas sus fuerzas, se lanzó con desesperación hacia el estanque.
La superficie del agua alzó un repentino oleaje, pero pronto recuperó la calma. En el pasto seco cercano quedaron abandonadas una silla de ruedas desangelada y unas páginas sueltas desparramadas. Todo quedó en calma, como si nada hubiera ocurrido.
Zhang Chen observó en el monitor cómo aquel brazo que forcejeaba se hundía poco a poco en el agua. Su rostro permaneció imperturbable como la superficie del estanque en las imágenes. Tras unos segundos, al comprender que aquella mano jamás emergería, preguntó al personal:
—¿Por qué nadie se dio cuenta?
Antes de que el policía abriera la boca, el encargado del asilo respondió por él:
—¡Fuera de cuando contaba historias, todos evitaban a su padre! ¿Quién iba a fijarse si se escapaba solo al estanque? Además, estamos en pleno invierno, el patio trasero es un congelador. Todos se quedan en sus habitaciones. ¿Quién iba a acercarse al estanque?
Zhang Chen asintió, sin mostrar dudas, y simplemente dijo:
—¿Dónde están sus pertenencias? Las recogeré para llevármelas.
Al ver que no iba a causar problemas, el encargado soltó un gran suspiro de alivio y, sintiéndose mucho más relajado, lo condujo hasta la habitación donde había vivido Zhang Licheng. El otro anciano que compartía la pieza ya se había trasladado a otro lugar; la estancia estaba completamente vacía, sin rastro de presencia humana.
Zhang Chen revisó uno por uno los objetos del armario; eran solo cosas dispersas, sin ningún valor real. Pero en el fondo encontró un montón de fotos antiguas. Se apoyó contra la pared y empezó a pasar una tras otra, descubriendo con sorpresa que eran fotos suyas, desde que nació hasta los diecisiete años. Probablemente Li Xiaoyun las había organizado en su momento.
Después de revisar todas las fotos, Zhang Chen abrió la carpeta que la policía le había entregado. Dentro estaba el montón de objetos que Zhang Licheng llevaba consigo antes de suicidarse. Sacó el papel que estaba encima de todo. En él se leía claramente impreso: «Trabajador Honorario del Año 1977, Planta de Acero N.º 3 de Yuncheng, Zhang Licheng». Zhang Chen examinó el certificado con atención. Luego volcó el resto del contenido de la carpeta sobre la cama de tablones: todo, salvo un certificado de honor por planificación familiar, era prácticamente idéntico al certificado que acababa de examinar, cambiando únicamente el año.
Zhang Chen se acercó al balcón y miró hacia afuera durante un largo rato. Al final, solo conservó un álbum de fotos y ese montón de certificados que su padre atesoraba; todo lo demás lo tiró al centro de reciclaje.
Su manera de manejar los asuntos del difunto era de una destreza poco común. Reservó una habitación en un hotel que ya conocía, se quedó unos días en Yuncheng y rápidamente completó todo el proceso de cremación. Enterró a Zhang Licheng en un terreno de cementerio recién comprado, colocándolo deliberadamente en el suburbio más al este de Yuncheng, mientras que Li Xiaoyun estaba en el más al oeste.El día del entierro, una tormenta de nieve azotó la ciudad. Después de ocuparse de los ritos fúnebres de su propio padre, Zhang Chen fue a la tumba de su madre. Sobre la lápida de Li Xiaoyun se había acumulado una gruesa capa de nieve. Zhang Chen la limpió minuciosamente y luego se acostó, solo, en el suelo nevado frente a ella.
Grandes copos de nieve caían del cielo. Cerca, algunos niños de segundo o tercer año de primaria merodeaban por el cementerio para jugar a explorar, parloteando sin parar mientras echaban miradas al extraño hombre tendido en la nieve.
Zhang Chen estaba recostado, escuchando el alboroto infantil, y de pronto recordó un invierno de su infancia, cuando tenía más o menos la misma edad que esos niños. Varios compañeros de clase, durante un recreo, se habían aliado para empujarlo al suelo del baño de chicos; reían y bromeaban mientras le tocaban el pecho y le bajaban los pantalones. Sin embargo, un día, de manera inesperada, empezaron a tratarlo con amabilidad e incluso lo invitaron con cierta sinceridad a unirse a su pequeño grupo y lo llevaron a explorar las montañas en las afueras. Esa noche, Zhang Chen, como ahora, se había quedado tendido en la nieve. Al caer el sol, llamó los nombres de aquellos niños, pero nadie respondió. La oscuridad se fue adueñando del cielo; algo asustado, Zhang Chen gritó «mamá» en medio de la ventisca, pero su vocecita infantil, apenas salida de su garganta, se perdió en el viento y dio vueltas hasta regresar a sus propios oídos.
Ya entrada la noche, la nevada se transformó en una tormenta. La nieve, tan hermosa, empezó a cubrir su cuerpo como una tumba. Estaba por congelarse cuando, entre la niebla de su conciencia, alargó la mano y recogió un palo. Apretando los dientes, comenzó a golpear con fuerza su propia pierna. La sangre caliente brotó a borbotones de las heridas que él mismo se había infligido. No sentía dolor, solo un extraño alivio, un calor que lo reconfortaba. Se dio dos golpes, parpadeando sin cesar; el frío hacía arder sus ojos. Parpadeó otra vez y, de pronto, notó que lo que sentía no era dolor, sino que el agua de sus lágrimas se había congelado en sus pestañas. Entonces, como si el odio que lo corroía no fuera suficiente, siguió golpeándose la pierna con más fuerza, como si él mismo fuera su peor enemigo.
Justo cuando Zhang Chen creía que iba a morir congelado en la montaña, de pronto escuchó los sollozos de su madre. Con gran esfuerzo entreabrió los ojos y vio a Li Xiaoyun corriendo hacia él desde la distancia, tambaleándose, hasta arrojarse de rodillas sobre la nieve acumulada cerca de donde él se encontraba.
Su madre le quitó la nieve que había estado acumulándose sobre su rostro y su cuerpo durante toda la noche, se desabrochó su chaqueta acolchada para envolver su cuerpo entumecido por el frío y, llorando, le preguntó:
—Chenchen, ¿por qué tienes las piernas llenas de sangre?
—No me acuerdo —respondió Zhang Chen.
Li Xiaoyun lo alzó en brazos, puso una de sus manos sucias sobre el rostro de él para darle calor y, con los labios temblándole, le dijo:
—¿Quién te trajo hasta aquí? Dime sus nombres, que mamá te vengará.
En la mente de Zhang Chen destellaron los nombres de aquellos niños, pero respondió:
—No me acuerdo.
Al volver a casa, estuvo ardiendo en fiebre durante una semana entera. Aquella fiebre parecía haberle chamuscado no solo los sentimientos, sino también el lenguaje: al despertar, no podía articular una sola frase coherente. Li Xiaoyun creyó que el cerebro del niño se había quemado, y cargándolo a la espalda corrió de un médico a otro. En pleno temporal de nieve, aquella mujer menuda y frágil sudaba a chorros de tanto correr. Quizá Zhang Chen había percibido algo de su angustia, porque a los pocos días empezó poco a poco a abrir la boca y hablar. Pero no era para decir palabras de consuelo: tendido en la cama, aferrado a la mano de su madre, dijo:
—Mamá, quiero morirme.
Aquellas palabras volvieron loca a Li Xiaoyun. Le hincó los dedos en el brazo con toda su fuerza, apretando los dientes mientras lo regañaba:
—¿Todo lo que sufrí para darte la vida y criarte hasta ahora fue para que me digas esto?
En pocos instantes, el brazo de Zhang Chen se llenó de moretones. Al darse cuenta de la fuerza con que lo había lastimado, Li Xiaoyun retiró la mano de golpe y, dándole la espalda, dijo entre sollozos:
—Tu madre ya te lo ha dado todo. Yo solo vivo por ti. No solo no puedes morir: tienes que vivir, y vivir para llegar lejos, ¿me oyes?
Zhang Chen giró un poco la cabeza y miró la espalda de su madre.
—No quiero llegar lejos.
Apenas terminó de hablar, la vio darse la vuelta, los ojos encendidos de ira, y abalanzarse sobre él. Aquella mano cubierta de callos le cruzó la cara con un sonoro bofetón. Nunca habría imaginado que un cuerpo tan pequeño pudiera encerrar semejante fuerza: se quedó aturdido, mientras escuchaba la voz de su madre que le escupía palabras de frustración:
—¿Por qué no entiendes el sacrificio de tu madre? Tu padre me dijo que, cuando acabes la secundaria, iremos a llevarle un regalo a Lao Hu de la acería para que te meta en un taller liviano. Y así, el resto de tu vida, lo pasarás en la fábrica, entre piezas y engranajes. ¿Por qué no lo entiendes?
Zhang Chen la miró fijamente, el rostro arrugado de su madre crispado por la furia. Poco a poco, posó su mano sobre la reseca mano de ella y dijo:
—Ya lo entiendo. Lo entiendo todo.
Después de la secundaria, Zhang Chen pegó un estirón: crecía más con cada día, y aquel rostro delicado, casi de niña, fue adquiriendo poco a poco rasgos más masculinos. En la escuela, los chicos ya no se atrevían a provocarlo, y entre las chicas, en cambio, empezó a ser bien recibido. Por entonces, en el barrio de viviendas para trabajadores de la fábrica, siempre había alguna abuela que, abanicándose, le decía a Li Xiaoyun:
—Tu Zhang Chen ya está apartado por mi nieta.
Por fuera, Li Xiaoyun reía y bromeaba, pero por dentro pensaba: «mi hijo es guapo e inteligente; en el futuro seguro entrará en una universidad de prestigio. Si se va a una gran ciudad, podrá casarse con la hija de alguna familia rica. ¿Quién querría quedarse aquí esperando a sus hijas?». Seguía perdida en esos sueños despiertos, pero al llegar a casa por la noche vio a Zhang Chen apoyado en la puerta, con la cara manchada de sangre. Li Xiaoyun se asustó, corrió hacia él y tirándole de la manga le preguntó con urgencia:
—¿Qué te ha pasado en la cara?, ¿por qué estás lleno de sangre?
Zhang Chen se pasó el dorso de la mano por el rostro, pero la sangre ya estaba seca y no salía por más que frotara. Al final, Li Xiaoyun lo llevó dentro, tomó una toalla húmeda y comenzó a limpiarle la cara. Mientras lo hacía, le preguntó con ansiedad:
—Dime la verdad, ¿te peleaste con algún compañero?
Zhang Chen respondió con franqueza:
—Le rompí la cabeza a mi profesor de chino.
La toalla cayó de golpe sobre la cama. El gesto de Li Xiaoyun se congeló por un instante. Pasó un largo rato antes de que reaccionara, y entonces lo miró fija y furiosamente, y le gritó:
—¿Cómo pudiste golpear al profesor? Hoy tienes que explicarme bien por qué lo hiciste.
Zhang Chen recogió la toalla húmeda que había caído en la cama y, sin decir nada más, empezó a limpiarse los restos de sangre del rostro.
—No me acuerdo —dijo.
La nieve caía cada vez más densa. Los niños, sin ningún tacto, seguían allí, sin irse, y hasta se ponían a hacer un muñeco de nieve no muy lejos de él. Zhang Chen seguía tendido boca arriba. Y de pronto recordó su primer día de universidad: el jefe del dormitorio, con una familiaridad casi invasiva, lo había llevado aparte, echándole un brazo por los hombros, con esa expresión extraña –curiosa, pero sin saber cómo empezar a hablar– que Zhang Chen conocía demasiado bien. Forzando la voz, el otro apenas logró soltar media frase:
—Quería preguntarte algo. Tengo un amigo que es del mismo lugar que tú, y me dijo que…
Zhang Chen lo interrumpió de inmediato y dijo con naturalidad:
—Sí, soy yo.
La persona a su lado emitió un incómodo «ah», como si no hubiera esperado una respuesta tan directa y sin rodeos, y eso lo hiciera parecer menos sincero. Se rascó la nuca y dijo:
—Lo entiendo, lo entiendo. Somos universitarios de la nueva era, hay que ser abiertos… Tranquilo, te aseguro que no se lo diré a nadie, y también haré que mi amigo se calle la boca.
El muchacho era de fiar. Cuando prometió que cerraría el pico, lo cerró de verdad. En los cuatro años que siguieron, nadie más le lanzó a Zhang Chen esa clase de miradas.
La facultad de informática de su universidad apenas llevaba unos años en funcionamiento y la calidad del profesorado era mediocre. En todo el dormitorio, excepto Zhang Chen, todos habían sido asignados allí después de no entrar en las carreras más demandadas. Estos estudiantes de informática solían atender las clases con diligencia, pero en privado, además de hacer tareas, les encantaba competir en juegos poco convencionales. Por ejemplo, atrapaban algún virus troyano de moda y varios chicos se reunían para ver quién lo modificaba mejor. Zhang Chen no tenía ningún interés en competir; creó un virus llamado «Cheng Sheng» que no servía para nada práctico. Su única función era hacer que la computadora infectada gritara: «¡Cheng Sheng! ¡Cheng Sheng!».
Él sentía que «Cheng Sheng» era un nombre perfecto tanto para la persona como para el virus; ambos eran expertos en irrumpir violentamente en territorios ajenos.
Una noche, tras terminar su turno, Zhang Chen no volvió a su dormitorio saltando la reja como de costumbre, sino que se desvió hacia el cibercafé de la entrada de la escuela. Afuera soplaba un viento que arrastraba la ventisca; adentro, el aire estaba cargado del calor y el olor de los fideos instantáneos. Aburrido, escribió un nombre al azar y, por casualidad, dio con un artículo de congreso. El contenido, para su tiempo, podía considerarse avanzado. Zhang Chen lo leyó de principio a fin, calculando que a sus compañeros de dormitorio les costaría un buen esfuerzo entender lo que allí se explicaba sobre la construcción artificial de funciones características. De pronto sonrió, y acto seguido dejó que sus dedos repiquetearan con furia sobre el teclado; después, con un clic de ratón, pulsó «enviar».
Al mismo tiempo, la computadora del administrador recibió un correo. Este, sin darle importancia, lo abrió, y en ese mismo instante decenas de máquinas en el local se quedaron en pantalla negra. Los que jugaban o charlaban por MSN se miraron entre sí, desconcertados. No habían pasado unos segundos cuando las pantallas muertas comenzaron a emitir al unísono un agudo sonido electrónico sintetizado:
—¡Cheng Sheng! ¡Cheng Sheng!
El sonido electrónico sintetizado, acelerado, no parecía más que ruido; nadie adivinaba que era un nombre propio.
El administrador del cibercafé, con la boca llena de fideos instantáneos, se levantó sobresaltado. Pero por más que clicaba el ratón, la computadora frente a él no respondía. Probó apagando el monitor, luego la torre, pero aquel estridente pitido no cesaba. Al final, sin saber qué más hacer, se calzó a medias las pantuflas de felpa y salió corriendo hasta el interruptor general: con un chasquido, bajó la palanca, y solo entonces el ruido infernal se extinguió al fin.
Zhang Chen se recostó en la silla, mirando hacia el techo descascarado del cibercafé. En la oscuridad, esbozó una sonrisa satisfecha.
***
Cuando se incorporó, la tormenta de nieve había cesado. Zhang Chen rebuscó en su mochila, confirmó su boleto de tren para regresar a Pekín a primera hora de la mañana y sacó su pequeño teclado portátil para conectarlo a la computadora. Tocó una melodía improvisada en medio de la nieve.
A lo lejos, varios niños estaban jugando a lanzarse bolas de nieve. Al oír aquella melodía, todos se asomaron con curiosidad hacia donde él se encontraba. Al cabo de un rato, una niña más atrevida que los demás corrió hasta su lado y, sin decir nada, se quedó mirándolo fijamente mientras tocaba. Cuando por fin cesó la música, se armó de valor para preguntarle a Zhang Chen:
—Lo que tocas suena raro, ¿por qué es tan pequeñito?
—Porque al ser pequeño puedo guardarlo en la mochila y llevármelo a todas partes para componer cuando quiera —respondió Zhang Chen.
La niña soltó un «oh», pero no se fue corriendo; al contrario, siguió mirando fijamente el instrumento que él sostenía en brazos.
Zhang Chen captó perfectamente la expresión de expectativa en su rostro y le hizo señas con la mano para que se acercara.
—¿Quieres aprender? Te puedo enseñar algunos acordes sencillos.
Apenas terminó de hablar, la niña se plantó a su lado de un salto, como temiendo que se arrepintiera, y le alargó ansiosa ambas manos con una mirada llena de anhelo. Zhang Chen notó ese destello de reojo y, con paciencia, le guió los dedos sobre su teclado para practicar los acordes más comunes. Mientras lo hacían, el resto de niños se acercó corriendo. Con los ojos muy abiertos y la boca entreabierta, se quedaron frente a ellos, escuchando con atención cómo tocaban.
La nieve que acababa de parar volvió a caer. Zhang Chen estuvo una hora enseñando a los niños a tocar el teclado en la nieve y, después de verlos marcharse en grupo del cementerio hacia sus casas, se tendió de nuevo en la nieve.
La nevada era mucho más ligera que antes; los copos que le caían en la cara apenas se sentían. Zhang Chen se quedó tumbado un rato mirando hacia la nieve que caía, sacó el teléfono celular y llamó a Cheng Sheng.
Cheng Sheng últimamente se estaba portando de manera extraña; nunca contestaba, sin importar cuántas veces le llamara. Ayer, incluso, le había enviado de repente un mensaje de texto desconcertante: «Frank y yo tenemos un proyecto grande en marcha. Voy a mudarme de vuelta a mi último departamento por un mes. Cuando termine con este período tan ocupado, volveré a casa».
Zhang Chen leyó este mensaje una vez más con atención; por donde lo mirara, parecía una mentira. Cerró la pantalla de mensajes y volvió a llamar a Cheng Sheng varias veces seguidas, pero del otro lado seguía sin contestar nadie.
El sol, a lo lejos, estaba a punto de hundirse por completo. Zhang Chen se giró de lado sobre la nieve, con el rostro vuelto hacia el resplandor débil, y le envió un mensaje a Cheng Sheng: «Te extraño».
Cuando volvió a marcar, la llamada se conectó de pronto. Pero al otro lado la voz sonaba extraña: alguien respiraba entrecortado, como si un instante antes hubiera corrido a toda prisa hacia algún lugar, tan rápido que la garganta parecía a punto de desgarrarse y apenas podía recuperar el aire.
Ambos guardaron silencio. Pasados unos segundos, Zhang Chen fue el primero en hablar:
— ¿Por qué no has contestado el teléfono estos días? Nunca antes habías hecho algo así.
Cheng Sheng tosió suavemente y, con la voz forzada, respondió:
—He estado demasiado ocupado, de verdad no he tenido tiempo.
Zhang Chen volvió a preguntar:
—¿Y ahora sí tienes tiempo?
Del otro lado hubo una pausa de dos segundos, y luego una voz baja contestó:
—Cuando de pronto dijiste que me extrañabas, temí que no pudieras encontrarme. Así que corrí enseguida a buscar un lugar tranquilo.
Zhang Chen yacía en la nieve escuchando con atención, el teléfono apretado contra la oreja.
—¿Dónde estás ahora? —preguntó.
—De viaje de negocios, fuera.
Zhang Chen aguzó el oído, pero aparte de la respiración agitada de Cheng Sheng no alcanzó a distinguir ninguna otra voz. No le creyó del todo, aunque tampoco insistió; se limitó a repetir al otro lado de la línea:
—Te extraño mucho.
A Cheng Sheng le resultaba extraño escucharlo expresarse con tanta franqueza. La voz que le llegaba por el auricular sonaba un poco confusa. Respondió en un murmullo «Yo también te extraño», antes de divagar durante un buen rato. Solo al final pareció recordar lo esencial.
—¿No estás en Pekín ahora mismo?
—Estoy en Yuncheng. Mi padre se suicidó, y estos días he estado ocupado con todo lo relacionado con eso. Mañana ya regreso. —Lo mencionó como si no le diera mayor importancia, apenas de pasada, y enseguida cambió de tono, esta vez mucho más serio—. Necesito verte.
El tono tan serio de Zhang Chen hizo que, de pronto, al otro lado de la línea la voz se quebrara un poco; la respiración, entrecortada, se volvió más evidente, como si Cheng Sheng quisiera decir algo pero se lo guardara.
Zhang Chen tampoco añadió más. Se quedó boca arriba, mirando la nieve, aguardando con paciencia.
Pero antes de que Cheng Sheng llegara a hablar, una voz femenina, algo borrosa y apremiante, irrumpió de pronto en el teléfono, acercándose desde la distancia, como si estuviera buscando a alguien:
—¿Señor Cheng? Mañana tenemos que hacerle una revisión completa, para descartar cualquier lesión orgánica…
Zhang Chen no alcanzó a escuchar con claridad lo que siguió, porque enseguida sonó en su oído el pitido cortante de una llamada colgada de forma abrupta. Al poco rato, la pantalla de su celular se iluminó con un nuevo mensaje: «Hace un momento alguien que estaba conmigo llamó al hospital, por eso había ruido. Cuando regreses lo hablamos, ¿vale?».
Zhang Chen se incorporó y se sacudió la nieve medio derretida de la ropa. Respondió con un escueto «Está bien», aunque no le había creído ni una palabra.
Pensó que Cheng Sheng y ese viejo compañero suyo, Frank, seguramente ya se habían puesto de acuerdo con lo que iban a decir, así que no lo llamó para sonsacarle nada. Se inclinó a recoger la mochila caída en la nieve, sacudió con cuidado la fina capa que la cubría y, solo, echó a andar hacia el hotel donde llevaba alojándose esos días. En el camino fue repasando en su mente el comportamiento extraño que Cheng Sheng había tenido últimamente.
Cheng Sheng se mostraba precavido en todo, salvo con él: a Zhang Chen jamás le había guardado la menor sospecha. Cualquier programa casero y trucado que le enviara, él lo abría sin dudar; aunque descubriera algo raro, no lo borraba, al contrario, lo conservaba a propósito en su computadora, casi como si le pareciera un juego.
Durante todo el trayecto, Zhang Chen no dejó de rumiar esa rareza. Pensaba que, incluso con el último aliento, Cheng Sheng seguiría conectado a la red y trabajando; ese pensamiento le permitió al fin tranquilizarse considerablemente. Con calma, se detuvo en el pequeño supermercado bajo el hotel, compró una botella de Coca-Cola y, de regreso en la habitación, encendió la computadora. A través de aquel programa con el que tiempo atrás había hackeado la de Cheng Sheng, rastreó su dirección IP, y gracias al código que este había compartido días atrás en un foro, logró ubicar el lugar en el que se encontraba actualmente.
En la habitación del hotel solo quedaba encendida una lámpara; la pantalla de la computadora brillaba tenue. Zhang Chen se quedó largo rato mirando el nombre del hospital en la pantalla. No le llamó. Simplemente se levantó, preparó con calma el equipaje para la mañana siguiente y, sin pegar ojo, volvió a tumbarse en la cama. «Así que al final era cierto», pensó.
Nota de la autora:
Aunque Zhang Chen ya no trabajaba como programador, cuando no tenía nada que hacer solía compartir en CSDN algunos códigos raros y extraños que había escrito.
