Capítulo 121: Examen en el palacio

La plaza frente al salón ya está llena de graduados del examen metropolitano, y un erudito de la Academia Hanlin está pasando lista. No muy lejos de él, Huang Jian asiente en dirección a Duan Ling.

—¡Aquí estás!

—Tú también estás aquí. —Duan Ling entiende lo que quiere decir y le devuelve el gesto mientras presiona su huella digital en la lista de asistencia.

—¿Dónde está nuestro profesor? —le pregunta Huang Jian.

Ayer había sido un día tan ajetreado que Duan Ling no tuvo tiempo ni de pensar en el examen. Ni siquiera se le ocurrió preguntar cómo le había ido al otro estudiante de su profesor. Todo el mundo corría de un lado a otro como gallinas sin cabeza, y Mu Kuangda ni siquiera regresó a la mansión. Ahora, mientras se apartan de la multitud para conversar, Duan Ling le cuenta esto a Huang Jian. No pasa mucho tiempo antes de que otras dos personas se acerquen a Huang Jian, dedicándole una sonrisa a Duan Ling.

—Mi shidi —dice Huang Jian presentando a Duan Ling. Este da medio paso atrás y se inclina en señal de respeto. 

Los otros dos le devuelven la inclinación, y Huang Jian, levantando una mano, los presenta a Duan Ling.

—Qin Xuguang, Zeng Yongnuo.

Qin Xuguang, el mayor de ellos, ya ha pasado los treinta, mientras que Zeng Yongnuo aún no llega a esa edad. De los cuatro, Qin Xuguang es el de más años, y todos lo llaman «Qin-xiong». Sin embargo, a lo largo de la conversación, los dos recién llegados se muestran extremadamente corteses con Huang Jian y Duan Ling.

El padre de Huang Jian fue Censor del Control de la Sal. Durante el reinado del abuelo de Duan Ling, el censor Huang ocupaba un alto cargo en la corte imperial del Gran Chen. Sin embargo, más tarde fue acusado de malversación y murió en prisión. Años después, Mu Kuangda revocó el veredicto y envió a Huang Jian a estudiar en Jiangzhou. Tras completar sus estudios, de alguna forma Huang Jian terminó presentándose al examen del palacio.

Qin Xuguang, por su parte, es hijo del magistrado de Huizhou. Sus padres aún viven, y él aspira a convertirse en funcionario aprobando los exámenes en la capital. Zeng Yongnuo es el único que proviene de una familia de comerciantes de sal en Jiangnan, y apenas podría considerarse del mismo estrato social que Duan Ling, «el hijo de un boticario».

Tras intercambiar algunas cortesías, Huang Jian le pregunta a Duan Ling:

—¿Escuché bien que ayer llegó alguien a la ciudad desde un puesto fronterizo?

—Sí —responde Duan Ling, y ha sido tal el calvario que parece francamente abatido por toda la situación. Lleva frunciendo el ceño desde la noche anterior, y la tensión aún se refleja en su rostro. Al pensarlo bien, no sabe qué hacer con todo este asunto. La corte está llena de funcionarios y oficiales militares, y ninguno ha encontrado una solución, mientras que un grupo de recién graduados, que ni siquiera ha pasado el examen del palacio, se angustia por los asuntos del estado.

Duan Ling le explica la situación a Huang Jian, y todos asienten.

—¿Qué opinas? —le pregunta Duan Ling.

—Nuestro profesor debe tener un plan para esto. Lo más probable es que haga una declaración hoy —responde Huang Jian.

Duan Ling sabe que, por supuesto, Huang Jian no revelará muchas opiniones frente a todos para evitar que alguien lo acuse de «hablar a espaldas del emperador» antes de haber siquiera presentado el examen del palacio.

—Cuando termines, ven a verme —le dice Huang Jian—. Tenemos mucho de qué hablar.

—Deberíamos conocernos mejor después del examen imperial —propone Zeng Yongnuo con una sonrisa.

—Por supuesto que sí —responde Duan Ling, devolviéndole la sonrisa mientras piensa: «Vaya, esto es muy conveniente para ustedes».

—Escuché que hay una tienda de fideos en la ciudad llamada Los Mejores Fideos del Reino —comenta Qin Xuguang—. Menuda presunción. ¿Por qué no vamos esta noche y reservamos una sala privada?

Duan Ling está pensando: «Ni en sueños conseguirán mesa en una sala privada, dejen de fantasear» cuando de repente escucha el gong resonar dentro del salón. Dice algo cortés, decidiendo que ya verán lo de la sala privada cuando lleguen, antes de seguir a los demás al Salón de la Armonía Suprema.

Hay ciento doce graduados metropolitanos en total, y cuando se mueven todos al mismo tiempo, el espectáculo es imponente, pues bloquean la entrada del salón y hacen imposible el paso. Normalmente, en un día como hoy, deberían haberse bañado, meditado, quemado incienso y rezado a los dioses antes de poder entrar al palacio. Pero en estos tiempos de desesperación que exigen prontitud, se les ha eximido de esos complicados ritos.

Es el inicio del verano, y el calor y la humedad resultan inevitables para todos, creando una gran incomodidad.

Mientras se forma para entrar, Zheng Yan sale por una puerta lateral, silba y le dice a Duan Ling:

—¡Ven por aquí!

Duan Ling se queda un poco sorprendido.

—Rápido —le advierte Zheng Yan—. Si su majestad se entera, me regañará otra vez.

A Duan Ling no le queda más que mentalizarse y camina hacia donde está Zheng Yan mientras todos lo miran, y ambos se desvían por un atajo que Zheng Yan le muestra.

En cuanto entra, ve a Wu Du esperando detrás de un pilar. Duan Ling sonríe y está por hablar cuando Wu Du se lleva un dedo a la boca y le hace un gesto para que guarde silencio, señalando uno de los escritorios para que se siente allí.

Los cien escritorios alineados en el salón crean una vista impresionante. Duan Ling respira hondo y se sienta. Poco después, alguien entra por la puerta trasera: Mu Qing.

—Aiya. Les pedí que te fueran a buscar esta mañana para que no tuvieras que hacer fila. ¿Por qué llegaste justo ahora?

—Los mandé de regreso —responde Wu Du—. Para que durmiera un poco más.

—¿No volviste a casa anoche? —le pregunta Duan Ling a Mu Qing.

—No. Te traje un bocadillo. Mi tía dijo que si lo comemos, quedaremos en primer lugar y nos convertiremos en Zhuangyuan.

Duan Ling suelta una carcajada. Mu Qing le entrega un paquete de papel que contiene un pastel de flor de durazno en forma de pez, en alusión a la metáfora de la carpa saltando la Puerta del Dragón[1]. Lo parten entre los dos: Duan Ling se queda con la cabeza del pez y Mu Qing se come el resto.

—No necesito ser Zhuangyuan —dice Duan Ling con una sonrisa—. Ser Bangyan ya es suficiente para mí.

Mu Qing y Duan Ling se sonríen, y siguen sonriendo cuando este último ve entrar a otra persona: esta vez es Lang Junxia.

Lang Junxia entra en el recinto del examen imperial con la Qingfengjian envainada en mano. Al verlo, tanto Mu Qing como Duan Ling guardan silencio. Sin embargo, Lang Junxia se dirige hacia uno de los pilares y se detiene detrás de él. Luego, lanza una mirada a Duan Ling, fijándose en su mano izquierda.

Duan Ling tira discretamente de su manga, ocultando el brazalete rosario de guisante rojo que Wu Du le dio.

La expresión de Lang Junxia no cambia en lo más mínimo. Lo observa en silencio durante un momento antes de apartar la mirada.

En ese instante, Duan Ling casi puede adivinar lo que pasa por su mente.

Está buscando el rosario budista que él le dio, pero desde el día en que lo recibió, apenas si lo ha usado.

—¿Dónde está Chang Liujun? —pregunta Zheng Yan.

—Pasé por el estudio imperial antes —dice Lang Junxia—, y aún estaba allí, así que probablemente no llegue a tiempo.

El gong suena por segunda vez desde el fondo del salón, indicando que los examinadores deben estar presentes. Una ráfaga de viento entra; es Chang Liujun, vestido completamente de negro con una máscara en el rostro.

—Qué raro, parece que estamos todos reunidos —comenta Wu Du.

—Estaremos aquí durante todo el examen —dice Chang Liujun—. Esfuércense en su prueba.

Cada uno de los cuatro grandes asesinos se coloca frente a un pilar, vigilando el recinto del examen desde las cuatro esquinas. En ese momento Duan Ling se da cuenta de que, para su sorpresa, ellos son los examinadores de hoy.

El gong suena por tercera vez y las puertas del palacio se abren, permitiendo que los graduados entren en fila, encuentren sus asientos y se sienten. Zheng Yan y Chang Liujun observan de hito a hito cada uno de sus movimientos, vigilando cualquier señal de trampa. Mientras tanto, Lang Junxia parece distraído, mirando a Duan Ling sin apartar la vista.

Wu Du también observa a Duan Ling, echando miradas ocasionales a Lang Junxia. Están en esquinas opuestas, y cuando sus miradas se cruzan, Lang Junxia no tiene más remedio que apartar la vista.

Pronto, las puertas principales se abren y la brillante luz de la mañana inunda la sala.

Desde la parte de atrás, alguien canta:

—¡El Hijo del Cielo está aquí! ¡Póstrense!

Los examinandos se levantan y se arrodillan de inmediato.

—¡Larga vida a su majestad!

Li Yanqiu pasa entre ellos, con sus túnicas doradas ondeando y creando una brisa a su paso, antes de sentarse en el trono.

—Pueden levantarse —dice con calma.

—Gracias, su majestad.

Los examinandos se levantan y se sientan detrás de sus escritorios.

Li Yanqiu recorre la sala con la mirada hasta que sus ojos se posan en el rostro de Duan Ling.

—Empiecen —dice distraídamente.

El Gran Secretario extiende una hoja de papel y comienza a recitar:

—Una vez escuché que el buen gobierno empieza con el camino recto y se basa en la virtud…

No se oye ni un murmullo. Cada examinado contiene el aliento, escuchando atentamente.

—… Y sin embargo, por dentro las vigas están podridas, por fuera el pueblo pasa hambre, y la violencia amenaza nuestras fronteras…

Duan Ling siente que el corazón le sube de golpe hasta la garganta y, de repente, comprende cómo debe sentirse Li Yanqiu. La tristeza de este se refleja claramente en el tema del examen.

—… Digan lo que harían sin temor a represalias. Así lo pide su majestad.

El silencio en la sala es tan profundo que se podría oír caer una aguja. El eunuco continúa con un tono melodioso:

—El Hijo del Cielo se retira.

Los examinandos se ponen de pie una vez más y se postran profundamente, exclamando: «¡Larga vida a su majestad!» mientras Li Yanqiu se aleja, acompañado por el eco de sus voces. El Gran Secretario les indica que se levanten, y todos comienzan a responder la pregunta.

El significado del tema de Li Yanqiu es el siguiente: actualmente, nuestro imperio enfrenta amenazas tanto externas como internas y, aunque he hecho todo lo posible, no sé dónde está la raíz del problema. Gran Chen es un régimen tambaleante y la corte está al borde del colapso; los plebeyos están desnutridos y las tribus extranjeras invaden frecuentemente nuestras fronteras del norte. ¿Quién puede salvarme? ¿Quién puede salvar al Gran Chen? Deben responder con lo mejor de sus habilidades, sin temor a ofender a su emperador.

Una vez que el Gran Secretario se marcha, algunos parecen querer hablar, pero de repente alguien rompe el silencio: el que habla es Zheng Yan.

—Caballeros, los pilares de nuestro futuro Gran Chen —dice solemnemente—. Cuando estén escribiendo su examen, por favor, no hablen entre ustedes. De lo contrario, si terminan convertidos en una mancha de sangre en este salón, nos resultará bastante difícil explicárselo a su majestad.

—Pfft —se ríe Duan Ling, toma una hoja del montón, levanta su pincel y comienza a escribir, empezando con la primera línea: «Toda la tierra bajo el cielo pertenece al emperador; todos los vasallos son súbditos del trono»[2].

En el fondo, los problemas del Gran Chen tienen dos raíces: primero, las disputas sobre su territorio soberano; segundo, la crisis de sus tierras de cultivo. El Tratado de Shangzi les ha costado caro durante años, y los bárbaros del norte invaden con frecuencia. La combinación de ambos factores ha dejado casi vacías las arcas del reino. Años de corrupción en el sur han llevado a los campesinos a perder sus tierras y quedar en la miseria, mientras que las diferencias entre clases han ampliado la brecha entre ricos y pobres. Es necesario redistribuir las tierras, pero lo más urgente ahora es resistir a los invasores extranjeros y sofocar los conflictos internos…

El tiempo vuela. Al principio, Duan Ling pensó en repetir lo que escribió en su primer examen metropolitano, pero tras reflexionar seriamente, decide comenzar con la Batalla de Shangjing, ocurrida dos años atrás.

¿Por qué murió su padre? ¿Quién lo mató?

Si el difunto emperador aún estuviera aquí, ¿cómo sería el mundo hoy?

En los últimos dos años, Duan Ling ha aprendido demasiado; ahora incluso puede afrontar con serenidad los argumentos de quienes se oponían a su padre. Tras tantos años de guerra, con el imperio enviando un flujo incesante de tropas al norte para luchar contra las tribus extranjeras, los conflictos no cesaron. Apenas terminaron de luchar contra Liao, llegó el turno de la invasión de Yuan. Ha sido testigo de los logros y actos heroicos de su padre, y la admiración que siente por él no ha cambiado en lo más mínimo.

Pero en su camino a la capital, también había visto el hambre que asolaba a los campesinos en las llanuras centrales, el déficit de Xichuan y la actitud de los terratenientes en Jiangzhou.

Gran Chen necesita hombres como su padre, pero también necesita a alguien más que mantenga en pie esta vieja carreta deteriorada, para que, sin importar la fuerza que la golpee,  no se caiga a pedazos.

Duan Ling comienza a entender las esperanzas que Li Jianhong una vez había depositado en él. Le había llamado «su majestad», y no era una broma. Para él, Duan Ling era su faro en la oscuridad, el barco en el que navegaba por el gran Yangtsé. Su padre sólo sabía hacer la guerra; ese era su deber y su destino. La única forma de liberarse de ese deber era con la muerte.

En cuanto a Duan Ling, su tarea está allí mismo, en el papel.

—¿Por qué lo sigues mirando? —La voz de Wu Du resuena de repente desde la esquina noroeste.

Todos los examinados se detienen. Duan Ling levanta la vista, sobresaltado, pero como nadie responde, no queda claro a quién se refiere Wu Du.

—Si lo miras otra vez —dice Wu Du, su voz resonando en el silencioso salón del palacio—, no me culpes si desenvaino mi espada.

Todos sienten el corazón acelerado, sin saber si alguien terminará como la «mancha de sangre» de la que habló Zheng Yan. Esperan un momento, pero Wu Du no vuelve a hablar. Solo entonces, todos regresan a escribir.


[1] Para saber qué es esto, aquí.

[2] Una cita del Libro de los cantos. El significado no es «todo pertenece al emperador, así que puede hacer lo que quiera», sino «el emperador es responsable de todo».

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