Pronto, los cuatro grandes asesinos comienzan a patrullar el salón, cada uno tomando un camino distinto entre los escritorios.
El examen imperial dura casi todo el día. A medida que se acerca el mediodía, el calor empieza a hacerse notar, y las doncellas recorren la sala dejando sobre los escritorio tazas de madera, que llenan con té, y colocando bocadillos en las esquinas.
Duan Ling está muy sediento, pero no se atreve a beber. Un par de botas de guerrero se detienen junto a él, y su dueño se inclina para colocar una nueva taza de agua en su escritorio, retirando la que estaba antes.
Duan Ling sigue la pierna del hombre con la mirada y, al reconocer a Wu Du, finalmente se toma el agua. Wu Du le sirve otro trago, pero por miedo a tener que aguantar las ganas de orinar, Duan Ling decide no beber más y vuelve a tomar el pincel para seguir escribiendo. A medida que escribe, empieza a perder la noción del tiempo, sumergiéndose en recuerdos del pasado y en todas las impresiones que aquellos días dejaron en él: los memoriales de Mu Kuangda apilados como montañas en el estudio, los plebeyos que encontró mientras huía… todas estas imágenes compiten por abrumar sus sentidos.
Su pincel se desliza sobre el papel, y a medida que los acontecimientos que describe toman un giro, sus lágrimas caen, empapando la página y difuminando la tinta en el último carácter de su ensayo.
Se seca las lágrimas con la manga, deja el pincel a un lado y respira hondo. Este ensayo del examen imperial parece haberle drenado hasta la última gota de fuerza, agotando toda la energía que había acumulado a lo largo de su vida.
En ese momento, su corazón se siente más tranquilo que nunca, y permanece en silencio. No se mueve hasta que el sol comienza a ponerse, proyectando un rayo de luz dorada en la sala. Solo cuando suena el cuarto gong y el Gran Secretario viene a recoger los papeles, Duan Ling siente como si un gran peso se le hubiera quitado del pecho. Al levantar la vista, se encuentra de repente cara a cara con Cai Yan, quien está sentado en un estrado elevado en el salón. Duan Ling no tiene idea de cuánto tiempo lleva allí.
Antes de que sus ojos se encontraran, Cai Yan ya había estado mirándolo, sin parpadear. La sorpresa inicial que siente Duan Ling se desvanece pronto, y una vez que recupera la compostura, le dedica a Cai Yan una pequeña sonrisa, quien también le sonríe, con una expresión llena de sentimientos indescriptibles.
—Buen trabajo, todos —dice Cai Yan.
Los examinados se levantan uno por uno para saludar al príncipe heredero, arrodillándose para postrarse. Duan Ling permanece parado en medio de la multitud, sin apartar la mirada de Cai Yan. Después de unos momentos, se alisa los pliegues de su túnica y, sin dudarlo, se arrodilla y se postra en dirección a él.
—Pueden levantarse —ordena Cai Yan, y luego se da la vuelta para irse.
—Candidatos al examen del palacio —anuncia un eunuco—, por favor, diríjanse al otro salón para cenar antes de retirarse.
Una vez que Cai Yan se marcha, los examinados por fin se relajan. Duan Ling se acerca a Zheng Yan y le dice:
—Zheng Yan, hay algo de lo que quiero hablar con su majestad.
—Wu Du ya me lo mencionó. Ven al estudio imperial más tarde y te llevaré adentro.
Duan Ling recorre la sala con la mirada y, al ver que Lang Junxia todavía no se ha ido y sigue hablando con el Gran Secretario, le dice:
—Señor Wuluohou Mu, necesito hablar con usted. Estaré en la galería larga, por favor venga.
Lang Junxia parece algo sorprendido, pero cuando Duan Ling termina de hablar, se aleja del Salón de la Armonía Inigualable y se dirige a la galería serpenteante al fondo del palacio. Wu Du está sentado junto a la barandilla, bebiendo agua mientras espera a Duan Ling.
—¿Quieres algo de comer? —le pregunta Wu Du.
—Más tarde —responde Duan Ling, y se sienta junto a él.
—¿Cómo te fue? —Al notar que Duan Ling parece desanimado, Wu Du piensa que no le ha ido bien en el examen.
Pero Duan Ling sigue inmerso en recuerdos del pasado, aún sin salir de ellos. Cuando escucha a Wu Du decir esto, le dedica una sonrisa y dice en voz baja:
—Me dijiste que me llevarías a muchos lugares.
—Cuando quieras. Incluso si quieres irte esta noche. ¿Qué pasa? ¿Por qué lo dices?
Ambos se miran en silencio; en los ojos de Wu Du, Duan Ling percibe una calma que lo reconforta.
—Quiero ir a Ye —responde.
—Entonces vamos. ¿Salimos esta noche? Iré a prepararlo todo.
Wu Du no pregunta por qué, como si, mientras sea una decisión de Duan Ling, la aceptará sin necesidad de cuestionarla.
—¿No vas a preguntar por qué se me ocurrió eso?
Wu Du sonríe.
—Pudiste defender Tongguan, así que claro que también podrás defender Ye.
Duan Ling, sin embargo, sabe que no será tan sencillo. La última vez que fueron, solo fue para matar a alguien, y defender Tongguan en gran parte dependió de la suerte. Aunque en su día dedicó tiempo a familiarizarse con la estrategia, el liderar a soldados de verdad en el campo de batalla es algo muy diferente.
Lang Junxia sale del salón del palacio y se acerca a ellos por la galería.
—Ya llegó —dice Wu Du.
Duan Ling levanta la vista y observa a Lang Junxia.
Sigue viéndose igual que siempre, como si nada hubiera cambiado: radiante, apuesto, elegante y seguro de sí mismo, como una pieza de jade perfecta. Es el mismo hombre que Duan Ling recuerda.
Se levanta, entra en la galería y camina hacia él.
—¿Qué sucede? —pregunta Lang Junxia.
—Tengo algo que decirte. —Manteniendo la voz baja, Duan Ling se acerca despacio a él.
El tiempo parece solidificarse entre ellos mientras se miran en silencio.
Los labios de Lang Junxia tiemblan como si estuviera a punto de decir algo.
Pero de repente, Duan Ling levanta la mano y le da una fuerte bofetada. El golpe es seco y resonante, retumbando en la tranquila noche.
El golpe hace que Lang Junxia gire el rostro, y su mejilla izquierda enrojece al instante.
—La mujer de tu clan —dice Duan Ling en voz baja—, una anciana, llevada a Xichuan y luego traída a Jiangzhou. No sabe hablar han, y estoy seguro de que tampoco suele hablar con sus vecinos. Está sola en el mundo, sin nadie de quien depender, y al único que tiene es a ti, pero por lo general tú la ignoras. Lo único que haces es darle dinero y eso es todo. No le pediste a nadie que cuidara de ella, que le hiciera compañía para que tuviera alguien con quien hablar. ¿Sabes cómo me di cuenta?
Wu Du da un paso al frente para colocarse detrás de Duan Ling por si Lang Junxia le devuelve el golpe, pero este no ha reaccionado. Simplemente se queda quieto.
—Cuando empezaron las inundaciones todos los que vivían a su alrededor se fueron —dice Duan Ling en voz baja—. Nadie se la llevó. ¿Por qué? Debe ser porque todos saben que ella es tu familia, así que no quieren problemas. Por eso todos la dejan en paz, ¿tengo razón?
—No tiene quien la cuide, ni amigos, ni amor familiar, ni vínculos sociales. Y la razón es simple: no quieres que hable con nadie. Quieres que se guarde todo para sí misma tanto como sea posible. ¿Estoy en lo correcto?
»Por eso te di una bofetada. Tenlo presente.
»Sé que no quieres que nadie hable con ella para que nadie pueda sacarle información. —Justo antes de que Duan Ling se marche, le dice por fin a Lang Junxia—: Pero voy a decir esto ahora: más te vale tratarla bien. Si no lo haces, cuando me incorpore a la corte imperial como funcionario, lo primero que haré será redactar una memorial para destituirte. Desleal y poco filial, despiadado e injusto; no eres digno de tu cargo. No importa que el que esté por encima de ti sea alguien que tú pusiste, incluso si fueras el propio emperador, serías denunciado por todo el país.
Ha salido la luna, pero Lang Junxia sigue de pie, solo, en la galería serpenteante.
Doblan la esquina de los jardines imperiales. Tras abofetear a Lang Junxia, la mano de Duan Ling sigue temblando. Sin embargo, Wu Du le dice:
—Joder, qué agallas tienes. Incluso estoy aturdido. ¿Por qué lo abofeteaste?
—Yo… realmente no podía soportarlo, estaba tan enojado. Sobre todo cuando vi a la señora Feilian sola, sentada en el balcón.
Wu Du entiende el razonamiento, y Chang Liujun también, pero nadie quería decirlo. A ninguno de ellos le agrada Lang Junxia, y esta es la razón.
—Siempre ha sido frío y desalmado. Así que… —Wu Du se detiene a pensar un momento y luego cambia de tema—. ¿Tienes hambre? Hoy no hay comida de Zheng Yan. Mu Qing me pidió que te llevara a cenar con la emperatriz. Vamos.
La mano de Duan Ling sigue temblando imperceptiblemente, y no es hasta que Wu Du la toma y la envuelve en la suya que empieza a calmarse. Piensa en esas palabras que Wu Du se tragó, la media frase que eligió no decir: Lang Junxia es frío y desalmado, por eso el Duan Ling que ha criado también es frío y desalmado.
¿Pero no se supone que los asesinos son así por naturaleza? En comparación, el que menos parece un asesino es Wu Du. Duan Ling aún no ha visto a Zheng Yan matar a nadie, así que no puede juzgar con precisión, pero quién sabe, tal vez Zheng Yan también sea un hombre frío y desalmado. En cuanto a Chang Liujun, no duda en absoluto cuando mata.
Y, sin embargo, ¿es Lang Junxia realmente frío y desalmado? Duan Ling no puede evitar recordar aquella noche nevada en Shangjing, cuando era pequeño y Lang Junxia yacía gravemente herido en la cama. Los fragmentos de esos recuerdos se entretejen en un tapiz que le hace creer que Lang Junxia también es alguien que tiene sentimientos.
El día que llegó su padre, el mismo en que Lang Junxia se fue, Duan Ling incluso lo abrazó, pues no quería que se marchara. En un abrir y cerrar de ojos han pasado tantos años, y la bofetada que le dio a Lang Junxia parece haber disipado toda su ira acumulada durante tanto tiempo. Ahora, al mirar dentro de sí mismo, siente un vacío.
«Algún día, si consigo recuperar todo lo que me pertenece, ¿acabaré con él y lo condenaré a muerte?».
Duan Ling nunca se había planteado esto antes, pero esta noche no puede dejar de pensarlo. Cuando llegue el momento, no tendrá que hacer nada; Lang Junxia acabará muriendo de todos modos. Incluso si decide perdonarlo, los funcionarios de la corte nunca le permitirán salir impune de sus crímenes; no obstante, no quiere ver a Lang Junxia morir frente a él.
Incluso si alguien lo matara en silencio, sin fanfarria, y luego le dijera que Lang Junxia ha desaparecido –que ha escapado y está prófugo– se sentiría un poco mejor. Es como si, mientras no viera morir a Lang Junxia frente a él, todos esos recuerdos que tienen que ver con él seguirán ahí. El breve período de felicidad y el nuevo mundo que ganó al dejar Xunyang no parecerían un chiste.
—Tú debes ser Wang Shan —dice Mu Jinzhi sin prisa—. Qing’er siempre está hablando de ti. Habla tanto de ti que me están saliendo callos en las orejas.
Duan Ling se inclina rápidamente ante la emperatriz.
—Los de la mansión Mu no tienen que ser tan formales conmigo —dice Mu Jinzhi—. Cena. Tan pronto como terminaron los exámenes, Qing’er empezó a quejarse de un dolor de cabeza, así que lo mandé a dormir. Quería que lo despertaras cuando llegaras.
—No es necesario despertarlo —responde Duan Ling—. Déjelo dormir un poco más.
—Eso es lo que yo le dije. —Mu Jinzhi sonríe y le dice a Wu Du—: Tú también deberías ir a cenar.
Wu Du asiente, pero no se va. Se queda al lado de Duan Ling, vigilándolo mientras come. Mu Jinzhi no insiste y se acomoda en el diván, mirando a la doncella pintar una pequeña lámpara en forma de carrusel con tinta.
—¿Cómo están las cosas en casa? —pregunta Mu Jinzhi—. ¿Está inundada?
—Todo está bien, su majestad —responde Duan Ling.
—Cuando tengas tiempo, asegúrate de recordarle a tu señor que coma sus tres comidas diarias a tiempo. Ahora que Chang Pin no está con él, no hay nadie que se lo recuerde.
Duan Ling responde «claro», y le lanza a Wu Du una mirada con una ceja levantada, como diciendo: «¿Ya oíste?».
Aunque Mu Jinzhi se refiere a Mu Kuangda, Duan Ling siempre bromea con Wu Du llamándolo «mi señor», así que ahora usa esto como pretexto para hacer que también vaya a cenar.
Y así, Wu Du se retira a un salón lateral para cenar, pero mientras come, mantiene los oídos atentos a lo que sucede al otro lado.
Duan Ling mira el abdomen de Mu Jinzhi, pero no nota nada fuera de lo común.
—¿Ya te has casado? —le pregunta Mu Jinzhi.
Duan Ling sabe que todos quieren hacer de casamenteros para hombres jóvenes y talentosos como él, así que ya había pensado en su respuesta.
—Los adivinos dicen que soy una maldición para mi familia.
—Oh, no lo parece en absoluto.
Mu Jinzhi observa el rostro de Duan Ling y de repente suelta una risa estruendosa. Le da un leve empujón a la doncella con su abanico circular y dice:
—Mira a Wang Shan. ¿No te parece que se parece a alguien que conozco?
La doncella también lo mira y, tras pensarlo un momento, dice en voz baja:
—La comisura de sus labios se parece un poco a la de la quinta princesa.
El corazón de Duan Ling da un vuelco, y piensa para sí mismo: «Sus ojos son muy agudos, pero no deberá haber ningún problema, ¿verdad?». Lo único que puede hacer es reír forzadamente con ella. Por suerte, Zheng Yan finalmente llega; seguramente ha recibido la noticia y se lleva a Duan Ling.
Duan Ling recuerda de repente algo de la conversación anterior: ¿Chang Pin no está con Mu Kuangda? Siente que han pasado varios días desde la última vez que lo vio. ¿A dónde habrá ido? En un momento crucial como este, ¿dónde habría enviado Mu Kuangda a Chang Pin?
Las lámparas en el estudio imperial están encendidas como siempre, y desde adentro llegan varios tosidos. Duan Ling empieza a preocuparse de nuevo por la salud de Li Yanqiu; siempre ha tenido una constitución débil y se enferma con frecuencia, y últimamente ha estado trabajando sin descanso. Solo espera que Li Yanqiu no se enferme. Cuando tengan la oportunidad, debe pedirle a Wu Du que lo examine para asegurarse de que no haya sido envenenado por Mu Kuangda o Cai Yan.
Una doncella pasa en ese momento para entregar una decocción, y a Duan Ling se le ocurre una idea. Estira el pie para hacerla tropezar. Con una exclamación de sorpresa, ella cae inesperadamente sobre Duan Ling y derrama la medicina sobre él.
—Lo siento mucho, lo siento mucho —dice Duan Ling con premura.
La doncella le dice que no importa, recoge los pedazos de porcelana rotos antes de ir a la cocina para preparar más. Duan Ling huele el medicamento derramado sobre él, pero no logra detectar nada sospechoso. Mira a Wu Du, quien le hace un gesto afirmativo para confirmar que entiende.
—Aún no has ingresado a la corte como funcionario —dice Li Yanqiu, recorriendo a Duan Ling con la mirada— y ya vienes aquí más seguido que el gran canciller.
—Por humilde que sea mi posición, no me atrevo a descuidar los asuntos del Estado[1].
—Leí tu ensayo del examen —dice Li Yanqiu con lentitud—. En todos estos años de exámenes civiles del Gran Chen, tu ensayo es el único que me ha conmovido hasta el punto de no poder contener mis emociones.
[1] De un verso del poema de Lu You 病起書懷 Leyendo cuando se está enfermo.
