—¡No saquen sus armas! —Wu Du levanta una mano y hace un gesto con la palma hacia abajo para señalar a todos que bajen de los caballos. Arranca algunos trozos de tela de su túnica y los envuelve sobre los cascos de Benxiao. Todos siguen su ejemplo.
—¿Cómo se supone que vamos a luchar contra ellos? —pregunta Duan Ling.
Solo ha luchado contra los mongoles una vez, y fue cuando estaba en el Altyn-Tagh, realizando un ataque sorpresa contra el enemigo junto a Li Jianhong.
—Por ahora, no haremos nada —responde Wu Du—. Primero vamos a comprobar los números.
—Parece que son mil hombres —dice Duan Ling.
—Me refiero a nosotros.
—Doce.
«Uno más, y tendríamos suficiente para los Trece Jinetes de Kunyang», piensa Duan Ling; sus posibilidades serían mucho mejores si tuvieran a trece Li Jianhongs. Con solo él, Wu Du y diez jinetes, ¿cómo van a luchar contra mil personas?
—Esperemos a que se dispersen —dice Wu Du.
—¿Cómo sabes que se van a dispersar?
—Estoy seguro de que lo harán. Si no me equivoco, intentarán encontrar una manera de entrar a la ciudad desde cuatro direcciones diferentes.
No es sorprendente que, cuando llegan a las llanuras fuera de Hejian, los mongoles hayan comenzado a dividir sus fuerzas de una manera que parece estar coordinada de antemano.
—Seguiremos a ese grupo de soldados en el centro —dice Wu Du—. ¡Vamos!
Wu Du espolea a su caballo, llevando a Duan Ling y sus diez jinetes hacia el primer grupo bajo el amparo de la noche. Su objetivo es extremadamente obvio: el comandante del batallón enemigo, el encargado de mil hombres. Pronto, su enemigo se desplaza hacia el lado norte de Hejian, mientras Wu Du ha llevado a sus diez soldados hacia el bosque escasamente arbolado fuera de la ciudad.
—¿No vamos a hacer ruido para advertir a la ciudad? —pregunta Duan Ling.
Wu Du pone un dedo sobre sus labios, «shh», antes de dar instrucciones.
—Corten algunas ramas, preparen antorchas y clavenlas en el suelo.
Está extremadamente tranquilo allí fuera. Los soldados mongoles desmontan y comienzan sus preparativos revisando su equipo y lanzando ganchos de escalada hacia el borde de la muralla de la ciudad.
La guarnición de Hejian está poco defendida, ni siquiera hay guardias patrullando en lo alto de las torres; quién sabe adónde habrán ido a beber. El único testigo de todo este alboroto es un par de braseros. Wu Du espera hasta que la tercera unidad de soldados mongoles está a medio subir por la muralla antes de dar una orden firme.
—¡A la carga! —dice Wu Du en voz baja—. ¡No hagan ruido!
Aunque solo son doce, con una carga repentina desde la oscuridad y flechas volando, causan una gran conmoción de todas formas. Alguien cae al suelo de inmediato; el ejército mongol jamás imaginó ser emboscado por la retaguardia. Se giran con urgencia para enfrentar al enemigo, aullando con todas sus fuerzas.
¡Y aun así, los guardias en la muralla todavía no se han percatado de que están siendo atacados!
Sobre el lomo de Benxiao, que también lleva a Duan Ling, Wu Du carga contra la formación enemiga al instante. Con la Lieguangjian desenvainada, aprieta las rodillas contra el vientre del caballo y lanza un corte de revés. Allá donde viaja la Lieguangjian, los soldados caen de sus caballos. Luego, Wu Du envuelve un brazo alrededor de Duan Ling y se inclina hacia un lado. Con su espada cortando hacia afuera, la sangre salta por los aires. Un soldado mongol grita de dolor al ser partido en dos.
Este fuerte grito expone su posición de inmediato, y las flechas empiezan a volar hacia ellos desde todas direcciones. Sin embargo, Benxiao está extremadamente bien entrenado y se detiene de golpe para estrellar su costado contra los caballos de guerra que intentan atraparlos en un ataque en pinza. El soldado sobre el caballo blande su sable hacia Duan Ling.
—¡No me ataquen! —grita Duan Ling en mongol—. ¡Soy uno de ustedes! ¡Estoy de su lado!
El soldado mongol lo mira con sorpresa, y luego, con un solo movimiento del brazo de Wu Du, la cabeza del soldado se separa de su cuello y vuela por el aire.
Los caballos mongoles son bajos y robustos, nada imponentes, mientras que Benxiao es un alto y grande caballo Wusun. Cuando se estampa contra ellos, simplemente salen volando.
Duan Ling rápidamente se lleva la mano a la espalda para tomar una flecha; cada vez que su flecha deja el arco, un caballo relincha y cae, rodando. Dispara flechas en rápida sucesión, usando hábilmente el sucio truco de disparar primero al caballo antes de disparar al jinete. Pronto, se oyen relinchos por todos lados y caballos cayendo por doquier.
—¡Vamos! —Wu Du da vuelta a su caballo y comienza a guiar a sus hombres para huir. Los mongoles están pisándoles los talones, y Duan Ling coloca una flecha en su arco, echándose hacia atrás sobre el caballo. Su vista queda al revés; suelta la cuerda del arco y la flecha vuela, alcanzando al líder de sus perseguidores y derribándolo de su caballo.
Todos han regresado rápidamente al bosque.
—Cuenta —dice Wu Du.
Cinco, diez… todos están aquí.
—¿Alguien está herido? —pregunta Duan Ling.
Dos de los jinetes están levemente heridos.
—¡Puedo seguir luchando! ¡Por favor, dé las órdenes, comandante!
—¡Los heridos se quedarán atrás como apoyo! —dice Wu Du—. ¡Enciendan las antorchas!
Sus perseguidores se detienen en seco fuera del bosque, ninguno se atreve a entrar. Pronto, todas las antorchas están encendidas, dando la apariencia de que hay cien personas en el bosque. Los soldados mongoles se retiran de inmediato, susurrando entre ellos.
—¡A la carga! —ruge Wu Du.
Liderando a sus hombres, Wu Du carga una vez más contra los soldados mongoles. El otro bando entra en pánico de inmediato, gritando advertencias a los suyos mientras giran y huyen. Duan Ling grita:
—¡Agáchate!
Wu Du se agacha, y Duan Ling dispara seis flechas seguidas. Los soldados alcanzados caen de sus caballos.
—¡Retirada! —grita Wu Du.
Su caballería echa las riendas a sus caballos y da media vuelta.
—¡¿Qué demonios, hombre?! —Finalmente, alguien no aguanta más y suelta una maldición—. ¡Esto me está matando! ¿¡Nos vas a dejar atacar o qué!?
—¿Cuál es tu nombre? —pregunta Wu Du.
El otro hombre se calla de inmediato. Wu Du dice:
—Si escucho más parloteo, se te aplicará la ley marcial.
Duan Ling simplemente lo encuentra gracioso. Sin embargo, las cejas de Wu Du están fruncidas en una expresión de descontento.
—Maldita sea. ¿Por qué no está pasando nada en Hejian?
Hejian sigue envuelta en oscuridad; aunque han estado luchando durante tanto tiempo, nadie ha salido de la ciudad para ayudarlos, ni siquiera están disparando flechas para cubrirlos. En sus planes originales, Wu Du había esperado que, aunque nadie saliera de la ciudad, al menos habría arqueros una vez que comenzara el combate. Jamás imaginó que la guardia de la ciudad actuaría como si estuvieran todos muertos.
El ejército mongol parece estar adoptando un enfoque de esperar y ver, y tampoco han huido asustados. Duan Ling no puede evitar exclamar en voz baja que esta unidad enemiga realmente se muestra tranquila frente al peligro: si fuera cualquier otra unidad, habrían pensado que su emboscada había fracasado, que el enemigo había descubierto su plan, y lo mejor que podrían hacer sería rendirse y retirarse.
Alguien en la formación mongola lanza un aullido, y Duan Ling logra entenderlo. Están diciendo:
—¡Apenas hay hombres! ¡Es solo una distracción! ¡Mátenlos ya!
—¡Ya vienen! —grita Duan Ling—. ¡Corran!
—¡Prendan fuego! —grita Wu Du.
En un instante, los mongoles irrumpen en el bosque. Los subordinados de Duan Ling se dispersan entre los árboles, arrancan las antorchas clavadas en el suelo y las lanzan hacia las copas, donde estas crepitan y chispean. Con la lluvia reciente, apenas las hojas se encienden, una densa nube de humo cubre el bosque. Wu Du saca una botella de medicina de entre sus ropas y la lanza hacia los árboles.
Con un estruendo, sea lo que sea que contenía la botella de medicina, explota de inmediato, envolviendo el bosque en un furioso infierno. Un humo espeso avanza entre los árboles, arrastrado por el viento hacia los soldados mongoles.
—¡Corran hacia las murallas de la ciudad! —grita Wu Du.
Finalmente, alguien ha notado la presencia del enemigo.
Desde lo alto de la muralla, un soldado grita:
—¡Estamos bajo ataque!
Y poco después, suena un gong. No es sino hasta entonces que los braseros en la cima de las murallas de Hejian comienzan a encenderse uno tras otro, y de pronto, las flechas llueven sobre ellos tan densamente como la lluvia. Wu Du maldice a los gritos:
—¡No nos disparen, joder! ¡Estamos de su lado!
Las flechas dejan de caer desde lo alto de la muralla, y el ejército mongol vuelve a salir del bosque, desorientado. Los ataques previos habían hecho que casi la mitad de los más de doscientos soldados enemigos cayeran abatidos por el humo envenenado dentro del bosque. Y ahora, las puertas de la ciudad se abren y, por fin, los defensores de la ciudad salen al ataque.
—¡Cuidado! —Para que no los confundan con el enemigo, Duan Ling grita—: ¡Estamos de su lado! ¡Somos aliados! ¡Vayan a luchar contra esos mongoles!
Wu Du estaba a punto de derribar a un defensor de Hejian con un tajo de revés. Duan Ling se apresura a decir:
—¡Ya no tenemos que pelear! ¡Retirémonos bajo la muralla!
La caballería se retira de inmediato de la formación y se dirige ordenadamente hacia un escondite apartado al pie de la muralla, para evitar ser alcanzados por el aceite hirviendo que podría caer desde lo alto. Cada vez más defensores aparecen, y los soldados mongoles comienzan a huir. Toda Hejian está finalmente despierta; las campanas de los centinelas suenan por todas partes, y las demás puertas de la ciudad también se han dado cuenta de que están siendo atacados.
—¿Quiénes son? —grita a lo lejos un capitán de división Han.
—¡Vayan a luchar! ¡No se preocupen por nosotros! —responde Duan Ling.
Entonces, el capitán reúne a sus subordinados y se dirige hacia otra puerta de la ciudad para reforzarla.
El cielo empieza a clarear poco a poco, y el humo espeso dentro del bosque se disipa lentamente. Hejian comienza a enviar gente a inspeccionar el campo de batalla. Duan Ling les informa que aún quedan bastantes tropas enemigas y los guía hacia el bosque. Todos desmontan y observan cómo sacan los cuerpos.
Duan Ling ordena:
—Arrástrenlos todos hacia las puertas de la ciudad y déjenlos afuera. Si los mongoles regresan, cuelguen los cuerpos en el exterior de las puertas. Si alguno sigue con vida, tómenlo como prisionero.
—¿Quiénes son realmente ustedes? —pregunta un soldado abriéndose paso entre la multitud—. ¿Son todos de Jiangnan?
Wu Du responde:
—Soy el nuevo comandante de Hejian, y él es el gobernador de la comandancia de Hejian.
Nadie parece saber muy bien cómo reaccionar ante esta revelación, y se apresuran a saludar con respeto a Wu Du y Duan Ling. Un oficial militar y un funcionario civil: ya ocupan los cargos más altos en Hejian.
Duan Ling dice:
—Envía algunos hombres al bosque justo debajo del deslizamiento de tierra. Mi gente está allí. Traiganlos a la ciudad y alójenlos provisionalmente en las oficinas del magistrado. Busquen a alguien llamado Lin Yunqi y consigan de él mi certificado de nombramiento.
El soldado parte para cumplir la orden, y Wu Du pregunta:
—¿Quién estuvo de guardia anoche?
—Mi señor —responde otro soldado—, fue el teniente Qin, el mismo que anoche les preguntó quiénes eran. Acaba de ir a las puertas del sur a limpiar el campo de batalla.
—Tomen una unidad y tráiganmelo encadenado —dice Wu Du—. Voy a castigarlo por abandonar su puesto.
El soldado no se atreve a hablar. Duan Ling y Wu Du intercambian una mirada, sabiendo que debe haber algo de favoritismo en juego. Duan Ling le dice a Wu Du:
—Lo mejor sería que vayas personalmente.
Wu Du asiente.
—Deberías ir al interior de la ciudad por ahora.
—Sí.
Wu Du sube a Benxiao y se aleja del lugar. Duan Ling le pide a uno de sus hombres que haga un conteo, a ver si alguno de los soldados mongoles sigue con vida.
El soldado reconoce a uno de los subordinados de Duan Ling.
—¿No eres Sun Ting, de Ye?
—Soy yo —responde Sun Ting—. Acababa de llegar para tomar un nuevo trabajo con estos dos señores.
El soldado se ríe.
—¿Acabas de llegar y ya has logrado tanto…?
Todos los soldados mongoles son arrastrados hacia un claro cercano para ser agrupados. De repente, Duan Ling aparta a la multitud y corre hacia ellos.
—¡Batú! —grita Duan Ling, arrojándose sobre uno de los cuerpos y arrastrándolo lejos de los demás. Este grito alerta a los soldados que están a su alrededor al instante. Duan Ling mira ese rostro familiar; aunque Batú ha crecido, sus rasgos son aún más rudos de lo que solían ser y está cubiertos de tierra, por alguna razón Duan Ling lo reconoció al instante.
—¡Tráiganme agua! —les dice Duan Ling en pánico.
Sus subordinados parecen atónitos, pero de todas formas le traen una bolsa de agua. Duan Ling vierte el contenido sobre el rostro de Batú, quien abre los ojos.
Duan Ling suelta un suspiro de alivio, pero para su sorpresa, Batú lo agarra por el cuello de la ropa y tira hacia él, levantándose de un salto y saltando al aire.
«¡Oh no! —piensa Duan Ling—. ¡Caí en la trampa!».
Duan Ling intenta zafarse de Batú, pero este está preparado. Los dos conocen los trucos del otro tan bien como las palmas de sus propias manos, y Batú lo hace girar de inmediato. El mundo da vueltas alrededor de Duan Ling, y cuando logra volver a ponerse de pie, el brazo de Batú ya lo tiene sujeto con fuerza. Su daga está presionada contra la garganta de Duan Ling.
—Parece que los cielos están de mi lado —dice Batú en han—. Tráiganme un caballo.
Los soldados se miran entre sí, desconcertados, sin saber qué hacer. Duan Ling grita:
—¡Dispárenle! ¡No se atrevería a matarme!
—¡Tráiganle un caballo! —grita el soldado de antes—. ¡No disparen!
Duan Ling dice:
—¿Por qué tú…?
—¿Y cómo sabes que no me atrevería a matarte? —susurra Batú, acercando sus labios a Duan Ling.
Su voz ya no suena como antes, como si se hubiera convertido en una persona completamente distinta. Aprieta con más fuerza los hombros de Duan Ling; sus brazos también son más poderosos que antes. Duan Ling se encuentra incapaz de moverse siquiera un poco, y queda inmovilizado con tal fuerza que tiene que alzar el rostro para poder respirar.
Duan Ling levanta una ceja y dice, desafiante:
—Si matas a tu anda, Tengri te enviará al infierno…
Batú lo mira en silencio.
Todavía luce igual que hace ocho años, con los mismos rasgos que bien conoce; la luz del sol matutino se cuela en el espacio entre ellos, dejando a uno medio iluminado y al otro medio oculto en la sombra, como si hubieran regresado a aquella biblioteca de tantos años atrás, a ese preciso instante en que sus miradas se encontraron.
Le traen el caballo. Duan Ling piensa: «Este soldado debe estar aliado con ese “Qin”; quién sabe, tal vez están intentando matarme…», pero ya no tiene tiempo para seguir pensando. Batú lo golpea en la nuca, y de inmediato pierde el conocimiento. Lo lleva hasta el caballo y escapan hacia las llanuras.
—¡Tras él! —grita Sun Ting al instante.
Todos se montan en sus caballos y salen a la persecución de Batú.
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