—Cuando me dijeron que tú, Zongzhen y Helian me estaban buscando, hubo un momento, solo uno, en lo más profundo de mi corazón, en el que pensé… ¿Por qué no dejo todo esto atrás y simplemente me voy con Helian, y voy a verlos?
Batú había pensado que Duan Ling reaccionaría como siempre, cambiando de tema para no mostrar demasiado lo que sentía. Pero poco a poco, ha comenzado a darse cuenta de que, entre los dos, el que realmente ha cambiado es Duan Ling.
Es extraño cuando lo piensa bien: al reencontrarse, Duan Ling creyó que Batú había cambiado, pero en realidad, sigue siendo el mismo. En cambio, a los ojos de Batú, Duan Ling parece no haber cambiado en absoluto por fuera, pero en lo más profundo de sus huesos, es como si se hubiera convertido en otra persona.
—¿Ustedes? ¿Quiénes somos «ustedes»? —dice Batú.
—Exacto. —Duan Ling suelta una risa repentina y continúa—: Tú estás en Yuan, Zongzhen en Liao, Helian en Xiliang. Ustedes no están juntos. ¿A quién se supone que debía acudir?
Batú lo observa fijamente, sin decir una palabra.
—No podía ir a ningún lado. Mi padre solía decirme que, al nacer, a cada persona le está destinado hacer ciertas cosas. Este es mi destino. Los he defraudado. A todos ustedes. Me han tratado con total sinceridad, y yo solo he pensado en sobrevivir. No tengo otra opción.
»Y… creo que incluso después de esto seguiré defraudándolos. De verdad… lo siento mucho..
Batú jamás habría esperado que Duan Ling le dijera esas palabras.
—Has cambiado —dice él—. ¿No puedes decirme algo más? Al menos hazme saber que no he estado esperando en vano todos estos años. Aunque sea una mentira… solo dime que irás donde yo vaya. ¿No puedes hacerme feliz, aunque sea por un momento?
—No quiero mentirte. Y te estoy diciendo todo esto porque no sé qué más puedo darte. —Duan Ling reflexiona un instante antes de continuar—: Y tampoco tengo con qué pagarte. Ni siquiera yo mismo me pertenezco ya. Soy el hijo de mi padre. Soy el príncipe heredero del Gran Chen. ¿Qué crees que podría darte?
Duan Ling suspira al decir esto; por alguna razón extraña, piensa en Mu Qing. Por supuesto que quiere compensar a todos los que han sido buenos con él, pero no tiene nada que ofrecerles. Lo mismo le ocurre incluso con Wu Du.
Batú, de pronto, logra comprender la tristeza que Duan Ling no ha expresado en voz alta.
—Eres tal y como Zongzhen lo describió. Todos ustedes han cambiado. Yo soy el único que sigue siendo un tonto, engañándose con la idea de poder enfrentarme a él para ver quién saldría vencedor.
—Tú no has cambiado. Sigues siendo el mismo de siempre… No hablemos más de esto. Batú, ¿cómo están tu madre y tu padre? ¿Siguen bien?
—¿Recuerdas aquel año en que fuiste a verme y dijiste que me sacarías de la ciudad con ella?
—Ella se fue primero, ¿verdad?
—Está muerta. En ese entonces, yo estaba en casa, a su lado.
Duan Ling guarda silencio. Asiente levemente a Batú.
Batú observa a Duan Ling con atención.
—Después de que mi madre murió, la única persona que seguí considerando familia en este mundo fuiste tú. En aquel entonces quería que te fueras conmigo. Ahora que lo pienso, fue una completa ingenuidad.
Batú suelta una risa, negando con la cabeza, como si encontrara a su yo del pasado ridículamente tonto.
—Déjame ir —le dice Duan Ling—. Tengamos una pelea de verdad para decidir quién es el vencedor. Total, ni siquiera te sirvo de nada teniéndome aquí…
—¿Quién quiere decidir quién es el vencedor? —responde Batú —. ¿Puedes no sonar tan seguro de saber lo que quiero?
—Entonces, ¿qué demonios es lo que realmente quieres hacer? —dice Duan Ling, frunciendo el ceño.
—Quiero hablar contigo. Así como estamos hablando ahora. Voy a llevarte conmigo a donde sea que vaya, para poder hablar contigo cuando me dé la gana. Si quiero hablar contigo, entonces hablaré contigo.
—Te quedan diez días. —Duan Ling había pensado al principio que la razón por la que Batú había pedido diez días y prometido tomar Ye para entonces, era porque quería que él ideara la estrategia para conquistar la ciudad. Es decir, pedirle que atacara su propia ciudad, un plan brutal hasta lo indecible. Si Batú le pedía algo así, lo dejaría en una posición imposible, incapaz de decidir si debía luchar o no. Si se negaba a colaborar con Batú cuando pasaran esos diez días, el inspector militar sin duda lo mataría, y haría responsable a Batú también.
Jamás se le pasó por la cabeza que Batú no pensara en eso en absoluto. En cambio, él dice:
—Si no puedo tomar Ye, entonces simplemente me voy. Todavía tengo mis propias fuerzas en Hulunbuir. Ögedei me quitó el mando, me mandó aquí, me dio un montón de equipo chatarra y mil hombres. ¿Quiere que le ayude a tomar una ciudad? ¡Que lo sueñe!»
Duan Ling se deja caer la frente en su mano, sin palabras ante semejante declaración.
—Solo le dije eso para ganar unos días. Cuando los kitanos del norte terminen de pelear, y tus subordinados vengan a buscarte, aprovecharé el caos para robarte y llevarte conmigo a Hulunbuir. Así de simple.
—¡Yo no soy un objeto que te pertenezca! —ruge Duan Ling, furioso.
—Eres una persona que me pertenece, no un objeto. Duerme. ¿No tienes sueño? Hemos estado corriendo todo el día.
El clima en la montaña, mientras el verano da paso al otoño, suele ser frío por la noche. Batú lanza otra manta del ejército hacia Duan Ling, indicándole que se la envuelva antes de dormir. ¿Cómo podría Duan Ling siquiera pensar en dormir? Batú de verdad planea llevárselo hacia el norte. Una vez hayan cruzado la Gran Muralla y lleguen a donde viven los mongoles, en un terreno al que están más que habituados, será aún más difícil para Wu Du encontrarlo.
Como ya está oscureciendo, tiene que encontrar la forma de salir de allí. No se atrevió a intentar nada durante el día porque era demasiado obvio, pero escapar de noche es mucho más fácil.
Batú se tumba al lado de Duan Ling sin decir nada.
—Oye —le dice Duan Ling, intentando descifrar en qué está pensando—, ¿vas a dormir así nada más?
—Si tienes algo que decir, dímelo después —responde Batú con impaciencia—. Tiempo es lo que nos sobra.
Batú no tiene ni idea de cuán fuerte es Wu Du; Duan Ling deja escapar un suspiro de alivio. Parece que la información de Amga no fue muy precisa, o tal vez no quiso admitir la derrota y por eso no informó con honestidad de lo que Wu Du es capaz de hacer.
—¿Qué pasó con la daga que te di? —pregunta Batú.
—Lang Junxia se la llevó. Seguro que ahora la tiene ese Perro Cai.
—¿Ah, sí? —Batú suelta un «hmm» y añade—: Entonces olvídala. Te haré otra.
Duan Ling no sabe si reír o llorar.
—¿No querías que Chen cediera territorio? ¿Por qué no me cuentas las condiciones bajo las cuales me ayudarías a deshacerme del Perro Cai, así cuando vuelva a la corte puedas obligarme a cederte tierras? Batú, te lo digo desde ya: de nada servirá que me entregues a tu padre o a Ögedei. Ni una sola pulgada de la tierra del Gran Chen se te va a ceder.
—Duan Ling, deja de engañarte a ti mismo. ¿Quién querría deshacerse del Perro Cai por ti? ¡Si apenas puedo dejar de darle las gracias! Si no fuera porque él tomó tu lugar, ¿crees que habría logrado atraparte fuera de Hejian?
Duan Ling se queda sin habla, desconcertado por un instante, antes de preguntar:
—Entonces, ¿para qué me llevas a Hulunbuir?
—¡Para nada! —responde Batú con impaciencia—. ¡Para vivir! ¿No puedes dormir ya? ¿¡Ya terminaste!?
—¡No puedo dormir estando atado así!
—¡Si te desato, va a ser tu turno de matarme! Amga me dijo que llevas un ciempiés encima.
Duan Ling piensa: «Con razón te apuraste tanto cuando me quitaste la armadura de plata».
—¿Y aun así me tocaste? ¿No tienes miedo de morir? —Recuerda que hubo un momento en el que Batú estuvo a punto de ser mordido por el Cuervo Dorado.
—Pues me muero —responde Batú.
Basta una sola conversación con Batú y es como haberlas tenido todas: incluso cuando estaban en el Salón Ilustre, hablar con él siempre fue completamente inútil, y con los años, eso no ha cambiado en lo más mínimo.
Duan Ling espera un poco antes de preguntar:
—¿Qué más dijo Amga?
Batú, exasperado, se incorpora, se da la vuelta y le mete un trozo de tela enrollada en la boca.
Duan Ling se queda atónito por un instante antes de empezar a emitir sonidos ahogados tras la mordaza.
Batú le saca la tela.
—¿Vas a seguir hablando?
Duan Ling no puede hacer otra cosa que guardar silencio. Batu lo empuja suavemente hasta que queda recostado contra la pared interior de la tienda; luego se da la vuelta y lo abraza por detrás, echándole una pierna encima, tal como solían dormir en el Salón Ilustre cuando, de vez en cuando, compartían cama.
Con las manos atadas y sin atreverse a hablar, Duan Ling se queda escuchando la respiración acompasada de Batu. Parece que ya ha caído en un sueño profundo.
Batu es, en esencia, como una estufa ardiente, y además enorme, así que el interior de la manta se vuelve insoportablemente caluroso, al punto de hacer sudar a Duan Ling. No es sino hasta bien entrada la noche, cuando ya está más allá del agotamiento, que por fin logra quedarse dormido.
Pero no pasa mucho tiempo antes de que lo despierte un grito repentino a lo lejos, seguido de inmediato por el retumbar de los gongs de alarma del ejército mongol. Todo el campamento militar se pone en pie en un instante.
—¡Estamos siendo atacados por los han! —grita alguien.
Antes de que Duan Ling logre incorporarse, Batu ya se ha girado y lo ha pateado hacia la esquina más alejada del lecho, tomado su sable y salido corriendo. Con un estallido ensordecedor, todo el campamento comienza a arder.
«¡Wu Du está aquí! —piensa Duan Ling —. ¿¡Cómo llegó tan rápido!? ¡Esto es genial!». Pero ni siquiera hay cuatro mil soldados entre Ye y Hejian. ¿Cómo es que suena como si hubiera un ejército enorme allá afuera? ¡Parece que hay casi diez mil hombres!
—¡Wu Du! —grita Duan Ling a todo pulmón—. ¡Estoy aquí!
Batu entra descalzo a toda prisa, y sin decir una sola palabra, le mete un trozo de tela en la boca a Duan Ling.
Con un fuerte «¡boom!», algo derriba la tienda por completo; una bestia gigantesca envuelta en llamas irrumpe en el interior, tumba la estaca de madera en el centro y prende fuego a la tienda entera, que se convierte en una hoguera envuelta alrededor de una criatura en estampida.
¡Es un toro! Duan Ling lo entiende al instante: un centenar de toros en llamas han irrumpido en el campamento mongol en plena noche, y parece que llevan algún tipo de armadura. Los soldados mongoles intentan frenarlos a sablazos, pero por alguna razón no logran hacerles ningún daño.
Batu agarra a Duan Ling e intenta rodar fuera del alcance, pero ambos reciben una patada del toro. Batu cae de espaldas al suelo; por poco lo pisan. Duan Ling ve un sable tirado cerca, que alguien debio haberlo soltado, y sin perder un segundo comienza a frotar la cuerda de sus manos contra el filo. Se libera, agarra a Batu y lo arrastra hacia un lado, fuera del camino de los toros en estampida.
Se quita la tela de la boca y grita:
—¡Wu Du! ¡Estoy aquí!
Batu intenta de pronto arrojar a Duan Ling al suelo, pero este ya estaba preparado; utiliza ambas manos para bloquearlo con un movimiento de artes marciales que le enseñó su padre. Batu da una voltereta y se monta sobre la cintura de Duan Ling y usa fuerza de luchador para voltearlo. Luego, con un brazo le rodea la cintura y con el otro le cubre la boca, y echa a correr hacia los establos con él en brazos.
De pronto, Batu siente un dolor tan intenso que grita sin poder contenerse: Duan Ling le ha mordido la mano derecha hasta dejarla ensangrentada y desgarrada. Batu reacciona al instante y le da un golpe con el canto de la mano en la nuca, pero justo en ese momento, un destello metálico aparece a su espalda.
—¡No lo mates! —grita Duan Ling.
Duan Ling blande el sable curvo que tiene en la mano hacia la luz y desvía la Lieguangjian con un chirrido metálico, pero el sable ahora está partido en dos. Sin embargo, Wu Du ya ha llegado hasta Duan Ling; sus rostros están casi pegados. Aun con esa misma expresión fría e imperturbable, roza los labios de Duan Ling apenas como una libélula tocando la superficie del agua, antes de retirarse rápidamente con él en brazos.
Batu saca una lanza larga del estante de armas, la hace girar en el aire y luego, girando sobre sí mismo, la empuja desde la cintura hacia delante. Con un silbido urgente, la lanza vuela directo hacia Wu Du. Pero con un giro de brazo hacia afuera, Wu Du se mueve aún más rápido que Batu, atrapa la lanza con el brazo y ¡se lanza hacia él!
En ese solo avance y retirada, Wu Du ha anticipado el movimiento de su oponente como si hubiese previsto cada paso, ¡como si fuera Batu quien hubiese caído en la trampa!
Batu suelta la lanza de inmediato y trata de resolverlo por pura fuerza bruta. Wu Du lo enfrenta palma contra palma, y sin un solo sonido, sus qi chocan internamente. Batu cae hacia atrás al instante, con la sangre y el qi arremolinándose en su pecho como una ola; está a punto de escupir sangre.
Wu Du no pierde más tiempo con él. Llama con un silbido a Benxiao, que galopa hacia ellos.
—¡Vamos! —dice Wu Du, levantando a Duan Ling y montando el caballo. Benxiao da media vuelta y se lanza fuera del mar de llamas.
—¿Cómo supiste que estaba aquí…?
Duan Ling apenas logra decir media oración antes de que Wu Du grite, sin responderle:
—¡Agáchate!
Se inclina sobre Duan Ling, presionándolo firmemente contra el lomo del caballo, aplastándolo contra Benxiao. La Lieguangjian en su mano izquierda brilla al cortar, matando a todo el que se les cruce. La sangre salpica por todas partes.
Benxiao se detiene de golpe. Wu Du grita de nuevo:
—¡Tú guía el caballo! ¡Hacia la derecha!
Duan Ling envuelve con los brazos la cabeza del animal y se inclina hacia la derecha; Benxiao entiende al instante y se lanza hacia la retaguardia del ejército mongol. En ese momento, las tropas mongolas aún están reuniendo una unidad de arqueros para resistir la segunda oleada de toros en llamas, pero jamás se imaginaron que de pronto un caballo con dos hombres estarían corriendo hacia la retaguardia.
Con un tajo de la Lieguangjian, Wu Du abre un camino ensangrentado. Las flechas vuelan por todas partes. Mientras Benxiao se abre paso por la formación enemiga, otro grupo de toros en llamas corre hacia las tiendas a toda velocidad, con el fuego encendido en sus lomos. Duan Ling suelta un grito salvaje, y justo cuando parece que van a estrellarse contra los toros, Wu Du envaina la espada y le envuelve con ambas manos la cabeza para protegerlo. Siguen la carrera de Benxiao que arrolla a todo lo que encuentra, galopando sin freno. Y así, logran atravesar la formación de toros desbocados.
