Era un hombre vestido de negro. Duan Ling no tiene tiempo de reaccionar: frente a él destella un resplandor frío, una fina aguja vuela directo a su rostro. Pero en el mismo instante, Wu Du se lanza sobre él y ambos caen desde lo alto de la torre de vigilancia.
Otras tres agujas vuelan tras ellos, y acto seguido un sable cae en picada hacia su cabez: ¡otro hombre de negro!
Dos asesinos blanden sus sables, lanzando un tajo al mismo tiempo. En pleno aire, Duan Ling apoya un pie en un escalón y, con una voltereta, se lanza sobre Wu Du, cubriéndolo con la espalda. Los dos sables se hunden en él, pero la Armadura del Tigre Blanco lo protege, y lo único que logran dañar es su túnica exterior. En ese instante, Wu Du ya ha sujetado a Duan Ling y, con una voltereta hacia atrás, pisa el muro interior de la torre. Luego, apoyándose en las estacas de madera, salta y vuela por encima de las cabezas de los asesinos.
Se oye un leve silbido cuando dos ráfagas de polvo se disparan, y los asesinos caen desde lo alto de la torre.
Todo sucede tan rápido que, antes de que Duan Ling entienda lo que Wu Du acaba de hacer, éste ya lo está tomando de la mano y bajando las escaleras a toda prisa. Los dos hombres de negro salen corriendo de la torre de vigilancia uno tras otro.
Afuera, Sun Ting da órdenes a sus subordinados para que registren las ruinas. Al ver de pronto a gente salir disparada de la torre, se sorprende y ruge:
—¡¡Asesinos!!
Los soldados desenvainan sus armas.
—¡Apártense! —grita Wu Du.
Frente a ellos, los hombres de negro corren a toda velocidad; Duan Ling prepara y tensa su arco al instante, disparando dos flechas. Al oír el silbido de las flechas surcando el aire, uno de los asesinos rueda para esquivarlas. Al incorporarse, sigue corriendo hacia el Xunshui. Parece que va a lanzarse al río, pero tropieza consigo mismo justo antes de saltar.
Ambos están a punto de desplomarse al suelo al mismo tiempo. Wu Du sigue allí, de pie, sosteniendo la mano de Duan Ling, cuyo corazón late con fuerza mientras observa a los dos asesinos retorciéndose de dolor en la orilla, sacudidos por espasmos hasta que, por fin, se encogen en el suelo.
Los soldados se acercan despacio, preguntándose de dónde habrán salido esos dos.
—No los toquen —ordena Wu Du, y se acerca a los cuerpos junto a Duan Ling.
—¿Es tu veneno? —pregunta Duan Ling.
—Sí. —Wu Du frunce el ceño y, con una rama, baja la máscara de uno de los hombres.
—¿Los conoces?
Wu Du no está seguro; sacude la cabeza lentamente.
—No parecen mongoles.
—¿Podrían ser…? —Duan Ling frunce el ceño mientras observa el rostro de Wu Du. Este le sostiene la mirada.
—Es posible —susurra Wu Du.
Duan Ling se refería a si podrían haber sido enviados por Cai Yan, y Wu Du también lo ha pensado. Pero no pueden hablar mucho del asunto delante de otros.
—¿Eran mongoles? —pregunta Sun Ting—. Eso fue muy peligroso.
Duan Ling sigue absorto en sus pensamientos y asiente.
—Déjenlos aquí. No toquen los cuerpos.
Sabe que Wu Du usó un veneno letal de inmediato porque temía un peligro inminente para su vida, pero le sorprende ver lo rápido que surtió efecto. Rara vez ha presenciado en persona esta habilidad en particular de Wu Du, y de algún modo se le había olvidado que su especialidad es el veneno.
—¿Todavía quieres subir ahí? —le pregunta Wu Du.
—Sí —responde Duan Ling.
El ambiente se ha vuelto grave de repente después de lo ocurrido, pero aún deben cumplir con lo que vinieron a hacer. Sun Ting quiere inspeccionar la zona, y Duan Ling iba a detenerlo –después de todo, con sus habilidades marciales, incluso si encontraran a los asesinos, no serían rival para ellos–, pero Wu Du le hace una seña con la mirada para que lo deje ir. Mejor no decir nada; así evitaba herir su orgullo.
Una vez que están de nuevo dentro de la torre de vigilancia, Wu Du dice:
—Probablemente eran parte de la Guardia Sombra.
—¿Cuántos miembros tiene la Guardia Sombra?
—Exactamente cien. Es prácticamente imposible deshacerse de ellos.
—Está bien. En realidad, ha sido una suerte que se hayan revelado justo ahora. De lo contrario, si hubieran elegido atacar cuando tú no estás cerca, probablemente ya estaría muerto. ¿Qué veneno usaste?
—Disolución Vital. El veneno hace efecto en cuanto entra en contacto con los ojos o la boca, y la muerte llega tras dar cien pasos.
—¿Es común?
—No. Es uno de los pocos venenos que pueden matar al instante.
Cuando Duan Ling empezó a vivir con Wu Du, siempre estaba en tensión, temiendo volcar alguna botella y morir al instante. Pero con el tiempo se dio cuenta de que Wu Du rara vez usaba venenos letales sin advertencia previa, así que comenzó a bajar la guardia. Ver lo de hoy lo ha puesto nervioso de nuevo.
—¿Estarán bien tus manos? —le pregunta Duan Ling. Hace un rato le pareció ver a Wu Du usar la mano para lanzar el veneno.
—No te preocupes. A la hora de envenenar se usa el qi para dirigir el polvo, así que no se queda en las manos.
Incluso después de subir a la torre de vigilancia, Duan Ling sigue algo inquieto, por lo que Wu Du se enjuaga las manos en un charco de agua de lluvia en el techo. Luego se sienta y hace que Duan Ling se siente sobre su pierna; los dos se quedan mirando a lo lejos.
—Me pregunto cuántos hombres ha enviado la Guardia Sombra —dice Wu Du—. Ni siquiera Ye es segura. Tendré que encontrar el momento para ocuparme de esto.
—Podemos mandar un mensajero con los cuerpos de vuelta a Jiangzhou. Si la corte imperial logra identificarlos, podría servirle de advertencia.
—Con Wuluohou Mu allí, no permitirá que los cuerpos sean escoltados de regreso a Jiangzhou —responde Wu Du.
Duan Ling piensa que eso también es cierto: Lang Junxia sin duda se encargará; seguramente es un experto en asesinato y borrar toda evidencia. Si mandan un escolta para llevar los cuerpos de vuelta a Jiangzhou, lo único que conseguirán será sacrificarlo en vano.
—Ya no tienes que preocuparte por esto —le dice Wu Du—. Este es un asunto del que debo preocuparme yo.
Duan Ling asiente. Sabe que, con Wu Du a su lado, no hay nada que temer. Ya han pasado por tiempos mucho más turbulentos, ¿qué son unos cuantos asesinos más?
Una brisa suave pasa junto a ellos; desde lo alto de la torre de vigilancia pueden ver las montañas y llanuras al otro lado del río. Es el tipo de paisaje que realmente infunde paz y serenidad.
—Si los mongoles vienen desde el norte —dice Duan Ling—, podremos verlos desde la cima de la torre.
—Sí… —responde Wu Du, aunque sigue pensando en los asesinos.
La vista que se extiende ante Duan Ling confirma la hipótesis que había formulado antes de salir de la ciudad.
—Debería haber más aldeas por allí, y es probable que cada una tenga también una torre de vigilancia como esta —añade Duan Ling.
—Ni idea. ¿Quieres ir a ver? —Wu Du vuelve en sí y le pregunta—: ¿Qué quieres hacer?
—Vamos —dice Duan Ling, arrastrando a Wu Du fuera de la torre. Reúne a los soldados y se dirigen hacia un punto en la distancia.
Tal como pensaba, a unas doce millas de donde estaban, encuentran unas ruinas con otra torre de vigilancia. En lo alto de la torre aún queda incluso un soporte para un gong. Cerca hay cuatro casas con tejados de cerámica, construidas aparentemente al azar, y una gran extensión de tierras de cultivo dejadas en barbecho.
Hace más de una docena de años, Chen y Liao libraron una guerra en esta región. Cada vez que los kitanos atacaban, los aldeanos hacían sonar el gong como señal de alarma. Más tarde, los han atacaron a los kitanos, luego los kitanos a los han, y la guerra continuó sin cesar hasta que ambos bandos quedaron exhaustos. Al final, cuando los kitanos se retiraron, incluso los gongs habían sido fundidos y convertidos en acero para forjar armas.
—Ya no vive nadie aquí —dice Wu Du—. De lo contrario, hacer sonar los gongs sería un buen sistema de alerta.
—Cuando sopla el viento, no se oyen —comenta Sun Ting.
—Pero desde aquí se ve a lo lejos —dice Duan Ling—, y si las torres de vigilancia están a doce millas de distancia entre sí, si una enciende una señal de humo, la otra puede verla.
Duan Ling despliega un mapa y les dice a los soldados:
—Vamos a dividirnos y encontrar estas torres de vigilancia. Hagan un croquis y márquenlas. ¡Vamos, hagámoslo ya!
Duan Ling está fuera de sí de la emoción por este descubrimiento: si logra utilizar todas las torres de vigilancia entre Ye y Hejian para construir un sistema de señales de humo como el de las torres de fuego, podrían establecer un perímetro defensivo que se asemeje a una Gran Muralla en miniatura. El ejército mongol tiene que vadear el Xunshui cada vez que quiere cruzar por esta zona, y ya sea que su objetivo sea invadir Ye o Hejian, con la capacidad de transmitir señales entre estos puntos de vigilancia, podrían asestarles un golpe letal.
Wu Du, sin embargo, mantiene todo el tiempo una expresión grave, el ceño tan fruncido como un nudo muerto.
Además de las torres de vigilancia en las llanuras, también pueden construir puestos de vigilancia temporales en las colinas y los acantilados. Al estar apoyados contra las montañas, con un terreno tan escarpado, no tendrán que preocuparse de que los mongoles se apoderen de ellos.
Duan Ling emplea todo el día recorriendo buena parte de su itinerario junto a Wu Du. Al caer la noche, cuando todos los soldados han regresado, se sienta a masticar sus raciones secas mientras observa el mapa a la luz del fuego.
—¿Se te ocurre algo? —le pregunta a Wu Du.
—Por ahora no —responde este, quien ya ha decidido, al menos de momento, dejar de intentar deshacerse de la Guardia Sombra. Luego le pregunta a Duan Ling—: ¿Y tú? ¿Has encontrado algo?
Duan Ling le muestra el mapa. En él están marcadas las torres de vigilancia localizadas por los subordinados de Sun Ting: en total, hay doce entre ambas ciudades, situadas donde antes solían levantarse algunas aldeas, pero son demasiado pocas para formar una cadena de señales de humo.
—No es suficiente —dice Wu Du—. Algunas están demasiado alejadas entre sí.
—Si no hay suficientes, podemos construir más. Aquí, y aquí —dice, señalando—; todas estas posiciones están en las montañas. Podemos levantar pabellones en cada uno de estos puntos y usarlos como torres de señales. Entre los puestos de vigilancia en la montaña podrán comunicarse haciendo sonar gongs; tendremos señales tanto de humo como de sonido.
Los caballos mongoles no son aptos para los caminos montañosos, y el lado sur del Xunshui está lleno de colinas áridas, lo que en realidad resulta ventajoso para construir plataformas de vigilancia. De este modo, combinando señales acústicas y de humo, podrán determinar en gran medida desde dónde están entrando los mongoles.
Y así, realmente ha resuelto el gran problema que le pesaba en el corazón.
Duan Ling decide trazar las zonas de vigilancia en cuanto regrese, y establece treinta puestos, con cinco soldados asignados a cada uno. Los que se ubiquen en las llanuras incluso podrán cultivar algo de alimento para complementar sus raciones.
Al día siguiente, él y Wu Du llegan a Hejian. Duan Ling nota que Wu Du está excesivamente tenso, siempre alerta ante el menor indicio de peligro, en un estado constante de nerviosismo.
—Mi señor Wang. —El teniente Qin, cuyo nombre completo es Qin Long, inclina la cabeza ante Duan Ling.
Días atrás, Qin Long ya había sido reprendido por Wu Du. Qin Long tiene cejas pobladas, ojos grandes y una apariencia bastante presentable. Ha traído a sus subordinados para ofrecer disculpas personalmente a Duan Ling, y hasta ha preparado comida y agua caliente para que tanto él como Wu Du puedan descansar después del viaje.
Hejian está más concurrida que Ye. En tiempos pasados fue la ciudad estratégica de Hebei frente a Liao, y la residencia del comandante se encuentra en el centro de la ciudad, lo que ahora constituye la residencia oficial de Wu Du. Para combatir a los kitanos y facilitar el movimiento de las tropas, la residencia del comandante se estableció de forma permanente en Hejian. Pero nadie habría imaginado que, con los vaivenes de la línea fronteriza a lo largo de los años, Ye acabaría convirtiéndose en el nuevo frente de batalla.
—En realidad, has hecho un buen trabajo defendiendo Hejian —dice Duan Ling, mientras se seca las manos con una toalla caliente.
Qin Long permanece cerca, atendiéndolo personalmente.
—Me halaga, mi señor. Eso se debe únicamente a que los mongoles rara vez pasan por Hejian.
Hejian no es como Ye; antes de que el último comandante general muriera en combate, ambas ciudades eran prácticamente autónomas entre sí. En teoría, el ejército de la ciudad responde al comandante de Hejian, pero en la práctica son fuerzas privadas bajo el mando de Qin Long. Desde el momento en que Duan Ling lo conoció, supo que era un hombre calculador, alguien que sin duda les rendirá pleitesía en apariencia mientras conspira a sus espaldas. Quién sabe, tal vez vio a Duan Ling y a Wu Du desde lo alto de la muralla mucho antes esa noche, y simplemente decidió esperar su momento a propósito.
Cuando Ögedei invadió esta primavera, el último comandante llevó a su ejército al campo de batalla, pero al final no logró resistir hasta la llegada de los refuerzos y acabó muriendo a manos del enemigo.
De no haber sido por Wu Du, el más calificado para ascender a comandante general habría sido Qin Long.
—¿Dónde está el magistrado del condado? —pregunta de pronto Wu Du.
Duan Ling sabe que Wu Du también lo ha notado: aunque Qin Long ostenta el rango de teniente, en la práctica es quien gobierna Hejian. Cuando salieron a recibir al gobernador y al comandante general, el magistrado no se presentó; fue Qin Long el único que los recibió. Lo más probable es que Qin Long lo haya enviado a cumplir alguna tarea para mantenerlo al margen.
Tarde o temprano tendrá que deshacerse de Qin Long, pero no puede simplemente sacar el sable y matarlo aquí mismo: primero debe averiguar qué medidas ha tomado Qin Long contra ellos. Aunque eliminarlo sería fácil, ni él ni Wu Du tienen tiempo que puedan dedicar a Hejian.
Tal como esperaban, Qin Long responde:
—El señor Lin ha salido de la ciudad para inspeccionar las aldeas. No sabía que usted y el general venían, así que ya envié un mensajero a buscarlo.
«Está bien, te dejaré conservar el poder un poco más. Cuando termine de limpiar todo por aquí, volveré para encargarme de ti», piensa Duan Ling.
El otro teniente no se siente bien y se ha quedado en casa. Wu Du tampoco insiste en ese punto; lo único que hace es interrogar a Qin Long sobre la organización del ejército, el salario de los soldados, los suministros, el traslado de personal, entre otros asuntos. A diferencia de los de Ye, Qin Long no se queja de la escasez, y cuando se menciona el tema de las provisiones militares, se limita a decir que él puede encargarse.
—¿Tienen lo suficiente? —pregunta Duan Ling.
—Oh, tenemos suficiente —responde Qin Long con una sonrisa—. No puedo pedirle que cubra los gastos del ejército de su propio bolsillo, mi señor. En Hejian no hemos tenido que luchar mucho en los últimos años, así que logramos arreglárnoslas con lo poco que tenemos.
—Si no tienen lo suficiente, tendrán que pedirlo —dice Duan Ling—. General Qin, no tenga reparos en hacerlo.
—El señor Wang cuida del pueblo como si fueran sus propios hijos; sin duda, una gran fortuna para Hebei. Ahora sólo podemos esperar que se traslade pronto a Hejian y extienda sus políticas aquí para el beneficio de la gente. Eso es lo que todos desean.
—Trasladar la residencia del gobernador fue una intención del anterior señor Lu —responde Duan Ling—. Ahora que yo ocupo el cargo, naturalmente no tengo planes de mudarme.
El antiguo gobernador se había quejado en más de una ocasión de que la ubicación de Ye era demasiado desfavorable y las tormentas de arena demasiado severas, por lo que deseaba trasladarse a Hejian. Pero la documentación que iba y venía demoraba demasiado, y además él mismo quería regresar a la capital, así que el asunto se fue postergando hasta quedar en nada.
No hay forma de que Qin Long quiera que Duan Ling traslade la oficina del gobierno de Hebei de Ye a Hejian; lo dice sólo para tantear qué piensa Duan Ling, y este tampoco tiene intención de mudarse. Sin embargo, le desagradan sinceramente los subordinados que se dedican a presumir su agudeza de esa manera. Sería distinto si Qin Long fuera su superior o un igual, pero no lo es: es un simple teniente al mando de dos mil hombres, defendiendo una ciudad perdida en una frontera remota. ¿Qué sentido tiene jugar a estas intrigas?
—¿Desea que lo transfieran de vuelta a la capital, señor Qin? —pregunta Duan Ling. Estaba pensando que tal vez no sería mala idea escribir una carta en primavera y enviarlo de regreso a la capital. Siempre puede trasladar a uno de los tenientes de Ye a Hejian.
