Antes de iniciar
Tío Imperial es mi danmei favorito y uno de los libros a los que más cariño le tengo entre todos los que he leído. Cuando recién lo terminé, me sobrecogieron muchas emociones, y leer las opiniones de otras lectoras me ayudó mucho a procesarlas. Además, sé que hay opiniones divididas, así que estaré compartiendo algunos ensayos y reseñas traducidos que, aunque no coinciden del todo con mi propia visión, me gustaron. Este es el primero de una serie que estaré subiendo en las próximas semanas ദ്ദി(˵ •̀ ᴗ – ˵ ) ✧.
Zhuangzi soñó una mañana que era una mariposa; Wangdi, corazón roto, reencarnó en un ave solitaria.[1]
Reseña de Tío imperial, de Da Feng Gua Guo
El motivo por el que elegí estos dos versos como título es doble. En primer lugar, porque los sentimientos del príncipe Huai hacia sí mismo son confusos, enredados, como envueltos en niebla. Igual que Zhuangzi, perdido en su sueño, sin saber si era él mismo o una mariposa, si aquello era real o ilusorio: todo es vago, difuso, críptico, difícil de descifrar. En la vida, no solo cuesta entender a los demás, también a uno mismo. Y en lo que respecta al «amor», el príncipe Huai es justamente ese «Zhuangzi soñó una mañana que era una mariposa».
En segundo lugar, como tío del emperador, el príncipe Huai fue regente con poder absoluto, pero no dudó en ir contra la opinión general para apoyar la ascensión del joven príncipe heredero, devolviendo el trono al soberano, como la historia del duque de Zhou asistiendo al rey Cheng[2]. Más adelante, incluso soportó humillaciones y calumnias para actuar como infiltrado: todo conflicto, todo lazo de amor y odio, fueron parte de su esfuerzo por asegurar la estabilidad del imperio de su sobrino el emperador. Una lealtad tan firme y apasionada que el cielo y la tierra podrían dar fe de ella; aun si se arrancara el corazón, regresaría al nido convertido en un ave llorando sangre. En cuanto a la «lealtad», el príncipe Huai es, sin duda, aquel «Wangdi, corazón roto, reencarnó en un ave solitaria».
En cuestiones del corazón, quien está involucrado se halla confundido, mientras que el observador ve con claridad. Para comprender la verdadera naturaleza del amor del príncipe Huai, es necesario salir del limitado punto de vista en primera persona que nos ofrece la novela, despojarnos de cualquier lente teñida de subjetividad y analizar el asunto desde tres ángulos: ¿Cómo era realmente el príncipe Huai? ¿Quién era la persona más adecuada para él? ¿Y quién fue el verdadero artífice de esta tragedia?
I. ¿Cómo era el príncipe Huai?
Ante todo, era un hombre bondadoso y cálido.
Al pensar en el príncipe Huai, siempre viene a la mente una escena: bajo la nevada que cubre el cielo, él levanta uno por uno a sus sobrinos imperiales para que alcancen las ramas de ciruelo en flor. Chengjun (el príncipe Huai) reía con ellos, jugaba con ellos; en medio del hielo y la nieve, él era el único tono cálido dentro de los fríos muros del palacio. Era el guardián de la familia imperial, fuente de luz y refugio para los jóvenes príncipes. La emperatriz viuda lo dijo bien: era más cercano que cualquier tío consanguíneo. El título de «Huai»[3] no pudo estar mejor otorgado: aquel que consuela el corazón, allí donde el alma halla refugio.
Por eso, con su carácter bondadoso, no era apto para ser un infiltrado. Fingir ser un ministro traidor lo desgastaba demasiado; no podía cargar con la culpa moral. Aunque su misión era erradicar a los rebeldes de raíz, antes de que la red cayera y los peces murieran con ella, no pudo evitar proteger a Yun Yu (el hijo del traidor). El mundo de la política está lleno de trampas, engaños y sangre: una lucha sin tregua por ver quién es más despiadado. Y por eso estaba destinado al fracaso. Emprendió una batalla perdida desde el inicio, y aun sabiendo que no tenía salida, eligió seguir adelante. ¿No es precisamente esa ternura en su corazón lo que le dio el coraje para enfrentarlo todo?
Él no era un destructor. Siempre fue un protector: lo fue con el emperador, lo fue con Yun Yu, y lo fue incluso con su esposa infiel.
Además, era un hombre sincero y magnánimo.
Entre él y el gran canciller Liu existía una brecha política imposible de cruzar; entre él y Yun Yu, una red de engaños donde no cabía la franqueza. Sin embargo, sin importar cuán limitante fuera su posición ni cuán peligrosa la situación, él –el príncipe Huai–, una vez que se enamoraba, podía confesarlo con claridad y pureza, entre la luz de los lagos y el verdor de las montañas, en el pabellón junto al agua: «Te amo».
Solo quería decírtelo. No necesitas responder nada. Si esto te causa incomodidad, lo lamento sinceramente. Pero si tengo la fortuna de ser correspondido, entonces te seguiré toda la vida. Para mí, no puede haber nadie más que tú. Si, por desgracia, decides alejarte de mí y cortar todo lazo, también lo entenderé». Sereno, sincero y con el corazón abierto.
El «pabellón junto al agua», en el lago del patio interior, era su rincón secreto. Cuando retiraba la pasarela flotante que lo unía a la orilla, el pabellón quedaba aislado del mundo. Era también su refugio espiritual: un paraíso oculto donde podía reposar un corazón exhausto. El nombre de cortesía del príncipe Huai era Chengjun, y «Jun» (浚) alude al agua, al río Jun. Así, el pabellón «junto al agua» es también el pabellón «junto a Jun». Y solo dos personas tuvieron el privilegio de entrar allí: uno fue el canciller Liu; el otro, Yun Yu.
Cuando el príncipe Huai se enamoraba, lo hacía con el corazón desnudo. Por eso ambos llegaron a habitar, de algún modo, en el interior de Chengjun; pero solo uno pudo acompañarlo a recorrer el mundo, mientras el otro estaba destinado a olvidarlo entre los ríos y lagos del mundo.
Una persona transparente no puede evitar ser ingenua. No piensa en protegerse, y por eso le es difícil esquivar las flechas que llegan por la espalda. Quien se declara primero, siempre lleva las de perder, porque entrega en manos del otro el poder de decidir sobre su vida o su muerte. Si dejas que alguien entre en tu corazón, incluso un leve pisotón suyo caerá justo sobre la carne más sensible y el dolor será insoportable. Ser transparente es, en el fondo, una forma de confianza: se basa en la premisa de que tú no aprovecharás mi vulnerabilidad para hacerme daño. Por eso, cuando llega la traición, la herida es aún más brutal. Esa manera de decir «te amo, por eso confío en ti», ¿no es acaso una forma de ingenuidad? Y toda ingenuidad, al final, tiene un precio.
Por último, él era un hombre solitario y digno de compasión.
No tenía padres que lo acompañaran arriba, ni hijos que corretearan a su alrededor abajo; entre ambos extremos, tampoco había hermanos o hermanas que le sirvieran de apoyo. A su lado, no había nadie que supiera si tenía frío o calor. Vivía solo, su sombra como única compañía. De vez en cuando buscaba un poco de calor efímero en casas de placer, pero lo que encontraba allí era simple entretenimiento, cuando no labios dulces que ocultaban cuchillos. Una cama enorme, incluso con Chu Xun acostado a su lado, seguía siendo un vacío imposible de llenar.
«Por eso, incluso cuando voy al burdel, me siento más solo que los demás».
«Me quedé bajo la galería mirando el cielo, pensando “qué luna tan grande y redonda es aquella, pero yo soy el único en el jardín para contemplarla y beber bajo su luz”. En ese momento, la soledad me pareció insoportable».
«Por lo general, no le doy importancia, pero esta noche, mientras estoy sentado bajo una luna solitaria, a la sombra de los árboles, una súbita sensación de soledad me embarga. Dondequiera que vaya, solo encuentro palabras falsas, tan falsas que ya no puedo distinguir lo verdadero».
No se trata solo de soledad emocional, sino también de aislamiento político. Quienes lo adulaban, lo hacían con intenciones ocultas; aquellos a quienes admiraba, lo desdeñaban y no querían mezclarse con él. A los más jóvenes que él, los toleraba; pero los mayores, no podían tolerarlo a él. Su lealtad apasionada no despertaba confianza, y su rebeldía frente a la ortodoxia solo provocaba rechazo. Pero, ¿a quién podría culpar por eso? Alguien que no se alinea con ninguna facción ya está destinado a sentirse más solo que los demás. Más aún si ha decidido, por voluntad propia, convertirse en infiltrado. Hay caminos que, una vez elegidos, ya no permiten volver atrás. Y justamente por esa soledad, valoraba más que nadie lo que tenía.
Ya fuera al servir con lealtad absoluta a Qizhe (el emperador), o al cederlo todo sin reservas ante Qitan, ¿además del deber y la responsabilidad como tío imperial, no habría también en ello un aprecio aún más profundo por los lazos de sangre?
Tan profundo que incluso a su único amigo («Toda esta amistad que tengo con Yun Yu es algo que obtuve a base de engaños») le cedió su última vía de escape, pues valoraba ese vínculo más que cualquier distinción entre el bien y el mal. Él perdonaba a los demás, y los demás, en cambio, urdían planes para destruirlo por completo.
¿Quién fue capaz de valorarlo como él valoraba a los demás? La silueta solitaria que bebe bajo la luna fue siempre la de un hombre triste y solitario.
Si el destino lo permitiera, y algún día volvieran a encontrarse en los caminos del mundo, podría mirarlos con calma y decir: «Así era la situación; no nos debemos nada».Eso, al menos, en términos de razón. Pero en cuanto a sentimientos, no hay uno solo que pudiera alzar la cabeza ante él sin una pizca de culpa. Todos, sin excepción, le quedaron debiendo demasiado.
Al principio, cuesta entender por qué el príncipe Huai quiso quitarse la vida (aunque hubiera fingido). En esta partida dentro de otra partida, aunque él perdió, los rebeldes fueron eliminados y el imperio quedó asegurado. Aunque cargaba con una falsa acusación, las pruebas eran insuficientes y el delito no ameritaba la pena de muerte. Además, el emperador aún lo protegía. El único príncipe del linaje imperial capaz de limpiar su nombre estaba grave y en coma, pero aún quedaba la esperanza de que despertara. Y aunque no lo hiciera, él todavía podía demostrar su inocencia por sí mismo.
Pero pensándolo bien… sí, después del desmoronamiento del sueño, ya solo quedaba ese camino.
El príncipe Huai tenía dos sueños.
Uno era el sueño de realizarse así mismo: de joven, una caída lo dejó con una discapacidad, y con ello se cerró para siempre la puerta del campo de batalla. Le quedó solo un título vacío. Sin embargo, la figura ejemplar de su padre y la fidelidad constante de una familia siempre objeto de sospecha lo impulsaron a no resignarse a una vida mediocre y marchita. Soñaba con hacer una gran hazaña, una proeza colosal de lealtad y coraje, que redimiera el nombre de su linaje, ganara gloria personal, asegurara el trono del clan Jing y trajera paz duradera al pueblo.
El otro era el sueño de un amor sincero: durante diez años, admiró en silencio al canciller Liu, sin esperar nada a cambio. Con solo compartir una partida de ajedrez o una charla casual, ya se sentía dichoso por varios días. Más tarde, su afecto se volcó hacia Yun Yu, a quien empezó protegiendo por deber, pero acabó queriéndolo de verdad. Mientras él viviera, no permitiría que nada le ocurriera a Yun Yu.
Lamentablemente, ninguno de esos sueños pudo cumplirse. ¡Su confianza fue traicionada con frialdad; su dignidad, pisoteada sin piedad! Lo único que le quedó fue el destino de un hombre completamente solo, traicionado por todos, incluso por los suyos. Él, el príncipe Huai, se convirtió en un chiste. El más tonto entre los tontos. Ya era un hombre solitario y triste, y ahora, además, se volvió un bufón ridículo ante los ojos del mundo: «Todo lo anterior no fue más que una ilusión de un lisiado; un ataque de delirio al imaginar que mis afectos eran recíprocos. De repente me encuentro temiendo que el príncipe Zong se despierte. En este preciso momento, soy por lo menos un traidor que trató de apoderarse del trono, aunque el intento haya sido infructuoso. Si la verdad sale a la luz, ¿qué me queda por ser? Nada en absoluto. Un bufón sin nada a su nombre».
De este mundo lleno de cálculos y maniobras, él ya estaba completamente hastiado.
«Desde tiempos inmemoriales, cuánto sacrificio dado en nombre de la amistad, cuánto heroísmo apasionado no ha sido más que una jarra de buen vino, una borrachera profunda y una noche de buenos sueños».
El sueño puede terminar, pero no debe romperse.
Si se rompe, solo queda un camino.
Siempre he creído que, en el fondo, el príncipe Huai tenía una inclinación hacia la autodestrucción.
En teoría, una misión tan peligrosa como la de ser un infiltrado, al menos debería haber sido informada al emperador. Si hubiese actuado en conjunto con su sobrino, fingiendo el drama entre ambos, ¿no habría tenido mayor efecto que lanzarse solo al fuego? Hay que mirar al canciller Liu: trabajó con el emperador y terminó como el gran vencedor. Además, el actual monarca era sabio y siempre le había tenido un afecto especial, por lo que bien pudo haber evitado depender del otro príncipe y haber rendido cuentas directamente al emperador. Pero él, precisamente, eligió no hacerlo. Prefirió arriesgarse personalmente. ¿Acaso eso no revela una inclinación hacia la autodestrucción?
Y luego está el tema de la descendencia:
«En aquel entonces pensaba que debía ser agotador para la emperatriz viuda y mi sobrino emperador preocuparse tanto por mí. En el mejor de los casos, si llegara a tener descendencia, solo acabarían en la misma situación que yo». Así que decidió que la línea del príncipe Huai terminaría con él.
Negarse voluntariamente a tener descendencia, incluso forzarse a vivir en contra de su propia naturaleza… ¡es de una crueldad extrema consigo mismo! Entre todos los príncipes y altos funcionarios, incluso entre los tres grandes «cánceres del reino», ¿acaso hubo alguno que, por tranquilidad del emperador, decidiera cortar de raíz su linaje? El verdadero punto está en esa frase: «solo acabarían en la misma situación que yo». En otras palabras, pensaba que vivir como él era peor que no haber nacido. ¿Cuánta desesperanza por la propia vida se necesita para decir algo así? El hecho de no querer tener descendencia no es más que una prolongación de esa inclinación autodestructiva.
A eso se suma aquel accidente de juventud, cuando cayó del caballo y quedó con una discapacidad, lo que tiñó de sombras una vida ya sin esperanza:
«Todavía recuerdo que Qitan y los otros niños me seguían a menudo, gritando: “¡Tío lisiado! ¡Tío lisiado!”, mientras cojeaban deliberadamente a mi alrededor con cada paso que yo daba.
Yo era todavía joven en ese momento y no podía evitar encontrarlo difícil de escuchar y de ver. Entonces, mi madre me dijo que la malicia de un niño también es ingenuidad. Un día fui al palacio con un adorno de cinturón de cuerno de vaca colgando a mi lado que mi padre trajo, por lo que los pequeños príncipes que me seguían me miraban con impaciencia. Mientras caminaba por un pasillo sinuoso, Qitan saltó de detrás de una columna y se abalanzó sobre mí, se agarró a ese adorno y me miró fijamente, con los ojos grandes abiertos de par en par.
—Lo quiero.
Desaté el adorno. Qitan me enseñó felizmente sus dientes delanteros y me alargó la mano.
—Gracias, tío lisiado.
Levanté la mano y aparté el adorno de su alcance.
—¿Cómo me llamaste?
Qitan se puso de puntillas, pero por más que lo intentó no pudo alcanzarlo. Se agarró a mi túnica y parpadeó.
—Gracias, tío.
Le entregué el adorno. Qitan lo sostuvo felizmente en sus manos; incluso me dejó acariciar su cabeza.
La mayoría de las veces, me he ganado a estos sobrinos míos poco a poco, sin más».
Hasta el afecto y la dignidad tenía que comprarlas. Llegados a este punto, resulta inevitable sentir cierta tristeza. En cuanto a la manera en que después cedía a todas las exigencias de Qitan, ¿cuánta tristeza contenía esa incapacidad de negarse?
Hay veces en que, al ver la vida con tanta claridad, uno se da cuenta de que realmente ya no tiene mucho sentido. Por suerte, su carácter era adaptable y tenía una gran imaginación. Gracias a eso, aún lograba seguir viviendo. Pero el súbito desmoronamiento del amor y la traición de todos a su alrededor hicieron que, en efecto, no quedara nada por lo que aferrarse en la vida presente.
Desde siempre, hubo dos caminos que marcaron al príncipe Huai: uno era el de las hazañas militares de su padre; el otro, el del retiro en los márgenes del mundo que siguió su madre. El primero, recorrido hasta el final, resultó ser un callejón sin salida; sólo quedaba, entonces, tomar el otro.
II. ¿Quién era más adecuado para él?
Para hablar de esto, primero hay que entender qué es lo que el príncipe Huai realmente deseaba. Escuchemos lo que él mismo dijo:
«La verdad es que eso es todo lo que siempre he querido; tener a alguien que realmente me lleve en su corazón, y que yo lo lleve en el mío. Que hablemos, tomemos té, conversemos todos los días y no nos cansemos hasta la muerte. Eso es suficiente». «La verdad es que yo también deseo tener a alguien así a mi lado. Alguien cuyo corazón solo me anhele a mí, y al que el mío solo anhele a él; algo duradero, lento, constante… simplemente estar juntos».
En resumen: días tranquilos, amor correspondido.
Con este estándar, Qi Zhe queda claramente descartado: «Él y yo somos, después de todo, tío y sobrino. Además, él es el emperador. Aunque sepa que sus sentimientos hacia mí exceden los de un simple lazo familiar, debo fingir que no me doy cuenta». Como alguien comentó una vez: «Se desvive esperando que el canciller Liu o Yun Yu lo llamen “Chengjun”, pero es completamente ciego ante quien lo ha llamado así desde siempre». Porque con el emperador es imposible hablar de una vida tranquila y apacible, mucho menos cuando se trata de un amor incestuoso.
En cuanto a Chu Xun, no fue más que un consuelo físico. En uno de sus momentos de mayor vacío, el príncipe Huai le pidió que lo llamara «Chengjun» una sola vez. Chu Xun guardó silencio unos segundos, y luego le respondió suavemente, con solo tres palabras: «No me atrevo». Era alguien que, en el fondo, nunca pudo realmente consolar su alma. Por eso, como también dice la autora, comparado con las traiciones de los demás, lo de Chu Xun apenas cuenta; en el corazón del príncipe Huai, él no ocupaba lugar.
Yun Yu, en cambio, según la propia visión del príncipe Huai, sí parecía encajar con lo que él anhelaba: «Mirando hacia atrás, todos estos años, el que ha bebido conmigo, el que ha bromeado y conversado conmigo, ha sido Yun Yu. Nunca antes nadie se había acercado tanto a mí; y ahora, sólo él está a mi lado. Quizá en el futuro ya no haya nadie más». Entonces, ¿esta afinidad de espíritus, esta camaradería regada de vino y flores, como la de Bai Juyi y Yuan Zhen, realmente se puede llamar «días tranquilos, amor correspondido»? Eso es algo que aún merece ser meditado.
Porque, a diferencia de Bai Juyi y Yuan Zhen, Yun Yu jamás le fue sincero al príncipe Huai. Nunca, ni una sola vez, le dijo la verdad. Incluso cuando el príncipe Huai, abriéndole por completo su corazón, lo llevó al pasadizo secreto, Yun Yu seguía calculando contra él. Claro, a diferencia del príncipe Huai, Yun Yu tenía sus propias dificultades: su origen era aún más desafortunado, y estaba en juego la vida de su padre. Si el príncipe Huai fracasaba, tenía mil formas de escapar; si Yun Yu caía, su familia entera no tendría salida. La tragedia de Yun Yu era una tragedia familiar, sellada desde su nacimiento. No tenía elección. Todo eso se puede entender. Sin embargo, como dijo un juez tras la caída del Muro de Berlín, al juzgar a los soldados que dispararon: «Es cierto que tenían órdenes de abrir fuego, pero nadie los obligó a acertar».
Una cosa es no tener otra opción; otra muy distinta es hasta dónde se está dispuesto a llegar.
Cada vez que el príncipe Huai, sinceramente, trataba de persuadirlo de que no se uniera a la rebelión, Yun Yu solo sabía provocarlo, empujarlo una y otra vez por el camino de la traición. El príncipe Huai, por él, fue capaz de renunciar a su sueño de gloria, fingir un fracaso, y proponerle retirarse juntos del mundo. Y la respuesta que recibió fue el filo reluciente de una espada en manos de Yun Yu.
No estoy haciendo un chantaje moral, ni acusando a Yun Yu de ser demasiado frío. Después de todo, una vez que se logró el objetivo y el príncipe Huai fue encarcelado, Yun Yu planeó suicidarse con veneno. Solo pienso que, en cierto modo, hay una gran diferencia entre el carácter de Yun Yu y el del príncipe Huai. Uno es despiadado, agudo y resuelto; el otro, bondadoso, cálido, franco e inocente. Por eso, aunque ambos se enamoraron, uno creyó y el otro no; uno fingió que era real, y para el otro, lo real también era falso.
Una persona como Yun Yu nunca estuvo destinada a algo como «días tranquilos, amor correspondido» sino más bien a «mundo despiadado, pasión tortuosa».
Yun Yu tiene otro «punto débil fatal»: su (espiritual) «obsesión por la pureza». Incluso cuando visitaba burdeles, «solo se divertía con cortesanas vírgenes». Cuando el príncipe Huai le confesó sus sentimientos: «Él cierra su abanico, la comisura de su boca se levanta, pero ríe. “Su alteza, sus confesiones de amor han sido dadas a muchos por turnos, y supongo que finalmente es el mío», lo que realmente le molestaba era: ¡No soy el primero! La lógica de Yun Yu era esta: si de verdad me quisieras, me lo habrías dicho primero, no a otros. Si solo puedo ser el segundo, entonces no quiero ese sentimiento, y prueba que tu confesión no vale nada. Y como no vale nada, no logrará que deje de tramar contra ti.
Esto inevitablemente nos recuerda la escena de El sueño del pabellón rojo en la que Daiyu, al recibir las flores de la corte, pregunta con ironía a la señora Zhou Rui: «¿Son solo para mí, o las demás señoritas también las tienen?». Cuando esta responde: «Las demás ya han recibido las suyas, estas dos son para la señorita», Daiyu replica con una sonrisa fría: «Ya lo sabía. Si no fueran lo que sobró de las otras, no me las darían». Esa misma frialdad, esa misma mordacidad. La lógica de Daiyu es idéntica a la de Yun Yu.
Por eso la autora dice que Yun Yu es de esos que «si no es todo, no lo quiero».
En resumidas cuentas, Yun Yu realmente no era adecuado para el príncipe Huai. Incluso si hubieran dejado atrás sus rencores y luchado por estar juntos, no habrían sido felices. Solo con la persona correcta el amor crece; con la equivocada, por mucho que haya, se agota en el forcejeo.
Muchos lamentan el amor de Yun Yu, pensando que «lo que no se obtiene es lo mejor», pero a menudo, lo que no se obtiene simplemente no era lo correcto.
Quizá alguien pregunte: «¿Acaso este amor que los arrastró a una situación de vida o muerte no es prueba de que el príncipe Huai amaba profundamente a Yun Yu?».
¿Lo es?
Si el canciller Liu estuviera al borde de la muerte, ¿acaso el príncipe no lo salvaría? Si fuera Qizhe quien intentara huir, ¿no le revelaría el pasadizo secreto? Juzgar su amor solo por esto sería simplista.
Además, ¿acaso el príncipe Huai salvó a Yun Yu únicamente por amor? Basta con ser «el único amigo que le quedaba» y el hecho de que «nunca hubiera cometido una sola falta contra el imperio» para que el príncipe decidiera perdonarlo. Así pues, si el príncipe Huai lo salvó, fue una parte por amor, dos partes por justicia y tres por lealtad.
Su relación comenzó con un beso nacido del equívoco y se desvaneció cuando la verdad de sus orígenes salió a la luz; surgió de intenciones ocultas y terminó en deudas mutuas. «Al principio era falso, y aunque lo falso pudiera volverse real, al final seguía siendo falso».
El canciller Liu era, en realidad, la persona más adecuada para el príncipe Huai.
Era un hombre prudente, meticuloso, de apariencia fría pero corazón ardiente. Nunca le mintió al príncipe; como mucho, desviaba la conversación con habilidad, evitando responder directamente, pero jamás lo engañó. Una y otra vez, el canciller Liu volvía a buscarlo, esperando en silencio a que el príncipe recapacitara. Y siempre, en los momentos de mayor necesidad, estaba a su lado para ayudarlo a superar las adversidades. «Días tranquilos, amor correspondido» podría muy bien ser una descripción hecha a medida del carácter del canciller Liu.
Influenciado por el ejemplo de integridad y lealtad de su padre, el príncipe Huai siempre admiró al canciller, «un pilar inquebrantable en medio de la corriente turbia». El canciller Liu era como un espejo que reflejaba la mejor versión del príncipe:
«Él y yo nunca seríamos el mismo tipo de persona. Fue como si se hubiera trazado una línea clara y llana allí mismo, ante mis ojos: él estaba en un lado, en las aguas cristalinas de un lago bajo la brillante luz del sol; yo estaba en el otro, sumergido en un caldo de fideos turbio. A nuestro alrededor, hay sombras en la luz, hay luz dentro de las sombras, pero nada de ello tan puro como el trozo de cielo azul sobre su cabeza».
«Si en el futuro llegara a realizar una hazaña de lealtad lo bastante grande como para conmover al cielo y a la tierra hasta las lágrimas, quizá esa línea podría desvanecerse. Y si entonces le pidiera caminar conmigo, lado a lado, en espíritu y en cuerpo, ¿aceptaría?».
«Aunque Liu Tongyi siempre está en mi mente, nunca he pensado en que hagamos esto o aquello; a lo sumo, he imaginado que eso que acabo de mencionar pudiera hacerse realidad, nada más. Tal vez podríamos jugar una partida de Go de vez en cuando, conversar, compartir una tetera… cosas de ese tipo. Eso sería suficiente».
El amor verdadero siempre despierta lo mejor de nuestra humanidad y nos recuerda constantemente que debemos ser una versión más noble de nosotros mismos. «Te amo no solo por cómo eres, sino por cómo soy yo cuando estoy contigo». Días tranquilos y amor correspondido. La elegancia y el porte del canciller Liu eran como una brisa primaveral para el príncipe Huai. Los retratos pintados por el propio príncipe –cada trazo de tinta capturando la figura de Liu Tongyi, cada poema dedicado– revelaban una admiración inquebrantable de diez años, conmovedora en su profundidad. Liu Tongyi no era solo el lunar bermellón en el corazón del príncipe, sino también la luz de luna frente a su lecho, e incluso un «pabellón junto al agua» en otro sentido: en el juego del poder, el canciller Liu era un Edén inalcanzable.
Por eso, afirmar que el príncipe se conformó con el canciller distorsiona por completo la esencia de la novela. El canciller Liu fue, precisamente, el primer amor del príncipe Huai. No olvides la razón de porqué comenzaste algo (corazón inicial / 初心), y lograrás tu propósito.
Algunos argumentan que la vida con el canciller Liu sería demasiado sosegada, incluso aburrida con el tiempo (como sugiere el extra Borracho). Pero en Borracho, lo que el príncipe Huai buscaba NO era un condimento para el amor pasional (al final, terminó tirando el vino de coco). Lo que anhelaba eran las palabras sinceras que el canciller Liu dejó escapar entre el alcohol: «Pero porque te amo, una y otra vez, volvía a buscarte… Sabía que pensarías que soy correcto y aburrido, pero aun así quería estar contigo…». Por eso, el príncipe no estaba hastiado «de días tranquilos», sino que buscaba confirmar aquel «amor correspondido».
En la juventud, se cree que el amor debe ser ardiente, dramático, una epopeya sentimental para que valga la pena. Pero el príncipe Huai, ya curtido por los vaivenes del destino, comprendía una verdad más profunda: «El agua de las altas montañas no necesita palabras[4]. El color más puro es el incoloro, y el silencio, la mejor sinfonía».
III. ¿Quién fue el artífice de esta tragedia?
El peso de la culpa, sin duda, recae sobre el canciller Liu.
En medio de este torbellino político, la mayoría apenas alcanzó a vislumbrar una esquina del panorama, sin comprender la verdad; arrastrados por la marea, nadie pudo sustraerse a ella. No se les puede reprochar. Sin embargo, en un momento decisivo de la historia, el trágico triángulo amoroso pudo no haberse consumado; aquella absurda cadena de malentendidos y engaños pudo haberse evitado; incluso la tendencia autodestructiva del príncipe Huai pudo haber encontrado redención. Ese instante debería ser el momento en que el príncipe Huai le confesó sus sentimientos al canciller Liu.
Si Liu Tongyi hubiera sido lo suficientemente valiente, si hubiera respondido al llamado del príncipe, este le habría revelado su plan de infiltración (pues sus objetivos eran los mismos). Juntos habrían guiado al emperador para aplastar la rebelión: en la corte, como aliados políticos; en privado, como amantes. Ninguno de los horrores posteriores habría ocurrido.
Pero el canciller Liu lo rechazó.
Y la razón fue: «El corazón del príncipe Xiang ya descansa en el monte Wu; ¿qué necesidad tiene entonces de dormir hablando de Jiangnan en sus sueños?».
Es decir, si el príncipe Xiang ya está prendado del monte Wu, ¿qué necesidad hay de recordar a Jiangnan incluso en sueños?
El príncipe Xiang se refiere al príncipe Huai. El monte Wu alude al verso «Fuera del monte Wu, no hay nubes verdaderas», donde «nubes» (云, yún) es el nombre de Yun Yu (云毓 / yún yù), cuyo nombre además es un homófono de «nube y lluvia» (云雨 / yún yǔ), una referencia velada a la lluvia amorosa del monte Wu. «Jiangnan» (江南) evoca indirectamente el apellido «Liu» (柳, sauce), del canciller Liu. El significado de estos versos es: «En realidad, tu corazón ya pertenece a otro, ¿por qué sueñas siquiera conmigo?».
La lógica del canciller Liu era: «Dices que me amas, pero sé que en verdad amas a alguien más».
¡Qué absurdo! ¡No sabes nada!
Pero, desde la perspectiva del príncipe Huai, si uno rebusca en lo más profundo de sus pensamientos, solo hallará un rayo de luz primaveral: el canciller Liu. ¡Su diosa del monte Wu siempre fuiste tú! No las «nubes», ¡tú!
¿Qué nubes podrían nublar su vista? ¡La primavera solo reside en el sauce del muro palaciego!
Después de diez años de amor, una vez rechazado, el golpe emocional para el príncipe Huai fue inimaginable. Por eso, después, terminó buscando a Yun Yu: mitad por el malentendido de Liu, mitad por el vacío y la soledad tras el desamor.
El rechazo del canciller Liu pudo deberse a: autocontrol (por algún plan mayor), una inexplicable inseguridad, pero, sobre todo, la convicción de que el príncipe Huai no amaba al Liu Tongyi real, sino a una versión idealizada.El verdadero Liu Tongyi no era ningún «canto puro de primavera y nieve blanca», sino alguien oculto en las sombras, hábil en el arte de la intriga.
Aquel joven diáfano era una imagen que el príncipe Huai pintó con su propia imaginación, no el Liu Tongyi de la realidad.
Pero, dígame, canciller Liu: ¿se atreverías a responder una pregunta? Cuando uno se enamora, ¿quién puede ver con claridad al objeto de su adoración? Todo enamorado mira a su amado a través del filtro de la idealización. Como dice el refrán: «A los ojos del amante, hasta la fea se vuelve una gran belleza». ¿Acaso el amor embellecido deja de ser verdadero amor? (¡Hasta Romeo veía a Julieta como un ángel con alas, y nadie osaría decir que su amor no era real!).
Yendo aún más lejos: si dices que él no te conoce porque siempre te observó desde lejos y apenas hubo contacto, entonces, por la misma lógica, tú tampoco conoces al verdadero él. Y si no lo conoces, ¿con qué derecho aseguras que él ama a otro?
Hay que ver, al final volvemos al viejo dilema: «Tú no eres un pez. ¿Cómo sabes que los peces son felices?». «Tú no eres yo. ¿Cómo sabes que yo no sé que los peces son felices?»[5]. ¡Qué ceguera, canciller Liu!
«Esta pasión pudo fijarse para siempre en la memoria. Sólo que, en el momento, estaba ya como ausente»[6].
Vayamos aún más lejos, aun suponiendo que existiera la posibilidad de que no fueran compatibles, eso solo podría saberse después de convivir. ¿Acaso la declaración del príncipe Huai no era una invitación a conocerse? ¿Y no fue tu rechazo, canciller Liu, el verdadero punto de partida de toda la tragedia?
El cielo te ofreció la oportunidad, y tú la rechazaste; el momento te fue dado, y tú no lo tomaste. Todos los resentimientos posteriores no son más que el precio de haberse perdido el uno al otro.
¡Por suerte, el final fue «al fin te encontré, y valió la pena la espera»! Tras dar mil vueltas, descubrieron que la persona real era, al final, la misma que estaba en la pintura. «Al principio, ver una montaña es ver una montaña; luego, ver una montaña ya no es ver una montaña; al final, ver una montaña vuelve a ser ver una montaña».
Era, sin duda, amor verdadero.
Algunos piensan que el príncipe Huai, con sus idas y venidas hacia el canciller Liu, lo trataba como un simple repuesto. Especialmente esa frase de Liu: «Me has asustado tres veces… ya no puedo más…», resulta tan dolorosa que hace parecer al príncipe Huai un poco ruin.
Pero, ¿cuál es la verdad? ¿De verdad se le puede culpar al príncipe Huai? ¿Acaso el canciller Liu le dio alguna vez, aunque fuera una sola vez, una muestra clara de sus verdaderos sentimientos? Antes podía escudarse en que tenían posturas políticas distintas y no podían estar juntos, pero… ¿y después? Cuando el príncipe Huai le prometió «en la próxima vida», si el canciller Liu hubiera dicho: «¡Yo quiero esta vida!», el príncipe Huai, al despertar, no se habría marchado solo.
El canciller Liu, una y otra vez, parecía estar esperando pasivamente, pero en realidad fue él quien empujó al príncipe Huai hacia Yun Yu (¡vaya «ayudante»!).
El príncipe Huai le confesó claramente sus sentimientos, y el canciller Liu lo rechazó con la misma claridad. Si Liu Tongyi no cambiaba su postura, el príncipe Huai no tenía derecho a insistir.
Y esa confesión por parte de Liu Tongyi… no apareció sino hasta los extras (¡y ni siquiera está incluida en la edición impresa!). ¡Ay, canciller Liu, canciller Liu! ¿No te das cuenta de lo cobarde que fuiste? ¡Es para desesperarse!
[Análisis de 那个夏天 en Zhihu, 24 de noviembre de 2017]
[1] Poema de Li Shangyi, traducción de Miguel Ángel Petrecca.
[2] Para entrar en contexto, aquí.
[3] Más información sobre el carácter “怀”, aquí.
[4] O, “el entendimiento entre amigos no necesita palabras”.
[5] Más sobre esta historia, aquí.
[6] El verso final del poema que cita al inicio.
