Medio mes después, Tang Heng se reúne con Fu Liling.
Madre e hijo están sentados frente a frente en el sofá de su antigua residencia. La casa está muy desordenada, evidenciando la prisa con la que Fu Liling fue llevada para ser interrogada. Ella ha perdido mucho peso, pero aun así se maquilló cuidadosamente, por lo que no parece demacrada.
—¿Volverán a buscarte? —pregunta Tang Heng en voz baja.
—Probablemente no —contesta Fu Liling con una sonrisa, tratando de consolarlo—. Pero esta vez tuvo un costo, tu herencia se reducirá en el futuro.
Tang Heng no responde a sus palabras y vuelve a preguntar:
—¿Y qué pasó con Tang Guomu?
—Está acabado esta vez. ¿Aún no lo saben?
—¿Qué pasó?
—Mo Wen, tu tía, presentó de pronto muchas pruebas la semana pasada. Todos estos años, aunque parecía no prestar atención a nada, en realidad había estado vigilando de cerca a Tang Guomu.
De repente, Tang Heng recuerda lo que Sun Jihao le dijo en Guizhou: «Así fue como tu tía se casó con tu tío».
Tang Heng tarda unos minutos en asimilar esta noticia, y luego se siente abrumado por una mezcla de emociones: ¿Es el destino? Fue por lo que Sun Jihao dijo sobre Lu Yue que él y Li Yuechi volvieron a Wuhan para investigar la muerte de Tian Xiaoqin. Ahora se da cuenta de que otra víctima, su tía, había estado esperando pacientemente durante más de veinte años… Parece que, de alguna manera, todas esas mujeres heridas nunca habían renunciado a su lucha, aunque el resultado de esa lucha llegó demasiado, demasiado tarde.
—Puedes volver a Macao ahora, pero seguro que te contactarán más adelante… —Fu Liling suspira suavemente, dejando sus palabras en el aire, mientras las lágrimas empiezan a caer de sus ojos.
—Mamá —dice Tang Heng, sacando rápidamente un paquete de pañuelos del bolsillo—, no llores.
—Estoy bien, estoy bien… —Fu Liling se seca las lágrimas, esbozando una sonrisa temblorosa—. Es solo que nunca imaginé que un día nosotros, madre e hijo, terminaríamos así, tan distantes, como si ya no me reconocieras. Tang Heng, has crecido tanto… Antes siempre te veía como un niño, pero ahora eres un hombre con sus propias decisiones.
Tang Heng no se queda mucho tiempo en la antigua residencia, porque Li Yuechi lo está esperando para cenar. Al irse, Tang Heng se lleva la guitarra que dejó su padre.
Es la misma guitarra que había causado que Li Yuechi recibiera un botellazo años atrás.
—Tang Heng, cuando todo esto haya pasado, ven a ver a mamá a Shanghai. —La voz de Fu Liling suena casi suplicante.
Tang Heng guarda silencio por un momento, luego abre los brazos y la abraza ligeramente.
—Sí, iré.
Por fin pueden dejar Wuhan. Jiang Ya y An Yun ya habían llevado a Tian Xiaohui de vuelta a Hunan. Tang Heng quería ir también para rendir homenaje a Tian Xiaoqin, pero Jiang Ya le sugirió que no lo hiciera ahora, ya que a Tian Xiaohui solo le faltaba un mes para los exámenes de ingreso a la universidad y era mejor no perturbarlo.
—¿Cuándo vuelves a Estados Unidos? —le pregunta Tang Heng a Jiang Ya.
—No tengo prisa —responde Jiang Ya. Con la llegada del verano, ha estado comprando diariamente un paquete de edamame hervido para picar—. Le pedí dos meses de permiso a mi tutor. Oye, ¿quieres?
Tang Heng aparta su edamame.
—¿Qué asesor te da dos meses de permiso?
—¡Eh, que llevo años sin tomarme vacaciones! ¡Incluso en Navidad me la paso trabajando en el laboratorio!
—¿Cuándo te gradúas?
—Qué pesado… —murmura Jiang Ya—. Si todo va bien, en primavera del año que viene.
Se traga el edamame que tiene en la boca y, como si se le hubiera ocurrido algo, dice:
—Oye, ¿y si te acompaño a Macao un par de días?
—Ni hablar —lo rechaza Tang Heng sin contemplaciones—. Estaré muy ocupado cuando vuelva.
—Pues tú a lo tuyo y yo me divierto por mi cuenta.
—Macao no tiene nada interesante.
—Puedo ir al casino. Todo el dinero que mi padre me ha mandado estos años no he tenido donde gastarlo…
Tang Heng, algo exasperado, dice:
—De verdad que no tengo tiempo para atenderte. Quizás la próxima vez.
—Bueno, olvídalo entonces. —Jiang Ya rueda los ojos—. Me iré con Yuechi a Guizhou. La última vez te encontré unos estudiantes de la Universidad de Guizhou para ayudarte, ¿no? Iré a invitarlos a comer y de paso haré algo de senderismo.
—No es conveniente —dice Li Yuechi.
—¿Eh? ¿Por qué no? —Jiang Ya se acerca, imitando burlonamente el tono de Tang Heng—: Xuezhang, te prometo que no causaré problemas.
—Piérdete —responde Tang Heng.
Jiang Ya resopla.
—¿Por qué te alteras? ¡Si ya te dije que no iré a Macao!
Li Yuechi lo mira fijamente y tras unos segundos de silencio dice:
—Pero yo sí.
Jiang Ya: —…
—Después de tantos años, ¿aún te gusta hacer de sujetavelas? —se burla An Yun.
—Vaya, Tang Heng, parece que me equivoqué contigo…
—Él de verdad tiene que venir conmigo a Macao. —Tang Heng, agobiado por la insistencia de Jiang Ya, no tiene más remedio que confesar la verdad—. Ahora mismo no puede volver a Guizhou… La aldea no se lo permite.
Hace unos diez días, Li Yuechi recibió una llamada del comité de la aldea. Resultó que durante su ausencia, la aldea Banxi consiguió un nuevo jefe de la aldea, debido, por supuesto, al escándalo de soborno de Sun Jihao. El nuevo jefe es un recién graduado universitario que le aseguró repetidamente a Li Yuechi que su familia no se vería afectada, pero le pidió que pospusiera su regreso a casa por un tiempo.
Así que Tang Heng, por primera vez, llamó al director Xu. Apenas se estableció la conexión, el director Xu preguntó con cierto nerviosismo:
—Xiao Tang… tu… ¿tu teléfono no está intervenido, verdad?
Tang Heng lo pensó un momento.
—No debería estarlo.
—No me asustes, Xiao Tang.
—¿Cómo van las cosas por allá? ¿Qué pasó con Sun Jihao?
¡Vaya, tienes valor para preguntarme! —se quejó el director Xu—. ¡Me pasé dos semanas solo escribiendo informes de la situación!
—¿Y luego qué?
—En cuanto a Sun Jihao, conseguimos que le dieran un trato indulgente. Al fin y al cabo, es un asunto vergonzoso y armar un escándalo no beneficia a nadie… Ay, por el lado de Macao la cosa está más o menos controlada, ¡pero Guizhou es otro cantar! Los líderes de la oficina de alivio de la pobreza insisten en investigar a fondo, ya sabes…
—Con razón.
—¿Qué?
—La aldea tiene nuevo jefe y le han pedido a Li Yuechi que retrase su regreso. —Tang Heng hizo una pausa—. Ya le han tramitado el permiso para viajar a Hong Kong y Macao.
—Sí, es mejor que vuelva cuando se haya calmado todo esto. —El director Xu cambió de tono de repente—. ¡Espera! ¿Qué quieres decir? ¿Vas a volver?
—Sí.
—¡¡¡Xiao Tang!!!
—¿Qué pasa?
—Cuando vuelvas, hazlo bien —dijo el director Xu con voz temblorosa—. ¿Podrías no causar problemas, por favor? ¡Ya estoy mayor para aguantar esto! Ya armaste bastante revuelo en Wuhan, así que al volver a Macao, mantén un perfil bajo…
Tang Heng sonrió tranquilamente.
—No te preocupes.
Y así quedaron las cosas. Jiang Ya y An Yun se quedan en Wuhan, planeando volver a Estados Unidos en un tiempo, mientras que Tang Heng y Li Yuechi abordan el avión hacia Macao.
El avión comienza a descender suavemente. A través de la ventanilla se puede ver el mar azul. En Macao casi siempre hace buen tiempo.
Al girar la cabeza, Tang Heng ve que Li Yuechi se ha quedado dormido, y observa sus pestañas negras y espesas.
Levanta la mano, dejándola suspendida sobre los ojos de Li Yuechi para protegerlos de los rayos de sol que se cuelan de vez en cuando.
De no ser por el zumbido constante del avión y el alboroto de los niños en los asientos traseros, Tang Heng podría haber dudado de la realidad de ese momento. Después de obtener su doctorado en el Reino Unido, llegó solo a Macao y pasó dos años en soledad. Por eso, ni siquiera en sus sueños había imaginado a Li Yuechi apareciendo en Macao.
En sus sueños, él y Li Yuechi siempre se encontraban en el lluvioso y sombrío Wuhan.
Pero en Macao no hay ni lluvia ni está sombrío. O bien hay tifones y tormentas, o brilla el sol y hacía un calor sofocante, acompañado de la brisa marina que despeja la mente, como si todas las preocupaciones se desvanecieran.
Por eso este lugar es ideal para el turismo, perfecto para ir de compras hasta perder la cabeza, para apostar hasta dilapidar fortunas.
Tang Heng alguna vez se preguntó cómo sería su vida en el futuro. Probablemente como la de otros profesores del continente que venían a trabajar a Macao: enseñar durante unos años, obtener la residencia, pedir un préstamo para comprar una casa, ganar un buen sueldo, disfrutar de excelentes beneficios sociales y viajar al extranjero durante las vacaciones. La única diferencia sería que él no se casaría con alguien del continente.
Quizás, con el tiempo suficiente, en esta pequeña isla despreocupada, todo se podría olvidar, todo se podría sanar.
Mientras Tang Heng está absorto en estos pensamientos, de repente siente que alguien le agarraba la mano.
Li Yuechi abre los ojos, atrae la mano de Tang Heng hacia sí y le da un rápido beso en la palma.
Por fortuna, el asiento junto a ellos está vacío.
Las mejillas de Tang Heng se ruborizan ligeramente.
—Ya casi llegamos —susurra.
—Sí. —Li Yuechi mira por la ventana—. ¿Hace mucho calor ahora en Macao?
—Muchísimo.
—¿Dónde nos quedaremos?
—En… en mi casa, claro. —Tang Heng se queda perplejo por la pregunta—. ¿No quieres?
—Tu casa es el apartamento de profesores, ¿verdad?
—Sí.
Li Yuechi suspira, diciendo con cierta resignación:
—Entonces tus colegas y vecinos verán que llevas a un hombre a casa. Y como dijiste, Sun Jihao conoce nuestra relación.
Tang Heng no ha pensado en ese problema, o mejor dicho, ni siquiera lo ha considerado.
—Es verdad —responde él—. Vaya cara se me va a quedar, vuelvo de un viaje de trabajo a Guizhou con una pareja.
Li Yuechi se queda sin palabras por un momento.
—… No es solo eso.
—¿Entonces?
—Es como si tu pareja, que lleva años muerta, hubiera resucitado.
Tang Heng: —…
Li Yuechi pregunta con una sonrisa:
—¿No es así? El profesor Tang ha hecho un truco de magia.
—Xuezhang…
—¿Sí?
—Me equivoqué.
—¿Qué más les dijiste? —Li Yuechi cruza los brazos y pregunta con calma—. Dímelo ahora, para que no me sorprenda después.
—Nada más, en serio.
—¿Soy un hombre o una mujer?
—…Una mujer.
—¿Cómo morí?
—… En un accidente de coche.
—¿Puedes darme más detalles?
Tang Heng se cubre la frente con la mano.
—No fue a propósito… Hubo una vez que un profesor quería presentarme a alguien, así que le… dije eso.
Li Yuechi sonríe en silencio. Tang Heng se pregunta si está enfadado.
—Está bien. —Li Yuechi levanta la mano y le toca suavemente la mejilla—. Si el profesor Tang ha estado guardándome luto, entonces mis años de muerte han valido la pena.
El avión aterriza en el aeropuerto de Macao. Al salir de la terminal, el sol los golpea directamente. Son poco más de las tres de la tarde, la hora más calurosa del día. Cuando Tang Heng se fue, Macao aún tenía una brisa fresca, pero ahora el calor es insoportable. A pesar de haber vivido allí dos años, le sigue costando adaptarse al verano del lugar.
Toman rápidamente un taxi y en poco tiempo llegan a la universidad. Eso es lo mejor de Macao: al ser tan pequeña, todo queda cerca.
En esa calurosa tarde de domingo, el campus está tranquilo. Li Yuechi camina al lado de Tang Heng, arrastrando su maleta y observando en silencio la universidad.
A diferencia de la Universidad Han, donde hay árboles imponentes por todas partes, aquí los árboles son delgados y bajos, sujetos con unos cuantos varales de hierro, casi como árboles artificiales.
—Cuando pasó el tifón Hato, todos los árboles se rompieron —explica Tang Heng, siguiendo la mirada de Li Yuechi—. Estos son recién plantados.
—¿El viento era muy fuerte?
—Sí, y hubo cortes de agua y electricidad.
—¿Qué estabas haciendo en ese momento?
—Nada, solo me quede en casa —responde Tang Heng—. Macao es bastante aburrido.
Lleva a Li Yuechi al ascensor, pasa la tarjeta y abre la puerta.
Un ligero olor a polvo los recibe, pero aparte de eso, no hay ningún otro aroma. Tang Heng nunca cocinaba para sí mismo, así que no hay comida en la casa. Dejq su equipaje, saca el teléfono y dice:
—Voy a pedir algo para llevar.
Li Yuechi mira alrededor de la casa, frunciendo apenas el ceño.
En Macao, el terreno es caro, por lo que el apartamento de profesores solo cuenta con dos habitaciones y una sala. Li Yuechi no sabe cómo son las casas de otros profesores, pero la de Tang Heng le parece demasiado vacía. No, para ser precisos, no es que esté vacía, después de todo hay una estantería repleta de libros en la sala. Sin embargo, la habitación que tiene frente a él le da una sensación de frialdad.
Es esa frialdad que habla de la ausencia de vida cotidiana.
A simple vista, en la sala no hay ni televisor ni sofá, solo una delgada alfombra blanca en el centro. Junto a la estantería hay un escritorio al lado de la ventana. Las persianas de madera están bajadas, y algunos rayos de sol se cuelan por las rendijas hasta la superficie vacía del escritorio. A los pies de este, hay dos botellas de agua mineral sin abrir. Sí, ni siquiera hay un dispensador de agua en la habitación.
—¿Siempre bebes agua mineral? —le pregunta.
—Sí —responde Tang Heng sintiéndose un poco culpable—. Me da mucha flojera hervir agua.
—¿Y qué haces si quieres algo caliente?
—Entonces bajo y compro una taza de café…
Li Yuechi no puede evitar recordar la casa que compartían hace seis años, aquel pequeño apartamento alquilado tan lleno de cosas que apenas se podían mover. No necesitaban bajarse de la cama; con solo estirar la pierna podían alcanzar la silla, y con la mano podían tocar el calentador de agua, junto al cual estaba su olla…
—¿Qué quieres comer? —Tang Heng le pasa su teléfono—. Hay un restaurante sichuanés que no está mal, o podemos ir por comida cantonesa, las casas de té por aquí son bastante buenas, y también hay un lugar de fideos fríos coreanos que…
—¿Hay supermercado en la universidad? —lo interrumpe Li Yuechi.
—Sí.
—¿Tienes una olla en casa?
—Sí… aunque nunca la he usado.
—Vamos a comprar algunas cosas —dice Li Yuechi—. ¿Se te antojan los fideos? Como los que solía prepararte antes.
Los ojos de Tang Heng se iluminan.
—¡Sí!
La expresión en su rostro es tan obvia que parece un cachorro feliz.
