Capítulo 53

A medida que nos acercamos a Suzhou, termino de preparar mi equipaje en el camarote. Pienso que una despedida en el muelle podría ser demasiado apresurada; sería mejor despedirme de Liu Tongyi antes de llegar.

No lo encuentro en la sala de estar del camarote. Justo cuando estoy a punto de ir a revisar su habitación, escucho unos pasos en el pasillo. Ha salido de su habitación y, para mi sorpresa, lleva una jarra de vino y un par de copas.

Rara vez lo veo con vino. Liu Tongyi coloca la jarra y las copas sobre la mesa.

—No soy buen bebedor, pero sé que te gusta el vino. Por eso tenía preparada una jarra decente para que podamos despedirnos como es debido. —Llena las copas y levanta una—. Por favor, cuídate.

Levanto la otra copa; parece que pesa mil jin.

—Siempre te he dado problemas de tantas maneras que temo que nunca podré pagártelo del todo en esta vida… Por favor, cuídate tú también. —Bebo toda la copa.

Liu Tongyi se la bebe de un trago. Me rio.

—A juzgar por lo rápido que te has bebido eso hace un momento, tu tolerancia al alcohol no debe de ser tan humilde como siempre has dicho. Si aún es temprano me gustaría beber en serio contigo y ver quién de los dos se desmaya antes.

Liu Tongyi sacude la cabeza, sonriendo.

—Realmente no puedo beber. Unas pocas, puedo arreglármelas, pero más de tres taeles y no podré encontrar el camino a casa.

El barco reduce gradualmente la velocidad y entra en el puerto de Suzhou.

El barco se detiene. Un joven sirviente entra para decirle a Liu Tongyi que los carruajes de Ruihe ya han llegado; están esperando en la orilla.

—Si los Wan no tienen carruajes listos, entonces puedes adelantarte y escoger un par de ellos, comerciante Zhao, úsalos con el joven Wan[1] y el mayordomo Wang. Los Wan no tienen residencia en Suzhou, así que si no quieren alojarse en una posada, yo poseo una casa en el lugar y es decentemente tranquila. Si no te importa puedes quedarte allí esta noche.

Wang You interrumpe:

—No hay necesidad de eso, mi maestro ya hizo los arreglos de transporte para su tío.

Wang You y los sirvientes de Ruihe salen de la cabina para cargarme el equipaje. Bajo los rayos del sol poniente, alguien está de pie solo en la cubierta del barco vecino.

Nos miramos y en un momento levanto la mano.

—Cuídate mucho.

No dice nada en absoluto. Lentamente, se da la vuelta y vuelve al camarote.

Salgo del sampán hacia el muelle. Liu Tongyi está de pie delante de los carruajes de Ruihe, mirándome con expresión complicada y desconcertada.

Le dirijo una rápida sonrisa.

—Comerciante Mei, esta vez sí que es una despedida. Tú… —Pero ahora que por fin ha llegado este momento, de alguna manera no encuentro nada que decir. Al final todo lo que tengo es solo una palabra—. Cuídate.

Wang You trae un carruaje. Subo a bordo y avanza traqueteando por la carretera. Wang You me dice respetuosamente:

—Su alteza, su majestad quería que le dijera que si hay algún lugar que no haya olvidado y quiera ver, puede viajar libremente durante los próximos días.

—En realidad no hay ningún lugar —le digo—. Pero mencioné que me iba al extranjero, así que hagamos un viaje a la costa.

Wang You me dice que «como usted desee», y saca la cabeza para dar instrucciones al conductor.

Echo un vistazo al bulto envuelto en tela azul que tiene a su lado.

—Déjame verlo. En todo caso es para mi uso.

Wang You duda un segundo y me entrega el paquete temblorosamente.

Lo abro y encuentro un tarro de porcelana azul. Es frío al tacto y, cuando le doy un golpecito, emite un sonido limpio y de plata. Es buena porcelana.

En aquellos días, cuando Qizhe, Qitan y los jóvenes príncipes venían a la mansión del príncipe Huai, en un arrebato de travesura golpeaban el gran jarrón del vestíbulo como si fuera un tambor, y solía hacer un sonido igual. Y mientras lo golpeaban gritaban todo el tiempo: «Tío, tío…».

Cuando Qizhe se reunió conmigo a solas aquel día, dentro de aquella habitación también me llamó primero:

—Tío.

Y después de llamarme me preguntó:

—Tío, ¿qué debo hacer?

»Cuando me enteré de lo terriblemente perjudicado que estabas, me culpé a mí mismo. Sé que solo querías lo mejor para mí. Y ahora que las cosas han llegado a esto, ¿puedes decirme, tío, qué debo hacer?

Sí, ¿qué debería hacer? Su majestad ya ha declarado un decreto penitencial perfectamente adecuado, se ha construido una tumba, se ha levantado una lápida conmemorativa, pero el que debería estar durmiendo dentro corretea dando saltos por ahí muy vivo. ¿Qué puede hacer?

—El príncipe Huai ya está muerto, el único que queda en el mundo no es más que…

Qizhe levanta una mano.

Basta, tío. No repitamos esa mentira pensando que puede engañar a alguien. Estás aquí de pie. Incluso si te llamas tercer perro o cuarto gato sigues siendo mi tío».

Inmediatamente digo:

—Su majestad, no debe hacer nunca esa analogía. —Está bien que me llamen tercer perro o cuarto gato, pero si su majestad se convierte en sobrino de tercer perro o cuarto gato, eso sí que sería…

Qizhe suspira y me mira fijamente.

Es la misma mirada que solía tener cuando era pequeño y realmente quería algo.

—Su majestad, esta vez había planeado irme al extranjero, y no volveré jamás.

Qizhe sigue sin decir nada.

Continúo:

—Si, digamos, me encuentro con una tormenta en el mar y el barco se hunde accidentalmente, entonces ya no habría nada de qué preocuparse.

Qizhe abre por fin la boca y me dice, enunciando cada palabra:

—Tío, no me culpes. —Y saca una pequeña botella de su manga.

La agarro. La botella es de jade y, como Qizhe la ha guardado en su manga, está tibia.

Qizhe rara vez me ha regalado cosas. Desde que era pequeño, hasta ahora, siempre era él quien recibía cosas mías. Lo guardo y le digo:

—Gracias, su majestad, por concederme este regalo.

Qizhe lanza otro suspiro.

—Sin embargo, su majestad, ¿puede esto no ocurrir en el barco de Liu Tongyi?

Qizhe dice lentamente:

—Los efectos de esta droga tardan unos días en aparecer, no te preocupes. Tío, ¿prefieres venir conmigo de vuelta a la capital, o…?

—Demasiada gente me conoce en la capital. Es mejor que nos ocupemos de esto lejos de allí». Descorcho la botella. Lo que hay dentro es un líquido. Es un poco amargo.

Qizhe me da la espalda y, tras un momento, dice:

—Tío, te prometo que tu tumba imperial seguirá siendo tuya.

El carruaje se tambalea; vuelvo a colocar la botella en el fardo.

Wang You va a llevarme de vuelta a esa gran tumba con él. Su voz es ronca.

—Su alteza, no se preocupe. Su majestad eligió esa vasija personalmente. Puede que me esté haciendo viejo, pero mis manos aún son bastante firmes. Me aseguraré de llevarla al palacio subterráneo, sana y salva.

No respondo y, acostado en el carruaje, me quedo dormido un rato. Recuerdo lo que pasó después de beber la botella de veneno en el barco.

Pido que me excuse, y Qizhe se gira hacia mí.

—Tío, quédate aquí y habla conmigo un rato.

Entonces Qizhe y yo hablamos durante largo rato; no hablamos de nada importante, solo de retazos de las cosas intrascendentes que ocurrieron en el palacio a lo largo de los años, como qué árbol del palacio plantó personalmente el antiguo emperador, qué ocurrió cuando lo plantó y cosas así.

Él dijo:

—Recuerdo todo lo que pasó cuando era pequeño e iba a casa del tío a jugar.

Él dijo:

—Siempre recordaré lo bueno que fuiste conmigo, tío.

Estas palabras fueron dichas como si fueran parte de una conversación cotidiana.

Él dijo:

—Nunca le he dicho algo así a nadie, y nunca lo volveré a decir.

Y yo le dije:

—Su majestad no tiene que decirlo de esa manera. Para hacer una analogía perfectamente irrespetuosa, las relaciones entre miembros de familias ordinarias son más estrechas que entre imperiales. El príncipe Dai, por ejemplo, sacó provecho de la mansión del príncipe Huai hasta dejarme casi en la ruina, pero siempre que venía y me llamaba tío, tenía que prestarle dinero para gastos. Así es como deben ser las cosas.

La mansión del príncipe Huai fue incautada cuando me arrestaron. Todas las cosas que mi padre trajo hace años, las curiosidades que yo mismo compré de joven y los objetos decorativos y adornos que tanto gustaban a mi madre cuando aún vivía fueron destruidos, decomisados o robados durante la incautación.

Hace dos años, cuando vendía pieles de oveja en el desierto, perdí una partida de bebida con unos pastores y vomité durante media noche. También me resfrié y tuve fiebre. Mientras estaba medio inconsciente, creía que estaba acostado en la cama de mi habitación de la vieja mansión y que mi madre me había traído una sopa para la sobriedad. Me hablaba mientras me daba de comer. Pero me sabía a agua en la lengua.

Cuando abrí los ojos me di cuenta de que estaba envuelto en un abrigo de piel de oveja, durmiendo sobre piel de caballo. Había una joven a mi lado con un tosco cuenco de porcelana, dándome de beber agua fresca.

Era de aspecto ordinario, con la piel morena rojiza y las manos ásperas, pero sus ojos eran brillantes y claros, totalmente sin impurezas, limpios. Cuando me sonrió, mostrándome sus blancos dientes, pensé que parecía una inmortal.

Aquella chica era Alana.

Cuando me iba, me dijo que iba a casarse con un joven que era extremadamente bueno montando a caballo. Es probable que a estas alturas ya tenga un hijo.

El carruaje se tambalea; duermo un rato, y a veces sueño que Qizhe me habla, a veces es Alana, es Mei-zi, Xue’e, Wanwan. Finalmente, es una mujer llamada Xingniang que conocí en una pequeña ciudad donde estuve un tiempo, que tenía un puesto de fideos en la entrada de un callejón.

Por aquel entonces no me molestaba en cocinar, así que todos los días llevaba una olla pequeña a su puesto para comprar fideos con pollo desmenuzado.

Me servía para comer al mediodía, y por la noche añadía agua al resto y me lo tomaba como si fueran gachas.

Ella siempre me daba de más, llenando la pequeña olla hasta el borde.

Me dijo que su hombre había muerto, que la había dejado con dos niños que acababan de aprender a caminar. Dijo que no buscaba mucho en la vida; solo quería volver a encontrar a alguien que pudiera mantenerla a ella y a sus hijos. Dijo que sería buena con ese alguien de todo corazón.

Cuando me dijo eso, creo que probablemente estaba insinuando algo, pero por desgracia no me quedé mucho tiempo en esa ciudad. Antes de irme, quise darle algo de dinero, pero ella me dijo que solo gastaba el dinero que ella misma se había ganado. Solo entonces me di cuenta de que era ella la que me cuidaba a mí todo el tiempo, y no yo el que le hacía un favor.

En el sueño estoy vendiendo fideos con ella en aquel callejón. Ella extiende la masa mientras yo vigilo la olla. El agua hierve, abro la tapa y el vapor sube hasta mi cara; hay un niño a mis pies, tirando de mi túnica, gritando:

—Papi, papi…

El carruaje se sacude abruptamente. Me despierto.

La voz ronca de Wang You anuncia:

—Su alteza, hemos llegado.


[1] Se refiere a Yun Yu.

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