Capítulo 19

La pena de amores se dibujaba en el rostro de Mu Ruoyan, aún así respondió:

—Solo estoy descansando, y de vez en cuando se me vienen recuerdos del pasado.

Me planté frente a él y dije con sarcasmo:

—Ah, los recuerdos de ese viejo amigo tuyo, ¿no?

Mu Ruoyan no respondió. Este señor inmortal posó una mano sobre su delgado hombro y, con la otra, tomó el libro que sostenía. Era un libro de poemas del Asistente Ordinario Gao Shi.

La habitación de Li Siming estaba dividida en dos secciones por un biombo de sándalo con tallado semiabierto. En la sección interior se había instalado un dosel sobre la cama, mientras que la exterior, decorada con antigüedades y curiosidades, podía usarse como estudio, con un escritorio allí colocado.

Después de mudar a Mu Ruoyan a ese lugar, este señor inmortal se tomó la molestia de apilar una buena cantidad de poemas trágicamente melancólicos y prosa desgarradoramente nostálgica en la mesita junto al escritorio, para alimentar su desconsuelo.

Originalmente, quería ver a Tianshu con un libro de poemas escondido bajo la manga, mirando con lágrimas en los ojos las nubes errantes más allá de la ventana. Seguro que sería una imagen que conmovería a cualquiera. Pero él no supo apreciar mis buenas intenciones. Hace dos días, vaya uno a saber cómo, encontró un Libro de los Cambios en un rincón olvidado y se puso a añadirle anotaciones con un pincel de pelo de comadreja mientras lo leía. ¿Qué había que anotar ahí? Si hasta los puestos callejeros de adivinación tienen una copia abierta sobre la mesa. Tan solo ver esos antiguos caracteres de sello menor en las páginas me hacía rechinar los dientes.

Que lea, si tanto le gusta leer, pensó este señor inmortal. Era mejor eso a que armara un escándalo, se colgara o tirara al río.

Anteanoche, no fue sino hasta que me senté al borde de la cama que por fin dejó el libro y se acostó a dormir. Hoy, al menos, cambió a un libro de poemas, pero tenía que ser, justo, de Gao Shi.

Miré la portada con el ceño fruncido. Entonces, de pronto, lo comprendí: Claro, su amado, Shan Shengling, ahora era un general. Por eso estaba leyendo poesía bélica de Gao Shi: versos de balizas encendidas y destellos de espadas, imaginando al hombre entre llamas de faroles y relámpagos de acero.

Además, después de haber visto a Nanming cargando orinales en el patio en la mañana, necesitaba leerse unos cuantos versos más para poder recordar el aspecto auténtico y valeroso de Shan Shengling.

«Algunos de tus pensamientos, los puedo ver con solo una mirada». Reí para mis adentros y le devolví el libro a Mu Ruoyan.

—Ya eres mío. Viejos amores, viejos tiempos: esas no son cosas en las que puedas pensar más. A partir de hoy, solo puedes pensar en mí y en nosotros.

—Eso es más fácil decirlo que hacerlo —dijo Tianshu.

—¿Qué? —Jamás imaginé que se atrevería a replicarme.

Mu Ruoyan cerró el libro, alzó el mentón y se volvió hacia mí con esos ojos fríos pero claros.

—El corazón actúa a pesar suyo, y aún más de los demás. ¿Cómo podría dejar de pensar en algo solo porque lo dice? Si fingiera que es así, ¿no estaría mintiendo?

Palabras tan punzantes… y pensar que fue Mu Ruoyan quien me las dijo de frente. El amor, en verdad, es formidable. Ahora que su amado estaba presente, incluso él parecía otro.

En un gesto de magnanimidad, sonreí sin tomarlo a mal. Arrastré una silla, me senté frente a la mesa y me serví una taza de té. Mu Ruoyan miró la manga izquierda de este señor inmortal con una expresión ligeramente desconfiada. Fue entonces que recordé: el objeto sólido en mi manga era para Tianshu. Me apresuré a sacarlo y lo coloqué erguido sobre la mesa.

Era un tubo de bambú de unos quince centímetros de alto, verde intenso por fuera, pulido y suave por dentro.

—¿Te gusta? —le pregunté a Mu Ruoyan con una sonrisa.

Mu Ruoyan lo examinó. Su expresión era reacia cuando respondió:

—Este portapinceles es muy simple e interesante.

Lo empujé hacia él.

—No es un portapinceles. Míralo bien.

Mu Ruoyan, aún más reacio, volvió a examinarlo en silencio, reflexionando sin decir una palabra.

Con una sonrisa amable, le dije:

—Últimamente te he visto leyendo el Libro de los Cambios, así que te conseguí esto.

Saqué unas monedas de cobre de mi manga y las dejé caer dentro del tubo de bambú, luego lo tomé y lo sacudí.

—A partir de ahora, si te aburres leyendo el Libro de los Cambios, puedes echar la suerte. ¿Te gusta este tubo de adivinación?

Mu Ruoyan se quedó inmóvil, mirando el tubo de bambú sobre la mesa.

Yo, por mi parte, me sentía muy satisfecho. Este señor inmortal siempre daba en el clavo con sus regalos. Y viendo la reacción de Tianshu, seguramente se había conmovido.

Continué con suavidad:

—Si también quieres echar la suerte con los ocho caracteres, puedo traerte a quien quieras de la mansión para que leas su fortuna.

Mu Ruoyan abrió la boca como para responder, pero enseguida se cubrió con la manga y tosió unas cuantas veces antes de decir, entrecortadamente:

—Gr-gracias por la molestia… solo lo leo de vez en cuando…

Me levanté y le di unas palmaditas en la espalda, luego le ofrecí la taza de té para que diera unos sorbos.

—Y yo solo lo compré de paso. No hay ningún compromiso. Si te gusta, tómalo simplemente como un pasatiempo contra el aburrimiento.

Tras beber un poco, la tos fue cediendo. Dejé la taza nuevamente sobre la mesa. Mu Ruoyan la miró y sonrió con amargura.

Recogí el libro de poesía que se había caído al suelo y lo coloqué sobre la mesa. Para romper el silencio, comenté:

—No esperaba que leyeras esto. Pensé que te gustaban más Meng Moji y Meng Xiangyang.

Aunque este señor inmortal siempre tenía que apoyarse en Hengwen cada vez que jugábamos a los juegos de bebida en la Corte Celestial –encadenar versos, recitar poemas, toda esa clase de juegos de palabras–, lo cierto es que, cuando fui mortal, estudié poesía. Podía conversar sobre el tema.

—Aunque los poemas de Wang y Meng hablen del desprecio por la fama y la fortuna, lo cierto es que uno de ellos no era más que un ocioso adinerado, mientras que el otro soñaba ociosamente con hacerse rico —dijo Mu Ruoyan—. Más valdría perseguir la fama y la fortuna abiertamente, como Gao Shi. Eso sí que es reconfortante.

—Cierto —asentí—. Este caballero habla con pomposidad pero actúa con cobardía; sus versos son poderosos e imponentes, pero en el campo de batalla no sirve para nada. Aunque, claro, ¿cuántos en este mundo logran realmente ser coherentes entre lo que dicen y lo que hacen? La mayoría son como el señor Gao.

Animado, lo miré a los ojos, esperando que retomara el hilo de la conversación, pero evitó mi mirada. No dijo nada más mientras devolvía el libro del escritorio a su lugar en la mesa contigua.

Con una sensación de vacío, solté algunas palabras sin sentido y salí de la alcoba.

El príncipe de la Comandancia del Este seguía dudando entre proclamarse independiente con su propia enseña o aguardar su momento en medio del conflicto, así que las discusiones sobre asuntos oficiales se volvían cada vez más frecuentes. Hengwen pasaba el día entero atrapado en ellas, sin oportunidad alguna de descanso. Mientras deambulaba por el patio, me crucé varias veces con Shan Shengling. Estaba ya barriendo el suelo, ya arrancando las malas hierbas. Era insondable. Al ver a este señor inmortal, me saludaba con respeto, sin que en su mirada se revelara el menor destello de su agudeza. Y eso, a su vez, me hacía pasarme el día entero cavilando sobre en qué parte debía apuñalarlo al caer la noche.

Poco antes del anochecer, por fin pude ver a Hengwen. Se le notaba agotado, y bajando la voz me dijo:

—Ese padre tuyo, el príncipe de la comandancia, no es cualquier hablador empedernido. ¿Cuánto más tienes que quedarte aquí? Como esto siga así, temo que un día de estos lo fulmine con un rayo.

Le respondí con una sonrisa de disculpa:

—No te preocupes. Una vez volvamos a la Corte Celestial, iré saldando poco a poco la deuda que tengo contigo. Esta noche, montaré un espectáculo apuñalando a Nanming, para aliviar tu aburrimiento. ¿Qué te parece?

—Seguro que has pasado el día entero dándole vueltas a dónde apuñalarlo, ¿no es así? —dijo Hengwen, y se acercó a mi oído antes de añadir—: Esta noche, iré a tu alcoba y te esperaré allí.

Sus palabras me provocaron un cosquilleo. Le susurré de vuelta:

—¿Y entonces, dónde debería apuñalar a Nanming?

—Donde más te plazca, supongo —dijo Hengwen—. Incluso puedes clavársela en el corazón. De todos modos, no morirá; está Mingge para encargarse de eso, y si no basta, siempre queda el Emperador de Jade. Tú solo tienes que dar el golpe.

Al oír esas palabras, este señor inmortal se sintió aún más eufórico y prácticamente volé de regreso al patio Han.

Cuando cayó la noche, me senté al borde de la cama y eché un vistazo a Hengwen, que estaba apoyado en ella con expresión relajada. Tragué saliva con fuerza y me armé de valor para decirle al hombre que leía un libro bajo la lámpara:

—Ruoyan, ya es tarde. Ven y duerme conmigo.

Estas eran las palabras que el viejo Mingge me había encargado repetir cada noche antes de dormir.

«¡Yo tampoco tengo elección, ¿de acuerdo?! Así que, Hengwen, ¿podrías no poner esa cara tan poco caritativa?».

Mu Ruoyan, por su parte, ya estaba más que acostumbrado a mis palabras. Apagó la vela en la habitación exterior y caminó con paso rígido hasta la cama, donde se quitó la túnica exterior y luego la corona, dejando caer su cabello. Con el cuerpo cubierto solo por una sencilla túnica interior blanca, se veía aún más delgado y frágil bajo la luz. Se quedó inmóvil por un momento al ver la cama, pero al final se acercó despacio, levantó el edredón y se recostó.

En la cama solo había un edredón delgado, ya que este señor inmortal había empezado a dormir bajo el mismo cobertor con Tianshu desde la noche anterior.

Desde donde estaba recargado contra el poste de la cama, Hengwen preguntó:

—¿No vas a dormir?

Yo estaba hecho un manojo de nervios. Con Tianshu allí, no podía hablarle al aire. Incapaz de responder o siquiera sonreír, me armé de valor, me quité la túnica exterior, levanté el edredón y me incliné para apagar la vela junto a la cama antes de volver a recostarme. Cada uno de esos pasos me costó horrores.

Mu Ruoyan anhelaba por Shan Shengling, y, a juzgar por su respiración, parecía estar despierto, acostado con los ojos abiertos.

Hengwen me sacó silenciosamente de mi cuerpo mortal y, con una sonrisa, preguntó en voz baja:

—¿Y bien? ¿Tu amor ha florecido después de dormir cada noche con Tianshu, compartiendo cama y edredón?

Solté una risa seca.

—¿No es precisamente porque Nanming está aquí que tengo que montar una escena convincente? Esto empezó apenas ayer, y después de esta noche, supongo que ya no hará falta seguir con el teatro.

—Esas palabras que dijiste antes de dormir sonaron bastante cariñosas —comentó Hengwen.

—Fue lo que me dijo Mingge que dijera —respondí, con un leve espasmo en la cara—. Tenía que decirlo.

Hengwen, probablemente satisfecho de haberse burlado lo suficiente de mí, no añadió nada más. Ambos nos sentamos en la alcoba, y él bostezó.

—Has estado trabajando en exceso todo el día, deberías descansar temprano. ¿Qué tal si te presto a Li Siming que está en la cama? Puedes poseerlo y acostarte.

—Olvídalo —respondió Hengwen con pereza—. Deja esa cama para ti y Tianshu. No compliquemos las cosas. Me temo que será fácil entrar, pero difícil salir. —Luego apoyó la cabeza sobre una mano, recostado en la mesa, para descansar.

Hacia la medianoche, el viento susurró y una sombra negra pasó fugaz junto a la ventana. Una hoja de acero delgada se deslizó por la ranura de la puerta y empujó el cerrojo hacia un lado. La puerta se abrió sin hacer ruido, dejando entrar una ráfaga de brisa nocturna.

Este señor inmortal y Hengwen nos pusimos de inmediato en alerta, observando cómo aquella sombra negra se deslizaba dentro de la alcoba.

«General Shan, por fin has venido a hacer tu jugada». 

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