Parafraseando al propio Donghua Dijun, en toda la Corte Celestial no había inmortal más ocioso que yo, Song Yao Yuanjun; ninguno más ostentoso que Bihua Lingjun; y ninguno más rígido y severo que Lu Jing.
El Emperador de Jade sabía sacar el mejor provecho de sus recursos. Entre los inmortales encargados de los textos y documentos, Lu Jing tenía a su cargo tanto las reglas del lenguaje como la organización y verificación de la correspondencia oficial. Cada gesto suyo –ya fuese estar de pie, acostarse, caminar o sentarse– parecía una norma en sí mismo.
En el fondo, sin embargo, Lu Jing era de buen corazón. Por ejemplo, este señor inmortal debía de resultarle una verdadera molestia, entrando y saliendo todo el día del Palacio Weiyuan y del Salón Wensi; y aun así, jamás se indignó ni me criticó: simplemente lo toleraba con magnanimidad. Cuando Nanming Dijun me señaló faltas, él incluso intervino para decir un par de palabras en mi favor. Por ello le guardaba gratitud.
Cada vez que iba en busca de Hengwen al Salón Wensi, Lu Jing me saludaba con una sonrisa desde su escritorio. Y al verlo sonreír, no podía dejar de preguntarme cómo era posible sonreír de manera tan correcta y contenida. Luego, al recordar que mi visita a Hengwen Qingjun era solo para beber, asistir a banquetes o salir a pasear, no podía evitar sentirme culpable.
Hengwen me había dicho una vez:
—No tienes nada de qué sentirte culpable. Si en el futuro intercambiáramos lugares, y fueras tú quien se sentara en mi puesto, viendo a ese hombre de pie ante su escritorio como un poste día tras día durante ochocientos o mil años, naturalmente acabarías por trabar amistad con él.
Y ahora, con nosotros tres –inmortales sin igual en el reino celestial– reunidos en un mismo sitio, aquella sencilla habitación de posada mortal rebosaba de aura divina.
El grandioso y siempre deslumbrante Bihua Lingjun se acomodó con toda naturalidad, tomó asiento y se sirvió una taza. Probó un sorbo con los ojos entrecerrados y asintió.
—El té del mundo mortal es tosco, pero sabroso.
Lu Jing, por su parte, presentó un paquete cuadrado y pulcro, envuelto en tela igual de pulcra, que contenía un fajo ordenado de correspondencia oficial. Lo colocó frente a Hengwen, hizo aparecer un pincel y un tintero, se remangó y comenzó a preparar la tinta. Todo ello para que Hengwen pudiera leer la correspondencia en ese mismo instante.
Bihua Lingjun dio un golpecito a su taza y recorrió con la mirada la habitación de huéspedes.
—Las construcciones del mundo mortal son sencillas, pero tienen su encanto. Debería descender más a menudo, probarlas.
Hengwen apartó la taza que tenía en la mano, se arregló las ropas, se sentó erguido y tomó al azar uno de los documentos oficiales. Alargando las palabras con dejadez, dijo:
—Por supuesto, adelante, pruébalas en el mundo mortal. ¿Acaso no te ha contado Lu Jing que la Corte Celestial anda hecha un caos porque la Puerta Norte de los Cielos no puede abrirse?
—Un día o dos en la tierra no son más que un parpadeo en el Cielo —respondió Bihua Lingjun—. No hay por qué apresurarse. Yo siempre he dado valor a la amistad, así que, naturalmente, debía desviarme para visitar a dos compañeros inmortales.
—Gracias, gracias. Es un honor —dijo Hengwen riendo. Abrió la carta y se concentró en leerla. Con la mano derecha tomó el fino pincel y lo mojó en la tinta.
Yo ya no pude contenerme y dije:
—Ya es tarde. Deberías dormir primero. ¿No puedes ponerte a leer mañana?
—Yuanjun —replicó Lu Jing—, estas cartas deben ser leídas y revisadas antes de la hora establecida. Cada una de ellas repercute en el pulso literario del mundo mortal. No puede haber demora.
Lo dijo con tal severidad y solemnidad que a este señor inmortal no le quedó más remedio que callarse.
Hengwen levantó el pincel y escribió unas cuantas líneas en la carta. Tras una breve pausa, dejó el pincel y cerró el documento. Luego tomó el segundo.
—Hay docenas de correspondencias oficiales —dije—. Para cuando se revisen todas, ya habrá amanecido. Como dijo Bihua antes, una noche en la tierra no es más que un parpadeo en el Cielo. ¿Qué tanto puede retrasarse si duerme una noche antes de continuar?
Lu Jing adoptó una expresión seria, sin parecer en lo más mínimo convencido. Avergonzado por estar haciendo ruido mientras Hengwen trabajaba, no tuve más remedio que tomar la tetera y servirme una taza.
De pronto, Bihua Lingjun comentó:
—Hace un rato pasé por la habitación de al lado y vi el cuerpo de un maestro taoísta barbudo en el suelo. Ese es el cuerpo que estás usando ahora, ¿no? Mingge Xingjun sí que tiene buen gusto.
Abatido, no dije nada. Bihua Lingjun bebió un sorbo de té y continuó:
—Las dos bestias demoníacas que los acompañan tampoco están nada mal. Bihua Lingjun tenía un pésimo hábito: coleccionar criaturas raras. ¿Habría echado el ojo a los dos pequeños demonios de la habitación contigua? Lo más probable era que le hubiera interesado el zorro.
Con una sonrisa forzada, dije:
—Vinieron con nosotros por pura casualidad. Ese zorro es un zorro de las nieves, pero su nivel de cultivación es mediocre. No es una especie rara… ¿o sí?
Este señor inmortal recordaba bien que en la residencia de Bihua Lingjun abundaban los zorros, desde los de una hasta nueve colas, y de todos los colores imaginables.
—El pelaje de ese zorro de las nieves es bastante puro, pero en efecto no es una especie rara. En cambio, ese gato montés me parece bastante bueno. —Dejó la taza sobre la mesa—. Creo que me gustaría llevarlo conmigo al Cielo.
Este señor inmortal quedó perplejo. Sabía que los gustos de Bihua Lingjun siempre habían sido peculiares, pero nunca imaginé que llegaran a tal extremo. Con una risa fingida, dije:
—Si quieres uno, puedes montar una nube ahora mismo y volar hasta cualquier montaña al azar; seguro encuentras alguno parecido.
Bihua Lingjun, con los ojos entrecerrados, negó con la cabeza.
—No tienes idea. No sabes nada en absoluto.
—¿Hm? —pregunté.
—No puedo decírtelo. No puedo —respondió Bihua Lingjun, con una voz lejana.
Lo miré fijamente, sin decir palabra. Cada vez que Bihua regresaba de un viaje al Paraíso Occidental, se ponía en ese plan enigmático durante varios días; pero en cuanto se disipaba el aroma de Buda que traía consigo, volvía a ser el mismo de siempre.
Lu Jing permanecía de pie, solemne, frente al escritorio. De pronto se me ocurrió algo y le pregunté:
—¿Has oído en la Corte Celestial si algún inmortal ha descendido últimamente?
