Capítulo 26

El posadero me agarró del brazo como un náufrago que se aferra a un clavo ardiendo, con las manos temblorosas mientras decía:

—¡Daozhang, usted es de verdad un inmortal viviente que comprende los secretos del universo con solo una mirada! Si dice que no va a morir, ya puedo dormir tranquilo sabiendo que mi cabeza seguirá en su sitio.

Avancé paso a paso hacia el interior de la habitación y me acerqué a la cama. El hombre tendido abrió de repente los ojos: un par de orbes negros que, bajo la luz, brillaban de forma extrañamente intensa. Me clavó la mirada, y con voz clara dijo:

—Li Siming, ¿has venido a cobrarme tu vida?

Este señor inmortal se llevó un buen susto y dio un gran paso hacia atrás.

«¡Ah, cielos! ¡Oh, querido Emperador de Jade! No me digas que Tianshu ha alcanzado la iluminación de golpe… ¡¿Cómo pudo reconocerme al instante?!».

—Daozhang, no se asuste —dijo el posadero—. Este caballero está gravemente enfermo, y en su delirio repite esa frase a todos los que ve. Cuando el maestro aún estaba aquí, él salía de la habitación y bajaba a romper las mesas. Ya nos ha destrozado demasiadas.

El posadero exhaló un largo y cansado suspiro. Me tranquilicé. Así que estaba delirando por la fiebre… Si era así, ¿acaso Tianshu todavía se sentía culpable por haber apuñalado a este señor inmortal?

Me acerqué y me senté junto a la cama. Los ojos brillantes y resplandecientes de Mu Ruoyan seguían clavados en mí. Le devolví una sonrisa afable y tomé una de sus manos, fingiendo que le tomaba el pulso.

Los pocos gramos de carne que con tanto esfuerzo había logrado devolver al cuerpo de Tianshu se habían consumido por completo. En aquel entonces ya era puro pellejo y hueso, y ahora, hasta esa fina capa de piel sobre los huesos de su muñeca era tan fina que parecía no haber nada. Coloqué dos dedos sobre su hueso y entrecerré los ojos, adoptando la expresión de un maestro.

Hengwen se paró junto a la mesa con la pequeña lámpara de aceite encendida y tosió una vez, coincidiendo justo con el suspiro que soltó el posadero.

—Daozhang es un gran maestro, como esperaba —comentó admirado—. Incluso la forma en que siente el pulso es diferente a la de los demás.

—Este es mi modo particular de tomar el pulso —respondí con tranquilidad—. De hecho, soy aún mejor leyendo pulsos con hilos de seda.

Retiré mi mano. En la cama, Mu Ruoyan tosió cuatro o cinco veces. Unas cuantas gotas de sangre salpicaron de su boca. 

Por la desgraciada costumbre que adquirí tras tanto tiempo atendiéndolo en la mansión del príncipe de la Comandancia del Este, alargué la mano y le limpié la sangre con la manga.

Con los ojos cerrados, Mu Ruoyan habló, sus palabras entrecortadas:

—Li Siming, ¿en qué clase de fantasma… crees que me convertiré esta vez?

Benefactor —dije—, el nombre de este humilde servidor es Guangyunzi. No tema. Mientras yo esté aquí, sin falta curaré su enfermedad y le devolveré la salud.

Los dedos raquíticos de Mu Ruoyan asieron mi manga.

Produjo un sonido adolorido de su garganta.

—Te lastimé, te costé la vida, y aun así quieres salvar la mía y hacerme seguir sufriendo. No importa. Esto es el castigo… que merezco…

«Vaya, parece que mis palabras no cayeron en oídos sordos».

Hengwen bostezó.

—Maestro taoísta, tómese su tiempo con el diagnóstico y el tratamiento. Este humilde servidor se va a dormir primero.

Dicho esto, se dio la vuelta y se marchó. Yo me moví, retirando la manga de la mano con la que Tianshu aún me sujetaba, y me puse de pie al borde de la cama.

—¿Qué tal? —preguntó el posadero, impaciente.

Me acaricié la barba y negué con la cabeza.

—No muy bien. Este caballero padece una enfermedad crónica agravada por su aflicción emocional. Deberé regresar primero a mi habitación a meditar sobre ello; la receta estará lista hasta mañana por la mañana. ¿Puedo saber si en su honorable posada cuentan con nidos de ave? Podrían preparar un cuenco para que él lo tome.

—Ese maestro trajo consigo varios kilos de nidos de ave cuando llegó —dijo el posadero—. Todavía quedan algunos.

Los avispados camareros se apresuraron a prepararlos. El posadero, con gran respeto, acompañó a este señor inmortal hasta la habitación de invitados, donde ordenó que llevaran una bañera de madera completamente nueva y prepararan el agua para el baño. Incluso nos ofreció dos platos de frutos secos como refrigerio nocturno.

Antes de salir de la habitación de Mu Ruoyan, volví la vista hacia él. La figura pálida tendida bajo la tenue luz de la lámpara de aceite no se diferenciaba de un muñeco de papel. Crucé la puerta sin que él pronunciara una sola palabra más.

La habitación contigua a la mía debía de ser la de Hengwen; la puerta estaba cerrada. Eché un vistazo y le pedí al posadero que enviara la bañera nueva y el agua para el baño al caballero de esa habitación, así como que cambiara la ropa de cama y las almohadas.

Aquel caballero era una persona distinguida, y todo lo que usara debía ser lo más nuevo y limpio. Al fin y al cabo, podía permitirse pagarlo.

El posadero, por supuesto, aceptó mis indicaciones. Cuando terminé de asearme, apagué la lámpara de aceite y me recosté en la cama. Sosteniendo en las palmas la tablilla de cobre de los Ocho Trigramas, extraje mi verdadera forma.

En cada parada de nuestro viaje solíamos reservar dos habitaciones: una para Guangyunzi y otra para Hengwen y para mí. Como esta vez él no vino a sacarme del cuerpo, no me quedó más remedio que ir en su busca.

Las luces de la habitación de Hengwen también estaban apagadas. Tanteé el lecho en la oscuridad. La persona sobre la cama se volvió y preguntó:

—¿Terminaste la consulta?

Solté una risa amarga.

—Sí. —Luego me froté las manos—. Hazte a un lado y déjame un espacio.

Hengwen soltó un bufido y se movió un poco. Aproveché el hueco para acostarme y tirar de una esquina del edredón sobre mí.

—Tianshu está gravemente enfermo —comentó Hengwen—. A mí me parece que apenas se aferra a la vida por un hilo. Dudo que los métodos mortales puedan curar su mal, y el Emperador de Jade no nos permite sanarlo con poderes divinos. Me pregunto qué remedios milagrosos tendrá Guangyunzi Daozhang para tratarlo.

—Lo resolveré como mejor pueda. Y si no hay otra opción, pues que se siga aferrando a ese hilo —dije.

Hengwen soltó una risita.

—¿De verdad soportarías hacer eso? Unas cuantas palabras de Tianshu y ya olvidaste aquella puñalada, ¿no es cierto? Dices que lo dejarías en su estado, pero en el fondo ya tienes un plan, ¿verdad?

No me atreví a responder. La evaluación de Hengwen sobre mí era acertada: en efecto, ya tenía un plan.

Afuera, el viento se agitaba débilmente. Conocía bien ese movimiento; nos había seguido durante todo el viaje.

—¿Es esto lo que planeas? —preguntó Hengwen en voz baja.

Se oyó el susurro del viento, un leve crujido… y luego, silencio absoluto.

Dos horas más tarde, abrí la puerta con suavidad y, tal como esperaba, había un manojo de lingzhi atado con esmero junto al umbral. Esta especie también era conocida como jinluo lingzhi. Aunque se trataba de una hierba divina sumamente valiosa, crecía en el mundo mortal. Yo solo la había visto un par de veces en la Corte Celestial.

Ese ramo de lingzhi estaba destinado a Hengwen, y su remitente no era otro que aquel intrépido y romántico zorro homosexual que llevaba tiempo suspirando por él. Dicho sea de paso, ese zorro nos había estado siguiendo furtivamente desde el momento en que Hengwen y yo dejamos Shangchuan. Bola de Pelos era realmente ingenioso: siempre encontraba la manera de colarse en la posada donde nos alojábamos en plena noche, se quedaba merodeando y, tras contemplar un rato la habitación desde fuera, depositaba un manojo de jinluo lingzhi.

El jinluo lingzhi podía purgar la energía vital impura y nutrir el espíritu primordial. Probablemente el zorro temía que Hengwen, arrastrado a este mundo de mortales corruptos, acabara contaminado por los males del mundo secular, y por eso se los ofrecía.

Este humilde inmortal es un alma compasiva.

Pero ay, el mundo está lleno de románticos empedernidos. Trataría este asunto como algo tan efímero como las nubes flotantes.

Cada vez que Hengwen recibía el lingzhi, lo guardaba en su manga con una sonrisa, fingiendo no saber nada de su remitente. Y así, hasta el día de hoy, el zorro seguía creyendo que se había ocultado a la perfección. Esto se repetía día tras día.

Sosteniendo el lingzhi, volví a la cama y le lancé a Hengwen una sonrisa servil.

—¿Te importaría compartirme una pieza o dos de esto?

—Lo sabía. Estás pensando en usarlos para salvar a Tianshu —dijo Hengwen con pereza—. Tómalos si los quieres, pero déjame recordarte una vez más: descendiste al mundo mortal para preparar pruebas, no para salvarlo de sus penurias y sufrimientos. Parece que te estás desviando del guion, de separar a los tortolitos a acabar enamorándote de la belleza. Gobiernate y recuerda no excederte.

Guardé el lingzhi entre mis ropas y me recosté en la cama.

—Aunque Tianshu Xingjun y yo tuvimos un conflicto después, al fin y al cabo él me salvó una vez. De alguna forma, tengo que saldar esa deuda de gratitud.

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