Capítulo 27

Yo, Song Yao Yuanjun, siempre he detestado deber favores, y más aún a Tianshu, con quien, al final, jamás logré coincidir. Muchos años atrás, recién había sido ascendido al título de Guangxu Yuanjun. En una ocasión, Hengwen partió hacia el Paraíso Occidental, el reino del Buda, para un debate doctrinal. Me sentía solo en la Corte Celestial, así que fui al palacio de Bihua Lingjun. Para matar el aburrimiento, tomé un poco de té y eché un vistazo a las bestias celestiales que criaba. Justo en ese momento, un dragón unicorneado, que se había desviado de su cultivo hacia la inmortalidad, enloqueció. Espada en mano, este señor inmortal se lanzó a combatirlo. Por desgracia, aquella bestia me lanzó una bocanada de humo al rostro y, de un coletazo, me hizo volar varios metros.

Quedé completamente humillado. Y gravemente herido.

Casualidades del destino, Tianshu Xingjun también se encontraba entonces en la residencia de Lingjun. Aunque solía mostrarse indiferente con todos, fue él quien atendió mis heridas. Desde entonces, le quedé en deuda.

Varios siglos después, cuando terminamos enfrentándonos en el Palacio Lingxiao, aún me parecía un sueño irreal. El mismo Tianshu Xingjun que una vez me salvó, el Tianshu Xingjun frío y distante, me acusó con cargos falsos y quiso condenarme al exilio en el mundo mortal, sin posibilidad de regresar jamás a la Corte Celestial.

—Cuando Tianshu presentó cargos contra ti aquella vez, tenía algunas pruebas que lo respaldaban. Así que no se puede decir que te haya acusado sin fundamento —dijo Hengwen—. Pero no entiendo por qué lo hizo. Conociendo su carácter, jamás actuaría así y, sin embargo, lo hizo. Tiene que haber una razón.

—No me interesa saberla —respondí—. En cualquier caso, ya saldé mi deuda y cumplí con lo que el Emperador de Jade me encomendó. En su momento no logró inculparme, así que lo tomo como si nunca hubiera ocurrido. Cuando regrese a la Corte Celestial, seguiremos siendo inmortales que se saludan con una sonrisa al cruzarse.

Yo, Song Yao Yuanjun, soy un inmortal magnánimo. A la mañana siguiente, me levanté temprano con la intención de pedir al posadero que preparara una decocción de lingzhi para Mu Ruoyan. Sin embargo, al bajar con Hengwen, nos encontramos con un grupo de camareros que se frotaban las manos entusiasmados derredor de una jaula. Uno de ellos nos saludó con alegría:

—Anoche atrapamos una bestia rara. ¿Quieren venir a verla?

Asentí de buen grado y me incliné para mirar. Resultó ser un viejo conocido. En el interior de la jaula, una bola de pelaje plateado yacía acurrucada, con la cabeza gacha, abatida como un héroe en su ocaso: como Xiang Yu, el Conquistador, en el río Wujiang.

«Zorro, ¿cómo terminaste así?».

Hengwen también se quedó perplejo. El zorro alzó la vista hacia él, con los ojos relucientes como si estuvieran llenos de lágrimas, y luego volvió a agachar la cabeza, encogiéndose en un rincón de la jaula.

Los camareros estaban visiblemente entusiasmados.

—Últimamente, los gatos callejeros y las comadrejas han estado causando muchos alborotos —dijo uno—, así que pusimos una trampa de captura viva bajo el alero con la esperanza de atrapar alguno. Pero jamás pensamos que capturaríamos esta bestia. Daozhang, usted que es sabio y entendido… Este zorro tiene un pelaje raro, ¿no? ¿Cree que podríamos venderlo por diez taeles de plata si lo despellejamos vivo?

Este señor inmortal levantó una mano y recitó un mantra taoísta antes de responder:

—Qué pecado, qué pecado. Puede ser una bestia, pero despellejarla viva es demasiado cruel. Si el cielo ha decretado que aquí debe terminar su destino, al menos, en consideración a este humilde taoísta, denle una muerte rápida antes de desollarla.

El zorro alzó la cabeza de golpe y me lanzó una mirada fulminante. Acto seguido, miró con desconsuelo a Hengwen y volvió a agachar la cabeza.

Vi lo que parecían ser manchas de sangre en su pata delantera derecha. Tenía el aspecto de una herida reciente y nada leve.

Tal como suponía, Hengwen declaró:

—Este humilde servidor ofrece diez taeles de oro. Véndanmelo.

Puso los lingotes de oro sobre la mesa, y los camareros sonrieron radiantes, como un ramillete de girasoles al sol. Uno de ellos, solícito, dijo:

—Ahora mismo despellejamos al zorro para usted.

—Parece una criatura muy rara —respondió Hengwen—, así que, por ahora, lo conservaré con vida.

Benefactor, ¿no teme al tufo del zorro? —pregunté.

El zorro me lanzó otra mirada cargada de rencor. Hengwen abrió la jaula y lo sacó en brazos.

—Yo no he percibido ningún olor. Quedémonoslo.

El zorro escondió la cabeza en el pecho de Hengwen y se frotó contra él.

De regreso en mi habitación, cerré la puerta. El zorro descansaba hecho un ovillo en el regazo de Hengwen, muy cómodo. Yo me apoyé contra la mesa.

—Bola de Pelos, la última vez que este señor inmortal te vio tenías el pecho marcado y todo. Podría decirse que eras un hombre hecho y derecho, pero mírate ahora, tan frágil y delicado.

El zorro saltó de inmediato del regazo de Hengwen y adoptó forma humana. Con toda la dignidad y honor de que fue capaz, declaró con frialdad:

—Este humilde servidor se llama Xuan Li, y me parece que tú ya lo sabías.

Movió las orejas con un leve estremecimiento y evitó mirarme; en cambio, dirigió a Hengwen una mirada llena de adoración.

—Gracias, Qingjun, por salvarme la vida.

—Estás gravemente herido. El lingzhi de Jinluo es un objeto divino que no deberías tocar. Y si lo haces, volverás a tu forma original. No vale la pena arriesgarse.

Hengwen habló con suavidad; claro, Hengwen siempre había sido una persona de buen carácter, amable con todo y con todos.

—Por Qingjun, valdría la pena incluso si perdiera la vida —dijo el zorro—. Estoy dispuesto.

Oh, qué cursilería.

Hengwen extendió una mano y le ofreció una píldora de elixir.

—Toma este elixir primero; puede que te sea de ayuda.

El zorro la recibió en su pata y miró a Hengwen de una forma que me puso de los nervios. Pasó un buen rato antes de que se llevara la píldora a la boca y la tragara.

Este señor inmortal, inevitablemente, se aclaró la garganta con énfasis.

—La herida de tu brazo se ve bastante extraña. ¿Cómo te la hiciste?

Al principio, el zorro me trató como si yo fuera invisible, pero como Hengwen también lo estaba mirando, respondió en tono apagado:

—Me hirió un mortal.

Eso me dejó sumamente sorprendido. Bola de pelos tenía por lo menos mil años de cultivo. ¿Qué clase de mortal podía ser tan temible como para herirlo?

Hengwen pensó lo mismo.

—¿Cuál es el origen de esa persona? Me sorprende que haya podido hacerte daño.

—No lo sé —respondió el zorro, inexpresivo—. En realidad, vino a mi cueva a robar el lingzhi, así que lo ataqué para darle una lección, pero me descuidé un instante y acabé levemente herido. Lo encerré en mi cueva. Creo que su apellido es Shan.

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