Capítulo 31

Por lo tanto, también regresé a mi habitación. En el pasillo, dudé entre volver a mi cuarto o ir al de Hengwen. Tras un momento de reflexión, fui al de Hengwen y empujé la puerta para entrar. Hengwen estaba sentado a la mesa, bebiendo té. Me senté con él. Hengwen levantó la tetera, y yo tomé una taza y la sostuve bajo el pico.

—¿Quieres ahorrarte hasta ese pequeño esfuerzo? —bromeó Hengwen.

—Sírveme una taza; del resto del té me encargo yo de llenártelo —respondí con una sonrisa.

Hengwen resopló y me llenó la taza hasta el borde.

Eché un vistazo al zorro acostado en la cama.

—Bola de Pelos, tengo algo que discutir contigo. Esta noche, guíanos. Qingjun y yo iremos a tu cueva a liberar a la persona Shan que tienes encerrada.

El zorro saltó al suelo, adoptó su forma humana y se quedó de pie, apoyado en el poste de la cama, con el ceño fruncido. La herida que Shan Shengling le había hecho en el brazo seguía allí. Debía de seguir sintiéndose indignado, y su rostro se volvió lívido al oír que yo le pedía liberar a su prisionero.

—Qingjun y yo descendimos al mundo mortal por asuntos oficiales, por orden superior —expliqué—, y la persona que tienes encerrada resultó ser una pieza clave. A decir verdad, este señor inmortal tiene ciertas rencillas con ese sujeto; si no fuera porque el mandato del Cielo pesa sobre mí, este señor inmortal, si así lo desearas, estaría dispuesto a encender una fogata para asarlo y servirlo de cena.

El zorro cruzó los brazos, reticente, hasta que Hengwen dijo:

—Song Yao Yuanjun te está diciendo la verdad. Aunque esto sea injusto para ti, aún así esperamos que puedas ayudarnos.

El zorro respondió de inmediato, con docilidad:

—Si Qingjun quiere que lo suelte, lo soltaré esta misma noche. —Tenía el aspecto de alguien dispuesto a derramar hasta la última gota de sangre por él.

Y así, en plena noche, el zorro y yo partimos hacia su guarida. Hengwen sacó mi forma verdadera y dijo que no iría, ya que su aspecto actual se parecía demasiado al de su forma real, y temía que las cosas se complicaran si Shan Shengling llegaba a reconocerlo.

Al oír que Hengwen no vendría, el zorro puso cara de disgusto. Guió a este señor inmortal hasta su fortaleza en la montaña, sin decir una sola palabra en todo el trayecto. La noche era oscura y el viento, veloz. Tuvimos la suerte de contar con viento de cola al partir, así que, cabalgando el viento y las nubes, nos tomó poco más de un cuarto de hora llegar al hogar del zorro.

Aterrizamos a mitad de la montaña, cubierta de sombras de árboles altos y de una hierba espesa y alargada. Le pregunté el nombre de la montaña, y él me respondió con tono helado:

—Monte Xuanqing.

Xuan como en Xuan Li, Qing como en Hengwen Qingjun.

Este señor inmortal se estremeció por un instante.

—¿Y cómo se llamaba esta montaña antes de que le pusieras ese nombre?

—Monte Kuteng —respondió el zorro, de mala gana.

Después de caminar unos pasos con la cabeza baja, preguntó:

—¿Cómo supiste que cambié el nombre?

No le respondí, pero pensé: «Por favor… cuando este señor inmortal aún vagaba por el mundo mortal recitando poemas y lamentando penas de amor, tú quién sabe en casa de qué pobre andabas robando gallinas».

La entrada a la cueva del zorro estaba oculta entre las hojas de enredadera que trepaban por el acantilado de la montaña, al final de un sendero de piedra largo y estrecho que serpenteaba hacia el interior. Este era un zorro que sabía cómo darse buena vida. Había cavado un canal de agua que cruzaba el camino justo delante, sobre el cual construyó un puente de piedra. Después de cruzar el puente, rodeamos el borde de una pantalla de piedra. El zorro alzó la manga y lanzó una llama que encendió las antorchas en las cuatro paredes, revelando otra morada pintoresca: una cueva de piedra bastante espaciosa, decorada de forma que se asemejaba a un salón amueblado.

Había frutas y verduras, vino y bocadillos dispuestos sobre la mesa de piedra, y los asientos, de piedra también, estaban acolchados con cojines de satén y brocado. A la derecha, incluso había un biombo de cristal de colores, adornado con incrustaciones de cauríes. Estaba a punto de elogiar la guarida del zorro, pero él, de pie en el centro del salón, frunció el ceño y murmuró:

—Algo no está bien.

Luego se dirigió con paso firme hacia el otro lado del biombo. Este señor inmortal lo siguió. Detrás del biombo se extendía otro sendero de piedra, con incontables ramificaciones. El zorro avanzaba con rapidez, y yo iba pisándole los talones. Tras doblar varias curvas, abrió una puerta de piedra y entró en otra cueva. El zorro alzó la mano y encendió una antorcha.

En la cueva solo había una columna desnuda, y pedazos rotos de cadenas esparcidos al pie de ella. Por lo que se veía, el zorro había encerrado allí a Shan Shengling. Miré las cadenas dispersas con el ceño fruncido. ¿Quién habría imaginado que Shan Shengling tuviera la fuerza y el coraje suficientes para romperlas y escapar?

El zorro rechinó los dientes y murmuró algo con odio antes de salir disparado de la cueva. Giró setenta u ochenta recodos por el sendero de piedra hasta abrir otra puerta de piedra. Una ráfaga de viento del exterior se coló hacia dentro. Al levantar la vista, para mi sorpresa, pude ver el cielo oscuro. Aquel lugar era una grieta en la montaña, que el zorro había convertido en un patio interior.

De entre las sombras, una pequeña figura negra saltó directamente hacia nosotros.

Con un sollozo, se lanzó de cabeza al regazo del zorro; se agitó un momento y se transformó en un niño pequeño, de aspecto inocente, que abrazó al zorro y rompió a llorar.

—¡Oh, gran rey! ¡Por fin ha vuelto! —Un sollozo—. ¡Alguien muy poderoso vino y rescató al tipo que estaba encerrado en la cueva! Honghong, Qiujiu, Huahua, Xiaoqi y los demás… esa persona los metió a todos en una jaula… —Sollozos—. Y-y-yo logré esconderme, pero no fue nada fácil. Tenía mucho miedo. —Más sollozos—. Oh, gran rey…

El niño hundió la cabeza en los brazos del zorro, llorando, mientras le contaba lo sucedido entre lágrimas y mocos.

Cuando por fin se calmó, el zorro nos condujo a ambos de vuelta al salón de piedra.

El niño se acurrucó en una silla, aún sollozando y resoplando, mientras lanzaba miradas furtivas a este señor inmortal. Tenía un par de ojos verde intenso, y las dos orejas puntiagudas en lo alto de su cabeza todavía mostraban rayas de un tono grisáceo amarronado. Al parecer, este niño había sido originalmente un espíritu de gato montés. El pequeño espíritu de gato montés hablaba con dificultad, de forma incoherente. Tartamudeó durante un buen rato antes de lograr dar un relato más o menos comprensible de lo ocurrido. Según dijo, alguien que llevaba un plumero de cola de caballo irrumpió en la cueva esa mañana, secuestró a Shan Shengling y capturó a una docena de demonios y espíritus que habitaban allí. Había zorritas hermosas y otros demonios menores cuya cultivación no era lo suficientemente alta.

La cultivación del gato montés era la más débil, y su aura demoníaca, la más tenue. Solo logró salvar su pequeña vida escondiéndose en una grieta en un rincón. El rostro del zorro estaba lívido, y su mirada, implacable. Este señor inmortal sabía bien que ahora él y Shan Shengling eran enemigos irreconciliables. El pequeño gato montés no pudo describir con claridad el aspecto del visitante con el plumero de cola de caballo que había rescatado a Shan Shengling. Tras mucho ir y venir, lo único que dijo fue que «no tenía barba», «parecía un maestro taoísta» y «llevaba ropa azul». Luego, con expresión agraviada, extendió sus dos patas delanteras heridas para mostrárselas al zorro.

Este señor inmortal escuchaba y observaba, pero al final dije:

—Puesto que el hombre de la cueva ya no está, mi asunto aquí puede considerarse concluido. Es tarde, debo volver a la posada. —Miré al zorro y al pequeño gato montés—. ¿Cuáles son tus… sus planes?

El zorro no dijo nada. El pequeño gato montés se encogió sobre sí mismo, retirándose en la silla. La diminuta fortaleza de demonios y espíritus del zorro estaba ahora vacía, y él parecía bastante miserable, sentado allí con la cabeza gacha.

Nadie podía saber si aquel poderoso visitante con el plumero de cola de caballo volvería a irrumpir en cualquier momento. Tanto el zorro como el pequeño gato montés estaban en peligro.

Este señor inmortal es, en realidad, alguien de corazón blando. Al ver aquella escena, no pude evitar que mi corazón se ablandara un poco.

Solo un poco, y para cuando regresé a la habitación de Hengwen, llevaba detrás de mí a un zorro y a un gato montés de pelaje gris atigrado.

El zorro saltó al regazo de Hengwen, soltó un quejido, se enroscó y se quedó tendido, cabizbajo.

Hengwen le acarició la cabeza. El zorro alzó la mirada y le lamió la mano.

El pequeño gato montés saltó hasta la esquina de la colcha, a los pies de la cama, y se recostó allí, lamiendo sus patas delanteras heridas.

En verdad lamenté aquel leve ablandamiento de mi corazón.

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