Capítulo 32

Mu Ruoyan y Shan Shengling se encontraron una tarde en que el viento y las olas rugían y la lluvia caía a torrentes. Al día siguiente, yo ya había llevado al zorro y al cachorro de gato montés a instalarnos en la posada. Hengwen y yo estábamos en el salón de la planta baja, almorzando, cuando alguien golpeó con fuerza las puertas cerradas del establecimiento. El camarero las entreabrió, y el vendaval arrastró la lluvia al interior, salpicando de espuma el plato de verduras salteadas frente a mí. Una figura empapada, con un sombrero de bambú, cruzó el umbral justo cuando un trueno retumbaba con estrépito en el cielo.

Aquel individuo con el sombrero de bambú se lo quitó, haciendo que al zorro se le erizara el pelaje. Este agudo y perspicaz señor inmortal se movió con rapidez para sujetarlo. Shan Shengling se irguió con porte altivo en el salón y recorrió el lugar con sus ojos brillantes, mismos que se posaron en esta mesa y finalmente en Hengwen. De inmediato, sus ojos se entrecerraron y sus cejas se movieron, casi imperceptiblemente. Sin embargo, su expresión no se alteró lo más mínimo; no dejó traslucir ni un atisbo de sus sentimientos. Hengwen, por su parte, le dedicó una sonrisa cortés, apenas insinuada. Nanming Dijun era, sin duda, alguien fuera de lo común.

Tras devolverle a Hengwen una sonrisa semejante, su mirada eléctrica se deslizó de inmediato hasta el rostro de este señor inmortal. Este señor inmortal había pensado alzar la mano en señal de saludo, pero mis dos manos estaban ocupadas sujetando al zorro que se debatía, de modo que solo pude inclinar ligeramente la cabeza. La mirada de Shan Shengling se deslizó con indiferencia sobre el zorro. En ese momento, el posadero se apresuró a acercarse, inclinándose hasta la cintura.

—Maestro Chen, por fin ha regresado. Prepararemos enseguida agua caliente y un cambio de ropa para usted. ¿Le gustaría primero una jarra de vino para entrar en calor?

Qué tipo tan despistado, pensé. No se le ocurre otra forma de adular que con un baño caliente y vino para templar el cuerpo.

Aparte de ese frágil erudito –su amado– que está en la habitación de arriba, ¿hay acaso espacio para algo más en su corazón en este momento? Y, sin embargo, de todas las cosas que podías mencionar, justamente tuviste que omitirlo. Tal como era de esperarse, Shan Shengling preguntó:

—¿Cómo ha estado estos días el joven señor Yan de arriba?

Solo entonces el posadero comprendió de qué iba el asunto. Mientras respondía con un repetido «Bien, bien», hizo que el camarero los guiara y se disculpó por las posibles negligencias en el trato hacia el joven señor, rogándole al señor Chen que fuera indulgente.

Shan Shengling subió las escaleras a grandes zancadas. Apenas había llegado a la mitad cuando se detuvo en seco y alzó la vista. Mu Ruoyan estaba al final de la escalera, aferrado con fuerza al pasamanos con una mano. Dos pares de ojos se encontraron y se sostuvieron en silencio.

Era una escena conmovedora hasta lo indecible. Y empalagosa. Tan empalagosa que ni siquiera el zorro pudo soportarlo. Se estremeció bajo mis manos y luego se quedó inmóvil.

Tras cruzar aquellas miradas por un instante, Shan Shengling le preguntó:

—¿Has estado mejor de salud estos días?

—Ya estoy completamente recuperado —respondió Mu Ruoyan.

Shan Shengling soltó un leve «Oh», subió el resto de los escalones y desapareció en la habitación junto a Mu Ruoyan. Lo que hablaron después no se alcanzaba a oír.

Nosotros volvimos a nuestra propia habitación tras terminar de comer. Apenas cerrada la puerta con cerrojo, el pequeño gato montés se lanzó hacia delante.

—¡Gran rey, gran rey! Y-yo vi al hombre que encerraste en la cueva… Ese hombre, él…

El zorro adoptó su forma humana.

—Ya lo he visto —dijo con voz gélida.

Sus puños se apretaban con fuerza, y en sus ojos brillaba un fulgor asesino.

La enemistad surgida tras la captura de los demonios y espíritus de su cueva era tan profunda como el mar. Sin duda debía de estar deseando lanzarse a la habitación de al lado y despellejar vivo a Shan Shengling. Este humilde señor inmortal no tuvo más remedio que aconsejarle a Bola de Pelos que se calmara. Shan Shengling había regresado solo a la posada, y aún desconocíamos quién era la persona capaz de capturar con vida a toda una cueva llena de demonios. Nanming tenía varios buenos amigos en la Corte Celestial. ¿Serían capaces de desafiar el decreto del Emperador de Jade para ayudarlo aquí abajo, en el mundo mortal?

Por eso, le dije:

—Todavía no sabemos dónde tienen encerrados a tus demonios. Si actúas sin pensar y lastimas a Nanming, es muy posible que tus pequeños demonios acaben perdiendo la vida. No seamos imprudentes por ahora.

Bola de Pelos apretó los puños con tanta fuerza que crujieron. Permaneció inmóvil junto a la mesa. Yo, por mi parte, abrí la puerta y grité pidiendo un plato de carpa cruciana frita: el almuerzo del gato montés. El camarero chasqueó la lengua con asombro.

—Daozhang, vaya apetito el suyo. Acaba de almorzar y ya quiere un tentempié.

Solté una carcajada.

—Solo algo para hacer la digestión.

Por la tarde, Shan Shengling vino a llamar a la puerta de este humilde señor inmortal.

Ya se había bañado y cambiado a un conjunto de ropa seca y limpia. Sus mejillas, algo hundidas –nada extraño dado sus días de cautiverio en la cueva del zorro–, no lograban restarle un ápice de vigor ni de energía. Al entrar en la habitación, juntó las manos en un gesto de respeto y dijo:

—Daozhang, ya he oído hablar de cómo obró un milagro para salvar a Yan Zimu de la muerte. Yan Zimu es el hermano jurado de este humilde servidor, y he venido a expresarle mi gratitud.

Su mirada, tan afilada como cuchillas, examinó con frialdad a este señor inmortal. Con ambas manos, me tendió un sobre de papel rojo.

—Esto no es más que un humilde presente en señal de agradecimiento. Le ruego que no lo rechace, Daozhang.

Levanté una mano y dije:

Benefactor, es usted demasiado cortés. No fue más que una simple receta de hierbas. Como taoísta, este humilde servidor no debería aceptar dinero del mundo material. Pero dado que su sinceridad es tan grande, este humilde taoísta lo tomará como una donación al arte del Tao y lo aceptará por lo pronto.

Sin el menor reparo, acepté el sobre y lo apreté en la mano. Era pesado; quizás contenía un lingote de oro.

—Me da la impresión de que Daozhang y el joven señor de la habitación de al lado son compañeros de viaje —dijo Shan Shengling.

Con total naturalidad, improvisé una historia:

—Así es. El joven señor siente gran afición por el arte del Tao. Busca un lugar tranquilo donde cultivar su espíritu, así que viaja con este humilde taoísta. A menudo estudiamos juntos el arte de los elixires.

—Así que el maestro taoísta también domina el arte de la alquimia —dijo Shan Shengling.

—No exactamente —respondí—. En realidad, este humilde taoísta es más hábil en la adivinación y en la lectura del fengshui. La mitad de su frente es amplia y su estructura ósea, refinada: es el rostro de alguien destinado a una posición cómoda y distinguida en la vida. Quien posee un rostro tal goza de bendiciones ancestrales y de una existencia tranquila y despreocupada. Benefactor, ¿quisiera que este humilde taoísta le lea la fortuna y le revele los augurios próximos?

Shan Shengling apartó la mirada.

—Este humilde servidor se siente algo cansado hoy. Quizás en otra ocasión.

Y, dándose la vuelta, se marchó. Yo avancé con un paso amplio y teatral.

—¿De veras no quiere que le lea la fortuna? El arte de adivinación de este humilde taoísta le fue transmitido en sueños por el mismísimo Taishang Laojun. Una consulta cuesta apenas diez monedas. Pero dado que soy conocido de su hermano jurado, con ocho monedas bastará. Y hasta puedo analizarle un carácter adicional para pronosticar su destino. ¿Qué le parece?

Shan Shengling respondió que sin falta vendría otro día a que le leyeran la suerte, y se alejó a grandes zancadas. Solté un largo suspiro y cerré la puerta. A mis espaldas, una voz dijo:

—Pagaré veinte monedas. ¿Puedo pedirle al Daozhang que me lea la fortuna?

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