Capítulo 33

Me giré. Hengwen sonreía de oreja a oreja, sentado junto a la mesa. Arrastré una silla para sentarme a su lado y tomé la tetera para llenarle la taza hasta el borde.

—¿Quieres una adivinación con monedas de cobre, según el Rey Wen, o una con los ocho caracteres, según Guiguzi?

—¿No es la adivinación del señor Song Yao Yuanjun? —preguntó Hengwen.

Al final, no pude contener la risa.

—Vaya que eres despreocupado. En vez de vigilar a Bola Pelos en la habitación, vienes a ver el espectáculo aquí.

—Esas pocas palabras tuyas le dejaron una fuerte impresión. No creo que actúe de forma imprudente —dijo Hengwen—. Todo el nido de demonios fue capturado. Los dos se veían tan miserables que los dejé en la otra habitación para que se calmaran. Y justo entonces vino Shan Shengling a tocar la puerta, y no pude resistirme a venir a mirar.

Bebió un sorbo de té.

—Tu actuación como maestro taoísta es bastante convincente. Cada vez pareces más un cultivador.

—Por supuesto —dije con suficiencia—. Cuando estaba en el mundo mortal, me la pasaba consultando mi suerte todo el día, en incontables puestos de adivinación. Lo hice tanto, que ya soy mejor que muchos de los que recién se inician en el oficio. Si algún día violara las leyes del Cielo y me desterraran de nuevo al mundo mortal, de verdad me pondría a leer la fortuna. Seguro que el negocio iría de maravilla.

Hengwen negó con la cabeza mientras sostenía su taza.

—Más bien pareces haberte vuelto adicto a hacerte pasar por maestro taoísta. He oído que todos los mortales adoran la adivinación, como tú en aquellos ayeres, que ibas todo el tiempo a que te leyeran la suerte. ¿Qué era lo que preguntabas?

—¿No te lo conté antes? —dije—. Cuando tenía siete años, mi padre invitó a un maestro de la montaña para que me leyera el destino. Ese maestro dijo que tenía una gran fortuna y que disfrutaría de una bendición muy rara, pero que estaba condenado a una soledad eterna. Me negué a creerlo, así que fui por todas partes a consultar mi suerte. Y aun así, cada vez que se trataba de mi matrimonio, no había nada que pudieran decir.

Mencionar todo esto me hizo suspirar de nuevo. Este señor inmortal tenía apenas siete años, pero ya comprendía muchas cosas. Aún recordaba a Fang-niang, la hija del mayordomo Xu, una pequeña doncella de unos doce o trece años por aquel entonces. Me gustaba muchísimo. Estaba justo por decirle a mi padre que, cuando creciera, iba a casarme con ella, cuando aquel viejo maestro taoísta me dio un golpe tan duro que hasta vi estrellitas. Pero lo cierto es que la boca maldita de ese maestro resultó tener razón: Fang-niang se casó con el hijo de un comerciante a los catorce años. Lleno de indignación, fui a preguntarle por qué había olvidado todo el afecto que le había mostrado: los pastelitos de osmanthus, los hojaldres, las galletas de nuez…

Fang-niang me acarició la cabeza y dijo:

—Joven señor, aún no comprende las costumbres del mundo. Además, ¿cómo podría alguien como yo soñar con ascender socialmente relacionándose con usted?

La vi marcharse sin poder hacer nada, mientras subía a la silla de manos roja y se la llevaban con gran pompa.

Mi padre también me había arreglado un compromiso. Era con la preciada hija de un ministro. La casamentera decía que era una belleza deslumbrante, que sus ocho caracteres y la lectura del almanaque eran sumamente compatibles con los míos; que éramos una pareja hecha en el cielo.

Al final, ella se enamoró del heredero del Tercer Príncipe, y en una noche ventosa y sin luna, ambos se fugaron sin el menor recato.

Me comprometí de nuevo, esta vez con la hija del cuñado del emperador.

Ella se fugó con su primo mayor.

Después vino otro compromiso, con la princesa de un príncipe de comandancia. Pero al emperador le echó el ojo y la tomó para su harén. Para compensarme, el emperador me concedió la mano de su hermana menor, la Octava Princesa. Ella tuvo un romance clandestino con un joven viceministro, e incluso quedó embarazada de él. Deambulando por los barrios de placer, me enamoré a primera vista de la cortesana más famosa. Volqué en ella todo mi amor y sinceridad, ¿y cómo terminó todo? Pues que igual se hizo la pareja de un pobre erudito.

Fue completamente por casualidad que me convertí en inmortal, y en efecto llegué a disfrutar de una bendición que la gente común jamás podría experimentar. Cada predicción de aquel viejo maestro taoísta se había cumplido. Así que, al final, uno no podía evitar creer en eso llamado destino.

Hengwen bostezó.

—Ya lo sé, ya lo sé, ya conozco tu amargura y tu desolación. Te he escuchado decir lo mismo durante miles de años; hasta a mis oídos les han salido callos. ¿No podrías cambiar un poco el discurso? Siempre estás con lo mismo, repitiendo que estás condenado a una soledad eterna. ¿No eres feliz siendo un inmortal en el Cielo?

—Feliz, lo soy —respondí—. Pero tú naciste siendo un inmortal, así que no conoces lo terrible que puede ser eso que llaman amor. Una vez lo pruebas, ya no puedes olvidarlo. De no ser así, ¿por qué esos de al lado habrían abandonado su condición de excelsos señores celestiales para acabar en la situación en que se hallan hoy?

—Ah, tiene sentido —dijo Hengwen, girando la taza de té—. Qué interesante, muy interesante. Si el Emperador de Jade te oyera, seguro pensaría que aún no te has deshecho de tus raíces mortales y te mandaría de vuelta al mundo terrenal.

Pero ya me estaba arrepintiendo de haber hablado tanto. Le agarré la manga a Hengwen y le dije:

—Que me oiga el Emperador de Jade o no es lo de menos. Solo estaba diciendo tonterías. Y tú no vayas a querer probar por curiosidad con alguien, nada más porque lo encuentras interesante.

Hengwen me dio una palmada en el hombro y, con una sonrisa, me tranquilizó:

—No te preocupes. No voy a ir a probar con nadie más.

Ya comenzaba a oscurecer. Cuando bajamos a cenar, pregunté casualmente por Mu Ruoyan y Shan Shengling. El camarero respondió que ya habían comido y se habían retirado a sus respectivas habitaciones.

El zorro y el gato montés seguían abatidos por lo ocurrido con sus compañeros demonios, así que simplemente los dejamos en la habitación de Hengwen para que hicieran su duelo, mientras él y yo nos trasladamos a la mía.

Estuve dándole vueltas al asunto, pero seguía sin entender quién había rescatado a Nanming. Entonces se me ocurrió: ahora que había vuelto, Nanming seguramente le contaría toda la historia a Tianshu. No tenía sentido que le ocultara algo así. Hablé con Hengwen sobre la posibilidad de espiar en la habitación de Nanming. La de Shan Shengling estaba al fondo del pasillo.

La habitación de Tianshu estaba al lado, y la de este señor inmortal, justo junto a la suya. Hengwen sacó mi forma real y, ocultos en el aire, nos dirigimos hacia nuestro destino. Pero no esperábamos tener que dar un rodeo hasta la habitación de Nanming solo para encontrarla vacía. Debía de estar en la de Tianshu. Así que Hengwen y yo entramos en la habitación de Tianshu. Y lo que vimos allí… Mu Ruoyan y Shan Shengling estaban entrelazados, a punto de, ejem, desatar una tormenta entre las sábanas.

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