La espalda de Mu Ruoyan estaba apoyada contra el poste de la cama, y lo único que quedaba sobre su cuerpo era una túnica ligera, entreabierta en el pecho. Tenía los ojos entrecerrados y respiraba con dificultad. Mientras tanto, Shan Shengling le mordisqueaba el cuello a Mu Ruoyan, al tiempo que una de sus manos le deslizaba la túnica con lentitud, y la otra se aventuraba hacia abajo…
Amitābha. Este señor inmortal ha vivido como tal durante tanto tiempo, que incluso he olvidado cuál es el peor momento para ir de visita.
—Vaya, sí que están entusiasmados con su cultivación dual, ¿no? —comentó Hengwen.
A toda prisa arrastré a Hengwen Qingjun de vuelta a nuestra habitación.
—Qué pecado, qué pecado. Un mortal que vea esto seguro acaba con orzuelos en los ojos.
—Este señor aquí es un inmortal —replicó Hengwen—. Además, tú y yo entramos por pura coincidencia, y apenas vimos algo.
Me senté en silencio frente a la cama. Hengwen agitó su desgastado abanico plegable.
—No hay por qué sentirse incómodo. No me digas que nunca lo hiciste cuando eras mortal.
Tosí con torpeza.
—Sí, sí lo hice… pero siempre con mujeres… lo cual es un poco distinto a este tipo de, ejem, cultivación…
—Mmm, sí —coincidió Hengwen—. He visto ilustraciones en libros. En efecto, hay algunas diferencias.
Me sorprendí tanto que me puse de pie de un salto.
—¿¡En libros!? ¿¡Qué libros!? ¡¿Y por qué estarías mirando eso tú?!
Ay, cielos. Si el Emperador de Jade llegara a enterarse de que Hengwen Qingjun regresó del mundo mortal con la cabeza llena de obscenidades, seguro me partiría un rayo en plena coronilla y me reduciría a cenizas.
—¿Por qué te asombras tanto? —dijo Hengwen—. Ya que estoy a cargo de los asuntos literarios del mundo, es natural que tenga que revisar toda clase de libros. En aquella época, cuando estaba en la residencia de Dongjun y no tenía nada que hacer, fui al mercado, compré algunos libros ilustrados y los hojeé un poco. Solo quería ver cómo se realizaba la cultivación dual.
Rebuscó entre sus mangas y sacó un pequeño objeto en la palma de la mano. En un instante, el objeto se transformó en una pila de libros de tapas azul tinta. Los levantó, les dio unas palmaditas y los dejó sobre la mesa. Extendí la mano para tomar uno y hojearlo y vi estrellitas: era un libro erótico. Para colmo, era erotismo entre hombres, retratados en pleno acto. Cuando era mortal, había leído mi buena cantidad de literatura erótica. Mis amigos más cercanos y yo solíamos comentar los libros y apreciarlos juntos. Incluso llegamos a intercambiar nuestras ediciones más raras.
No obstante, incitar a Hengwen Qingjun a leer obras eróticas constituiría un crimen que la Corte Celestial no consideraría en broma. Yo todavía me sentía bastante cómodo en mi rol de inmortal, y no tenía intención alguna de terminar escoltado hasta la Plataforma de Ejecución Inmortal para ser fulminado por un rayo. Al ver aquellos libros, me empapé en sudor frío.
—Solo después de verlos me di cuenta de que la cultivación dual es en verdad un arte que exige estudio —comentó Hengwen con total tranquilidad—. Una lástima que las ilustraciones estuvieran mal dibujadas y resultaran un tanto desalentadoras.
—Eso es porque compraste las ediciones comunes del mercado —dije sin poder evitarlo—. Esas están todas burdamente dibujadas. No tienen nada de original. Las verdaderas ediciones raras no se consiguen en las librerías del mercado. Hay que acceder a ellas por canales especiales. Esas sí que tienen ilustraciones fascinantes.
—¿Oh? —respondió Hengwen, muy animado.
Sentí ganas de darme una bofetada por bocón.
Nanming y Tianshu, que llevaban tiempo sin verse, estaban sumidos en el calor de la pasión. Cuando Hengwen y yo apagamos las lámparas para irnos a dormir, los sonidos de actividad en la habitación contigua seguían llegando a oleadas.
El crujido de la base de la cama.
Los gemidos entrecortados de Mu Ruoyan.
Los sonidos hicieron que este señor inmortal se sintiera inquieto de mente y turbado de corazón. Por fortuna, el cuerpo de Guangyunzi yacía rígido como una vara en el suelo, sirviendo de freno a no pocos deseos pecaminosos. Al quedarme mirando a Guangyunzi, logré calmar mis nervios y regular la respiración.
A mi lado, Hengwen preguntó:
—¿Por qué andas estirando el cuello y asomando la cabeza?
—La lujuria está en el aire —dije—, y Hengwen Qingjun está acostado a mi lado. Temo que mis raíces inmortales flaqueen y termine cometiendo un gran pecado. Por eso estoy mirando a Guangyunzi para apaciguar mi mente.
Hengwen soltó una risita.
—Ver al viejo tendido en el suelo sí que tiene un efecto tranquilizador. Sigue mirando, entonces.
Lo oí darse la vuelta y no volvió a moverse. Seguramente ya se había dormido. Mirar a Guangyunzi terminó por agotarme, y yo también caí dormido. Entonces tuve un sueño. Desde que me volví inmortal, rara vez soñaba, y este sueño fue excepcionalmente distinto.
Entre brumas de consciencia, me hallaba de pie en un vasto bosque de melocotoneros en flor. El fulgor ardiente de las flores superaba incluso a las nubes rosadas del cielo. En lo más hondo de la bruma, se erguía una figura, borrosa e indistinta. Cuando me acerqué, él volvió el rostro y me quedé atónito.
Lo que un inmortal sueña es su verdadero deseo. Comprendí que en ese momento me encontraba dentro de un sueño, y al verlo, supe que aquel sueño era mi único y verdadero anhelo.
Podía sofocar ese deseo, pero no engañarme a mí mismo. Lo que no sabía era cuándo había empezado siquiera a albergar un anhelo así.
Quizá todo comenzó hace varios miles de años, cuando lo vi desde lejos en el palacio celestial. Distinguido y refinado, estaba tan cerca ante mis ojos y, sin embargo, tan fuera de mi alcance.
Aun así, no pude evitar desear acercarme.
Durante varios miles de años llevé una vida despreocupada, colmada de gratitud hacia el Cielo. Yo estaba destinado desde un inicio a una soledad eterna, sin poder aspirar a aquello que tan obstinadamente anhelaba. Pero podía verlo a menudo, y con eso me daba por satisfecho.
Después de todo, yo era un inmortal que había llegado a serlo casi por azar, y tenía excusas incluso si no conseguía desprenderme por completo de mis raíces mortales. Era como antes de mi ascensión, cuando sabía perfectamente que no podía tener la luna en mis manos y, aun así, había momentos en los que deseaba arrancarla del firmamento.
Y aquel sueño, en ese preciso instante, no era más que un reflejo de mi corazón impuro.
Puesto que se trataba de un sueño nacido de mi verdadero deseo, podía permitirme dejarme llevar, entregarme a él hasta saciarme.
Abracé a la persona que tenía delante y lo besé.
¿Para qué eran los sueños? Eran para besar labios que no me atrevía a besar, para quitar ropas que no me atrevía a quitar.
Para hacer aquello que nunca podría hacer como inmortal.
Todo valía la pena, pensé en el mismo instante en que alzé su cintura. Incluso si el Emperador de Jade llegara a reducirme a cenizas con un rayo, seguiría valiendo la pena. Aunque solo fuera un sueño, no tenía ningún arrepentimiento.
Antes de despertar, podía recordar con claridad una sensación de plenitud inmensa. Mientras lo tenía entre mis brazos, bajo nubes tan rosadas como las flores de melocotón, le confesé que, en verdad, me había gustado durante varios miles de años.
Que había estado pensando en él durante varios miles de años.
Apoyado suavemente en mi hombro, dijo en voz baja:
—Yo también he estado pensando en ti durante varios miles de años.
Y entonces desperté.
Al abrir los ojos, vi el dosel de la cama. Giré la cabeza hacia la izquierda y encontré el edredón y la almohada vacíos; giré la cabeza hacia la derecha y vi a Guangyunzi acostado en el suelo.
Hengwen, descansado y de buen humor, me esperaba en su habitación para desayunar juntos.
Bola de Pelos estaba encaramado en el taburete con aire sombrío, mientras el gato montés yacía con expresión lastimosa junto a la cama.
—¿Qué dulce sueño tuviste anoche? —me preguntó Hengwen—. Cuando me fui, sonreías como un idiota y tenías una expresión indecente.
Solté un par de risas secas.
—Soñé que el Emperador de Jade me ascendía de rango.
